Se publica según el manuscrito

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «El Gran Inicio». – 28 de junio de 1919 (Reducido)

La prensa informa de numerosos ejemplos del heroísmo de los soldados del Ejército Rojo. Los obreros y campesinos, en la lucha contra los kolchakovistas, denikinistas y demás tropas de terratenientes y capitalistas, muestran a menudo prodigios de valentía y resistencia, defendiendo las conquistas de la revolución socialista. Lenta y dificultosamente avanza la superación del espíritu guerrillero, la sobrellevación del cansancio y la indisciplina, pero avanza a pesar de todo. El heroísmo de las masas trabajadoras, que sacrifican conscientemente sus vidas por la causa de la victoria del socialismo, he aquí la base de la nueva disciplina, la disciplina de camaradería en el Ejército Rojo, de su renacimiento, fortalecimiento y crecimiento.

No menor atención merece el heroísmo de los obreros en la retaguardia. Tiene una importancia verdaderamente gigantesca en este sentido la organización por los obreros, por iniciativa propia, de los sábados comunistas. Al parecer, esto es sólo el comienzo, pero es un comienzo de una importancia extraordinariamente grande. Es el comienzo de un viraje más difícil, más sustancial, más radical, más decisivo que el derrocamiento de la burguesía, pues es una victoria sobre la propia inercia, la indisciplina, el egoísmo pequeño-burgués, sobre esas costumbres que el maldito capitalismo legó al obrero y al campesino. Cuando esta victoria esté consolidada, entonces y sólo entonces se habrá creado la nueva disciplina social, la disciplina socialista, entonces y sólo entonces será imposible el retorno al capitalismo, el comunismo se hará realmente invencible.

«Pravda» del 17 de mayo publicó un artículo del camarada A. Zh., «Trabajar a la revolucionaria (Sábado Comunista)». Este artículo es tan importante que lo reproducimos íntegramente:

TRABAJAR A LA REVOLUCIONARIA

(SÁBADO COMUNISTA)

La carta del Comité Central del PCR sobre el trabajo a la revolucionaria dio un fuerte impulso a las organizaciones comunistas y a los comunistas. El auge general orientó a muchos comunistas ferroviarios hacia el frente, pero a la mayoría de ellos no les era posible abandonar sus puestos responsables y buscar nuevos métodos para el trabajo a la revolucionaria. Las informaciones de las localidades sobre la lentitud del trabajo de movilización y el papeleo burocrático forzaron al subdistrito del Ferrocarril Moscú-Kazán a prestar atención al mecanismo de la economía ferroviaria. Resultó que por falta de mano de obra y débil intensidad del trabajo se retrasaban los pedidos urgentes y la reparación urgente de locomotoras. El 7 de mayo, en la asamblea general de los comunistas y simpatizantes del subdistrito del Ferrocarril Moscú-Kazán, se planteó la cuestión de pasar de las palabras sobre la ayuda para la victoria sobre Kolchak a los hechos. La propuesta aprobada decía:

«En vista de la grave situación interna y externa, para obtener ventaja sobre el enemigo de clase, los comunistas y simpatizantes deben espolearse nuevamente y arrancar de su descanso otra hora de trabajo, es decir, aumentar su jornada laboral en una hora, acumularla y el sábado trabajar de una vez 6 horas con trabajo físico, para producir de inmediato un valor real. Considerando que los comunistas no deben escatimar su salud ni su vida por las conquistas de la revolución, el trabajo se realizará gratuitamente. Introducir el sábado comunista en todo el subdistrito hasta la victoria completa sobre Kolchak».

Después de algunas vacilaciones, esta propuesta fue aprobada por unanimidad.

El sábado 10 de mayo, a las 6 de la tarde, como soldados, se presentaron los comunistas y simpatizantes al trabajo, se formaron en filas y sin aglomeraciones fueron distribuidos por los maestros en sus puestos.

Los resultados del trabajo a la revolucionaria están a la vista. El cuadro adjunto indica las empresas y el carácter del trabajo.

El costo total del trabajo según la tarifa normal es de 5.000 mil rublos, y el de horas extraordinarias es 1,5 veces mayor. La intensidad del trabajo en la carga es un 270% superior a la de los obreros corrientes. Los demás trabajos tienen aproximadamente la misma intensidad.

Se eliminó el retraso de los pedidos (urgentes) por falta de mano de obra y burocracia, que iba de siete días a tres meses.

El trabajo se realizó con la existencia de deficiencias (fácilmente subsanables) en los dispositivos, que retrasaron a algunos grupos de 30 a 40 minutos.

La administración, dejada para dirigir los trabajos, apenas si tenía tiempo de preparar nuevos, y quizás sea algo exagerada la expresión del viejo maestro de que en el sábado comunista se hizo trabajo para una semana, en comparación con el trabajo de los obreros inconscientes y desorganizados.

En vista de que en los trabajos estuvieron presentes también sinceros partidarios del poder soviético y se espera una afluencia de ellos en los próximos sábados, así como el deseo de otros distritos de tomar ejemplo de los comunistas ferroviarios del Ferrocarril Moscú-Kazán, me detendré con más detalle en el aspecto organizativo según las informaciones de las localidades.

En los trabajos participó un 10% de comunistas que trabajan permanentemente en los lugares. El resto son ocupantes de puestos responsables y electivos, desde el comisario del ferrocarril hasta el comisario de una empresa particular, así como del sindicato, y que trabajan en la dirección y en el Comisariado de Vías de Comunicación.

El entusiasmo y la cohesión en el trabajo fueron inauditos. Cuando, sin insultos ni discusiones, los obreros, oficinistas, administrativos, cogiendo una llanta de cuarenta puds para una locomotora de pasajeros, la hacían rodar hasta su lugar como hormigas laboriosas, en el corazón nacía un ardiente sentimiento de alegría por el trabajo colectivo y se fortalecía la fe en la inquebrantabilidad de la victoria de la clase obrera. Los depredadores mundiales no podrán estrangular a los obreros vencedores, el sabotaje interno no esperará a Kolchak.

Al finalizar los trabajos, los presentes fueron testigos de un cuadro nunca visto: un centenar de comunistas, cansados pero con un alegre fulgor en los ojos, saludaban el éxito de la obra con los solemnes acordes de la Internacional – y parecía que estas olas victoriosas del himno triunfal se derramarían por los muros sobre la Moscú obrera y, como olas de una piedra arrojada, se extenderían por la Rusia obrera y sacudirían a los cansados y desorganizados.

