Excepcionalmente escasas son las noticias que recibimos del extranjero. El bloqueo de las bestias imperialistas actúa a pleno rendimiento, la violencia de las potencias más poderosas del mundo se abate sobre nosotros para restaurar el poder de los explotadores. ¡Y toda esta rabia bestial de los capitalistas de Rusia y del mundo entero se encubre, por supuesto, con una fraseología sobre el alto significado de la "democracia"! El campo de los explotadores se mantiene fiel a sí mismo: presenta la democracia burguesa como "democracia" en general, y todos los filisteos, todos los pequeños burgueses corean a este campo, todos, hasta los señores Friedrich Adler, Karl Kautsky y la mayoría de los dirigentes del partido socialdemócrata "independiente" (es decir, independiente del proletariado revolucionario, pero dependiente de los prejuicios pequeñoburgueses) de Alemania.

Pero cuanto más raramente recibimos en Rusia noticias del extranjero, con mayor alegría observamos los gigantescos y universales éxitos del comunismo entre los obreros de todos los países del mundo, los éxitos de la ruptura de estas masas con los dirigentes podridos y traidores que han pasado, desde Scheidemann hasta Kautsky, al lado de la burguesía.

Del partido italiano solo hemos sabido que su congreso, por una abrumadora mayoría, aprobó la adhesión a la III Internacional y el programa de la dictadura del proletariado. Así, el Partido Socialista Italiano se ha adherido al comunismo de hecho, aunque ha conservado aún, por desgracia, el viejo nombre. ¡Saludo ardiente a los obreros italianos y a su partido!

De Francia sabemos solo que en París hay ya dos periódicos comunistas: *L'International* bajo la dirección de Raymond Péricat y *Le Titre Interdit* bajo la dirección de Georges Anquetil. A la III Internacional se han adherido ya una serie de organizaciones proletarias. La simpatía de las masas obreras está decididamente del lado del comunismo y del Poder soviético.

De los comunistas alemanes solo hemos sabido que en varias ciudades existe una prensa comunista. Estos periódicos llevan a menudo el nombre de "Bandera Roja". La *Bandera Roja* de Berlín aparece ilegalmente, librando una lucha heroica contra los verdugos Scheidemann y Noske, que sirven a la burguesía con sus actos, como la sirven los "independientes" con sus palabras y su propaganda "ideológica" (pequeñoburgués-ideológica).

La lucha heroica del periódico berlinés de los comunistas, la *Bandera Roja*, causa un entusiasmo total. ¡Por fin hay socialistas honrados y sinceros en Alemania, que se han mantenido firmes e inflexibles a pesar de todas las persecuciones, a pesar de los viles asesinatos de los mejores dirigentes! ¡Por fin hay obreros comunistas en Alemania que libran una lucha heroica, digna del nombre de "revolucionaria" de hecho! ¡Por fin ha surgido en Alemania, de las entrañas de la masa proletaria, una fuerza para la cual las palabras sobre la "revolución proletaria" se han convertido en verdad!

¡Saludo a los comunistas alemanes!

Scheidemann y Kautsky, Renner y Friedrich Adler, por grande que sea quizás la diferencia entre estos señores en cuanto a su honradez personal, todos resultaron ser pequeños burgueses, los más vergonzosos traidores y tránsfugas del socialismo, partidarios de la burguesía, porque todos ellos en 1912 escribieron y firmaron el Manifiesto de Basilea sobre la guerra imperialista que iba a estallar, todos ellos hablaron entonces de la "revolución proletaria", y todos ellos resultaron en la práctica demócratas pequeñoburgueses, caballeros de las ilusiones filisteo-republicanas, burguesas-democráticas, cómplices de la burguesía contrarrevolucionaria.

