¡Compañeros! En el día en que los trabajadores de todo el mundo conmemoran el heroico levantamiento de la Comuna de París y su trágico final, nos toca enterrar a Yákov Mijáilovich Sverdlov. Al camarada Sverdlov le correspondió, en el curso de nuestra revolución, en sus victorias, expresar más plena y totalmente que nadie los rasgos más importantes y más esenciales de la revolución proletaria, y es precisamente en esto, en mucha mayor medida aún que en su entrega sin reservas a la causa revolucionaria, donde reside su significado como dirigente de la revolución proletaria.

¡Compañeros! A juicio de las personas que juzgan superficialmente, a juicio de los numerosos enemigos de nuestra revolución o de aquellos que aún hoy vacilan entre la revolución y sus adversarios, a juicio de estas personas, lo que más salta a la vista es aquel rasgo de la revolución que se expresó en el ajusticiamiento decidido, implacablemente firme, contra los explotadores y enemigos del pueblo trabajador. No cabe duda de que sin este rasgo –sin la violencia revolucionaria– el proletariado no habría podido vencer, pero tampoco puede haber duda de que la violencia revolucionaria representó un procedimiento necesario y legítimo de la revolución solo en ciertos momentos de su desarrollo, solo en presencia de ciertas y especiales condiciones, mientras que un rasgo mucho más profundo y permanente de esta revolución y condición de sus victorias fue y sigue siendo la organización de las masas proletarias, la organización de los trabajadores. En esta organización de millones de trabajadores residen las mejores condiciones de la revolución, la fuente más profunda de sus victorias. Este rasgo de la revolución proletaria ha puesto de relieve, en el curso de la lucha, a dirigentes como aquel que encarnó más que nadie esta peculiaridad hasta ahora inédita en la revolución: la organización de las masas. Este rasgo de la revolución proletaria puso de relieve también a un hombre como Y. M. Sverdlov, quien ante todo y sobre todo fue un organizador.

¡Compañeros! A nosotros, los rusos, especialmente en los tiempos duros para los revolucionarios, en tiempos de una preparación dura, prolongada, a veces penosa y excesivamente larga de la revolución, nos ha tocado sufrir principalmente por la divergencia entre la teoría, los principios, el programa y la práctica, nos ha tocado sufrir con mayor frecuencia por una inmersión excesiva en la teoría, separada de la acción directa.

La historia del movimiento revolucionario ruso durante muchas décadas conoce un martirologio de personas entregadas a la causa revolucionaria, pero que no tuvieron la posibilidad de encontrar una aplicación práctica a sus ideales revolucionarios. Y en este sentido, la revolución proletaria dio por primera vez a los antiguos solitarios, a los héroes de la lucha revolucionaria, un verdadero terreno, una verdadera base, un verdadero ambiente, un verdadero auditorio y un verdadero ejército proletario, donde esos dirigentes pudieron manifestarse. En este sentido, se destacan sobre todo aquellos dirigentes que supieron, como organizadores de acción práctica, conquistarse un lugar tan excepcionalmente destacado como el que conquistó y del que gozó con todo derecho Y. M. Sverdlov.

Si echamos una mirada al camino de la vida de este dirigente de la revolución proletaria, veremos de inmediato que su notable talento organizador se formó en el curso de una larga lucha, que este dirigente de la revolución proletaria forjó él mismo cada una de sus notables cualidades de gran revolucionario, después de vivir y experimentar diversas épocas en las condiciones más duras de la actividad del revolucionario. En el primer período de su actividad, siendo aún muy joven, apenas imbuido de conciencia política, se entregó de inmediato y por completo a la revolución. En esta época, a principios del siglo XX, teníamos ante nosotros al camarada Sverdlov como el tipo más acuñado de revolucionario profesional: un hombre que rompió por completo con la familia, con todas las comodidades y hábitos de la vieja sociedad burguesa, un hombre que se entregó por completo y sin reservas a la revolución y, en largos años, incluso décadas, pasando de la cárcel al exilio y del exilio a la cárcel, forjó en sí mismo aquellas cualidades que templaban a los revolucionarios durante largos y largos años.

