Ya me ha correspondido, en la última sesión del Comité Ejecutivo Central, señalar que ha comenzado un semestre especialmente difícil para la República Soviética. En el primer semestre de 1918 se acopiaron 28 millones de puds de grano; en el segundo, 67 millones de puds. El primer semestre de 1919 será más duro que el semestre anterior. El hambre arrecía. El tifus exantemático se convierte en el peligro más temible. Se necesitan esfuerzos heroicos, y nosotros hacemos muchísimo menos de lo necesario.

¿Es posible salvarse y enderezar la situación?

Indudablemente sí. La toma de Ufá y Oremburgo, las victorias en el sur, y luego las victorias de la insurrección soviética en Ucrania{183} abren perspectivas muy favorables.

Ahora estamos en condiciones de obtener bastante más grano del necesario para la norma alimentaria de media ración.

En la región oriental ya se han almacenado millones de puds de grano. Su distribución se ve obstaculizada por el mal estado del transporte. En el sur, la liberación de los cosacos krasnovistas de toda la gobernación de Vorónezh y de parte de la región del Don nos brinda la posibilidad plena de obtener, por encima de todos nuestros cálculos anteriores, grandes cantidades de grano. Por último, los excedentes de grano en Ucrania son sencillamente enormes, y el Gobierno soviético de Ucrania nos ofrece su ayuda.

Ahora podemos no solo salvarnos del hambre, sino también alimentar hasta saciar a la población hambrienta de la Rusia no agrícola.

El obstáculo reside en el mal estado del transporte y en la extrema escasez de trabajadores de abastecimiento.

Hay que tensar todas las fuerzas, una y otra vez despertar la energía en las masas obreras. Hay que romper decididamente con el carril habitual de la vida y el trabajo cotidianos. Hay que sacudirse. Hay que emprender la movilización revolucionaria de trabajadores para el abastecimiento y el transporte, sin limitarse al marco del trabajo «corriente», sino saliendo de él, buscando nuevos y nuevos procedimientos para extraer y atraer fuerzas adicionales.

Ahora tenemos las razones más sólidas para considerar —desde el punto de vista del cálculo más «cauto» e incluso pesimista— que la victoria sobre el hambre y el tifus en este semestre (victoria perfectamente posible) nos dará un giro completo hacia la mejora de toda la situación económica, pues la conexión con Ucrania y con Taskent nos libra de las causas principales y fundamentales de la escasez y la falta de materias primas.

Naturalmente, las masas hambrientas están fatigadas; a veces ese cansancio es sobrehumanamente grande, pero la salida existe, y el auge de energía es sin duda posible, tanto más cuanto que el crecimiento de la revolución proletaria en todo el mundo se hace cada vez más evidente y nos promete un mejoramiento radical no solo de nuestra situación interna, sino también de nuestra situación internacional.

Hay que sacudirse.

Es necesario que cada organización del partido, cada sindicato, cada grupo de obreros organizados sindicalmente o incluso de no organizados, pero que tengan el deseo de «luchar» contra el hambre, que cada grupo de trabajadores soviéticos y de ciudadanos en general se plantee la pregunta:

¿qué podemos hacer para ampliar y fortalecer la campaña nacional contra el hambre?

¿no podemos sustituir el trabajo masculino por el femenino y movilizar a más y más hombres para las tareas más difíciles del trabajo de transporte y abastecimiento?

¿no podemos proporcionar comisarios para las fábricas de reparación de locomotoras y vagones?

¿no podemos proporcionar trabajadores de filas para el ejército de abastecimiento?

¿no debemos separar de nuestro medio, de nuestro grupo, de nuestra fábrica, etc., a uno de cada diez o de cada cinco para enviarlo al ejército de abastecimiento o a un trabajo más duro y más pesado de lo normal en los talleres ferroviarios?

¿no están ocupados algunos de nosotros en un trabajo soviético u otro que se pueda debilitar o incluso cesar sin que peligren los fundamentos básicos y principales del Estado? ¿no estamos obligados a movilizar inmediatamente a esos trabajadores para el abastecimiento y el transporte?

Una y otra vez levantémonos en la masa más amplia posible para asestar un nuevo golpe a la maldita regla de la vieja sociedad capitalista, a esa regla que hemos heredado de esa sociedad, a esa regla de la que cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, está infectado y corrompido: la regla de «cada uno para sí, y Dios para todos». Lo que más nos asfixia, oprime, hiere, agobia, destruye es esa herencia del capitalismo rapaz, sucio y sanguinario. De esa herencia no se puede librar uno de golpe; contra ella se necesita una lucha incesante; contra ella no una ni dos, sino muchas veces hay que declarar y llevar a cabo una nueva cruzada.

Salvar a millones y decenas de millones del hambre y del tifus es posible: la salvación está cerca; la crisis de hambre y tifus que se ha abatido sobre nosotros puede superarse y vencerse por completo. Desesperarse es absurdo, estúpido, vergonzoso. Huir cada uno por su lado, en desbandada, cada cual como puede, para de algún modo «salir del paso» uno solo, para de algún modo apartar a los más débiles y abrirse paso hacia adelante, eso significa desertar, abandonar a los compañeros enfermos y cansados, empeorar la situación general.

Hemos creado un sólido fundamento del Ejército Rojo, que ahora, a través de dificultades inauditas, a través del muro de hierro de las tropas de terratenientes y capitalistas apoyadas por los multimillonarios anglo-franceses más ricos, se ha abierto paso hasta las principales fuentes de materias primas, hasta el grano, el algodón, el carbón. Hemos creado ese fundamento con un trabajo de nuevo tipo, con la propaganda política en el frente, con la organización de comunistas en nuestro ejército, con la organización abnegada y la lucha de los mejores hombres de la masa obrera.

Hemos obtenido una serie de victorias tanto en el frente externo, militar, como en el frente interno, en la lucha contra los explotadores, en la lucha contra el sabotaje, en la lucha por el camino difícil, penoso, espinoso, pero correcto, de la edificación socialista. Estamos cerca de la victoria completa y decisiva no solo en escala rusa, sino también en la internacional.

Unos esfuerzos más, y nos libraremos de las garras tenaces del hambre.

Lo que hemos hecho y hacemos por el Ejército Rojo, hagámoslo una vez más y con nueva energía para reanimar, ampliar, reforzar el trabajo de abastecimiento y transporte. Todos los mejores trabajadores deben estar en ese trabajo. Para todos los que quieran y puedan trabajar habrá lugar; todos ayudarán, si quieren, a la victoria organizada y de masas sobre la devastación y el hambre; para toda fuerza activa, toda capacidad, toda especialidad, toda profesión, toda persona sensible puede y debe encontrarse una ocupación en este ejército pacífico de trabajadores de abastecimiento y transporte —ejército pacífico que ahora, para la victoria completa, debe apoyar al Ejército Rojo, consolidar y aprovechar sus victorias.

¡Todos al trabajo de abastecimiento y transporte!

26 de enero de 1919.

«Pravda» n.º 19, 28 de enero de 1919. Firma: N. Lenin

Se imprime según el manuscrito.