Publicado: discurso de salutación – 7 de mayo de 1919 en el diario «Pravda» n.º 96; discurso sobre el engaño al pueblo con las consignas de libertad e igualdad – en 1919 en el libro: N. Lenin. «Dos discursos en el I Congreso de toda Rusia sobre educación extraescolar (6–19 de mayo de 1919)». M.

Se reproduce según el texto del libro

## 1. Discurso de salutación del 6 de mayo

Camaradas, me alegra mucho saludar al congreso de educación extraescolar. Por supuesto, no esperan de mí un discurso que pueda entrar en el fondo del asunto, como lo hizo el orador anterior, el camarada Lunacharski, que está informado y se ocupa especialmente del tema. Permítanme limitarme solo a unas palabras de salutación y a pequeñas observaciones y reflexiones que he tenido ocasión de hacer cuando, en el Consejo de Comisarios del Pueblo, he tenido que entrar en contacto, siquiera someramente, con su trabajo directo. Estoy seguro de que difícilmente se encontrará un área de la actividad soviética, como la educación extraescolar y la ilustración, donde en un año y medio se hayan alcanzado éxitos tan enormes. Es indudable que en este campo nos ha resultado más fácil trabajar a nosotros y a ustedes que en otras áreas. Aquí tuvimos que echar abajo las antiguas barreras y los viejos obstáculos. Aquí fue más fácil salir al encuentro de esa inmensa necesidad de conocimiento, de educación libre, de desarrollo libre, que se manifestó sobre todo entre las masas obreras y campesinas, pues si a nosotros nos resultó fácil, gracias al poderoso empuje de las masas, derribar los obstáculos externos que se interponían en su camino, quebrantar las históricas instituciones burguesas que nos ataban a la guerra imperialista y condenaban a Rusia a las mayores penalidades derivadas de esa guerra, si nos resultó fácil quebrantar los obstáculos externos, en cambio tuvimos que sentir con tanta mayor agudeza todo el peso del trabajo de reeducación de las masas, de organización y enseñanza, de difusión de los conocimientos, de lucha contra esa herencia de oscurantismo e incultura, de salvajismo y embrutecimiento que nos ha tocado en suerte. Aquí la lucha debía realizarse con métodos completamente distintos. Aquí solo se podía contar con un éxito prolongado y la influencia sistemática y perseverante de los sectores avanzados de la población, una influencia que encuentra en las masas la acogida más cordial, y a menudo resultamos culpables de dar menos de lo que podríamos dar. Me parece que en estos primeros pasos, en la obra de difusión de la educación extraescolar, de una educación libre, no sujeta a viejos marcos y convencionalismos, a la que sale al encuentro la población adulta, que en este terreno al principio tuvimos que luchar sobre todo contra dos tipos de obstáculos. Ambos obstáculos los hemos heredado de la vieja sociedad capitalista, que todavía nos tiene, nos tira hacia abajo con miles y millones de hilos, cuerdas y cadenas.

El primer defecto es la abundancia de elementos procedentes de la intelectualidad burguesa, que con frecuencia consideraban las instituciones educativas de campesinos y obreros, creadas de nuevo, como el campo más adecuado para sus invenciones personales en el terreno de la filosofía o de la cultura, cuando a menudo las más absurdas payasadas se presentaban como algo nuevo y, bajo la apariencia de arte puramente proletario y cultura proletaria, se ofrecía algo sobrenatural e incongruente{76}. (Aplausos.) Pero al principio esto era natural y quizá disculpable, y no puede imputarse como falta al amplio movimiento, y espero que, al fin y al cabo, estemos saliendo y saldremos de esto.

El segundo defecto es también herencia del capitalismo. Las amplias masas de trabajadores pequeño-burgueses, al anhelar el conocimiento, al destruir lo viejo, no podían aportar nada organizador, nada organizado. Me ha tocado observar, cuando en el Consejo de Comisarios del Pueblo se planteó el asunto de la movilización de los alfabetos y del departamento de bibliotecas, y de estas pequeñas observaciones saqué mis conclusiones sobre lo mal que están las cosas en este aspecto. Por supuesto, en los discursos de salutación no es muy habitual hablar de lo que va mal. Espero que ustedes estarán libres de esas convenciones y no me reprocharán si comparto con ustedes mis observaciones un tanto tristes. Cuando planteamos el asunto de la movilización de los alfabetos, lo que más saltaba a la vista era que nuestra revolución había obtenido un éxito brillante sin salir inmediatamente de los marcos de la revolución burguesa. Dio libertad de desarrollo a las fuerzas existentes, y esas fuerzas existentes –pequeño-burguesas, con la misma consigna de «cada uno para sí, y Dios para todos», con la misma maldita consigna capitalista que nunca ha conducido a nada más que a Kolchak y a la vieja restauración burguesa. Cuando uno mira lo que se hace entre nosotros en el terreno de la enseñanza de los analfabetos, creo que en este aspecto se ha hecho muy poco, y nuestra tarea común aquí es comprender que es necesaria la organización de los elementos proletarios. No se trata de frases cómicas que quedan en el papel, sino de aquellas medidas urgentes que es necesario dar ahora al pueblo, que obligarían a toda persona alfabetizada a considerar como su deber la necesidad de enseñar a varios analfabetos. Esto lo hemos proclamado en un decreto{77}. Sin embargo, en este terreno no se ha hecho casi nada.

Cuando en el Consejo de Comisarios del Pueblo traté otro asunto, el asunto de las bibliotecas, dije: las quejas que se oyen constantemente –la culpa es de nuestro atraso industrial, tenemos pocos libros y no podemos producirlos en cantidad suficiente–, me digo a mí mismo: esto es verdad. Por supuesto, no tenemos combustible, las fábricas están paradas, hay poco papel y no podemos conseguir libros. Todo eso es cierto, pero además es cierto que no podemos tomar el libro que tenemos. Seguimos padeciendo en este aspecto la ingenuidad y la impotencia campesinas, cuando el campesino que había saqueado la biblioteca del señor huía a su casa y temía que alguien se la quitara, pues la idea de que puede haber una distribución correcta, de que el erario no es algo odioso, de que el erario es patrimonio común de los obreros y trabajadores, esa conciencia aún no podía tenerla. La masa campesina atrasada no tiene la culpa de esto, y desde el punto de vista del desarrollo de la revolución esto es completamente legítimo: es una etapa inevitable, y cuando el campesino se llevaba la biblioteca a su casa y la guardaba oculta de los demás, no podía actuar de otro modo, porque no comprendía que se pueden unificar las bibliotecas de Rusia, que habrá libros suficientes para alimentar al alfabeto y enseñar al analfabeto. Ahora es necesario luchar contra los restos de desorganización, contra el caos, contra las ridículas disputas administrativas. Esto debe constituir nuestra tarea principal. Debemos emprender la simple y urgente tarea de movilizar a los alfabetos y luchar contra el analfabetismo. Debemos utilizar los libros que tenemos y ponernos a crear una red organizada de bibliotecas que ayuden al pueblo a utilizar cada libro que poseamos, no crear organizaciones paralelas, sino crear una organización única y planificada. En esta pequeña tarea se refleja la tarea fundamental de nuestra revolución. Si no resuelve esta tarea, si no sale al camino de crear una organización única verdaderamente planificada en lugar del caos ruso sin sentido y la absurdidad, entonces esta revolución seguirá siendo una revolución burguesa, pues la característica fundamental de la revolución proletaria, que avanza hacia el comunismo, consiste precisamente en eso, mientras que a la burguesía le bastaba con destruir lo viejo y conceder libertad a la economía campesina, que regeneraba el mismo capitalismo que en todas las revoluciones de tiempos pasados.

Si nos llamamos partido de comunistas, debemos comprender que solo ahora, cuando hemos terminado con los obstáculos externos, cuando hemos destruido las viejas instituciones, se nos plantea por primera vez de forma real y en toda su magnitud la primera tarea de la verdadera revolución proletaria: la organización de decenas y centenas de millones de personas. Después de un año y medio de experiencia en este terreno, que todos hemos realizado, debemos, por fin, encaminarnos por la vía correcta que venza esa incultura y esa oscuridad y salvajismo de las que hemos tenido que sufrir todo el tiempo. (Atronadores aplausos.)

## 2. Discurso sobre el engaño al pueblo con las consignas de libertad e igualdad del 19 de mayo

Camaradas, permítanme, en lugar de una valoración del momento actual, que algunos de ustedes, según parece, esperaban hoy, dar respuesta a las cuestiones políticas más sustanciales, por supuesto, no solo teóricas sino también prácticas, que ahora se nos plantean, que caracterizan toda la etapa de la revolución soviética y que provocan la mayor cantidad de disputas, la mayor cantidad de ataques por parte de personas que se consideran socialistas, la mayor cantidad de perplejidad entre quienes se consideran demócratas y que con especial complacencia y especial amplitud difunden acusaciones contra nosotros por haber violado el democratismo. Me parece que estas cuestiones políticas generales aparecen con demasiada frecuencia, incluso constantemente, en toda la propaganda, agitación y literatura actuales, hostiles al bolchevismo –siempre que esa literatura se eleve siquiera un poco por encima del nivel de simple mentira, calumnia e insulto, que es el carácter que tiene en todos los órganos de la burguesía. Si tomamos la literatura que se eleva siquiera un poco por encima de eso, creo que las cuestiones fundamentales acerca de la relación entre democracia y dictadura, acerca de las tareas de la clase revolucionaria en el período revolucionario, acerca de las tareas de la transición al socialismo en general, acerca de las relaciones entre la clase obrera y el campesinado, me parece que estas cuestiones constituyen la base más esencial de todos los debates políticos contemporáneos, y su esclarecimiento, aunque quizá a veces les parezca que se aparta un tanto de la actualidad inmediata, su esclarecimiento, creo, debe constituir no obstante nuestra tarea principal común. Por supuesto, en una breve charla no puedo pretender de ningún modo abarcar todas estas cuestiones. He escogido algunas de ellas y sobre algunas de estas cuestiones quisiera conversar.

### I

La primera de las cuestiones que he esbozado es la cuestión de las dificultades de toda revolución, de toda transición a un nuevo régimen. Si se observan los ataques que llueven sobre los bolcheviques por parte de personas que se consideran socialistas y demócratas –como ejemplo de estas personas puedo tomar los grupos literarios «Siempre Adelante» y «La Causa del Pueblo»–, periódicos cerrados, en mi opinión, con toda justicia y en interés de la revolución, periódicos cuyos representantes, en sus ataques, que son demasiado naturales por parte de órganos que nuestro poder considera contrarrevolucionarios, recurren con mayor frecuencia a la crítica teórica; si se observan los ataques que vienen contra el bolchevismo desde ese campo, se verá que entre las acusaciones figura a menudo esta: «Los bolcheviques os prometieron, trabajadores, pan, paz y libertad; no os han dado ni pan, ni paz, ni libertad, os han engañado y os han engañado apartándose de la democracia». Sobre el apartamiento de la democracia hablaré aparte. Ahora tomaré el otro lado de esta acusación: «Los bolcheviques prometieron pan, paz y libertad; los bolcheviques dieron en realidad la continuación de la guerra, dieron una lucha particularmente cruel y particularmente obstinada, la guerra de todos los imperialistas, capitalistas de todos los países de la Entente, es decir, de todos los países más civilizados y avanzados contra la extenuada, atormentada, atrasada, cansada Rusia». Estas acusaciones, repito, las verán en cada uno de los periódicos mencionados, las oirán en cada conversación del intelectual burgués que, por supuesto, se imagina a sí mismo no burgués; las oirán constantemente en cada discurso filisteo. Así que les invito a reflexionar sobre acusaciones de este tipo.

