INFORME DEL COMITE CENTRAL

18 DE MARZO

(Clamorosos y prolongados aplausos. Voces de  “¡Viva Ilich!”, “¡Viva el camarada Lenin!”) Camaradas: Permítanme que empiece por el informe político del Comité Central. Hacer el balance de la labor política del Comité Central en el período transcurrido desde el último Congreso significa, en el fondo, hacer el de toda nuestra revolución. Y creo que todos convendrán conmigo en que cumplir esta tarea en plazo tan breve no sólo es superior a las fuerzas de una sola persona sino que, en general, no puede cumplirla una persona sola. Por eso he decidido limitarme a los puntos que, a .mi juicio, tienen una importancia de singular magnitud no sólo en la historia de lo que ha tenido que hacer nuestro Partido durante este período, sino también desde el punto de vista de nuestras tareas actuales. Entregarme por entero a la historia en un momento como el que vivimos, recordar lo pasado sin pensar en lo presente y en lo futuro sería para mí, he de confesarlo, algo superior a mis fuerzas.

Si empezamos por la política exterior, cae de su peso que figuran en primer término nuestra actitud ante el imperialismo alemán y la paz de Brest. Y creo que vale la pena hablar de esto, pues su importancia no es sólo histórica. Me parece que la propuesta que el Poder soviético ha hecho a las potencias aliadas o, mejor dicho, la conformidad que nuestro Gobierno ha dado a la propuesta, conocida de todos, de celebrar la Conferencia del Archipiélago de los Príncipes40, me parece que esta propuesta y nuestra contestación reproducen en algunos aspectos, bastante importantes además, la actitud que adoptamos ante el imperialismo durante la paz de Brest. Por eso creo necesario tratar de este asunto, habida cuenta de la rapidez con que hoy transcurren los acontecimientos.

Cuando resolvíamos el problema de la paz de Brest, la estructuración de los Soviets, sin hablar ya de la del Partido, se hallaba todavía en su primera etapa. Sabe que el Partido en su conjunto aún tenía muy poca experiencia por entonces para determinar, aunque fuese aproximadamente, la rapidez de nuestro avance por el camino elegido. Cierta confusión, herencia inevitable del pasado, hacía entonces dificilísima la visión de conjunto de los acontecimientos y el conocimiento exacto de lo que ocurría. Por otra parte, nuestro enorme aislamiento de Europa Occidental y de los demás países nos privaba de todo elemento objetivo para juzgar de la posible

40 Por iniciativa de Lloyd George y de Wilson se proyectaba convocar en el Archipiélago de los Príncipes (el mar de Mármara) una Conferencia de representantes de todos los gobiernos existentes en el territorio de Rusia para trazar medidas de cese de la guerra civil.

El Gobierno soviético decidió arrancar la máscara de “reconciliadores” de los imperialistas y eliminar toda falsa interpretación de los actos de la Rusia Soviética. En él caso de negativa del Gobierno soviético de participar en la Conferencia, los imperialistas quisieran interpretar esto ante la opinión pública de todos los países como ausencia de deseo de participar en la Conferencia y de procurar la paz. Pese a no haber recibido invitación, el 4 de febrero de 1919 el Gobierno soviético dio su conformidad de tomar parte en la Conferencia. En el radiograma del Comisariado del Pueblo de Relaciones Exteriores de la RSFSR se formularon las concesiones a que accedería el Gobierno soviético en aras de la paz. El Gobierno soviético proclamó su disposición a “comenzar inmediatamente las negociaciones en el Archipiélago de los Príncipes o en cualquier otro lugar” y pedía se le comunicara inmediatamente adonde debía enviar a sus representantes, cuándo precisamente y por qué vía. Los imperialistas de la Entente dejaron el radiograma del Comisariado del Pueblo de Relaciones Exteriores sin respuesta. Confiando en poder estrangular la República Soviética con ayuda de la fuerza armada, Denikin, Kolchak y otros gobiernos contrarrevolucionarios se negaron a participar en la Conferencia, la cual no llegó a celebrarse. rapidez o de las formas de progreso de la revolución proletaria en Occidente. El resultado de esta compleja situación fue que el problema de la paz de Brest provocó numerosas discrepancias en nuestro Partido.

Pero los acontecimientos han mostrado que este repliegue obligado ante el imperialismo alemán, que se presentaba embozado en una capa de paz en extremo violenta, escandalosa y expoliadora, era el único camino justo desde el punto de vista de la actitud de la joven República Soviética ante el imperialismo mundial (ante la mitad del imperialismo mundial). Nosotros que acabábamos de derribar a los terratenientes y a la burguesía en Rusia, no teníamos entonces en absoluto más opción que la de replegarnos frente a las fuerzas del imperialismo mundial. Quienes condenaban este repliegue desde el punto de vista revolucionario, mantenían en realidad una opinión errónea de raíz y no marxista. Habían olvidado en qué condiciones, después de qué largo y difícil desarrollo de la época de Kerenski y a costa de qué ingente labor preparatoria en los Soviets logramos, al fin, en octubre, tras las graves derrotas de julio41 y después de la korniloviada42, que madurase por completo entre las inmensas masas trabajadoras la voluntad y la disposición de derrocar a la burguesía, así como la fuerza material organizada necesaria para ello. Es claro que por entonces no se podía hablar siquiera de nada semejante a escala internacional. Desde este punto de vista, la lucha contra el imperialismo mundial se planteaba así: seguir obrando para descomponer este imperialismo, educar y unir a la clase obrera, que comenzaba a agitarse en todas partes, pero que no había llegado aún a determinarse por completo en sus acciones.

Por eso, la única política justa era la que adoptamos con relación a la paz de Brest, aunque, naturalmente, esta política ahondara entonces nuestra enemistad con una serie de elementos pequeñoburgueses, que no son, ni pueden ser, ni deben ser en

41 Lenin se refiere a las manifestaciones masivas en Petrogrado el 3 y el 4 (16-17) de julio de 1917. Fistos sucesos expresaban la profunda crisis política que vivía el país. El fracaso de la ofensiva de las tropas rusas en el frente, iniciada por Kerenski el 18 (31) de junio, el crecimiento del desempleo con motivo del cierre de empresas capitalistas, la carestía y la aguda escasez de víveres, todo esto dio lugar a la explosión de la indignación de las grandes masas de obreros y soldados ante la política contrarrevolucionaria del Gobierno Provisional. La manifestación iniciada el 3 (16) de julio encerraba el peligro de desembocar en una sublevación armada contra el Gobierno Provisional.

En aquel momento el Partido de los bolcheviques estaba en contra de la insurrección armada, ya que estimaba que aún no había madurado la crisis revolucionaria en el país. Pero el movimiento comenzó y no había posibilidad de detenerlo.

