Camaradas, me alegra mucho saludar en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo vuestro congreso.

En el ámbito de la instrucción pública tuvimos que luchar durante largo tiempo con las mismas dificultades que el Poder soviético encontró constantemente en todos los ámbitos del trabajo y en todos los terrenos de la organización. Observamos que al frente de las organizaciones que eran consideradas como las únicas organizaciones de masas se hallaban desde el principio personas que aún estaban largo tiempo prisioneras de los prejuicios burgueses. Observamos incluso en los primeros tiempos del Poder soviético cómo el ejército, en octubre de 1917, nos abrumaba en Petrogrado con declaraciones de que no reconocía al Poder soviético, amenazando con marchar contra Petrogrado y expresando su solidaridad con los gobiernos burgueses. Entonces ya nos convencimos de que esas declaraciones provenían de las cúpulas de esas organizaciones, de los entonces comités del ejército, que representaban enteramente el pasado en el desarrollo del estado de ánimo, las convicciones y las opiniones de nuestro ejército. Desde entonces ese fenómeno se repitió respecto a todas las organizaciones de masas: respecto al proletariado ferroviario, se repitió también respecto a los empleados de correos y telégrafos. Observamos siempre que en los primeros tiempos el pasado sigue teniendo aún en sus manos la fuerza y la influencia sobre las organizaciones de masas. Por eso no nos sorprendió en absoluto la prolongada y tenaz lucha que se desarrolló entre el magisterio, que desde el principio representó una organización que en su inmensa mayoría, si no por completo, se hallaba en una plataforma hostil al Poder soviético. Observamos cómo paulatinamente hubo que superar los viejos prejuicios burgueses y cómo ese magisterio, que estaba estrechamente ligado a los obreros y al campesinado trabajador, tuvo que reconquistar sus derechos en la lucha contra el anterior régimen burgués y abrirse camino hacia un verdadero acercamiento a las masas trabajadoras, hacia una verdadera comprensión del carácter de la revolución socialista en curso. A vosotros hasta ahora más que a nadie os ha tocado lidiar con los viejos prejuicios de la intelectualidad burguesa, con sus procedimientos y argumentaciones habituales, con su defensa de la sociedad burguesa o capitalista, con su lucha que se lleva a cabo habitualmente no de modo directo, sino al amparo de consignas de apariencia halagüeña que en realidad se utilizan de una u otra manera en defensa del capitalismo.

Camaradas, recordaréis quizá cómo Marx describe la entrada del obrero en la moderna fábrica capitalista, cómo Marx, analizando la esclavitud del obrero en la disciplinada, culta y «libre» sociedad capitalista, investigó las causas de la opresión de los trabajadores por el capital, cómo se aproxima a las bases del proceso de producción, cómo describe la entrada del obrero en la fábrica capitalista donde se produce el robo de la plusvalía, donde se sienta la base de toda la explotación capitalista, donde se crea la sociedad capitalista que da riqueza a manos de unos pocos y mantiene oprimidas a las masas. Cuando Marx se aproxima a ese lugar más esencial y fundamental de su obra —al análisis de la explotación capitalista—, acompaña esta introducción con una observación irónica: «Aquí, adonde os introduzco, en este lugar de extracción de ganancia por los capitalistas, aquí impera la libertad, la igualdad y Bentham»{45}. Cuando Marx dijo esto, subrayaba aquella ideología de la burguesía que ella desarrolla en la sociedad capitalista, que ella justifica, pues desde el punto de vista de la burguesía, que ha superado la lucha contra el feudal, desde el punto de vista de esa burguesía, en la sociedad capitalista basada en el dominio del capital, en el dominio del dinero, en la explotación de los trabajadores, impera precisamente la «libertad, la igualdad y Bentham». Libertad, que ellos llaman libertad de lucro, libertad de enriquecimiento para unos pocos, libertad de comercio; igualdad, que ellos llaman igualdad de capitalistas y obreros; dominio de Bentham, es decir, de los prejuicios pequeñoburgueses acerca de la libertad y la igualdad.