Sí, los bolcheviques emprendieron la revolución contra la burguesía, el derrocamiento violento del gobierno burgués, la ruptura con todas las costumbres tradicionales, promesas, mandatos de la democracia burguesa, la lucha y guerra más desesperadas y violentas para reprimir a las clases poseedoras, para arrancar a Rusia, y luego a toda la humanidad, de la matanza imperialista y poner fin a todas las guerras. Sí, los bolcheviques emprendieron la revolución por esto y, por supuesto, nunca pensaron en renunciar a esta tarea fundamental, principal. Y es igualmente indudable que los intentos de salir de esta matanza imperialista, de quebrantar el dominio de la burguesía, que estos intentos atrajeron sobre Rusia la campaña de todos los Estados civilizados. Pues tal es el programa político de Francia, Inglaterra y América, por mucho que aseguren que renuncian a la intervención. Por mucho que lo aseguren Lloyd Georges, los Wilson y los Clemenceau, por mucho que aseguren que renuncian a la intervención, todos sabemos que eso es mentira. Sabemos que los buques de guerra aliados que se retiraron y se vieron obligados a retirarse de Odesa y Sebastopol bloquean la costa del Mar Negro e incluso bombardean cerca de Kerch la parte de la península de Crimea donde se han atrincherado los voluntarios. Dicen: «Esto no podemos entregároslo. Si los voluntarios no se las arreglan con vosotros, nosotros no podemos entregar esta parte de la península de Crimea, porque vosotros seríais los dueños del mar de Azov, nos cortaríais el camino a Denikin, no nos daríais la posibilidad de abastecer a nuestros amigos». O se despliega la ofensiva sobre Petrogrado: ayer hubo combate de nuestro destructor con cuatro destructores enemigos. ¿Acaso no está claro que esto es intervención? ¿Acaso no participa aquí la flota inglesa? ¿Acaso no ocurre lo mismo en Arcángel, en Siberia? El hecho es que todo el mundo civilizado está ahora en campaña contra Rusia.

Cabe preguntarse: ¿caímos nosotros en contradicción con nosotros mismos cuando llamamos a los trabajadores a la revolución, prometiéndoles la paz, y llevamos a la campaña de todo el mundo civilizado contra la débil, cansada, atrasada, destrozada Rusia? ¿O cayeron en contradicción con los conceptos elementales de democracia y socialismo aquellos que tienen la desfachatez de lanzarnos semejante reproche? He aquí la cuestión. Para plantearles esta cuestión en forma teórica general, pondré una comparación. Hablamos de la clase revolucionaria, de la política revolucionaria del pueblo; les propongo que tomen a un revolucionario individual. Tomemos, por ejemplo, a Chernyshevski, evaluemos su actividad. ¿Cómo puede evaluarla una persona completamente ignorante y oscura? Probablemente dirá: «Bueno, el hombre se arruinó la vida, fue a parar a Siberia, no consiguió nada». He aquí un ejemplo. Si oímos semejante juicio de quien sea, diremos: «En el mejor de los casos, proviene de una persona desesperadamente oscura, quizá no culpable de estar tan embrutecida que no puede comprender el significado de la actividad de un revolucionario individual en relación con la cadena general de los acontecimientos revolucionarios; o bien este juicio proviene de un canalla, partidario de la reacción, que conscientemente quiere amedrentar a los trabajadores apartándolos de la revolución». He tomado el ejemplo de Chernyshevski porque, a cualquier tendencia que pertenezcan las personas que se llaman socialistas, aquí, en la evaluación de este revolucionario individual, no puede haber divergencia de fondo. Todos estarán de acuerdo en que si se evalúa a un revolucionario individual desde el punto de vista de los sacrificios, exteriormente inútiles, a menudo estériles, que ha hecho, dejando a un lado el contenido de su actividad y la relación de su actividad con los revolucionarios anteriores y posteriores, si se evalúa así el significado de su actividad, esto es o bien oscuridad e ignorancia sin salida, o bien la defensa dolosa e hipócrita de los intereses de la reacción, la opresión, la explotación y el yugo de clase. Sobre esto no puede haber divergencias.

Les invito ahora a pasar del revolucionario individual a la revolución de todo un pueblo, de todo un país. ¿Acaso alguno de los bolcheviques ha negado alguna vez que la revolución solo puede vencer en forma definitiva cuando abarque todos o, por lo menos, algunos de los países avanzados más importantes? Siempre lo hemos dicho. ¿Acaso afirmamos que la salida de la guerra imperialista era posible simplemente clavando las bayonetas en la tierra? Tomo a propósito precisamente esa expresión que nosotros, en la época de Kerenski –personalmente yo y todos nuestros camaradas–, empleábamos constantemente en resoluciones, discursos y periódicos. Decíamos: la guerra no puede terminarse clavando las bayonetas en la tierra; si hay tolstoianos que piensan así, hay que compadecerse de la gente descarriada; bueno, no se les puede pedir más.

Decíamos que la salida de esta guerra podía significar una guerra revolucionaria. Esto lo decíamos desde 1915 y luego en la época de Kerenski. Y, por supuesto, la guerra revolucionaria también es guerra, una cosa igualmente pesada, sangrienta y penosa. Y cuando se convierte en revolución a escala mundial, provoca inevitablemente una reacción también a escala mundial. Por eso, cuando ahora nos encontramos en la situación de que todos los países civilizados del mundo marchan contra Rusia, podemos no sorprendernos si se nos lanza por ello la acusación de haber violado nuestras promesas por parte de campesinos completamente oscuros: diremos que no se les puede pedir nada. Su total oscuridad, su extremo desconocimiento no permiten acusarlos. ¿Dónde se puede exigir, en efecto, a un campesino completamente oscuro que comprenda que hay guerra y guerra, que hay guerras justas e injustas, progresistas y reaccionarias, guerras de clases avanzadas y guerras de clases atrasadas, guerras que sirven para consolidar el yugo de clase y guerras que sirven para derrocarlo? Para eso hay que estar familiarizado con la lucha de clases, con los fundamentos del socialismo, aunque sea un poco con la historia de la revolución. No podemos exigir eso del campesino oscuro.

Pero si una persona que se llama demócrata, socialista, que sube a la tribuna para hablar públicamente, independientemente de cómo se llame –menchevique, socialdemócrata, eser, verdadero socialista, partidario de la Internacional de Berna–, muchas hay etiquetas, las etiquetas son baratas, si semejante sujeto nos lanza la acusación: «¡Prometisteis la paz y provocasteis la guerra!», ¿qué responderle? ¿Se puede suponer que ha llegado a tal grado de oscuridad como el campesino ignorante, que no puede distinguir entre guerra y guerra? ¿Se puede admitir que no comprende la diferencia entre la guerra imperialista, que fue una guerra de rapiña y ahora está desenmascarada por completo –después de la Paz de Versalles{78}, solo los que son completamente incapaces de razonar y pensar o los completamente ciegos pueden no ver que fue una guerra de rapiña por ambas partes–, se puede admitir que haya una sola persona alfabetizada que no comprenda la diferencia entre esa guerra, la guerra de rapiña, y nuestra guerra, que adquiere una dimensión mundial porque la burguesía mundial ha comprendido que se libra contra ella una batalla decisiva? Todo esto no podemos admitirlo. Y por eso decimos: todo el que pretenda el título de demócrata o socialista de cualquier matiz y de una u otra manera, directa o indirectamente, difunda entre el pueblo acusaciones de que los bolcheviques prolongan la guerra civil, una guerra pesada, una guerra penosa, mientras que ellos prometieron la paz, es un partidario de la burguesía, y le responderemos así y nos colocaremos frente a él igual que frente a Kolchak; he aquí nuestra respuesta. De eso se trata.

Los señores de «La Causa del Pueblo» se sorprenden: «¡Pero si nosotros estamos contra Kolchak! ¡Qué injusticia clamorosa que nos persigan!».

Lo siento mucho, señores, que no quieran atar cabos y no quieran comprender ese simple abecé político del que se derivan conclusiones determinadas. Ustedes aseguran que están contra Kolchak. Tomo los periódicos «Siempre Adelante» y «La Causa del Pueblo», tomo todas las consideraciones filisteas de este tipo, esos estados de ánimo que abundan en la intelectualidad, que predominan en la intelectualidad. Digo: todo aquel de ustedes que difunda entre el pueblo acusaciones de este género es un kolchakovista, porque no comprende esa diferencia elemental, fundamental, comprensible para toda persona alfabetizada, entre la guerra imperialista, que nosotros quebramos, y la guerra civil, que hemos atraído sobre nosotros. Nunca hemos ocultado al pueblo que corremos ese riesgo. Tensamos todas las fuerzas para vencer a la burguesía en esta guerra civil y socavar de raíz la posibilidad del yugo de clase. No, no ha habido ni puede haber revolución que esté garantizada contra una lucha larga, pesada y quizá llena de los sacrificios más desesperados. Quien no sabe distinguir los sacrificios hechos en el curso de la lucha revolucionaria, para su victoria, cuando todas las clases poseedoras, todas las clases contrarrevolucionarias luchan contra la revolución, quien no sabe distinguir estos sacrificios de los sacrificios de la guerra de rapiña explotadora, ese es un representante de la más extrema oscuridad, y de él hay que decir: hay que sentarlo al abecé y, antes de la educación extraescolar, someterlo a la enseñanza escolar primaria, o es un representante de la más dolosa hipocresía kolchakovista, comoquiera que se llame, bajo cualesquiera etiquetas que se esconda. Y tales acusaciones a los bolcheviques son las acusaciones más habituales y «corrientes». Estas acusaciones están realmente vinculadas con las amplias masas trabajadoras, porque al campesino oscuro le es difícil comprender esto. Él sufre por igual de la guerra, sea cual fuere la causa por la que se libra. No me sorprende si oigo entre el campesinado oscuro tales opiniones: «Al zar guerreábamos, a los mencheviques les guerreamos, y ahora aún a los bolcheviques guerrearemos». Esto no me sorprende. En efecto, la guerra es guerra, acarrea consigo sacrificios pesados sin fin. «El zar decía que era por la libertad y la liberación del yugo, los mencheviques decían que era por la libertad y la liberación del yugo, ahora lo mismo dicen los bolcheviques. ¡Todos dicen, dónde vamos a entender nosotros!».

