En el artículo: «La III Internacional y su lugar en la historia»[10] («La Internacional Comunista»{88} № 1, 1. V. 1919, pág. 38 de la edición rusa) señalé una de las manifestaciones más destacadas del derrumbe ideológico de los representantes de la vieja, podrida Internacional «bernense». Este derrumbe de los teóricos del socialismo reaccionario que no comprenden la dictadura del proletariado se expresó en la propuesta de los socialdemócratas «independientes» alemanes de combinar, unir, conciliar el parlamento burgués con el poder soviético.

Los teóricos más eminentes de la vieja Internacional, Kautsky, Hilferding, Otto Bauer y Cía., no comprendieron que proponían conciliar la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. ¡Hombres que se habían hecho un nombre y conquistado la simpatía de los obreros predicando la lucha de clases, explicando su necesidad, no comprendieron —en el momento más decisivo de la lucha por el socialismo— que entregaban por completo toda la doctrina de la lucha de clases, que renegaban totalmente de ella y en realidad pasaban al campo de la burguesía al tratar de conciliar la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado! Esto suena increíble, pero es un hecho.

Como rara excepción, hemos logrado ahora en Moscú obtener bastantes periódicos extranjeros, aunque dispersos, de modo que es posible reconstruir con más detalle —aunque, claro está, lejos de ser completa— la historia de las vacilaciones de los señores «independientes» en la cuestión más importante, teórica y práctica, de nuestro tiempo. Esta es la cuestión de la relación entre la dictadura (del proletariado) y la democracia (burguesa), o entre el poder soviético y el parlamentarismo burgués.

En su folleto «La dictadura del proletariado» (Viena, 1918), el señor Kautsky escribía que «la organización soviética es uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo. Promete adquirir un significado decisivo en las grandes batallas decisivas entre el capital y el trabajo, a las que nos encaminamos» (pág. 33 del folleto de Kautsky). Y añadía que los bolcheviques cometieron un error al convertir los Soviets de «organización de combate de una clase» en «organización estatal», «suprimiendo así la democracia» (ibíd.).

En mi folleto «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» (Petrogrado y Moscú, 1918) analicé detalladamente este razonamiento de Kautsky y mostré que contiene un olvido total de los fundamentos mismos de la doctrina marxista acerca del Estado[11]. Pues el Estado (todo Estado, incluso la república más democrática) no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra. Llamar a los Soviets organización de combate de la clase y negarles el derecho a convertirse en «organización estatal» significa en la práctica renegar del ABC del socialismo, declarar o defender la inviolabilidad de la máquina burguesa de opresión del proletariado (es decir, de la república burgués-democrática, del Estado burgués), significa pasar de hecho al campo de la burguesía.

Lo absurdo de la posición de Kautsky salta a la vista; la presión de las masas obreras que exigen el poder soviético es tan fuerte que a Kautsky y los kautskianos les ha tocado retirarse vergonzosamente y enredarse, pues no han sido capaces de confesar honradamente su error.

El 9 de febrero de 1919, en el periódico «La Libertad» («Freiheit»), órgano de los socialdemócratas «independientes» (del marxismo, pero totalmente dependientes de la democracia pequeñoburguesa) de Alemania, aparece un artículo del señor Hilferding que ya exige la transformación de los Soviets en organizaciones estatales, pero junto al parlamento burgués, a la «Asamblea Nacional», al mismo tiempo que ella. El 11 de febrero de 1919, en un manifiesto al proletariado alemán, todo el partido «independiente» adopta esta consigna (por consiguiente, también el señor Kautsky, que desdecía sus propias declaraciones hechas en otoño de 1918).

Este intento de conciliar la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado es una completa renuncia al marxismo y al socialismo en general, un olvido de la experiencia de los mencheviques y «socialistas-revolucionarios» rusos que desde el 6 de mayo de 1917 hasta el 25 de octubre de 1917 (estilo antiguo) realizaron la «experiencia» de combinar los Soviets como «organización estatal» con la estatalidad burguesa y fracasaron vergonzosamente en esta experiencia.

En el congreso del partido de los «independientes» (a principios de marzo de 1919), todo el partido se situó en esta posición de sabia unión de los Soviets con el parlamentarismo burgués. Pero he aquí que el nº 178 de «La Libertad» del 13 de abril de 1919 («Suplemento») comunica que la fracción de los «independientes» en el II Congreso de los Soviets propuso una resolución:

«El segundo Congreso de los Soviets se sitúa en el terreno del sistema soviético. De acuerdo con esto, la organización política y económica de Alemania debe basarse en la organización de los Soviets. Los Soviets de diputados obreros son la representación llamada de la población trabajadora en todos los ámbitos de la vida política y económica».