Los bolcheviques decidieron tomar parteen la manifestación el 4 (17) de julio a fin de imprimirle un carácter pacífico y organizado. Se celebró bajo las consignas bolcheviques: “¡Todo el poder a los Soviets!”, etc. Sin embargo, los líderes eseristas y mencheviques de los Soviets se negaron a tomar el poder, poniendo definitivamente al descubierto su esencia contrarrevolucionaria.

El Gobierno Provisional, con el conocimiento y el acuerdo del Comité Ejecutivo Central menchevique y eserista, lanzó las tropas contra la manifestación pacífica. En la reunión de miembros del Comité Central y del Comité de Petersburgo, celebrada bajo la dirección de V. I. Lenin, se acordó suspender en forma organizada la manifestación.

El Gobierno Provisional, unido a los mencheviques y escristas, comenzó a perseguir al Partido Bolchevique. Fueron clausurados los periódicos bolcheviques, comenzaron las detenciones y los allanamientos.

Después de las jornadas de julio el poder en el país pasó enteramente a manos del Gobierno Provisional contrarrevolucionario. Los Soviets eran nada más que ’su impotente apéndice. Se había acabado el período pacífico de la revolución.

42 Trátase de la insurrección de Kornílov, levantamiento contrarrevolucionario de la burguesía y los terratenientes en agosto de 1917. Al frente de la sublevación se puso el general zarista Kornílov, jefe supremo del ejército. Los conspiradores se proponían apoderarse de Petrogrado, destrozar el Partido Bolchevique, disolver los Sóviets, implantar la dictadura militar en el país y preparar la restauración de la monarquía. Participaba en la conspiración A. F. Kerenski, jefe del Gobierno Provisional, pero cuando comenzó la asonada, temiendo ser barrido lo mismo que Kornílov, se deslindó de éste y lo proclamó amotinado contra el Gobierno Provisional.

El amotinamiento comenzó el 25 de agosto (7 de septiembre). Kornílov arrojó sobre Petrogrado el 3 Cuerpo de Caballería. En la ciudad se preparaban para salir a la calle las organizaciones contrarrevolucionarias kornilovianas.

El Partido Bolchevique encabezó la lucha de las masas contra Kornílov, sin abandonar, al propio tiempo, como lo exigía Lenin, la denuncia del Gobierno Provisional y sus lacayos escristas y mencheviques. Haciéndose eco del llamamiento del CC del Partido Bolchevique, los obreros de Petrogrado, los marinos y soldados revolucionarios se alzaron a la lucha contra los facciosos.

El movimiento de Kornílov fue aplastado por los obreros y campesinos bajo la dirección del Partido Bolchevique. Bajo la presión de las masas, el Gobierno Provisional se vio forzado a disponer la detención de Kornílov y sus cómplices y procesarlos por rebelión. todas las circunstancias y en todos los países, ni mucho menos, adversarios del socialismo. La historia nos ha dado en esta esfera una lección que debemos aprender bien, pues no cabe duda de que habremos de aplicarla más de una vez. Esta lección consiste en lo siguiente: las relaciones del partido del proletariado con el partido demócrata pequeñoburgués, con esos elementos, sectores, grupos y clases de fuerza y número singulares en Rusia y existentes en todos los países, constituyen un problema sumamente complejo y difícil. Los elementos pequeñoburgueses vacilan entre la vieja sociedad y la nueva. No pueden ser los propulsores de la vieja sociedad ni de la nueva. A la vez, son adictos de lo viejo en distinta medida que los terratenientes y la burguesía. El patriotismo es un sentimiento ligado precisamente a las condiciones económicas de vida de los pequeños propietarios. La burguesía es más internacional que los pequeños propietarios. Hemos tenido ocasión de verlo durante la conclusión de la paz de Brest, cuando el Poder soviético puso la dictadura mundial del proletariado y la revolución mundial por encima de todos los sacrificios nacionales, por muy dolorosos que fueran. Y hubimos de chocar de la manera más violenta e implacable con los elementos pequeñoburgueses. Por entonces se unieron con la burguesía y los terratenientes contra nosotros muchos de estos elementos que luego comenzaron a vacilar.

El problema de la actitud ante los partidos pequeñoburgueses, planteado aquí por algunos camaradas, se aborda en grado considerable en nuestro Programa y será tratado a fondo en la discusión de cada uno de los puntos del orden del día. Este problema ha dejado de ser abstracto y general en el curso de nuestra revolución para concretarse. Durante la conclusión de la paz de Brest, nuestra tarea de internacionalistas consistía en dar a toda costa a los elementos proletarios la posibilidad de fortalecerse y cohesionarse. Eso fue lo que apartó entonces de nosotros a los partidos pequeñoburgueses. Sabemos cómo, después de la revolución alemana, los elementos pequeñoburgueses volvieron a vacilar. Esos acontecimientos han abierto los ojos a muchos de los que, en la época en que maduraba la revolución proletaria, juzgaban las cosas desde el punto de vista del viejo patriotismo, de un modo no sólo no socialista, sino absolutamente falso. Hoy, debido a la difícil situación del abastecimiento, debido a la guerra que prosigue aún contra la Entente, volvemos a ver una oleada de vacilaciones de la democracia pequeñoburguesa. Ya antes tuvimos que tomar en consideración estas vacilaciones, pero —y de ello se deriva para todos nosotros una enseñanza de colosal importancia—, las viejas situaciones no se repiten en su forma anterior. La nueva situación es más compleja. Podremos tenerla en cuenta como es debido, y nuestra política podrá ser acertada, si nos pertrechamos con la experiencia de la paz de Brest. Cuando aceptamos la propuesta de participar en la Conferencia del Archipiélago de los Príncipes, sabíamos que íbamos a aceptar una paz impuesta por la violencia. Pero, de otra parte, hoy también sabemos más acerca del auge de la ola proletaria revolucionaria en Europa Occidental, sabemos que la efervescencia se transforma allí en descontento consciente y conduce a la organización de un movimiento proletario mundial en pro de los Soviets. Si en aquella época avanzábamos a tientas, si tratábamos de adivinar cuándo podía estallar la revolución en Europa —lo hacíamos basándonos en nuestras convicciones teóricas de que esta revolución debía producirse—, hoy disponemos ya de una serie de hechos demostrativos de que la revolución está madurando en otros países, de que este movimiento ha comenzado. Por eso, con relación a Europa

Occidental, los países de la Entente, tenemos o tendremos que repetir mucho de lo que hicimos durante la conclusión de la paz de Brest. Después de la experiencia de Brest nos resultará mucho más fácil hacerlo. Cuando nuestro Comité Central tuvo que discutir sobre la participación en la Conferencia del Archipiélago de los Príncipes con los blancos —lo cual se reducía, en el fondo, a la anexión de todo el territorio ocupado por los blancos—, el problema del armisticio no suscitó ninguna protesta airada del proletariado, y la actitud del Partido fue idéntica. Por lo menos, no tuve ocasión de oír hablar de descontento o indignación en ninguna parte. Ocurrió así porque nuestra lección de política internacional había dado sus frutos.