Pero este revolucionario profesional nunca, ni por un momento, se separó de las masas. Si las condiciones del zarismo lo condenaban, como a todos los revolucionarios de entonces, a una actividad predominantemente clandestina e ilegal, incluso en esta actividad clandestina e ilegal el camarada Sverdlov caminaba siempre hombro con hombro y mano a mano con los obreros avanzados, quienes justamente desde principios del siglo XX empezaron a reemplazar a la anterior generación de revolucionarios procedentes de la intelectualidad.

Precisamente en esta época los obreros avanzados se lanzaron al trabajo por decenas y centenares y se forjaron aquella templanza para la lucha revolucionaria sin la cual, junto con el más firme vínculo con las masas, no habría podido tener éxito la revolución del proletariado en Rusia. Precisamente este largo camino de trabajo ilegal es lo más característico del hombre que, participando constantemente en la lucha, nunca se separó de las masas, nunca abandonó Rusia, actuó siempre con los mejores de los obreros y supo, a pesar de aquel aislamiento de la vida a que condenaban al revolucionario las persecuciones, supo forjar en sí mismo no solo un dirigente querido por los obreros, no solo un dirigente que conocía más amplia y más profundamente la práctica, sino también un organizador de los proletarios avanzados. Y si algunos pensaban –las más de las veces así lo pensaban nuestros adversarios o los vacilantes– que esta total absorción por el trabajo ilegal, que este rasgo del revolucionario profesional lo separa de las masas, precisamente el ejemplo de la actividad revolucionaria de Y. M. Sverdlov nos muestra cuán profundamente errónea es esta opinión, cómo, al contrario, precisamente aquella entrega sin reservas a la causa revolucionaria que marcó la vida de los hombres que recorrieron muchas cárceles y los más lejanos exilios siberianos, precisamente ella creó a tales dirigentes, flor de nuestro proletariado. Y si ella se combinaba con la capacidad, con la habilidad para entender a las personas, para organizar el trabajo de organización, solo ella forjaba a los grandes organizadores. A través de los círculos ilegales, a través del trabajo revolucionario clandestino, a través del partido ilegal, que nadie encarnó y expresó tan integralmente como Y. M. Sverdlov, solo a través de esta escuela práctica, solo por este camino pudo llegar al puesto de primer hombre en la primera república soviética socialista, al puesto de primero entre los organizadores de las amplias masas proletarias.

¡Compañeros! Todos aquellos a quienes les ha tocado, como me ha tocado a mí, trabajar día a día con el camarada Sverdlov, tienen especialmente claro que solo el excepcional talento organizador de este hombre nos aseguraba aquello de lo que hasta ahora nos enorgullecíamos y nos enorgullecemos con pleno derecho. Él nos aseguraba plenamente la posibilidad de un trabajo armonioso, racional, verdaderamente organizado, un trabajo que fuera digno de las masas proletarias organizadas y respondiera a las necesidades de la revolución proletaria, ese trabajo organizado y cohesionado sin el cual no habríamos podido tener ningún éxito, sin el cual no habríamos superado ninguna de las innumerables dificultades, ninguna de las duras pruebas por las que hemos pasado hasta ahora y por las que estamos obligados a pasar ahora.

En la lucha hirviente que es la revolución, en ese puesto especial en que se halla todo revolucionario, si el trabajo incluso de un pequeño colegio se transforma en discusión, tiene una enorme importancia la gran autoridad moral, conquistada en el curso de la lucha, indiscutible e incuestionable, autoridad que extrae su fuerza, por supuesto, no de la moral abstracta, sino de la moral del luchador revolucionario, de la moral de las filas y las formaciones de las masas revolucionarias.

