Nuestras estaciones de radio interceptan radiotelegramas de Carnarvon (Inglaterra), de París y de otros centros europeos. París es ahora el centro de la unión mundial de los imperialistas, y sus transmisiones de radio son, por ello, a menudo particularmente interesantes. Hace unos días, el 13 de septiembre, la radio gubernamental de este centro del imperialismo mundial comunicó a todos los países la aparición de un nuevo libro del conocido renegado, jefe de la II Internacional, Karl Kautsky, contra el bolchevismo.

Los millonarios y multimillonarios no pondrían en movimiento su radio gubernamental en vano. Les pareció necesario anunciar a todos la nueva campaña de Kautsky. Tienen que agarrarse a todo para luchar contra el avance del bolchevismo, a todo, incluso a una paja, incluso al libro de Kautsky. Agradecemos de corazón a los señores millonarios franceses: ¡ayudan tan bien a hacer propaganda del bolchevismo! ¡Nos ayudan tanto, poniendo en ridículo los truenos pequeñoburgueses y filisteos de Kautsky contra los bolcheviques!

Hoy, 18 de septiembre, me han traído un ejemplar del periódico de los socialchovinistas alemanes, asesinos de K. Liebknecht y R. Luxemburgo, el «Vorwärts»{69}, del 7 de septiembre, con un artículo de Friedrich Stampfer sobre este nuevo libro de Kautsky («Terrorismo y comunismo») y con una serie de citas de ese libro{70}. Comparando el artículo de Stampfer con la radio de París, vemos que esta última, con toda probabilidad, fue redactada basándose en el primero. Los señores Scheidemann y Noske, guardaespaldas de la burguesía alemana y verdugos de los comunistas alemanes, alaban el libro de Kautsky y se unen a los imperialistas de la Entente en la lucha contra el comunismo internacional. ¡Un espectáculo sumamente instructivo! Y nuestros mencheviques, estos típicos representantes de la Internacional de Berna, la amarilla, no encontraban palabras para indignarse porque yo llamé a Kautsky (en mi libro: «La revolución proletaria y el renegado Kautsky») lacayo de la burguesía[9].

¡Es un hecho, señores, por mucho que os enojéis! No será por conspiración conmigo que los scheidemannianos del «Vorwärts» y los millonarios de la Entente se han puesto a alabar a Kautsky y a presentarlo como instrumento de lucha contra el bolchevismo mundial. Kautsky resultó ser, de hecho, aunque no lo supiera ni lo quisiera, exactamente lo que yo decía en relación con la burguesía.

Para mostrar hasta qué punto ha llegado esta renuncia al socialismo y a la revolución, encubierta con el nombre de marxismo, citaremos varias de las acusaciones más «terribles» que Kautsky hace a los bolcheviques.

«…Kautsky muestra detalladamente – escribe Stampfer – cómo los bolcheviques siempre terminan por llegar a lo contrario de lo que era su objetivo: eran partidarios de la abolición de la pena de muerte y practican los fusilamientos en masa…»

En primer lugar, es una mentira directa que los bolcheviques fueran contrarios a la pena de muerte para la época de la revolución. En el II Congreso de nuestro Partido, en 1903, cuando surgió el bolchevismo, se redactó el programa del partido, y en las actas del congreso consta que la idea de incluir en el programa la abolición de la pena de muerte solo provocó exclamaciones burlonas: «¿también para Nicolás II?»{71}. Incluso los mencheviques en 1903 no se atrevieron a someter a votación la propuesta de abolir la pena de muerte para el zar. Y en 1917, durante el kerenskismo, yo escribí en el «Pravda» que ningún gobierno revolucionario podría prescindir de la pena de muerte y que toda la cuestión era solo contra qué clase dirigía el gobierno el arma de la pena de muerte. Kautsky se ha desacostumbrado tanto a pensar revolucionariamente, se ha hundido tanto en el oportunismo pequeñoburgués, que ni siquiera puede imaginar cómo un partido revolucionario del proletariado pudo, mucho antes de su victoria, reconocer abiertamente la necesidad de la pena de muerte para los contrarrevolucionarios. El «honrado» Kautsky, siendo un hombre honrado y un honrado oportunista, escribe sin reparos esa mentira sobre sus adversarios.

