En el nº 5475 del periódico francés socialchovinista «L’Humanité» («La Humanidad»){23}, del 14 de abril de 1919, se publica un artículo de fondo del conocido dirigente del británico llamado «Partido Obrero Independiente»{24} – en realidad, un partido oportunista que siempre dependió de la burguesía –, Ramsay MacDonald. Este artículo es tan típico de la posición de la corriente que se ha dado en llamar «centro» y que el I Congreso de la Internacional Comunista en Moscú{25} bautizó con ese nombre, que lo reproducimos íntegramente, junto con las líneas introductorias de la redacción de «L’Humanité»:

TERCERA INTERNACIONAL

Nuestro amigo Ramsay MacDonald fue antes de la guerra un popular líder del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Como socialista convencido y hombre de convicciones, consideró su deber condenar esta guerra como imperialista, en contraposición a quienes la saludaban como una guerra por el derecho. Por ello, después del 4 de agosto, renunció al papel de dirigente del «Partido Laborista» (Labour Party) y, junto con sus compañeros del «Independent» («Partido Obrero Independiente»), junto con Keir Hardie, a quien todos admirábamos, no temió declarar la guerra a la guerra.

Para ello se necesitaba no poca dosis de heroísmo repetido día tras día.

MacDonald demostró con su propio ejemplo que el coraje, en palabras de Jaurès, «consiste en no someterse a la ley de la mentira triunfante y en no servir de eco a los aplausos de los necios y a los silbidos de los fanáticos».

En las elecciones «por orden»[3] a finales de noviembre, MacDonald fue derrotado por Lloyd George. Podemos estar tranquilos: MacDonald tomará revancha, y en un futuro muy cercano.

El surgimiento de tendencias separatistas en la política nacional e internacional del socialismo ha sido una desgracia para todo el movimiento socialista.

No hay, por supuesto, ningún mal en que dentro del socialismo existan matices de opinión y diferencias de métodos. Nuestro socialismo se encuentra todavía en fase experimental.

Sus principios fundamentales están establecidos, pero la forma de aplicarlos mejor, las combinaciones que traerán el triunfo de la revolución, la organización del Estado socialista –todo esto son cuestiones que están sujetas a discusión y sobre las cuales aún no se ha dicho la última palabra. Solo un estudio profundo de todas estas cuestiones puede llevarnos a una verdad superior.

Los extremos pueden chocar entre sí, y esa lucha puede contribuir a fortalecer las ideas socialistas, pero el mal comienza cuando cada cual mira a su adversario como un traidor, como un creyente que ha perdido la gracia y ante quien deben cerrarse las puertas del paraíso partidario.

Cuando a los socialistas se apodera el espíritu del dogmatismo, parecido al que antaño, en el cristianismo, encendía la guerra civil para gloria de Dios y para aplastar al diablo, la burguesía puede dormir tranquila, porque el período de su dominación aún no ha terminado, por grandes que sean los éxitos locales e internacionales que el socialismo haya alcanzado.

En el momento actual, nuestro movimiento encuentra, por desgracia, un nuevo obstáculo en su camino. En Moscú se ha fundado una nueva Internacional.

A mí personalmente este hecho me entristece profundamente –pues la Internacional Socialista es actualmente lo suficientemente abierta para todas las formas del pensamiento socialista, y, a pesar de todos los desacuerdos teóricos y prácticos que el bolchevismo ha engendrado en ella, no veo razón por la cual su ala izquierda deba separarse del centro y formar un grupo aparte.

Ante todo, hay que recordar que aún vivimos el período de alumbramiento de la revolución. Las formas de gobierno surgidas de las devastaciones políticas y sociales producidas por la guerra aún no han resistido las pruebas y no pueden considerarse establecidas definitivamente.

La escoba nueva barre al principio asombrosamente bien, pero cómo funcionará al final –eso no puede juzgarse con certeza de antemano.

Rusia no es Hungría, Hungría no es Francia y Francia no es Inglaterra, y por eso, quien provoca la escisión en la Internacional guiándose por la experiencia de una sola nación, revela una limitación mental criminal.

¿Cuánto vale realmente la experiencia de Rusia? ¿Quién responderá a esto? Los gobiernos aliados temen darnos la posibilidad de una información completa. Pero hay dos cosas que sabemos.

Ante todo, sabemos que la revolución no ha sido realizada por el actual gobierno ruso según un plan previamente trazado. Se ha desarrollado en relación con el curso de los acontecimientos. Al comenzar la lucha contra Kerenski, Lenin exigía la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Los acontecimientos lo llevaron a disolver esa Asamblea. Cuando estalló en Rusia la revolución socialista, nadie sospechaba que los Soviets ocuparían en el gobierno el lugar que ocuparon.

Además, Lenin aconsejó con toda razón a los húngaros que no copiaran servilmente a Rusia, sino que dejaran que la revolución húngara se desarrollara libremente, según su propio espíritu.

El desarrollo y las fluctuaciones de esos experimentos que presenciamos no debían, en ningún caso, provocar una escisión dentro de la Internacional.

