1. El crecimiento del movimiento revolucionario del proletariado en todos los países ha provocado los esfuerzos convulsivos de la burguesía y sus agentes en las organizaciones obreras para encontrar argumentos ideológico-políticos en defensa del dominio de los explotadores. Entre estos argumentos se destaca especialmente la condena de la dictadura y la defensa de la democracia. La falsedad y la hipocresía de tal argumento, repetido de mil maneras en la prensa capitalista y en la conferencia de la Internacional Amarilla en febrero de 1919 en Berna, son evidentes para todo aquel que no quiera traicionar los principios fundamentales del socialismo.

2. Ante todo, este argumento opera con los conceptos de «democracia en general» y «dictadura en general», sin plantear la cuestión de qué clase se trata. Este planteamiento extraclasista o supraclasista, supuestamente popular, es una burla directa a la doctrina fundamental del socialismo, precisamente la doctrina de la lucha de clases, que los socialistas pasados al lado de la burguesía reconocen de palabra pero olvidan en la práctica. Pues en ningún país capitalista civilizado existe «democracia en general», sino que existe solo la democracia burguesa, y no se trata de «dictadura en general», sino de la dictadura de la clase oprimida, es decir, del proletariado, sobre los opresores y explotadores, es decir, la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que oponen los explotadores en la lucha por su dominio.

3. La historia enseña que ninguna clase oprimida ha llegado jamás al poder ni podía llegar al poder sin pasar por un período de dictadura, es decir, de conquista del poder político y de represión violenta de la resistencia más desesperada, más furiosa, que no se detiene ante ningún crimen, que siempre han opuesto los explotadores. La burguesía, cuyo poder defienden ahora los socialistas que hablan contra la «dictadura en general» y se desviven por la «democracia en general», conquistó el poder en los países avanzados a costa de una serie de insurrecciones, guerras civiles, represión violenta de reyes, feudales, esclavistas y de sus intentos de restauración. Miles y millones de veces los socialistas de todos los países han explicado al pueblo el carácter de clase de estas revoluciones burguesas, de esta dictadura burguesa, en sus libros, folletos, resoluciones de sus congresos y discursos de agitación. Por eso, la actual defensa de la democracia burguesa bajo la apariencia de discursos sobre la «democracia en general» y los actuales gritos y clamores contra la dictadura del proletariado bajo la apariencia de gritos contra la «dictadura en general» constituyen una traición directa al socialismo, un paso efectivo al lado de la burguesía, una negación del derecho del proletariado a su propia revolución proletaria, una defensa del reformismo burgués precisamente en un momento histórico en que el reformismo burgués en todo el mundo ha sufrido un colapso y la guerra ha creado una situación revolucionaria.

4. Todos los socialistas, al explicar el carácter de clase de la civilización burguesa, de la democracia burguesa, del parlamentarismo burgués, expresaban la idea que Marx y Engels formularon con la mayor precisión científica: que la república burguesa más democrática no es más que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas{199}. No hay un solo revolucionario, ni un solo marxista, de entre los que hoy claman contra la dictadura y por la democracia, que no haya jurado y perjurado ante los obreros que reconoce esta verdad fundamental del socialismo; y ahora, cuando el proletariado revolucionario entra en efervescencia y movimiento dirigido a destruir esta máquina de opresión y a conquistar la dictadura proletaria, estos traidores al socialismo presentan las cosas como si la burguesía hubiera otorgado a los trabajadores una «democracia pura», como si la burguesía hubiera renunciado a la resistencia y estuviera dispuesta a obedecer a la mayoría de los trabajadores, como si no hubiera existido ni existiera ninguna máquina estatal para la opresión del trabajo por el capital en la república democrática.

5. La Comuna de París, que todos los que quieren pasar por socialistas honran de palabra, pues saben que las masas obreras simpatizan ardiente y sinceramente con ella, mostró de manera especialmente gráfica la condicionalidad histórica y el valor limitado del parlamentarismo burgués y la democracia burguesa –instituciones altamente progresistas en comparación con la Edad Media, pero que inevitablemente requieren un cambio radical en la época de la revolución proletaria. Precisamente Marx, que valoró mejor que nadie el significado histórico de la Comuna, al analizarla mostró el carácter explotador de la democracia burguesa y del parlamentarismo burgués, cuando las clases oprimidas obtienen el derecho una vez cada varios años a decidir qué representante de las clases poseedoras va a «representar y pisotear» (ver– und zertreten) al pueblo en el parlamento{200}. Precisamente ahora, cuando el movimiento soviético, abarcando el mundo entero, continúa ante los ojos de todos la obra de la Comuna, los traidores al socialismo olvidan la experiencia concreta y las lecciones concretas de la Comuna de París, repitiendo los viejos tópicos burgueses sobre la «democracia en general». La Comuna no era una institución parlamentaria.