En efecto, al campesino oscuro, quizá, ¿dónde va a entender? Semejante persona necesita aún aprender la gramática política elemental. Pero ¿qué se puede decir de una persona que maneja las palabras «revolución», «democracia», «socialismo», que pretende usar estas palabras comprendiéndolas? No puede hacer malabarismos con semejantes conceptos si no quiere convertirse en un tahúr político, porque la diferencia entre la guerra de dos grupos de depredadores y la guerra que lleva a cabo la clase oprimida, insurrecta contra toda depredación, es una diferencia elemental, radical y fundamental. No se trata de que tal o cual partido, tal o cual clase, tal o cual gobierno justificaran la guerra, sino de cuál es el contenido de esta guerra, cuál es su contenido de clase, qué clase libra la guerra, qué política se encarna en la guerra.

### II

De la cuestión de la valoración del período pesado y difícil que estamos viviendo ahora y que está inevitablemente vinculado con la revolución, paso a otra cuestión política, que también aflora constantemente en todas las discusiones y en todas las perplejidades: es la cuestión del bloque con los imperialistas, de la alianza, del acuerdo con los imperialistas.

Probablemente hayan encontrado en los periódicos los nombres de los socialistas-revolucionarios Volski y, parece, el segundo, Sviatitski, que han escrito últimamente en «Izvestia», que han salido con su manifiesto, que se consideran precisamente esos socialistas-revolucionarios que no se puede acusar de kolchakovismo: ellos se fueron de Kolchak, sufrieron por Kolchak, al pasarse a nosotros nos prestaron un servicio contra Kolchak. Esto es verdad. Pero observen las argumentaciones de estos ciudadanos, observen cómo valoran la cuestión del bloque con los imperialistas, de la alianza o el acuerdo con los imperialistas. Me ha tocado conocer sus argumentaciones cuando sus escritos fueron requisados por nuestro poder, que luchaba contra la contrarrevolución, y cuando hubo que conocer sus documentos para valorar adecuadamente su implicación en el kolchakovismo. Son, sin duda, los mejores del público eser. Y en sus escritos me he encontrado con argumentaciones de este tipo: «Permitan, de nosotros se espera arrepentimiento; se espera que nos arrepintamos. ¡De nada, jamás! ¡No tenemos de qué arrepentirnos! Se nos acusa de haber estado en bloque, en acuerdo con la Entente, con los imperialistas. Y vosotros, bolcheviques, ¿acaso no estuvisteis en acuerdo con los imperialistas alemanes? ¿Y qué es Brest? ¿Acaso Brest no es un acuerdo con el imperialismo? Vosotros os acordasteis con el imperialismo alemán en Brest, nosotros nos acordamos con el imperialismo francés, estamos en paz, ¡no tenemos de qué arrepentirnos!».

Esta argumentación, que he encontrado en los escritos de las personas mencionadas y sus correligionarios, la encuentro cuando recuerdo los periódicos que he mencionado, cuando intento resumir las impresiones de las conversaciones filisteas. Esta argumentación la encontrarán constantemente. Es una de las argumentaciones políticas fundamentales con la que hay que vérselas. Y así, les invito a detenerse en el análisis, el examen, la reflexión teórica sobre esta argumentación. ¿Cuál es su significado? ¿Tienen razón quienes dicen: «Nosotros, los demócratas, socialistas, estuvimos en bloque con la Entente, vosotros estuvisteis en bloque con Guillermo, concertasteis la Paz de Brest, no tenemos nada que reprocharnos unos a otros, estamos en paz»? ¿O tenemos razón nosotros cuando decimos que quienes se mostraron no de palabra sino de hecho en acuerdo con la Entente contra la revolución bolchevique, esos son kolchakovistas? Aunque lo nieguen cien mil veces, aunque personalmente se hayan ido de Kolchak y hayan declarado a todo el pueblo que están contra Kolchak, son kolchakovistas por sus raíces fundamentales, por todo el contenido y significado de sus argumentaciones y sus actos. ¿Quién tiene razón? Esta es una cuestión fundamental de la revolución, y hay que pensar en ella.

Para esclarecer esta cuestión, me permitiré poner una comparación, esta vez no con un revolucionario individual, sino con un filisteo individual. Imagínense que su automóvil es rodeado por bandidos y les ponen un revólver en la sien. Imagínense que después de esto ustedes entregan a los bandidos el dinero y las armas, permitiéndoles irse en ese automóvil. ¿Qué ocurre? Ustedes han dado a los bandidos armas y dinero. Esto es un hecho. Imagínense ahora que otro ciudadano ha dado a los bandidos armas y dinero para participar en las correrías de esos bandidos contra ciudadanos pacíficos.

En ambos casos hay un acuerdo. Esté escrito o no, dicho o no, no es esencial. Se puede imaginar que una persona entrega en silencio su revólver, sus armas y su dinero. Está claro el contenido del acuerdo. Le dice a los bandidos: «Yo te daré el revólver, las armas y el dinero, tú me darás la posibilidad de alejarme de tu agradable cercanía» (risas); el acuerdo está presente. Exactamente igual es posible que un acuerdo tácito lo celebre una persona que da armas y dinero a los bandidos para darles la posibilidad de robar a otros, y que luego recibe una parte del botín. Esto también es un acuerdo tácito.

Les pregunto, ¿se encontrará una persona alfabetizada que no sepa distinguir ambos acuerdos? Ustedes dirán: seguramente es un cretino, si realmente se encuentra una persona así, incapaz de distinguir uno y otro acuerdo y que dice: «Tú diste armas y dinero a los bandidos, así que no acuses a nadie más de bandidaje; ¿qué derecho tienes después de eso a acusar de bandidaje?». Si encuentran a ese alfabeto, tendrán que reconocer, o en todo caso 999 de cada 1000 reconocerán, que no está en su sano juicio y que con semejante persona no se puede razonar no solo sobre temas políticos, sino incluso penales.

Les invito ahora a pasar de este ejemplo a la comparación de la Paz de Brest y el acuerdo con la Entente. ¿Qué fue la Paz de Brest? ¿Acaso no fue la violencia de los bandidos que se lanzaron contra nosotros entonces, cuando propusimos honestamente la paz, invitando a todos los pueblos a derrocar a su burguesía? ¡Habría sido ridículo que empezásemos por derrocar a la burguesía alemana! Ese tratado lo desenmascaramos ante el mundo entero como el más depredador y salteador, lo estigmatizamos y hasta nos negamos a firmar inmediatamente esa paz, contando con la ayuda de los obreros alemanes. Cuando los violentos pusieron el revólver en nuestra sien, dijimos: tomen las armas, el dinero, luego ajustaremos cuentas con ustedes por otros medios. Al imperialismo alemán le conocemos otro enemigo, que las personas ciegas no notaban: los obreros alemanes. ¿Se puede comparar este acuerdo con el imperialismo con ese acuerdo, cuando los demócratas, los socialistas, los socialistas-revolucionarios –no bromeen, cuanto más fuerte, más sonoro–, cuando ellos acordaron ir con la Entente contra los obreros de su propio país? Pues así estaban las cosas y así siguen hasta ahora. Pues la parte más influyente de los mencheviques y esers de fama europea en el extranjero también ahora, también ahora acuerdan con la Entente. Esté firmado o no –no lo sé, seguramente no está firmado–, las personas inteligentes hacen esas cosas en silencio. Pero está claro que ese acuerdo existe, puesto que los llevan en andas, les dan pasaportes, por todo el mundo a través del radiotelegrafo envían comunicados de que hoy ha hablado Axelrod, mañana Savinkov o Avkséntiev, pasado mañana Breshkovskaya. ¿Acaso esto no es un acuerdo, aunque tácito? ¿Y es este un acuerdo con los imperialistas como el nuestro? Su aspecto externo se parece al nuestro tanto como se parece externamente el acto de una persona que da un fusil y dinero a los bandidos a cualquier acto de este género, independientemente de su fin y carácter; en todo caso, independientemente de que yo dé a los bandidos dinero y armas para librarme de ellos cuando me atacan y me encuentro en la situación de que, si no les doy el revólver, me matarán. ¿O doy dinero y armas a los bandidos que van al saqueo, de lo que debo saber y en cuyo beneficio participo?

«Yo llamo a esto, por supuesto, liberación de Rusia de la dictadura de los violentos, yo, claro, soy demócrata, porque apoyo la conocida democracia siberiana o de Arcángel, lucho, por supuesto, por la Asamblea Constituyente. ¡No se atrevan a sospecharme de algo malo, y si presto un servicio a los bandidos, a los imperialistas ingleses, franceses, americanos, lo hago por los intereses de la democracia, de la Asamblea Constituyente, del poder del pueblo, de la unidad de las clases trabajadoras de la población y del derrocamiento de los violentos, usurpadores, bolcheviques!»

Los fines, por supuesto, los más nobles. Pero ¿acaso no han oído todos los que se ocupan de política que la política se valora no por las declaraciones, sino por el contenido real de clase? ¿A qué clase sirves? Si estás en acuerdo con los imperialistas, ¿participas o no en el bandidaje imperialista?

En mi «Carta a los obreros americanos»[8] señalé, entre otras cosas, que el pueblo revolucionario americano, cuando se liberaba en el siglo XVIII de Inglaterra, cuando libraba una de las primeras y más grandes de la historia de la humanidad guerras realmente liberadoras y una de las pocas guerras realmente revolucionarias de la historia de la humanidad, ese pueblo americano que se liberaba a sí mismo, el gran pueblo revolucionario americano, entraba en acuerdos con los bandidos del imperialismo español y francés, que entonces tenían colonias en la misma América vecinas a ese pueblo. En alianza con esos bandidos, golpeaba a los ingleses y se liberaba de ellos. ¿Hubo personas alfabetizadas en el mundo, han visto ustedes a tales socialistas, socialistas-revolucionarios, representantes de la democracia, o como se llamen además, hasta mencheviques, han visto alguna vez que se hayan atrevido a acusar públicamente por ello al pueblo americano, a decir que violó el principio del democratismo, la libertad, etc.? Semejante fenómeno aún no ha nacido. Y ahora aparecen entre nosotros personas semejantes que se llaman con tales etiquetas e incluso pretenden que deben estar en una misma Internacional con nosotros y que esto es exclusivamente una travesura bolchevique –cosa sabida: los bolcheviques son traviesos si organizan su Internacional Comunista y no quieren ir a la de Berna, la buena, vieja, común, única Internacional–.

Y se encuentran personas que dicen: «No tenemos de qué arrepentirnos: vosotros os acordasteis con Guillermo, nosotros nos acordamos con la Entente, ¡estamos en paz!».

Afirmo que estas personas, si poseen la alfabetización política elemental, son kolchakovistas, por mucho que personalmente renieguen de ello, por mucho que personalmente les repugne el kolchakovismo, por mucho que personalmente hayan sufrido por Kolchak y aunque se hayan pasado a nuestro lado. Son kolchakovistas, porque no se puede imaginar que no comprendan la diferencia entre el acuerdo forzado en la lucha contra los explotadores, que las clases explotadas se han visto obligadas a concertar a menudo en toda la historia de la revolución, y lo que hicieron y hacen los representantes más influyentes de nuestros supuestos demócratas, representantes de la supuesta intelectualidad «socialista», que en parte entraron ayer, y en parte entran hoy, en acuerdo con los bandidos y salteadores del imperialismo internacional contra una parte –así dicen– contra una parte de las clases trabajadoras de su propio país. Estas personas son kolchakovistas, y con ellas no es admisible ninguna otra actitud que la que los revolucionarios conscientes deben tener con los kolchakovistas.