Todos los gobiernos socialistas necesitan la ayuda y los consejos de la Internacional. Corresponde a la Internacional seguir sus experimentos con ojo atento y crítico.

Acabo de oír de un amigo que ha visto recientemente a Lenin, que nadie somete al Gobierno soviético a una crítica más libre que el propio Lenin.

Si los desórdenes y revoluciones de la posguerra no justifican la escisión, ¿encuentra ésta alguna justificación en la posición que adoptaron algunas fracciones socialistas durante la guerra? Confieso francamente que aquí podría encontrarse una razón más razonable. Pero si realmente hay algún pretexto para la escisión en la Internacional, en todo caso en la conferencia de Moscú esta cuestión fue planteada de la manera más desafortunada.

Pertenezco al número de los partidarios de la opinión de que los debates en la conferencia de Berna sobre la cuestión de la responsabilidad por la guerra fueron solo una concesión a la opinión pública de los círculos no socialistas.

En la conferencia de Berna no solo no fue posible adoptar sobre esta cuestión una resolución que tuviera algún valor histórico (aunque pudiera tener algún valor político), sino que la cuestión misma no fue planteada adecuadamente.

La condena de la mayoría alemana (condena que la mayoría alemana tenía bien merecida y a la que me uní con gusto) no podía ser una exposición de las causas de la guerra.

Los debates de Berna no estuvieron acompañados de discusiones francas sobre la posición que adoptaron otros socialistas respecto a la guerra.

No dieron ninguna fórmula de conducta obligatoria para los socialistas durante la guerra. Todo lo dicho por la Internacional hasta entonces se reducía a que, cuando la guerra tiene el carácter de defensa nacional, los socialistas deben unirse a los demás partidos.

¿A quién, pues, condenaremos en tales condiciones?

Algunos de nosotros sabíamos que estas resoluciones de la Internacional no tenían valor y no servían como guía práctica.

Sabíamos que esta guerra debía terminar con la victoria del imperialismo y, sin ser en el sentido habitual de la palabra ni pacifistas ni antipacifistas, nos adherimos a la política que, a nuestro juicio, era la única compatible con el internacionalismo. Pero la Internacional nunca nos prescribió esa línea de conducta.

He aquí por qué, en el momento en que comenzó la guerra, la Internacional sufrió un colapso. Perdió su autoridad y no dictó ninguna disposición sobre cuya base tuviéramos derecho a condenar hoy a quienes cumplieron honradamente las resoluciones de los congresos internacionales.

Por ello, en la actualidad hay que defender el siguiente punto de vista: en lugar de separarnos por divergencias sobre acontecimientos pasados, creemos una Internacional realmente activa y que ayude al movimiento socialista en el período de revolución y construcción en que hemos entrado.

Es necesario restaurar nuestros principios socialistas. Es necesario poner bases sólidas a la conducta socialista internacional.

Si resulta que divergimos esencialmente en estos principios, si no llegamos a un acuerdo sobre la cuestión de la libertad y la democracia, si nuestras opiniones acerca de las condiciones en que el proletariado puede tomar el poder en sus manos divergen definitivamente, si, finalmente, se pone de manifiesto que la guerra ha envenenado con el veneno del imperialismo a algunas secciones de la Internacional, entonces la escisión es posible.

Pero no creo que ocurra tal desgracia.

Y por eso me entristeció el manifiesto de Moscú, por ser, cuando menos, prematuro y, desde luego, inútil; y espero que mis camaradas franceses, sobre quienes durante los últimos cuatro aciagos años han llovido tantas calumnias y desgracias, no cedan al impulso de la impaciencia y no contribuyan por su parte a la ruptura de la solidaridad internacional.

De lo contrario, sus hijos tendrían que restablecer de nuevo esta solidaridad, si el proletariado está llamado algún día a gobernar el mundo.

El autor de este artículo, como ve el lector, trata de demostrar la inutilidad de la escisión. Por el contrario, precisamente su inevitabilidad se deduce del razonamiento de Ramsay MacDonald, este típico representante de la II Internacional, digno correligionario de Scheidemann y Kautsky, Vandervelde y Branting, etc., etc.

El artículo de Ramsay MacDonald es la mejor muestra de esas frases suaves, armoniosas y tópicas, aparentemente socialistas, que en todos los países capitalistas avanzados sirven desde hace tiempo para encubrir la política burguesa dentro del movimiento obrero.

I

Empecemos por lo menos importante, pero especialmente característico. El autor, como Kautsky (en su folleto «La dictadura del proletariado»), repite la mentira burguesa de que en Rusia nadie previó de antemano el papel de los Soviets, de que yo y los bolcheviques comenzamos la lucha contra Kerenski solo en nombre de la Asamblea Constituyente.