Por lo que se refiere a los elementos pequeñoburgueses, la tarea del Partido aún no ha sido cumplida definitivamente. Durante el año transcurrido hemos creado la base para cumplir con acierto esta tarea, especialmente respecto a la actitud ante el campesino medio, en toda una serie de problemas que, en realidad, son todos los que figuran, sin excepción, en el orden del día. En el plano teórico estamos de acuerdo en que el campesino medio no es enemigo nuestro, en que requiere éste una actitud especial, en que las cosas cambiarán aquí según se presenten numerosos aspectos accesorios de la revolución, en particular, según la respuesta que se dé a esta pregunta: ¿a favor del patriotismo o en contra del patriotismo? Estas preguntas tienen para nosotros una importancia secundaria e incluso de tercer orden, pero ciegan por entero a la pequeña burguesía. De otra parte, todos esos elementos vacilan en la lucha y son unos verdaderos pusilánimes. No saben lo que quieren y son incapaces de defender su posición. Esto exige de nosotros una táctica de flexibilidad y prudencia extraordinarias, pues a veces nos vemos obligados a dar con una mano y quitar con otra. La culpa no es nuestra, sino de los elementos pequeñoburgueses que no pueden agrupar sus fuerzas. Lo vemos ahora en la práctica, y hoy, sin ir más lejos, hemos leído en los periódicos a qué aspiran ahora los independientes alemanes43, que disponen de fuerzas tan grandes como Kautsky e Hilferding.

Ustedes saben que querían incluir el sistema de los Consejos en la Constitución de la República Democrática Alemana, es decir, unir en legítimo matrimonio la “Constituyente” y la dictadura del proletariado. Eso es para nosotros una burla del sentido común de nuestra revolución, de la revolución alemana, de la revolución húngara y de la revolución polaca en proceso de maduración que lo único que podemos hacer es abrirnos de brazos, sorprendidos. Podemos decir que esos elementos vacilantes existen en los países más avanzados. A veces, elementos instruidos, desarrollados y cultos actúan, incluso en un país tan adelantado desde el punto de vista capitalista como Alemania, de una manera cien veces más confusa y chillona que nuestra atrasada pequeña burguesía. De ahí se deduce una enseñanza para Rusia en cuanto a los partidos pequeñoburgueses y a los campesinos medios. Nuestra tarea será largo tiempo compleja y doble. Durante mucho tiempo, esos partidos darán inevitablemente un paso adelante y dos pasos atrás, pues están condenados a ello por su situación económica, pues cuando emprendan la senda del

43  El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania era un partido centrista, fundado en abril de 1917. Los “independientes” predicaban la unidad con los socialchovinistas, se deslizaban hacia la renuncia a la lucha de clase. Integraba el grueso del partido la organización kautskista Confraternidad en el Trabajo en el Reichstag. En octubre de 1920, en el Congreso del partido celebrado en Halle se produjo la escisión; una parte considerable del mismo se unió en diciembre de 1920 al Partido Comunista de Alemania. Los elementos de derecha formaron un partido aparte y adoptaron la vieja denominación: Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, que existió hasta 1922. socialismo en modo alguno será porque estén absolutamente convencidos de la inutilidad del régimen burgués. Es inútil esperar de ellos fidelidad al socialismo. Y es ridículo confiar en su socialismo. Emprenderán la senda del socialismo sólo cuando se convenzan de que no hay otro camino, cuando la burguesía sea derrotada y aplastada definitivamente.

No tengo la posibilidad de hacer un balance sistematizado de la experiencia adquirida durante el año transcurrido. He lanzado una mirada retrospectiva sólo desde el punto de vista de lo que hará falta mañana o pasado mañana para nuestra política. La enseñanza principal consiste en que debemos ser prudentísimos en nuestra actitud con los campesinos medios y la pequeña burguesía. Así lo exige la experiencia del pasado, lo hemos visto en el ejemplo de la paz de Brest. Tendremos que cambiar a menudo de conducta, cosa que podrá parecer extraña e incomprensible al observador superficial. “¿Cómo es eso? —dirá—. Ayer hacían ustedes promesas a la pequeña burguesía, y hoy anuncia Dzerzhinski que los eseristas de izquierda y los mencheviques serán puestos ante el paredón. ¡Qué contradicción! ...” Sí, es una contradicción.

Pero contradictoria es la conducta de la propia democracia pequeñoburguesa, que no sabe a qué carta quedarse, que prueba a nadar entre dos aguas, pasa de la una a la otra y cae ora en la derecha ora en la izquierda. Hemos cambiado de táctica con relación a ella, y toda vez que se vuelve hacia nosotros, le decimos: “¡Bienvenida!” No queremos expropiar en absoluto al campesino medio, en modo alguno queremos emplear la violencia contra la democracia pequeñoburguesa. Le decimos: “Ustedes no son un enemigo serio. Nuestro enemigo es la burguesía. Pero si actúan ustedes al lado de ella, nos veremos obligados a aplicarles también a ustedes las medidas de la dictadura del proletariado”.

Pasemos ahora al problema de la construcción interior y analicemos de manera concisa lo principal que caracteriza la experiencia política, los resultados de la labor política del Comité Central durante este período. Dicha labor política del Comité Central se ha manifestado cada día en cuestiones de magna importancia. De no haber existido el intenso trabajo conjunto de que he hablado antes, no habríamos podido actuar como lo hemos hecho, no habríamos podido cumplir las tareas de combate. En lo que atañe al Ejército Rojo, que suscita ahora tales debates y al que se dedica un punto especial del orden del día del Congreso, hemos adoptado gran número de pequeños acuerdos parciales planteados por el Comité Central de nuestro Partido y los hemos puesto en práctica mediante el Consejo de Comisarios del Pueblo y del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia. Es mayor aún el número de importantísimos nombramientos que han hecho los comisarios del pueblo, cada uno de por sí, pero siguiendo todos ellos de manera sistemática y consecuente una pauta general.

El problema de la fundación del Ejército Rojo era completamente nuevo, no se había planteado en absoluto ni siquiera en el terreno teórico. Marx dijo en alguna ocasión que fue un mérito de los federados de París haber aplicado decisiones no tomadas de ninguna doctrina preconcebida, sino dictadas por una necesidad real44.

44 Véase F. Engels. Introducción al trabajo de C. Marx La guerra civil en Francia (C. Marx y F. Engels. Obras, 2 ed. en ruso. t. 22, págs. 197-198).