6. La importancia de la Comuna consiste, además, en que hizo el intento de romper, de destruir hasta sus cimientos el aparato estatal burgués, burocrático, judicial, militar, policial, sustituyéndolo por una organización de masas autogobernada de los obreros, que no conocía la división del poder legislativo y ejecutivo. Todas las repúblicas burguesas democráticas modernas, incluida la alemana, que los traidores al socialismo llaman proletaria para burlarse de la verdad, conservan este aparato estatal. Así se confirma una y otra vez de manera totalmente gráfica que los gritos en defensa de la «democracia en general» representan en realidad la defensa de la burguesía y de sus privilegios explotadores.

7. La «libertad de reunión» puede tomarse como ejemplo típico de las exigencias de la «democracia pura». Todo obrero consciente que no haya roto con su clase comprenderá de inmediato que sería absurdo prometer libertad de reunión a los explotadores en el período y en la situación en que los explotadores oponen resistencia a su derrocamiento y defienden sus privilegios. La burguesía, cuando era revolucionaria, ni en la Inglaterra de 1649 ni en la Francia de 1793 concedió «libertad de reunión» a los monárquicos y nobles que llamaban a tropas extranjeras y se «reunían» para organizar intentos de restauración. Si la burguesía actual, hace tiempo convertida en reaccionaria, exige al proletariado que garantice de antemano, a pesar de la resistencia que opongan los capitalistas a su expropiación, la «libertad de reunión» para los explotadores, los obreros solo se reirán de la hipocresía de la burguesía.

Por otra parte, los obreros saben perfectamente que la «libertad de reunión», incluso en la república burguesa más democrática, es una frase vacía, pues los ricos tienen a su disposición todos los mejores edificios públicos y privados, así como suficiente tiempo libre para las reuniones y la protección del aparato burgués de poder. Los proletarios de la ciudad y el campo y los pequeños campesinos, es decir, la inmensa mayoría de la población, no tienen ni lo uno, ni lo otro, ni lo tercero. Mientras las cosas estén así, la «igualdad», es decir, la «democracia pura», es un engaño. Para conquistar la verdadera igualdad, para realizar de hecho la democracia para los trabajadores, hay que quitar primero a los explotadores todos los edificios públicos y los lujosos edificios privados, hay que dar primero tiempo libre a los trabajadores, hay que hacer que la libertad de sus reuniones sea protegida por obreros armados, y no por señoritos nobles u oficiales capitalistas con soldados embrutecidos.

Solo después de tal cambio se puede hablar de libertad de reunión, de igualdad, sin burlarse de los obreros, de los trabajadores, de los pobres. Y nadie puede realizar tal cambio, excepto la vanguardia de los trabajadores, el proletariado, que derroca a los explotadores, a la burguesía.

8. La «libertad de prensa» es también una de las consignas principales de la «democracia pura». Una vez más, los obreros saben, y los socialistas de todos los países lo han reconocido millones de veces, que esta libertad es un engaño mientras las mejores imprentas y las mayores reservas de papel estén en manos de los capitalistas y mientras subsista el poder del capital sobre la prensa, que se manifiesta en todo el mundo tanto más clara, más aguda y más cínicamente cuanto más desarrollados son el democratismo y el régimen republicano, como, por ejemplo, en América. Para conquistar la verdadera igualdad y la auténtica democracia para los trabajadores, para los obreros y campesinos, hay que quitar primero al capital la posibilidad de contratar escritores, comprar editoriales y sobornar periódicos, y para ello es necesario derrocar el yugo del capital, derrocar a los explotadores, reprimir su resistencia. Los capitalistas siempre han llamado «libertad» a la libertad de lucro para los ricos, a la libertad de los obreros de morirse de hambre. Los capitalistas llaman libertad de prensa a la libertad de sobornar a la prensa por parte de los ricos, a la libertad de usar la riqueza para fabricar y falsear la llamada opinión pública. Los defensores de la «democracia pura» resultan ser de hecho defensores del más sucio y venal sistema de dominio de los ricos sobre los medios de ilustración de las masas, resultan ser embaucadores del pueblo, que lo distraen mediante frases decorosas, hermosas y completamente falsas de la tarea histórica concreta de liberar la prensa de su esclavización al capital. La verdadera libertad e igualdad será el orden que construyen los comunistas y en el que no existirá la posibilidad de enriquecerse a costa ajena, no existirá la posibilidad objetiva de someter la prensa, ni directa ni indirectamente, al poder del dinero, no existirán obstáculos para que todo trabajador (o grupo de trabajadores de cualquier número) tenga y ejerza el igual derecho a usar las imprentas públicas y el papel público.

