Camaradas, me alegra mucho tener la oportunidad de saludar en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo al congreso de trabajadores agrícolas, que tiene como tarea la fundación del sindicato de trabajadores agrícolas.

Camaradas, en el Comité Central del Partido y en el Consejo Panruso de Sindicatos ya hemos realizado más de una vez reuniones conjuntamente con el Comisario del Pueblo de Trabajo, el camarada Schmidt, y miembros del Consejo Panruso de Sindicatos y otros, sobre la cuestión de cómo proceder a la organización de los trabajadores agrícolas. En ninguna parte del mundo, ni siquiera en los países capitalistas más avanzados, que ya conocen, no solo durante décadas, sino durante siglos, la historia de la formación de sindicatos, han logrado los trabajadores agrícolas crear un sindicato medianamente permanente. Ustedes saben qué obstáculo representan aquí las condiciones de la vida campesina y del trabajo agrícola, qué enorme obstáculo es el hecho de que los trabajadores agrícolas estén dispersos, atomizados, por lo que les resulta inmensamente más difícil unirse en un sindicato que a los trabajadores urbanos.

Al mismo tiempo, el poder obrero-campesino se ha puesto, a lo largo de toda la línea, a construir la sociedad comunista. Se ha propuesto como tarea no solo barrer definitivamente a los terratenientes y capitalistas –esto ya casi lo hemos hecho–, sino edificar una sociedad en la que ni el terrateniente ni el capitalista puedan volver a entrar. No pocas veces ha ocurrido en las revoluciones que se haya logrado barrer a terratenientes y capitalistas, pero de los kuláks, de los campesinos ricos, de los especuladores, en un plazo bastante corto han surgido nuevos capitalistas que, a veces, oprimían aún más a los obreros que los viejos terratenientes y capitalistas. He aquí la tarea que nos corresponde resolver: hacer que no solo los viejos capitalistas resulten barridos, sino que no puedan surgir otros nuevos, que el poder esté consolidado plena, total y exclusivamente en manos de quienes trabajan, de quienes viven de su propio trabajo. ¿Cómo hacer esto? Para ello hay un solo camino: el camino de la organización de los obreros rurales, de los proletarios; esta organización debe ser permanente; solo en una organización de masas permanente podrán los obreros agrícolas aprender a dirigir por sí mismos la gestión de las grandes explotaciones agrícolas, pues si ellos mismos no lo aprenden, entonces, –como todos han oído desde hace mucho en la canción de «La Internacional»– nadie podrá venir en su ayuda. Lo más que puede hacer el poder de los Soviets, el poder soviético, es prestar toda clase de ayuda a dicha organización. Las organizaciones capitalistas obstaculizaban esto con todas sus fuerzas, con todos los medios legales, con diversos ardides, artimañas policiacas, pegas, con toda clase de verdades y mentiras. En el país europeo más avanzado –en Alemania– todavía no existe libertad de asociación para los obreros rurales; allí aún perdura la ley sobre la servidumbre doméstica, y los obreros rurales siguen existiendo en condiciones de vida de siervos. Hace no mucho tuve ocasión de conversar con un eminente inglés que vino a Rusia durante la guerra. Antes era partidario del capitalismo, y luego, durante nuestra revolución, evolucionó magníficamente, primero hacia el menchevique, y ahora hasta bolchevique. Y cuando me ocurrió conversar con él acerca de las condiciones de trabajo en Inglaterra –y en Inglaterra no hay campesinado, solo hay grandes capitalistas y obreros agrícolas–, dijo: «No lo veo con optimismo, porque nuestros obreros rurales viven en condiciones de feudalismo, no de capitalismo; están tan abatidos, entorpecidos, agobiados por el trabajo, les resulta tan difícil unirse». Y esto ocurre en el país más avanzado, donde el intento de crear un sindicato de obreros rurales por parte de un obrero agrícola inglés se hizo ya hace medio siglo{15}. ¡Este es el progreso en los países capitalistas libres! En nuestro país, el poder estatal decidió desde el principio prestar ayuda a la organización de los obreros rurales y de otros obreros. Debemos prestar toda clase de ayuda. Me alegra especialmente ver que aquí, en Petrogrado, donde hay tantos edificios magníficos, palacios que tenían un destino completamente incorrecto, los compañeros han actuado bien al confiscar esos palacios y convertirlos en lugares de reunión, congresos y asambleas precisamente de aquellas clases de la población que trabajaron para esos palacios y durante siglos los crearon, ¡y a las que no se dejaba acercarse ni a una versta de ellos! (Aplausos.) Creo, compañeros, que ahora, cuando