Estas palabras de Marx sobre los federados tenían cierto carácter mordaz, ya que en la Comuna predominaban dos tendencias —los blanquistas45 y los proudhonistas46 — y ambas tuvieron que proceder en contra de lo que les había enseñado su doctrina. Pero nosotros hemos procedido conforme a lo que nos ha enseñado el marxismo. Al mismo tiempo, la labor política del Comité Central ha estado determinada íntegramente, en sus manifestaciones concretas, por las exigencias absolutas de una necesidad urgente e imperiosa. Hemos tenido a cada momento que caminar a tientas. Este hecho lo subrayará con rigor todo historiador que sea capaz de exponer mañana la actividad del Comité Central del Partido y del Poder soviético durante este año. Este hecho salta a la vista de manera particular cuando intentamos abarcar con una mirada todo lo vivido. Pero eso no nos hizo vacilar lo más mínimo ni siquiera el 10 de octubre de 1917, cuando se decidió la cuestión de la toma del poder. No dudábamos de que tendríamos, según la expresión del camarada Trotski, que experimentar, que hacer un experimento. Pusimos manos a una obra que jamás había emprendido antes nadie con tanta amplitud.

Lo mismo ha ocurrido con la creación del Ejército Rojo. Cuando el ejército empezó a descomponerse, después de terminada la guerra, fueron muchos los que pensaron al principio que se trataba de un fenómeno solamente ruso. Pero vemos que la revolución rusa ha sido, en el fondo, el ensayo general o uno de los ensayos de la revolución proletaria mundial. Cuando discutimos la paz de Brest, cuando a comienzos de enero de 1918 planteamos la cuestión de la paz, no sabíamos aún cuándo ni en qué otros países empezaría esta descomposición del ejército. Fuimos de experimento en experimento, intentamos formar un ejército voluntario, marchando a tientas, sondeando el terreno, probando por qué medio se podría cumplir la tarea en la situación dada. Y la tarea estaba planteada con claridad. Sin la defensa armada de la república socialista no podíamos existir. La clase dominante jamás entregará su poder a la clase oprimida. Pero esta última debe demostrar en la práctica que es capaz no sólo de derrocar a los explotadores, sino de organizarse para la autodefensa, de jugárselo todo a una carta. Hemos dicho siempre: “Hay guerras y guerras”.

Hemos condenado la guerra imperialista, pero no hemos negado la guerra en general. Se hicieron un lío quienes intentaron acusarnos de militarismo. Y cuando tuve que leer la información sobre la Conferencia de Berna de los amarillos, en la que Kautsky empleó la expresión de que lo que tienen los bolcheviques no es socialismo, sino militarismo, me sonreí y me abrí de brazos, sorprendido. ¡Como si hubiera habido de verdad en la historia al menos una gran revolución que no estuviera relacionada con una guerra! ¡Claro que no! Vivimos no solamente en un Estado, sino en un sistema de Estados, y la existencia de la República Soviética durante largo

45 Blanquillas: adeptos a una corriente en el movimiento socialista francés, al frente del que se hallaba Louis Auguste Blanqui (1805-1881), eminente revolucionario, representante del comunismo utópico francés. Al suplantar la actividad del partido revolucionario con movimientos de un puñado secreto de conspiradores, los blanquistas no tomaban en consideración la situación concreta indispensable para la victoria de la insurrección y no daban importancia a la vinculación con las masas.

46 Proudhonistas: adeptos a una corriente hostil al marxismo. Debían la denominación a su ideólogo, el anarquista francés Proudhon (1809-1865). Al criticar la gran propiedad capitalista desde las posiciones pequeño- burguesas, Proudhon anhelaba eternizar la pequeña propiedad privada y proponía organizar bancos “popular” y “de cambio", con ayuda de los cuales, como estimaba, los obreros podrían adquirir medios de producción propios, pasar a ser artesanos y asegurar la venta “equitativa” de sus mercancías. Los proudhonistas no comprendían el papel histórico del proletariado, mantenían una actitud negativa hacia la lucha de clases, la revolución proletaria y la dictadura del proletariado y negaban, partiendo de posiciones anarquistas, la necesidad de la existencia del Estado. tiempo al lado de los Estados imperialistas es inconcebible. En fin de cuentas, triunfará una cosa u otra. Y mientras llega ese final, será inevitable una serie de choques de lo más terribles entre la República Soviética y los Estados burgueses. Esto significa que la clase dominante, el proletariado, si quiere dominar y llega a dominar, debe demostrarlo también con su organización militar. ¿Cómo debe esta clase, que había desempeñado hasta ahora el papel de bestia ignorante para los capitanes de la clase imperialista dominante, formar a sus capitanes, cómo debe cumplir la tarea de conjugar el entusiasmo, la nueva creación revolucionaria de los oprimidos con el aprovechamiento de la ciencia y la técnica burguesas que posee el militarismo en sus peores formas, pero sin las cuales no podrá dominar la técnica moderna ni los medios modernos de hacer la guerra?

En este terreno se nos planteó una tarea que se ha generalizado a lo largo de un año de experiencia. Cuando en el programa revolucionario de nuestro Partido hablamos de los especialistas, hicimos el balance de la experiencia práctica de nuestro Partido en uno de los problemas de mayor importancia. No recuerdo que los anteriores maestros del socialismo, que previeron muchísimas cosas en la venidera revolución socialista y esbozaron muchísimo de lo que habría en ella, emitieran su opinión sobre este problema. Para ellos no existía, porque no se planteó hasta que empezamos a organizar el Ejército Rojo. Esto significaba organizar, partiendo de la clase oprimida que había sido convertida en una bestia ignorante, un ejército pletórico de entusiasmo y obligar a este ejército a utilizar lo peor y más repugnante que nos ha legado el capitalismo.

Esta contradicción, que aparece ante nosotros en el problema del Ejército Rojo, existe también en todos los terrenos de nuestra obra. Tomemos el problema del que más nos hemos ocupado: el paso del control obrero a la administración obrera de la industria. Después de los decretos y disposiciones del Consejo de Comisarios del Pueblo y de los organismos locales del Poder soviético —todos ellos han creado nuestra experiencia política en este terreno—, al Comité Central no le quedaba más, hablando en propiedad, que hacer el balance. Es poco probable que pudiera dirigir, en el verdadero sentido de la palabra, en una cuestión como ésta. Bastará recordar lo flojos, espontáneos y casuales que eran nuestros primeros decretos y disposiciones acerca del control obrero en la industria. Nos parecía que era muy fácil hacer eso. En la práctica, eso condujo a demostrar la necesidad de organizar, pero no respondimos en absoluto a la pregunta de cómo organizar. Cada fábrica nacionalizada, cada rama de la industria nacionalizada, el transporte, en particular el transporte ferroviario — máxima expresión del mecanismo capitalista, la obra más centralizada con base en la gran técnica material y la más indispensable para el Estado—, todo eso plasmaba la experiencia concentrada del capitalismo y nos creaba dificultades inconmensurables.