Valorando este notable «ejemplo digno de imitación», «Pravda» del 20 de mayo, en el artículo del camarada N. R. bajo ese título, escribía:

«Los casos de este tipo de trabajo de los comunistas no son raros. Conozco tales casos en la central eléctrica y en varios ferrocarriles. En el Ferrocarril Nikoláievsk, los comunistas trabajaron varias noches extraordinarias, en el levantamiento de una locomotora caída en el círculo; en el Ferrocarril del Norte, en invierno, todos los comunistas y simpatizantes trabajaron varios domingos limpiando las vías de nieve; las células de muchas estaciones de mercancías, con el fin de combatir los robos de cargas, realizan rondas nocturnas de las estaciones, – pero este trabajo era casual, no sistemático. Los camaradas de Kazán introdujeron lo nuevo que hace que este trabajo sea sistemático, permanente. «Hasta la victoria completa sobre Kolchak», resolvieron los camaradas de Kazán, y en esto reside toda la importancia de su trabajo. Ellos alargan en una hora la jornada laboral de los comunistas y simpatizantes durante todo el estado de guerra; al mismo tiempo dan un ejemplo de trabajo productivo.

Este ejemplo ya ha suscitado y debe suscitar nuevas imitaciones. La asamblea general de comunistas y simpatizantes del Ferrocarril Aleksándrovsk, tras discutir la situación militar y la resolución de los camaradas de Kazán, resolvió: 1) Introducir «sábados» para los comunistas y simpatizantes del Ferrocarril Aleksándrovsk. El primer sábado se fija para el 17 de mayo. 2) Organizar a los comunistas y simpatizantes en brigadas ejemplares, demostrativas, que deberán mostrar a los obreros cómo hay que trabajar y qué se puede hacer realmente con los materiales, herramientas y alimentación actuales.

Según palabras de los camaradas de Kazán, su ejemplo causó una gran impresión, y para el próximo sábado esperan en los trabajos a un número considerable de obreros no militantes del partido. Cuando se escriben estas líneas, en los talleres del Ferrocarril Aleksándrovsk aún no ha comenzado el trabajo extraordinario de los comunistas; apenas corrió el rumor de los trabajos previstos, ya la masa no militante del partido se agitó, empezó a hablar. «Si lo hubiéramos sabido ayer, nos habríamos preparado y también habríamos trabajado», «el próximo sábado vendré sin falta», se oye por todas partes. La impresión que producen estos trabajos es muy grande.

Al ejemplo de los camaradas de Kazán deben seguir todas las células comunistas de la retaguardia. No sólo las células comunistas del Nudo de Moscú, sino toda la organización del partido de Rusia debe seguir este ejemplo. Y en las aldeas, las células comunistas deben encargarse en primer lugar de labrar los campos de los soldados del Ejército Rojo, ayudando a sus familias.

Los camaradas de Kazán terminaron su trabajo en el primer sábado comunista cantando la Internacional. Si la organización comunista de toda Rusia sigue este ejemplo y lo aplica constantemente en la vida, los próximos meses difíciles serán vividos por la República Soviética de Rusia al son de los atronadores acordes de la Internacional de todos los trabajadores de la república…

¡Al trabajo, camaradas comunistas!».

«Pravda» del 23 de mayo de 1919 informó que

«el 17 de mayo, en el Ferrocarril Aleksándrovsk, tuvo lugar el primer «sábado» comunista. 98 personas, entre comunistas y simpatizantes, trabajaron, según la resolución de la asamblea general, 5 horas extraordinarias, gratuitamente, recibiendo sólo el derecho a una segunda comida pagada, y con la comida, pagada también, se les dio media libra de pan como a trabajadores físicos».

A pesar de que el trabajo estuvo mal preparado y mal organizado, la productividad del trabajo fue, sin embargo, de 2 a 3 veces superior a la habitual.

He aquí ejemplos:

5 torneros hicieron en 4 horas 80 rodillos. Productividad en comparación con la habitual: 213%.

20 peones recogieron en 4 horas material viejo por un total de 600 puds y 70 muelles de vagón, de 3,5 puds de peso cada uno, en total 850 puds. Productividad en comparación con la habitual: 300%.

«Los camaradas explican esto porque en el tiempo normal el trabajo ha aburrido, ha cansado, mientras que aquí trabajan con gusto, con entusiasmo. Pero ahora será vergonzoso hacer en el tiempo normal menos que en el sábado comunista».

«Ahora muchos obreros no militantes del partido declaran su deseo de participar en los sábados. Las brigadas de locomotoras se ofrecen a tomar una locomotora del «cementerio» en el sábado, repararla y ponerla en funcionamiento.

Se ha recibido información de que tales sábados se organizan en la línea Viazma».

Sobre cómo se desarrolla el trabajo en estos sábados comunistas, escribe el camarada A. Dyachenko en «Pravda» del 7 de junio. Transcribimos la parte principal de su artículo, titulado «Notas de un sábador comunista»:

«Con gran alegría me reuní con un camarada para cumplir el «stage» sabatino según la resolución del subdistrito ferroviario del partido y dar temporalmente, por unas horas, descanso a la cabeza, proporcionando trabajo a los músculos… Nos espera trabajo en la fábrica de carpintería del ferrocarril. Llegamos, vimos a los nuestros, saludamos, bromeamos, contamos la fuerza: sólo 30… Y ante nosotros yace un «monstruo»: una caldera de vapor de un peso bastante considerable, unos 600–700 puds, y es precisamente a ésta a la que debemos «mover», es decir, hacerla rodar casi 1/4 o 1/3 de versta hasta la plataforma. La duda se insinúa en nuestros pensamientos… Pero ya estamos en acción: simplemente los camaradas colocaron rodillos de madera debajo de la caldera, ataron dos cuerdas, y el trabajo comenzó… La caldera cedió de mala gana, pero al fin y al cabo se movió. Nos alegramos, ¡somos tan pocos…! ¡esta misma caldera la arrastraron casi dos semanas obreros no comunistas, en número tres veces mayor, y ella se resistía hasta que nos esperó a nosotros…! Trabajamos una hora, fuerte, unidos al compás de las órdenes: «¡Uno, dos, tres!» de nuestro camarada cabecilla, y la caldera avanza y avanza. De repente, ¿qué ocurre? De repente, cayó cómicamente una fila entera de camaradas: ¡la cuerda «traicionó» en nuestras manos…! Pero un momento de retraso: en su lugar afianzamos un cable… Es de noche, ya oscurece notablemente, pero aún debemos superar una pequeña cuesta, y entonces el trabajo estará pronto terminado. Crujen los brazos, arden las palmas, nos calentamos, empujamos con todas nuestras fuerzas, y el trabajo marcha bien. Está la «administración» y, turbada por el éxito, involuntariamente también agarra el cable: ¡ayuda! ¡ya era hora! He aquí que un soldado del Ejército Rojo se queda mirando nuestro trabajo. En sus manos una armónica. ¿Qué piensa? ¿Qué gente es ésta? ¿Qué necesitan el sábado, cuando todos están sentados en casa? Resuelvo sus conjeturas y le digo: «¡Camarada! Tócanos algo alegre, que no somos unos trabajadores cualesquiera, sino verdaderos comunistas, ¿ves cómo nos arde el trabajo en las manos, no somos perezosos, sino que empujamos?». El soldado del Ejército Rojo deposita cuidadosamente la armónica y se apresura hacia el cable…

– «¡El inglés es un sabio!», entona el camarada U. con un hermoso tenor. Le secundamos, y resuenan con fuerza las palabras de la canción obrera: «¡Hey, du bi-nush-ka, ¡ujnem! ¡poder-nem, poder-nem!».

