El camarada Béla Kun me era bien conocido ya desde la época en que era prisionero de guerra en Rusia y en varias ocasiones vino a conversar conmigo sobre temas relacionados con el comunismo y la revolución comunista. Por eso, cuando llegó la noticia de la revolución comunista húngara, y además una noticia firmada por el camarada Béla Kun, quisimos hablar con él para aclarar con mayor precisión cómo estaban las cosas con esa revolución. Las primeras informaciones sobre ella hacían temer un poco que no hubiera un engaño por parte de los llamados socialistas o socialtraidores, que no hubieran burlado a los comunistas, tanto más cuanto que estos estaban en la cárcel. Así, al día siguiente de la primera información sobre la revolución húngara, envié un radiotelegrama a Budapest[5], pidiendo a Béla Kun que se acercara al aparato, haciéndole preguntas de tal índole que permitieran comprobar si era él quien estaba presente, y preguntándole qué garantías reales existían en cuanto al carácter del gobierno y su política efectiva. La respuesta que dio el camarada Béla Kun fue completamente satisfactoria y disipó todas nuestras dudas. Resultó que los socialistas de izquierda fueron a la cárcel donde estaba Béla Kun para consultar sobre la formación del gobierno. Y solo esos socialistas de izquierda, simpatizantes de los comunistas, junto con gente del centro, formaron el nuevo gobierno, mientras que los socialistas de derecha, los socialtraidores, por así decirlo, irreconciliables e incorregibles, se fueron del partido y se fueron sin llevarse consigo a ningún obrero. Las informaciones posteriores mostraron que la política del gobierno húngaro era la más firme y en una dirección comunista hasta tal punto que, si nosotros comenzamos con el control obrero y solo gradualmente pasamos a la socialización de la industria, Béla Kun, con su autoridad y su certeza de que contaba con el apoyo de enormes masas, pudo aprobar de inmediato la ley sobre la transferencia a la propiedad pública de todas las empresas industriales de Hungría que se gestionaban de manera capitalista. Pasaron dos días y nos convencimos plenamente de que la revolución húngara se había colocado de inmediato, con una rapidez extraordinaria, sobre los rieles comunistas. La burguesía misma entregó el poder a los comunistas de Hungría. La burguesía demostró al mundo entero que, cuando llega una crisis grave, cuando la nación está en peligro, la burguesía no puede gobernar. Y solo existe un poder verdaderamente popular, verdaderamente amado por el pueblo: el poder de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos.

¡Viva el poder soviético en Hungría!