Si lanzamos una mirada a nuestro alrededor, si observamos los argumentos con los que lucharon ayer contra nosotros y luchan hoy los representantes del viejo sindicato de maestros y que todavía encontramos en nuestros adversarios ideológicos que se llaman a sí mismos socialistas, en los eseristas y mencheviques, esos argumentos que encontramos en forma poco consciente en las conversaciones cotidianas con la masa campesina que aún no ha comprendido el significado del socialismo —si os fijáis en esto y meditáis sobre el significado ideológico de esos argumentos, encontraréis el mismo motivo burgués que fue subrayado por Marx en *El Capital*. Todas esas personas confirman esa sentencia de que en la sociedad capitalista impera la libertad, la igualdad y Bentham. Y cuando se nos objeta desde ese punto de vista y se nos dice que nosotros, los bolcheviques y el Poder soviético, somos violadores de la libertad y la igualdad, remitimos a quienes así hablan a los principios de la economía política, a los fundamentos de la doctrina de Marx. Decimos: esa libertad, de cuya violación acusáis a los bolcheviques, es la libertad del capital, es la libertad del propietario de vender pan en el mercado libre, es decir, la libertad de lucro para unos pocos que tienen ese pan en excedente. Esa libertad de prensa, de cuya violación se ha acusado constantemente a los bolcheviques —¿qué es esa libertad de prensa en la sociedad capitalista? Cualquiera ha observado lo que era la prensa en nuestra «libre» Rusia. Aún más lo han observado las personas que conocían, observando directamente o teniendo trato con la organización de la prensa en los países capitalistas avanzados. Libertad de prensa en la sociedad capitalista significa libertad de comerciar con la prensa y con la influencia sobre las masas populares. Libertad de prensa es el sostenimiento de la prensa, el más poderoso instrumento de influencia sobre las masas populares, a costa del capital. Eso es lo que es la libertad de prensa, que los bolcheviques han destruido, y se enorgullecen de haber dado por primera vez libertad de prensa respecto a los capitalistas, de haber creado por primera vez en un enorme país una prensa que no depende de un puñado de ricos y millonarios —una prensa enteramente consagrada a las tareas de la lucha contra el capital, y a esa lucha debemos subordinarlo todo. En esta lucha, la parte avanzada de los trabajadores, su vanguardia, solo puede ser el proletariado obrero, capaz de conducir a las masas campesinas inconscientes.

Cuando se nos acusa de dictadura de un solo partido y se nos propone, como habéis oído, un frente socialista único, decimos: «¡Sí, dictadura de un solo partido! Nos mantenemos en ella y no podemos abandonar este terreno, porque ese es el partido que durante décadas ha conquistado la posición de vanguardia de todo el proletariado fabril, industrial y de fábrica. Ese es el partido que ya antes de la revolución de 1905 conquistó esa posición. Ese es el partido que en 1905 se halló al frente de las masas obreras, que desde entonces y durante la reacción posterior a 1905, cuando, existiendo la Duma de Stolypin, con tanta dificultad se reanudó el movimiento obrero —ese partido se fusionó con la clase obrera, y solo él podía conducirla hacia una transformación profunda y radical de la vieja sociedad». Cuando se nos propone un frente socialista único, decimos: eso lo proponen los partidos menchevique y eserista, que durante la revolución han manifestado vacilaciones en favor de la burguesía. Tenemos dos experiencias: la Kerenskiada, cuando los eseristas formaron un gobierno de coalición al que ayudaba la Entente, es decir, la burguesía mundial, los imperialistas de Francia, América e Inglaterra. ¿Y qué vimos como resultado? ¿Vimos esa transición gradual al socialismo que prometían? No, vimos un fracaso, el dominio absoluto de los imperialistas, el dominio de la burguesía y la bancarrota total de todas las ilusiones conciliadoras.