9. La historia de los siglos XIX y XX nos mostró, incluso antes de la guerra, lo que es en realidad la famosa «democracia pura» bajo el capitalismo. Los marxistas siempre dijeron que cuanto más desarrollada, más «pura» es la democracia, tanto más desnuda, aguda y despiadada se vuelve la lucha de clases, tanto más «pura» aparece la opresión del capital y la dictadura de la burguesía. El caso Dreyfus en la Francia republicana, las sangrientas represiones de los destacamentos mercenarios, armados por los capitalistas, contra los huelguistas en la libre y democrática república de América –estos y miles de hechos similares muestran la verdad que la burguesía intenta en vano ocultar: que en las repúblicas más democráticas reinan en realidad el terror y la dictadura de la burguesía, que se manifiestan abiertamente cada vez que los explotadores empiezan a pensar que el poder del capital vacila.

10. La guerra imperialista de 1914-1918 descubrió finalmente, incluso para los obreros más atrasados, este carácter verdadero de la democracia burguesa incluso en las repúblicas más libres, como carácter de dictadura de la burguesía. Por el enriquecimiento del grupo alemán o inglés de millonarios o multimillonarios fueron exterminadas decenas de millones, y en las repúblicas más libres se instauró la dictadura militar de la burguesía. Esta dictadura militar continúa incluso después de la derrota de Alemania en los países de la Entente. Precisamente la guerra fue lo que más abrió los ojos a los trabajadores, arrancó las flores falsas de la democracia burguesa, mostró al pueblo todo el abismo de la especulación y el lucro durante la guerra y con motivo de ella. En nombre de la «libertad y la igualdad» la burguesía libró esta guerra, en nombre de la «libertad y la igualdad» se enriquecieron inauditamente los proveedores militares. Ningún esfuerzo de la amarilla Internacional de Berna ocultará a las masas el carácter explotador, ahora completamente desenmascarado, de la libertad burguesa, la igualdad burguesa, la democracia burguesa.

11. En el país capitalista más desarrollado del continente europeo, Alemania, los primeros meses de libertad republicana, traída por la derrota de la Alemania imperialista, mostraron a los obreros alemanes y al mundo entero en qué consiste la verdadera esencia de clase de la república democrática burguesa. El asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg es un acontecimiento de importancia histórico-mundial, no solo porque perecieron trágicamente los mejores hombres y dirigentes del verdadero proletario, de la Internacional Comunista, sino porque para el Estado avanzado de Europa –se puede decir sin exageración: para el Estado avanzado a escala mundial– quedó completamente al desnudo su esencia de clase. Si personas arrestadas, es decir, tomadas bajo la protección del poder estatal, pudieron ser asesinadas impunemente por oficiales y capitalistas, bajo un gobierno de sociopatriotas, por lo tanto, la república democrática en la que tal cosa fue posible es una dictadura de la burguesía. Las personas que expresan su indignación por el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, pero no comprenden esta verdad, demuestran con ello solo su obtusidad o su hipocresía. La «libertad» en una de las repúblicas más libres y avanzadas del mundo, en la república alemana, es la libertad de asesinar impunemente a los dirigentes arrestados del proletariado. Y esto no puede ser de otro modo mientras subsista el capitalismo, pues el desarrollo del democratismo no atenúa, sino que agudiza la lucha de clases, que, debido a todos los resultados e influencias de la guerra y sus consecuencias, ha llegado al punto de ebullición.

En todo el mundo civilizado tiene lugar ahora la expulsión de los bolcheviques, su persecución, su encarcelamiento, como, por ejemplo, en una de las repúblicas burguesas más libres, Suiza, pogromos contra los bolcheviques en América, etc. Desde el punto de vista de la «democracia en general» o la «democracia pura», es directamente ridículo que los países avanzados, civilizados, democráticos, armados hasta los dientes, teman la presencia en ellos de algunas decenas de personas de la atrasada, hambrienta, arruinada Rusia, a la que en decenas de millones de ejemplares los periódicos burgueses llaman salvaje, criminal, etc. Es claro que la situación social que pudo engendrar una contradicción tan flagrante es, en realidad, la dictadura de la burguesía.

12. En esta situación, la dictadura del proletariado no solo es completamente legítima, como medio para derrocar a los explotadores y reprimir su resistencia, sino que es absolutamente necesaria para toda la masa de trabajadores, como única defensa contra la dictadura de la burguesía, que ha llevado a la guerra y prepara nuevas guerras.

