Impreso en folleto separado en 1919, publicado por el Soviet de Petrogrado de diputados obreros y del Ejército Rojo; el epílogo se imprimió por primera vez en 1922 en las Obras Completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XVI.

Se imprime según el texto del folleto; el epílogo según el manuscrito.

Ahora precisamente, cuando hemos logrado restaurar la Internacional revolucionaria, la Internacional Comunista, ahora precisamente, cuando la forma soviética de movimiento se ha convertido por sí misma en programa tanto teórico como práctico para toda la III Internacional, cuando esto se ha hecho, es precisamente ahora oportuno recordar el desarrollo general de los Soviets. ¿Qué son los Soviets? ¿Qué significado tiene esta forma, creada por las masas y no inventada por nadie?

Solo desde este punto de vista se puede, me parece, valorar correctamente tanto las tareas que ya se nos plantean —ante el poder conquistado por el proletariado— como la realización de esas tareas que, en el último año, teniendo ya la dictadura del proletariado en Rusia, intentamos dar y dimos.

Solo desde el punto de vista del papel general de los Soviets, de su significado general, de su lugar en el desarrollo histórico mundial, se puede entender en qué situación nos encontramos, por qué tuvimos que actuar así y no de otra manera, y con qué hay que verificar, mirando hacia atrás, la corrección o incorrección de nuestros pasos.

Y tales puntos de vista más generales, más amplios o de mayor alcance nos son ahora doblemente necesarios, porque los miembros del partido en Rusia tienen que sufrir a veces y notar deficiencias, fallos e insuficiencia de su trabajo debido a que la realización práctica de las tareas de gestión urgentes, corrientes, inmediatas, candentes, que han recaído y recaen sobre el poder soviético, a menudo desvía, obstruye la atención, nos obliga, a pesar de todos nuestros esfuerzos —aquí no se puede hacer nada contra las condiciones de la actividad—, a prestar demasiada atención a pequeños detalles de la gestión y olvidar el curso general del desarrollo de toda la dictadura proletaria a escala mundial, su desarrollo a través del poder de los Soviets, mejor dicho, a través del movimiento soviético, a través de las vacilaciones de las masas proletarias dentro de los Soviets —lo que todos hemos vivido y olvidado— y a través del intento dentro de los Soviets de realizar la dictadura.

He aquí las dificultades que han recaído sobre nosotros, y he aquí a qué tareas generales, en mi opinión, hay que tratar de prestar atención, para arrancarnos, en lo posible, un poco de los detalles de la gestión que recaen sobre cada persona ocupada en el trabajo soviético práctico, y para comprender qué gran paso nos queda por dar —a nosotros, como destacamento del ejército proletario mundial.

No se puede vencer completa y definitivamente a escala mundial en una sola Rusia, sino solo cuando en todos los países, al menos en los avanzados, o aunque sea en varios de los países avanzados más grandes, venza el proletariado. Solo entonces podremos decir con plena seguridad que la causa del proletariado ha vencido, que nuestro primer objetivo —el derrocamiento del capitalismo— se ha alcanzado.

Eso lo realizamos con respecto a un país y nos planteó una segunda tarea. Si el poder de los Soviets se ha realizado, si la burguesía ha sido derrocada en un país, la segunda tarea es la lucha a escala internacional, la lucha en otro plano, la lucha del estado proletario en medio de los estados capitalistas.

La situación es extraordinariamente nueva y difícil.

Y, por otro lado, si el poder de la burguesía ha sido derrocado, la tarea principal se convierte en la tarea de organizar la construcción.

Los socialistas amarillos, que ahora, reunidos en Berna, se disponen a obsequiarnos con la visita de notables extranjeros, son los que más gustan de soltar frases como esta: «Los bolcheviques creen en la omnipotencia de la violencia». Esta frase muestra solo que la sueltan gentes que, en el fragor de la lucha revolucionaria, cuando la violencia de la burguesía los aplasta por completo —mirad lo que ocurre en Alemania—, no saben enseñar a su proletariado la táctica de la violencia necesaria.

Hay condiciones en que la violencia es necesaria y útil, y hay condiciones en que la violencia no puede dar ningún resultado. Sin embargo, ha habido ejemplos de que esta diferencia no era asimilada por todos, y hay que hablar de ello. En Octubre, la violencia, el derrocamiento de la burguesía por el poder soviético, la eliminación del viejo gobierno, la violencia revolucionaria dio un éxito brillante.

¿Por qué? Porque las masas estaban organizadas en los Soviets, en primer lugar, y porque, en segundo lugar, el enemigo —la burguesía— estaba socavado, minado, desgastado por el largo período político de febrero a octubre, como un trozo de hielo por el agua de la primavera, y ya interiormente estaba completamente debilitado. Y el movimiento de Octubre, si se compara aunque sea con el actual movimiento revolucionario en Alemania, nos dio tan fácilmente una victoria completa y brillante de la violencia revolucionaria.

¿Se puede suponer que ese camino, esa forma de lucha, la fácil victoria de la violencia revolucionaria, sea realizable sin estas condiciones?

Suponerlo sería el mayor error. Y cuanto más grandes son las victorias revolucionarias que se obtienen en determinadas condiciones, más frecuente es el peligro de que nos dejemos seducir por esas victorias, sin pensar fría, tranquila y atentamente en las condiciones en que eso fue posible.

Cuando al gobierno de Kérenski, al ministerio de coalición de Miliukov, lo desgastamos, se puede decir, hasta el último hilo, probamos cómo sentarlos en los puestos ministeriales en todas las combinaciones, los obligamos a hacer el baile ministerial de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, de abajo arriba y de arriba abajo, resultó que, por más que se sentaran, no servían para músicos, y entonces volaron como pelusas.

¿Se parece a esto la situación que ahora se ha presentado ante nuestra tarea práctica con respecto al imperialismo mundial? Claro que no.

He ahí por qué en el terreno de la política exterior la cuestión de la paz de Brest causó tales dificultades. El carácter masivo del movimiento ayudó a superarlas.

Pero ¿cuál es la fuente de los errores que llevaron a una parte de los camaradas a pensar que cometíamos un crimen inaudito? Y todavía hay algunos excéntricos aislados entre los que saben manejar la pluma y se imaginan que personalmente representan algo, tienen experiencia, pueden enseñar, etc., y que aún ahora aseguran que eso fue un componenda con el imperialismo alemán.

Sí, tal componenda hubo, cuando nos «componíamos» con el zar, entrando en la repulsiva Duma reaccionaria y haciéndola estallar desde dentro.

¿Se podía contar, mediante la mera aplicación de la violencia, con derrocar el imperialismo mundial sin el correspondiente desarrollo del proletariado en esos países imperialistas?

Si se plantea así la tarea —y nosotros, como marxistas, hemos enseñado constantemente que hay que plantearla así y solo así—, entonces aplicar la política de violencia sería una completa necedad y tontería y una total incomprensión de las condiciones en que la política de violencia tiene éxito.

Ahora lo vemos. Estamos enriquecidos por la experiencia.

Mientras en el período de la paz de Brest teníamos que reunir fuerzas y, con las más penosas dificultades, echar los cimientos de un nuevo ejército, el Ejército Rojo, en un país arruinado y agotado por la guerra como ningún otro país del mundo, mientras íbamos poniendo piedra sobre piedra en la primera mitad y principios de la segunda mitad de 1918 los cimientos de un verdadero Ejército Rojo socialista, en ese tiempo el imperialismo de otros países era socavado por la descomposición interna, el crecimiento de la protesta y se debilitaba.

Y la violencia revolucionaria en Alemania obtuvo la victoria cuando el desarrollo de la lucha durante muchos meses socavó el imperialismo en ese país, y lo mismo se repite ahora hasta cierto punto —hasta cierto punto, no completamente— en relación con los países de la Entente.

Un americano, que observaba lo que sucedía en los países de Europa Occidental con mucha atención, directamente, sin ningún tipo de prejuicio, me dijo hace poco: «A Francia le espera, sin duda, la mayor desilusión, el derrumbe de las ilusiones; a los franceses los alimentan con promesas: ustedes, dicen, han vencido». Los viejos sentimientos patrióticos de todo el pueblo francés, el rencor por cómo fueron aplastados en el año 70, la furiosa indignación por cómo el país, tras cuatro años de guerra, se ha despoblado, desangrado, está agotado – todo esto lo utiliza la burguesía para canalizarlo hacia el chovinismo: «Hemos vencido a los alemanes, tendremos los bolsillos llenos y descansaremos». Pero el americano, que ve las cosas con sobriedad, a la manera de un comerciante, dice: «El alemán no pagará, porque no tiene de qué pagar».

