(Aplausos prolongados. Los delegados del congreso y los invitados se ponen en pie y aplauden estruendosamente durante varios minutos.) ¡Camaradas! En pocas palabras quisiera detenerme en lo principal que ha pasado ante nosotros en el presente congreso.

Hemos tenido, camaradas, una pequeña discusión sobre la cuestión de la democracia y del poder soviético. Y aunque a primera vista parezca que esta discusión estuvo alejada de las tareas prácticas y candentes de la república soviética, me parece, sin embargo, que no es en absoluto inútil. ¡Camaradas! En todo el mundo se desarrolla ahora, en todas las organizaciones obreras, y con mucha frecuencia también en los parlamentos burgueses y, en todo caso, en las elecciones a los parlamentos burgueses, la misma discusión fundamental sobre la democracia, la vieja democracia burguesa, que muchos no comprenden, y sobre el nuevo poder soviético. La vieja, o burguesa, democracia proclama la libertad y la igualdad, la igualdad independientemente de si el hombre posee propiedad o no, independientemente de si dispone de capital o no, proclama la libertad de los propietarios privados para disponer de la tierra, del capital, y para quien no lo posee, la libertad de vender su fuerza de trabajo al capitalista.

¡Camaradas! Nuestro poder soviético ha roto resueltamente con esta libertad y con esta igualdad, considerándolas una mentira (aplausos) y ha dicho a todos los trabajadores que los socialistas que entienden así la libertad y la igualdad han olvidado los rudimentos, el abc y todo el contenido del socialismo. Pues siempre hemos desenmascarado nosotros y los socialistas que no han traicionado aún al socialismo, la mentira, el engaño y la hipocresía de la sociedad burguesa, que blasona de libertad e igualdad, aunque sea de libertad e igualdad en las elecciones, cuando en realidad el poder de los capitalistas, la propiedad privada de la tierra, de las fábricas y de los talleres determinan no la libertad, sino la opresión y el engaño de los trabajadores bajo cualquier ordenamiento «democrático y republicano».

Nosotros decimos: nuestro objetivo, como objetivo del socialismo mundial, es la destrucción de las clases, y las clases son esos grupos de los cuales uno puede vivir del trabajo del otro, uno se apropia el trabajo del otro. Y si hablamos de esta libertad, de esta igualdad, debemos reconocer, como lo reconoce la inmensa mayoría de los trabajadores de Rusia, que ningún país ha dado todavía tanto en tan corto plazo para la libertad real y para la igualdad real, ningún país ha dado a los trabajadores en tan corto plazo la libertad respecto a su principal clase explotadora –terratenientes y capitalistas–, ningún país ha dado la igualdad en tal medida respecto a la principal fuente de medios de subsistencia: la tierra. Y en este camino, en el camino de la liberación de la explotación de las clases burguesas hasta la completa destrucción de las clases, hemos comenzado a luchar resueltamente y continuaremos la lucha por la completa destrucción de las clases. Sabemos perfectamente que estas clases están derrotadas, pero no destruidas. Sabemos perfectamente que los terratenientes y capitalistas están derrotados, pero no destruidos. La lucha de clases continúa, y el proletariado, junto con el campesinado más pobre, debe continuar la lucha por la completa destrucción de las clases, atrayendo hacia sí a todos aquellos que estaban en medio, logrando, con toda su experiencia, con el ejemplo de la lucha, la atracción de todos aquellos que hasta ahora se mantenían entre los vacilantes.

Camaradas, pasando a los trabajos de nuestro congreso, debo decir que por primera vez el VII Congreso ha logrado dedicar tanto tiempo a las tareas prácticas de la construcción, por primera vez hemos logrado iniciar la discusión práctica, extraída directamente de la experiencia, de aquellas tareas que atañen a la mejor organización de la economía soviética, a la mejor organización de la administración soviética.