Esto es una mentira burguesa. En realidad, ya el 4 de abril de 1917, el primer día de mi llegada a Petrogrado, presenté las «Tesis» con la exigencia de una república de los Soviets, y no de una república burguesa parlamentaria[4]. Lo repetí muchas veces bajo Kerenski, en la prensa y en las reuniones. El Partido Bolchevique lo declaró solemne y oficialmente en las resoluciones de su conferencia del 29 de abril de 1917{26}. No saber esto es no querer saber la verdad sobre la revolución socialista en Rusia. No querer comprender que la república burguesa parlamentaria con Asamblea Constituyente es un paso adelante respecto a la misma república sin Asamblea Constituyente, y la república de los Soviets es dos pasos adelante en comparación con ella, significa cerrar los ojos a la diferencia entre la burguesía y el proletariado.

Llamarse socialista y no ver esta diferencia dos años después de planteada la cuestión en Rusia, año y medio después de la victoria de la revolución soviética en Rusia, significa obstinadamente permanecer en completo cautiverio de la «opinión pública de los círculos no socialistas», es decir, de las ideas y la política de la burguesía.

Con tales gentes, la escisión es necesaria e inevitable, pues no se puede realizar la revolución socialista de la mano de quienes tiran del lado de la burguesía.

Y si gentes como Ramsay MacDonald o Kautsky, etc., no han querido superar siquiera esa pequeñísima «dificultad» que sería para esos «dirigentes» informarse de los documentos sobre la actitud de los bolcheviques hacia el poder soviético, sobre el planteamiento de esta cuestión antes y después del 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, ¿no sería ridículo esperar de tales gentes disposición y capacidad para superar las dificultades incomparablemente mayores de la lucha real por la revolución socialista?

No hay peor sordo que el que no quiere oír.

II

Pasemos a la segunda mentira (de las innumerables mentiras de que está lleno el artículo de Ramsay MacDonald, pues en ese artículo hay quizá más mentiras que palabras). Esta es una mentira quizá no menos importante.

J. R. MacDonald afirma que la Internacional, antes de la guerra de 1914-1918, dijo solo que «cuando la guerra tiene el carácter de defensa nacional, los socialistas deben unirse a los demás partidos».

Esto es una monstruosa y flagrante desviación de la verdad.

Todo el mundo sabe que el Manifiesto de Basilea de 1912{27} fue aprobado por unanimidad por todos los socialistas y que es el único de todos los documentos de la Internacional que se refiere precisamente a esa guerra entre el grupo inglés y el grupo alemán de depredadores imperialistas, que en 1912 se preparaba manifiestamente para todos y que estalló en 1914. Precisamente sobre esa guerra, el Manifiesto de Basilea dijo tres cosas, cuyo silencio ahora MacDonald comete el mayor crimen contra el socialismo y demuestra que con gente como MacDonald la escisión es necesaria, pues sirven de hecho a la burguesía, no al proletariado.

Estas tres cosas son las siguientes:

la guerra que amenaza no puede justificarse ni con la sombra de los intereses de la libertad nacional;

por parte de los trabajadores sería un crimen disparar unos contra otros en esta guerra;

la guerra conduce a la revolución proletaria.

He aquí las tres verdades fundamentales y radicales que, «olvidándolas» (aunque las suscribió antes de la guerra), MacDonald pasa de hecho al lado de la burguesía contra el proletariado y demuestra con ello que la escisión es necesaria.

La Internacional Comunista no irá a la unidad con partidos que no quieran reconocer esta verdad y que no sean capaces de demostrar con sus hechos su decisión, disposición y habilidad para inculcar estas verdades en la conciencia de las masas.

La paz de Versalles ha demostrado incluso a los necios y a los ciegos, incluso a la masa de los cortos de vista, que la Entente fue y sigue siendo un depredador imperialista tan sangriento y sucio como Alemania. No podían verlo sino los hipócritas y mentirosos que llevan a cabo conscientemente una política burguesa en el movimiento obrero, agentes directos y dependientes de la burguesía (labour lieutenants of the capitalist class, oficiales obreros al servicio de la clase capitalista, como dicen los socialistas norteamericanos), o personas tan sometidas a las ideas burguesas y a la influencia burguesa que son solo socialistas de palabra, y en realidad pequeñoburgueses, filisteos, corifeos de los capitalistas. La diferencia entre la primera y la segunda categoría es importante desde el punto de vista de las personas, es decir, para evaluar a Iván o a Pedro de entre los socialchovinistas de todos los países. Para el político, es decir, desde el punto de vista de las relaciones entre millones de personas, entre clases, esta diferencia no es sustancial.

Los socialistas que durante la guerra de 1914-1918 no comprendieron que esta guerra era criminal, reaccionaria, rapaz, imperialista por ambas partes, son socialchovinistas, es decir, socialistas de palabra, chovinistas de hecho; amigos de la clase obrera de palabra, y en realidad lacayos de la burguesía «nacional», que la ayudan a engañar al pueblo, presentando como «nacional», «liberadora», «defensiva», «justa», etc., la guerra entre el grupo inglés y el grupo alemán de depredadores imperialistas, igualmente sucios, egoístas, sangrientos, criminales y reaccionarios.