En segundo lugar, si un hombre tuviera la más mínima comprensión de la revolución, no podría olvidar que ahora no se trata de la revolución en general, sino de la revolución que surge de la gran matanza imperialista de los pueblos. ¿Es concebible una revolución proletaria surgida de una guerra semejante, sin conspiraciones y atentados contrarrevolucionarios por parte de decenas y centenares de miles de oficiales pertenecientes a la clase de los terratenientes y capitalistas? ¿Es concebible un partido revolucionario de la clase obrera que no castigara con la muerte tales acciones en la época de la guerra civil más encarnizada y de las conspiraciones de la burguesía para invadir tropas extranjeras y derrocar al gobierno obrero? Ninguna persona, salvo los pedantes sin remedio y ridículos, podría responder a estas preguntas de otro modo que negativamente. Pero Kautsky, que antes sabía plantear las cuestiones en su contexto histórico concreto, ha olvidado cómo hacerlo.

En tercer lugar. Si Kautsky no sabe estudiar su objeto y escribe mentiras sobre los bolcheviques, si Kautsky no sabe pensar y ni siquiera es capaz de plantear la cuestión de las particularidades de la revolución que surge de una guerra de cuatro años, Kautsky podría al menos observar a su alrededor. ¿Qué prueba el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo por oficiales en la república democrática alemana? ¿Qué prueba la fuga de los oficiales condenados luego por asesinato a un castigo burlonamente leve? El señor Kautsky y todo su partido «independiente» (del proletariado, pero muy dependiente de los prejuicios pequeñoburgueses) se libra de esas cuestiones con lloriqueos, condenas, lamentaciones filisteas. Pero precisamente por eso todos los obreros revolucionarios de todo el mundo se apartan cada vez más de los Kautsky, Longuet, MacDonald, Turati y se pasan al lado de los comunistas, porque el proletariado revolucionario necesita la victoria sobre la contrarrevolución, no su «condena» impotente.

En cuarto lugar. La cuestión del «terrorismo» es, al parecer, la cuestión fundamental en el libro de Kautsky. Se ve por su título. Se ve también por las palabras de Stampfer: «…Kautsky tiene sin duda razón al afirmar que el principio fundamental de la Comuna no fue el terrorismo, sino el sufragio universal». He aducido en mi libro «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» material suficiente para demostrar qué burla del marxismo es semejante razonamiento sobre el «principio fundamental». En el momento actual mi tarea es otra. Para mostrar qué valor tienen los razonamientos de Kautsky sobre el «terrorismo», a quién sirven, a qué clase, citaré íntegramente un pequeño artículo liberal. Este artículo es una carta a la redacción de la revista liberal americana: «The New Republic» («La nueva república», 25 de junio de 1919){72}. Esta revista, que en general se sitúa en el punto de vista pequeñoburgués, se diferencia ventajosamente de los escritos de los señores Kautsky en que no llama a ese punto de vista ni socialismo revolucionario ni marxismo.

He aquí esta carta a la redacción íntegramente:

«MANNERHEIM Y KOLCHAK

Señor director: Los gobiernos aliados se han negado a reconocer al gobierno soviético de Rusia por las siguientes razones, según dicen:

1. El gobierno soviético es – o era – germanófilo (pro-german, partidario de Alemania).

2. El gobierno soviético se mantiene mediante el terrorismo.

3. El gobierno soviético es antidemocrático y no representa al pueblo ruso.

Entretanto, los gobiernos aliados han reconocido hace tiempo al actual gobierno blanco de Finlandia bajo la dictadura del general Mannerheim, aunque es evidente lo siguiente:

1. Las tropas alemanas ayudaron a los blancos a aplastar la república socialista de Finlandia, y el general Mannerheim envió repetidos telegramas al káiser expresándole simpatía y respeto. Mientras tanto, el gobierno soviético estaba minando enérgicamente al gobierno alemán mediante la propaganda entre las tropas en el frente ruso. El gobierno finlandés era infinitamente más germanófilo que el ruso.

2. El actual gobierno de Finlandia, al asumir el poder, ejecutó fríamente en el transcurso de unos días a 16 700 miembros de la anterior república socialista y encerró en campos de concentración, condenándolos a morir de hambre, a otros 70 000. Mientras tanto, todas las ejecuciones en Rusia durante el año que terminó el 1 de noviembre de 1918 fueron, según datos oficiales, de 3800, incluyendo a muchos funcionarios soviéticos corruptos, así como a contrarrevolucionarios. El gobierno finlandés fue infinitamente más terrorista que el ruso.