Por la falta de costumbre, los músculos se cansaron, duelen los hombros, la espalda, pero… delante tenemos el día libre: nuestro descanso, tendremos tiempo de dormir. La meta está cerca, y después de pequeñas vacilaciones, nuestro «monstruo» está ya casi junto a la plataforma: colocad tablas, montadlo en la plataforma, y que esta caldera dé el trabajo que ya se espera de ella desde hace tiempo. Y nosotros, en grupo, nos dirigimos a la sala, el «club» de la célula local, cubierta de carteles, llena de fusiles, brillantemente iluminada, y después de cantar bien la «Internacional», saboreamos té con «ron» e incluso pan. Tal obsequio, organizado por los camaradas locales, viene de perlas después de nuestro duro trabajo. Nos despedimos fraternalmente de los camaradas y formamos en columnas. Canciones revolucionarias rompen el silencio nocturno en la calle dormida, los pasos acompasados acompañan la canción. «¡Audaces, camaradas, al paso!». «¡Levantaos, marcados por la maldición!», resuena nuestra canción de la Internacional y del trabajo.

Pasó una semana. Nuestros brazos y hombros descansaron, y vamos al «sábado» ahora a 9 verstas, a hacer vagones. Esto es en Perovo. Los camaradas se encaramaron al techo del «americano» y cantan sonora y hermosamente la «Internacional». El público del tren presta atención y, al parecer, está sorprendido. Las ruedas golpean rítmicamente, y nosotros, sin haber tenido tiempo de subir, colgamos alrededor del «americano» en las escaleras, representando a pasajeros «temerarios». He aquí la parada, ya estamos en el lugar, atravesamos un largo patio y nos encontramos con el cordial camarada comisario G.

– ¡Hay trabajo, pero poca gente! Sólo 30, ¡y en 6 horas tenemos que sacar de la reparación media una docena del diablo de vagones! Ahí están las ruedas marcadas, hay no sólo vagones vacíos, sino también un cisterna lleno… pero no importa, «¡nos adaptaremos!», camaradas.

El trabajo hierve. Yo, con cinco camaradas, trabajo con palancas. Estos pares de ruedas de 60 y 70 puds, bajo la presión de nuestros hombros, con dos palancas, dirigidas por el camarada «cabecilla», saltan ágil y gallardamente de una vía a otra. Un par está retirado, otro nuevo en su lugar. Ya todos tienen su sitio, y nosotros, esta chatarra desgastada, la «despachamos» rápidamente por los rieles al cobertizo… ¡Uno, dos, tres!, son elevados al aire por una palanca giratoria de hierro, y ya no están en los rieles. Allí, en la oscuridad, suenan martillazos, los camaradas trabajan rápidamente como abejas junto a sus vagones «enfermos». Y hacen carpintería, pintura, techan el techo, el trabajo hierve para nuestra alegría y la del camarada comisario. Y luego nuestras manos fueron necesarias también para los herreros. En la fragua portátil yace una «regla» al rojo vivo, es decir, una barra de vagón con un gancho, doblada por un golpe torpe. Blanca, con chispas, se encontró sobre una placa de hierro fundido y con nuestros golpes hábiles, bajo la mirada experta de un camarada experimentado, recupera su forma normal. Está aún blanca-roja, y ya sobre nuestros hombros es llevada rápidamente a su lugar y, con chispas, insertada en un agujero de hierro; unos cuantos golpes, y está en su sitio. Nos metemos debajo del vagón. Allí, el mecanismo de estos enganches y reglas no es tan sencillo como parece; hay todo un sistema con remaches y un muelle espiral…

El trabajo hierve, la noche oscurece, las antorchas arden más brillantes. Pronto termina. Parte de los camaradas se ha «acurrucado» junto a un montón de llantas y «toma» té caliente. Fresca está la noche de mayo, y hermoso es el cuarto creciente en el cielo. Bromas, risas, humor sano.

– ¡Camarada G., deja el trabajo, te bastan 13 vagones!

Pero al camarada G. le parece poco.

Terminado el té, entonan sus canciones de victoria, salimos…».

El movimiento a favor de la organización de «sábados comunistas» no se limita a Moscú. «Pravda» del 6 de junio informó:

«El 31 de mayo, en Tver, tuvo lugar el primer sábado comunista. En el ferrocarril trabajaron 128 comunistas. En 3,5 horas se cargaron y descargaron 14 vagones, se sacaron de reparación 3 locomotoras, se aserraron 10 sazhens de leña y se realizaron otros trabajos. La intensidad del trabajo de los obreros calificados comunistas superó la productividad ordinaria en 13 veces».

Luego, en «Pravda» del 8 de junio, leemos:

SÁBADOS COMUNISTAS

«Sarárov, 5 de junio. Los ferroviarios comunistas, respondiendo al llamamiento de los camaradas de Moscú, en la asamblea general del partido resolvieron: trabajar los sábados durante cinco horas extraordinarias gratuitamente para mantener la economía nacional».

He citado con el mayor detalle y exhaustividad las informaciones sobre los sábados comunistas, porque aquí, sin duda, observamos uno de los aspectos más importantes de la construcción comunista, al que nuestra prensa presta insuficiente atención y que todos aún no hemos valorado suficientemente.

Menos verborrea política, más atención a los hechos más simples, pero vivos, tomados de la vida, comprobados por la vida, de la construcción comunista: esta consigna debemos repetirla incansablemente todos nosotros, nuestros escritores, agitadores, propagandistas, organizadores, etc.

Es natural e inevitable que en el primer tiempo después de la revolución proletaria nos ocupe ante todo la tarea principal y fundamental, la de vencer la resistencia de la burguesía, derrotar a los explotadores, reprimir su conjura (como la «conjura de los esclavistas» para entregar Petersburgo, en la que participaron todos, desde la centuria negra y los kadetes hasta los mencheviques y eseristas inclusive{1}). Pero junto a esta tarea se plantea igualmente inevitable –y cuanto más, más– otra tarea más esencial: la de la construcción positiva comunista, la creación de nuevas relaciones económicas, de una nueva sociedad.