Estamos muy lejos aún de haber salido de estas dificultades. Al principio, las enfocábamos de una manera completamente abstracta, como revolucionarios que predicaban, pero que no sabían en absoluto cómo poner manos a la obra. Es claro que muchísima gente nos acusaba —y todos los socialistas y socialdemócratas siguen acusándonos— de que habíamos emprendido esta obra sin saber cómo llevarla hasta el fin. Pero ésa es una acusación ridícula de hombres muertos. ¡Como si fuera posible hacer la mayor de las revoluciones sabiendo de antemano cómo hacerla hasta el fin! ¡Como si eso pudiera aprenderse en los libros!

No, sólo de la experiencia de las masas podía nacer nuestra solución. Y tengo por mérito nuestro el que en medio de dificultades increíbles emprendimos la solución de un problema que hasta entonces conocíamos a medias, que incorporamos a las masas proletarias a una labor independiente, que llegamos a la nacionalización de las empresas industriales, etc. Recordamos cómo aprobábamos de una vez en el Smolni diez o doce decretos en cada reunión. Aquello era una manifestación de nuestra decisión y nuestro deseo de despertar la experiencia y la iniciativa de las masas proletarias. Ahora tenemos esa experiencia. Ahora hemos pasado del control obrero a la administración obrera de la industria, o nos hemos acercado de lleno a ella. Ahora, en vez de la ineptitud absoluta, contamos con numerosas indicaciones que nos hace la experiencia, y, en la medida de lo posible, las hemos resumido en nuestro Programa. Habrá que hablar detenidamente de ello, al tratar los problemas de organización. No habríamos podido realizar ese trabajo si los camaradas de los sindicatos no nos hubieran ayudado ni hubieran trabajado con nosotros.

En Europa Occidental, el problema está planteado de otra manera. Allí, los camaradas ven un mal en los sindicatos, ya que los representantes amarillos del viejo socialismo se han apoderado hasta tal extremo de esos sindicatos que los comunistas ven poco provecho en su apoyo. Muchos representantes de los comunistas occidentales, incluso Rosa Luxemburgo, proclaman la disolución de los sindicatos47. Esto prueba hasta qué punto es más difícil nuestra tarea en Europa Occidental. En nuestro país, en cambio, no nos habríamos sostenido ni un solo mes sin el apoyo de los sindicatos. En este sentido tenemos una experiencia de ingente labor práctica que nos permite emprender la solución de problemas dificilísimos.

Tomemos el problema de los especialistas, que aparece ante nosotros a cada paso, que se plantea con motivo de cada nombramiento y que nos vemos obligados a plantear a los representantes de la economía nacional y al Comité Central del Partido. En la situación actual, el Comité Central del Partido no puede trabajar para guardar las formas. Si no existiera la posibilidad de designar a camaradas que actúan por su cuenta en su rama, no podríamos desplegar ninguna labor en absoluto. Gracias únicamente a que contábamos con organizadores como Yákov Sverdlov, hemos podido trabajar en la situación de guerra de tal modo que no hemos tenido ni un solo conflicto digno de atención. Y en este trabajo hemos tenido que aprovechar inevitablemente la ayuda de hombres, poseedores de conocimientos adquiridos en los viejos tiempos, que nos ofrecían sus servicios.

Tomemos, en particular, el problema de la dirección del departamento militar. Es imposible resolver este problema si no se tiene confianza en el Estado Mayor, en los grandes especialistas organizadores. Entre nosotros ha habido discrepancias accidentales con este motivo, pero en lo fundamental no podían caber dudas. Hemos recurrido a la ayuda de especialistas burgueses impregnados hasta la médula de psicología burguesa, que nos han traicionado y nos traicionarán todavía años y años. Sin embargo, plantear la cuestión en el sentido de que vamos a edificar el comunismo sólo con las manos de comunistas intachables, y no con la ayuda de especialistas

47 En el Congreso Constituyente del Partido Comunista de Alemania, celebrado en Berlín del 30 de diciembre de 1918 al 1 de enero de 1919, debido a la política traidora de dirigentes derechistas de los sindicatos, Rosa Luxemburgo apoyó intervenciones erróneas de varios delegados al Congreso en el problema de la liquidación de los sindicatos. A su juicio, las funciones de los sindicatos debían asumirlas los Soviets de Diputados Obreros y Soldados y los comités de fábrica. Esta postura errónea del Congreso Constituyente fue durante mucho tiempo un obstáculo para los comunistas alemanes en su lucha por las masas. burgueses, es una idea pueril. Estamos templados en la lucha, tenemos fuerzas, unidad y debemos avanzar por la vía del trabajo de organización, utilizando los conocimientos y la experiencia de esos especialistas. Sin esta condición indispensable es imposible construir el socialismo. Sin la herencia de la cultura capitalista no construiremos el socialismo. Sólo podemos edificar el comunismo partiendo de lo que nos ha dejado el capitalismo.

Necesitamos construir ahora en la práctica, y no hay más remedio que crear la sociedad comunista con las manos de nuestros enemigos. Esto parece una contradicción, quizá incluso una contradicción insoluble; pero, en realidad, sólo por ese camino puede cumplirse la tarea de edificar el comunismo. Y cuando observamos nuestra experiencia, el choque diario con esta cuestión, cuando vemos la labor práctica del Comité Central, me parece que nuestro Partido ha cumplido, en lo fundamental, esta tarea. Se ha tropezado con dificultades colosales, pero sólo así podía ser cumplida. El trabajo de organización, creador y unánime, debe apretar de tal modo a los especialistas burgueses que les obligue a marchar en las filas del proletariado, por mucho que se resistan y por mucho que luchen a cada paso. Debemos ponerlos a trabajar, como fuerza técnica y cultural, para conservarlos y hacer de un país capitalista inculto y salvaje un país comunista culto. Y pienso que durante este año hemos aprendido a construir, hemos emprendido el camino justo y no nos apartaremos de él.