### III

Paso ahora a la siguiente cuestión. Es la cuestión de la actitud hacia la democracia en general.

Ya he tenido ocasión de señalar que la justificación más corriente, la defensa más corriente de las posiciones políticas que ocupan los demócratas y socialistas contra nosotros es la referencia a la democracia. El representante más decidido de este punto de vista en la literatura europea ha sido, como ustedes saben, por supuesto, Kautsky, el líder ideológico de la II Internacional y hasta ahora miembro de la Internacional de Berna. «Los bolcheviques escogieron un método que viola la democracia, los bolcheviques escogieron el método de la dictadura, por lo tanto su causa es incorrecta», dice él. Este argumento ha figurado mil y un millón de veces en todas partes y constantemente en toda la prensa y en los periódicos que he mencionado. Lo repite constantemente toda la intelectualidad, y a veces lo repiten semiconscientemente en las argumentaciones los filisteos. «Democracia es libertad, es igualdad, es decisión de la mayoría; ¿qué puede haber más alto que la libertad, la igualdad, la decisión de la mayoría? Si vosotros, bolcheviques, os habéis apartado de esto e incluso habéis tenido la desfachatez de decir abiertamente que estáis por encima de la libertad, de la igualdad y de la decisión de la mayoría, entonces no os sorprendáis ni os quejéis de que os llamemos usurpadores, violentos».

Nosotros no nos sorprendemos en absoluto de esto, porque queremos ante todo claridad y contamos solo con que la parte avanzada de los trabajadores tenga realmente clara conciencia de su situación. Sí, hemos dicho y decimos constantemente en nuestro programa, en el programa del partido, que no nos dejaremos engañar con consignas de tan hermoso sonido como libertad, igualdad y voluntad de la mayoría, y que a aquellos que se llaman demócratas, partidarios de la democracia pura, partidarios de la democracia consecuente, oponiéndola directa o indirectamente a la dictadura del proletariado, que los consideramos como cómplices de Kolchak.

Examinen, hay que examinar. ¿Son realmente culpables los demócratas puros de que prediquen la democracia pura, la defiendan contra los usurpadores, o son culpables de que se encuentren del lado de las clases poseedoras, del lado de Kolchak?

Empecemos a examinar por la libertad. La libertad, no hace falta decirlo, para toda revolución, socialista o democrática, es una consigna muy y muy sustancial. Y nuestro programa declara: la libertad, si contradice la liberación del trabajo del yugo del capital, es un engaño. Y todo aquel de ustedes que haya leído a Marx –creo que incluso todo el que haya leído aunque sea una exposición popular de Marx– sabe que la mayor parte de su vida y de sus trabajos literarios y la mayor parte de sus investigaciones científicas las dedicó Marx precisamente a ridiculizar la libertad, la igualdad, la voluntad de la mayoría y toda clase de Benthams que propagaban eso, y a demostrar que en el fondo de esas frases se hallan los intereses de la libertad del propietario de mercancías, la libertad del capital, que este emplea para oprimir a las masas trabajadoras.

Decimos a todo aquel que, en el momento en que se ha llegado al derrocamiento del poder del capital en todo el mundo, o aunque sea en un solo país, quien en un momento histórico tal, cuando pasa a primer plano la lucha de las clases trabajadoras oprimidas por el derrocamiento completo del capital, por la destrucción total de la producción mercantil, todo el que en semejante momento político se dirige a la gente con la palabra «libertad» en general, quien en nombre de esa libertad va contra la dictadura del proletariado, ese ayuda a los explotadores y nada más, es su partidario, porque la libertad, si no se subordina a los intereses de la liberación del trabajo del yugo del capital, es un engaño, como lo hemos declarado directamente en nuestro programa del partido. Quizá esto sea superfluo desde el punto de vista de la construcción externa del programa, pero es lo más radical desde el punto de vista de toda nuestra propaganda y agitación, desde el punto de vista de los fundamentos de la lucha proletaria y del poder proletario. Sabemos perfectamente que debemos luchar contra el capital mundial, sabemos perfectamente que el capital mundial en su momento tuvo ante sí la tarea de crear la libertad, que derribó la esclavitud feudal, que creó la libertad burguesa, sabemos perfectamente que esto es un progreso histórico-mundial. Y declaramos que vamos contra el capitalismo en general, contra el capitalismo republicano, contra el capitalismo democrático, contra el capitalismo libre; por supuesto, sabemos que contra nosotros enarbolará la bandera de la libertad. Y le respondemos. Consideramos necesario dar esta respuesta en nuestro programa: toda libertad es un engaño si contradice los intereses de la liberación del trabajo del yugo del capital.

Pero, ¿quizá esto no puede ser? ¿Quizá no hay contradicción de la libertad con la liberación del trabajo del yugo del capital? Miren todos los países de Europa Occidental en los que han estado o, en todo caso, sobre los que han leído. En todos los libros se destacaba su régimen como el régimen más libre, y ahora estos países civilizados de Europa Occidental –Francia, Inglaterra, América– han enarbolado esa bandera, marchan contra los bolcheviques «en nombre de la libertad». Hace pocos días –los periódicos franceses nos llegan ahora raramente, porque estamos rodeados por un cerco, pero por radio llegan noticias, el aire no se puede atrapar del todo, interceptamos radiotransmisiones extranjeras– hace pocos días tuve la posibilidad de leer en una radio que fue enviada por el gobierno depredador francés: yendo contra los bolcheviques y apoyando a sus adversarios, Francia mantiene en alto como antes su «alto ideal de libertad». Esto lo encontramos a cada paso, es su tono fundamental en la polémica contra nosotros.

¿Y a qué llaman libertad? Esos civilizados franceses, ingleses, americanos llaman libertad aunque sea a la libertad de reunión. En la constitución debe estar escrito: «Libertad de reunión para todos los ciudadanos». «Esto –dicen– es el contenido, esto es la manifestación fundamental de la libertad. Y vosotros, bolcheviques, habéis violado la libertad de reunión».

Sí –respondemos nosotros–, vuestra libertad, señores ingleses, franceses, americanos, es un engaño si contradice la liberación del trabajo del yugo del capital. Se les ha olvidado una pequeñez, señores civilizados. Se les ha olvidado que vuestra libertad está escrita en la constitución que legaliza la propiedad privada. En eso está la esencia del asunto.

Junto a la libertad, la propiedad, así está escrito en vuestra constitución. Que reconocen la libertad de reunión es, por supuesto, un enorme progreso en comparación con el régimen feudal, la Edad Media, la servidumbre. Esto lo reconocieron todos los socialistas cuando utilizaron esta libertad de la sociedad burguesa para enseñar al proletariado cómo derrocar el yugo del capitalismo.

Pero vuestra libertad es tal, que es libertad sobre el papel, y no en la realidad. Esto significa que si en las grandes ciudades hay grandes salones, como este, pertenecen a los capitalistas y terratenientes, se llaman, por ejemplo, salones de la «asamblea noble». Ustedes pueden reunirse libremente, ciudadanos de la República Democrática Rusa, pero esto es propiedad privada, disculpen, por favor, hay que respetar la propiedad privada, si no serán bolcheviques, criminales, salteadores, saqueadores, traviesos. Y nosotros decimos: «Vamos a darle la vuelta a esto. Este edificio de la “asamblea noble” lo haremos primero edificio de las organizaciones obreras, y luego hablaremos de libertad de reunión». Ustedes nos acusan de violar la libertad. Nosotros reconocemos que toda libertad, si no se subordina a los intereses de la liberación del trabajo del yugo del capital, es un engaño. La libertad de reunión, que está escrita en la constitución de todas las repúblicas burguesas, es un engaño, porque para reunirse en un país civilizado, que al fin y al cabo no ha suprimido el invierno, no ha cambiado el tiempo, hace falta tener locales para las reuniones, y los mejores edificios están en propiedad privada. Primero incautaremos los mejores edificios, y luego hablaremos de la libertad.

Decimos que la libertad de reunión para los capitalistas es un crimen enorme contra los trabajadores, es la libertad de reunión para los contrarrevolucionarios. Decimos a los señores intelectuales burgueses, a los señores partidarios de la democracia: ¡mienten cuando nos lanzan a la cara la acusación de violar la libertad! Cuando vuestros grandes revolucionarios burgueses en Inglaterra en 1649, en Francia en 1792-1793 realizaron la revolución, no dieron libertad de reunión a los monárquicos. Por eso la revolución francesa fue llamada grande, porque no se distinguió por la flaqueza, la mediocridad, el verbalismo de muchas revoluciones de 1848, sino porque fue una revolución efectiva que, al derrocar a los monárquicos, los aplastó hasta el final. Así también sabremos proceder con los señores capitalistas, porque sabemos que para liberar a los trabajadores del yugo del capital hay que arrebatar la libertad de reunión a los capitalistas, hay que quitarles o recortarles su «libertad». Esto sirve a la liberación del trabajo del yugo del capital, sirve a esa verdadera libertad, cuando no haya edificios en los que viva una familia particular y que pertenezcan a alguien en particular –a terratenientes, capitalistas o a alguna sociedad anónima. Cuando eso sea, cuando la gente olvide que puede haber edificios públicos en propiedad de alguien, entonces estaremos por la libertad completa. Cuando en el mundo queden solo trabajadores y la gente olvide pensar que se puede ser miembro de la sociedad sin ser trabajador –esto no será tan pronto, de la demora tienen la culpa los señores burgueses y los señores intelectuales burgueses–, entonces estaremos por la libertad de reunión para todos, pero ahora la libertad de reunión es la libertad de reunión para los capitalistas, contrarrevolucionarios. Luchamos contra ellos, les damos nuestro rechazo y declaramos que esta libertad la abolimos.

Vamos a la batalla: este es el contenido de la dictadura del proletariado. Han pasado los tiempos del socialismo ingenuo, utópico, fantástico, mecánico, intelectual, cuando se representaba la cosa como que se convencería a la mayoría de la gente, se dibujaría un bonito cuadro de la sociedad socialista, y la mayoría adoptaría el punto de vista del socialismo. Pasaron los tiempos en que con esas fábulas infantiles se entretenían a sí mismos y a otros. El marxismo, que reconoce la necesidad de la lucha de clases, dice: la humanidad no llegará al socialismo sino a través de la dictadura del proletariado. Dictadura es una palabra cruel, pesada, sangrienta, penosa, y no se arrojan así al viento palabras semejantes. Si se ha salido con semejante consigna, los socialistas lo han hecho porque saben que, si no es en una lucha desesperada e implacable, la clase explotadora no cederá y que cubrirá su dominación con toda clase de bellas palabras.