Lo principal que no comprenden los socialistas y que constituye su cortedad de vista teórica, su cautiverio por los prejuicios burgueses y su traición política con respecto al proletariado, es que en la sociedad capitalista, bajo cualquier agravación seria de la lucha de clases inherente a su base, no puede haber nada intermedio, excepto la dictadura de la burguesía o la dictadura del proletariado. Todo sueño de algo tercero es una lamentación reaccionaria del pequeño burgués. De ello dan testimonio la experiencia de más de un siglo de desarrollo de la democracia burguesa y del movimiento obrero en todos los países avanzados, y especialmente la experiencia del último quinquenio. De ello habla también toda la ciencia de la economía política, todo el contenido del marxismo, que aclara la inevitabilidad económica, bajo toda economía mercantil, de la dictadura de la burguesía, a la que nadie puede sustituir excepto la clase desarrollada, multiplicada, unida, fortalecida por el propio desarrollo del capitalismo, es decir, la clase de los proletarios.

13. Otro error teórico y político de los socialistas consiste en no comprender que las formas de la democracia han cambiado inevitablemente a lo largo de milenios, desde sus comienzos en la antigüedad, a medida que una clase dominante sustituía a otra. En las repúblicas antiguas de Grecia, en las ciudades medievales, en los países capitalistas avanzados, la democracia tiene distintas formas y distinto grado de aplicación. Sería una necedad enorme pensar que la revolución más profunda de la historia humana, la primera transición del poder de la minoría de explotadores a la mayoría de explotados, pueda ocurrir dentro de los viejos marcos de la vieja democracia burguesa parlamentaria, pueda ocurrir sin los cambios más radicales, sin la creación de nuevas formas de democracia, nuevas instituciones que encarnen las nuevas condiciones de su aplicación, etc.

14. La dictadura del proletariado se asemeja a la dictadura de otras clases en que es provocada por la necesidad, como toda dictadura, de reprimir violentamente la resistencia de la clase que pierde el dominio político. La diferencia fundamental de la dictadura del proletariado con respecto a la dictadura de otras clases –con respecto a la dictadura de los terratenientes en la Edad Media, a la dictadura de la burguesía en todos los países capitalistas civilizados– consiste en que la dictadura de los terratenientes y la burguesía era la represión violenta de la resistencia de la inmensa mayoría de la población, precisamente de los trabajadores. Por el contrario, la dictadura del proletariado es la represión violenta de la resistencia de los explotadores, es decir, de una insignificante minoría de la población, los terratenientes y los capitalistas.

De aquí se sigue, a su vez, que la dictadura del proletariado debe traer inevitablemente consigo no solo un cambio de las formas e instituciones de la democracia, hablando en general, sino precisamente un cambio tal que dé una ampliación, nunca vista en el mundo, del uso real del democratismo por parte de los oprimidos por el capitalismo, por parte de las clases trabajadoras.

Y efectivamente, la forma de dictadura del proletariado que ya se ha elaborado de hecho, es decir, el Poder Soviético en Rusia, el Räte-System[34] en Alemania, los Shop Stewards Committees y otras instituciones soviéticas análogas en otros países, todas ellas significan y realizan precisamente para las clases trabajadoras, es decir, para la inmensa mayoría de la población, una posibilidad real de gozar de derechos y libertades democráticas que nunca existió, ni siquiera aproximadamente, en las mejores y más democráticas repúblicas burguesas.

La esencia del Poder Soviético consiste en que la base constante y única de todo el poder estatal, de todo el aparato estatal, es la organización de masas precisamente de aquellas clases que fueron oprimidas por el capitalismo, es decir, los obreros y los semiproletarios (campesinos que no explotan trabajo ajeno y recurren constantemente a la venta, aunque sea parcial, de su fuerza de trabajo). Precisamente esas masas, que incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, siendo iguales en derechos según la ley, eran de hecho apartadas de la participación en la vida política y del disfrute de los derechos y libertades democráticos por mil procedimientos y artimañas, son atraídas ahora a la participación constante e indispensable, y además decisiva, en la gestión democrática del Estado.

15. La igualdad de los ciudadanos, independientemente del sexo, religión, raza, nacionalidad, que la democracia burguesa siempre y en todas partes prometió, pero en ninguna parte llevó a cabo y, debido al dominio del capitalismo, no podía llevar a cabo, el Poder Soviético, o la dictadura del proletariado, la realiza inmediata y completamente, pues solo puede hacerlo el poder de los obreros, que no están interesados en la propiedad privada de los medios de producción ni en la lucha por su reparto y redistribución.