Si esta experiencia es poca, tomad Siberia. Allí vimos la repetición de esa experiencia. En Siberia, el poder se encontró contra los bolcheviques. Al principio, a la sublevación checoslovaca y a la sublevación de mencheviques y eseristas contra el Poder soviético acudió en ayuda toda la burguesía que había huido del Poder soviético. En su ayuda acudió toda la burguesía y los capitalistas de los países más poderosos de Europa y América, y acudieron no solo con ayuda ideológica, sino también financiera y militar. ¿Y qué resultó? ¿A qué condujo ese dominio de la supuesta Asamblea Constituyente, ese supuesto gobierno democrático compuesto por eseristas y mencheviques? A la aventura de Kolchak. ¿Por qué condujo al fracaso que observamos? Porque aquí se manifestó esa verdad fundamental que los supuestos socialistas del campo de nuestros adversarios no quieren comprender: que en la sociedad capitalista, cuando se desarrolla, se mantiene firmemente o cuando perece —da igual—, solo puede existir uno de dos poderes: o el poder de los capitalistas o el poder del proletariado. Todo poder intermedio es un sueño, todo intento de formar algo tercero lleva a que las personas, incluso con total sinceridad, se deslicen hacia uno u otro lado. Solo el poder del proletariado, solo el dominio de los obreros puede atraer a su lado a toda la mayoría que se basa en el trabajo, pues las masas campesinas, aunque representan masas trabajadoras, son en alguna parte también propietarias de su pequeña economía, de su pan. He aquí la lucha que se ha desarrollado ante nuestros ojos —una lucha que muestra cómo el proletariado, en el curso de largas pruebas políticas, en el curso de los cambios de gobierno que observamos en diversas regiones de Rusia, va desechando paulatinamente todo lo que sirve a la explotación, cómo se abre camino y se convierte cada vez más en el verdadero y completo dirigente de las masas trabajadoras en la tarea de reprimir y destruir la resistencia del capital.

Esas personas que hablan de la violación de la libertad por los bolcheviques, que proponen un frente socialista único, es decir, la unificación con quienes vacilaron, quienes ya dos veces en la historia de la revolución rusa cayeron del lado de la burguesía —esas personas gustan mucho de acusarnos de aplicar el terror. Dicen que los bolcheviques han introducido un sistema de terror en la administración, dicen que para salvar a Rusia es necesario que los bolcheviques renuncien al terror. Recuerdo a un ingenioso francés burgués que, situándose en el punto de vista burgués, decía sobre la abolición de la pena de muerte: «Que empiecen a abolir la pena de muerte los señores asesinos». Esta respuesta me viene a la memoria cuando dicen: «Que los bolcheviques renuncien al terror». ¡Que renuncien al terror los señores capitalistas rusos y sus aliados, América, Francia e Inglaterra, es decir, quienes impusieron el terror a la Rusia soviética! ¡Esos imperialistas que se lanzaron contra nosotros y hasta ahora se lanzan con toda su potencia militar, mil veces más poderosa que la nuestra! ¿Acaso no es terror cuando todos los países de la Entente, todos los imperialistas de Inglaterra, Francia y América tienen cada uno en sus capitales a servidores del capital internacional —llámense Sazonov o Maklakov— que han organizado a cientos y decenas de miles de representantes descontentos, arruinados, ofendidos e indignados de la burguesía y el capital? Si habéis oído hablar de conspiraciones en el ámbito militar, si habéis leído sobre la última conspiración en Krásnaya Gorka, que casi entregó Petrogrado, ¿qué fue eso sino una manifestación de terror por parte de la burguesía de todo el mundo, que comete toda clase de atrocidades, crímenes y violencias para restaurar a los explotadores en Rusia y apagar ese incendio de la revolución socialista que amenaza ahora incluso a sus propios países? ¡He ahí la fuente del terror, he ahí sobre quién recae la responsabilidad! Y he aquí por qué estamos convencidos de que quienes predican en Rusia la renuncia al terror no son otra cosa que un instrumento consciente o inconsciente, agentes en manos de esos terroristas-imperialistas que estrangulan a Rusia con sus bloqueos, con la ayuda que prestan a Kolchak y Denikin. Pero su causa es desesperada.