Quisiera referirme brevemente a los problemas del abastecimiento y del campo. El problema del abastecimiento ha sido siempre para nosotros el más difícil. En un país en el que el proletariado ha tenido que tomar el poder con ayuda del campesinado, en el que ha correspondido al proletariado el papel de agente de la revolución pequeñoburguesa, nuestra revolución ha sido en grado considerable, hasta la organización de los comités de campesinos pobres, es decir, hasta el verano e incluso el otoño de 1918, una revolución burguesa. No tememos decirlo. Hicimos con tanta facilidad la Revolución de Octubre porque el campesinado, en su conjunto, nos seguía; porque el campesinado marchó contra los terratenientes; porque veía que en este terreno iríamos hasta el fin; porque llevamos a la práctica, en forma de leyes, lo que escribían los periódicos eseristas, lo que la cobarde pequeña burguesía prometía, pero no podía hacer. Mas, cuando empezaron a organizarse los comités de campesinos pobres, desde ese momento nuestra revolución se convirtió en una revolución proletaria. Se nos planteó una tarea que estamos lejos aún de haber cumplido. Pero tiene extraordinaria importancia que la hayamos abordado en la práctica. Los comités de campesinos pobres fueron un peldaño de transición. El primer decreto sobre la organización de comités de campesinos pobres por el Poder soviético se aprobó a iniciativa del camarada Tsiurupa, que estaba entonces al frente del abastecimiento. Había que salvar de la muerte a la población no agrícola, atormentada por el hambre. Eso podía hacerse únicamente mediante los comités de campesinos pobres como organizaciones proletarias. Y cuando vimos en el verano de 1918 que en el campo empezaba la Revolución de Octubre, y ésta se produjo, sólo entonces nos asentamos en nuestra auténtica base proletaria; sólo entonces nuestra revolución se convirtió en proletaria, y no por las proclamas, no por las promesas y declaraciones, sino en los hechos.

Seguimos sin cumplir aún la tarea, planteada ante nuestro Partido, de crear las formas de organización del proletariado y del semiproletariado del campo. Hace poco tuve que ir a Petrogrado y asistí a uno de los primeros congresos de obreros agrícolas de aquella provincia48. Vi que seguimos abordando a tientas esta cuestión, pero creo, sin duda alguna, que se la hará avanzar. Debo decir que la experiencia principal que nos ha proporcionado la dirección política durante este año consiste en encontrar el puntal de nuestra organización. Hemos dado un paso en ese sentido al constituir los comités de campesinos pobres, elegir de nuevo los Soviets y transformar la política de abastecimiento, en la que tropezamos con dificultades increíbles. Es posible que en las regiones de Rusia que se están haciendo ahora soviéticas —Ucrania y el Don— haya que modificar esa política. Sería un error que estampáramos simplemente con un mismo cliché decretos para todos los lugares de Rusia; que los comunistas bolcheviques y los funcionarios de los Soviets de Ucrania y del Don empezaran a hecerlos extensivos a otras regiones, sin hacer diferencias. Seremos testigos de no pocas soluciones originales. No nos atamos las manos de ninguna de las maneras a un patrón uniforme, no decidimos de una vez para siempre que nuestra experiencia, la experiencia de la Rusia Central, puede ser trasplantada íntegramente a todas las zonas periféricas. Acabamos de abordar la tarea de la verdadera construcción, estamos dando solamente los primeros pasos en este sentido y ante nosotros se extiende un campo de acción inabarcable.

He señalado que el primer paso decisivo del Poder soviético fue la formación de los comités de campesinos pobres. Estuvo dictado por la necesidad y lo llevaron a cabo los trabajadores de los organismos de abastecimiento. Mas, para cumplir hasta el fin nuestras tareas, no necesitamos organizaciones provisionales como los comités de campesinos pobres.

Al lado de los Soviets existen las organizaciones sindicales, que utilizamos como escuela de educación de las masas atrasadas. El sector de obreros que han dirigido de hecho a Rusia durante este año y aplicado toda la política, que han constituido nuestra fuerza, este sector es increíblemente pequeño en Rusia. Nos hemos convencido de ello, lo sentimos en nuestra propia carne. Si un futuro historiador reúne algún día datos acerca de qué grupos gobernaron a Rusia durante estos 17 meses, qué centenares o millares de hombres han efectuado toda esta labor, han cargado en sus espaldas con todo el peso increíble de la gobernación del país, nadie creerá que eso pudo conseguirse con una cantidad tan insignificante de fuerzas. Esta cantidad es insignificante porque en Rusia había pocos dirigentes políticos cultos, instruidos y capaces. Este sector era débil en Rusia, y durante la pasada lucha ha quedado rendido, ha trabajado demasiado, ha hecho más de lo que podía. Creo que en el presente Congreso buscaremos medios prácticos para utilizar en la industria y —lo que es más importante— en el campo nuevas y nuevas fuerzas a escala masiva, para incorporar a la labor de los Soviets a los obreros y campesinos que se hallan a nivel medio e incluso por debajo de ese nivel. A nuestro juicio, sin su ayuda a escala masiva es imposible la actividad ulterior.

Como he agotado casi todo mi tiempo, quiero decir solamente unas palabras de nuestra actitud ante los campesinos medios. Nuestra actitud ante ellos estaba clara

48 El 11 de marzo de 1919 Vladímir Ilich Lenin viajó a Petrogrado para participar en los funerales de M. T. Elizárov. Durante la estancia en Petrogrado pronunció un discurso sobre la organización del Sindicato de Obreros Agrícolas en el I Congreso de obreros agrícolas de la provincia de Petrogrado (véase el presente volumen, págs. 23-27) por principio para nosotros ya antes de que empezara la revolución. Se nos planteó la tarea de neutralizar al campesinado. En una reunión celebrada en Moscú49, en la que hubo que plantear el problema de la actitud ante los partidos pequeñoburgueses, cité unas palabras textuales de Engels, el cual no sólo señalaba que los campesinos medios son nuestros aliados, sino que expresaba incluso la seguridad de que quizás no fuese preciso emplear la violencia ni tampoco adoptar medidas represivas contra los campesinos ricos. Esta conjetura no se ha hecho realidad en Rusia: hemos estado, estamos y estaremos en franca guerra civil con los kulaks. Eso es inevitable. Lo hemos visto en la práctica.

Pero por la inexperiencia de los funcionarios de los Soviets, por las dificultades del problema, los golpes destinados a los kulaks han caído con frecuencia sobre los campesinos medios. En este terreno hemos pecado muchísimo. La experiencia adquirida al respecto nos ayudará a hacer todo lo necesario para evitarlo en lo sucesivo. He ahí la tarea que tenemos planteada, y no en teoría, sino en la práctica. Saben muy bien que es una tarea difícil. Carecemos de bienes que pudiéramos dar al campesino medio, y él es materialista, práctico, pide bienes materiales concretos que ahora no podemos dar y sin los cuales, probablemente, tendrá que pasarse aún el país durante meses de dura lucha que promete ahora la plena victoria. Pero podemos hacer mucho en nuestra práctica administrativa: mejorar nuestro aparato y corregir gran cantidad de abusos. Podemos y debemos corregir y enderezar la pauta de nuestro Partido, orientada en grado insuficiente al bloque, a la alianza, al acuerdo con los campesinos medios.