16. La vieja, es decir, burguesa, democracia y parlamentarismo estaban organizados de tal modo que precisamente las masas trabajadoras eran las más alejadas del aparato de gestión. El Poder Soviético, es decir, la dictadura del proletariado, está construido, por el contrario, para acercar las masas trabajadoras al aparato de gestión. Al mismo fin sirve la unión del poder legislativo y ejecutivo en la organización soviética del Estado y la sustitución de las circunscripciones electorales territoriales por unidades de producción, como la fábrica, el taller.

17. El ejército era un aparato de opresión no solo bajo la monarquía. Siguió siéndolo también en todas las repúblicas burguesas, incluso las más democráticas. Solo el Poder Soviético, como organización estatal permanente precisamente de las clases oprimidas por el capitalismo, puede destruir la subordinación del ejército al mando burgués y fusionar realmente al proletariado con el ejército, realizar realmente el armamento del proletariado y el desarme de la burguesía, sin lo cual es imposible la victoria del socialismo.

18. La organización soviética del Estado está adaptada al papel dirigente del proletariado, como clase más concentrada e ilustrada por el capitalismo. La experiencia de todas las revoluciones y de todos los movimientos de las clases oprimidas, la experiencia del movimiento socialista mundial nos enseña que solo el proletariado es capaz de unir y guiar tras de sí a las capas dispersas y atrasadas de la población trabajadora y explotada.

19. Solo la organización soviética del Estado puede romper inmediatamente y destruir definitivamente el viejo, es decir, burgués, aparato burocrático y judicial, que se conservaba e inevitablemente debía conservarse bajo el capitalismo incluso en las repúblicas más democráticas, siendo de hecho el mayor obstáculo para la aplicación del democratismo en la vida para los obreros y trabajadores. La Comuna de París dio el primer paso histórico-mundial por este camino, el Poder Soviético el segundo.

20. La destrucción del poder estatal es el objetivo que se propusieron todos los socialistas, Marx a la cabeza incluido. Sin la realización de este objetivo, el verdadero democratismo, es decir, igualdad y libertad, es irrealizable. Y a este objetivo conduce prácticamente solo la democracia soviética o proletaria, pues, al atraer a la participación constante e indispensable en la gestión del Estado a las organizaciones de masas de los trabajadores, comienza inmediatamente a preparar la completa extinción de todo Estado.

21. La total bancarrota de los socialistas reunidos en Berna, su total incomprensión de la nueva, es decir, proletaria, democracia, se ve especialmente en lo siguiente. El 10 de febrero de 1919 Branting clausuró en Berna la conferencia internacional de la Amarilla Internacional. El 11 de febrero de 1919 en Berlín, en el periódico de sus participantes «Die Freiheit», se publicó una proclama del partido de los «independientes» al proletariado. En esta proclama se reconoce el carácter burgués del gobierno de Scheidemann, se le reprocha el deseo de abolir los Soviets, que son llamados Träger und Schützer der Revolution –portadores y guardianes de la revolución, y se hace la propuesta de legalizar los Soviets, darles derechos estatales, darles el derecho de suspender las decisiones de la Asamblea Nacional, remitiendo el asunto a votación popular.

Tal propuesta es una quiebra ideológica total de los teóricos que defendían la democracia y no comprendían su carácter burgués. El intento ridículo de unir el sistema de Soviets, es decir, la dictadura del proletariado, con la Asamblea Nacional, es decir, con la dictadura de la burguesía, desenmascara hasta el final la pobreza de pensamiento de los socialistas amarillos y socialdemócratas, y su reaccionarismo político de pequeños burgueses, y sus cobardes concesiones a la fuerza irresistiblemente creciente de la nueva democracia proletaria.

22. Condenando al bolchevismo, la mayoría de la Amarilla Internacional en Berna, que no se atrevió a votar formalmente la resolución correspondiente por miedo a las masas obreras, actuó correctamente desde el punto de vista de clase. Precisamente esta mayoría es totalmente solidaria con los mencheviques y socialrevolucionarios rusos y los Scheidemann en Alemania. Los mencheviques y socialrevolucionarios rusos, quejándose de las persecuciones por parte de los bolcheviques, intentan ocultar el hecho de que estas persecuciones fueron provocadas por la participación de los mencheviques y socialrevolucionarios en la guerra civil del lado de la burguesía contra el proletariado. Del mismo modo, los Scheidemann y su partido ya han demostrado en Alemania su misma participación en la guerra civil del lado de la burguesía contra los obreros.

Es completamente natural, por lo tanto, que la mayoría de los participantes en la amarilla Internacional de Berna se pronunciara por la condena de los bolcheviques. En esto se expresó no la defensa de la «democracia pura», sino la autodefensa de personas que saben y sienten que en la guerra civil están del lado de la burguesía contra el proletariado.