Las persecuciones rabiosas que se han abatido sobre las cabezas de los comunistas alemanes los han templado. Si ahora están hasta cierto punto dispersos, esto atestigua la amplitud y el carácter de masas de su movimiento, la fuerza del crecimiento del comunismo desde las profundidades de las masas obreras. La dispersión es inevitable para un movimiento al que persiguen tan rabiosamente los burgueses contrarrevolucionarios y sus servidores Scheidemann y Noske y que se ve obligado a organizarse ilegalmente.

Es también natural que un movimiento que crece tan rápidamente y sufre persecuciones tan desesperadas engendre divergencias bastante agudas. No hay nada temible en ello. Es una enfermedad de crecimiento.

Que Scheidemann y Kautsky se regodeen en sus periódicos *Vorwärts* y *Freiheit* por las divergencias entre los comunistas. A estos héroes de la podrida pequeña burguesía no les queda más que encubrir su podredumbre con guiños hacia los comunistas. Pero si se habla del fondo del asunto, solo los ciegos pueden no ver aún la verdad. Y esta verdad consiste en que los scheidemannianos y los kautskianos han traicionado de la manera más vergonzosa la revolución proletaria en Alemania, le han sido infieles, han resultado estar de hecho del lado de la burguesía contrarrevolucionaria. Heinrich Laufenberg en su excelente folleto *Entre la primera y la segunda revolución* lo ha mostrado y demostrado con una fuerza, claridad, evidencia y persuasión notables. Las divergencias en el seno de los scheidemannianos y kautskianos son divergencias de partidos en descomposición, agonizantes, a los que les quedan dirigentes sin masa, generales sin ejército. La masa abandona a los scheidemannianos y pasa a los kautskianos por su ala izquierda (esto se ve por cualquier informe de una asamblea de masas), y esta ala izquierda combina –sin ideas, cobardemente– los viejos prejuicios de la pequeña burguesía sobre la democracia parlamentaria con el reconocimiento comunista de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado, del Poder soviético.

Los podridos dirigentes de los "independientes", presionados por las masas, reconocen todo esto de palabra, pero de hecho siguen siendo demócratas pequeñoburgueses, "socialistas" del tipo de Louis Blanc y otros necios de 1848, tan implacablemente ridiculizados y estigmatizados por Marx.

Estas divergencias son realmente irreconciliables. Entre los pequeñoburgueses que, como los pequeñoburgueses de 1848, rezan a la "democracia" burguesa, sin comprender su carácter burgués, y los revolucionarios proletarios no puede haber paz. No pueden trabajar juntos. Haase y Kautsky, Friedrich Adler y Otto Bauer pueden dar vueltas cuanto quieran y escribir montañas de papel, pronunciar discursos interminables; no podrán sustraerse al hecho de que en la práctica muestran una total incomprensión de la dictadura del proletariado y del Poder soviético, de que en la práctica son demócratas pequeñoburgueses, "socialistas" a lo Louis Blanc y Ledru-Rollin, de que en la práctica son, en el mejor de los casos, un juguete en manos de la burguesía, y en el peor, sus servidores directos.

Los "independientes", los kautskianos, los socialdemócratas austriacos parecen un partido único; de hecho, la masa de sus miembros del partido no es solidaria con los dirigentes en lo fundamental, en lo más importante, en lo más sustancial. La masa irá a la lucha revolucionaria proletaria por el Poder soviético tan pronto como llegue el momento de una nueva crisis, mientras que los "dirigentes" seguirán siendo entonces, como ahora, contrarrevolucionarios. Sentarse entre dos sillas es fácil de palabra, y Hilferding en Alemania, Friedrich Adler en Austria, ofrecen ejemplos elevados de este noble arte.

Pero en el fuego de la lucha revolucionaria, las personas ocupadas en conciliar lo irreconciliable resultarán ser pompas de jabón. Así lo mostraron todos los héroes "socialistas" de 1848, así lo mostraron sus hermanos carnales, los mencheviques y socialistas-revolucionarios en Rusia de 1917–1919, así lo muestran todos los caballeros de la II Internacional bernesa o amarilla.

