(Aplausos prolongados y tumultuosos.) Camaradas, debo ante todo disculparme por que, debido a una pequeña indisposición, me veré obligado a limitarme hoy a una breve intervención sobre la cuestión que ahora se os plantea. Se trata de la cuestión de las tareas de los sindicatos.

La resolución que se os propone es presentada al congreso de los sindicatos en nombre de la fracción comunista, donde ha sido objeto de discusión exhaustiva. Como la resolución ya está impresa, supongo que todos los presentes la conocen, y me permitiré detenerme solo en dos puntos principales que, a mi juicio, constituyen los puntos más esenciales que, en términos generales, se abordan en esta resolución.

Me parece que el primero de estos puntos, de carácter, por así decirlo, negativo, es la declaración acerca de la bandera de la unidad o independencia del movimiento sindical, esa bandera sobre la cual el punto 3 de la resolución dice que en la práctica ha conducido a los grupos que sostienen esa consigna a una lucha abierta contra el poder soviético, y este intento los ha colocado, es decir, a esos grupos, fuera de las filas de la clase obrera.

Me parece, camaradas, que esta famosa consigna de independencia merece atención no solo desde el punto de vista sindical. Pienso que toda la lucha que ahora llena el mundo y que se agudiza con una rapidez inaudita en torno a la cuestión de la dictadura del proletariado o la dictadura de la burguesía, pienso que toda esta lucha puede ser comprendida correctamente, valorada correctamente, y puede dar a la clase obrera, a sus representantes conscientes, la posibilidad de participar correctamente en ella solo bajo la condición de comprender qué autoengaño para unos y engaño para otros representa esta consigna de independencia. Ante todo, quisiera señalar, aunque sea brevemente, cuán incorrecta es teóricamente esta consigna, cuán insostenible teóricamente es, no resistiendo la más mínima crítica.

Camaradas, el último acontecimiento en Alemania, el asesinato bestial y traicionero de Liebknecht y Luxemburg, constituye un acontecimiento no solo el más dramático y trágico de la revolución alemana incipiente, sino que, además, arroja una luz extraordinariamente clara sobre el planteamiento de las cuestiones de la lucha contemporánea en las corrientes actuales de diversas opiniones políticas y en las construcciones teóricas actuales. Precisamente de Alemania hemos oído más discursos, por ejemplo, sobre la famosa democracia, sobre las consignas de democracia en general, así como sobre las consignas de independencia de la clase obrera respecto del poder estatal. Estas consignas, que a primera vista quizás parezcan no tener relación entre sí, en realidad están estrechamente vinculadas. Están estrechamente vinculadas porque muestran cómo, a pesar de la enorme experiencia de la lucha de clases del proletariado, siguen siendo fuertes los prejuicios pequeño-burgueses; cómo la lucha de clases es reconocida a menudo, según la expresión alemana, solo con los labios, sin penetrar realmente ni en la cabeza ni en el corazón de quienes hablan de ella. ¿Cómo es posible, en efecto – si recordamos siquiera el abecé de la economía política tal como se aprendía de El Capital de Marx, esa doctrina de la lucha de clases sobre la que todos nos apoyamos firmemente – cómo es posible, en la agudización de la lucha en su actual amplitud, en su actual magnitud, cuando está claro que la revolución socialista está a la orden del día en todo el mundo, cuando esto es prácticamente evidente por las acciones en los países más democráticos, cómo se puede hablar de democracia en general, o cómo se puede hablar de independencia? Quien piensa así demuestra, si se habla desde la teoría de la economía política, que no ha entendido ni una página de El Capital de Marx, por el que ahora juran sin excepción todos los socialistas de todos los países.