Si durante más de un año logramos soportar las cargas desmedidas que recaían sobre el estrecho círculo de revolucionarios abnegados, si los grupos dirigentes pudieron resolver con tanta firmeza, rapidez y unanimidad las cuestiones más difíciles, fue únicamente porque entre ellos ocupaba un lugar destacado un organizador tan excepcional y talentoso como Yákov Mijáilovich. Solo él logró reunir en sí mismo un conocimiento asombroso del personal de los dirigentes del movimiento proletario; solo él logró, durante largos años de lucha —de la que aquí solo puedo hablar muy brevemente—, desarrollar en sí mismo un notable olfato de práctico, un notable talento de organizador, esa autoridad absolutamente indiscutible gracias a la cual las ramas más importantes del trabajo del Comité Ejecutivo Central Panruso, que solo estaban al alcance de un grupo de personas, fueron gestionadas total y exclusivamente de manera unipersonal por Yákov Mijáilovich. Solo él logró conquistar una posición tal que, en una inmensa cantidad de las cuestiones prácticas organizativas más grandes e importantes, bastaba una sola palabra suya para que, de manera indiscutible, sin consultas, sin votaciones formales, la cuestión quedara resuelta de una vez por todas, y todos tuvieran la plena seguridad de que la cuestión estaba resuelta sobre la base de un conocimiento práctico y un olfato organizativo tales que no solo cientos y miles de obreros avanzados, sino también las masas, considerarían esa resolución como definitiva.

La historia ha mostrado desde hace tiempo que las grandes revoluciones, en el curso de su lucha, hacen surgir a grandes hombres y despliegan talentos que antes parecían imposibles. Nadie habría creído que de la escuela del círculo ilegal y el trabajo clandestino, de la escuela del pequeño partido perseguido y de la prisión de Turujansk, pudiera surgir un organizador que conquistara para sí una autoridad absolutamente indiscutible, organizador de todo el poder soviético en Rusia y, por sus conocimientos, único organizador del trabajo del partido que creó estos Soviets y llevó a la práctica el poder soviético, que ahora realiza su marcha difícil, dolorosa, bañada en sangre, pero victoriosa, hacia todos los pueblos, a través de los países del mundo entero.

A un hombre así, que forjó en sí mismo ese talento organizativo excepcional, nunca podremos sustituirlo, si por sustitución entendemos la posibilidad de encontrar a una sola persona, a un solo camarada, que reúna en sí mismo tales capacidades. Nadie de los que conocieron de cerca y observaron el trabajo constante de Yákov Mijáilovich puede dudar de que, en ese sentido, Yákov Mijáilovich es insustituible. El trabajo que él realizaba solo en el ámbito de la organización, la selección de personas, su designación para puestos de responsabilidad en todas las diversas especialidades —ese trabajo solo estará ahora a nuestro alcance si para cada una de las grandes ramas de las que se ocupaba unipersonalmente el camarada Sverdlov, logran ustedes destacar grupos enteros de personas que, siguiendo sus pasos, sean capaces de acercarse a lo que hacía un solo hombre.

Pero la revolución proletaria es fuerte precisamente por la profundidad de sus fuentes. Sabemos que en lugar de los hombres que han entregado abnegadamente su vida, que la han puesto en esta lucha, ella hace surgir filas de otros hombres, quizás menos experimentados, menos conocedores y menos preparados al comienzo de su camino, pero hombres que están ampliamente vinculados con las masas y que son capaces de poner, en lugar de los grandes talentos que se han ido, grupos de personas que continúan su obra, que siguen su camino, que culminan lo que ellos comenzaron. Y en este sentido estamos profundamente convencidos de que la revolución proletaria en Rusia y en todo el mundo hará surgir grupos y más grupos de hombres, hará surgir numerosas capas de proletarios, de campesinos trabajadores, que proporcionarán ese conocimiento práctico de la vida, ese talento organizativo —si no unipersonal, sí colectivo— sin el cual los ejércitos de millones de proletarios no pueden llegar a su victoria.

La memoria del camarada Y. M. Sverdlov servirá no solo como símbolo eterno de la devoción del revolucionario a su causa, no solo como ejemplo de combinación de sobriedad práctica y habilidad práctica, de plena vinculación con las masas y de capacidad para dirigirlas, sino que servirá también como garantía de que masas cada vez más amplias de proletarios, guiándose por estos ejemplos, avanzarán y avanzarán hacia la victoria completa de la revolución comunista mundial.

«Pravda» n.º 60, 20 de marzo de 1919

Se publica según la transcripción taquigráfica, cotejada con el texto del periódico «Pravda».