Las divergencias entre los comunistas son de otro género. La diferencia radical solo puede no verla aquí quien no quiere verla. Son divergencias entre representantes de un movimiento de masas increíblemente rápido. Son divergencias sobre una base común, firme como la piedra: la base del reconocimiento de la revolución proletaria, la lucha contra las ilusiones burguesas-democráticas y el parlamentarismo burgués-democrático, el reconocimiento de la dictadura del proletariado y del Poder soviético.

Sobre tal base, las divergencias no son temibles: es una enfermedad de crecimiento, no una decrepitud senil. Divergencias de este tipo las experimentó más de una vez el bolchevismo, experimentó incluso pequeñas escisiones debido a divergencias semejantes, pero en el momento decisivo, en el momento de la conquista del poder y la creación de la República soviética, el bolchevismo resultó unitario, atrajo hacia sí todo lo mejor de las corrientes cercanas a él del pensamiento socialista, unió en torno a sí a toda la vanguardia del proletariado y a la gigantesca mayoría de los trabajadores.

Así será también con los comunistas alemanes.

Los scheidemannianos y kautskianos siguen hablando de "democracia" en general, siguen viviendo en las ideas de 1848, son marxistas de palabra, Louis Blancs de hecho. Hablan de la "mayoría", pensando que la igualdad de los votos electorales significa igualdad del explotado con el explotador, del obrero con el capitalista, del pobre con el rico, del hambriento con el saciado.

¡Según los scheidemannianos y kautskianos, resulta que los capitalistas bonachones, honrados, nobles, amantes de la paz, nunca han aplicado la fuerza de la riqueza, la fuerza del dinero, el poder del capital, la opresión de la burocracia y la dictadura militar, sino que resolvían los asuntos verdaderamente "por mayoría"!

Los scheidemannianos y kautskianos (en parte por hipocresía, en parte por la extrema estupidez educada por décadas de trabajo reformista) embellecen la democracia burguesa, el parlamentarismo burgués, la república burguesa, presentando las cosas como si los capitalistas decidieran los asuntos del Estado por la voluntad de la mayoría, y no por la voluntad del capital, mediante medios de engaño, opresión, violencia de los ricos contra los pobres.

Los scheidemannianos y kautskianos están dispuestos a "reconocer" la revolución proletaria, ¡pero solo de modo que primero, manteniendo la fuerza, el poder, la opresión, los privilegios del capital y la riqueza, se obtenga una votación de la mayoría (¡con el aparato burgués del poder estatal que realiza las elecciones!) "por la revolución"!! Es difícil imaginarse todo el abismo de estupidez pequeñoburguesa que se revela con semejante concepción, todo el abismo de credulidad pequeñoburguesa hacia los capitalistas, hacia la burguesía, hacia los generales, hacia el aparato burgués del poder estatal.

En realidad, la burguesía siempre ha sido hipócrita, llamando "democracia" a la igualdad formal, mientras que en realidad violenta a los pobres, a los trabajadores, a los pequeños campesinos y obreros con un número infinito de procedimientos de engaño, opresión, etc. La guerra imperialista (que Scheidemann y Kautsky embellecieron vergonzosamente) desenmascaró esto para millones de personas. La dictadura del proletariado es el único medio de defensa de los trabajadores contra la opresión del capital, contra la violencia de la dictadura militar de la burguesía, contra las guerras imperialistas. La dictadura del proletariado es el único paso hacia la igualdad y la democracia de hecho, no sobre el papel, sino en la vida, no en la frase política, sino en la realidad económica.

Al no comprender esto, Scheidemann y Kautsky resultaron ser despreciables traidores del socialismo y defensores de las ideas de la burguesía.

El partido kautskiano (o "independiente") perece e inevitablemente, pronto, perecerá y se descompondrá por las divergencias entre sus miembros revolucionarios en masa y sus "dirigentes" contrarrevolucionarios.