Por eso al pueblo francés lo alimentan con promesas y cuentos de hadas de que pronto llegará la paz, la victoria definitiva. Pero la paz es el derrumbe de todas las esperanzas de poder salir de este pantano sangriento aunque sea un poco vivos, con brazos y piernas rotos, pero vivos. Salir de este mundo bajo el viejo capitalismo no se puede, porque se ha acumulado una avalancha tal de deudas capitalistas, una mole tal de ruinas en todo el mundo capitalista, causadas por la guerra, que no se puede salir sin derribar la avalancha misma.

Incluso aquellos que no son revolucionarios y no creen en la revolución y le temen a la revolución, teóricamente la discuten y se verán obligados por el curso de los acontecimientos, por las consecuencias de la guerra imperialista, a convencerse de que no hay otra salida que la revolución.

Repito, me impresionó especialmente la valoración de la situación hecha por el americano desde el punto de vista de un comerciante, que, por supuesto, no se ocupa de la teoría de la lucha de clases y sinceramente la considera una tontería, pero que se interesa por millones y miles de millones y, sabiendo contar, pregunta: ¿pagarán o no pagarán? – y responde, también desde el punto de vista de un cálculo comercial completamente práctico: «¡No tienen de qué pagar! ¡Y ni siquiera se obtendrán 20 kopeks por rublo!».

He aquí la situación en la que, en todos los países de la Entente, vemos una efervescencia enorme y generalizada basada en las simpatías de los obreros hacia la forma soviética.

Por ejemplo, en París, la multitud – quizás la más sensible de todas las asambleas populares de otros países, porque en París ha pasado por una gran escuela, ha realizado una serie de revoluciones – allí la multitud, la más receptiva, que no permitirá que un orador desafine, ahora interrumpe a aquellos que se atreven a hablar contra el bolchevismo; mientras que hace apenas unos meses era imposible siquiera insinuarse ante la multitud parisina a favor del bolchevismo sin encontrar comentarios burlones de esa misma multitud.

En París, mientras tanto, la burguesía pone en marcha todo su sistema de mentiras, calumnias y engaños contra el bolchevismo. Pero nosotros ya sabemos lo que eso significa, cuando en 1917 nosotros, los bolcheviques, sufrimos la persecución de toda la prensa burguesa. Entre nosotros, los señores burgueses se equivocaron un poco y se pasaron, pensando que envolvían a los bolcheviques en las redes de la mentira y la calumnia; pero se pasaron tanto, se excedieron en sus ataques, que nos hicieron publicidad gratuita y obligaron a los obreros más atrasados a pensar: «¡Si los capitalistas insultan tanto a los bolcheviques, entonces significa que estos bolcheviques saben luchar contra los capitalistas!».

He aquí por qué la política que tuvimos que llevar a cabo durante la Paz de Brest, la más brutal, violenta y humillante, resultó ser la única política correcta.

Y creo que no es inútil recordar esta política una vez más ahora, cuando la situación se vuelve similar en relación con los países de la Entente, cuando están igualmente llenos del furioso deseo de echar sobre Rusia sus deudas, miseria, ruina, saquear a Rusia, aplastarla, para desviar de sí mismos la creciente indignación de sus masas trabajadoras.

Mirando las cosas con seriedad, estamos obligados a decirnos con toda claridad, si no queremos engañarnos a nosotros mismos y a los demás – y eso es una ocupación perjudicial para un revolucionario – debemos decir que la Entente es más fuerte que nosotros, desde el punto de vista de la fuerza militar. Pero si tomamos la cuestión en su desarrollo, diremos también con toda claridad y convicción, basada no solo en nuestras concepciones revolucionarias, sino también en la experiencia, que ese poderío de los países de la Entente no es duradero; están en vísperas de un enorme cambio en el estado de ánimo de sus masas.

A los obreros franceses e ingleses los han alimentado con promesas: «Saquearemos todo el mundo, y entonces tú estarás saciado». Eso es lo que grita toda la prensa burguesa, metiendo todo esto en la cabeza de las masas atrasadas.

Dentro de unos meses, supongamos, concluirán la paz, si no se agarran inmediatamente entre ellos, para lo cual hay una serie de indicios muy serios. Pero si logran, sin agarrarse del pelo y la garganta, concluir la paz, entonces esa paz será el comienzo de un colapso inmediato, porque pagar esas deudas inauditas y ayudar a la ruina desesperada, cuando en Francia la producción de trigo se ha reducido a más de la mitad, y el hambre llama a todas las puertas, y las fuerzas productivas están destruidas – no están en condiciones de ayudar a eso.

Si miramos las cosas con seriedad, hay que reconocer que el modo de valorar las cosas que nos dio una medida tan correcta al valorar la revolución rusa, nos da cada día la confirmación de la revolución mundial. Sabemos que los arroyos que arrastrarán esos témpanos de la Entente – témpanos del Acuerdo, del capitalismo, del imperialismo – se fortalecen cada día.

Por un lado, los países de la Entente son más fuertes que nosotros; por otro lado, no podrán mantenerse en absoluto por su situación interna durante mucho tiempo.

De esta misma situación se derivan las complejas tareas de la política internacional – tareas que quizá, y hasta probablemente, tendremos que resolver en los próximos días y sobre las cuales no estoy suficientemente informado en toda su concreción, pero sobre las cuales quisiera hablar sobre todo – precisamente para que la experiencia en el campo de la actividad del Consejo de Comisarios del Pueblo, en el campo de la política exterior, se presente ante ustedes, camaradas, de forma clara y apasionante.

Nuestra experiencia más sustancial es la Paz de Brest. Eso es lo más sustancial en el resultado de la política exterior del Consejo de Comisarios del Pueblo. Tuvimos que esperar, retroceder, maniobrar, firmar la paz más humillante, obteniendo así la posibilidad de construir un nuevo fundamento de un nuevo ejército socialista. Y hemos echado los cimientos, mientras que nuestro otrora poderoso y omnipotente enemigo ya ha resultado impotente.

Hacia eso se encamina la cuestión en todo el mundo, y esa es la principal y fundamental lección que hay que asimilar lo más firmemente posible y tratar de comprender lo más claramente posible, para no cometer errores en las cuestiones muy complejas, muy difíciles, muy enmarañadas de la política exterior, que dentro de poco se plantearán ante el Consejo de Comisarios del Pueblo, ante el Comité Ejecutivo Central, en general ante todo el poder soviético.

Con esto concluiré la cuestión de la política exterior para pasar a algunas de las otras cuestiones más importantes.

Camaradas, en lo que respecta a la actividad militar, en febrero y marzo de 1918 – hace un año – no teníamos ningún ejército. Teníamos, quizás, 10 millones de obreros y campesinos armados que constituían el viejo ejército, completamente descompuesto, imbuido de la más absoluta disposición y determinación de irse, huir y abandonarlo todo a toda costa.

Este fenómeno se consideraba entonces como exclusivamente ruso. Pensaban que los rusos, con la impaciencia o la insuficiente organización propias de los rusos, no soportarían, mientras que los alemanes soportarían.

Así nos decían. Y vemos ahora que pasaron unos meses – y con la organización del ejército alemán, que era inconmensurablemente superior a la nuestra en términos de cultura, técnica, disciplina, en términos de condiciones humanas para enfermos, heridos, en términos de permisos, etc., que también allí con su organización ocurrió la misma historia. La masacre, la masacre de muchos años, las masas más cultas y disciplinadas no la soportaron, sobrevino un período de descomposición absoluta, cuando incluso el avanzado ejército alemán flaqueó.

Evidentemente, no solo para Rusia, sino para todos los países hay un límite. Para distintos países hay un límite distinto, pero – un límite, más allá del cual no se puede llevar la guerra, en interés de los capitalistas. Eso es lo que observamos ahora.

El imperialismo alemán se ha desenmascarado por completo como un depredador. Lo más importante es que tanto en América como en Francia, en esas presuntas democracias (sobre democracias parlotean los traidores del socialismo, mencheviques y eseristas, esos desgraciados que se llaman a sí mismos socialistas), en esas democracias avanzadas del mundo, en esas repúblicas, el imperialismo se vuelve cada día más insolente, y aparecen bestias salvajes, depredadores, como en ningún otro lugar. Saquean el mundo, se pelean entre sí y se arman unos contra otros. Ocultarlo durante mucho tiempo es imposible. Se podía ocultar mientras duró la borrachera de la guerra. La borrachera pasa, la paz se avecina, y las masas, precisamente en estas democracias, ven, a pesar de toda la mentira, que la guerra ha conducido a un nuevo saqueo. La república más democrática no es más que un disfraz para el depredador más bestial, cínico, dispuesto a arruinar a cientos de millones de personas para pagar las deudas, es decir, para pagar a los señores imperialistas, capitalistas, por el hecho de que bondadosamente permitieron a los obreros cortarse el cuello unos a otros. Cada día esto se vuelve más claro para las masas.