3. Después de matar y arrestar a unos 90 000 socialistas y de expulsar a otros 50 000 al extranjero, a Rusia – Finlandia, un país pequeño, con un número de electores de solo unos 400 000 –, el gobierno blanco consideró suficientemente seguro realizar elecciones. A pesar de todas las precauciones, fue elegida una mayoría de socialistas, pero el general Mannerheim, al igual que los aliados después de las elecciones en Vladivostok, no confirmó el mandato de ninguno de ellos. Mientras tanto, el gobierno soviético privó del derecho de voto a todos aquellos que no realizan un trabajo útil para ganarse la vida. El gobierno finlandés fue considerablemente menos democrático que el ruso.

Y exactamente lo mismo ocurre con el gran campeón de la democracia y del nuevo orden, el almirante Kolchak en Omsk, a quien los gobiernos aliados apoyaron, abastecieron, equiparon y ahora se disponen a reconocer oficialmente.

Por lo tanto, todo argumento que los aliados esgrimieron contra el reconocimiento de los Soviets puede aplicarse con mayor fuerza y honradez contra Mannerheim y Kolchak. Sin embargo, estos últimos han sido reconocidos, y el bloqueo se vuelve cada vez más estricto en torno a la Rusia que muere de hambre.

Washington.

Este pequeño artículo de un liberal burgués desenmascara espléndidamente toda la bajeza y traición al socialismo de los señores Kautsky, Martov, Chernov, Branting y demás héroes de la Internacional amarilla de Berna.

Kautsky y todos esos héroes, en primer lugar, mienten sobre la Rusia soviética en la cuestión del terrorismo y la democracia. En segundo lugar, valoran los acontecimientos no desde el punto de vista de la lucha de clases que realmente se desarrolla, a escala mundial y en la forma más aguda, sino desde el punto de vista de los suspiros pequeñoburgueses y filisteos sobre lo que podría ser si no hubiera vínculo entre la democracia burguesa y el capitalismo, si no hubiera blancos en el mundo, si no los apoyara la burguesía mundial, etc., etc. En tercer lugar, comparando el artículo americano con los razonamientos de Kautsky y Cía., vemos claramente que su papel objetivo es el de lacayo de la burguesía.

La burguesía mundial apoya a los Mannerheim y a los Kolchak, esforzándose por estrangular al poder soviético, presentándolo falsamente como terrorista y antidemocrático. Tales son los hechos. Y solo los corifeos de la burguesía son Kautsky, Martov, Chernov y Cía., cuando entonan su cantinela sobre el terrorismo y el democratismo. La burguesía mundial, precisamente al son de esta cantinela, precisamente engañando con ella a los obreros, estrangula la revolución obrera. La honradez personal de los «socialistas» que entonan esta cantinela «sinceramente», es decir, por extrema estupidez, no cambia en nada el papel objetivo de esta cantinela. Los «oportunistas honrados», los Kautsky, Martov, Longuet y Cía., se han convertido en contrarrevolucionarios «honrados» (por su infinita falta de carácter).

Tal es el hecho.

El liberal americano comprendió – no en virtud de su preparación teórica, sino simplemente observando atentamente los acontecimientos en una escala suficientemente amplia, es decir, precisamente a escala mundial – que la burguesía de todo el mundo organiza y dirige la guerra civil contra el proletariado revolucionario, apoyando para ello a Kolchak y Denikin en Rusia, a Mannerheim en Finlandia, a los lacayos de la burguesía, los mencheviques georgianos, en el Cáucaso, a los imperialistas polacos y a los Kerenski polacos en Polonia, a los scheidemannianos alemanes en Alemania, a los contrarrevolucionarios (mencheviques y capitalistas) en Hungría, etc., etc.

¡Y Kautsky, como un verdadero pequeñoburgués reaccionario, sigue lamentándose por los temores y horrores de la guerra civil! Aquí no solo desaparece toda sombra de conciencia revolucionaria, toda sombra de realismo histórico (pues no está de más comprender por fin la inevitabilidad de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil), sino que resulta directamente un corifeo de la burguesía, una ayuda para ella; aquí Kautsky se sitúa de hecho al lado de la burguesía en esa guerra civil que en todo el mundo o ya se está librando o se prepara con toda claridad.