Por supuesto, tuvimos demasiado poco tiempo para detenernos con mayor detalle en esta cuestión, pero, sin embargo, hemos hecho mucho aquí, y todo el trabajo ulterior, tanto del Comité Ejecutivo Central como de los camaradas en las regiones, se desarrollará bajo el signo de los cimientos aquí establecidos.

Finalmente, camaradas, quisiera detenerme especialmente en aquello con lo que afianzamos el presente congreso en relación con nuestra situación internacional.

Camaradas, hemos repetido aquí la propuesta de paz a todas las potencias y países de la Entente. Hemos expresado aquí la convicción, basada en la experiencia que ya tenemos, muy rica y muy seria, la convicción de que las principales dificultades han quedado atrás y de que de esa guerra que nos ha impuesto la Entente, de esa guerra que llevamos dos años librando contra un enemigo muchas veces más fuerte que nosotros, indudablemente estamos saliendo victoriosos.

Pero, camaradas, creo que esa alocución que acabamos de escuchar del representante de nuestro Ejército Rojo fue, sin embargo, plenamente oportuna. Camaradas, si las principales dificultades han quedado atrás, hay que decir que ante nosotros las tareas de la construcción se despliegan con una amplitud sin precedentes. No cabe la menor duda de que existen todavía grupos capitalistas muy influyentes y muy poderosos, sin duda dominantes en muchos países, que han decidido continuar la guerra contra la Rusia soviética hasta el final, cueste lo que cueste. No cabe la menor duda de que ahora, cuando hemos obtenido una cierta victoria decisiva, es necesario hacer uno y otro esfuerzo adicional, tensar una vez más las fuerzas para aprovechar esta victoria y llevarla hasta el final. (Aplausos.)

¡Camaradas! No olvidéis dos cosas: en primer lugar, nuestra debilidad general, quizás relacionada con el carácter eslavo: no somos lo suficientemente firmes, perseverantes en la persecución de los objetivos que nos hemos fijado; y, en segundo lugar, la experiencia ha demostrado una vez en el este, y otra vez en el sur, que en el minuto decisivo no supimos ejercer una presión suficientemente fuerte contra el enemigo en fuga y le permitimos ponerse de pie. No hay la menor sombra de duda de que ahora los gobiernos y las clases militares de Europa occidental preparan nuevos planes para salvar a Denikin. No hay la menor duda de que intentarán ahora decuplicar la ayuda que le han prestado, porque comprenden cuán grande es el peligro que le amenaza por parte de la Rusia soviética. Y por eso ahora, igual que decíamos en los tiempos difíciles, debemos decirnos a nosotros mismos también en estos tiempos de las victorias que empiezan: «Camaradas, recordad que en el momento actual puede depender de algunas semanas, quizás de dos o tres meses, el que terminemos la guerra no solo con una victoria decisiva, sino con la completa aniquilación del enemigo, o que condenemos de nuevo a decenas y centenares de miles de hombres a una guerra larga y dolorosa. Ahora, sobre la base de la experiencia que hemos vivido, podemos decir con plena seguridad que de algunas semanas o de dos o tres meses, si sabemos triplicar nuestros esfuerzos, depende la posibilidad no solo de vencer hasta el final, sino de aniquilar al enemigo y conquistarnos una paz sólida y una paz duradera».

Por eso, camaradas, lo que más quisiera pediros es que cada uno de vosotros, al llegar a su lugar, en cada organización del partido, en cada institución soviética, ante cada asamblea de obreros y campesinos, plantee esta cuestión: camaradas, esta campaña invernal puede darnos con toda seguridad la completa aniquilación del enemigo si nosotros, alentados por el éxito y por las perspectivas de la construcción soviética que ahora se abren con claridad, miramos las semanas y los meses que nos esperan como ese período de trabajo intenso en que debemos triplicar las fuerzas dedicadas al trabajo militar y al trabajo relacionado con él; y entonces, en el plazo más breve, lograremos tal aniquilación del enemigo, tal fin de la guerra civil, que nos abrirá la posibilidad de una construcción socialista pacífica durante largo tiempo. (Aplausos.)