Pero en realidad, jurando por esta obra, sin embargo, cuando casi han llegado a la lucha principal a la que conducía El Capital de Marx, retroceden ante esa lucha de clases y se imaginan que puede existir una democracia extraclasista o supraclasista, que la democracia en la sociedad moderna, mientras los capitalistas conserven la propiedad, puede ser otra que no sea democracia burguesa, es decir, la dictadura burguesa encubierta bajo falsos y mentirosos letreros democráticos. Precisamente de esa misma Alemania nos llegaron recientemente voces sobre que allá, quizás, e incluso seguramente, la dictadura del proletariado no saldría de los marcos de la democracia, que la democracia seguiría siendo realizada. Precisamente allí, personas que pretendían ser maestros del marxismo, personas que fueron ideólogos de toda la II Internacional desde 1889 hasta 1914, como Kautsky, salieron con la bandera de la democracia, sin comprender que la democracia, mientras la propiedad permanezca en manos de los capitalistas, es solo un cobertor hipócrita de la dictadura de la burguesía, y que no puede hablarse de ninguna solución seria del problema de la liberación del trabajo del yugo del capital si no se arranca ese cobertor hipócrita, si no planteamos la cuestión como siempre enseñó a plantearla Marx y como la enseñó a plantear la lucha cotidiana del proletariado, y como enseñó a plantearla cada huelga, cada agudización de la lucha sindical; plantear la cuestión así: mientras la propiedad permanezca en manos de los capitalistas, toda democracia será solo una dictadura burguesa hipócritamente encubierta. Todos los discursos sobre el sufragio universal, sobre la voluntad popular, sobre la igualdad de los votantes serán una pura mentira, porque no puede haber igualdad entre el explotador y el explotado, entre el poseedor de capital y propiedad y el esclavo asalariado moderno.

Por supuesto, la democracia burguesa es históricamente un enorme progreso en comparación con el zarismo, la autocracia, la monarquía y todos los restos del feudalismo. Por supuesto, debemos utilizarla y entonces plantearemos la cuestión así: mientras no esté a la orden del día la lucha de la clase obrera por todo el poder, la utilización de las formas de la democracia burguesa es obligatoria para nosotros. Pero la cuestión es que precisamente hemos llegado a este momento decisivo de la lucha a escala internacional. Precisamente ahora la cuestión se ha planteado así: ¿mantendrán los capitalistas el poder sobre los medios de producción y, ante todo, la propiedad sobre los instrumentos de producción? Y esto significa que preparan nuevas guerras. La guerra imperialista nos ha mostrado con toda evidencia cómo la propiedad capitalista está ligada a esta matanza de pueblos y condujo a ella de manera irresistible e inexorable. Pero entonces todos los discursos sobre la democracia en el sentido de expresión de la voluntad popular resultan, a la vista de todos, un engaño; resultan ser solo el privilegio de los capitalistas y los ricos de atontar a las capas más atrasadas de los trabajadores, tanto con su prensa, que sigue en manos de los propietarios, como con todos los demás medios de influencia política.

La cuestión se plantea así y solo así. O la dictadura de la burguesía, encubierta por asambleas constituyentes, toda clase de votaciones, democracia y demás engaños burgueses con los que se ciega a los necios y que solo pueden esgrimir y ostentar quienes se han convertido en renegados del marxismo y renegados del socialismo de pies a cabeza y en toda la línea, o la dictadura del proletariado para aplastar con mano de hierro a la burguesía, que azuza a los elementos más inconscientes contra los mejores dirigentes del proletariado mundial. Y esta dictadura es la victoria del proletariado para reprimir a la burguesía, la cual organiza tanto más furiosamente la más desesperada resistencia al proletariado cuanto más claramente ha visto que las masas han planteado esta cuestión. Porque hasta ahora, en la inmensa mayoría de los casos, consideraba el descontento y la indignación de los obreros como una expresión temporal de su malestar. Hasta ahora, los capitalistas ingleses, por ejemplo, quizá los más experimentados en el engaño político de los obreros, los más educados y organizados políticamente, consideraban aún a menudo el asunto de la siguiente manera: la guerra, por supuesto, ha provocado descontento y ello genera y generará inevitablemente agitaciones obreras; pero que la cuestión se planteara ahora sobre quién estará al frente del Estado, en qué manos estará el poder estatal y si la propiedad permanecerá en manos de los señores capitalistas, eso todavía no lo habían manifestado. Sin embargo, los acontecimientos demostraron que esta cuestión fue, sin duda, colocada en el orden del día no solo en Rusia, sino también en toda una serie de países de Europa occidental, e incluso no solo en los que participaron en la guerra, sino también en aquellos neutrales que sufrieron comparativamente menos, como Suiza y Holanda.