casi todos los palacios de Petrogrado se han convertido en casas de reuniones y sindicatos para los obreros urbanos, en primer lugar, y para los obreros rurales, para la parte trabajadora del campesinado, –creo que en ello tenemos motivo para ver el primer paso hacia que la parte trabajadora y explotada de la población tenga la posibilidad de organizarse. Repito, el poder soviético hará todo lo que esté en sus manos, inmediata e incondicionalmente, para ayudar a dicha organización a transformar la vida rural, de modo que no quede lugar para el kulák, que no pueda haber especulación, que el trabajo común y fraternal se convierta en regla general en el campo. He aquí la tarea que todos nos proponemos. Ustedes comprenden perfectamente lo difícil que es esta tarea, que transformar todas las condiciones de la vida rural no puede hacerse ni con decretos, ni con leyes, ni con directivas. Con directivas y decretos se pudo derrocar a los terratenientes y capitalistas, se pudo refrenar a los kuláks, pero si no existe la propia organización de millones de obreros rurales, si ellos no aprenden en esa organización, paso a paso, a resolver por sí mismos todos sus asuntos, no solo políticos, sino también económicos –y los económicos son los más importantes–, si no aprenden a administrar las grandes propiedades, si no las convierten –ya que ahora están puestas en mejores condiciones que otras propiedades–, de modelos de explotación, donde antes exprimían la sangre y el sudor de los obreros, en modelos de economía fraternal, entonces la culpa será de los propios trabajadores. Pero restaurar las viejas economías ya es imposible; lograr que tengamos en 100 desiatinas (si tomamos 10 desiatinas por cada 10 pequeñas explotaciones) 10 buenos caballos, 10 buenos arados, no se puede lograr. Ni esa cantidad de caballos ni de arados nos queda. Pero si se trabaja en una gran explotación en esas mismas 100 desiatinas con siembra fraternal o comunal de la tierra, o con comunas agrícolas organizadas voluntariamente, entonces, quizás, para las mismas 100 desiatinas se necesitarán no 10 caballos, no 10 arados, sino 3 caballos, 3 arados. Así se puede ahorrar trabajo humano y alcanzar mejores resultados. Pero a esto solo conduce un camino: el camino de la unión de los obreros urbanos y rurales. Los obreros urbanos han tomado el poder en la ciudad; todo lo mejor que se ha creado en la ciudad en cuanto a palacios, locales, en cuanto a cultura, todo eso lo llevan los obreros urbanos al campo, sabiendo que el poder de los obreros urbanos no puede ser sólido si no hay una unión sólida con los obreros agrícolas. Solo esa unión, a la que ustedes están dando inicio aquí, puede conducir a una transformación duradera. A esa unión se sumarán voluntariamente también los campesinos medios. Por supuesto, requerirá mucho trabajo; nada se puede hacer de inmediato. Si su unión se funda, crece, se desarrolla, se extiende por toda Rusia, si se halla en la más estrecha unidad con la unión de los obreros urbanos, entonces resolveremos esta difícil tarea con esfuerzos conjuntos, con los esfuerzos de millones de obreros agrícolas y urbanos organizados, y saldremos de la ruina en que la guerra de cuatro años ha sumido a todos los pueblos y a nosotros; saldremos, pero no hacia la vieja economía individual, dispersa –esa economía condena a los hombres a la oscuridad, a la miseria, a la atomización–, sino que saldremos hacia una economía común, grande, fraternal. Entonces, todo lo que ha conquistado la ciencia humana, la técnica humana, todas las mejoras, todos los conocimientos de los especialistas, todo debe ponerse al servicio del obrero unido. Los obreros deben convertirse en dueños de todo, deben aprender a dirigir ellos mismos y a dirigir a aquellos que hasta ahora, como, por ejemplo, muchos agrónomos, actuaban como dependientes de los capitalistas, contra los obreros. Esta tarea no es fácil, pero en las ciudades se ha hecho mucho para resolverla. Ahora ustedes dan los primeros pasos para resolver esta tarea en el campo. Me permito terminar, expresando una vez más el saludo del Consejo de Comisarios del Pueblo, expresando la firme convicción de que su unión, a la que ustedes están dando base aquí, se convertirá en un futuro cercano en un único sindicato profesional panruso de obreros agrícolas. Será el verdadero apoyo del poder soviético en el campo, será el apoyo, el ejército de vanguardia para la transformación de toda la vida rural, de modo que ninguna explotación, ningún dominio de los ricos sobre los pobres pueda renacer sobre la base del trabajo común, unido y fraternal. ¡Estos son mis deseos, compañeros! (Aplausos.)