Libertad de reunión, ¿qué puede haber más alto, qué puede haber mejor que esta palabra? ¿Es concebible el desarrollo de los trabajadores y de su conciencia sin libertad de reunión? ¿Son concebibles los fundamentos de la humanidad sin libertad de reunión? Y nosotros decimos que la libertad de reunión según la constitución de Inglaterra y de los Estados Unidos de Norteamérica es un engaño, porque ata las manos a las masas trabajadoras durante todo el tiempo de transición al socialismo; es un engaño, porque sabemos perfectamente que la burguesía hará todo para derrocar este poder, tan inusual, tan «monstruoso» al principio. No puede ser de otro modo a los ojos de quien ha meditado la lucha de clases, quien piensa de algún modo concreto, claro, sobre la relación de los obreros insurrectos con la burguesía, que ha sido derrocada en un país y no lo ha sido en todos, y que precisamente porque no ha sido derrocada del todo, se lanza a la lucha con tanto mayor ensañamiento.

Precisamente después del derrocamiento de la burguesía la lucha de clases adquiere las formas más agudas. Y no valen nada esos demócratas y socialistas que se engañan a sí mismos y luego engañan a otros diciendo: una vez derrocada la burguesía, el asunto está terminado. Solo ha comenzado, no ha terminado, porque la burguesía hasta ahora no creía en la idea de que había sido derrocada, y en vísperas de la Revolución de Octubre bromeaba muy amable y muy cortésmente; bromeaban Miliukov, Chernov y los «Novaya Zhizn». Bromeaban: «Bueno, por favor, señores bolcheviques, formen gabinete, tomen ustedes mismos el poder por un par de semanas; ¡nos ayudarán estupendamente!». Esto lo escribía Chernov, de los esers, esto lo escribía Miliukov en «Rech»{79}, esto lo escribía la «Novaya Zhizn» semimenchevique. Bromeaban, porque no tomaban el asunto en serio. Y ahora han visto que el asunto ha ido en serio, y los señores burgueses ingleses, franceses y suizos, que creían que sus «repúblicas democráticas» eran una coraza que los protegía, han visto y han comprendido que el asunto ha ido en serio, y ahora se arman todos. Si pudieran ver lo que ocurre en la libre Suiza, cómo allí absolutamente cada burgués se arma, crea la guardia blanca, porque sabe que la cuestión se ha planteado acerca de conservar sus privilegios que le permiten tener a millones en esclavitud asalariada. Ahora la lucha ha adquirido una dimensión mundial, por eso ahora todo aquel que con las palabras «democracia», «libertad» se pronuncia contra nosotros, se pone del lado de las clases poseedoras, engaña al pueblo, porque no comprende que la libertad y la democracia hasta ahora han sido libertad y democracia para los poseedores y solo migajas de la mesa para los desposeídos.

¿Qué es la libertad de reunión cuando los trabajadores están aplastados por la esclavitud del capital y el trabajo para el capital? Es un engaño, y para ir hacia la libertad para los trabajadores hay que vencer primero la resistencia de los explotadores, y si yo sostengo la resistencia de toda una clase, está claro que no puedo prometer ni libertad, ni igualdad, ni decisión de la mayoría para esa clase.

### IV

Ahora de la libertad paso a la igualdad. Aquí el asunto es aún más profundo. Tocamos una cuestión aún más seria, que provoca grandes divergencias, y más dolorosa.

La revolución en su curso derroca una clase explotadora tras otra. Primero derrocó la monarquía y entendía por igualdad solo que hubiera poder electivo, que hubiera república. Luego, al avanzar, derrocó a los terratenientes, y ustedes saben que toda la lucha contra las instituciones medievales, contra el feudalismo, se desarrolló bajo la consigna de «igualdad». Todos iguales, independientemente del estamento, todos iguales, incluidos el millonario y el indigente –así decían, así pensaban, así consideraban sinceramente los mayores revolucionarios de aquel período que pasó a la historia como el período de la gran revolución francesa. La revolución iba contra los terratenientes bajo la consigna de igualdad, y llamaban igualdad a que el millonario y el obrero debían tener iguales derechos. La revolución fue más allá. Dice que «igualdad», –nosotros no lo dijimos especialmente en nuestro programa, pero no se puede repetir infinitamente, esto es tan claro como lo que dijimos sobre la libertad–, la igualdad es un engaño si contradice la liberación del trabajo del yugo del capital. Esto lo decimos, y es la pura verdad. Decimos que la república democrática con la igualdad moderna es una mentira, un engaño, que la igualdad allí no se cumple y no puede existir, y lo que impide gozar de esa igualdad es la propiedad de los medios de producción, del dinero, del capital. Se puede arrebatar inmediatamente la propiedad de los edificios ricos, se puede arrebatar relativamente pronto el capital y los instrumentos de producción, pero tomen la propiedad del dinero.

El dinero –¡pues es un coágulo de la riqueza social, un coágulo del trabajo social! El dinero es un certificado para recibir un tributo de todos los trabajadores, el dinero es el resto de la explotación de ayer. Esto es lo que es el dinero. ¿Se puede destruir de algún modo de inmediato? No. Aún antes de la revolución socialista, los socialistas escribían que el dinero no se puede abolir de inmediato, y nosotros con nuestra experiencia podemos confirmarlo. Se necesitan muchas conquistas técnicas y, lo que es mucho más difícil y mucho más importante, organizativas, para destruir el dinero, y hasta entonces hay que quedarse con la igualdad de palabra, en la constitución, y con la situación en que todo el que tiene dinero tiene de hecho el derecho a la explotación. Y nosotros no pudimos abolir el dinero de inmediato. Decimos: mientras el dinero subsista, y subsistirá bastante tiempo durante el período de transición de la vieja sociedad capitalista a la nueva sociedad socialista. La igualdad es un engaño si contradice los intereses de la liberación del trabajo del yugo del capital.

Engels tuvo mil veces razón cuando escribió: el concepto de igualdad, aparte de la supresión de las clases, es el más estúpido y absurdo prejuicio{80}. Los profesores burgueses intentaban acusarnos por el concepto de igualdad de que pretendemos hacer a un hombre igual a otro. En ese absurdo que ellos mismos inventaron intentaban acusar a los socialistas. Pero no sabían por su ignorancia que los socialistas –y precisamente los fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels– decían: la igualdad es una frase vacía si por igualdad no se entiende la supresión de las clases. Las clases queremos suprimirlas; en este aspecto estamos por la igualdad. Pero pretender que haremos a todos los hombres iguales entre sí, es la más vacía frase y la estúpida invención del intelectual, que a veces honestamente hace payasadas, retuerce las palabras, y el contenido no está –que se llame escritor, a veces científico y aún quien sea.

Y así decimos: nos proponemos como objetivo la igualdad como supresión de las clases. Entonces hay que suprimir también la diferencia de clase entre obreros y campesinos. Esto precisamente constituye nuestro objetivo. La sociedad en que haya quedado la diferencia de clase entre el obrero y el campesino no es ni sociedad comunista ni socialista. Por supuesto, al interpretar la palabra socialismo en cierto sentido, se puede llamar socialista, pero será casuística, discusión sobre palabras. El socialismo es la primera fase del comunismo –pero no vale la pena discutir sobre palabras. Una cosa está clara: mientras subsista la diferencia de clase entre el obrero y el campesino, no podemos hablar de igualdad sin guardarnos de caer, como agua en el molino de la burguesía. Los campesinos son una clase de la época patriarcal, una clase educada por decenios y siglos de esclavitud, y durante todos esos decenios el campesino existió como pequeño propietario, primero subordinado a otras clases, luego formalmente libre e igual, pero propietario y poseedor de artículos de alimentación.

Y aquí llegamos a la cuestión que provoca la mayor cantidad de críticas por parte de nuestros enemigos, que engendra la mayor cantidad de dudas entre las personas sin experiencia y que no reflexionan, y que más nos separa de aquellos que desean ser considerados demócratas, socialistas y que se ofenden con nosotros porque no los consideramos ni demócratas ni socialistas, sino que los llamamos partidarios de los capitalistas, quizá por oscuridad, pero partidarios de los capitalistas.

La situación del campesino es tal, por su modo de vida, sus condiciones de producción, las condiciones de su vida, las condiciones de su economía, que el campesino es medio trabajador, medio especulador.

Esto es un hecho. De este hecho no saltarán hasta que destruyan el dinero, hasta que destruyan el intercambio. Y para hacer eso se necesitan años y años de dominio estable del proletariado, porque solo el proletariado es capaz de vencer a la burguesía. Cuando nos dicen: «Vosotros sois violadores de la igualdad, habéis violado la igualdad no solo con los explotadores –con eso aún estoy quizá dispuesto a aceptar, declara algún socialista-revolucionario o menchevique, sin comprender lo que dice–, ¡pero habéis violado la igualdad entre obreros y campesinos, habéis violado la igualdad de la “democracia del trabajo”, sois criminales!». Respondemos: «Sí, hemos violado la igualdad entre obreros y campesinos y afirmamos que vosotros, que estáis por esa igualdad, sois partidarios de Kolchak». Hace poco leí un excelente artículo del camarada Germanov en «Pravda», en el que estaban las tesis del ciudadano Sher{81}, uno de los más «socialistas» socialdemócratas mencheviques. Estas tesis fueron propuestas en una de nuestras instituciones cooperativas. Estas tesis son tales que habría que grabarlas en una tabla, colgarla en todo comité ejecutivo de volost y firmar: «Esto es un kolchakovista».

Sé perfectamente que este ciudadano Sher y sus correligionarios me llamarán por esto calumniador y aún peor. Sin embargo, invito a las personas que han aprendido el abecé de la economía política y la gramática política a examinar atentamente quién tiene razón y quién no. El ciudadano Sher dice: la política alimentaria y en general la política económica del poder soviético no vale nada y hay que pasar, primero gradualmente y después más ampliamente, al libre comercio de productos alimenticios y a la garantía de la propiedad privada.

Digo que este es el programa económico, la base económica de Kolchak. Afirmo que el que ha leído a Marx, especialmente el primer capítulo de «El Capital», el que ha leído la popularización de Marx aunque sea de Kautsky: «La doctrina económica de Carlos Marx», tendrá que llegar a que, en efecto, en el momento en que ocurre la revolución del proletariado contra la burguesía, cuando se derroca la propiedad terrateniente y capitalista, cuando el país pasa hambre, arruinado por la guerra imperialista de cuatro años, la libertad de comercio de grano es la libertad del capitalista, la libertad de restauración del poder del capital. Este es el programa económico de Kolchak, porque Kolchak no se sostiene en el aire.

Es bastante necio reprochar a Kolchak solo por el hecho de que violentara a los obreros e incluso azotara a las maestras por simpatizar con los bolcheviques. Esta es una defensa vulgar de la democracia, son acusaciones necias a Kolchak. Kolchak actúa con los métodos que encuentra. Pero ¿económicamente con qué se sostiene? Se sostiene con la libertad de comercio, va por ella, por eso le apoyan todos los capitalistas. Y ustedes dicen: «Yo me fui de Kolchak, no soy kolchakovista». Esto, por supuesto, les honra, pero aún no demuestra que tengan sobre los hombros una cabeza capaz de razonar. Así respondemos a estas personas, sin atentar en absoluto contra el honor de los esers y mencheviques que se fueron de Kolchak cuando vieron que era un violento. Pero si semejante persona, en un país que lucha en un combate desesperado contra Kolchak, continúa luchando por la «igualdad de la democracia del trabajo», por la libertad de comercio de grano, es un kolchakovista, solo que no comprende el asunto, no sabe atar cabos.