He aquí por qué, desde el punto de vista de clase, no se puede dejar de reconocer como correcta la decisión de la mayoría de la Amarilla Internacional. El proletariado debe, sin temer a la verdad, mirarla directamente a la cara y sacar de aquí todas las conclusiones políticas.

¡Camaradas! Quisiera añadir aún algo a los dos últimos puntos. Creo que los camaradas que deben informarnos sobre la conferencia de Berna nos hablarán de ello con más detalle.

Durante toda la conferencia de Berna no se dijo una sola palabra sobre el significado del Poder Soviético. Ya desde hace dos años discutimos esta cuestión en Rusia. En abril de 1917, en la conferencia del partido, planteamos ya teórica y políticamente la cuestión: «¿Qué es el Poder Soviético, cuál es su contenido, cuál es su significado histórico?». Ya hace casi dos años que discutimos esta cuestión, y en nuestro congreso del partido aprobamos una resolución al respecto{201}.

El periódico berlinés «Freiheit» publicó el 11 de febrero una proclama al proletariado alemán, firmada no solo por los dirigentes de los socialdemócratas independientes de Alemania, sino también por todos los miembros de la fracción independiente. En agosto de 1918, el más grande teórico de estos independientes, Kautsky, escribió en su folleto «La dictadura del proletariado» que él es partidario de la democracia y de los órganos soviéticos, pero que los Soviets deben tener solo un significado económico y no ser reconocidos en absoluto como organizaciones estatales. Kautsky repite lo mismo en los números de «Freiheit» del 11 de noviembre y del 12 de enero. El 9 de febrero aparece un artículo de Rudolf Hilferding, quien también es considerado uno de los más grandes teóricos autorizados de la II Internacional. Propone unir jurídicamente, mediante la legislación estatal, el sistema de Soviets con la Asamblea Nacional. Esto fue el 9 de febrero. El día 11 esta propuesta es aceptada por todo el partido de los independientes y publicada en forma de proclama.

A pesar de que la Asamblea Nacional ya existe, incluso después de que la «democracia pura» se ha encarnado en realidad, después de que los más grandes teóricos de los socialdemócratas independientes declararon que las organizaciones soviéticas no deben ser organizaciones estatales, a pesar de todo esto, ¡otra vez vacilación! Esto demuestra que estos señores realmente no entendieron nada del nuevo movimiento ni de las condiciones de su lucha. Pero esto demuestra también otra cosa, a saber: ¡deben existir condiciones, causas que provocan esta vacilación! Después de todos estos acontecimientos, después de esta revolución victoriosa de casi dos años en Rusia, cuando se nos proponen resoluciones como las aprobadas en la conferencia de Berna, en las que no se dice nada sobre los Soviets y su significado, en la que ningún delegado en ningún discurso dijo una sola palabra sobre ello, podemos afirmar con todo derecho que todos estos señores, como socialistas y teóricos, han muerto para nosotros.

Pero prácticamente, desde el punto de vista de la política, esto, camaradas, es una prueba de que entre las masas se produce un gran desplazamiento, ya que estos independientes, que estaban teórica y fundamentalmente en contra de estas organizaciones estatales, de repente proponen una estupidez como la unión «pacífica» de la Asamblea Nacional con el sistema de Soviets, es decir, la unión de la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. Vemos cómo todos ellos han quebrado en el aspecto socialista y teórico y qué enorme cambio se produce en las masas. Las masas atrasadas del proletariado alemán vienen hacia nosotros, ¡han venido hacia nosotros! La importancia del Partido Independiente de los Socialdemócratas Alemanes, la mejor parte de la conferencia de Berna, desde los puntos de vista teórico y socialista, es, por lo tanto, igual a cero; sin embargo, conserva cierta importancia, y consiste en que estos elementos vacilantes nos sirven como indicador del estado de ánimo de las partes atrasadas del proletariado. En esto, a mi juicio, reside la máxima importancia histórica de esta conferencia. Algo parecido vivimos en nuestra revolución. Nuestros mencheviques recorrieron casi exactamente el mismo camino de desarrollo que los teóricos independientes en Alemania. Al principio, cuando tenían mayoría en los Soviets, estaban a favor de los Soviets. Entonces solo se oía: «¡Vivan los Soviets!», «¡Por los Soviets!», «¡Los Soviets son la democracia revolucionaria!». Cuando nosotros, los bolcheviques, obtuvimos la mayoría en los Soviets, entonces entonaron otras canciones: los Soviets no deben existir junto a la Asamblea Constituyente; y diversos teóricos mencheviques hicieron propuestas casi iguales, como la unión del sistema de Soviets con la Asamblea Constituyente y su inclusión en la organización estatal. Aquí se descubre una vez más que el curso general de la revolución proletaria es el mismo en todo el mundo. Primero la formación espontánea de Soviets, luego su difusión y desarrollo, luego la aparición en la práctica de la cuestión: Soviets o Asamblea Nacional, o Asamblea Constituyente, o parlamentarismo burgués; total perplejidad entre los dirigentes y, finalmente, la revolución proletaria. Pero creo que después de casi dos años de revolución no debemos plantear la cuestión así, sino que debemos aprobar resoluciones concretas, ya que la difusión del sistema de Soviets es para nosotros, y especialmente para la mayoría de los países de Europa Occidental, la tarea más importante.

