DISCURSO DE CLAUSURA DEL CONGRESO

23 DE MARZO

Nuestro orden del día, camaradas, se ha agotado. Permítanme que pronuncie unas palabras con motivo de la terminación del Congreso.

Camaradas: Hemos tenido que reunimos en un momento difícil, y no sólo porque hemos perdido a nuestro mejor organizador y dirigente práctico, a Yákov Mijáilovich Sverdlov. Hemos tenido que reunimos en un momento especialmente difícil porque el imperialismo internacional —ya no queda la menor duda de ello— hace el último intento, de fuerza singular, de aplastar la República Soviética. No nos cabe ninguna duda de que la acrecentada ofensiva desde el Oeste y desde el Este, simultaneada con toda una serie de levantamientos de guardias blancos y con las tentativas de desmontar las vías férreas en varios lugares, es un paso de los imperialistas de la Entente, meditado muy a las claras y decidido con toda evidencia en París. Todos conocemos, camaradas, las dificultades con que Rusia, después de haber sufrido una guerra imperialista de cuatro años, tuvo que empuñar de nuevo las armas para defender la República Soviética frente a los buitres imperialistas. Todos sabemos cuán dura es esta guerra, cómo nos extenúa. Pero sabemos también que si esta guerra se sostiene con sublime energía, con sublime heroísmo, es únicamente porque se ha creado, por vez primera en el mundo, un ejército, una fuerza armada que sabe por qué lucha, y porque los obreros y los campesinos, que soportan sacrificios increíblemente penosos, tienen clara conciencia, por vez primera en el mundo, de que defienden la República Socialista Soviética, el poder de los trabajadores sobre los capitalistas, de que defienden la causa de la revolución socialista proletaria mundial.

A pesar de esas difíciles condiciones, hemos conseguido hacer en breve plazo una obra muy grande. Hemos conseguido aprobar, además, por unanimidad —lo mismo que todos los acuerdos esenciales del Congreso— el Programa. Estamos seguros de que, no obstante sus numerosos defectos de redacción y de otra índole, ha entrado ya en la historia de la III Internacional como el Programa que resume la nueva etapa del movimiento emancipador mundial del proletariado— Estamos seguros de que en toda una serie de países en los que tenemos muchísimos más aliados y amigos de lo que sabemos, la simple traducción de nuestro Programa será la mejor respuesta a la pregunta de qué ha hecho el Partido Comunista de Rusia, que es uno de los destacamentos del proletariado mundial. Nuestro Programa será un documento de inmenso vigor para la propaganda y la agitación, será el documento que permitirá a los obreros— decir: “Ahí están nuestros camaradas, nuestros hermanos; ahí se está realizando nuestra obra común”.

Camaradas, hemos conseguido también adoptar en este Congreso otras decisiones importantísimas. Hemos aprobado la creación de la III Internacional, la Internacional Comunista, que se ha fundado aquí, en Moscú. Hemos llegado a un acuerdo unánime sobre la cuestión militar. Por muy grandes que parecieran al principio las discrepancias, por muy dispares que fueran las opiniones de muchos camaradas, que han hablado aquí con toda sinceridad de los defectos de nuestra política militar, en la comisión hemos llegado con extraordinaria facilidad a un acuerdo absolutamente unánime. Y saldremos de este Congreso seguros de que nuestro defensor principal, el Ejército Rojo, en aras del cual todo el país soporta tan innumerables sacrificios, tendrá en todos los congresistas, en todos los miembros del Partido, a sus auxiliares, dirigentes, amigos y colaboradores más fervientes y fieles sin reservas.

Camaradas, en lo que atañe a las cuestiones de organización, hemos resuelto con tanta facilidad los problemas que teníamos planteados porque la historia de las relaciones del Partido con los Soviets había esbozado ya todas esas soluciones. No nos quedaba más que resumir. Respecto al trabajo en el campo, hemos trazado con el acuerdo unánime y rápido del Congreso la pauta en un problema muy necesario y dificilísimo, considerado en otros países incluso insoluble: en el problema de la actitud del proletariado, después de derrocar a la burguesía, ante los millones y millones de campesinos medios. Todos estamos seguros de que esta resolución del Congreso fortalecerá nuestro poder. En los tiempos difíciles que vivimos, cuando los imperialistas hacen el último intento de derrocar por la violencia el Poder soviético, cuando la perentoria escasez de víveres y la desorganización del transporte ponen una y otra vez en una situación desesperada a centenares, millares y millones de personas, estamos seguros de que la resolución que hemos aprobado y el espíritu que ha animado a los congresistas ayudarán a soportar esta prueba, ayudarán a salir de este difícil semestre.

