Camaradas, me alegra mucho saludar al congreso de educación extraescolar. Por supuesto, no esperan de mí un discurso que pueda entrar en la sustancia del asunto, como lo hizo el anterior orador, el camarada Lunacharski, que está informado y se ocupa especialmente de la cuestión. Permítanme limitarme solo a unas palabras de saludo y a pequeñas observaciones y reflexiones que he tenido que hacer cuando, en el Consejo de Comisarios del Pueblo, me ha tocado entrar en contacto, siquiera un poco de cerca, con su trabajo directo. Estoy seguro de que difícilmente se encontrará un campo de la actividad soviética, como la educación extraescolar y la instrucción pública, donde en año y medio se hayan alcanzado tan enormes éxitos. Es indudable que en este campo nos fue y les fue más fácil trabajar que en otros. Aquí tuvimos que echar por tierra las viejas barreras y los viejos obstáculos. Aquí fue más fácil salir al encuentro de esa inmensa necesidad de saber, de educación libre, de desarrollo libre, que se manifestó sobre todo entre las masas obreras y campesinas, pues si a nosotros nos fue fácil, gracias al poderoso empuje de las masas, derribar los obstáculos externos que se erguían en su camino, quebrantar las históricas instituciones burguesas que nos ataban a la guerra imperialista y condenaban a Rusia a las mayores penalidades derivadas de esa guerra; si nos fue fácil quebrantar los obstáculos externos, en cambio tuvimos que sentir con tanta mayor agudeza todo el peso de la labor de reeducación de las masas, de organización e instrucción, de difusión de los conocimientos, de lucha contra aquella herencia de oscuridad e incultura, de barbarie y embrutecimiento que nos ha tocado en suerte. Aquí la lucha hubo que librarla con métodos completamente distintos. Aquí solo se podía contar con un éxito prolongado y con una influencia sistemática y tenaz de los sectores avanzados de la población, una influencia que encuentra por parte de las masas la acogida más cordial, y a menudo somos culpables de dar menos de lo que podríamos dar. Me parece que en estos primeros pasos, en la labor de difusión de la educación extraescolar, una educación libre, no atada por viejos marcos y convencionalismos, a la que sale al encuentro la población adulta, nos ha tocado luchar en un primer momento sobre todo con obstáculos de dos clases. Ambos obstáculos los hemos heredado de la vieja sociedad capitalista, que todavía nos tiene asidos, nos tira hacia abajo por millares y millones de hilos, cuerdas y cadenas.

El primer defecto es la abundancia de personas salidas de la intelectualidad burguesa, que con frecuencia consideraban las instituciones educativas de campesinos y obreros, creadas de nuevo, como el campo más cómodo para sus personales invenciones en el terreno de la filosofía o de la cultura, cuando a menudo las más absurdas muecas se hacían pasar por algo nuevo y, bajo el aspecto de arte puramente proletario y cultura proletaria, se ofrecía algo sobrenatural y disparatado. (Aplausos.) Pero en los primeros tiempos esto era natural y quizá disculpable, y no puede achacarse como culpa al amplio movimiento, y espero que, al fin y al cabo, estamos saliendo y saldremos de esto.