La dictadura del proletariado –como ya he tenido ocasión de señalar repetidas veces, entre otras en el discurso del 12 de marzo en la sesión del Soviet de Petrogrado– no es sólo la violencia contra los explotadores, ni siquiera principalmente la violencia. La base económica de esta violencia revolucionaria, la garantía de su vitalidad y éxito, es que el proletariado representa y realiza un tipo más elevado de organización social del trabajo en comparación con el capitalismo. En esto está la esencia. En esto está la fuente de la fuerza y la garantía de la inevitable victoria completa del comunismo.

La organización señorial del trabajo social se sostenía sobre la disciplina del palo, en medio de la extrema ignorancia y el embrutecimiento de los trabajadores, a quienes saqueaba y vejaba un puñado de terratenientes. La organización capitalista del trabajo social se sostenía sobre la disciplina del hambre, y la inmensa masa de trabajadores, a pesar de todo el progreso de la cultura burguesa y de la democracia burguesa, seguía siendo en las repúblicas más avanzadas, civilizadas y democráticas una masa oscura y embrutecida de esclavos asalariados o de campesinos oprimidos, a quienes saqueaba y vejaba un puñado de capitalistas. La organización comunista del trabajo social, cuyo primer paso es el socialismo, se sostiene –y cuanto más, más se sostendrá– sobre la disciplina libre y consciente de los propios trabajadores, que han derribado el yugo tanto de los terratenientes como de los capitalistas.

Esta nueva disciplina no cae del cielo ni nace de buenos deseos; brota de las condiciones materiales de la gran producción capitalista, únicamente de ellas. Sin ellas es imposible. Y el portador de estas condiciones materiales o su conductor es una clase histórica determinada, creada, organizada, cohesionada, instruida, ilustrada, templada por el gran capitalismo. Esta clase es el proletariado.

La dictadura del proletariado, si se traduce esta expresión latina, científica, histórico-filosófica a un lenguaje más simple, significa esto: sólo una clase determinada, a saber, los obreros urbanos y, en general, los obreros de fábrica, los obreros industriales, es capaz de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados en la lucha por derribar el yugo del capital, en el curso mismo del derrocamiento, en la lucha por mantener y consolidar la victoria, en la obra de edificación del nuevo régimen social, socialista, en toda la lucha por la completa destrucción de las clases. (Observemos entre paréntesis: la diferencia científica entre socialismo y comunismo consiste solamente en que la primera palabra designa la primera fase de la nueva sociedad que brota del capitalismo, y la segunda palabra designa una fase superior y ulterior de la misma.)

El error de la Internacional «de Berna», amarilla, consiste en que sus jefes reconocen sólo de palabra la lucha de clases y el papel dirigente del proletariado, temiendo llevar el pensamiento hasta el fin, temiendo precisamente esa conclusión inevitable que es especialmente temible para la burguesía y absolutamente inaceptable para ella. Temen reconocer que la dictadura del proletariado es también un período de lucha de clases, inevitable mientras no hayan sido destruidas las clases, y que cambia sus formas, volviéndose al principio, después del derrocamiento del capital, particularmente encarnizada y particularmente singular. Al conquistar el poder político, el proletariado no cesa la lucha de clases, sino que la continúa –hasta la destrucción de las clases,– pero, claro está, en otras condiciones, en otra forma, con otros medios.

Y ¿qué significa «destrucción de las clases»? Todos los que se llaman socialistas reconocen este fin último del socialismo, pero no todos meditan en su significado. Se denominan clases a grandes grupos de personas que se diferencian por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por su relación (en su mayoría fijada y formulada en leyes) con los medios de producción, por su papel en la organización social del trabajo y, por consiguiente, por los modos de obtener y la magnitud de la parte de la riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de personas, de los cuales uno puede apropiarse el trabajo de otro gracias a la diferencia de su lugar en un determinado sistema de economía social.

Está claro que, para la completa destrucción de las clases, no basta derrocar a los explotadores, a los terratenientes y capitalistas, no basta abolir su propiedad; es necesario abolir también toda propiedad privada sobre los medios de producción, es necesario destruir tanto la diferencia entre la ciudad y el campo como la diferencia entre los hombres que realizan trabajo físico y los que realizan trabajo intelectual. Esto es una tarea muy larga. Para llevarla a cabo, se necesita un enorme paso adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas; hay que vencer la resistencia (a menudo pasiva, que es particularmente tenaz y particularmente difícil de vencer) de los numerosos restos de la pequeña producción, hay que vencer la enorme fuerza de la costumbre y la inercia ligada a esos restos.

Suponer que todos los «trabajadores» son igualmente capaces de realizar esta obra sería una frase huera o una ilusión de un socialista antediluviano, premarxiano. Pues esa capacidad no se da por sí misma, sino que crece históricamente y sólo crece a partir de las condiciones materiales de la gran producción capitalista. Esta capacidad la posee, al comienzo del camino del capitalismo al socialismo, únicamente el proletariado. Él es capaz de realizar la gigantesca tarea que pesa sobre él, en primer lugar, porque es la clase más fuerte y más avanzada de las sociedades civilizadas; en segundo lugar, porque en los países más desarrollados constituye la mayoría de la población; en tercer lugar, porque en los países capitalistas atrasados, como Rusia, la mayoría de la población pertenece a los semiproletarios, es decir, a personas que constantemente han pasado parte del año de manera proletaria, que constantemente se han ganado el sustento, en parte, mediante el trabajo asalariado en empresas capitalistas.

Quien intenta resolver las tareas de la transición del capitalismo al socialismo partiendo de frases generales sobre la libertad, la igualdad, la democracia en general, la igualdad de la democracia obrera, etc. (como hacen Kautsky, Mártov y otros héroes de la Internacional de Berna, amarilla), sólo demuestra con ello su naturaleza de pequeños burgueses, filisteos, hombres del montón, que arrastran servilmente en el plano ideológico tras la burguesía. La solución correcta de esta tarea sólo puede darla el estudio concreto de las relaciones particulares entre la clase particular que ha conquistado el poder político, a saber, el proletariado, y toda la masa no proletaria, así como semiproletaria, de la población trabajadora, relaciones que se forman no en un ambiente fantásticamente armónico, «ideal», sino en el ambiente real de la furiosa y múltiple resistencia por parte de la burguesía.

La inmensa mayoría de la población de cualquier país capitalista, incluso en Rusia, –y más aún la población trabajadora– ha experimentado miles de veces en sí misma y en sus allegados la opresión del capital, el saqueo por su parte, toda clase de atropellos. La guerra imperialista –es decir, el asesinato de diez millones de personas para resolver la cuestión de si el capital inglés o el alemán obtendrá la primacía en el saqueo del mundo entero– agudizó, extendió y profundizó extraordinariamente esas experiencias, obligó a tomarlas conciencia. De ahí la inevitable simpatía de la inmensa mayoría de la población y, especialmente, de la masa de trabajadores hacia el proletariado, porque con heroica audacia, con implacabilidad revolucionaria, derriba el yugo del capital, derriba a los explotadores, reprime su resistencia, se abre camino con su sangre hacia la creación de una nueva sociedad, en la que no habrá lugar para los explotadores.