Informe sucinto publicado el 14 de marzo de 1919 en el periódico «Severnaya Kommuna» n.º 58

Publicado por primera vez íntegramente en 1923 en la revista «Rabotnik Zemli i Lesa» n.º 4-5

Se publica según la transcripción taquigráfica, cotejada con el texto de la revista

2. Respuesta a las notas

Aquí se presentan dos notas, ambas dedicadas a la cuestión de si se permite tener animales pequeños en las granjas soviéticas, huertos particulares y aves de corral. Ahora mismo he solicitado el texto de la ley que fue discutida recientemente en nuestro Consejo de Comisarios del Pueblo y aprobada en el Comité Ejecutivo Central; esta ley se denomina «Reglamento sobre la ordenación socialista de la tierra y sobre las medidas de transición a la agricultura socialista». No sé si aquí se encuentra el texto de esta ley. Participé en su elaboración, fui ponente en la comisión que creó el Comité Ejecutivo Central{16}. Si no me falla la memoria —tenemos muchas leyes, así que no es posible recordarlas todas sin consulta, luego han salido muchas leyes—, en esta ley hay un artículo especial que dice que en las granjas soviéticas se prohíbe a los trabajadores de las granjas soviéticas tener animales propios y poseer huertos particulares. Pediré que encuentren esta ley y consulten. (Le entregan a Lenin el texto de la ley.) Veo aquí el texto del artículo 46: «Ninguno de los obreros y empleados tiene derecho a tener en las granjas animales propios, aves de corral ni huertos». Así pues, ha resultado que no todos ustedes estaban informados sobre esta ley. Como me ha dicho un camarada del presídium, durante el congreso ustedes han tenido precisamente grandes discusiones sobre este asunto. Esto no me queda del todo claro. Me acaban de dar un número de «Izvestia» en el que está impresa esta ley —el «Reglamento sobre la ordenación socialista de la tierra y sobre las medidas de transición a la agricultura socialista». ¿Por qué se incluyó este artículo en la ley? Para crear trabajo común en una economía común. Y si se vuelven a establecer huertos particulares, animales particulares, aves de corral, etc., entonces, probablemente, todo regresará a la pequeña explotación, como ha sido hasta ahora. En tal caso, ¿vale la pena armar todo este tinglado? ¿Vale la pena organizar una granja soviética? Por supuesto, si ustedes discuten esta cuestión conociendo bien las condiciones de trabajo en la provincia de Petrogrado —me han dicho que su congreso reúne solo a representantes de la provincia de Petrogrado—, si ustedes, basándose en la experiencia de los trabajos de la provincia de Petrogrado, que conocen bien, a pesar de todas las consideraciones a favor de la economía común, llegan a la conclusión de que, digamos, es necesario hacer una excepción temporal para la provincia de Petrogrado, entonces examinaremos esta cuestión por segunda vez. Pero solo deben procurar demostrarnos que esta excepción es realmente necesaria, que en la provincia de Petrogrado hay particularidades que no existen en otros lugares, porque si no, los demás también pedirán lo mismo. Además, deben aclarar si recomiendan esta medida al gobierno, o si insisten ante el gobierno, considerándola como una medida temporal, porque difícilmente pueda haber discusión al respecto: las granjas soviéticas que merecen el nombre de granja soviética deben basarse en el trabajo común. Ese trabajo, cuando el campesino trabajaba en su parcela de tierra, en su casa, con su ganado, sus aves, su rastra, su arado y demás, lo hemos visto durante muchos años, muchos siglos; sabemos perfectamente que en Rusia y en otros países de esto solo resulta el atraso campesino, la miseria, el dominio de los ricos sobre los pobres, porque de manera dispersa es imposible superar las tareas que enfrentan las labores agrícolas. Solo se puede obtener nuevamente la vieja miseria, de la cual uno de cada cien, o tal vez cinco de cada cien, logran hacerse ricos, mientras que el resto vive en la miseria. Por eso ahora nuestra tarea es la transición al cultivo colectivo de la tierra, la transición a la gran economía común. Pero no puede haber ninguna coacción por parte del poder soviético; ninguna ley obliga a ello. La comuna