DISCURSO DE APERTURA DEL CONGRESO

18 DE MARZO

Camaradas: Las primeras palabras que se pronuncien en nuestro Congreso deben ser dedicadas al camarada Yákov Mijáilovich Sverdlov. Camaradas, si Yákov Mijáilovich Sverdlov fue para todo el Partido y para toda la República Soviética un organizador principalísimo, como han dicho hoy en el entierro muchos compañeros, para el Congreso del Partido fue algo mucho más valioso y entrañable. Hemos perdido a un camarada que consagró íntegramente sus últimos días al Congreso. Su ausencia aquí repercutirá en toda la marcha de nuestra labor, y el Congreso notará su falta con singular fuerza. Camaradas, propongo que honremos su memoria, poniéndonos en pie. (Todos se ponen en pie.)

Camaradas, iniciamos las labores de nuestro Congreso del Partido en un momento muy difícil, complicado y peculiar de la revolución proletaria rusa y mundial. Si en los primeros tiempos que siguieron a Octubre, las fuerzas del Partido y del Poder soviético se vieron absorbidas casi totalmente por las tareas de la defensa directa, de la resistencia inmediata ante los enemigos —a la burguesía interior y exterior, que no admitía siquiera la idea de que la república socialista tuviera una existencia más o menos prolongada—, nos hemos ido fortaleciendo poco a poco, a pesar de todo, y han empezado a plantearse en primer plano las tareas de fomento y organización. Creo que nuestro Congreso va a transcurrir íntegramente bajo el signo de esta labor de fomento y organización. Los problemas programáticos, que ofrecen enormes dificultades en el aspecto teórico, son también, ante todo, problemas de fomento. Y el problema de organización, así como el del Ejército Rojo y, en particular, el del trabajo en el campo, que figuran de manera especial en el orden del día del Congreso, requieren que tensemos y concentremos la atención en el problema principal, que presenta las mayores dificultades, pero que constituye la tarea más grata para los socialistas: el problema de organización. Hay que recalcar aquí, en particular, que ante nosotros debe plantearse precisamente ahora una de las tareas más difíciles de la edificación comunista en un país de pequeños campesinos: la de qué actitud adoptar frente al campesino medio.

Camaradas, es natural que durante los primeros tiempos, cuando debíamos defender el derecho de la República Soviética a la existencia, no pudiera plantearse esta cuestión con gran amplitud ni en primer plano. La guerra implacable contra la burguesía rural y los kulaks hacía que ocupara el lugar primordial la tarea de organizar a los proletarios y semiproletarios del campo. Mas el paso inmediato de un partido que quiere sentar los firmes cimientos de la sociedad comunista consiste en resolver con acierto el problema de nuestra actitud frente al campesino medio. Esta tarea es de un orden superior. Y no podíamos plantearla en toda su amplitud hasta que no estuvieran garantizadas las bases de existencia de la República Soviética. Esta tarea es más compleja. Requiere que determinemos nuestra actitud ante un sector de la población numeroso y fuerte. Esta actitud no puede ser determinada con una respuesta simple: lucha o apoyo. Si nuestra tarea respecto a la burguesía se formula con las palabras “lucha” y “aplastamiento”, si esa tarea respecto a los proletarios y semiproletarios del campo se formula con las palabras “nuestro puntal”, en el caso de los campesinos medios es, indudablemente, más complicada. En este caso, los socialistas, los mejores representantes del socialismo de los viejos tiempos —cuando creían aún en la revolución y se ponían a su servicio en los terrenos teórico e ideológico— hablaban de neutralizar al campesinado, es decir, de hacer del campesino medio un sector social que, si no ayudaba activamente a la revolución del proletariado, al menos no la obstaculizara y se mantuviese neutral, que no se pusiera al lado de nuestros enemigos. Este planteamiento teórico, abstracto, de la tarea está claro por completo para nosotros. Pero no es suficiente.

Ha comenzado una fase de la edificación socialista en la que hay que elaborar concretamente y con todo detalle las reglas e indicaciones fundamentales, comprobadas por la experiencia del trabajo en el campo, que deben servirnos de guía para llegar a concertar una alianza sólida con el campesino medio, para hacer imposibles las desviaciones y equivocaciones tantas veces repetidas, que lo apartaban de nosotros, aunque, en realidad, podíamos aspirar plenamente a toda su confianza, pues nosotros, el Partido Comunista dirigente, fuimos los primeros en ayudar al campesino ruso a desembarazarse por completo del yugo de los terratenientes y fundar para él la verdadera democracia. Esta tarea no es de las que requieren un aplastamiento y una ofensiva rápidos e implacables. Es, sin duda, más compleja. Mas me permito expresar la seguridad de que, después de un año de labor previa, la cumpliremos.

Unas cuantas palabras sobre nuestra situación internacional. Camaradas, todos saben, naturalmente, que la fundación de la III Internacional, de la Internacional Comunista, en Moscú, es un acto de suma importancia para determinar nuestra situación internacional. Se encuentra aún frente a nosotros una ingente fuerza militar real bien pertrechada: todas las. potencias más poderosas del mundo. Y, sin embargo, nos decimos con seguridad que esta fuerza, aparentemente gigantesca y mucho más poderosa que nosotros desde el punto de vista físico, se ha tambaleado. No es ya una fuerza. No hay en ella esa solidez que había antes. Por eso, nuestra tarea y nuestro objetivo —salir vencedores en la lucha contra ese gigante— no son utópicos. Por el contrario, a pesar de que ahora estamos aislados de manera artificiosa de todo el mundo, no pasa un solo día sin que los periódicos informen del ascenso del movimiento revolucionario en todos los países. Más aún: sabemos y vemos que este crecimiento adopta la forma soviética. Y en eso reside la garantía de que, al implantar el Poder soviético, hemos hallado la forma internacional, universal, de la dictadura del proletariado. Y estamos firmemente convencidos de que el proletariado del mundo entero ha emprendido el camino de esa lucha, el camino de la creación de esas formas de poder proletario —del poder de los obreros y de los trabajadores—, y de que no hay en el mundo fuerza capaz de contener la marcha de la revolución comunista mundial hacia la República Soviética mundial. (Prolongados aplausos.)

Camaradas, permítanme ahora que, en nombre del Comité Central del Partido Comunista de Rusia, declare abierto el VIII Congreso y pasemos a elegir la presidencia.