Esta es la situación en la que es posible que surjan manifestaciones políticas como el artículo de un comentarista militar en el periódico de la burguesía más rica y políticamente más experimentada: el "Times" inglés, que valora los acontecimientos con estas palabras: "En todo el mundo los ejércitos se descomponen, pero hay un solo país donde el ejército se está construyendo, y ese país es Rusia".

He aquí un hecho que se ve obligada a reconocer la burguesía, militarmente mucho más fuerte que el bolchevismo soviético. Y con este hecho nos acercamos a la valoración de lo que hemos hecho durante este año de trabajo soviético.

Hemos logrado alcanzar un punto de inflexión, cuando en lugar de un ejército de diez millones, que huyó en masa, incapaz de soportar los horrores de la guerra y comprendiendo que esta guerra era criminal, comenzó a construirse, cien mil tras cien mil, un ejército socialista, que sabe por qué lucha y va a sacrificios y privaciones mayores que bajo el zarismo, porque sabe que defiende su propia causa, su tierra, su poder en la fábrica, defiende el poder de los trabajadores, y los trabajadores de otros países, aunque con dificultad y penosamente, están despertando.

Tal es la situación que caracteriza la experiencia anual del Poder Soviético.

La guerra es increíblemente difícil para la Rusia Soviética, la guerra es increíblemente difícil para el pueblo que durante cuatro años soportó los horrores de la guerra imperialista. La guerra para la Rusia Soviética es increíblemente dura. Pero en el momento actual, incluso los enemigos poderosos reconocen que su ejército se descompone, mientras que el nuestro se construye. Porque, por primera vez en la historia, el ejército se construye sobre la base de la proximidad, de la proximidad indisoluble, se podría decir, de la fusión indisoluble, de los Soviets con el ejército. Los Soviets unen a todos los trabajadores y explotados, y el ejército se construye sobre los principios de la defensa socialista y la conciencia.

Un monarca prusiano en el siglo XVIII pronunció una frase inteligente: "Si nuestros soldados comprendieran por qué luchamos, no se podría librar ninguna guerra". El viejo monarca prusiano no era un hombre tonto. Ahora nosotros estamos dispuestos a decir, comparando nuestra situación con la de ese monarca: podemos librar la guerra porque las masas saben por qué luchan y quieren luchar, a pesar de las penurias inauditas – repito, las penurias de la guerra son ahora mayores que bajo el zarismo –, saben que realizan sacrificios desesperados, insoportablemente pesados, defendiendo su causa socialista, luchando junto a aquellos obreros de otros países que se están "descomponiendo" y han comenzado a comprender nuestra situación.

Hay personas necias que gritan sobre el militarismo rojo; son unos estafadores políticos que fingen creer en esa necedad y lanzan acusaciones semejantes a diestra y siniestra, valiéndose para ello de su habilidad de abogados para inventar argumentos falsos y echar arena a los ojos de las masas. Y los mencheviques y eseristas gritan: "¡Mirad, en lugar del socialismo os dan militarismo rojo!".

¡Realmente, un crimen "terrible"! Los imperialistas de todo el mundo se lanzaron contra la República Rusa para estrangularla, y nosotros comenzamos a crear un ejército que, por primera vez en la historia, sabe por qué lucha y por qué hace sacrificios, y resiste con éxito a un enemigo más numeroso, acercando cada mes de resistencia en una escala hasta ahora nunca vista la revolución mundial, ¡y esto es condenado como militarismo rojo!

Repito: o son necios que no admiten ninguna valoración política, o son estafadores políticos.

Todo el mundo sabe que esta guerra nos ha sido impuesta; a principios de 1918 terminamos la guerra antigua y no comenzamos ninguna nueva; todos saben que los guardias blancos se lanzaron contra nosotros en el oeste, en el sur, en el este, solo gracias a la ayuda de la Entente, que arrojaba millones a diestra y siniestra, mientras que los enormes depósitos de pertrechos y material bélico sobrantes de la guerra imperialista fueron reunidos por los países avanzados y arrojados para ayudar a los guardias blancos, porque estos señores millonarios y multimillonarios saben que aquí se decide su destino, que aquí perecerán si no nos aplastan inmediatamente.

La república socialista realiza esfuerzos inauditos, hace sacrificios y obtiene victorias; y si ahora, como resultado de un año de guerra civil, miramos el mapa: ¿qué era la Rusia Soviética en marzo de 1918, qué llegó a ser en julio de 1918, cuando en el oeste estaban los imperialistas alemanes según la línea de la paz de Brest, Ucrania estaba bajo el yugo de los imperialistas alemanes, en el este hasta Kazán y Simbirsk dominaban los checoslovacos comprados por franceses e ingleses?, y si tomamos el mapa ahora, veremos que nos hemos expandido inauditamente, hemos obtenido enormes victorias.

Esta es la situación en la que solo los estafadores políticos más sucios y bajos pueden pronunciar palabras duras acusándonos de militarismo rojo.

En la historia no ha habido revoluciones que, una vez conquistadas, se puedan guardar en el bolsillo y dormirse en los laureles. Quien piense que tales revoluciones son concebibles, no solo no es un revolucionario, sino el peor enemigo de la clase obrera. No ha habido ninguna revolución así, ni siquiera secundaria, ni siquiera burguesa, cuando se trataba solo de transferir el poder de una minoría propietaria a otra minoría. ¡Conocemos ejemplos! La Revolución Francesa, contra la que se armaron las viejas potencias a principios del siglo XIX para aplastarla, es llamada grande precisamente porque supo levantar en defensa de sus conquistas a amplias masas populares, que ofrecieron resistencia al mundo entero; ahí reside uno de sus grandes méritos.

La revolución es sometida a las pruebas más serias en la práctica, en la lucha, en el fuego. Si estás oprimido, explotado y piensas en derrocar el poder de los explotadores, si has decidido llevar a cabo el derrocamiento hasta el final, debes saber que tendrás que soportar el embate de los explotadores de todo el mundo; y si estás dispuesto a rechazar ese embate y a realizar nuevos sacrificios para mantenerte en la lucha, entonces eres un revolucionario; de lo contrario, serás aplastado.

Así plantea la cuestión la historia de todas las revoluciones.

La verdadera prueba de nuestra revolución es que nosotros, en un país atrasado, antes que otros, supimos tomar el poder, conquistar la forma soviética de gobierno, el poder de los trabajadores y explotados. ¿Sabremos mantenerlo, aunque solo sea hasta que se agiten las masas de otros países? Y si no somos capaces de hacer nuevos sacrificios y mantenernos, dirán: la revolución resultó históricamente injustificada. Los demócratas de los países civilizados, armados hasta los dientes, temen, sin embargo, la aparición de unos cien bolcheviques en alguna república libre de cien millones de habitantes, como América; ¡es una infección así! ¡Y la lucha contra un centenar de salidos de la Rusia hambrienta y arruinada que hablarán de bolchevismo les resulta imposible a los demócratas! ¡Las simpatías de las masas están de nuestro lado! A los burgueses les queda un solo salvación: mientras la espada no haya caído de sus manos, mientras los cañones estén en sus manos, dirigir esos cañones contra la Rusia Soviética y aplastarla en unos meses, porque después ya no habrá nada que la aplaste. En esta situación nos encontramos, así se determina la política militar del Consejo de Comisarios del Pueblo durante este año, y por eso nosotros, señalando los hechos, los resultados, tenemos derecho a decir que soportamos la prueba solo porque los obreros y campesinos, inauditamente extenuados por la guerra, construyen un nuevo ejército en condiciones aún más penosas, manifestando un nuevo heroísmo.

He aquí breves resúmenes de la política del poder soviético en el ámbito militar. Me permitiré aquí decir algunas palabras más sobre un punto donde la política en la cuestión militar se entrelaza con la política en otras cuestiones, con la política económica: hablo de los especialistas militares.