Y al mismo tiempo, la misma fracción propuso al Congreso un proyecto de «directrices» (Richtlinien), en el que leemos:

«El Congreso de los Soviets tiene todo el poder político... Tienen derecho a elegir y ser elegidos para los Soviets, sin distinción de sexo, quienes realizan un trabajo socialmente necesario y útil sin explotación del trabajo ajeno...».

Vemos, por consiguiente, cómo los jefes «independientes» resultaron ser unos míseros pequeñoburgueses, totalmente dependientes de los prejuicios filisteos de la parte más atrasada del proletariado. En otoño de 1918, estos jefes, por boca de Kautsky, reniegan de toda transformación de los Soviets en organizaciones estatales. En marzo de 1919, abandonan esta posición, arrastrándose a la zaga de la masa obrera. En abril de 1919, derriban la decisión de su congreso, pasando por completo a la posición de los comunistas: «Todo el poder a los Soviets».

De poco valen tales jefes. Ser indicador del estado de ánimo de la parte más atrasada del proletariado, que va detrás y no delante de la vanguardia, para eso no hacen falta jefes. Y con semejante falta de carácter con la que cambian sus consignas, estos jefes no valen nada. No se puede depositar confianza en ellos. Serán siempre un lastre, una cantidad negativa en el movimiento obrero.

El más «izquierdista» de ellos, un tal señor Däumig, razonaba en el congreso del partido (véase «La Libertad» del 9 de marzo) del modo siguiente:

«...Däumig declara que nada le separa de la exigencia de los comunistas: “Todo el poder a los Soviets de diputados obreros”. Pero debe manifestarse contra el putschismo practicado realmente por el partido comunista, y contra el bizantinismo que muestran hacia las masas, en lugar de educarlas. La conducta putschista y fragmentaria no puede llevar adelante...».

Por putschismo entienden los alemanes lo que los viejos revolucionarios en Rusia llamaban hace unos 50 años «estallidos», «fogonazos», la organización de pequeñas conspiraciones, atentados, insurrecciones, etc.

Acusando a los comunistas de «putschismo», el señor Däumig demuestra con ello únicamente su propio «bizantinismo», su servilismo lacayo hacia los prejuicios filisteos de la pequeña burguesía. La «izquierdismo» de semejante señor, que repite la consigna «de moda» por cobardía ante la masa, sin comprender el movimiento revolucionario de masas, no vale un céntimo.

En Alemania avanza una poderosa ola de movimiento huelguístico espontáneo. Un auge y crecimiento inauditos de la lucha proletaria, que supera al parecer lo que hubo en Rusia en 1905, cuando el movimiento huelguístico alcanzó una altura nunca vista en el mundo. ¡Hablar de «fogonazos» ante tal movimiento es ser un filisteo sin remedio y un lacayo de los prejuicios filisteos!

Los señores filisteos, con Däumig a la cabeza, sueñan probablemente con una revolución (si es que tienen en sus cabezas alguna idea acerca de la revolución) en la que las masas se levanten de golpe y completamente organizadas.

Tales revoluciones no existen ni pueden existir. El capitalismo no sería capitalismo si no mantuviera a las masas millonarias de trabajadores, a su inmensa mayoría, en la opresión, el envilecimiento, la necesidad y la oscuridad. El capitalismo no puede derrumbarse si no es por medio de la revolución, que levanta durante la lucha a masas antes no tocadas. Los estallidos espontáneos al crecer la revolución son inevitables. No ha habido ni puede haber ninguna revolución sin esto.

Que los comunistas contemporizan con la espontaneidad es una mentira del señor Däumig, una mentira del mismo género que la que hemos oído muchas veces de mencheviques y eseristas. Los comunistas no contemporizan con la espontaneidad, no están a favor de estallidos aislados. Los comunistas enseñan a las masas la acción organizada, unitaria, unánime, oportuna, madura. Las calumnias filisteas de los señores Däumig, Kautsky y Cía. no pueden refutar este hecho.

Pero los filisteos son incapaces de comprender que los comunistas consideran —y con toda razón— como su deber estar con las masas oprimidas en lucha, y no con los héroes del filisteísmo que se mantienen al margen y esperan cobardemente. Cuando las masas luchan, los errores en la lucha son inevitables; los comunistas, viendo estos errores, explicándoselos a las masas, esforzándose por corregirlos, defendiendo firmemente la victoria de la conciencia sobre la espontaneidad, permanecen con las masas. Mejor estar con las masas en lucha, que en el curso de la lucha se van liberando gradualmente de los errores, que con los intelectualillos, filisteos, kautskianos, que esperan al margen la «victoria completa» — he aquí la verdad que los señores Däumig no pueden comprender.