La unidad con los socialchovinistas es una traición a la revolución, una traición al proletariado, una traición al socialismo, un paso al lado de la burguesía, porque esto es «unidad» con la burguesía nacional del «propio» país contra la unidad del proletariado revolucionario internacional; es unidad con la burguesía contra el proletariado.

La guerra de 1914-1918 lo ha demostrado definitivamente. Quien no lo haya comprendido, que se quede en la amarilla Internacional de Berna de los socialtraidores.

III

Ramsay MacDonald, con la divertida ingenuidad de un socialista de «salón», que echa palabras al viento sin comprender en absoluto su grave significado, sin pensar en absoluto que las palabras obligan a los hechos, declara: en Berna se hizo una «concesión a la opinión pública de los círculos no socialistas».

¡Exactamente! Nosotros consideramos a toda la Internacional de Berna amarilla, traidora, vendida, porque toda su política es una «concesión» a la burguesía.

Ramsay MacDonald sabe perfectamente que nosotros hemos edificado la III Internacional y hemos roto incondicionalmente con la II, porque nos hemos convencido de su falta de esperanza, de su incorregibilidad, de su papel de sirviente del imperialismo, de conductora de la influencia burguesa, de la mentira burguesa y de la corrupción burguesa en el movimiento obrero. Si Ramsay MacDonald, queriendo discutir sobre la III Internacional, elude la esencia del asunto, da rodeos, dice frases vacías y no dice lo que hay que decir, eso es culpa y crimen suyos. Porque el proletariado necesita la verdad, y no hay nada más perjudicial para su causa que la mentira decorosa, decente y filistea.

La cuestión del imperialismo y de su vinculación con el oportunismo en el movimiento obrero, con la traición de la causa obrera por los dirigentes obreros, está planteada desde hace mucho, muchísimo tiempo.

Marx y Engels, durante cuarenta años, de 1852 a 1892, señalaron constantemente el aburguesamiento de las capas superiores de la clase obrera de Inglaterra debido a sus peculiaridades económicas (colonias, monopolio en el mercado mundial, etc.){28}. Marx se granjeó en los años 70 del siglo pasado el odio honroso de los viles héroes de la entonces orientación internacional «bernense», oportunistas y reformistas, por haber estigmatizado a muchos dirigentes de los tradeuniones ingleses como hombres vendidos a la burguesía o pagados por ella por los servicios que prestaban a su clase desde dentro del movimiento obrero.

Durante la guerra anglo-bóer, la prensa anglosajona planteó ya con toda claridad la cuestión del imperialismo como la etapa más nueva (y última) del capitalismo. Si la memoria no me falla, no fue otro que Ramsay MacDonald quien entonces salió de la «Sociedad Fabiana»{29}, ese prototipo de la Internacional de Berna, ese semillero y modelo de oportunismo, caracterizado por Engels con genial fuerza, claridad y verdad en su correspondencia con Sorge{30}. «Imperialismo fabiano» –tal era entonces la expresión corriente en la literatura socialista inglesa.

Si Ramsay MacDonald lo ha olvidado, peor para él.

«Imperialismo fabiano» y «socialimperialismo» son lo mismo: socialismo de palabra, imperialismo de hecho, transformación del oportunismo en imperialismo. Este fenómeno se ha convertido ahora, durante la guerra de 1914-1918 y después de ella, en un hecho mundial. No comprenderlo es la mayor ceguera de la Internacional «bernense», amarilla, y el mayor crimen de la misma. El oportunismo o reformismo tenía que transformarse inevitablemente en el imperialismo socialista o socialchovinismo, de importancia histórica mundial, porque el imperialismo ha destacado a un puñado de naciones riquísimas y adelantadas que saquean al mundo entero, y ha permitido así a la burguesía de estos países sobornar, a costa de su superganancia monopolista (el imperialismo es capitalismo monopolista), a las capas superiores de la clase obrera de estos países.

No ver la necesidad económica de este hecho bajo el imperialismo solo pueden hacerlo ignorantes redomados o hipócritas que engañan a los obreros repitiendo lugares comunes sobre el capitalismo y ocultando así la amarga verdad sobre el paso de toda una corriente del socialismo al lado de la burguesía imperialista.

Y de este hecho se derivan dos conclusiones indiscutibles:

Conclusión primera: la Internacional de Berna es, de hecho, por su papel histórico y político real, independientemente de la buena voluntad y los inocentes deseos de unos u otros de sus miembros, una organización de agentes del imperialismo internacional que actúan dentro del movimiento obrero, introduciendo en él la influencia burguesa, las ideas burguesas, la mentira burguesa y la corrupción burguesa.