Ustedes probablemente saben qué debates suscitó esta cuestión, con qué frecuencia compañeros que se cuentan entre los más fieles y convencidos bolcheviques-comunistas expresaron airadas protestas porque en la construcción del Ejército Rojo socialista utilizamos a viejos especialistas militares, generales y oficiales zaristas manchados por haber servido al zarismo y, a veces, por sangrientas represalias contra obreros y campesinos.

La contradicción salta a la vista, la indignación surge aquí, se podría decir, por sí sola. ¡¿Cómo construir un ejército socialista con ayuda de especialistas del zarismo?!

Resultó que lo construimos solo así. Y si reflexionamos sobre la tarea que aquí nos ha correspondido, no es difícil comprender que solo así se podía construir. Esto no es solo un asunto militar; esta tarea se nos ha planteado en todos los ámbitos de la vida del pueblo y de la economía nacional.

Los viejos socialistas utópicos imaginaban que se podía construir el socialismo con otras personas, que primero educarían a personas bonitas, limpias, magníficamente instruidas y construirían el socialismo con ellas. Siempre nos reímos y decíamos que eso es un juego de muñecas, un entretenimiento de señoritingas almibaradas del socialismo, pero no una política seria.

Queremos construir el socialismo con aquellas personas que han sido educadas por el capitalismo, estropeadas y corrompidas por él, pero también templadas por él para la lucha. Hay proletarios que están templados de tal modo que son capaces de soportar sacrificios mil veces mayores que cualquier ejército; hay decenas de millones de campesinos oprimidos, atrasados, dispersos, pero capaces, si el proletariado lleva una táctica hábil, de unirse en torno a él en la lucha. Y luego están los especialistas de la ciencia, la técnica, todos profundamente imbuidos de la concepción burguesa del mundo; están los especialistas militares que se educaron en condiciones burguesas – y aún es bueno si en burguesas, que si en terratenientes, de palo, de servidumbre. En lo que respecta a la economía nacional, todos los agrónomos, ingenieros, maestros – todos provenían de la clase propietaria; ¡no cayeron del aire! El proletario desposeído junto a la máquina y el campesino junto al arado no pudieron pasar por la universidad ni bajo el zar Nicolás, ni bajo el presidente republicano Wilson. La ciencia y la técnica son para los ricos, para los propietarios; el capitalismo da cultura solo para la minoría. Y nosotros debemos construir el socialismo a partir de esa cultura. No tenemos otro material. Queremos construir el socialismo inmediatamente con el material que nos dejó el capitalismo de ayer para hoy, ahora mismo, y no con esas personas que se prepararán en invernaderos, si uno se entretiene con esa fábula. Tenemos a los especialistas burgueses, y no tenemos nada más. No tenemos otros ladrillos, no tenemos de qué construir. El socialismo debe vencer, y nosotros, socialistas y comunistas, debemos demostrar de hecho que somos capaces de construir el socialismo con estos ladrillos, con este material, construir la sociedad socialista a partir de los proletarios, que gozaron de la cultura en una cantidad insignificante, y a partir de los especialistas burgueses.

Y si no construyen la sociedad comunista con este material, entonces son unos charlatanes vacíos, unos habladores.

¡Así plantea la cuestión la herencia histórica del capitalismo mundial! ¡He ahí la dificultad que se nos presentó concretamente cuando tomamos el poder, cuando obtuvimos el aparato soviético!

Esta es una mitad de la tarea, y es la mitad grande de la tarea. El aparato soviético significa que los trabajadores están unidos para, con el peso de su unión masiva, aplastar al capitalismo. Lo han aplastado. Pero del capitalismo aplastado no te sacias. Hay que tomar toda la cultura que el capitalismo dejó, y a partir de ella construir el socialismo. Hay que tomar toda la ciencia, la técnica, todos los conocimientos, el arte. Sin esto no podemos construir la vida de la sociedad comunista. Y esta ciencia, técnica, arte – están en manos de los especialistas y en sus cabezas.

Así está planteada la tarea en todos los ámbitos – una tarea contradictoria, como contradictorio es todo el capitalismo, dificilísima, pero realizable. No porque dentro de unos veinte años educaremos a limpios especialistas comunistas: la primera generación de comunistas sin mancha ni reproche; no, disculpen, tenemos que arreglarlo todo ahora, no dentro de veinte años, sino dentro de dos meses, para luchar contra la burguesía, contra la ciencia y la técnica burguesas de todo el mundo. Aquí debemos vencer. Obligar a los especialistas burgueses a servirnos con el peso de su masa – es difícil, pero posible; y si lo hacemos, venceremos.

Cuando recientemente el camarada Trotski me comunicó que en nuestro departamento militar el número de oficiales asciende a varias decenas de miles, entonces me hice una idea concreta de en qué consiste el secreto de utilizar a nuestro enemigo: ¡cómo obligar a construir el comunismo a quienes eran sus adversarios, a construir el comunismo con ladrillos que los capitalistas seleccionaron contra nosotros! ¡No se nos han dado otros ladrillos! Y he ahí que con estos ladrillos, bajo la dirección del proletariado, debemos obligar a los especialistas burgueses a construir nuestro edificio. He aquí lo difícil, ¡y he aquí la garantía de la victoria!

Por supuesto, en este camino, por ser nuevo y difícil, se han cometido no pocos errores, en este camino nos esperaban no pocas derrotas; todos saben que un número determinado de especialistas nos ha traicionado sistemáticamente: entre los especialistas en las fábricas, en la agronomía, en la administración, nos tropezamos y nos tropezamos a cada paso con una actitud maliciosa hacia el trabajo, con un sabotage malicioso.

Sabemos que todo esto son enormes dificultades y que no se pueden vencer solo con la violencia… Nosotros, por supuesto, no estamos contra la violencia; nos reímos de quienes se muestran negativos ante la dictadura del proletariado y decimos que son personas necias, incapaces de comprender que debe haber o la dictadura del proletariado o la dictadura de la burguesía. Quien dice otra cosa – o es un idiota, o es políticamente tan analfabeto que no solo da vergüenza dejarlo subir a la tribuna, sino incluso dejarlo entrar a una reunión. Puede haber o violencia contra Liebknecht y Luxemburgo, el asesinato de los mejores dirigentes obreros, o la represión violenta de los explotadores; y quien sueña con un término medio es el adversario más nocivo y peligroso para nosotros. Así está planteada la cuestión hoy. Así que cuando hablamos de la utilización de especialistas, hay que tener en cuenta la lección de la política soviética durante un año; en este año quebrantamos y vencimos a los explotadores, y ahora tenemos que resolver la tarea de utilizar a los especialistas burgueses. Aquí, repito, solo con violencia no se consigue nada. Aquí, además de la violencia, después de la violencia victoriosa, se necesita organización, disciplina y el peso moral del proletariado vencedor, que somete e incorpora a su trabajo a todos los especialistas burgueses.

Dirán: ¡en lugar de violencia, Lenin recomienda la influencia moral! Pero es necio imaginar que solo con violencia se puede resolver la cuestión de la organización de la nueva ciencia y técnica en la construcción de la sociedad comunista. ¡Tonterías! Nosotros, como partido, como personas que hemos aprendido algo durante este año de trabajo soviético, no caeremos en esa necedad y prevenimos a las masas contra ella. Utilizar todo el aparato de la sociedad burguesa, capitalista – esa tarea exige no solo violencia victoriosa, exige, además de eso, organización, disciplina, disciplina de camaradería entre las masas, organización de la influencia proletaria sobre toda la demás población, creación de una nueva atmósfera de masas en la que el especialista burgués vea que no tiene salida, que no se puede volver a la vieja sociedad, y que él puede hacer su trabajo solo con los comunistas, que están al lado, dirigen a las masas, gozan de la confianza absoluta de las masas y se encaminan a que los frutos de la ciencia burguesa, de la técnica, los frutos del desarrollo milenario de la civilización, no vayan a parar a un puñado de personas que los utilizan para distinguirse y enriquecerse, sino que vayan a parar a la totalidad de los trabajadores.

La tarea es de una enorme dificultad, para resolverla completamente hay que dedicarle decenas de años. Y para resolverla, hay que crear una fuerza, una disciplina tal, una disciplina de camaradas, una disciplina soviética, una disciplina proletaria, que no solo aplaste físicamente a los contrarrevolucionarios de la burguesía, sino que los envuelva por completo, los subordine a sí misma, los obligue a marchar sobre nuestros rieles, a servir a nuestra causa.