El Partido Comunista se fortalecerá y templará al experimentar precisamente esas (en el fondo) divergencias que experimentó también el bolchevismo.

Las divergencias entre los comunistas alemanes se reducen, según puedo juzgar, a la cuestión del "uso de las posibilidades legales" (como decían los bolcheviques en 1910–1913), del uso del parlamento burgués, de los sindicatos reaccionarios, de la "ley sobre los consejos de fábrica", mutilada por scheidemannianos y kautskianos, de la participación en instituciones semejantes o del boicot a las mismas.

Nosotros, los bolcheviques rusos, experimentamos precisamente divergencias de este tipo en 1906 y 1910–1912. Y vemos claramente que en muchos jóvenes comunistas alemanes se manifiesta sencillamente una falta de experiencia revolucionaria. Si hubieran experimentado un par de revoluciones burguesas (1905 y 1917), no predicarían tan incondicionalmente el boicot, no caerían a veces en errores del sindicalismo.

Esto es una enfermedad de crecimiento. Pasará con el crecimiento del movimiento, que crece espléndidamente. Y con estos evidentes errores hay que luchar abiertamente, tratando de no exagerar las divergencias, pues para todos debe estar claro que en un futuro próximo la lucha por la dictadura del proletariado, por el Poder soviético, eliminará la mayor parte de estas divergencias.

Tanto desde el punto de vista de la teoría marxista como desde el punto de vista de la experiencia de tres revoluciones (1905, febrero de 1917, octubre de 1917), considero absolutamente erróneo rechazar la participación en el parlamento burgués, en el sindicato reaccionario (leginiano, gompersiano, etc.), en el "consejo" obrero reaccionario, mutilado por los scheidemannianos, etc.

A veces, en un caso particular, en un país particular, el boicot es correcto, como fue, por ejemplo, correcto el boicot por los bolcheviques de la Duma zarista en 1905. Pero esos mismos bolcheviques participaron en la Duma mucho más reaccionaria y directamente contrarrevolucionaria de 1907. Los bolcheviques participaron en las elecciones a la Asamblea Constituyente burguesa en 1917, y en 1918 la disolvimos, para horror de los demócratas pequeñoburgueses, de los Kautsky y demás renegados del socialismo. Participamos en los sindicatos más reaccionarios, puramente mencheviques, que no cedían en nada (por contrarrevolucionarios) a los leginianos, los más viles y reaccionarios sindicatos de Alemania. Incluso ahora, dos años después de la conquista del poder del Estado, no hemos terminado aún la lucha con los restos de los sindicatos mencheviques (es decir, scheidemannianos, kautskianos, gompersianos, etc.): ¡hasta tal punto es un proceso largo! ¡Hasta tal punto es grande en localidades particulares o en profesiones particulares la influencia de las ideas pequeñoburguesas!

Nosotros fuimos antes minoría en los Soviets, minoría en los sindicatos, en las cooperativas. Con un largo trabajo, una larga lucha –tanto antes de la conquista del poder político como después de su conquista– adquirimos la mayoría en todas las organizaciones obreras, después también en las no obreras, después también en las pequeñocampesinas.

Solo canallas o necios pueden pensar que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en votaciones realizadas bajo la opresión de la burguesía, bajo la opresión de la esclavitud asalariada, y luego debe conquistar el poder. Esto es el colmo de la estupidez o la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder.

El proletariado libra su lucha de clases sin esperar una votación para iniciar una huelga –aunque para el éxito completo de la huelga se necesita la simpatía de la mayoría de los trabajadores (y, por consiguiente, de la mayoría de la población). El proletariado libra su lucha de clases derrocando a la burguesía, sin esperar para ello ninguna votación previa (y realizada por la burguesía, bajo su opresión), sabiendo perfectamente el proletariado que para el éxito de su revolución, para el derrocamiento exitoso de la burguesía, es absolutamente necesaria la simpatía de la mayoría de los trabajadores (y, por consiguiente, de la mayoría de la población).