En los países con una larga cultura democrático-parlamentaria, la burguesía ha aprendido magníficamente a actuar no solo con la violencia, sino también con el engaño, el soborno, la adulación, hasta las formas más sutiles de estos procedimientos. Los «desayunos» de los «dirigentes obreros» ingleses (es decir, de los dependientes de la burguesía en cuanto a engañar a los obreros) no en balde han adquirido celebridad y de ellos hablaba ya Engels{31}. Del mismo orden es el hecho de la «encantadora» recepción dada por el señor Clemenceau al socialtraidor Mergheim, las amables recepciones por los ministros de la Entente a los dirigentes de la Internacional de Berna, etc., etc. «Enséñenlos ustedes, y nosotros los compraremos», decía una inteligente capitalista inglesa al señor socialimperialista Hyndman, quien contó en sus memorias cómo esta señora – más perspicaz que todos los dirigentes de la Internacional de Berna juntos – valoraba los «trabajos» de los socialistas intelectuales en la enseñanza de los dirigentes socialistas sacados de entre los obreros.

Durante la guerra, cuando los Vandervelde, los Branting y toda esa banda de traidores organizaban conferencias «internacionales», los periódicos burgueses franceses se reían muy venenosamente y con mucha razón: «Estos Vandervelde tienen algo así como un tic. Como las personas que sufren de tic no pueden decir dos frases sin una extraña contracción de los músculos faciales, así los Vandervelde no pueden actuar políticamente sin repetir como loros las palabras: internacionalismo, socialismo, solidaridad internacional de los obreros, revolución del proletariado, etc. Que repitan las fórmulas sacramentales que quieran, con tal de que ayuden a llevar a los obreros por las narices y nos sirvan a nosotros, los capitalistas, para hacer la guerra imperialista y esclavizar a los obreros».

Los burgueses ingleses y franceses son a veces muy inteligentes y valoran excelentemente el papel lacayuno de la Internacional de Berna.

Mártov escribió en alguna parte: ustedes, los bolcheviques, denigran la Internacional de Berna, pero en ella figura «su» amigo Loriot.

Este es un argumento de bellaco. Porque todo el mundo sabe que Loriot lucha por la III Internacional abierta, honrada y heroicamente. Cuando Zubátov organizaba en Moscú en 1902 reuniones de obreros con el fin de embaucarlos con el «socialismo policiaco», el obrero Babushkin, a quien conocía desde 1894, cuando estaba en mi círculo obrero en Petersburgo, uno de los mejores y más leales obreros «iskristas», dirigentes del proletariado revolucionario, fusilado en 1906 por Rennenkampf en Siberia, iba a las reuniones de Zubátov para luchar contra el zubatovismo y arrancar a los obreros de sus garras. Babushkin era tan poco «zubatovista» como Loriot es «bernense».

IV

Conclusión segunda: la III Internacional, la Comunista, ha sido fundada precisamente para no permitir que los «socialistas» se salgan con la suya con ese reconocimiento verbal de la revolución, del que Ramsay MacDonald da muestras en su artículo. El reconocimiento verbal de la revolución, que en la práctica encubría una política completamente oportunista, reformista, nacionalista y pequeñoburguesa, fue el pecado fundamental de la II Internacional, y contra este mal luchamos a muerte.

Cuando se dice: la II Internacional ha muerto, sufriendo una bancarrota vergonzosa, hay que saber entenderlo. Significa: han quebrado y han muerto el oportunismo, el reformismo, el socialismo pequeñoburgués. Porque la II Internacional tiene un mérito histórico, tiene una conquista είς άεί (para siempre), de la que el obrero consciente nunca renegará, a saber: la creación de organizaciones obreras de masas, cooperativas, sindicales y políticas, la utilización del parlamentarismo burgués, como de todas las instituciones de la democracia burguesa, etc.

Para vencer de hecho al oportunismo que llevó a la muerte vergonzosa de la II Internacional, para ayudar de hecho a la revolución, cuya proximidad se ve obligado a reconocer incluso Ramsay MacDonald, es necesario:

En primer lugar, llevar toda la propaganda y agitación desde el punto de vista de la revolución, en oposición a las reformas, explicando sistemáticamente a las masas esta oposición tanto teórica como prácticamente, en cada paso del trabajo parlamentario, sindical, cooperativo, etc. No renunciar en ningún caso (salvo casos excepcionales, como excepción) a la utilización del parlamentarismo y de todas las «libertades» de la democracia burguesa, no renunciar a las reformas, sino considerarlas solo como un resultado secundario de la lucha de clases revolucionaria del proletariado. Ninguno de los partidos de la Internacional de Berna satisface esta exigencia. Ninguno muestra siquiera comprensión de cómo hay que llevar toda la propaganda y agitación, explicando la diferencia entre reformas y revolución, cómo hay que educar constantemente al partido y a las masas para la revolución.

En segundo lugar, hay que unir el trabajo legal y el ilegal. A esto enseñaron siempre los bolcheviques, y especialmente con insistencia durante la guerra de 1914-1918. Se reían de esto los héroes del vil oportunismo, alabando con autosuficiencia la «legalidad», la «democracia», la «libertad» de los países de Europa occidental, de las repúblicas, etc. Ahora ya solo los embusteros redomados, que engañan a los obreros con frases, pueden negar que los bolcheviques tenían razón. No hay un solo país en el mundo, por más avanzado y más «libre» que sea entre las repúblicas burguesas, donde no reine el terror de la burguesía, donde no esté prohibida la libertad de agitación por la revolución socialista, de propaganda y trabajo de organización en este sentido. El partido que hasta hoy no ha reconocido esto bajo el dominio de la burguesía y no lleva a cabo un trabajo ilegal sistemático y multilateral, a pesar de las leyes de la burguesía y de los parlamentos burgueses, es un partido de traidores y canallas que engañan al pueblo con el reconocimiento verbal de la revolución. Tales partidos tienen su lugar en la Internacional amarilla, «de Berna». En la Internacional Comunista no estarán.