Repito que en la labor de construcción militar y de construcción económica, y en el trabajo de cada consejo de economía nacional, y en el trabajo de cada comité de fábrica, de cada fábrica nacionalizada, nos topábamos a diario con esta tarea. Apenas si hubo una semana en que en el Consejo de Comisarios del Pueblo, durante este año, de una u otra manera, bajo una u otra forma, no se planteara y resolviera por nosotros esta cuestión. Y estoy seguro de que no hubo un solo comité de fábrica en Rusia, ni una sola comuna agrícola, ni una sola hacienda soviética, ni un solo departamento territorial de tierras que, durante el año de trabajo soviético, no se topara decenas de veces con esta cuestión.

Ahí radica la dificultad de la tarea, pero ahí radica también la verdadera y agradecida tarea, eso es lo que debemos hacer ahora, al día siguiente de que la fuerza del levantamiento proletario haya aplastado a los explotadores. Aplastamos su resistencia – eso había que hacerlo – pero no solo había que hacer eso, sino que con la fuerza de la nueva organización, la organización de camaradas de los trabajadores, hay que obligarlos a servirnos, hay que curarlos de sus viejos vicios, impedirles que vuelvan a su práctica explotadora. Siguen siendo los viejos burgueses y ocupan puestos de oficiales y en los estados mayores de nuestro ejército; ellos, los ingenieros y agrónomos, esos viejos burgueses que se autodenominan mencheviques y eseristas. El apelativo no cambia nada, pero son burgueses de pies a cabeza, por su cosmovisión y sus hábitos.

¿Y qué, acaso los vamos a echar? ¡No se puede echar a cientos de miles! Y si los echáramos, nos mutilaríamos a nosotros mismos. No tenemos de qué construir el comunismo sino a partir de lo que ha creado el capitalismo. No hay que echarlos, sino quebrantar su resistencia, vigilándolos a cada paso, sin hacer ninguna concesión política, a las que las personas sin carácter ceden a cada instante. Las personas cultas ceden a la política y a la influencia de la burguesía porque han recibido toda su cultura del entorno burgués y a través de él. Por eso tropiezan a cada paso y hacen concesiones políticas a la burguesía contrarrevolucionaria.

El comunista que dice que no se puede caer en una situación tal que haya que ensuciarse las manos, que él debe tener las manos comunistas limpias, que construirá la sociedad comunista con manos comunistas limpias, sin servirse de los despreciables cooperativistas burgueses contrarrevolucionarios, es un vacuo farsante, porque, al contrario, no se puede prescindir de servirse de ellos.

La tarea, prácticamente ahora, se plantea así: a aquellos que el capitalismo educó contra nosotros, ponerlos a nuestro servicio, vigilarlos cada día, poner sobre ellos comisarios obreros en el marco de la organización comunista, reprimir cada día las tentativas contrarrevolucionarias y, al mismo tiempo, aprender de ellos.

Nosotros, en el mejor de los casos, tenemos la ciencia del agitador, del propagandista, del hombre templado por el destino diabólicamente duro del obrero fabril o del campesino hambriento – una ciencia que enseña a resistir largo tiempo, a mostrar tenacidad en la lucha, que es lo que nos ha salvado hasta ahora; todo esto es necesario, pero no basta, solo con esto no se puede vencer; para que la victoria sea completa y definitiva, hay que tomar además todo lo valioso que hay en el capitalismo, tomar para sí toda la ciencia y la cultura.

¿De dónde sacar eso? Hay que aprender de ellos, de nuestros enemigos, de nuestros campesinos avanzados, de los obreros conscientes en sus fábricas, en el departamento territorial de tierras del agrónomo burgués, del ingeniero, etc., para asimilar los frutos de su cultura.

En este sentido, la lucha que ha surgido en nuestro partido durante el año pasado ha sido extraordinariamente fecunda; provocó no pocos choques agudos, pero la lucha no se da sin choques agudos; nosotros hemos adquirido experiencia práctica en una cuestión que nunca se había planteado ante nosotros, pero sin la cual no se podrá realizar el comunismo. La tarea es: cómo unir la victoriosa revolución proletaria con la cultura burguesa, con la ciencia y la técnica burguesas, que hasta ahora han sido patrimonio de unos pocos; tarea, repito, difícil. Aquí todo radica en la organización, en la disciplina de la capa avanzada de las masas trabajadoras. Si en Rusia, al frente de millones de campesinos oprimidos, oscuros, totalmente incapaces de construir por sí mismos, durante siglos oprimidos por los terratenientes, si junto a ellos no estuviera la capa avanzada de los obreros urbanos, que les son comprensibles, cercanos, que gozan de su confianza, en quien el campesino confía como en sus propios hombres trabajadores, si no existiera esa organización capaz de unir a las masas trabajadoras e inculcarles, explicarles, convencerlas de la importancia de la tarea de tomar para sí toda la cultura burguesa, entonces la causa del comunismo sería desesperada.

Lo digo no desde un punto de vista abstracto, sino desde el punto de vista de la experiencia cotidiana de todo un año. Si en esta experiencia hay muchas minucias, a veces aburridas, desagradables, detrás de todas esas minucias hay que ver algo más profundo, hay que entender que en esas minucias del trabajo, en los choques entre el comité de fábrica y el ingeniero, tal soldado del Ejército Rojo y tal oficial burgués, tal campesino y tal agrónomo burgués, que en esos conflictos, fricciones, minucias hay un contenido inmensamente más profundo. Hemos vencido el prejuicio de que a esos especialistas burgueses hay que echarlos fuera. Hemos tomado esa máquina, todavía funciona mal – no nos hagamos ilusiones: a cada paso tropieza, a cada paso comete errores, a cada paso cae en la zanja, y nosotros la sacamos de nuevo – pero se ha puesto en marcha, y la llevaremos por el camino correcto. Así, solo así, saldremos del pantano de la desorganización, de las terribles dificultades, de la ruina, el embrutecimiento, la miseria, el hambre, en que nos ha sumido la guerra y en que los imperialistas de todos los países se esfuerzan por empujarnos y hacernos quedar atascados.

Y hemos empezado a salir. Estos son los primeros pasos.

El año de trabajo soviético nos ha enseñado a comprender claramente esta tarea en cada caso particular de la práctica fabril y de la práctica del trabajo campesino, y a asimilar este trabajo. Este es un inmenso logro del Poder Soviético en un año. Por esto no fue una lástima perder un año. No vamos a discurrir teóricamente en general, como en los viejos tiempos, sobre la importancia de los especialistas burgueses y sobre la importancia de las organizaciones proletarias; vamos a aprovechar cada paso de nuestra experiencia en cualquier comité de fábrica y en cualquier organización territorial. Si hemos puesto el fundamento del Ejército Rojo, si tenemos un pequeño fundamento, si existen empresas nacionalizadas en las que los obreros han comprendido sus tareas y han comenzado a elevar la productividad del trabajo con ayuda de aquellos especialistas burgueses que a cada paso intentan volver atrás, mientras las organizaciones de masas de los obreros los obligan a marchar adelante al paso del Poder Soviético, eso es el mayor logro del Poder Soviético. Este trabajo no es visible, no tiene nada de brillante, es difícil apreciarlo en toda su importancia, pero precisamente en eso se manifiesta el paso adelante de nuestro movimiento: de la simple tarea del simple aplastamiento de los explotadores hemos llegado a la tarea de enseñarnos a nosotros mismos, enseñar a las masas a construir el comunismo con ladrillos capitalistas, obligar a los especialistas burgueses capitalistas a trabajar para nosotros. Solo por este camino alcanzaremos la victoria. Y ahora sabemos que, yendo como hemos ido hasta ahora, alcanzaremos realmente esta victoria.

Camaradas, paso a la última cuestión que quisiera, aunque sea brevemente, esclarecer, dado que he alargado demasiado mi discurso: a la cuestión de la actitud hacia el campo.

Si hasta ahora he hablado del trabajo militar, de la dictadura, de la utilización de los especialistas burgueses, aquí hay una nueva dificultad inmensa de la construcción comunista.

¿Qué hacer si el poder ha pasado a manos del proletariado en un país en el que el proletariado urbano es minoría, mientras que la mayoría son campesinos, acostumbrados a administrar individualmente, impregnados hasta los huesos de estos hábitos de administración parcelaria?