Kolchak se sostiene porque, habiendo tomado una región rica en grano –se llame Kolchak o Denikin, los uniformes son distintos, la esencia es la misma–, allí permite la libertad de comercio de grano y la libertad de restauración del capitalismo. Así ha sido en todas las revoluciones, así será entre nosotros si de la dictadura del proletariado pasamos a esa «libertad» y a esa «igualdad» de los señores demócratas, esers, mencheviques de izquierda, etc., hasta a veces anarquistas –muchas etiquetas–. Ahora en Ucrania cada banda escoge una etiqueta, una más libre que otra, una más democrática que otra, y en cada distrito – una banda.

La igualdad entre obreros y campesinos nos la ofrecen los «defensores de los intereses del campesino trabajador», esto en su mayoría son esers. Otros, como el ciudadano Sher, estudiaron el marxismo y sin embargo no comprenden que la igualdad entre el obrero y el campesino durante el tiempo de transición del capitalismo al socialismo no puede existir, y a quienes la prometen hay que reconocerlos como difusores del programa de Kolchak, aunque no lo comprendan. Afirmo que todo el que reflexione sobre las condiciones concretas del país, especialmente de un país completamente arruinado, lo comprenderá.

Nuestros «socialistas», que afirman que ahora tenemos un período de revolución burguesa, nos acusan constantemente de tener un comunismo de consumo. Algunos añaden – comunismo de soldado, y se imaginan estar por encima, se imaginan haberse elevado por encima de esta especie «baja» de comunismo. Son simplemente personas que juegan con las palabras. Han visto libros, han aprendido libros, han repetido libros y no han entendido absolutamente nada en los libros. Hay tales científicos e incluso personas muy científicas. En los libros han leído que el socialismo es el desarrollo superior de la producción. Kautsky incluso ahora no hace más que repetir eso. Hace unos días vi un periódico alemán que llegó casualmente a nosotros, y en él leí sobre el último congreso de los Sóviets en Alemania{82}. Kautsky hizo de ponente y en su informe subrayaba –no él personalmente, sino su mujer, ya que él estaba enfermo, ella leyó su informe–, en ese informe subrayaba que el socialismo es el desarrollo superior de la producción y que sin producción ni el capitalismo ni el socialismo pueden mantenerse, y los obreros alemanes no lo comprenden.

¡Pobres obreros alemanes! Luchan contra Scheidemann y Noske, luchan contra los verdugos, tratan de derrocar el poder de los verdugos que continúan considerándose socialdemócratas, Scheidemann y Noske, piensan que está en marcha una guerra civil. Asesinado Liebknecht, asesinada Rosa Luxemburgo. Todos los burgueses rusos dicen –esto estaba impreso en un periódico de Ekaterinodar–: «¡Así hay que hacer con nuestros bolcheviques!». Así estaba impreso. Quien comprende el asunto, sabe perfectamente que toda la burguesía internacional está en ese punto de vista. Hay que defenderse. Scheidemann y Noske libran una guerra civil contra el proletariado. La guerra es guerra. Los obreros alemanes piensan que están en guerra civil, y todas las demás cuestiones tienen un significado subordinado. Hay que alimentar ante todo al obrero. Kautsky considera esto comunismo de soldado o de consumo. ¡Hay que desarrollar la producción!...

¡Oh, sapientísimos señores! Pero ¿cómo pueden ustedes desarrollar la producción en un país que ha sido saqueado y arruinado por los imperialistas, en el que no hay carbón, no hay materias primas, no hay instrumentos? «¡Desarrollo de la producción!» ¡Pero si no hay sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo o del Consejo de Defensa en la que no estemos dividiendo los últimos millones de puds de carbón o de petróleo y, experimentando un estado penoso, cuando todos los comisarios se quedan con los últimos restos y a cada uno no le alcanza y hay que decidir: cerrar las fábricas aquí o allí, dejar aquí a los obreros sin trabajo o allí –cuestión penosa, pero hay que hacerlo, porque no hay carbón–. El carbón está en la cuenca del Donetz, el carbón fue destruido por la invasión alemana. Tomen Bélgica, Polonia: es un fenómeno típico, en todas partes ocurre lo mismo, como consecuencia de la guerra imperialista. Esto significa que el desempleo y el hambre se presentan para muchos años, porque hay minas tales que, cuando están inundadas, no se recuperan en muchos años. Y aquí nos dicen: «El socialismo es el aumento de la productividad». ¡Han leído libros, señores buenos, han escrito libros, en los libros no han entendido nada! (Aplausos.)

Por supuesto, desde el punto de vista de una sociedad capitalista que hubiera pasado pacíficamente al socialismo en tiempo de paz, no tendríamos tareas más urgentes que el aumento de la productividad. Solo una pequeña palabra hay que decir: «Si». Si el socialismo naciera tan pacíficamente como los señores capitalistas no han querido permitir que nazca. Ha resultado un pequeño defecto. Si incluso no hubiera habido guerra, aun así los señores capitalistas habrían hecho todo para no permitir tal desarrollo pacífico. Las grandes revoluciones, incluso cuando empezaban pacíficamente, como la gran revolución francesa, terminaban en guerras furiosas que abría la burguesía contrarrevolucionaria. No puede ser de otro modo si se mira esta cuestión desde el punto de vista de la lucha de clases, y no de ese verbalismo pequeñoburgués sobre la libertad, la igualdad, la democracia del trabajo y la voluntad de la mayoría, de ese verbalismo pequeñoburgués estúpido con que nos obsequian los mencheviques, esers, toda esa «democracia». Un desarrollo pacífico hacia el socialismo no puede existir. Y en el período actual, después de la guerra imperialista, es ridículo hablar de que el desarrollo sea pacífico, especialmente en un país arruinado. Tomen Francia. Francia es la vencedora, y allí se ha reducido a la mitad la producción de grano. En Inglaterra, he visto en periódicos burgueses ingleses, dicen: «Ahora somos mendigos». ¡Y en un país arruinado reprochar a los comunistas la paralización de la producción! Quien dice esto, o es un completo idiota, aunque se llame tres veces líder de la Internacional de Berna, o un traidor a los obreros.

En un país que está arruinado, la primera tarea es salvar al trabajador. La primera fuerza productiva de toda la humanidad es el obrero, el trabajador. Si él sobrevive, lo salvaremos todo y lo restauraremos.

Soportaremos muchos años de miseria, de retroceso, hacia la barbarie. Nos ha hecho retroceder hacia la barbarie la guerra imperialista, y si salvamos al trabajador, salvamos la principal fuerza productiva de la humanidad –el obrero–, lo recuperaremos todo, pero pereceremos si no logramos salvarlo, y por eso aquellos que en este momento gritan sobre el comunismo de consumo y de soldado, mirando a los demás por encima del hombro, imaginándose que se han elevado por encima de estos bolcheviques-comunistas, ese, repito, no entiende absolutamente nada de economía política y se aferra a citas de libros, como un científico que tiene en la cabeza como una caja de citas, y las saca, y si se presenta una combinación nueva que no está descrita en el libro, se confunde y extrae de la caja precisamente la cita que no debe.

En el momento en que el país está arruinado, nuestra tarea principal y fundamental es defender la vida del obrero, salvar al obrero, y los obreros perecen porque las fábricas se paran, y las fábricas se paran porque no hay combustible, y porque nuestra producción es toda artificial, la industria está separada de los lugares de obtención de materias primas. Esto es así en todo el mundo. Las materias primas hay que traerlas a las fábricas de algodón rusas desde Egipto, desde América, lo más cerca desde Turkestán, ¡pues tráiganlas, cuando allí están las bandas contrarrevolucionarias y las tropas inglesas han tomado Ashjabad y Krasnovodsk! Tráiganlas desde Egipto, desde América, cuando los ferrocarriles no transportan, cuando los han arruinado, cuando están parados, no hay carbón.

Hay que salvar al obrero, aunque no pueda trabajar. Si lo salvamos durante estos pocos años, salvamos el país, la sociedad y el socialismo. Si no lo salvamos, caeremos de nuevo en la esclavitud asalariada. Así se plantea la cuestión sobre el socialismo, que nace no de la fantasía de un tonto pacífico que se llama socialdemócrata, sino de la realidad efectiva, de la lucha de clases furiosa, desesperadamente cruel. Esto es un hecho. Todo debe ser sacrificado para salvar la existencia del obrero. Y desde este punto de vista, cuando se acercan y nos dicen: «Estamos por la igualdad de la democracia del trabajo, y vosotros, comunistas, no dais igualdad ni siquiera a los obreros y campesinos», respondemos: el obrero y el campesino son iguales como trabajadores, pero el especulador de grano lleno no es igual al trabajador hambriento. Solo por eso en nuestra Constitución está escrito que el obrero y el campesino son desiguales.

¿Ustedes dicen que deben ser iguales? Vamos a sopesar, a calcular. Tomemos 60 campesinos, 10 obreros. Los 60 campesinos tienen excedente de grano. Andan harapientos, pero tienen grano. Tomemos 10 obreros. Después de la guerra imperialista están harapientos, extenuados, no tienen grano, combustible, materias primas. Las fábricas están paradas. ¿Qué, son iguales según ustedes? ¡60 campesinos tienen derecho a decidir y 10 obreros deben someterse! ¡Gran principio de igualdad, de unidad de la democracia del trabajo y decisión de la mayoría!

Así nos dicen. Respondemos: «Sois unos bufones, porque con bellas palabras encubrís y ocultáis la cuestión del hambre».

Les preguntamos: los obreros hambrientos en un país arruinado, donde las fábricas están paradas, ¿tienen derecho a someterse a la decisión de la mayoría de los campesinos, si estos no dan los excedentes de grano? ¿Tienen derecho a tomar esos excedentes de grano aunque sea por la violencia, si de otro modo no se puede? ¡Respondan directamente! Aquí empiezan a serpentear y a girar cuando se toma la cuestión de la verdadera esencia del asunto.

En todos los países la industria está arruinada y lo estará varios años, porque quemar las fábricas o inundar las minas es cosa fácil, volar vagones, romper locomotoras es cosa fácil, para eso cualquier tonto, aunque se llame oficial alemán o francés, es muy capaz, sobre todo si tiene una buena máquina para explosiones, tiros, etc., pero restaurar es cosa muy difícil, requiere años.

Los campesinos son una clase particular: como trabajadores, son enemigos de la explotación capitalista, pero al mismo tiempo son propietarios. El campesino durante siglos fue educado en que el grano es suyo y que es libre de venderlo. Es mi derecho, piensa el campesino, porque es mi trabajo, mi sudor y mi sangre. Transformar su psicología rápidamente no se puede, es un proceso largo y difícil de lucha. Quien se imagine que la transición al socialismo será tal que uno convencerá a otro, y otro a un tercero, es un niño en el mejor de los casos, o un hipócrita político, y de las personas que actúan en la tribuna política, la mayoría, por supuesto, pertenece a la última categoría.