La burguesía se educó a sí misma y educó a las masas sobre todo en el espíritu del parlamentarismo burgués, mientras que en ellas maduraba, cosa que se hizo evidente, el movimiento soviético, el movimiento por el poder soviético. El movimiento soviético dejó de ser una forma rusa del poder del proletariado, se convirtió en la posición del proletariado internacional en su lucha por el poder, se convirtió en el segundo paso en el desarrollo mundial de la revolución socialista. El primer paso fue la Comuna de París, que demostró que la clase obrera no llegará al socialismo sino a través de la dictadura, a través de la represión violenta de los explotadores. Esto es lo primero que mostró la Comuna de París: que la clase obrera no puede avanzar hacia el socialismo a través del viejo Estado parlamentario burgués-democrático, sino únicamente a través de un Estado de nuevo tipo, que destruye de arriba abajo tanto el parlamentarismo como la burocracia.

El segundo paso, desde el punto de vista del desarrollo mundial de la revolución socialista, fue el poder soviético. Y si al principio se lo consideraba, y se podía e incluso se debía considerar, sin apartarse del terreno de los hechos, un fenómeno solo ruso, ahora los acontecimientos han demostrado que no es solo un fenómeno ruso, que es una forma internacional de lucha del proletariado, que las guerras, que han barajado de nuevo a las masas proletarias y semiproletarias, les han dado una nueva organización, opuesta de manera palpable al imperialismo rapaz, opuesta a la clase de los capitalistas con sus ganancias inauditas, sin precedentes antes de la guerra, han creado por doquier estas nuevas organizaciones de masas de lucha, organizaciones del proletariado para derrocar el poder de la burguesía.

No todos comprendían este significado de los Soviets cuando surgieron. No todos lo comprenden todavía. Pero nosotros, que vivimos los albores de estos Soviets en 1905, nosotros, que después de la Revolución de Febrero de 1917 vivimos un largo período de oscilación y bamboleo entre la organización soviética de las masas y la ideología pequeñoburguesa, conciliadora y traidora, nosotros ahora tenemos el cuadro más claro que el agua. Está ante nosotros como en la palma de la mano, y desde el punto de vista de este cuadro, desde el punto de vista de cómo se ha desarrollado y se desarrolla cada día más amplia y profundamente la lucha del proletariado por el poder en el Estado contra la propiedad capitalista, abordamos la solución de la cuestión. Desde este punto de vista, ¿qué valen todas las alusiones a la democracia y todas las frases sobre la «independencia» y discursos semejantes, que constantemente derivan hacia una posición aparentemente extraclasista, pues sabemos que en la sociedad capitalista domina la burguesía, que la sociedad capitalista nace precisamente del poder de la burguesía tanto en el ámbito político como en el económico? O el poder del proletariado o la dictadura de la burguesía, no puede haber nada intermedio, en cuestiones algo serias, durante un tiempo algo prolongado. Y quien habla de independencia, quien habla de democracia en general, supone consciente o inconscientemente algo intermedio, algo interclasista, algo supraclasista. Y en todos los casos, esto es autoengaño, esto es engaño, esto es encubrimiento de que mientras subsista el poder de los capitalistas, mientras los capitalistas conserven la propiedad de los instrumentos de producción, la democracia puede ser menos amplia o más amplia, más civilizada, etc., pero en realidad seguirá siendo dictadura burguesa, y tanto más clara, tanto más evidente brota a borbotones la guerra civil de cada gran contradicción.

Cuanto más cercanas a la democracia son las formas políticas de Francia, más rápidamente se derivó de un asunto como el caso Dreyfus una guerra civil. Cuanto más amplia es la democracia en América, con el proletariado, los internacionalistas e incluso con simples pacifistas, más rápidamente se derivan casos de linchamiento y estallidos de guerra civil. El significado de esto nos resulta tanto más claro ahora, cuando la primera semana de libertad burguesa, de democracia en Alemania, condujo al más furibundo, mucho más agudo que entre nosotros, mucho más desesperado enfrentamiento de guerra civil. Y quien juzga estos estallidos desde el punto de vista de si se ha establecido o no un tribunal de tal o cual partido; quien juzga desde el punto de vista del simple asesinato de Liebknecht y Luxemburgo, se distingue por la ceguera y la cobardía de pensamiento, al no querer comprender que ante nosotros hay estallidos de una guerra civil incontenible, que brota inconteniblemente de todas las contradicciones del capitalismo. No existe ni puede existir un término medio. Cualquier discurso sobre la independencia o sobre la democracia en general, por muchas salsas con que se aderece, es el mayor engaño, la mayor traición al socialismo. Y si la propaganda teórica de los bolcheviques, que ahora son los fundadores efectivos de la Internacional, si la prédica teórica de los bolcheviques sobre la guerra civil no llegó muy lejos y se detuvo a menudo ante las barreras de la censura y las medidas de contención militar de los Estados imperialistas, entonces ya no es la prédica, no es la teoría, sino los hechos de la guerra civil los que se vuelven tanto más furiosos cuanto más vieja, cuanto más prolongada es la democracia de los Estados de Europa occidental. Estos hechos perforarán los cráneos más atrasados, más obtusos. Ahora, de las personas que divagan sobre la democracia en general, sobre la independencia, se puede hablar como de fósiles.