agrícola se funda voluntariamente, la transición al cultivo colectivo de la tierra solo puede ser voluntaria, no puede haber la más mínima coacción al respecto por parte del gobierno obrero-campesino, y la ley no lo permite. Si alguno de ustedes hubiera observado tales coacciones, debe saber que se trata de un abuso, de una violación de la ley, que nos esforzamos por corregir con todas nuestras fuerzas y corregiremos. La ayuda deben proporcionarla los trabajadores agrícolas organizados; solo con su propia organización se podrá lograr que no haya tales abusos. Pero otra cosa son las granjas soviéticas. Son aquellas explotaciones que no estuvieron en manos de pequeños propietarios particulares; el poder soviético las toma y dice: enviaremos allí a los agrónomos que tenemos, todos los aperos agrícolas que queden, los daremos a estas granjas. Si logramos terminar la guerra y firmar la paz con América, recibiremos de allí un transporte de aperos mejorados y los daremos a las granjas soviéticas para que en las grandes explotaciones, mediante el trabajo común, se produzca mejor que antes, más barato que antes y más que antes. La granja soviética se propone como tarea enseñar gradualmente a la población rural a elaborar por sí misma un nuevo orden, un orden de trabajo común, en el que no pueda volver a nacer un puñado de ricos que oprima a la masa de pobres, como ha ocurrido siempre, no solo en nuestras aldeas, sino también en las repúblicas más libres. Ustedes saben perfectamente cómo en nuestras aldeas han quedado muchos campesinos especuladores, que se enriquecieron durante la guerra con cientos de miles de rublos, que guardan esos kerenkis para volver a ponerlos en circulación y oprimir al campesino pobre. ¿Qué medio de lucha puede haber aquí? Ninguno otro que la transición a la economía común. La comuna agrícola se funda voluntariamente, no puede haber ninguna coacción; lo mismo ocurre con el cultivo colectivo de la tierra. La granja soviética posee la tierra como tierra de propiedad común del pueblo —ustedes saben que toda propiedad sobre la tierra fue abolida por exigencia de la inmensa mayoría de los campesinos el 26 de octubre de 1917, en la primera noche después de nuestra revolución soviética. Esa tierra de propiedad común del pueblo, que se destina a las grandes explotaciones, se denomina granjas soviéticas. ¿Puede en las granjas soviéticas desarrollarse de nuevo la vieja pequeña agricultura? Creo que todos ustedes estarán de acuerdo en que esto no puede suceder, no debe suceder. Si por las condiciones de la explotación agrícola en la provincia de Petrogrado, por sus condiciones prácticas, que ustedes conocen perfectamente y que nosotros, por supuesto, no pudimos tomar en consideración, pudimos incluso no conocerlas —si por esas condiciones, tras discutir este asunto atenta y exhaustivamente, llegan a la conclusión de que para la provincia de Petrogrado se puede hacer una excepción, permitir una exclusión por un tiempo determinado—, entonces, para que cambiemos nuestra decisión, procuren aportar las pruebas más precisas posibles de esa necesidad, y puedo prometer con seguridad que examinaremos de nuevo esta cuestión, en relación con la decisión de su congreso, en el Consejo de Comisarios del Pueblo y luego la examinaremos de nuevo en el Comité Ejecutivo Central. Discutiremos si no convendría hacer una excepción para la provincia de Petrogrado por un breve plazo determinado, bajo ciertas condiciones, del artículo 46, que prohíbe establecer huertos propios, que prohíbe tener animales pequeños, aves de corral, etc. Si estamos de acuerdo en que es necesario pasar a la economía común, si todo el trabajo se encamina en ese sentido, entonces, por indicación de personas bien familiarizadas con la práctica, haremos no obstante tales o cuales excepciones —no renunciamos a ello, pues a veces es necesario hacer excepciones. Esperamos que con tal trabajo el asunto marche armoniosamente y logremos sentar las bases de una agricultura verdaderamente socialista. (Aplausos.)

Publicado por primera vez en 1926 en las Obras Completas de N. Lenin (V. Uliánov), tomo XX, parte II

Se imprime según la transcripción estenográfica.