La cuestión se plantea de tal modo que el campesino está habituado al libre comercio de grano. Cuando derrocamos las instituciones capitalistas, resultó que hay aún una fuerza de la que se sostenía el capitalismo: es la fuerza de la costumbre. Cuanto más resueltamente derrocamos todas las instituciones que sostenían el capitalismo, más clara se manifestó la otra fuerza que sostenía el capitalismo: la fuerza de la costumbre. Una institución se puede, con suerte, destruir de inmediato; una costumbre, nunca, con ningún éxito, se puede destruir de inmediato. Cuando hemos entregado toda la tierra al campesinado, lo hemos liberado de la propiedad terrateniente, cuando hemos derrocado todo lo que lo ataba, él continúa considerando «libertad» la libre venta de grano y «falta de libertad» la obligación de entregar a precio fijo los excedentes de grano. ¿Qué es esto y cómo es eso de «entregar», se indigna el campesino, sobre todo si además el aparato es aún malo, y es malo porque toda la intelectualidad burguesa está del lado de la Sujarevka{83}. Es comprensible que este aparato debe apoyarse en personas que aprenden y, en el mejor de los casos, si son honestas y están entregadas a la causa, aprenderán en unos pocos años, y hasta entonces el aparato será malo, y a veces se adhieren toda clase de estafadores que se llaman comunistas. Este peligro amenaza a todo partido gobernante, a todo proletariado victorioso, porque de inmediato no se puede ni quebrantar la resistencia de la burguesía ni instalar un aparato perfecto. Sabemos perfectamente que el aparato del Comisariado de Abastecimiento es aún malo. Recientemente se hicieron estudios estadísticos científicos de cómo se alimenta el obrero en las gobernaciones no agrícolas. Resultó que la mitad de la cantidad total de productos la recibe del Comisariado de Abastecimiento, la otra mitad de los especuladores; por la primera mitad paga una décima parte de todos sus gastos de alimentación, por la segunda, nueve décimas partes.

La mitad de los alimentos, reunida y suministrada por el Comisariado de Abastecimiento, ha sido reunida, por supuesto, mal, pero ha sido reunida socialísticamente, no capitalísticamente. Ha sido reunida venciendo al especulador, no mediante un trato con él, se ha reunido sacrificando todos los demás intereses del mundo, incluidos los intereses de la «igualdad» formal, con la que hacen alarde los señores mencheviques, esers y Cía., a los intereses de los obreros hambrientos. Quédense con su «igualdad», señores, y nosotros nos quedaremos con los obreros hambrientos, a los que hemos salvado del hambre. Por mucho que los mencheviques nos reprochen por la violación de la «igualdad», el hecho es que hemos resuelto a medias la tarea del abastecimiento en condiciones inauditas, de dificultades increíbles. Y decimos que si 60 campesinos tienen excedentes de grano y 10 obreros pasan hambre, entonces hay que hablar no de «igualdad» en general ni de «igualdad de los hombres del trabajo», sino de la obligación incondicional de los 60 campesinos de someterse a la decisión de los 10 obreros y darles, aunque sea en préstamo, los excedentes de grano.

Toda la economía política, si alguien ha aprendido algo de ella, toda la historia de la revolución, toda la historia del desarrollo político durante todo el siglo XIX nos enseña que el campesino o va con el obrero o va con el burgués. No puede ir de otro modo. Esto, por supuesto, quizá le parezca ofensivo a algún demócrata; alguno pensará que por maldad marxista calumnio al campesino. ¡Son mayoría los campesinos, son trabajadores, y no pueden ir por su propio camino! ¿Por qué?

Si usted no sabe por qué, diría yo a tales ciudadanos: lean los rudimentos de la economía política de Marx, su exposición en Kautsky, piensen en el desarrollo de cualquier gran revolución de los siglos XVIII y XIX, en la historia política de cualquier país del siglo XIX. Le responderá por qué. La economía de la sociedad capitalista es tal que la fuerza dominante solo puede ser el capital o el proletariado que lo derroca.

No hay otras fuerzas en la economía de esta sociedad.

El campesino es medio trabajador, medio especulador. El campesino es trabajador porque con su sudor y su sangre se procura su pan, es explotado por los terratenientes, capitalistas, comerciantes. El campesino es especulador porque vende el grano, artículo de primera necesidad, artículo que, si no lo hay, vale la pena dar por él toda la propiedad. El hambre no es una broma; por el grano se dan hasta mil rublos y lo que sea, aunque sea toda la propiedad.

El campesino no tiene la culpa de esto, pero sus condiciones económicas son tales que vive en la economía mercantil, ha vivido decenas y cientos de años, se ha acostumbrado a cambiar su grano por dinero. La costumbre no se transforma, el dinero no se puede destruir de inmediato. Para destruirlos hay que poner en marcha la organización de la distribución de los productos para centenares de millones de personas, cosa de largos años. Y así, mientras subsista la economía mercantil, mientras haya obreros hambrientos junto a campesinos llenos que ocultan el excedente de grano, subsistirá una cierta oposición de intereses entre obreros y campesinos, y quien se deshace de esta oposición real, creada por la vida, con frases sobre la «libertad», la «igualdad» y la «democracia del trabajo», es, en el mejor de los casos, un vacío verbalista, y en el peor, un hipócrita defensor del capitalismo. Si el capitalismo vence a la revolución, vencerá aprovechando la oscuridad de los campesinos, porque los soborna, los seduce con el retorno al libre comercio. Mencheviques y esers están de hecho del lado del capitalismo contra el socialismo.

El programa económico de Kolchak, Denikin y todos los guardias blancos rusos es el libre comercio. Ellos lo comprenden, y no es culpa suya que el ciudadano Sher no lo comprenda. Los hechos económicos de la vida no cambian porque tal o cual partido no los comprenda. La consigna de la burguesía es el libre comercio. Intentan engañar a los campesinos diciendo: «¿No sería mejor vivir como antes? ¿No sería mejor coserse con la libre, voluntaria venta del trabajo agrícola? ¿Qué puede haber más justo?». Así hablan los kolchakovistas conscientes, y tienen razón desde el punto de vista de los intereses del capital. Para restaurar el poder del capital en Rusia, hay que apoyarse en las tradiciones, en el prejuicio del campesino contra su razón, en la vieja costumbre del libre comercio, y hay que reprimir por la fuerza la resistencia de los obreros. No hay otra salida. Los kolchakovistas tienen razón desde el punto de vista del capital; en su programa económico y político saben atar cabos, comprenden dónde está el principio y dónde está el fin, comprenden la relación entre el libre comercio de los campesinos y el fusilamiento violento de los obreros. La relación existe, aunque el ciudadano Sher no la comprenda. El libre comercio de grano es el programa económico de los kolchakovistas; el fusilamiento de decenas de miles de obreros (como en Finlandia) es el medio necesario para realizar este programa, porque el obrero no cederá gratuitamente las conquistas que ha adquirido. La relación es indisoluble, y las personas que no entienden absolutamente nada en la ciencia económica y la política, personas que han olvidado los fundamentos del socialismo debido a su amedrentamiento pequeñoburgués –precisamente los mencheviques y «social-revolucionarios»–, esas personas intentan hacernos olvidar esta relación con frases sobre la «igualdad», sobre la «libertad», con gritos de que violamos el principio de igualdad dentro de la «democracia del trabajo», de que nuestra Constitución es «injusta».

El voto de varios campesinos vale tanto como el voto de un obrero. ¿Es esto injusto?

No, es justo para la época en que hay que derrocar al capital. Sé de dónde toman ustedes sus nociones de justicia. Son de la época capitalista de ayer. El propietario de mercancías, su igualdad, su libertad: he aquí sus nociones de justicia. Residuos pequeñoburgueses de prejuicios pequeñoburgueses: eso es su justicia, su igualdad, su democracia del trabajo. Y para nosotros la justicia está subordinada a los intereses del derrocamiento del capital. No se puede derrocar el capital sino mediante los esfuerzos unidos del proletariado.

¿Se pueden unir inmediata y firmemente a decenas de millones de campesinos contra el capital, contra el libre comercio? Ustedes no pueden hacerlo en virtud de las condiciones económicas, aunque los campesinos fueran completamente libres y mucho más cultos. No se puede hacer esto, porque para ello se necesitan otras condiciones económicas, se necesitan largos años de preparación. ¿Y quién hará esa preparación? O el proletariado o la burguesía.

El campesino, por su situación económica en la sociedad burguesa, está inevitablemente colocado de modo que o va con el obrero o con la burguesía. No hay término medio. Puede vacilar, confundirse, fantaseear, puede criticar, injuriar, puede maldecir a los representantes «estrechos» del proletariado, a los representantes «estrechos» de la burguesía. Ellos representan una minoría. Se les puede maldecir, decir altisonantes frases sobre la mayoría, sobre el carácter amplio y universal de su democracia del trabajo, sobre la democracia pura. Se pueden ensartar palabras cuanto se quiera. Serán palabras que encubren el hecho de que si el campesino no va con el obrero, va con la burguesía. Término medio no hay ni puede haber. Y las personas que en este período de transición más difícil de la historia, cuando los obreros pasan hambre y su industria está parada, no ayudan a los obreros a tomar el grano a un precio más justo, no al precio «libre», no al capitalista, no al precio de mercado, esas personas realizan el programa de los kolchakovistas, por mucho que lo nieguen para sí mismos personalmente y por muy sinceramente que estén convencidos de que cumplen honestamente su programa.

### V

Me detendré ahora en la última cuestión que he esbozado, la cuestión de la derrota y la victoria de la revolución. Kautsky, a quien he nombrado como principal representante del viejo socialismo podrido, no comprendió las tareas de la dictadura del proletariado. Nos reprochaba que la decisión por mayoría sería una decisión que podría asegurar un desenlace pacífico. La decisión por dictadura es una decisión por la vía militar. Es decir, si no ganan por la vía militar, serán vencidos y aniquilados, porque la guerra civil no toma prisioneros, aniquila. Así nos «amedrentaba» el asustado Kautsky.

Completamente cierto. Es un hecho. Confirmamos la corrección de esta observación. No hay nada que decir aquí. La guerra civil es más seria y cruel que cualquier otra. Siempre ha sido así en la historia, empezando por las guerras civiles de la antigua Roma, porque las guerras internacionales siempre terminaban en transacciones entre las clases poseedoras, y solo en la guerra civil la clase oprimida dirige sus esfuerzos a aniquilar hasta el final a la clase opresora, a aniquilar las condiciones económicas de existencia de esta clase.