Los cretinos parlamentarios y los Louis Blanc modernos "exigen" obligatoriamente una votación, y obligatoriamente una votación realizada por la burguesía, para determinar esta simpatía de la mayoría de los trabajadores. Pero esta es la opinión de pedantes, de muertos o de hábiles embaucadores.

La vida real, la historia de las revoluciones efectivas, muestra que la "simpatía de la mayoría de los trabajadores" muy a menudo no puede ser demostrada por ninguna votación (sin hablar ya de las votaciones realizadas por los explotadores, bajo la "igualdad" del explotador con el explotado). Muy a menudo la "simpatía de la mayoría de los trabajadores" se demuestra en general no por votaciones, sino por el crecimiento de uno de los partidos, o por el crecimiento del número de sus miembros en los Soviets, o por el éxito de una huelga particular pero que por alguna razón ha adquirido una importancia enorme, o por el éxito en la guerra civil, etc., etc.

La historia de nuestra revolución mostró, por ejemplo, que la simpatía por la dictadura del proletariado de la mayoría de los trabajadores en los inmensos territorios de los Urales y Siberia fue descubierta no por votaciones, sino por la experiencia del poder de un año del general zarista Kolchak sobre los Urales y Siberia. Señalemos que el poder de Kolchak comenzó también con el poder de la "coalición" de scheidemannianos y kautskianos (en ruso: "mencheviques" y "socialistas-revolucionarios", partidarios de la Asamblea Constituyente), como ahora en Alemania los señores Haase y Scheidemann con su "coalición" abren el camino al poder de von der Goltz o Ludendorff y encubren, embellecen este poder. Entre paréntesis: la coalición de Haase y Scheidemann en el gobierno ha terminado, pero la coalición política de estos traidores del socialismo ha quedado. Prueba: los libros de Kautsky, los artículos de Stampfer en el *Vorwärts*, los artículos de kautskianos y scheidemannianos sobre su "unificación", etc.

La revolución proletaria es imposible sin la simpatía y el apoyo de la inmensa mayoría de los trabajadores hacia su vanguardia –el proletariado. Pero esta simpatía, este apoyo no se da de inmediato, no se resuelve con votaciones, sino que se conquista con una larga, difícil y dura lucha de clases. La lucha de clases del proletariado por la simpatía, por el apoyo de la mayoría de los trabajadores no termina con la conquista del poder político por el proletariado. Después de la conquista del poder, esta lucha continúa solo en formas diferentes. En la revolución rusa las circunstancias fueron excepcionalmente favorables para el proletariado (en su lucha por su dictadura), porque la revolución proletaria ocurrió cuando todo el pueblo estaba armado y cuando todo el campesinado quería derrocar el poder de los terratenientes, todo el campesinado estaba indignado por la política "kautskiana" de los socialtraidores, mencheviques y socialistas-revolucionarios.

Pero incluso en Rusia, donde en el momento de la revolución proletaria las cosas se presentaron excepcionalmente favorables, donde se obtuvo de inmediato una unidad sobresaliente de todo el proletariado, de todo el ejército, de todo el campesinado, incluso en Rusia la lucha del proletariado que realiza su dictadura, la lucha del proletariado por la simpatía, por el apoyo de la mayoría de los trabajadores, ocupó meses y años. En dos años esta lucha está casi terminada, pero no está aún completamente terminada a favor del proletariado. Solo en dos años conquistamos definitivamente la simpatía y el apoyo de la abrumadora mayoría de los obreros y campesinos trabajadores de la Gran Rusia, incluidos los Urales y Siberia, pero no hemos terminado aún la conquista de la simpatía y el apoyo de la mayoría de los campesinos trabajadores (a diferencia de los campesinos explotadores) de Ucrania. Puede aplastarnos (y sin embargo no nos aplastará) el poder militar de la Entente, pero dentro de Rusia tenemos ahora tras nosotros una simpatía tan sólida de una tan inmensa mayoría de los trabajadores que el mundo no ha visto aún un Estado más democrático.