El segundo defecto es también una herencia del capitalismo. Las amplias masas de trabajadores pequeño-burgueses, que aspiraban al saber y demolían lo viejo, no podían aportar nada organizador, nada organizado. Me ha tocado observar, cuando en el Consejo de Comisarios del Pueblo se planteaba la cuestión de la movilización de los alfabetizados y del departamento de bibliotecas, y de estas pequeñas observaciones sacaba mis conclusiones sobre lo mal que están las cosas en este aspecto. Por supuesto, en los discursos de salutación no es muy corriente hablar de lo que anda mal. Espero que ustedes serán libres de estos convencionalismos y no me reprocharán si comparto con ustedes mis observaciones un tanto tristes. Cuando planteábamos la cuestión de la movilización de los alfabetizados, lo que más saltaba a la vista era que nuestra revolución había obtenido un éxito brillante sin salir inmediatamente de los marcos de la revolución burguesa. Daba libertad de desarrollo a las fuerzas existentes, y esas fuerzas existentes, pequeño-burguesas, con la misma consigna de «cada uno para sí, y Dios para todos», con esa misma maldita consigna capitalista que nunca conduce a otra cosa que a Kolchak y a la vieja restauración burguesa. Cuando uno observa lo que se hace entre nosotros en el campo de la enseñanza de los analfabetos, creo que en este aspecto se ha hecho muy poco, y nuestra tarea común aquí es comprender que es necesaria la organización de los elementos proletarios. No se trata de frases ridículas que quedan en el papel, sino de aquellas medidas perentorias que es necesario dar ahora mismo al pueblo, que obligarían a toda persona alfabetizada a considerar como su deber la necesidad de enseñar a varios analfabetos. Esto ha sido proclamado en nuestro decreto. Sin embargo, en este campo no se ha hecho casi nada.

Cuando en el Consejo de Comisarios del Pueblo tuve que tratar otra cuestión, la cuestión bibliotecaria, decía: esas quejas que se oyen constantemente –la culpa la tiene nuestro atraso productivo, tenemos pocos libros y no podemos producirlos en cantidad suficiente–, me digo a mí mismo: esto es verdad. Claro está, no tenemos combustible, las fábricas están paradas, hay poco papel y no podemos conseguir libros. Todo eso es cierto, pero además es cierto que no podemos tomar el libro que tenemos. Seguimos padeciendo en este aspecto la ingenuidad y la impotencia campesinas, cuando el campesino, que había saqueado la biblioteca del señor, corría a su casa y temía que alguien se la quitara, pues la idea de que puede haber una distribución correcta, de que el erario no es algo odioso, de que el erario es el patrimonio común de los obreros y los trabajadores, esa conciencia todavía no podía tenerla. La masa campesina atrasada no tiene la culpa de esto, y desde el punto de vista del desarrollo de la revolución es completamente legítimo: es una etapa inevitable, y cuando el campesino se llevaba la biblioteca a su casa y la guardaba oculta de los demás, no podía obrar de otro modo, porque no comprendía que se pueden unificar las bibliotecas de Rusia, que habrá libros suficientes para saciar al alfabetizado y enseñar al analfabeto. Ahora es necesario luchar contra los restos de la desorganización, contra el caos, contra las ridículas disputas administrativas. Esto debe constituir nuestra tarea principal. Debemos emprender la simple y perentoria labor de movilizar a los alfabetizados y luchar contra el analfabetismo. Debemos utilizar los libros que tenemos y ponernos a crear una red organizada de bibliotecas que ayuden al pueblo a utilizar cada libro que poseamos, no crear organizaciones paralelas, sino crear una organización única y planificada. En esta pequeña labor se refleja la tarea fundamental de nuestra revolución. Si no resuelve esta tarea, si no encamina por la senda de crear una organización verdaderamente planificada y única en lugar del caos ruso sin sentido y de lo absurdo, entonces esta revolución seguirá siendo una revolución burguesa, pues la característica fundamental de la revolución proletaria, que marcha hacia el comunismo, consiste precisamente en eso, mientras que a la burguesía le bastaba con demoler lo viejo y dejar en libertad la economía campesina, que regeneraba el mismo capitalismo que en todas las revoluciones de tiempos pasados.

Si nos llamamos partido de comunistas, debemos comprender que solo ahora, cuando hemos liquidado los obstáculos externos, cuando hemos derribado las viejas instituciones, se nos plantea por primera vez de manera auténtica y en toda su magnitud la primera tarea de la verdadera revolución proletaria: la organización de decenas y centenares de millones de personas. Después de año y medio de experiencia en este campo, que todos hemos recorrido, debemos, por fin, emprender el camino correcto que venza esa incultura y esa oscuridad y barbarie de las que no hemos dejado de padecer todo el tiempo. (Aplausos atronadores.)