Y sin embargo, teniendo en cuenta las duras condiciones de la lucha de las que acaba de nacer y crecer el movimiento sindical de Rusia, y ahora ya casi ha crecido definitivamente, es necesario echar una mirada al pasado, recordar el ayer. En mi opinión, tales recuerdos, tales menciones son tanto más necesarias porque al movimiento sindical, precisamente como movimiento sindical, le toca vivir una ruptura especialmente brusca en la época de la revolución socialista mundial que ha comenzado.

En este movimiento sindical, los ideólogos de la burguesía intentaron especialmente pescar en río revuelto. Se esforzaron por hacer que la lucha económica, que era la base del movimiento sindical, resultara independiente de la lucha política. Sin embargo, los sindicatos, como la organización más amplia del proletariado a escala de clase, precisamente ahora, en la práctica, especialmente después del vuelco político que entregó el poder al proletariado, precisamente en ese momento tienen que desempeñar un papel particularmente grande, tienen que ocupar la posición más central en la política, tienen que convertirse, en cierto sentido de la palabra, en el principal órgano político, pues todos los viejos conceptos, las viejas categorías de esa política han sido refutados y puestos patas arriba por el vuelco político que entregó el poder en manos del proletariado. El viejo Estado, tal como fue construido, aunque fuera por las mejores y más democráticas de las repúblicas burguesas, repito, nunca fue ni puede ser otra cosa que la dictadura de la burguesía, es decir, de aquellos que tienen en sus manos las fábricas, los instrumentos de producción, las tierras, los ferrocarriles, en una palabra, todos los medios materiales, todos los instrumentos de trabajo, sin cuya posesión el trabajo permanece en la esclavitud.

Precisamente por eso, cuando el poder político pasó a manos del proletariado, los sindicatos tuvieron que presentarse cada vez más en el papel de constructores de la política de la clase obrera, en el papel de personas cuya organización de clase debe sustituir a la anterior clase explotadora, derribando todas las viejas tradiciones y prejuicios de la vieja ciencia, que por boca de uno de sus sabios decía al proletariado: ocúpense de su economía, y de la política se ocupará el partido de los elementos burgueses{177}. Toda esta prédica resultó ser un instrumento directo en manos de la clase de los explotadores y de sus verdugos para oprimir al proletariado, que en todas partes pasa a las insurrecciones y a la lucha.