Por grandes que sean, por inevitables que sean las vacilaciones y oscilaciones pequeñoburguesas hacia atrás, hacia el «orden» burgués, bajo el «ala» de la burguesía, por parte de las masas trabajadoras no proletarias y semiproletarias, sin embargo, no pueden dejar de reconocer la autoridad moral y política del proletariado, que no sólo derriba a los explotadores y reprime su resistencia, sino que también construye un nuevo vínculo social superior, una nueva disciplina social: la disciplina de los trabajadores conscientes y unidos, que no conocen por encima de sí yugo alguno ni poder alguno, fuera del poder de su propia unión, de su propia vanguardia, más consciente, audaz, cohesionada, revolucionaria y firme.

Para vencer, para crear y consolidar el socialismo, el proletariado debe resolver una doble o bifronte tarea: primero, arrastrar con su heroísmo sin reservas en la lucha revolucionaria contra el capital a toda la masa de trabajadores y explotados, arrastrarla, organizarla, dirigirla para el derrocamiento de la burguesía y la completa represión de toda resistencia por su parte; segundo, conducir tras de sí a toda la masa de trabajadores y explotados, así como a todas las capas pequeñoburguesas, por el camino de la nueva construcción económica, por el camino de la creación de un nuevo vínculo social, de una nueva disciplina del trabajo, de una nueva organización del trabajo, que una la última palabra de la ciencia y de la técnica capitalista con la unión masiva de trabajadores conscientes que crean la gran producción socialista.

Esta segunda tarea es más difícil que la primera, porque en ningún caso puede resolverse con el heroísmo de un ímpetu aislado, sino que requiere el heroísmo más prolongado, más tenaz, más difícil del trabajo masivo y cotidiano. Pero esta tarea es también más esencial que la primera, porque en última instancia la fuente más profunda de fuerza para las victorias sobre la burguesía y la única garantía de la solidez e inalienabilidad de estas victorias sólo puede ser el modo de producción social nuevo, más elevado, la sustitución de la producción capitalista y pequeñoburguesa por la gran producción socialista.

Los «sábados comunistas» tienen precisamente por esto una enorme importancia histórica, porque nos muestran la iniciativa consciente y voluntaria de los obreros en el desarrollo de la productividad del trabajo, en el paso a una nueva disciplina del trabajo, en la creación de condiciones socialistas de economía y de vida.

Uno de los pocos –más exacto sería decir: uno de los excepcionalmente raros– demócratas burgueses de Alemania que, después de las lecciones de 1870–1871, no pasaron al chovinismo ni al nacional-liberalismo, sino al socialismo, I. Jacobi, dijo que la fundación de una sola unión obrera tiene mayor importancia histórica que la batalla de Sadowa{2}. Esto es justo. La batalla de Sadowa decidía la cuestión de la primacía de una de las dos monarquías burguesas, la austriaca o la prusiana, en la creación del Estado nacional capitalista alemán. La fundación de una sola unión obrera fue un pequeño paso hacia la victoria mundial del proletariado sobre la burguesía. Así también podemos decir que el primer sábado comunista, organizado el 10 de mayo de 1919 por los obreros ferroviarios del Ferrocarril Moscú-Kazán en Moscú, tiene mayor importancia histórica que cualquier victoria de Hindenburg o de Foch y los ingleses en la guerra imperialista de 1914–1918. Las victorias de los imperialistas son una matanza de millones de obreros por las ganancias de los multimillonarios angloamericanos y franceses, son el salvajismo del capitalismo moribundo, ahito, podrido en vida. El sábado comunista de los obreros ferroviarios del Ferrocarril Moscú-Kazán es una de las células de la nueva sociedad, la sociedad socialista, que trae a todos los pueblos de la tierra la liberación del yugo del capital y de las guerras.

Los señores burgueses y sus secuaces, incluyendo a mencheviques y eseristas, que están acostumbrados a considerarse representantes de la «opinión pública», se mofan, naturalmente, de las esperanzas de los comunistas, llaman a esas esperanzas «un baobab en una maceta de reseda», se ríen del insignificante número de sábados en comparación con los casos masivos de hurtos, holgazanería, descenso de la productividad, deterioro de materias primas, deterioro de productos, etc. Responderemos a estos señores: si la intelectualidad burguesa hubiera puesto sus conocimientos al servicio de los trabajadores, y no de los capitalistas rusos y extranjeros para restaurar su poder, el viraje habría sido más rápido y más pacífico. Pero esto es una utopía, porque la cuestión se decide por la lucha de clases, y la mayoría de la intelectualidad tira hacia la burguesía. No con la ayuda de la intelectualidad, sino a pesar de su oposición (al menos en la mayoría de los casos) vencerá el proletariado, eliminando a los intelectuales irremediablemente burgueses, transformando, reeducando, sometiendo a los vacilantes, conquistando poco a poco a la mayor parte de ellos para su lado. El regocijo malicioso por las dificultades y fracasos del viraje, la siembra del pánico, la propaganda del retroceso: todos son instrumentos y procedimientos de la lucha de clases de la intelectualidad burguesa. El proletariado no se dejará engañar por esto.

Y si tomamos la cuestión en el fondo, ¿se ha dado alguna vez en la historia que un nuevo modo de producción arraigara inmediatamente, sin una larga serie de fracasos, errores, recaídas? Medio siglo después de la caída de la servidumbre, en el campo ruso quedaban aún no pocos rezagos de servidumbre. Medio siglo después de la abolición de la esclavitud de los negros en América, la situación de los negros allí seguía siendo a menudo semiesclava. La intelectualidad burguesa, incluidos mencheviques y eseristas, es fiel a sí misma, sirve al capital y conserva una argumentación completamente falsa: antes de la revolución del proletariado nos reprochaban el utopismo, ¡y después de ella nos exigen una superación fantásticamente rápida de las huellas del pasado!