Como teórico, Kautsky encubre con ruido, gritos, llantos e histeria sobre la guerra civil la circunstancia de que ha fracasado. Precisamente los bolcheviques, que en el otoño de 1914 declararon a todo el mundo la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, resultaron tener razón. Los reaccionarios de todos los matices se indignaban o se reían, pero los bolcheviques resultaron tener razón. Para encubrir su completa derrota, su falta de perspicacia, su miopía, hay que esforzarse por asustar a los pequeños burgueses con los horrores de la guerra civil. Eso es lo que hace Kautsky como político.

Hasta qué absurdos ridículos llega al hacerlo se ve por lo siguiente. Las esperanzas en la revolución mundial son infundadas, afirma Kautsky, y – ¿en qué cree usted que consiste su argumento? La revolución en Europa al estilo de Rusia sería, según él, «desencadenamiento (Entfesselung, desatamiento) de guerras civiles en todo el mundo por toda una generación» y, además, no desatamiento de la auténtica lucha de clases, sino «lucha fratricida entre proletarios». Estas citas en cursiva las reproduce, precisamente como palabras de Kautsky, Stampfer, naturalmente, entusiasmándose con ellas.

¡Cómo no iban a entusiasmarse con estas palabras los canallas y verdugos de Scheidemann! «Un jefe de los socialistas» asusta al pueblo con la revolución y lo aparta de la revolución. Pero Kautsky ha pasado por alto divertidamente una cosa: hace ya casi dos años que la todopoderosa Entente hace la guerra a Rusia y con ello desencadena la revolución en su propio seno. Si la revolución comenzara ahora, aunque solo fuera en su etapa conciliadora, aunque solo fuera en una o dos de las grandes potencias de la Entente, esto pondría fin inmediatamente a la guerra civil en Rusia, esto liberaría inmediatamente a centenares de millones de personas en las colonias, pues allí hierve la indignación y la rebelión, contenida solo por la violencia de Europa.

En Kautsky, además de que durante toda la guerra imperialista exhibió las delicias de su alma baja y lacayuna, actúa ahora claramente este motivo: se ha asustado del carácter prolongado de la guerra civil en Rusia. Asustado, no pensó que contra Rusia guerrea la burguesía de todo el mundo. La revolución en una o dos grandes potencias de Europa quebrantaría definitivamente las fuerzas de la burguesía en general, su dominio sería quebrantado de raíz, no le quedaría refugio en ningún lugar de la tierra.

En realidad, la guerra de dos años de la burguesía mundial contra el proletariado revolucionario de Rusia da esperanzas a los revolucionarios de todo el mundo, demuestra la extraordinaria cercanía y facilidad de la victoria a escala mundial.

En cuanto a la guerra civil «entre proletarios», estos argumentos ya los hemos oído de Chernov y Martov. Para valorar toda la bajeza insondable de este argumento, tomemos un ejemplo evidente. Durante la gran revolución francesa, una parte de los campesinos, precisamente los vandeanos, luchaban por el rey contra la república. En junio de 1848 y en mayo de 1871, una parte de los obreros se encontraba en las tropas de Cavaignac y de Galliffet, que estrangulaban la revolución. ¿Qué diríais de un hombre que declarara: yo lamento la «guerra civil entre campesinos en Francia en 1792», – «entre obreros en 1848 y 1871»? Diríais que es el más hipócrita defensor de la reacción, de la monarquía, de los Cavaignac.

Y tendríais razón.

Solo un idiota redomado podría no comprender ahora que en Rusia (y en todo el mundo comienza o madura) se libra una guerra civil del proletariado contra la burguesía. Nunca ha habido ni puede haber tal lucha de clases en que una parte de la vanguardia no permanezca del lado de la reacción. Y lo mismo se aplica a la guerra civil. Una parte de los obreros atrasados ayuda inevitablemente – por un tiempo más o menos breve – a la burguesía. Solo los canallas pueden defender su paso al lado de la burguesía con esto.