Quisiera citar aquí solo una resolución de los mencheviques. Pedí al camarada Obolenski que la tradujera al alemán. Me prometió hacerlo, pero, desgraciadamente, no está aquí. Trataré de reproducirla de memoria, ya que no tengo el texto completo de esta resolución.

A un extranjero que no ha oído nada sobre el bolchevismo le es muy difícil formarse una opinión propia sobre nuestras cuestiones polémicas. Todo lo que afirman los bolcheviques lo niegan los mencheviques, y viceversa. Por supuesto, durante la lucha no puede ser de otro modo, por eso es muy importante que la última conferencia del partido menchevique en diciembre de 1918 aprobó una larga y detallada resolución, que fue publicada íntegramente en el periódico menchevique «Gaceta de los Tipógrafos»{202}. En esta resolución los mencheviques mismos resumen brevemente la historia de la lucha de clases y la guerra civil. En la resolución se dice que condenan a aquellos grupos de su partido que están en alianza con las clases poseedoras en los Urales, en el sur, en Crimea y en Georgia –y se enumeran todas estas regiones. Aquellos grupos del partido menchevique que, en alianza con las clases poseedoras, lucharon contra el Poder Soviético, son condenados ahora en la resolución, y el último punto condena también a aquellos que se pasaron a los comunistas. De aquí se sigue: los mencheviques se ven obligados a reconocer que en su partido no hay unidad y que están o del lado de la burguesía o del lado del proletariado. La mayor parte de los mencheviques se pasó al lado de la burguesía y durante la guerra civil luchó contra nosotros. Nosotros, por supuesto, perseguimos a los mencheviques, incluso los fusilamos, cuando en la guerra contra nosotros luchan contra nuestro Ejército Rojo y fusilan a nuestros comandantes rojos. A la guerra de la burguesía respondimos con la guerra del proletariado –no puede haber otra salida. Así, desde el punto de vista político, todo esto no es más que hipocresía menchevique. Históricamente es incomprensible cómo en la conferencia de Berna, personas no declaradas oficialmente locas pudieron, por encargo de los mencheviques y eseristas, hablar de la lucha de los bolcheviques con ellos, pero callar sobre su propia lucha en alianza con la burguesía contra el proletariado.

Todos ellos arremeten con saña contra nosotros, porque los perseguimos. Esto es cierto. Pero ¡no dicen ni una palabra sobre la participación que ellos mismos tuvieron en la guerra civil! Creo que debo proporcionar para el acta el texto completo de la resolución, y pedir a los camaradas extranjeros que presten atención a esta resolución, ya que representa un documento histórico en el que la cuestión se plantea correctamente y que proporciona el mejor material para evaluar la disputa entre las tendencias «socialistas» en Rusia. Entre el proletariado y la burguesía existe todavía una clase de personas que se inclinan ora hacia un lado, ora hacia el otro; así ha sido siempre y en todas las revoluciones, y es absolutamente imposible que en la sociedad capitalista, donde el proletariado y la burguesía forman dos campos hostiles, no existan capas intermedias entre ellos. La existencia de estos elementos vacilantes es históricamente inevitable y, desgraciadamente, tales elementos, que ellos mismos no saben de qué lado lucharán mañana, existirán aún bastante tiempo.

Quiero hacer una propuesta práctica que consiste en aprobar una resolución en la que se señalen especialmente tres puntos.