Les pregunto: ¿qué valen los «revolucionarios» que amedrentan a la revolución iniciada diciéndole que puede sufrir una derrota? No ha habido, no hay, no habrá ni puede haber revoluciones que no corran el riesgo de la derrota. Revolución se llama a la lucha desesperada de clases que ha llegado al mayor encarnizamiento. La lucha de clases es inevitable. O bien hay que renunciar a la revolución en general, o bien hay que reconocer que la lucha contra las clases poseedoras será la más encarnizada de todas las revoluciones. Sobre esto, entre los socialistas más o menos conscientes no había divergencia de puntos de vista. Cuando tuve que analizar todo el fondo renegado de estos escritos de Kautsky, hace un año escribía: incluso si –esto era en septiembre del año pasado– incluso si mañana los imperialistas derrocaran el poder bolchevique, no nos arrepentiríamos ni un segundo de haberlo tomado[9]. Y ninguno de los obreros conscientes, que representan los intereses de las masas trabajadoras, se arrepentirá de esto, dudará de que nuestra revolución, sin embargo, ha vencido. Porque la revolución vence si impulsa hacia adelante a la clase avanzada, que asesta golpes serios a la explotación. Las revoluciones, en esta condición, vencen incluso cuando sufren una derrota. Puede parecer un juego de palabras, pero para mostrar que es un hecho, tomemos un ejemplo concreto de la historia.

Tomen la gran revolución francesa. No en vano se llama grande. Para su clase, para la que trabajó, para la burguesía, hizo tanto que todo el siglo XIX, ese siglo que dio la civilización y la cultura a toda la humanidad, transcurrió bajo el signo de la revolución francesa. En todos los confines del mundo no hizo más que aplicar, realizar por partes, completar lo que crearon los grandes revolucionarios franceses de la burguesía, a cuyos intereses servían, aunque no lo supieran, cubriéndose con palabras sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Nuestra revolución para nuestra clase, a la que servimos, para el proletariado, ha hecho en un año y medio ya incomparablemente más que lo que hicieron los grandes revolucionarios franceses.

Ellos se mantuvieron en el poder dos años y perecieron bajo los golpes de la reacción europea unida, perecieron bajo los golpes de las huestes unidas de todo el mundo, que quebrantaron a los revolucionarios franceses, restauraron al monarca legítimo, legal en Francia, al entonces Románov, restauraron a los terratenientes y por largos decenios ahogaron todo movimiento revolucionario en Francia. Y sin embargo, la gran revolución francesa venció.

Todo el que se relaciona conscientemente con la historia dirá que la revolución francesa, aunque fue derrotada, sin embargo venció, porque dio a todo el mundo unos fundamentos de democracia burguesa, de libertad burguesa que ya eran irreversibles.

Nuestra revolución en un año y medio ha dado para el proletariado, para la clase a la que servimos, para el fin para el que trabajamos, para el derrocamiento del dominio del capital, ha dado inconmensurablemente más que la revolución francesa para su clase. Y por eso decimos que aunque –tomando el peor de los casos posibles hipotéticamente– aunque mañana algún afortunado Kolchak matara a todos y cada uno de los bolcheviques, la revolución permanecería invencible. Y la prueba de nuestras palabras la encontramos en que la nueva organización estatal que ha surgido de esta revolución ha vencido ya moralmente en la clase obrera de todo el mundo, cuenta ya con su apoyo. Cuando perecieron en la lucha los grandes revolucionarios burgueses franceses, perecieron solitarios, no tenían apoyo en otros países. Contra ellos se alzaron todos los Estados europeos y, sobre todo, la avanzada Inglaterra. Nuestra revolución ahora, solo un año y medio después del dominio del poder bolchevique, ha logrado que la nueva organización estatal que ha creado, la organización soviética, se haya hecho comprensible, familiar, popular para los obreros de todo el mundo, se haya hecho propia para ellos.

Les he demostrado que la dictadura del proletariado es inevitable, necesaria e incondicionalmente obligatoria para salir del capitalismo. Dictadura significa no solo violencia, aunque es imposible sin violencia, significa también una organización del trabajo más elevada que la organización anterior. Por eso en mi breve saludo al comienzo del congreso subrayé esta tarea fundamental, elemental, simplísima de organización, y por eso tengo una hostilidad tan implacable hacia toda clase de invenciones intelectuales, hacia toda clase de «culturas proletarias». A esas invenciones opongo el abecé de la organización. Distribuyan el pan y el carbón de modo que haya un cuidado atento de cada pud de carbón, de cada pud de pan: he aquí la tarea de la disciplina proletaria. No una disciplina que se sostenga en el palo, como se sostenía la disciplina de los siervos, o en el hambre, como la de los capitalistas, sino la disciplina de camaradería, la disciplina de las uniones obreras. Resuelvan esta tarea elemental, simplísima de organización, y venceremos. Pues entonces irá plenamente con nosotros el campesino, que vacila entre el obrero y el capitalista, que no sabe si ir hacia las personas en las que aún no confía, pero no puede negarles que realizan un orden de trabajo más justo, en el que no habrá explotación, en el que el comercio «libre» de grano será un delito de Estado, o ir hacia aquellos que a la antigua prometen el libre comercio de grano, que supuestamente significa libertad de trabajo. Si el campesino ve que el proletariado construye su poder estatal de modo que sabe instaurar el orden –y el campesino lo exige, lo quiere, y en esto tiene razón, aunque hay mucho confuso, mucho reaccionario y muchos prejuicios ligados a ese afán de orden del campesino–, entonces el campesino, al fin y al cabo, tras una serie de vacilaciones, irá con el obrero. El campesino no puede salir simplemente, fácil, inmediatamente de la vieja sociedad a la nueva. Sabe que la vieja sociedad le daba «orden» al precio de la ruina de los trabajadores, al precio de convertirlos en esclavitud. No sabe si el proletariado puede darle orden. De él, embrutecido, oscuro, disperso, no se puede pedir más. No creerá a ninguna palabra, a ningún programa. Y hará bien en no creer a las palabras, porque si no, no habría salida de los engaños. Creerá solo a la obra, a la experiencia práctica. Demuéstrele que ustedes, el proletariado unido, el poder estatal proletario, la dictadura proletaria, saben distribuir el pan y el carbón de modo que salven cada pud de pan y cada pud de carbón, saben lograr que el excedente de cada pud de pan y de cada pud de carbón no vaya a la venta especulativa, no sirva a los héroes de la Sujarevka, sino que sirva para la distribución justa, para el abastecimiento de los obreros hambrientos, para su apoyo incluso en momentos como el del desempleo, cuando se paran las plantas y fábricas. Demuéstrenlo. He aquí la tarea fundamental de la cultura proletaria, de la organización proletaria. Se puede aplicar la violencia sin tener raíces económicas, pero entonces está condenada por la historia a la perdición. Pero se puede aplicar la violencia apoyándose en la clase avanzada, en principios más elevados del régimen socialista, de orden y organización. Y entonces puede sufrir temporalmente un fracaso, pero es invencible.

Si la organización proletaria muestra al campesino que el orden es correcto, la distribución del trabajo y del pan es correcta, el cuidado de cada pud de pan y de carbón está realizado, que nosotros, como obreros, con nuestra disciplina de camaradería, de unión, podemos realizar esto, que con la violencia luchamos solo defendiendo los intereses del trabajo, tomando el pan al especulador, no al trabajador, y que vamos a un acuerdo con el campesino medio, el campesino trabajador, que estamos dispuestos a darle todo lo que podemos dar ahora –si el campesino ve esto, entonces su alianza con la clase obrera, su alianza con el proletariado será indestructible–, hacia eso vamos.

Sin embargo, me he apartado un poco de mi tema y debo volver a él. Ahora en todos los países la palabra «bolchevique» y la palabra «Soviet» han dejado de ser una expresión extraña, como lo era hace poco, a modo de la palabra «bóxer», que repetíamos sin entender. La palabra «bolchevique» y la palabra «Soviet» se repiten ahora en todos los idiomas del mundo. Los obreros conscientes ven cómo la burguesía de todos los países, cada día en millones de ejemplares de sus periódicos, cubre de calumnias al poder soviético; ellos aprenden con esa injuria. Hace poco leía algunos periódicos americanos. Vi un discurso de un pope americano que decía que los bolcheviques son personas inmorales, que introducen la nacionalización de las mujeres, que son salteadores, saqueadores. Y vi la respuesta de los socialistas americanos: distribuyen a 5 centavos la Constitución de la República Soviética de Rusia, de esa «dictadura» que no da «igualdad a la democracia del trabajo». Responden citando un párrafo de esa Constitución de esos «usurpadores», «salteadores», «violentos» que violan la unidad de la democracia del trabajo. Entre otras cosas, cuando recibieron a Breshkovskaya, el mayor periódico capitalista de Nueva York imprimía con letras de a palmo el día de la llegada de Breshkovskaya: «¡Bienvenida, abuela!». Los socialistas americanos lo reimprimieron y decían: «Ella está por la democracia política; ¿os sorprendéis, obreros americanos, de que la alaben los capitalistas?». Ella está por la democracia política. ¿Por qué tienen que alabarla? Porque está contra la constitución soviética. «Y aquí tienen –dicen los socialistas americanos– un párrafo de la Constitución de esos salteadores». Citan siempre el mismo párrafo, que dice: no puede elegir ni tiene derecho a ser elegido quien explota el trabajo ajeno. Este párrafo de nuestra Constitución es conocido en todo el mundo. El poder soviético precisamente porque ha dicho abiertamente que todo se subordina a la dictadura del proletariado, que es un nuevo tipo de organización estatal, precisamente por eso se ha ganado la simpatía de los obreros de todo el mundo. Esta nueva organización del Estado nace con grandísima dificultad, porque vencer la propia desorganización, la propia relajación pequeñoburguesa es lo más difícil, es un millón de veces más difícil que reprimir al violento terrateniente o al violento capitalista, pero es también un millón de veces más fecundo para crear una nueva organización, libre de explotación. Cuando la organización proletaria resuelva esta tarea, entonces el socialismo vencerá definitivamente. A esto hay que dedicar toda la actividad, tanto de la educación extraescolar como de la escolar. A pesar de las extraordinariamente pesadas condiciones, de que la transformación socialista ocurra por primera vez en el mundo en un país con un nivel de cultura tan bajo, a pesar de esto, el poder soviético ha logrado ya el reconocimiento de los obreros de otros países. La palabra «dictadura del proletariado» es una palabra latina, y todo trabajador que la oía no comprendía qué era eso, no comprendía cómo se realiza en la vida. Ahora esta palabra ha sido traducida del latín a las lenguas populares modernas; ahora hemos mostrado que la dictadura del proletariado es el poder soviético, ese poder en que los obreros se organizan ellos mismos y dicen: «Nuestra organización está por encima de todo; ningún no trabajador, ningún explotador tiene derecho a participar en esta organización. Esta organización está dirigida toda ella a un solo fin: al derrocamiento del capitalismo. Con ninguna consigna falsa, con ningún fetiche, como la “libertad”, la “igualdad”, nos engañaréis. No reconocemos ni libertad, ni igualdad, ni democracia del trabajo si contradicen los intereses de la liberación del trabajo del yugo del capital». Esto lo hemos introducido en la Constitución soviética y hemos atraído hacia ella ya las simpatías de los obreros de todo el mundo. Ellos saben que, por difícil que nazca el nuevo orden, por duras pruebas e incluso derrotas que recaigan sobre la suerte de las Repúblicas soviéticas particulares, ninguna fuerza en el mundo hará retroceder a la humanidad. (Ruidosos aplausos.)