En tercer lugar, es necesaria una guerra constante e implacable por la expulsión completa del movimiento obrero de aquellos dirigentes oportunistas que se han acreditado antes de la guerra y especialmente durante la guerra, tanto en la esfera política como, en particular, en los sindicatos y las cooperativas. La teoría de la «neutralidad» es un subterfugio falso y vil que ayudó a la burguesía a apoderarse de las masas en 1914-1918. Los partidos que de palabra están por la revolución, pero de hecho no llevan a cabo un trabajo constante por la influencia del partido precisamente revolucionario, y solo revolucionario, en todas y cada una de las organizaciones obreras de masas, son partidos de traidores.

En cuarto lugar, no se puede tolerar que de palabra se condene al imperialismo, pero de hecho no se lleve a cabo una lucha revolucionaria por la liberación de las colonias (y naciones dependientes) de su propia burguesía imperialista. Esto es hipocresía. Es la política de los agentes de la burguesía en el movimiento obrero (labour lieutenants of the capitalist class). Aquel partido inglés, francés, holandés, belga, etc., que de palabra es hostil al imperialismo, pero de hecho no lleva a cabo una lucha revolucionaria dentro de sus «propias» colonias por el derrocamiento de «su» burguesía, no ayuda sistemáticamente al trabajo revolucionario ya iniciado en todas partes en las colonias, no introduce en ellas armas y literatura para los partidos revolucionarios en las colonias, es un partido de canallas y traidores.

En quinto lugar, es una grandísima hipocresía el fenómeno típico de los partidos de la Internacional de Berna: de palabra reconocer la revolución y pavonearse ante los obreros con frases pomposas sobre su reconocimiento de la revolución, pero de hecho adoptar una actitud puramente reformista hacia aquellos comienzos, brotes, manifestaciones del crecimiento de la revolución, como son toda clase de acciones de masas que rompen las leyes burguesas, que salen de toda legalidad, por ejemplo, huelgas de masas, manifestaciones callejeras, protestas de soldados, mítines en el ejército, distribución de hojas en los cuarteles y campamentos, etc.

Si se pregunta a cualquier héroe de la Internacional de Berna si su partido lleva a cabo ese trabajo sistemático, responderá con frases evasivas que encubren la ausencia de tal trabajo: falta de organizaciones y aparato para ello, incapacidad de su partido para llevarlo a cabo, o declamaciones contra el «putchismo» (aventurerismo insurreccional), el «anarquismo», etc. Y en esto consiste la traición a la clase obrera por parte de la Internacional de Berna, su paso efectivo al campo de la burguesía.

Todos los canallas –dirigentes de la Internacional de Berna– se desviven declarando su «simpatía» por la revolución en general, por la revolución rusa en particular. Pero solo los hipócritas o los tontos pueden no comprender que los éxitos particularmente rápidos de la revolución en Rusia están vinculados al trabajo de largos años del partido revolucionario en la dirección indicada, cuando durante años se creó un aparato ilegal sistemático para dirigir las manifestaciones y huelgas, para trabajar en el ejército, se estudiaron detalladamente los métodos, se creó literatura ilegal que resumía la experiencia y educaba a todo el partido en la idea de la necesidad de la revolución, se formaron dirigentes de masas para tales casos, etc., etc.

V

Las divergencias más profundas, radicales, que resumen todo lo anterior y explican la inevitabilidad de una lucha teórica y práctico-política irreconciliable del proletariado revolucionario con la Internacional de Berna, son las cuestiones de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil y de la dictadura del proletariado.

El cautiverio de la Internacional de Berna por la ideología burguesa se revela sobre todo en que, no habiendo comprendido (o no habiendo querido comprender, o fingiendo no comprender) el carácter imperialista de la guerra de 1914-1918, no comprendió la inevitabilidad de su transformación en guerra civil entre el proletariado y la burguesía de todos los países avanzados.

Cuando los bolcheviques, ya en noviembre de 1914, señalaron esta inevitabilidad, los filisteos de todos los países respondieron con estúpidas burlas, y entre esos filisteos se encontraban todos los dirigentes de la Internacional de Berna. Ahora, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil se ha convertido en un hecho en toda una serie de países, no solo en Rusia, sino también en Finlandia, en Hungría, en Alemania, incluso en la neutral Suiza, y el crecimiento de la guerra civil se observa, se siente, se palpa en todos los países avanzados sin excepción.