Tanto peor para ellos. Ya han entrado en la historia de la revolución proletaria mundial como filisteos cobardes, plañideros reaccionarios, ayer servidores de los Scheidemann, hoy predicadores de la «paz social», ya se esconda esta prédica bajo la forma de la unión de la Constituyente con los Soviets, ya bajo la forma de la condena profunda del «putschismo».

El récord en la sustitución del marxismo por el plañido reaccionario-filisteo lo ha batido el señor Kautsky. Él toca una sola nota: se lamenta de lo que ocurre, se queja, llora, se horroriza, ¡predica la conciliación! Toda su vida este caballero de triste figura escribió sobre la lucha de clases y sobre el socialismo, y cuando se llegó al máximo agravamiento de la lucha de clases y a la víspera del socialismo, nuestro sabio se desconcertó, se echó a llorar y resultó ser un filisteo vulgar. En el nº 98 del periódico de los traidores vieneses del socialismo, los Austerlitz, Renner, Bauer («Arbeiter-Zeitung», 9 de abril de 1919, Viena, edición matutina), Kautsky reúne por centésima, si no por milésima vez, sus lamentaciones.

«...El pensamiento económico y la comprensión económica —se lamenta— han sido borrados de la cabeza de todas las clases... La larga guerra ha acostumbrado a amplias capas del proletariado a un completo menosprecio de las condiciones económicas y a una firme fe en la omnipotencia de la violencia...»

¡He aquí dos «puntitos» de nuestro «hombre muy erudito»! El «culto a la violencia» y el derrumbe de la producción: he aquí por lo que, en lugar de analizar las condiciones reales de la lucha de clases, se ha desviado hacia el habitual, viejo, ancestral plañido filisteo. «Esperábamos —escribe— que la revolución vendría como producto de la lucha de clases del proletariado... y la revolución ha venido a consecuencia del derrumbe militar del sistema dominante, tanto en Rusia como en Alemania...»

Dicho de otro modo: ¡este sabio «esperaba» una revolución pacífica! ¡Es magnífico!

Pero el señor Kautsky se ha desconcertado hasta el punto de olvidar cómo él mismo escribió antes, cuando era marxista, que la guerra sería muy probablemente la ocasión para la revolución. Ahora, en lugar de un análisis sereno y sin miedo de qué cambios en las formas de la revolución son inevitables a causa de la guerra, ¡nuestro «teórico» llora por sus destrozadas «esperanzas»!

«¡Menosprecio de las condiciones económicas por parte de amplias capas del proletariado!»

¡Qué lamentable tontería! ¡Qué bien conocemos esta canción filistea por los periódicos mencheviques de la época de Kerenski!

El economista Kautsky ha olvidado que cuando un país está arruinado por la guerra y llevado al borde de la perdición, la principal, fundamental, radical «condición económica» es salvar al obrero. Si la clase obrera es salvada de la muerte por hambre, de la perdición directa, entonces se podrá restaurar la producción destruida. Y para salvar a la clase obrera, hace falta la dictadura del proletariado, el único medio de impedir que las cargas y consecuencias de la guerra sean echadas sobre los hombros de los obreros.

El economista Kautsky ha «olvidado» que la cuestión de la distribución de las cargas de la derrota se decide por la lucha de clases y que la lucha de clases en una situación de país completamente extenuado, arruinado, hambriento, moribundo, cambia inevitablemente sus formas. Esta es ya una lucha de clases no por una parte en la producción, ni por la dirección de la producción (pues la producción está parada, no hay carbón, los ferrocarriles están estropeados, la guerra ha desquiciado a la gente, las máquinas están desgastadas, etc., etc.), sino por la salvación del hambre. Solo tontos, aunque sean muy «eruditos», pueden en tal situación «condenar» el comunismo «de consumo, de soldado» y enseñar con altanería a los obreros la importancia de la producción.

Hay que salvar al obrero ante todo, en primer lugar. La burguesía quiere conservar sus privilegios, echar todas las consecuencias de la guerra sobre el obrero, y eso significa matar de hambre a los obreros.

La clase obrera quiere salvarse del hambre, y para eso hay que derrotar por completo a la burguesía, asegurar ante todo el consumo, aunque sea el más escaso, pues de otro modo no se podrá tirar una existencia de semi hambre, no se podrá resistir hasta el momento en que se pueda poner de nuevo en marcha la producción.

«¡Piensa en la producción!», dice el burgués harto al obrero hambriento y debilitado por el hambre, y Kautsky, repitiendo estas canciones de los capitalistas supuestamente bajo la apariencia de «ciencia económica», se convierte por completo en un lacayo de la burguesía.