Si se reflexiona sobre esta historia compleja, difícil, larga, rica en una extraordinaria diversidad de formas, en una inusual abundancia de cambios bruscos, giros, transiciones de una forma de lucha a otra, de la lucha del proletariado por el poder, se hará claro el error de aquellos que quieren "prohibir" la participación en el parlamento burgués, en los sindicatos reaccionarios, en los comités de delegados obreros zaristas o scheidemannianos o en los consejos de fábrica, etc., etc. Este error está provocado por la inexperiencia revolucionaria de los revolucionarios más sinceros, más convencidos, heroicos de la clase obrera. Por eso Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg tenían mil veces razón cuando en enero de 1919 veían este error, lo señalaban, pero preferían permanecer junto a los que se equivocaban, en una cuestión no muy importante, como revolucionarios proletarios, que junto a los traidores del socialismo, a los scheidemannianos y kautskianos, que no se equivocaban en la cuestión de la participación en el parlamento burgués, pero que habían dejado de ser socialistas, se habían convertido en demócratas pequeñoburgueses, cómplices de la burguesía.

Pero el error sigue siendo un error y hay que criticarlo, hay que luchar por su corrección.

La lucha contra los traidores del socialismo, los scheidemannianos y los kautskianos, debe ser implacable, pero debe ir no por la línea de la participación o contra la participación en los parlamentos burgueses, sindicatos reaccionarios, etc. Eso sería un error absoluto, y un error aún mayor sería la retirada de las ideas del marxismo y de su línea práctica (partido político fuerte, centralizado) hacia las ideas y la práctica del sindicalismo. Hay que tender a que el partido participe tanto en los parlamentos burgueses como en los sindicatos reaccionarios, como en los "consejos de fábrica", mutilados y castrados a la scheidemanniana, participe en todas partes donde hay obreros, donde se puede hablar a los obreros, influir en la masa obrera. Hay que unir a toda costa el trabajo ilegal con el legal, realizando sistemática e inflexiblemente el control más estricto del partido ilegal, de sus organizaciones obreras, sobre la actividad legal. No es fácil – pero en la revolución proletaria no hay ni puede haber tareas "fáciles", medios "fáciles" de lucha.

Esta difícil tarea hay que resolverla a toda costa. Nuestra diferencia con los scheidemannianos y kautskianos no consiste solo (y no principalmente) en que ellos no reconocen la insurrección armada, mientras que nosotros la reconocemos. La diferencia principal y fundamental es que ellos en todos los terrenos de trabajo (tanto en los parlamentos burgueses como en los sindicatos, como en las cooperativas, como en el periodismo, etc.) llevan una política inconsecuente, oportunista o incluso directamente traicionera y tránsfuga.

Contra los socialtraidores, contra el reformismo y el oportunismo –esta línea política se puede y se debe llevar en todos sin excepción los terrenos de lucha. Y entonces conquistaremos a la masa obrera. Y con la masa obrera la vanguardia del proletariado, el partido político marxista centralizado, llevará al pueblo por el camino seguro a la victoriosa dictadura del proletariado, a la democracia proletaria en lugar de la burguesa, a la República soviética, al régimen socialista.

La Tercera Internacional ha obtenido una serie de brillantes e inauditas victorias en unos pocos meses. La rapidez de su crecimiento es asombrosa. Los errores particulares y las enfermedades de crecimiento no son temibles. Criticándolos directa y abiertamente, lograremos que la masa obrera educada marxistamente de todos los países cultos pronto ahuyente de sí a los traidores del socialismo, a los scheidemannianos y kautskianos de todas las naciones (y estos tipos existen en todas las naciones).

La victoria del comunismo es inevitable. La victoria será suya.

10 de octubre de 1919.

Publicado en octubre de 1919 en la revista *La Internacional Comunista* nº 6. Firma: N. Lenin

Se imprime según el manuscrito.