Teóricamente, vemos aquí la falta de voluntad para comprender lo que desde 1914 gritan, claman todos los hechos de toda la historia de todo el movimiento obrero en todo el mundo. La escisión entre las cúpulas de la clase obrera, corrompidas por el espíritu pequeñoburgués, el oportunismo, sobornadas con «puestos lucrativos» y otras dádivas de la burguesía, se esbozó en el otoño de 1914 a escala mundial, se desarrolló definitivamente en 1915-1918. Al no ver este hecho histórico, al acusar a los comunistas de escisión, Kautsky solo demuestra por milésima vez su papel de lacayo de la burguesía.

Marx y Engels durante 40 años, de 1852 a 1892, hablaron del aburguesamiento de una parte (precisamente de las cúpulas, de los jefes, de la «aristocracia») de los obreros en Inglaterra en relación con sus ventajas coloniales, sus monopolios{73}. Está claro como el día que los monopolios imperialistas para toda una serie de países en el siglo XX debían crear el mismo fenómeno que en Inglaterra. En todos los países avanzados vemos la corrupción, el soborno, el paso al lado de la burguesía de los jefes de la clase obrera y de sus cúpulas, en relación con las dádivas de la burguesía, que da a estos jefes «puestos lucrativos», da a estas cúpulas migajas de sus ganancias, traslada el peso del trabajo peor pagado y más negro a los obreros atrasados importados, aumenta los privilegios de la «aristocracia obrera» en comparación con la masa.

La guerra de 1914-1918 demostró definitivamente la traición al socialismo, el paso al lado de la burguesía de los jefes y las cúpulas del proletariado, de todos los socialchovinistas, Gompers, Branting, Renaudel, MacDonald, Scheidemann, etc., y, naturalmente, por inercia una parte de la masa obrera sigue durante algún tiempo a esa basura burguesa.

La Internacional de Berna de Huysmans, Vandervelde, Scheidemann se ha constituido ahora plenamente como la Internacional amarilla de esos traidores al socialismo. Sin lucha contra ellos, sin ruptura con ellos, no puede hablarse de ningún socialismo real, de ningún trabajo sincero en favor de la revolución social.

Que los independientes alemanes intenten sentarse entre dos sillas, tal es su destino. A Kautsky lo besan y abrazan los scheidemannianos como a un «hombre de los suyos». Stampfer clama sobre ello, y realmente Kautsky es un verdadero camarada de los Scheidemann. Y Hilferding, también independiente y amigo de Kautsky, proponía en Lucerna excluir a los Scheidemann de la Internacional. Naturalmente, los verdaderos jefes de la Internacional amarilla solo se rieron de Hilferding. La propuesta de Hilferding era o una extrema estupidez o una extrema hipocresía: pasar por «izquierdista» entre la masa obrera y al mismo tiempo conservar un puesto en la Internacional de los sirvientes de la burguesía. Pero cualquiera que sea la explicación de la conducta de uno de los jefes, Hilferding, una cosa es indudable: entre la masa del proletariado, tanto la falta de carácter de los «independientes» como la bajeza de los Scheidemann, Branting, Vandervelde provocarán inevitablemente un alejamiento cada vez más fuerte de los jefes traidores. El imperialismo puede durante bastante tiempo escindir a los obreros en algunos países, el ejemplo de Inglaterra lo demostró, pero la unión de los revolucionarios, la unión de las masas con ellos, la expulsión de los amarillos avanza en el plano mundial de manera incontenible. Los enormes éxitos de la Internacional Comunista lo demuestran: en América se ha formado ya un partido comunista{74}, en París, el Comité para el restablecimiento de las relaciones internacionales y el Comité de defensa sindical{75} se han puesto del lado de la III Internacional. En París, dos periódicos se han pasado al lado de la III Internacional: «L'Internationale»{76} de Raymond Péricat y «Le Titre Interdit» (¿«El Bolchevique»?) de Georges Anquetil. En Inglaterra estamos en vísperas de la formación del Partido Comunista, con el que son solidarios los mejores hombres del Partido Socialista Británico, de los «comités de delegados de fábrica» (Shop Stewards Committees), de los sindicalistas revolucionarios, etc. Los izquierdistas suecos, los socialdemócratas noruegos, los comunistas holandeses, los partidos socialistas suizo{77} e italiano{78} están ya en la misma fila que los espartaquistas alemanes{79} y los bolcheviques rusos.

La Internacional Comunista, en pocos meses de 1919, se ha convertido en una Internacional mundial que dirige a las masas, y enemiga sin reservas de los traidores al socialismo en la Internacional «amarilla» de la cofradía de Berna y Lucerna.