La mayoría de estos campesinos, sin embargo, están tan arruinados, empobrecidos y agotados por la opresión de los terratenientes y capitalistas, que acuden gustosamente en ayuda de los proletarios. Si el obrero urbano se acerca al campesino de un modo medianamente sensato, táctico, humano, y no como cuando alguien quiere mandar y provoca un odio legítimo – si el obrero urbano se acerca al campesino de un modo medianamente humano, encuentra en él la más fraternal confianza y un apoyo total. Esto lo sabemos. En esto se sostiene el poder soviético en el campo. Sólo pudo sostenerse gracias al apoyo más sincero de la mayoría de los trabajadores. Obtuvimos ese apoyo porque los obreros urbanos, por millares de caminos que ni siquiera sospechamos, entraron en contacto con el campesinado pobre.

El poder del Estado, que antes lo impedía, ahora hace todo para facilitarlo. Solo gracias a esto se mantiene el poder soviético, solo en esto está la garantía de la victoria.

Las enormes dificultades que acabo de mencionar consisten en que el campesino está acostumbrado a trabajar solo, a comerciar libremente con el grano, y le parece que esto es algo legítimo. «¿Cómo es posible –se dice– que yo, que trabajé para obtener el grano que me costó tanto sudor y sangre, no tenga derecho a venderlo libremente?» Al campesino esto le parece una ofensa.

Pero sabemos por toda la experiencia del desarrollo de Rusia que comerciar libremente significa sembrar libremente capitalistas; y comerciar libremente en un país agotado por el hambre, donde un hambriento por un pedazo de pan está dispuesto a dar cualquier cosa, incluso su propia esclavitud, comerciar libremente cuando el país pasa hambre, significa enriquecer libremente a una minoría y arruinar a la mayoría.

Debemos demostrar que en un país agotado por el hambre, la primera tarea es ayudar al campesinado; pero solo se puede ayudar unificando sus acciones, unificando a las masas, porque los campesinos están dispersos, fragmentados, acostumbrados a vivir y trabajar por separado.

No hay obstáculos externos para realizar esta difícil tarea; aquí se ha hecho lo que había que hacer por la violencia; no renunciamos a la violencia; sabemos que entre los campesinos hay kulaks que nos oponen una activa resistencia, organizando directamente insurrecciones de la Guardia Blanca; esto no se refiere a toda la masa campesina. Los kulaks son minoría; y aquí hay lucha y más lucha, hay que reprimirlos, y los reprimimos, pero después de resolver victoriosamente la tarea de reprimir a los explotadores en el campo, surge una cuestión que no se puede resolver con violencia; en este terreno, como en todos los demás, solo podemos resolver nuestra tarea mediante la organización de masas, mediante una prolongada influencia educativa del proletariado urbano sobre el campesinado.

¿Podremos realizar esta tarea? Sí, lo sabemos por experiencia; y solo porque la inmensa mayoría de los campesinos confía en el poder obrero, sobre la base de esa confianza hacia los obreros, comprobada en la práctica, se puede construir el fundamento que ya se ha iniciado, y hay que seguir construyéndolo, pero construirlo mediante la influencia fraternal y la disciplina.

He aquí la tarea que se nos ha planteado en la práctica.

Cuando creamos los comités de campesinos pobres, cuando intentamos realizar el intercambio de mercancías con el campo{22}, no buscábamos que el rico recibiera las mercancías, sino que, ante todo, el pobre recibiera esos pocos productos que la ciudad podía dar, para que, ayudando a los pobres, pudiéramos con su ayuda vencer al kulak y quitarle sus excedentes de grano.

Resolver la tarea de abastecer de pan a la población en un país enorme, con malos medios de comunicación y un campesinado desunido, fue increíblemente difícil, y esta tarea nos ha causado la mayor cantidad de problemas. Recordando todas las sesiones del Consejo de Comisarios del Pueblo, diré: no hubo ninguna tarea en la que el poder soviético trabajara tan insistentemente como en esta. Tenemos una grandísima dispersión del campesinado, fragmentación, en el campo hay la mayor oscuridad, hábitos de economía individual, allí consideran la prohibición de comerciar libremente con el grano como una ofensa, y entonces, por supuesto, aparecen los tahúres políticos, todo tipo de socialrevolucionarios y mencheviques, que azuzan a los campesinos y les dicen: «¡Os están robando!».

¡Hay sinvergüenzas que, después de un año de trabajo soviético, cuando, entre otras cosas, los encargados de abastecimiento han demostrado que en los últimos meses hemos dado al campo 42 mil vagones de productos y hemos recibido a cambio solo 39 mil vagones de grano, hay sinvergüenzas que aún gritan: «¡Campesinos, el poder soviético os roba!».

Mientras los obreros se desloman en las ciudades –y no hay un hambre tan cruel como en las ciudades y en la Rusia no agrícola–, mientras los campesinos han tomado todas las tierras de los terratenientes y se han quedado con el grano, mientras los campesinos en su mayoría, lo sabemos, durante el primer año del poder soviético trabajaron para sí mismos y no para el amo ni para el comerciante, y mejoraron su alimentación, en un momento en que el país se desgarra por el hambre en las ciudades y localidades no agrícolas, cuando todos los capitalistas intentan socavarnos con el hambre, en ese momento hay personas disfrazadas con atuendos mencheviques, socialrevolucionarios u otros de payaso, y se atreven a repetir: «¡Os están robando!». ¡Son agentes del capitalismo, y de ningún otro modo que como agentes del capitalismo vamos a tratarlos ni debemos hacerlo!

En un momento como este, cuando el poder soviético ve la mayor dificultad en la cuestión del hambre, es deber de todo ciudadano soviético entregar todos los excedentes de grano al hambriento. Esto es tan claro, evidente, tan comprensible para todo trabajador, que no se puede objetar nada. Aquí se necesita engaño, estafa política, para oscurecer una verdad simple, clara y evidente, hacerla incomprensible o tergiversarla.

En esta verdad se apoya el obrero urbano. Gracias a la evidencia de esta verdad, realiza su tarea dificilísima. Hasta ahora le decía al campesinado pobre: junto con vosotros constituimos el verdadero sostén del poder soviético. Para eso se crearon los comités de campesinos pobres, las organizaciones de intercambio de mercancías, la participación obligatoria de las cooperativas para que unificaran a toda la población. Todos los decretos en el ámbito agrícola que se dictaron están imbuidos de esta idea fundamental, todas las proclamas a los obreros de la ciudad decían: uníos con el campesinado pobre, sin eso no resolveréis la cuestión más importante y difícil: la cuestión del pan. Y al campesino le decíamos: o te unes al obrero urbano, y entonces venceremos, o cedes a las exhortaciones y enseñanzas de los capitalistas y de sus empleados y lacayos ataviados con trajes mencheviques, que te sugieren: «No dejes que la ciudad te robe, comercia libremente; el que es rico, se enriquece, y si mueren de hambre, a ti qué te importa», y entonces perecerás tú mismo, te convertirás en esclavo del capitalista y arruinarás a la Rusia soviética. Solo bajo el capitalismo se razonaba así: «Yo comercio, yo me enriquezco, cada uno para sí, y Dios para todos». Así razonaba el capitalismo y engendró la guerra; y he aquí por qué los obreros y campesinos eran unos pobres diablos, mientras una ínfima cantidad eran multimillonarios.

La tarea está en cómo acercarse al campesino en el trabajo práctico, cómo organizar al campesino pobre y al campesino medio, para luchar a cada paso contra su inclinación a lo viejo, contra su intento de volver atrás, al libre comercio, contra su constante afán de «libremente» gestionar. La palabra «libertad» es una buena palabra; a cada paso «libertad»: libertad de comerciar, vender, venderse, etc. Y hay mencheviques y socialrevolucionarios, sinvergüenzas, que declinan y conjugan esa hermosa palabra «libertad» en cada periódico y discurso; pero todos ellos son unos mentirosos, prostitutas del capitalismo, que arrastran al pueblo hacia atrás.

Finalmente, el principal objeto de preocupación y el fin de la acción del Consejo de Comisarios del Pueblo, así como del Consejo de Defensa, en los últimos tiempos, en los últimos meses y semanas, ha sido la lucha contra el hambre.

Un mal enorme para nosotros es precisamente ahora el hambre, en vísperas de la primavera; y en primavera nos espera el período más duro. Así como el año pasado el final del invierno, la primavera y el comienzo del verano fueron la época más difícil, así también este año entramos justamente ahora en un período duro. Ahora se renuevan las esperanzas de los guardias blancos, terratenientes y capitalistas de que, al no poder quebrantar el poder soviético en la lucha abierta, quizás jueguen una vez más la carta del hambre.