Y aquí, camaradas, los sindicatos, en su labor de construcción estatal, tienen que plantear una cuestión completamente nueva: la cuestión de la "estatalización" de los sindicatos, como se denominó esta cuestión en la resolución propuesta por la fracción de los comunistas. Aquí los sindicatos tienen que reflexionar más que nada sobre una de las sentencias más profundas y célebres de los fundadores del comunismo moderno: "Cuanto más amplia y profunda es la revolución que se produce en la sociedad, tanto más numeroso debe ser el número de personas que realizan esa revolución, que son los creadores de esa revolución en el sentido auténtico de la palabra"{178}. Tomemos la vieja sociedad nobiliaria de la servidumbre. Allí las revoluciones eran ridículamente fáciles cuando se trataba de arrebatar el poder a un grupo de nobles o feudales y entregarlo a otro. Tomemos la sociedad burguesa, que se jacta de su sufragio universal. Pero en realidad, como sabemos, ese sufragio universal, todo ese aparato, se convierte en un engaño, porque la inmensa mayoría de los trabajadores está oprimida y aplastada, incluso en los países más avanzados, cultos y democráticos, aplastada por el presidio capitalista, de modo que de hecho no participa en la política y no puede participar. Y ahora, por primera vez en la historia de la humanidad, se produce una revolución que puede conducir a la victoria completa del socialismo, y esto solo a condición de que nuevas e ingentes masas se encarguen de la tarea de la administración por sí mismas. La revolución socialista no significa un cambio de las formas del Estado, ni la sustitución de la monarquía por la república, ni una nueva votación de personas que supone personas completamente "iguales" y que en realidad es un hábil oscurecimiento y encubrimiento de que uno es propietario y el otro no posee nada. Desde el punto de vista de la gente de la sociedad burguesa, una vez que existe la "democracia" y una vez que el capitalista y el proletario participan en esa votación, eso es la "voluntad del pueblo", eso es la "igualdad", eso es la expresión de su deseo. Sabemos qué infame engaño son esos discursos, que solo encubren a verdugos y asesinos como Ebert y Scheidemann. En la sociedad burguesa, la masa de trabajadores era gobernada por la burguesía, mediante formas más o menos democráticas, era gobernada por la minoría, los poseedores, los que participan en la propiedad capitalista, que convirtieron la educación y la ciencia, el más alto baluarte y la más alta flor de la civilización capitalista, en instrumentos de explotación, en monopolio, para mantener esclavizada a la inmensa mayoría de la gente. La revolución que hemos iniciado, que ya llevamos dos años realizando y que hemos decidido firmemente llevar hasta el final (aplausos), esa revolución es posible y realizable solo a condición de que logremos la transferencia del poder a una nueva clase, de que en lugar de la burguesía, de los esclavistas capitalistas, de los intelectuales burgueses, de los representantes de todos los poseedores, de todos los propietarios, en todo el ámbito de la administración, en toda la tarea de la construcción estatal, en toda la tarea de la dirección de la nueva vida, desde abajo hasta arriba, entre una nueva clase. (Aplausos.)

He aquí la tarea que tenemos ante nosotros ahora. Solo cuando esa nueva clase se eduque no a partir de libros, no a partir de mítines, no a partir de discursos, sino a partir de la práctica de su propia administración, solo cuando atraiga a ello a las más amplias masas de trabajadores, solo cuando elabore aquellas formas que den a todos los trabajadores la posibilidad de adaptarse fácilmente a la tarea de administrar el Estado y de crear el orden estatal, entonces la revolución socialista puede ser sólida, y solo bajo esa condición no puede dejar de ser sólida. Dándose esa condición, representará una fuerza que arrojará atrás al capitalismo y a todas sus supervivencias, como a una paja, como al polvo.

He aquí la tarea que, desde el punto de vista de clase, en términos generales, se nos presenta como condición de una revolución socialista victoriosa, esa tarea que tan estrecha y directamente se vincula con la tarea de aquellas organizaciones que, incluso dentro del marco de la sociedad capitalista, tendían a la lucha de masas más amplia por su destrucción. Pero de las organizaciones de entonces, los sindicatos eran las organizaciones más amplias, las cuales ahora, permaneciendo formalmente como organizaciones independientes, pueden y deben, como se expresa en uno de los puntos de la resolución que se les propone, tomar parte enérgica en la labor del Poder Soviético mediante el trabajo directo en todos los órganos del Estado, la organización del control de masas sobre sus acciones, etc., la creación de nuevos órganos de contabilidad, control y regulación de toda la producción y distribución, que descansen en la iniciativa organizada de las propias y amplias masas trabajadoras interesadas.

En la sociedad capitalista, en el mejor de los casos, en los países más avanzados, después de decenios, a veces incluso después de siglos de desarrollo de la civilización y la cultura, en la democracia burguesa jamás ocurrió que los sindicatos abarcaran más de una quinta parte de los asalariados. Una pequeña capa superior participaba en ellos, y de esa capa superior solo una parte ínfima era atraída, comprada por los capitalistas, para ocupar, como dirigentes obreros, puestos en la sociedad capitalista. Los socialistas americanos llamaban a esas personas "tenientes obreros de la clase de los capitalistas". Ellos, en el país de la cultura burguesa más libre, de la república burguesa más democrática, veían mejor que nadie ese papel de las ínfimas capas superiores del proletariado que de hecho entraban al servicio de la burguesía, la sustituían, eran sobornados y comprados por ella y crearon aquellos cuadros de socialpatriotas y defensistas, cuyos héroes serán para siempre Ebert y Scheidemann.