Pero nosotros no somos utopistas y conocemos el verdadero valor de los «argumentos» burgueses, sabemos también que las huellas de lo viejo en las costumbres durante un tiempo determinado después del viraje predominarán inevitablemente sobre los brotes de lo nuevo. Cuando lo nuevo acaba de nacer, lo viejo siempre sigue siendo, durante algún tiempo, más fuerte que él; esto es siempre así en la naturaleza y en la vida social. La mofa por la debilidad de los brotes de lo nuevo, el barato escepticismo intelectual y cosas por el estilo, todo esto es, en el fondo, un procedimiento de la lucha de clases de la burguesía contra el proletariado, la defensa del capitalismo contra el socialismo. Debemos estudiar cuidadosamente los brotes de lo nuevo, tratarles con la máxima atención, ayudarles a crecer en todas las formas posibles y «cuidar» de estos brotes débiles. Es inevitable que algunos de ellos perezcan. No se puede garantizar que precisamente los «sábados comunistas» desempeñen un papel particularmente importante. No se trata de eso. Se trata de apoyar todos y cada uno de los brotes de lo nuevo, de los cuales la vida seleccionará los más vitales. Si un científico japonés, para ayudar a los hombres a vencer la sífilis, tuvo la paciencia de probar 605 preparados hasta elaborar el 606, que satisface ciertos requisitos, entonces los que quieren resolver una tarea más difícil, vencer el capitalismo, deben tener la constancia suficiente para probar centenares y miles de nuevos procedimientos, métodos, medios de lucha para elaborar los más adecuados entre ellos.

Los «sábados comunistas» son tan importantes porque los iniciaron obreros no colocados en condiciones excepcionalmente buenas, sino obreros de diversas especialidades, incluyendo obreros sin especialidad, peones, colocados en condiciones ordinarias, es decir, las más duras. Todos conocemos bien la condición fundamental de la caída de la productividad del trabajo, que se observa no sólo en Rusia, sino en todo el mundo: la ruina y el empobrecimiento, la exasperación y el cansancio causados por la guerra imperialista, las enfermedades y la desnutrición. Esto último, por su importancia, ocupa el primer lugar. El hambre, he ahí la causa. Y para eliminar el hambre, se necesita un aumento de la productividad del trabajo, tanto en la agricultura como en el transporte y en la industria. Se obtiene, por consiguiente, una especie de círculo vicioso: para elevar la productividad del trabajo, hay que salvarse del hambre, y para salvarse del hambre, hay que elevar la productividad del trabajo.

Es sabido que contradicciones semejantes se resuelven en la práctica mediante la ruptura de este círculo vicioso, mediante el viraje en el estado de ánimo de las masas, la iniciativa heroica de grupos aislados, que, sobre el fondo de tal viraje, desempeña a menudo un papel decisivo. Los peones de Moscú y los ferroviarios de Moscú (naturalmente, teniendo en cuenta a la mayoría, no al puñado de especuladores, administrativos y demás guardia blanca), son trabajadores que viven en condiciones terriblemente difíciles. La desnutrición constante, y ahora, antes de la nueva cosecha, con el empeoramiento general de la situación alimenticia, directamente el hambre. Y he aquí que estos obreros hambrientos, rodeados de la maliciosa agitación contrarrevolucionaria de la burguesía, mencheviques y eseristas, organizan «sábados comunistas», trabajan horas extraordinarias sin ninguna paga y obtienen un enorme aumento de la productividad del trabajo, a pesar de que están cansados, agotados, extenuados por la desnutrición. ¿No es esto el heroísmo más grande? ¿No es esto el comienzo de un viraje de importancia histórico-mundial?

La productividad del trabajo es, en última instancia, lo más importante, lo más principal para la victoria del nuevo régimen social. El capitalismo creó una productividad del trabajo desconocida bajo la servidumbre. El capitalismo puede ser definitivamente vencido y será definitivamente vencido porque el socialismo crea una productividad del trabajo nueva, mucho más elevada. Esto es una tarea muy difícil y muy larga, pero ha sido iniciada; he aquí lo más importante. Si en la hambrienta Moscú, en el verano de 1919, los obreros hambrientos, que han vivido los duros cuatro años de la guerra imperialista y luego un año y medio de una guerra civil aún más dura, han podido iniciar esta gran obra, ¿cómo será el desarrollo ulterior, cuando hayamos vencido en la guerra civil y conquistado la paz?

El comunismo es la productividad del trabajo superior, frente a la capitalista, de los obreros voluntarios, conscientes, unidos, que utilizan la técnica avanzada. Los sábados comunistas son extraordinariamente valiosos como comienzo real del comunismo, y esto es una gran rareza, pues nos encontramos en una etapa en la que «sólo se dan los primeros pasos hacia la transición del capitalismo al comunismo» (como se dice, con toda razón, en nuestro programa del partido{3}).

El comunismo comienza allí donde aparece el cuidado desinteresado, que vence el duro trabajo, de los obreros corrientes por el aumento de la productividad del trabajo, por la conservación de cada pud de pan, de carbón, de hierro y de otros productos, que no corresponden a los que trabajan personalmente ni a sus «prójimos», sino a los «lejanos», es decir, a toda la sociedad en su conjunto, a decenas y centenares de millones de personas, unidas primero en un solo Estado socialista, luego en la Unión de Repúblicas Soviéticas.

Carlos Marx, en «El Capital», se burla de la pomposidad y ampulosidad de la gran carta de libertades y derechos del hombre burgués-democrática, de toda esa fraseología sobre la libertad, la igualdad, la fraternidad en general, que deslumbra a los pequeñoburgueses y filisteos de todos los países hasta llegar a los actuales viles héroes de la vil Internacional de Berna. Marx contrapone a esas pomposas declaraciones de derechos la simple, modesta, práctica y cotidiana forma de plantear la cuestión por el proletariado: la reducción estatal de la jornada laboral, he aquí uno de los ejemplos típicos de tal planteamiento{4}. Toda la justeza y toda la profundidad de la observación de Marx se nos revela tanto más clara, tanto más evidente, cuanto más se despliega el contenido de la revolución proletaria. Las «fórmulas» del verdadero comunismo se distinguen de la pomposa, artificiosa, solemne fraseología de los Kautsky, mencheviques y eseristas con sus simpáticos «hermanitos» de Berna precisamente en que lo reducen todo a las condiciones del trabajo. Menos charlatanería sobre la «democracia obrera», sobre la «libertad, igualdad, fraternidad», sobre el «poder popular» y demás: el obrero y campesino consciente de nuestros días distingue tan fácilmente en estas frases infladas el timo del intelectual burgués como cualquier persona experimentada en la vida, mirando la fisonomía y el aspecto impecablemente «lisos» de un «hombre nóble», determina en seguida y sin error: «Con toda probabilidad, un estafador».

Menos frases pomposas, más obra simple, cotidiana, más cuidado por el pud de pan y el pud de carbón. Más cuidado para que este pud de pan y este pud de carbón, necesarios para el obrero hambriento y para el campesino andrajoso y desnudo, se obtengan no mediante tratos mercantiles, no de manera capitalista, sino mediante el trabajo consciente, voluntario, heroicamente abnegado de los sencillos trabajadores, como los peones y ferroviarios del Ferrocarril Moscú-Kazán.

Debemos reconocer todos que las huellas del enfoque burgués-intelectual, fraseológico, de las cuestiones de la revolución se manifiestan a cada paso por doquier, incluso en nuestras filas. Nuestra prensa, por ejemplo, combate poco contra estos restos podridos del podrido pasado burgués-democrático, apoya poco los brotes simples, modestos, cotidianos, pero vivos, del verdadero comunismo.