Estamos seguros de que éste será el último semestre difícil. Nos reafirma especialmente en esta seguridad la noticia que comunicamos hace unos días al Congreso: la del triunfo de la revolución proletaria en Hungría. El Poder soviético había triunfado hasta ahora únicamente en el interior, entre los pueblos que integraban lo que fue Imperio ruso; la gente miope, que se desprende con particular dificultad de la rutina y de los viejos modos de pensar (aunque pertenezca al campo de los socialistas), podía creer hasta ahora que sólo las Peculiaridades de Rusia habían originado este inesperado viraje hacia la democracia soviética proletaria y que en las peculiaridades de esta democracia se reflejan, quizá, como en un espejo deformante, las viejas peculiaridades de la Rusia zarista; si esa opinión podía mantenerse todavía, pero ahora ha sido destruida hasta los cimientos. Camaradas, las noticias recibidas hoy nos ofrecen un cuadro de la revolución húngara. Sabemos por las informaciones de hoy que las potencias aliadas han presentado el ultimátum más salvaje a Hungría, exigiéndole que deje pasar las tropas. El Gobierno burgués, al ver que las potencias aliadas quieren que sus tropas atraviesen Hungría, al ver que sobre Hungría vuelve a recaer el inaudito peso de una nueva guerra, el Gobierno burgués conciliador ha dimitido, ha entrado él mismo en negociaciones con los comunistas, con los camaradas húngaros que se encontraban en las cárceles, y él mismo ha reconocido que no hay otra salida que la entrega del poder al pueblo trabajador. (Aplausos.)

Camaradas, se ha dicho de nosotros que somos usurpadores. A fines de 1917 y comienzos de 1918, la burguesía y muchos de sus adeptos no tenían otras palabras para hablar de nuestra revolución que las de “violencia” y “usurpación”. Todavía se oyen afirmaciones, cuyo absurdo hemos demostrado más de una vez, según las cuales el poder bolchevique se sostiene gracias a la violencia. Esas estupideces se podían repetir antes, pero el ejemplo de Hungría obliga a callar ahora a quienes las decían. Hasta la burguesía ha visto que no puede existir otro poder que el de los

Consejos. La burguesía de un país más culto ha visto, con mayor claridad que nuestra burguesía en vísperas del 25 de octubre, que el país se hunde, que el pueblo ha de pasar por pruebas cada vez más duras y que, por consiguiente, el poder debe estar en manos de los Consejos, que los obreros y los campesinos de Hungría, la nueva democracia proletaria de los Consejos, debe salvar al país.

Las dificultades de la revolución húngara son inmensas, camaradas. Este país, pequeño en comparación con Rusia, puede ser estrangulado por los imperialistas con mucha mayor facilidad. Pero cualesquiera que sean las dificultades que, sin duda, se presentan aún a Hungría, tenemos en este caso, además de la victoria del Poder de los Consejos, una victoria moral nuestra. La burguesía más radical, más democrática y conciliadora ha reconocido que en un momento de crisis grandiosa, cuando sobre un país extenuado por la guerra se cierne la amenaza de una nueva guerra, el Poder de los Consejos es una necesidad histórica; ha reconocido que en un país así no puede haber más poder que el de los Consejos, que la dictadura del proletariado.

Camaradas, hemos dejado en pos nuestro a toda una pléyade de revolucionarios que sacrificaron su vida por la liberación de Rusia. A la mayoría de esos militantes revolucionarios les tocó en suerte un duro destino. Les tocaron en suerte las persecuciones del zarismo y no han tenido la dicha de asistir al triunfo de la revolución. Pero nosotros hemos tenido una felicidad mayor aún. No sólo hemos visto el triunfo de nuestra revolución, no sólo hemos visto cómo se afianzaba en medio de dificultades inauditas y creaba las nuevas formas de poder, que nos granjean las simpatías del mundo entero, sino que vemos también que la semilla sembrada por la revolución Tusa germina en Europa. Esto hace que nazca en nosotros la seguridad absoluta e inquebrantable de que por duras que sean las pruebas que tengamos que afrontar aún, por grandes que sean las calamidades que pueda causarnos todavía la fiera agonizante del imperialismo— internacional, este buitre morirá, y el socialismo vencerá en el mundo entero. (Prolongados aplausos .)

Declaro clausurado el VIII Congreso del Partido Comunista de Rusia.