Rusia es el primer país al que la historia ha otorgado el papel de iniciador de la revolución socialista, y precisamente por eso nos toca tanta lucha y sufrimiento. Los imperialistas y capitalistas de otros países comprenden que Rusia se halla en armas, que en Rusia se decide el destino no solo del capital ruso, sino también del internacional. Por eso difunden en toda su prensa una cantidad inaudita de mentiras contra los bolcheviques —en la prensa mundial de la burguesía, toda comprada con millones y miles de millones.

Se levantan contra Rusia en nombre de los mismos principios de «libertad, igualdad y Bentham». Cuando encontréis entre nosotros a personas que creen defender algo independiente, principios de democracia en general, cuando hablen de libertad, igualdad y de su violación por los bolcheviques —pedid a esas personas que se familiaricen con la prensa del capitalismo europeo. ¿Bajo qué cobertura avanzan Kolchak y Denikin, bajo qué cobertura estrangulan a Rusia el capital europeo y la burguesía? ¡Todos hablan solo de esto —de libertad e igualdad! Cuando los americanos, ingleses y franceses tomaron Arjánguelsk, cuando envían sus tropas al sur —defienden la libertad y la igualdad. He aquí con qué consigna se cubren, y he aquí por qué en el ambiente de esta lucha furiosa se levanta el proletariado de Rusia contra el capital de todo el mundo. He aquí a qué sirven esas consignas de libertad e igualdad, con las que engañan al pueblo todos los representantes de la burguesía, y que corresponde destruir por completo a la intelectualidad que realmente está con los obreros y el campesinado.

Vemos que los intentos de los imperialistas de la Entente, cuanto más obstinados y encarnizados se vuelven, tanto más provocan la respuesta y la oposición del proletariado en sus propios países. El 21 de julio se hizo el primer intento de huelga internacional de los obreros de Inglaterra, Francia e Italia contra los gobiernos de esos países con la consigna: cesar toda intervención en los asuntos de Rusia y concertar una paz honrada con la república. No tuvo éxito. En una serie de países —en Inglaterra, Francia e Italia— hubo estallidos de huelgas aisladas. En América y Canadá se desata una persecución furiosa contra todo lo que recuerde al bolchevismo. Hemos vivido en los últimos años la historia de dos grandes revoluciones. Sabemos con qué dificultad en 1905 la vanguardia de las masas trabajadoras rusas se decidió a luchar contra el zarismo. Con qué dificultad después del 9 de enero de 1905, tras la primera lección sangrienta, lenta y trabajosamente se desarrolló el movimiento de huelgas hasta octubre de 1905, cuando por primera vez la huelga de masas en Rusia obtuvo éxito. Sabemos lo difícil que fue. Lo demostró la experiencia de dos revoluciones, aunque en Rusia la situación era más revolucionaria que en otros países. Sabemos con qué dificultad se organiza en una serie de huelgas la fuerza para luchar contra el capitalismo. Por eso no nos sorprende el fracaso de esa primera huelga internacional del 21 de julio. Sabemos que la revolución en los países europeos encuentra una resistencia y una oposición incomparablemente mayores que entre nosotros. Sabemos que los obreros de Inglaterra, Francia e Italia, cuando fijaron para el 21 de julio la huelga internacional, superaban dificultades inauditas. Fue un experimento sin precedentes en la historia. No es sorprendente que no tuviera éxito. Pero sabemos que las masas trabajadoras de los países más avanzados y civilizados, a pesar del furor de la burguesía europea contra nosotros —esas masas trabajadoras están con nosotros, comprenden nuestra causa, y cualesquiera que sean las dificultades de la revolución y las pruebas que nos esperan, y cualquiera que sea la atmósfera de mentira y engaño en nombre de la «libertad y la igualdad» del capital, igualdad del hambriento y del harto, cualquiera que sea esa atmósfera, sabemos que nuestra causa es la causa de los obreros de todos los países, y por eso, esta causa vencerá inevitable e inexorablemente al capital internacional.

«Pravda» n.º 170 e «Izvestia del VTsIK» n.º 170, 3 de agosto de 1919.

Se imprime según el texto del periódico «Pravda», cotejado con el texto del periódico «Izvestia del VTsIK».