Y las personas que se llaman a sí mismas mencheviques y eseristas, de derecha y de izquierda, que caen tan bajo que en palabras se declaran partidarios del pueblo trabajador, pero cuando la situación alimentaria se agrava, cuando el hambre se avecina, intentan especular con ella y azuzan a las masas populares contra el poder de los obreros y campesinos, no comprenden que, así como la traición del eserista de izquierda Muraviov el año pasado en el Frente Oriental costó la vida a decenas de miles de obreros y campesinos en la guerra contra los guardias blancos, ahora cualquier política de este tipo, cualquier agitación y especulación con el hambre que los eseristas de izquierda realizan supuestamente en beneficio de los obreros, no es más que una ayuda directa a los guardias blancos. Cada una de esas agitaciones cuesta miles de víctimas adicionales en la guerra contra los guardias blancos. El año pasado, cuando Muraviov cometió su traición, estuvo a punto de abrir todo el frente y provocó una serie de graves derrotas.

Por eso quisiera, ante todo y sobre todo, abordar muy brevemente los hechos principales.

Si ahora nuestra situación, como en la primavera del año pasado, ha empeorado en lo que respecta a la alimentación, tenemos ahora una seria esperanza no solo de superar esta dificultad, sino de salir de ella mejor que el año pasado. La esperanza se basa en que en el este y el sur las cosas van mucho mejor, y el este y el sur son los principales graneros de Rusia.

En una serie de reuniones del Consejo de Defensa y del Consejo de Comisarios del Pueblo en los últimos días, hemos determinado con precisión que en las vías férreas desde Kazán hasta Sarátov y en la línea Volga-Bugulmá, desde Samara hacia el este, al otro lado del Volga, se han acumulado hasta 9 millones de puds de grano ya trillado y listo.

Toda la enorme dificultad, todo el gran peligro radica en que nuestro transporte está tan enfermo y la escasez de locomotoras es tan grande que no estamos seguros de poder sacar ese grano. Esa ha sido la principal preocupación en nuestra actividad últimamente, y por eso hemos recurrido a una medida como la suspensión, la detención total del tráfico de pasajeros desde el 18 de marzo hasta el 10 de abril.

Sabemos que esto es duro. Habrá agitadores que ayuden a los guardias blancos, que gritarán: "¡Miren, el pueblo pasa hambre, y le han quitado los trenes de pasajeros para que no se pueda transportar grano!". Esos agitadores existen. Pero nos decimos a nosotros mismos: a pesar de todas las dificultades, contamos con la conciencia de los obreros honrados, y ellos estarán de nuestro lado.

La suspensión del tráfico, según los informes de los especialistas, liberará 220 locomotoras. Estas locomotoras de pasajeros son más débiles que las de carga, tienen menos capacidad de transporte, pero hemos calculado que durante este tiempo pueden transportar hasta tres millones y medio de puds. Y si durante este tiempo el grano fuera transportado individualmente por los especuladores, gente hambrienta que corre a cualquier parte, en el mejor de los casos transportarían medio millón de puds. Esta verdad la confirmará cualquier obrero ferroviario experimentado, cualquiera que haya estado en el ferrocarril del Transvolga y haya visto cómo el grano está a veces amontonado directamente sobre la nieve. Los sacos de grano pueden perderse, el grano ya está húmedo; especialmente malo será cuando comience la crecida de los ríos. Pero hemos recurrido a esta dura medida, seguros de que la verdad no se puede ocultar a las enormes masas de obreros, de que los agitadores eseristas de izquierda no las desviarán del camino correcto y de que esta verdad triunfará.

Y una medida tan dura como la suspensión del tráfico de pasajeros puede proporcionar varios millones de puds de grano. Desechando las mentiras, las calumnias y los cuentos de que suspender el tráfico de pasajeros es perjudicial, debemos decir que esto dará suficiente grano con la ayuda de los obreros de Petrogrado, Moscú e Ivánovo-Voznesensk, que se dirigen al sur a buscarlo. Mencionaré, entre otras cosas, que ninguna ciudad ha aportado tantas fuerzas para la organización del abastecimiento como Petrogrado; todas sus mejores fuerzas ya han sido movilizadas para el trabajo, y así deben actuar los obreros de las ciudades avanzadas.

La revolución socialista no puede realizarse sin la clase obrera; no puede realizarse si la clase obrera no ha acumulado tantas fuerzas como para dirigir a decenas de millones de campesinos oprimidos por el capitalismo, agotados, analfabetos y dispersos. Y solo los obreros avanzados pueden dirigirlos. Pero las mejores fuerzas ya se han agotado, se han desgastado y fatigado. Hay que reemplazarlas, movilizando a los obreros medios, a los jóvenes. Es posible que cometan errores, no importa; con tal de que sean devotos de la causa obrera, se hayan educado en el ambiente de la lucha proletaria.

Ya hemos tomado una serie de medidas para enviar a las mejores fuerzas a la línea Volga-Bugulmá. Junto con un destacamento de obreros, se ha ido el camarada Brjánov. También se han enviado a otros ferrocarriles destacamentos militares y con ellos obreros, y, repito, hay una seria esperanza de que tendremos grano. Será un semestre duro, pero el último semestre duro, porque en lugar de un enemigo que se fortalece, tenemos un enemigo que se descompone, ya que el movimiento soviético crece en todos los países.

Tales son las bases por las cuales, razonando con prudencia y verificando varias veces los cálculos, hemos declarado que la suspensión del tráfico de pasajeros dará la posibilidad de traer varios millones de puds de grano y utilizar los riquísimos graneros del este y del sur. En este duro semestre venceremos a nuestro principal enemigo, el hambre, y, además, nos encontramos ahora en condiciones mejores que el año pasado, porque tenemos reservas.

El año pasado, los checoslovacos llegaron hasta Kazán y Simbirsk, Ucrania estaba bajo el yugo alemán, Krasnov con dinero alemán reunía tropas en el Don y el sur estaba aislado de nosotros; ahora, en cambio, Ucrania se libera de los imperialistas alemanes, que querían extraer de Ucrania 60 millones de puds de grano y solo extrajeron 9 millones, y, de paso, extrajeron algo que no podrán digerir: extrajeron el bolchevismo. Con eso se estrellaron los imperialistas alemanes, con eso se estrellarán también los imperialistas franceses e ingleses si adquieren la posibilidad de avanzar más hacia el interior de Rusia.

Ahora tenemos la Ucrania soviética. Y el Gobierno soviético en Ucrania, con respecto a nosotros, cuando surja la cuestión del grano, fijará el precio no de manera mercantilista, no como lo hace el especulador y ese campesino que dice: "El hambriento dará hasta mil rublos por pud, me importa un comino el monopolio estatal, con tal de lucrarme, y si el pueblo pasa hambre, mejor, más me darán". Así razona la burguesía rural, los kulaks, los especuladores, y a ellos les ayudan todos los que claman contra el monopolio del grano, los que defienden la "libertad" de comercio, es decir, la libertad de lucro para el campesino rico y la libertad de morirse definitivamente de hambre para el obrero, que no recibirá nada. Y el gobierno ucraniano ha dicho: "La primera tarea es ayudar al norte hambriento. Ucrania no puede mantenerse si no se mantiene el norte agotado por el hambre; Ucrania se mantendrá y vencerá con seguridad si ayuda al norte hambriento".

Las reservas de grano en Ucrania son gigantescas. No se puede tomar todo de una vez. Hemos enviado a Ucrania nuestras mejores fuerzas soviéticas y ya hemos recibido unánimemente este mensaje: "Las reservas de grano son enormes, pero no se puede sacar todo de una vez, no hay aparato". Los alemanes han arruinado Ucrania hasta tal punto que allí apenas empieza a formarse un aparato; allí hay un caos total. Los peores tiempos, cuando estábamos en Smolni en las primeras semanas después de la Revolución de Octubre y luchábamos contra la desorganización, no son nada comparados con las dificultades que atraviesa ahora Ucrania. Surge un clamor por parte de los camaradas ucranianos: que no hay gente, que no hay quién construya el poder soviético, que no hay ningún aparato, que no existe un centro proletario como Petersburgo o Moscú, y los centros proletarios ucranianos están en manos del enemigo. Kiev no es un centro proletario, la cuenca del Donets, agotada por el hambre, no está liberada de los cosacos. "¡Ayúdennos, obreros del norte!"

Y por eso decimos en nombre de los camaradas ucranianos a los obreros de Petersburgo, sabiendo que han dado más que cualquier otra ciudad: "¡Den aún más, esfuercen aún más sus energías!". ¡Ahora podemos y debemos ayudar a los camaradas ucranianos, porque les toca construir el aparato del poder soviético en un lugar devastado y asolado por los sufrimientos como en ninguna otra parte se ha soportado y sufrido!