Ahora, eludir esta cuestión en silencio (como hace Ramsay MacDonald) o eludir la inevitable guerra civil con dulces frases conciliadoras (como hacen los señores Kautsky y Cía.) equivale a una traición directa al proletariado, equivale a un paso efectivo al lado de la burguesía. Porque los verdaderos dirigentes políticos de la burguesía han comprendido hace tiempo la inevitabilidad de la guerra civil y llevan a cabo magnífica, reflexiva y sistemáticamente su preparación, el fortalecimiento de sus posiciones para ella.

La burguesía de todo el mundo, con todas sus fuerzas, con enorme energía, inteligencia y decisión, sin detenerse ante crimen alguno, condenando al hambre y al exterminio total a países enteros, prepara la represión del proletariado en la inminente guerra civil. ¡Y los héroes de la Internacional de Berna, como tontos o hipócritas curas, o pedantes profesores, entonan la vieja, manida y gastada canción reformista! ¡No hay espectáculo más repugnante, más asqueroso!

Los Kautsky y los MacDonald continúan asustando a los capitalistas con la revolución, aterrorizando a la burguesía con la guerra civil, para obtener de ellos concesiones, acuerdo para la vía reformista. A esto se reduce toda la literatura, toda la filosofía, toda la política de toda la Internacional de Berna. Este miserable recurso de lacayos lo observamos en Rusia en 1905 por parte de los liberales (kadetes), en 1917-1919 por parte de los mencheviques y «socialrevolucionarios». En cuanto a educar a las masas en la conciencia de la inevitabilidad y necesidad de vencer a la burguesía en la guerra civil, en cuanto a llevar toda la política bajo el ángulo de este objetivo, iluminar, plantear y resolver todas las cuestiones desde este y solo este punto de vista, – de esto ni siquiera se preocupan las almas lacayunas de la Internacional de Berna. Y por eso nuestro objetivo debe consistir solo en arrojar definitivamente a los reformistas incorregibles, es decir, a nueve décimas partes de los dirigentes de la Internacional de Berna, al muladar de los servidores de la burguesía.

La burguesía necesita tales servidores, en quienes confíe una parte de la clase obrera y que hermoseen, maquillen a la burguesía con discursos sobre la posibilidad de la vía reformista, que llenen los ojos del pueblo con estos discursos, que distraigan al pueblo de la revolución pintando las delicias y posibilidades de la vía reformista.

Todos los escritos de los Kautsky, como los de nuestros mencheviques y eseristas, se reducen a ese pintarrajeo, a los lloriqueos del pequeño burgués cobarde que teme a la revolución.

Aquí no tenemos la posibilidad de repetir detalladamente qué causas económicas fundamentales hicieron inevitable precisamente la vía revolucionaria y solo la vía revolucionaria, hicieron imposible otra solución de las cuestiones puestas a la orden del día por la historia que no fuera la guerra civil. Sobre esto hay que escribir y se escribirán tomos. Si los señores Kautsky y demás dirigentes de la Internacional de Berna no lo han comprendido, solo queda decir: la ignorancia está menos alejada de la verdad que el prejuicio.

Pues las personas ignorantes, pero sinceras, del trabajo y partidarias de los trabajadores comprenden más fácilmente ahora, después de la guerra, la inevitabilidad de la revolución, de la guerra civil y de la dictadura del proletariado, que los señores Kautsky, MacDonald, Vandervelde, Branting, Turati y tutti quanti[5], atiborrados de los más doctos prejuicios reformistas.

Como una de las confirmaciones particularmente evidentes del fenómeno, observado en todas partes, del crecimiento de la conciencia revolucionaria en las masas, pueden considerarse las novelas de Henri Barbusse: «Le feu» («Bajo el fuego») y «Clarté» («Claridad»). La primera ha sido traducida ya a todos los idiomas y difundida en Francia en 230 000 ejemplares. La transformación del hombre de la masa completamente ignorante, totalmente oprimido por las ideas y prejuicios del filisteo, en revolucionario, precisamente bajo la influencia de la guerra, está mostrada de una manera extraordinariamente fuerte, talentosa y veraz.

Las masas de proletarios y semiproletarios están con nosotros y pasan a nuestro lado no por días, sino por horas. La Internacional de Berna es un Estado Mayor sin ejército, que se derrumbará como un castillo de naipes si se la desenmascara ante las masas hasta el final.

El nombre de Karl Liebknecht fue utilizado por toda la prensa burguesa de la Entente durante la guerra para engañar a las masas: para presentar a los bandidos y salteadores del imperialismo francés e inglés como simpatizantes de este héroe, de este «único alemán honrado», como decían.

Ahora, los héroes de la Internacional de Berna están sentados en la misma organización con los Scheidemann, que prepararon el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, con los Scheidemann, que desempeñaron el papel de verdugos de entre los obreros, prestando servicios verdugos a la burguesía. De palabra –hipócritas intentos de «condenar» a los Scheidemann (¡como si de la «condena» cambiara algo!). De hecho, permanecer en la misma organización con los asesinos.