Tomemos la situación de la mujer. Ningún partido democrático en el mundo, en ninguna de las repúblicas burguesas más avanzadas, ha hecho en decenios, en este aspecto, ni la centésima parte de lo que hicimos nosotros en el primer año de nuestro poder. No dejamos en el verdadero sentido de la palabra piedra sobre piedra de esas infames leyes sobre la desigualdad de la mujer, sobre las trabas al divorcio, sobre las repugnantes formalidades que lo rodean, sobre el no reconocimiento de los hijos nacidos fuera del matrimonio, sobre la búsqueda de sus padres, etc., leyes cuyos restos son numerosos en todos los países civilizados para vergüenza de la burguesía y del capitalismo. Tenemos mil veces derecho a sentirnos orgullosos de lo que hemos hecho en este campo. Pero cuanto más limpiemos el terreno de los escombros de las viejas leyes e instituciones burguesas, tanto más claro se nos ha hecho que esto es sólo la limpieza del terreno para la construcción, pero no la construcción misma.

La mujer continúa siendo la esclava doméstica, a pesar de todas las leyes liberadoras, pues la aplasta, la ahoga, la embrutece, la envilece la pequeña economía doméstica, que la encadena a la cocina y a la habitación de los niños, que derrocha su trabajo en una labor salvajemente improductiva, mezquina, enervante, embrutecedora, que la atrofia. La verdadera liberación de la mujer, el verdadero comunismo, comenzará sólo allí y entonces, donde y cuando comience la lucha masiva (dirigida por el proletariado que detenta el poder estatal) contra esta pequeña economía doméstica, o, más exactamente, su reconstrucción masiva en una gran economía socialista.

¿Prestamos suficiente atención en la práctica a esta cuestión, que teóricamente es indiscutible para todo comunista? Claro que no. ¿Cuidamos con suficiente solicitud los brotes del comunismo ya existentes en este campo? Otra vez, no y no. Los comedores públicos, las guarderías, los jardines de infancia: he aquí ejemplos de estos brotes, he aquí esos medios simples, cotidianos, que no presuponen nada pomposo, ampuloso, solemne, y que en la práctica son capaces de liberar a la mujer, en la práctica capaces de disminuir y abolir su desigualdad con el hombre por su papel en la producción social y en la vida social. Estos medios no son nuevos, han sido creados (como todas las premisas materiales del socialismo) por el gran capitalismo, pero bajo él quedaron, primero, como una rareza; segundo –y esto es especialmente importante– o bien eran empresas mercantiles, con todos los peores aspectos de la especulación, la ganancia, el engaño, la falsificación, o bien eran «acrobacias de la beneficencia burguesa», que los mejores obreros odiaban y despreciaban con razón.

No hay duda de que en nuestro país hay muchos más de estos establecimientos y que empiezan a cambiar su carácter. No hay duda de que entre las obreras y campesinas hay muchas más veces de las que conocemos talentos de organizadoras, personas que poseen la habilidad de poner en marcha un asunto práctico, con la participación de un gran número de trabajadores y un número aún mayor de consumidores, sin esa abundancia de frases, ajetreo, riñas, charlatanería sobre planes, sistemas, etc., de la que «padece» continuamente la «intelectualidad», que se cree desmesuradamente importante, o los «comunistas» prematuros. Pero nosotros no cuidamos como es debido de estos brotes de lo nuevo.

Mirad a la burguesía. ¡Qué magníficamente sabe hacer publicidad de lo que le es útil! ¡Cómo son elogiados en millones de ejemplares de sus periódicos las empresas «ejemplares» a los ojos de los capitalistas, cómo de las instituciones burguesas «ejemplares» se hace un motivo de orgullo nacional! Nuestra prensa no se preocupa, o casi no se preocupa, de describir los mejores comedores o guarderías, de conseguir con instancias diarias que algunos de ellos se conviertan en ejemplares, de hacerles publicidad, de describir detalladamente qué economía de trabajo humano, qué comodidades para los consumidores, qué ahorro de producto, qué liberación de la mujer de la esclavitud doméstica, qué mejora de las condiciones sanitarias se alcanza con el trabajo comunista ejemplar, puede alcanzarse, puede extenderse a toda la sociedad, a todos los trabajadores.

La producción ejemplar, los sábados comunistas ejemplares, la solicitud y honradez ejemplares en la obtención y distribución de cada pud de pan, los comedores ejemplares, la limpieza ejemplar de tal casa obrera, de tal barrio: todo esto debe constituir, diez veces más que ahora, objeto de atención y cuidado tanto de nuestra prensa como de cada organización obrera y campesina. Todo esto son brotes del comunismo, y el cuidado de estos brotes es nuestro deber común y primordial. Por difícil que sea nuestra situación alimenticia y productiva, sin embargo, en este año y medio de poder bolchevique, el avance en todo el frente es indudable: las acopios de pan aumentaron de 30 millones de puds (del 1.VIII.1917 al 1.VIII.1918) a 100 millones de puds (del 1.VIII.1918 al 1.V.1919); la horticultura se ha incrementado, la falta de siembra de cereales ha disminuido, el transporte ferroviario ha comenzado a mejorar, a pesar de las gigantescas dificultades con el combustible, etc. Sobre este fondo general, y con el apoyo del poder estatal proletario, los brotes del comunismo no se marchitarán, sino que crecerán y se desarrollarán en un comunismo completo.

Es necesario meditar bien el significado de los «sábados comunistas», para extraer de este gran inicio todas las lecciones prácticas de enorme importancia que se derivan de él.

El apoyo multilateral a este inicio es la primera y principal lección. La palabra «comuna» se ha puesto entre nosotros demasiado fácilmente en uso. Toda empresa iniciada por comunistas o con su participación es, a menudo, declarada inmediatamente «comuna», y con ello se olvida a menudo que este título tan honroso hay que conquistarlo con un largo y tenaz trabajo, conquistarlo con un éxito práctico demostrado en la construcción verdaderamente comunista.

Por eso, a mi juicio, es totalmente correcta la decisión, madurada en la mayoría del CEC, de derogar el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo en lo que se refiere a la denominación de «comunas de consumo»{5}. Que haya un nombre más sencillo; así, además, las deficiencias y faltas de los primeros pasos del nuevo trabajo de organización no se cargarán a la cuenta de las «comunas», sino que recaerán (como es justo que sea) sobre los malos comunistas. Sería muy útil desterrar la palabra «comuna» del uso corriente, prohibir que el primer venido se apropie de esta palabra, o reconocer esta denominación únicamente para las comunas reales que realmente hayan demostrado en la práctica (y confirmado con el reconocimiento unánime de toda la población circundante) su capacidad, su habilidad para organizar el asunto de manera comunista. ¡Primero demuestra tu capacidad para el trabajo gratuito en interés de la sociedad, en interés de todos los trabajadores, tu capacidad de «trabajar a la revolucionaria», de aumentar la productividad del trabajo, de organizar el asunto de manera ejemplar, y luego tiende la mano hacia el honorífico título de «comuna»!