Para terminar, detengámonos en una noticia particularmente instructiva que arroja luz sobre el papel de los jefes oportunistas. En Lucerna, durante la celebración allí en agosto del corriente año de la conferencia de los socialistas amarillos, se publicaba una edición especial del periódico ginebrino «La Feuille» («La Hoja»){80} con informes y noticias, en diferentes idiomas. En la edición inglesa (n.º 4, Wednesday, August 6th[10]) se publica una entrevista con Troelstra, conocido jefe del partido oportunista en Holanda.

Esto es lo que contó Troelstra:

«La revolución alemana del 9 de noviembre provocó una fuerte excitación entre nuestros (holandeses) jefes políticos y sindicales. Los grupos gobernantes en Holanda estuvieron en pánico durante varios días, tanto más cuanto que al mismo tiempo estalló una rebelión casi general en el ejército.

Los burgomaestres de Róterdam y La Haya se esforzaron por reunir sus propias organizaciones como fuerzas auxiliares de la contrarrevolución. Un comité formado por ex generales, entre los cuales había un viejo oficial que se enorgullecía de haber sofocado la rebelión de los bóxers en China, intentó confundir a algunos camaradas y armarlos contra la revolución. Sus esfuerzos tuvieron, naturalmente, el efecto contrario, y en Róterdam por un momento pareció que se crearía un Soviet de obreros. Pero los jefes de las organizaciones políticas y sindicales fueron de la opinión de que aún no había llegado el momento para tales métodos, y se limitaron a presentar un programa mínimo de reivindicaciones obreras y a publicar una ardiente proclama a las masas».

Así habló Troelstra. Añadió además muchas declaraciones jactanciosas: cómo pronunció discursos revolucionarios, cómo incluso estuvo por la toma del poder, cómo comprende la insuficiencia de los parlamentos y de la democracia puramente política, cómo reconoce para el período de transición los «medios ilegales» de lucha y la «dictadura del proletariado», etc., etc.

Troelstra es un modelo de jefe vendido, oportunista, que sirve a la burguesía y engaña a los obreros. En palabras, como veis, lo reconoce todo: los Soviets, la dictadura del proletariado y lo que queráis. En los hechos, Troelstra es el más vil traidor de los obreros, agente de la burguesía. En los hechos, es el jefe de esos mismos «jefes de las organizaciones políticas y sindicales obreras» en Holanda que salvaron a la burguesía en Holanda, pasándose al lado de la burguesía en el momento decisivo.

Pues los hechos comunicados por Troelstra son completamente claros y definidos. En Holanda se había movilizado el ejército. El proletariado estaba armado y unido en el ejército con las capas más pobres de todo el pueblo. La revolución alemana provocó el ascenso de los obreros y «una rebelión casi general en el ejército». Está claro que el deber de los jefes revolucionarios era conducir a las masas a la revolución, no perder el momento en que el armamento de los obreros y la influencia de la revolución alemana podían decidir la cuestión de inmediato.

Los jefes traidores, con Troelstra a la cabeza, se pasaron al lado de la burguesía. A los obreros los alimentaron con reformas y con promesas aún mayores de reformas, con «proclamas ardientes» y frases revolucionarias adormecieron a los obreros y los engañaron. Ayudaron a la burguesía a desmovilizar el ejército, salvaron a los capitalistas precisamente los señores Troelstra y demás «jefes» semejantes, que constituyen la II Internacional de Berna y Lucerna.

El movimiento obrero avanzará, arrojando fuera a los traidores y renegados, a los Troelstra y Kautsky, librándose de esa cúpula aburguesada que engaña a las masas, siguiendo en realidad la política de los capitalistas.

20 de septiembre de 1919.

P. S. A juzgar por la exposición de Stampfer, Kautsky ha guardado silencio sobre el sistema soviético de Estado. ¿Habrá cedido en esta cuestión principal? ¿Habrá renunciado a defender esas vulgaridades que escribió sobre esto en su folleto contra la «Dictadura del proletariado»? ¿Habrá preferido pasar de lo principal a lo secundario? Veremos la respuesta a estas preguntas cuando sea posible conocer el propio folleto de Kautsky.

Publicado en septiembre de 1919 en la revista «La Internacional Comunista» n.º 5. Firma: N. Lenin

Se imprime según el manuscrito