El difunto Harry Quelch fue expulsado en 1907 por el gobierno alemán de Stuttgart por haber llamado «reunión de ladrones» a la asamblea de diplomáticos europeos{32}. Los dirigentes de la Internacional de Berna no son solo una reunión de ladrones, son una reunión de viles asesinos. Al juicio de los obreros revolucionarios no escaparán.

VI

De la cuestión de la dictadura del proletariado, Ramsay MacDonald se deshace con un par de palabras, como de un tema para discusión sobre la libertad y la democracia.

No. Es hora de actuar. Las discusiones han llegado tarde.

Lo más peligroso por parte de la Internacional de Berna es el reconocimiento verbal de la dictadura del proletariado. Estas gentes son capaces de reconocerlo todo, de firmarlo todo, con tal de seguir al frente del movimiento obrero. ¡Kautsky dice ya ahora que no está contra la dictadura del proletariado! ¡Los socialchovinistas franceses y los «centristas» firman una resolución por la dictadura del proletariado!

No merecen ni un ápice de confianza.

No se necesita un reconocimiento verbal, sino una ruptura completa de hecho con la política del reformismo, con los prejuicios de la libertad burguesa y de la democracia burguesa, la realización de hecho de la política de lucha de clases revolucionaria.

La dictadura del proletariado se intenta reconocer de palabra, para deslizar a escondidas junto a ella la «voluntad de la mayoría», el «sufragio universal» (así hace precisamente Kautsky), el parlamentarismo burgués, la renuncia a la destrucción completa, al estallido, a la demolición hasta el final de todo el aparato estatal burgués. De estos nuevos subterfugios, de estas nuevas escapatorias del reformismo hay que temer más que a nada.

La dictadura del proletariado sería imposible si la mayoría de la población no estuviera compuesta por proletarios y semiproletarios. Esta verdad, Kautsky y Cía. intentan falsearla de modo que se necesitaría la «votación de la mayoría» para reconocer como «correcta» la dictadura del proletariado.

¡Cómicos pedantes! No han comprendido que la votación dentro del marco, de las instituciones, de las costumbres del parlamentarismo burgués es una parte del aparato estatal burgués, que debe ser destruido y demolido de arriba abajo para realizar la dictadura del proletariado, para pasar de la democracia burguesa a la democracia proletaria.

No han comprendido que, en general, no son las votaciones, sino la guerra civil la que resuelve todas las cuestiones serias de la política, cuando la historia ha puesto a la orden del día la dictadura del proletariado.

No han comprendido que la dictadura del proletariado es el poder de una clase que toma en sus manos todo el aparato de la nueva estatalidad, que vence a la burguesía y neutraliza a toda la pequeña burguesía, al campesinado, al filisteísmo, a la intelectualidad.

Los Kautsky y los MacDonald reconocen de palabra la lucha de clases, para olvidarla de hecho en el momento más decisivo de la historia de la lucha por la liberación del proletariado: en el momento en que, tomando el poder del Estado y apoyado por el semiproletariado, el proletariado continúa con ayuda de este poder la lucha de clases, llevándola hasta la destrucción de las clases.

Como verdaderos filisteos, los dirigentes de la Internacional de Berna repiten las palabrejas democrático-burguesas sobre la libertad y la igualdad y la democracia, sin ver que repiten los despojos de las ideas sobre el libre e igual poseedor de mercancías, sin comprender que el proletariado necesita el Estado no para la «libertad», sino para reprimir a su enemigo, al explotador, al capitalista.

La libertad y la igualdad del poseedor de mercancías han muerto, como ha muerto el capitalismo. No son los Kautsky y los MacDonald quienes lo resucitarán.

El proletariado necesita la destrucción de las clases – he aquí el contenido real de la democracia proletaria, de la libertad proletaria (libertad del capitalista, del intercambio de mercancías), de la igualdad proletaria (no igualdad de clases – a esta vulgaridad descienden los Kautsky y los Vandervelde y los MacDonald –, sino igualdad de los trabajadores que derriban el capital y el capitalismo).

Mientras existan clases, la libertad y la igualdad de clases son un engaño burgués. El proletariado toma el poder, se convierte en clase dominante, destruye el parlamentarismo burgués y la democracia burguesa, reprime a la burguesía, reprime todos los intentos de todas las demás clases de volver al capitalismo, da verdadera libertad e igualdad a los trabajadores (lo que solo es realizable con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción), les da no solo «derechos», sino el uso real de lo que se ha arrebatado a la burguesía.

Quien no haya comprendido este contenido de la dictadura del proletariado (o lo que es lo mismo, del poder soviético o de la democracia proletaria), toma ese nombre en vano.

No puedo aquí desarrollar más detalladamente estas ideas, expuestas por mí en «El Estado y la revolución» y en el folleto «La revolución proletaria y el renegado Kautsky»[6]. Puedo terminar dedicando estas notas a los delegados del congreso de Lucerna{33}, del 10 de agosto de 1919, de la Internacional de Berna.

14 de julio de 1919.

Publicado en agosto de 1919 en la revista «La Internacional Comunista» nº 4. Firma: N. Lenin

Se imprime según el manuscrito.