En este aspecto, los «sábados comunistas» son la excepción más valiosa. Pues aquí los peones y los obreros ferroviarios del Ferrocarril Moscú-Kazán demostraron primero en la práctica que son capaces de trabajar como comunistas, y luego dieron a su iniciativa el nombre de «sábados comunistas». Hay que conseguir y lograr que en adelante sea así; que todo aquel que llame comuna a su empresa, institución o asunto, sin demostrar con duro trabajo y éxito práctico de un largo trabajo, con una organización ejemplar y verdaderamente comunista de la obra, sea objeto de despiadada mofa y se le cubra de vergüenza como a un charlatán o charlatán.

El gran inicio de los «sábados comunistas» debe ser utilizado también en otro aspecto, a saber: para la depuración del partido. Es completamente inevitable que en el primer tiempo después del viraje, cuando la masa de personas «honestas» y de espíritu pequeño-burgués se sentía especialmente medrosa, cuando la intelectualidad burguesa, incluyendo, por supuesto, a mencheviques y eseristas, saboteaba en masa, haciendo el lacayo ante la burguesía, es completamente inevitable que al partido gobernante se adhirieran aventureros y otros elementos nocivos. Ninguna revolución ha estado ni puede estar exenta de esto. Todo consiste en que el partido gobernante, que se apoya en una clase avanzada sana y fuerte, sepa depurar sus filas.

En este aspecto comenzamos el trabajo hace tiempo. Hay que continuarlo sin desviaciones y sin descanso. La movilización de los comunistas para la guerra nos ayudó: los cobardes y los canallas huyeron del partido. ¡Buen viaje! Semejante disminución del número de miembros del partido es un enorme aumento de su fuerza y peso. Hay que continuar la depuración, utilizando la iniciativa de los «sábados comunistas»: admitir en el partido sólo después de, digamos, medio año de «prueba» o «stage», consistente en «trabajo a la revolucionaria». Exigir la misma comprobación a todos los miembros del partido que ingresaron después del 25 de octubre de 1917 y que no hayan demostrado con trabajos o méritos especiales su absoluta confiabilidad, fidelidad y capacidad para ser comunistas.

La depuración del partido, unida al incesante aumento de sus exigencias en cuanto al trabajo verdaderamente comunista, mejorará el aparato del poder estatal y acercará gigantescamente el tránsito definitivo del campesinado al lado del proletariado revolucionario.

Los «sábados comunistas», entre otras cosas, arrojaron una luz extraordinariamente viva sobre el carácter de clase del aparato del poder estatal bajo la dictadura del proletariado. El Comité Central del partido escribe una carta sobre el «trabajo a la revolucionaria»[1]. La idea ha sido lanzada por el Comité Central del partido de 100 a 200 mil miembros (supongo que tantos quedarán después de una depuración seria, porque ahora hay más).

La idea ha sido recogida por los obreros organizados sindicalmente. Tenemos en Rusia y Ucrania hasta 4 millones. En su abrumadora mayoría están por el poder estatal proletario, por la dictadura del proletariado. 200.000 y 4.000.000: he aquí la correlación de «ruedas dentadas», si se permite expresarse así. Y más allá vienen las decenas de millones del campesinado, que se divide en tres grupos principales: el más numeroso y el más cercano al proletariado, los semiproletarios o pobres; luego, el campesinado medio; por último, el muy poco numeroso: los kulaks o burguesía rural.

Mientras exista la posibilidad de comerciar con pan y especular con el hambre, el campesino sigue siendo (y esto es inevitable durante un cierto período de tiempo bajo la dictadura del proletariado) medio trabajador, medio especulador. Como especulador, es hostil a nosotros, hostil al Estado proletario, se inclina a estar de acuerdo con la burguesía y sus fieles lacayos, hasta el menchevique Sher o el eserista B. Chernenkov, que están por la libertad de comercio de granos. Pero como trabajador, el campesino es amigo del Estado proletario, el más fiel aliado del obrero en la lucha contra el terrateniente y contra el capitalista. Como trabajador, el campesino, en su enorme masa de muchos millones, apoya la «máquina» del Estado que está encabezada por un centenar o doscientos mil de la vanguardia comunista proletaria y que se compone de millones de proletarios organizados.

No ha existido en el mundo un Estado más democrático, en el verdadero sentido de la palabra, más estrechamente unido a las masas trabajadoras y explotadas.

Precisamente ese trabajo proletario, que se señala con los «sábados comunistas» y se lleva a la práctica mediante ellos, trae consigo la consolidación definitiva del respeto y el amor al Estado proletario por parte del campesinado. Ese trabajo –y sólo él– convence definitivamente al campesino de nuestra razón, de la razón del comunismo, hace del campesino nuestro partidario sin reservas, y esto significa: conduce a la superación completa de las dificultades alimenticias, a la victoria completa del comunismo sobre el capitalismo en la cuestión de la producción y distribución del pan, conduce a la consolidación incondicional del comunismo.

28 de junio de 1919.

[1] Se refiere a la carta del Comité Central del PCR(b) «Todo el mundo al trabajo de prensa», publicada el 29 de agosto de 1918 en el nº 187 de «Pravda». (Nota del autor.)

{1} Nota de Lenin: Se trata de la conjura para la entrega de Petrogrado en junio de 1919, en la que participaron, según los datos de la investigación, representantes de los kadetes, mencheviques, eseristas y de la «centuria negra». – Ed.

{2} Nota de Lenin: La batalla de Sadowa (o de Königgrätz) tuvo lugar el 3 de julio de 1866 entre los prusianos y los austriacos durante la guerra austro-prusiana y terminó con la derrota de los austriacos. Jacobi se refería a la fundación de la «Unión General de Trabajadores Alemanes» por Lassalle. – Ed.

{3} Nota de Lenin: Se refiere al Programa del Partido Comunista de Rusia (bolchevique), adoptado por el VIII Congreso del partido en marzo de 1919. – Ed.

{4} Nota de Lenin: Véase K. Marx, «El Capital», t. I, capítulo VIII, «La jornada de trabajo» (K. Marx y F. Engels, Obras, 2ª ed. rus., t. 23, págs. 242-318). – Ed.

{5} Nota de Lenin: Se trata del decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo de la RSFSR de 16 de marzo de 1919 sobre las comunas de consumo. Posteriormente, por resolución del III Congreso de los Soviets, las comunas de consumo fueron rebautizadas como cooperativas de consumo. – Ed.