En primer lugar: una de las tareas más importantes para los camaradas de los países de Europa Occidental consiste en explicar a las masas el significado, la importancia y la necesidad del sistema de Soviets. En esta cuestión se observa una comprensión insuficiente. Si Kautsky e Hilferding, como teóricos, han quebrado, los últimos artículos en «Freiheit» demuestran, sin embargo, que describen correctamente el estado de ánimo de las partes atrasadas del proletariado alemán. Entre nosotros ocurrió lo mismo: en los primeros ocho meses de la revolución rusa, la cuestión de la organización soviética se discutió mucho, y los obreros no tenían claro en qué consistía el nuevo sistema y si se podía crear un aparato estatal a partir de los Soviets. En nuestra revolución avanzamos no por vía teórica, sino práctica. Por ejemplo, la cuestión de la Asamblea Constituyente no la planteamos antes teóricamente ni dijimos que no reconocíamos la Asamblea Constituyente. Solo más tarde, cuando las organizaciones soviéticas se extendieron por todo el país y conquistaron el poder político, solo entonces decidimos disolver la Asamblea Constituyente. Ahora vemos que en Hungría y en Suiza la cuestión se plantea mucho más agudamente{203}. Por un lado, esto es muy bueno: de aquí sacamos la firme convicción de que la revolución en los estados de Europa Occidental avanza más rápidamente y nos traerá grandes victorias. Por otro lado, en esto se encierra un cierto peligro, a saber, que la lucha será tan vertiginosa que la conciencia de las masas obreras no podrá seguir el ritmo de tal desarrollo. El significado del sistema de Soviets todavía no está claro para grandes masas de obreros alemanes políticamente instruidos, ya que han sido educados en el espíritu del parlamentarismo y en los prejuicios burgueses.

En segundo lugar: sobre la difusión del sistema de Soviets. Cuando oímos con qué rapidez se difunde la idea de los Soviets en Alemania e incluso en Inglaterra, esto es para nosotros la prueba más importante de que la revolución proletaria vencerá. Su curso solo puede retardarse por poco tiempo. Otra cosa es cuando los camaradas Albert y Platten nos declaran que en sus aldeas, entre los obreros agrícolas y el pequeño campesinado, casi no existen Soviets. Leí en «Rote Fahne» un artículo contra los Soviets campesinos, pero, muy correctamente, a favor de los Soviets de jornaleros y de pobres del campo{204}. La burguesía y sus lacayos, como Scheidemann y Cía., ya han lanzado la consigna: Soviets campesinos. Pero a nosotros solo nos hacen falta los Soviets de jornaleros y de pobres del campo. Desgraciadamente, por los informes de los camaradas Albert y Platten y otros vemos que, con excepción de Hungría, se hace muy poco para la difusión del sistema soviético en el campo. En esto quizás radique todavía un peligro práctico y bastante grande para la consecución de una victoria segura por parte del proletariado alemán. La victoria puede considerarse asegurada solo cuando estén organizados no solo los obreros urbanos, sino también los proletarios rurales, y además organizados no como antes –en sindicatos y cooperativas–, sino en Soviets. A nosotros la victoria nos fue más fácil porque en octubre de 1917 íbamos con el campesinado, con todo el campesinado. En este sentido, nuestra revolución era entonces burguesa. El primer paso de nuestro gobierno proletario consistió en que las viejas reivindicaciones de todo el campesinado, expresadas aún bajo Kerenski por los Soviets campesinos y las asambleas rurales, fueron reconocidas en la ley promulgada por nuestro gobierno el 26 de octubre (estilo antiguo) de 1917, al día siguiente de la revolución. En esto radicaba nuestra fuerza, por eso nos fue tan fácil conquistar la aplastante mayoría. Para el campo, nuestra revolución seguía siendo burguesa, y solo más tarde, al cabo de medio año, nos vimos obligados, en el marco de la organización estatal, a iniciar en los campos la lucha de clases, a instituir en cada aldea comités de pobres, de semiproletarios, y a luchar sistemáticamente contra la burguesía rural. En nosotros esto fue inevitable debido al atraso de Rusia. En Europa Occidental ocurrirá de otro modo, por eso debemos subrayar que la difusión del sistema de Soviets también entre la población rural, en las formas correspondientes, quizás nuevas, es absolutamente necesaria.

En tercer lugar: debemos decir que la conquista de la mayoría comunista en los Soviets constituye la tarea principal en todos los países donde el Poder Soviético aún no ha vencido. Nuestra comisión de resoluciones discutió ayer esta cuestión. Quizás otros camaradas se pronuncien aún sobre esto, pero yo quisiera proponer aprobar estos tres puntos como una resolución especial. No podemos, por supuesto, prescribir el camino al desarrollo. Es muy probable que en muchos países de Europa Occidental la revolución llegue muy pronto, pero nosotros, como parte organizada de la clase obrera, como partido, aspiramos y debemos aspirar a obtener la mayoría en los Soviets. Entonces nuestra victoria estará asegurada, y ninguna fuerza podrá hacer nada contra la revolución comunista. De otro modo, la victoria no será tan fácil ni será duradera. Así pues, quisiera proponer aprobar estos tres puntos en forma de una resolución especial.