Nosotros, en el Comité Central de nuestro partido, después de discutir esta situación, hemos dado la tarea: primero, hacer todo para construir el aparato en Ucrania y ponerse a trabajar cuando haya armas en las manos y haya aparato, y para el 1 de junio obtener por ello 50 millones de puds de grano.

No pretendo en absoluto asegurarles que esta tarea se cumplirá. Todos sabemos que, por muchas tareas que hayamos asumido, no hemos podido cumplirlas en el plazo señalado. Que solo se cumpla una parte de esta tarea. Pero sepan firmemente que, para el día negro, cuando el hambre se agudice aún más entre nosotros y cuando en el este y el sur todo el aparato alimentario esté en pleno funcionamiento, existe la posibilidad de recibir ayuda extraordinaria del sur y mejorar nuestra situación.

Además de Ucrania, tenemos otra fuente: la región del Don. Allí, las victorias del Ejército Rojo ya han hecho milagros. Hace algunas semanas, en la guerra contra Krasnov, contra el principal enemigo, contra los oficiales, contra los cosacos, a quienes primero los alemanes y luego los ingleses y franceses, que continúan ayudándolos ahora, sobornaron por millones, nuestra situación era grave; pero hoy, con una enorme rapidez, hemos conquistado el territorio de la región no solo hasta Tsaritsyn, sino que hemos avanzado más al sur de Tsaritsyn. Los contrarrevolucionarios de Krasnov y del Don están quebrantados, y ninguna ayuda de los imperialistas les ha servido.

¿Qué significa esto? Significa que nos hemos acercado al carbón y al pan, sin los cuales perecemos, ya que por la falta de carbón se paralizan los ferrocarriles y las fábricas, y por la falta de pan los obreros en las ciudades y, en general, en las localidades no agrícolas sufren los tormentos del hambre[1].

Las reservas de pan en el Don, al igual que en Ucrania, son enormes; allí, además, no podemos decir que no haya aparato; en cada unidad militar hay una célula comunista, comisarios obreros, grupos de obreros del abastecimiento; allí la principal dificultad consistía en que los guardias blancos, al retirarse, volaban los puentes y, por lo tanto, ninguna de las dos principales líneas ferroviarias era transitable.

La última sesión del Consejo de Defensa y del Consejo de Comisarios del Pueblo la dedicamos a convocar a especialistas e interrogarlos sobre cómo conseguir material para reparar las líneas y cómo reparar al menos una de ellas. En la última sesión del Consejo de Defensa pudimos cerciorarnos de que, gracias a un enorme esfuerzo, no solo se han traído los materiales, sino que tenemos la seguridad de los compañeros de las localidades de que casi nos garantizan la restauración de ambas líneas antes de la crecida de las aguas. Esta restauración del transporte en dos líneas vale quizás muchas victorias sobre los cosacos, y permite decir: "Hay que resistir unos meses más difíciles, hacer un esfuerzo, que nos ayuden los obreros de Petrogrado, Moscú e Ivánovo-Voznesensk". Además del este, de donde es difícil traer algo, además de Ucrania, donde hay reservas enormes pero no hay aparato, está el Don, vencido por el Ejército Rojo. He aquí por qué, con cautela, con cálculo sereno, tras haber verificado todo esto con múltiples informes y comunicaciones de las localidades y tras haber escuchado a los especialistas en asuntos alimentarios y ferroviarios, decimos que tenemos la más seria y fundada certeza de que no solo podemos resistir como el año pasado, sino que podemos incluso mejorar significativamente nuestra situación.

Nuestro enemigo se descompone interiormente, y el enemigo exterior tampoco resistirá mucho tiempo. Compañeros, lo que nos ha convencido especialmente de esto es lo que hemos oído de los compañeros extranjeros que han llegado aquí, con quienes fundamos recientemente en Moscú la Internacional Comunista. En París, en las asambleas populares, bajan de la tribuna a los oradores por sus ataques al bolchevismo. ¡Sí, la victoria es nuestra! Los imperialistas pueden aún derramar sangre de miles y miles de obreros, asesinar a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y a cientos de los mejores representantes de la Internacional, pueden llenar las cárceles de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia con socialistas, ¡pero esto no ayudará! ¡La victoria es nuestra! Porque ¿qué son los Soviets, qué es el poder soviético? A pesar de todas las mentiras, de todos los torrentes de falsedades y de la sucia calumnia, los obreros de todos los países lo han comprendido. Y los capitalistas de todos los países no tienen salida. Repito, se pelearán entre sí mientras hacen la paz. Francia está lista para lanzarse sobre Italia, no se repartirán el botín, Japón se arma contra América. Han echado sobre los pueblos un tributo inaudito, miles de millones y miles de millones en empréstitos de guerra. Pero los pueblos están agotados por la guerra en todas partes, en todas partes hay escasez de productos, paralización de la producción, en todas partes hambre. La Entente, que promete ayudar a los contrarrevolucionarios a diestro y siniestro, no puede alimentar a sus propios países. Las masas obreras de París, Londres y Nueva York han traducido la palabra "Soviet" a sus idiomas, han hecho que esta palabra sea comprensible para cada obrero, sabiendo que la vieja república burguesa no puede resolver la cuestión, que solo el poder obrero puede ayudar.

Y si en Rusia el poder soviético enfrenta enormes dificultades, es porque sobre Rusia ha caído la fuerza militar de las potencias más armadas y más fuertes del mundo. A pesar de esto, el poder soviético de Rusia ha logrado ganarse la simpatía, la atención y el apoyo moral de los obreros de todo el mundo. Y sobre la base de estos datos, sin exagerarlos en absoluto, sin cerrar los ojos ante el hecho de que tanto en Alemania como en otros países se derrama sangre de obreros y perecen muchos de los mejores dirigentes del socialismo, atormentados brutalmente, lo sabemos y no cerramos los ojos ante esto, afirmamos que la victoria es nuestra, la victoria completa, porque los imperialistas de otros países han vacilado, los obreros ya están saliendo del estado de embriaguez y engaño, el poder soviético ya se ha ganado el reconocimiento de los obreros de todo el mundo; en todas partes las esperanzas se depositan solo en la organización de los Soviets, la esperanza se ve solo en que los obreros tomen el poder en sus propias manos.

Y cuando los obreros sepan que incluso los obreros no desarrollados, en un país atrasado, unidos y tomando el poder en sus manos, han podido crear una fuerza que resiste a los imperialistas de todo el mundo, que estos obreros han sabido tomar las fábricas de los capitalistas y entregar las tierras de los terratenientes a los campesinos, cuando esta verdad se filtre en las masas obreras de todos los países, entonces se podrá decir en voz alta, con plena certeza, una vez más, que la victoria está asegurada para nosotros a escala mundial, porque la burguesía ha vacilado, ya no logrará engañar a los obreros, porque el movimiento soviético ha nacido en todas partes, y veremos pronto, como vimos el 25 de octubre de 1917 el nacimiento de la República Soviética, como vimos hace pocos días en Moscú el nacimiento de la III Internacional Comunista, así veremos pronto el nacimiento de la República Soviética Internacional. (El discurso fue interrumpido y concluyó entre prolongados aplausos).

17/IV.

Posdata{23}

Tras dedicar no poco trabajo a corregir la transcripción de mi discurso, me veo obligado a dirigir una súplica convincente a todos los compañeros que deseen transcribir mis discursos para su publicación.

La súplica consiste en que nunca se fíen ni de la transcripción estenográfica ni de ninguna otra de mis discursos, nunca se afanen por transcribirlos, nunca publiquen transcripciones de mis discursos.

En lugar de transcribir mis discursos, si hay necesidad, que publiquen informes sobre ellos. He visto en los periódicos tales informes sobre mis discursos que resultaban satisfactorios. Pero ni una sola vez he visto una transcripción más o menos satisfactoria de mi discurso. Por qué ocurre esto, no me atrevo a juzgarlo, ya sea por la excesiva rapidez de mi habla, o por su construcción incorrecta, o por cualquier otra cosa, pero el hecho es un hecho. Ni una sola transcripción satisfactoria de mi discurso, ni estenográfica ni de ningún otro tipo, he visto hasta ahora.

Un buen informe sobre un discurso es mejor que una mala transcripción del mismo. Por eso pido: que nunca se publiquen transcripciones de mis discursos.

17. IV. 1919.