Ahora, camaradas, tenemos una situación diferente. Los sindicatos pueden comenzar la construcción económica estatal de una manera nueva, apoyándose en todo lo creado por la cultura capitalista, apoyándose en lo que ha creado la producción capitalista, construyendo el socialismo precisamente a partir de esa base material, a partir de esa gran producción cuyo yugo pesaba sobre nosotros, que fue creada contra nosotros, que se hizo para la opresión infinita de las masas obreras, pero que las unió, las aglutinó y así creó la vanguardia de la nueva sociedad. Y esa vanguardia, después de la Revolución de Octubre, después de la transmisión del poder al proletariado, comenzó a ocuparse de su verdadera tarea: educar a la masa trabajadora explotada, atraerla a la gestión del Estado, a la gestión de la producción sin burócratas, sin la burguesía, sin capitalistas. He aquí por qué la resolución que se os propuesta rechaza todo plan burgués y todos esos discursos traidores. He aquí por qué dice que la estatalización de los sindicatos es inevitable. Al mismo tiempo, da un paso adelante. Ya no planteamos teóricamente la cuestión de esa estatalización de los sindicatos. Gracias a Dios, hemos superado la etapa en que solo nos dedicábamos a plantear estas cuestiones para una discusión teórica. Incluso hemos llegado, quizás, a olvidar a veces aquellos tiempos en que nos ocupábamos de tales discusiones libres sobre temas puramente teóricos. Esos tiempos están enterrados hace mucho, y ahora planteamos estas cuestiones basándonos en la experiencia de un año de los sindicatos, que en su papel de organizadores de la producción han creado organizaciones como el Consejo Superior de Economía Nacional, que en esta tarea, inmensamente difícil, han cometido una gran cantidad de errores y los cometen, por supuesto, constantemente, sin prestar atención a las risitas maliciosas de la burguesía, que dice: «¡Miren, los proletarios se han puesto a construir, y miren, ya han cometido errores!».

La burguesía se imagina que cuando ella tomó las riendas de manos del zar y los nobles, no cometió errores. Se imagina que la reforma de 1861, que remendó el edificio de la servidumbre, dejando la masa de ingresos y el poder en manos de los terratenientes, que esa reforma transcurrió sin problemas, que no hubo caos durante decenas de años en Rusia. No hay un solo país donde los señores nobles no se burlaran de los advenedizos de la burguesía y los raznochintsy que asumían la tarea de gobernar el Estado.

Está claro que ahora toda la flor y nata, o mejor dicho, la flor estéril de la intelectualidad burguesa también se burla de cada error que comete el nuevo poder, especialmente cuando la nueva clase se ha visto obligada, por la feroz resistencia de los explotadores, por la campaña de la unión mundial de explotadores contra uno de los países más débiles y menos preparados, como Rusia —cuando la unión de los trabajadores tuvo que hacer su revolución a una velocidad vertiginosa, en condiciones en las que había que pensar menos en el curso fluido de esta revolución que en poder resistir hasta que el proletariado de Europa Occidental comenzara a despertar. Esta tarea la hemos resuelto. En este aspecto, camaradas, podemos decir ya ahora que somos muchas veces más afortunados que los actores de la Revolución Francesa, que fue derrotada por la unión de países monárquicos y atrasados, que duró un año en la persona del poder de las capas inferiores de la burguesía de entonces, que no provocó de inmediato un movimiento similar en otros países y que, sin embargo, hizo tanto por la burguesía, por la democracia burguesa, que todo el desarrollo de toda la humanidad civilizada durante todo el siglo XIX emana de la gran Revolución Francesa, todo se lo debe a ella.

Nosotros somos mucho más afortunados. Lo que los actores de entonces hicieron en un año para el desarrollo de la democracia burguesa, nosotros lo hemos hecho en el mismo plazo durante este año pasado en una escala mucho mayor para el nuevo régimen proletario, lo hemos hecho de tal manera que ya ahora el movimiento en Rusia, que no comenzó por nuestros méritos, sino por una conjunción especial de circunstancias y condiciones especiales que sitúan a Rusia entre dos gigantes imperialistas del mundo cultural moderno —este movimiento y la victoria del Poder Soviético durante este año han logrado que el movimiento mismo se haya vuelto internacional, que se haya fundado la Internacional Comunista, han logrado que las consignas e ideales de la vieja democracia burguesa estén derrotados, y ahora no hay un solo político consciente en todo el mundo, de cualquier partido que sea, que no pueda ver que la revolución socialista internacional ha comenzado, que está ocurriendo. (Aplausos.)