Esto es, en breves rasgos, lo que podía decirles ahora acerca de la labor económica y política del Comité Central durante el año transcurrido. Debo pasar ahora, del modo más sucinto, a la segunda parte de la tarea que me ha encomendado el Comité Central: el informe de organización del Comité Central. Esta tarea hubiera podido cumplirla como es debido únicamente Yákov Mijáilovich Sverdlov, que fue designado informante sobre esta cuestión por el Comité Central. Hombre de una memoria extraordinaria, inverosímil, guardaba en ella gran parte de su informe, y el conocimiento personal de la labor de organización en cada lugar le permitía hacer este informe. Yo no estoy en condiciones de sustituirle ni en una centésima parte, porque en este trabajo nos veíamos obligados a confiar por entero en él y teníamos pleno fundamento para confiar en el camarada Sverdlov, que adoptaba personalmente decisiones muy a menudo.

Puedo presentar aquí breves fragmentos de lo que está preparado por escrito de los informes. Pero el Secretariado del Comité Central, que no ha tenido la posibilidad de terminar su trabajo, ha prometido con la mayor firmeza que los informes por escrito estarán preparados en la próxima semana para la imprenta y serán reproducidos en multicopista y puestos a disposición de todos los delegados al Congreso. Estos informes completarán las noticias superficiales y fragmentarias que puedo dar aquí. En la parte del informe ya escrita encontramos, sobre todo, datos referentes a los documentos recibidos: 1.483 en diciembre de 1918; 1.537 en enero de 1919, y 1.840 en febrero. Hay una clasificación de estos papeles en porcentaje, pero yo me permito hacer el informe sobre la actitud del proletariado hacia la democracia pequeñoburguesa y al pronunciar las palabras finales sobre dicho informe (véase O. C., t. 37, págs. 214-241). no leerla. Los camaradas que tengan interés, podrán conocer por el informe que se va a repartir que en el mes de noviembre hubo, por ejemplo, cuatrocientas noventa visitas al Secretariado. Los camaradas que me han entregado este resumen dicen que no puede abarcar la mitad de lo hecho por el Secretariado, ya que el camarada Sverdlov recibía diariamente a decenas de delegados, más de la mitad de los cuales no eran, seguramente, funcionarios de los Soviets, sino del Partido.

Debo atraer la atención de ustedes al informe referente a la actividad de la Federación de Grupos Extranjeros50. Conozco esta esfera de la labor, pues he tenido la posibilidad de repasar por encima lo que escriben los grupos extranjeros. Al principio eran siete, ahora son nueve. Los camaradas que vivan en localidades puramente rusas y que no hayan tenido ocasión de conocer directamente estos grupos o leer informes en los periódicos pueden repasar los extractos de prensa, que me permito no leer íntegramente. Debo decir que en esto se advierte la verdadera base de lo que hemos hecho para la III Internacional. La Tercera Internacional se ha fundado en Moscú en un breve congreso, del que les informará con detalle el camarada Zinóviev, así como de cuanto propone el Comité Central sobre todas las cuestiones relacionadas con la Internacional. Si hemos podido hacer en corto plazo tanto en el congreso de los comunistas celebrado en Moscú, ello se debe a que el Comité Central de nuestro Partido y el organizador del congreso, camarada Sverdlov, han realizado un gigantesco trabajo preparatorio. Se ha hecho propaganda y agitación entre los extranjeros que se encuentran en Rusia y se han organizado numerosos grupos extranjeros. Decenas de miembros de esos grupos han sido informados de los planes fundamentales y de las tareas generales de la política en el sentido de pautas rectoras. Centenares de miles de prisioneros de guerra de los ejércitos que los imperialistas organizaron exclusivamente para sus propios fines, al trasladarse a Hungría, Alemania y Austria, han hecho que los bacilos del bolchevismo se apoderen por entero de dichos países. Y si allí predominan grupos o partidos que se solidarizan con nosotros, es gracias a la labor de los grupos extranjeros en Rusia, invisible aparentemente, sumaria y lacónica en el informe de organización; una labor que constituye una de las páginas más importantes de la actividad del Partido Comunista de Rusia como una de las células del Partido Comunista Mundial.

En los escritos que me han entregado hay, además, datos acerca de qué organizaciones y cómo han informado al Comité Central; y en este terreno, nuestra desidia rusa se manifiesta en toda su fealdad, vergonzosa para nosotros. Se han recibido con regularidad noticias de las organizaciones de cuatro provincias; de manera irregular, de catorce provincias; y de manera casual, de dieciséis provincias. Los nombres de esas provincias figuran en una lista y ustedes me permitirán que no

50 La Federación de Grupos Extranjeros adjunta al CC del PC(b) de Rusia fue organizada en mayo de 1918 como organismo dirigente de los comunistas extranjeros para trabajar con los ex prisioneros de guerra en Rusia. El primer presidente elegido para dirigir la Federación fue Béla Kun, comunista húngaro.

El movimiento revolucionario entre los prisioneros de guerra en Rusia comenzó a constituirse ya antes de la Revolución Socialista de Octubre; después de la victoria de la revolución, los prisioneros de guerra emprendieron la formación de sus organizaciones revolucionarias que a principios de diciembre de 1917 iniciaron la publicación de periódicos en sus respectivos idiomas. En 1918, entre los prisioneros de guerra se fundaron grupos comunistas extranjeros que reconocían por entero el Programa del PC(b)R y la lucha por la dictadura del proletariado. En total entraban en la Federación 9 grupos comunistas: checoslovaco, inglés, francés, rumano, alemán, húngaro, yugoslavo, polaco y búlgaro. La tarea principal de los grupos consistía en la propaganda y agitación entre los prisioneros de guerra y las tropas intervencionistas que habían agredido a la República Soviética. L<ft informes de los grupos se publicaban sistemáticamente en el periódico Pravda. A principios de 1920 la Federación de Grupos Extranjeros fue liquidada. los lea. Naturalmente, las condiciones de la guerra civil explican en gran parte, pero no del todo, ni mucho menos, esta extremada desorganización nuestra, esta falta extrema de organización. Y lo que menos cabe es encubrirse, defenderse y disculparse con las condiciones de la guerra civil. La labor de organización no ha sido nunca el lado fuerte de los rusos, en general, ni de los bolcheviques, en particular. Y, sin embargo, la tarea principal de la revolución proletaria es precisamente una tarea de organización. Por algo se ha planteado aquí en un lugar destacado el problema de organización. En este terreno hay que luchar por todos los medios, una y otra vez, con decisión y firmeza. Sin una larga educación y reeducación no lograremos nada en este terreno. Este es el terreno en el que la violencia revolucionaria, la dictadura, se emplea para abusar, y yo me atrevería a ponerlos en guardia contra ese abuso. La violencia revolucionaria y la dictadura son cosas excelentes si se aplican cuando se debe y contra quien se debe. Pero no se pueden emplear en el terreno de la organización. No hemos cumplido en absoluto esta tarea de educación, reeducación y largo trabajo de organización y debemos abordarla con regularidad.