Y el obrero dice: que la burguesía se siente también con una ración de media hambre, para que los trabajadores puedan reponerse, puedan no perecer. El «comunismo de consumo» es la condición para salvar al obrero. ¡Ante ningún sacrificio hay que detenerse para salvar al obrero! Media libra para los capitalistas, una libra para los obreros: he aquí cómo hay que salir del período de hambre, de la ruina. El consumo del obrero hambriento es la base y la condición para restaurar la producción.

Con toda razón, Zetkin declaró a Kautsky que él

«resbala hacia la economía política burguesa. La producción para el hombre, y no al revés...»

La misma dependencia de los prejuicios pequeñoburgueses mostró el independiente señor Kautsky al lamentarse del «culto a la violencia». Cuando los bolcheviques señalaban ya en 1914 que la guerra imperialista se convertiría en guerra civil, entonces el señor Kautsky callaba, sentado en el mismo partido que David y Cía., que declaraban este pronóstico (y esta consigna) «una locura». Kautsky no comprendió en absoluto la inevitabilidad de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, ¡y ahora echa la culpa de su incomprensión a las dos partes contendientes en la guerra civil! ¿No es esto un ejemplo de la estupidez filistea reaccionaria?

Pero si en 1914 la incomprensión de que la guerra imperialista debía inevitablemente convertirse en guerra civil era sólo estupidez filistea, ahora, en 1919, es algo peor. Es una traición a la clase obrera. Pues la guerra civil, tanto en Rusia como en Finlandia, Letonia, Alemania y Hungría, es un hecho. Cientos y cientos de veces reconoció Kautsky en sus obras anteriores que hay períodos históricos en que la lucha de clases se convierte inevitablemente en guerra civil. Esto ha ocurrido, y Kautsky se ha encontrado en el campo de la pequeña burguesía vacilante y cobarde.

«...El espíritu que anima a Espartaco es, en el fondo, el espíritu de Ludendorff... Espartaco no sólo consigue la perdición de su causa, sino también el fortalecimiento de la política de violencia por parte de los socialistas de la mayoría. Noske es el antípoda de Espartaco...»

Estas palabras de Kautsky (de su artículo en la vienesa «Arbeiter-Zeitung») son tan infinitamente estúpidas, bajas y viles, que basta señalarlas con el dedo. Un partido que tolera en su seno a tales jefes es un partido podrido. La Internacional de Berna, a la que pertenece el señor Kautsky, debe ser valorada por nosotros como se merece, desde el punto de vista de estas palabras de Kautsky, como una Internacional amarilla.

Como curiosidad, citemos aún el razonamiento del señor Haase en un artículo sobre «La Internacional en Ámsterdam» («La Libertad», 4 de mayo de 1919). El señor Haase se jacta de haber propuesto una resolución sobre la cuestión de las colonias, según la cual «la unión de pueblos, organizada según las propuestas de la Internacional... tiene por tarea, hasta la realización del socialismo...» (¡obsérvese esto!) «...administrar las colonias en primer lugar en interés de los indígenas, y luego en interés de todos los pueblos unidos en la unión de pueblos...»

¿No es una perla? ¡Hasta la realización del socialismo, las colonias serán administradas, según la resolución de este sabio, no por la burguesía, sino por una «unión de pueblos» bondadosa, justiciera, almibarada! ¿En qué se diferencia esto prácticamente de maquillar la más infame hipocresía capitalista? ¡Y estos son miembros «de izquierda» de la Internacional de Berna!

Para que el lector pueda comparar más palpablemente toda la estupidez, bajeza e infamia de los escritos de Haase, Kautsky y Cía. con la situación real en Alemania, citaré aún una pequeña cita.

El conocido capitalista Walter Rathenau ha publicado un librito: «El nuevo Estado» (Der neue Staat). El librito está fechado el 24 de marzo de 1919. Su valor teórico es nulo. Pero como observador, Walter Rathenau se ve obligado a reconocer lo siguiente:

«...Nosotros, pueblo de poetas y pensadores, por ocupación accesoria (im Nebenberuf) somos filisteos...»

«...El idealismo existe ahora sólo entre los monárquicos extremos y entre los espartaquistas...»

«La verdad sin adornos es ésta: vamos hacia la dictadura, proletaria o pretoriana» (págs. 29, 52, 65).

Este burgués se imagina al parecer tan «independiente» de la burguesía como los señores Kautsky y Haase se imaginan «independientes» del filisteísmo y la pequeñoburguesía.

Pero Walter Rathenau está dos cabezas más alto que Karl Kautsky, pues el segundo gimotea, escondiéndose cobardemente de «la verdad sin adornos», mientras que el primero la reconoce francamente.

28. V. 1919.

Publicado en junio de 1919 en la revista «La Internacional Comunista» № 2 Firma: Lenin

Se imprime según el manuscrito