Tenemos aquí un balance financiero detallado. De las distintas partidas, la más importante —3 millones— corresponde a las editoriales obreras y a los periódicos: 1 millón, 1 millón y 1 millón más. A las organizaciones del Partido, 2.800.000; gastos de redacción, 3.600.000. En este balance, que será reproducido y entregado a todos los delegados, hay cifras más detalladas. Por ahora, los camaradas pueden conocerlas a través de los representantes de los grupos. Permítanme que no las lea. Los camaradas que han presentado los balances han recogido en ellos lo principal y más patente, a saber: los resultados generales de la labor de propaganda en el sentido de las ediciones. La Editorial Kommunist51 ha publicado 62 libros. El diario Pravda52 ha dado en 1918 un beneficio neto de 2 millones y publicado 25 millones de ejemplares. El periódico Bednota53 ha proporcionado un beneficio neto de 2.370.000 y publicado 33 millones de ejemplares. Los camaradas del Buró de Organización del Comité Central han prometido evaluar las cifras exactas de que disponen para que se puedan

51 Editorial Kommunist: Editorial del CC del PC(b)R fundada en 1918 mediante la agrupación de la Editorial Volná con la Editorial cooperativa Zhizn y Znanie; pronto se unió a ella la Editorial Pribói. Editaba más que nada publicaciones masivas de divulgación. En mayo de 1919, por disposición del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia, fue constituida la Editorial del Estado, en la que entró la Kommunist.

52 Pravda (La Verdad): diario legal bolchevique. El primer número salió en Petersburgo el 22 de abril (5 de mayo) de 1912. Lenin ejercía la dirección ideológica de Pravda, escribía para el rotativo casi a diario, daba indicaciones a su Redacción, se esforzaba para que el periódico saliera en el espíritu combativo y revolucionario.

En la Redacción de Pravda se concentraba una parte considerable de la labor organizativa del Partido. Aquí se celebraban encuentros con representantes de células locales del Partido, llegaban aquí las noticias acerca de la labor del Partido en las fábricas, desde aquí se transmitían las directivas de los comités Central y de Petersburgo del Partido.

Pravda estuvo sujeta a constantes persecuciones policíacas, el 8 (21) de julio de 1914 el periódico fue clausurado. La publicación de Pravda se reanudó después de la Revolución Democrática Burguesa de Febrero de 1917. A partir del 5 (18) de marzo de 1917 Pravda comenzó a salir como órgano de los comités Central y de Petersburgo del POSDR.

Al llegar a Petrogrado, Lenin entró a formar parte de la Redacción, y Pravda desplegó la lucha por el plan leninista de tránsito de la revolución democrática burguesa a la socialista.

En julio-octubre de 1917, Pravda, perseguida por el contrarrevolucionario Gobierno Provisional, cambió reiteradas veces de nombre y salió como Listok “Pravdi" (Hoja de “Pravda”), Proletari (El Proletario), Rabochi (El Obrero) y Rabochi Pul (El Camino del Obrero). Después de la victoria de la Revolución Socialista de Octubre, a partir del 27 de octubre (9 de noviembre) de 1917, el periódico volvió a salir con su nombre anterior: Pravda. En el presente es órgano del CC del PCUS.

53 Bednotá (Los Pobres): diario para los campesinos; salió en Moscú del 27 de marzo de 1918 al 31 de enero de 1931. Fue fundado por disposición del CC del PC(b)R en lugar de Derevénskaya Bednotá (Los Pobres del Campo), Derevénskaya Pravda (La Verdad del Campo) y Soldátskaya Pravda (La Verdad de los Soldados). El rotativo sostenía activa lucha por la consolidación de la alianza de la clase obrera con el campesinado, por la organización y la cohesión de las masas de campesinos pobres y medios en tomo del Partido Comunista y el

Poder de los Soviets. A partir del 1º de febrero de 1931 Bednotá se fundió con el periódico Sotsialisllcheskoe ^emledelie (Agricultura Socialista). comparar, por lo menos, dos puntos de partida. Entonces podrá ver cada cual la gigantesca labor educativa del Partido, que utiliza por vez primera en la historia la gran maquinaria moderna de imprenta capitalista no para la burguesía, sino para los obreros y los campesinos. Se nos ha acusado y se nos acusa miles y millones de veces de que violamos la libertad de prensa y abjuramos de la democracia. Los acusadores llaman democracia a que la prensa sea comprada por el capital, y los ricos puedan utilizarla para sus propios fines. Nosotros no denominamos a eso democracia, sino plutocracia. Con el fin de satisfacer las demandas políticas de los obreros y los campesinos, hemos despojado a los capitalistas de todo lo que había creado la cultura burguesa para defender a estos últimos y engañar al pueblo. Y en este sentido hemos hecho tanto como ningún partido socialista pudo hacer en un cuarto de siglo o en medio siglo. Mas, pese a todo, hemos hecho una parte inconmensurablemente pequeña de lo que se debe hacer.

Los últimos escritos que me ha entregado el Buró son las circulares. Suman catorce en total, y los camaradas que las desconocen y que las conocen poco son invitados a leerlas. En este sentido, como es natural, la actividad del Comité Central ha estado lejos de ser completa. Pero es preciso tener en cuenta que cuando hay que trabajar en las condiciones en que lo hemos hecho nosotros, cuando hay que dar cada día directrices políticas sobre una serie de cuestiones y sólo en casos excepcionales e incluso raros hacerlo a través del Buró Político o del Pleno del Comité Central, es imposible suponer que pudiéramos recurrir con frecuencia a las circulares políticas.

Repito que, como organismo combativo de un partido combativo en época de guerra civil, no podemos trabajar de otra manera. En caso contrario, resultarán ya bien medias palabras, ya bien un Parlamento, y, en la época de la dictadura, con el Parlamento no se pueden ni resolver los problemas ni dirigir el Partido y las organizaciones soviéticas. Camaradas, en la época en que utilizamos el mecanismo de las imprentas y la prensa burguesas, la importancia de las circulares del Comité Central ha decrecido. Enviamos únicamente las directrices que no se pueden divulgar, pues en nuestra actividad, que ha sido pública a pesar de sus colosales proporciones, ha seguido existiendo, existe y existirá, sin embargo, el trabajo clandestino. No hemos temido que se nos reproche nuestra clandestinidad y nuestro secreto; no, nos hemos enorgullecido de ello. Y al caer en una situación en la que, después de derrocar a la burguesía, nos encontramos ante la burguesía europea, en nuestras acciones ha seguido existiendo el secreto, y en nuestro trabajo ha habido clandestinidad.

Aquí, camaradas, termino mi informe. (Aplausos.)