Camaradas, me he desviado un poco, acercándome al tema de cómo, habiendo ido lejos del planteamiento teórico de la cuestión, hemos llegado a su resolución práctica. Tenemos una experiencia de un año que ya nos ha dado inmensamente más éxitos en la causa de la victoria del proletariado y su revolución que lo que un año de dictadura de la democracia burguesa dio a fines del siglo antepasado para la victoria de esa democracia burguesa en todo el mundo. Pero durante este año, además de esto, hemos adquirido una enorme experiencia práctica que nos permite, si no evaluar con precisión cada uno de nuestros pasos, al menos esbozar el ritmo del desarrollo, su velocidad, ver las dificultades prácticas y emprender pasos prácticos que de una victoria parcial en la causa del derrocamiento de la burguesía conduzcan a otra.

Volviendo atrás, vemos qué errores debemos corregir, vemos claramente lo que debemos construir y cómo debemos construir en adelante. He aquí por qué nuestra resolución no se limita a proclamar la estatalización de los sindicatos, a proclamar en principio la dictadura del proletariado, la necesidad de que, como dice una de las partes de la resolución: «inevitablemente nos dirigimos hacia la fusión de las organizaciones sindicales con los órganos del poder estatal» —esto lo sabemos también teóricamente, lo esbozamos incluso antes de Octubre, había que esbozarlo antes. Pero esto no es suficiente. Para el partido que se ha acercado por completo a la construcción práctica del socialismo, para los sindicatos que ya han separado los órganos de gestión de la industria a escala de toda Rusia y de todo el Estado, que ya han creado el Consejo Superior de Economía Nacional, que a través de miles de errores han adquirido miles de elementos de su propia experiencia organizativa, el quid de la cuestión no está en lo mismo que antes.

Ahora ya no nos basta con limitarnos a proclamar la dictadura del proletariado. La estatalización de los sindicatos es inevitable, su fusión con los órganos del poder estatal es inevitable, el paso total a sus manos de la causa de la construcción de la gran producción es inevitable. Pero todo esto no es suficiente.

También debemos tener en cuenta nuestra experiencia práctica para considerar el momento presente más inmediato. En esto consiste ahora para nosotros el quid de la tarea. Y a este momento se acerca la resolución cuando dice que si ahora los sindicatos intentaran por su cuenta asumir las funciones del poder estatal, de ello solo saldría un caos. Ya hemos sufrido bastante de ese caos. Hemos luchado mucho contra esos restos del maldito régimen burgués, contra las tendencias pequeñopropietarias, ya sean anarquistas o egoístas, que están profundamente arraigadas incluso en los obreros.

El obrero nunca ha estado separado de la vieja sociedad por una muralla china. Él también ha conservado mucha de la psicología tradicional de la sociedad capitalista. Los obreros construyen la nueva sociedad sin convertirse en hombres nuevos, limpios del lodo del viejo mundo, sino estando aún hasta las rodillas en ese lodo. Solo se puede soñar con limpiarse de ese lodo. Sería la utopía más profunda pensar que esto se puede hacer de inmediato. Sería una utopía que en la práctica solo retrasaría el reino del socialismo hacia los cielos.

No, nosotros no emprendemos la organización del socialismo de ese modo. Emprendemos la tarea estándonos sobre el terreno de la sociedad capitalista, luchando contra todas aquellas debilidades y defectos que existen también entre los trabajadores, que tiran hacia abajo al proletariado. En esta lucha hay muchos viejos hábitos y costumbres de pequeños propietarios separatistas, y aún tiene vigencia el viejo lema: «cada uno para sí, solo Dios para todos». Esto era más que suficiente en cada sindicato, en cada fábrica que, las más de las veces, solo pensaba en sí misma, y del resto — que se ocupen Dios y las autoridades. Esto lo vimos, lo sufrimos en carne propia, nos costó tantos errores, errores tan graves, que ahora tomamos en cuenta esa experiencia y decimos a los camaradas: os prevenimos del modo más decidido contra todas las acciones arbitrarias en este terreno. Y decimos: eso no será construcción del socialismo, sino que será ceder todos nosotros a las debilidades del capitalismo.

Ahora hemos aprendido a valorar toda la dificultad de la tarea que tenemos ante nosotros. Estamos en el centro del trabajo de construcción del socialismo y, desde el punto de vista de ese núcleo del trabajo, nos manifestamos contra toda acción arbitraria en este terreno. Contra esas acciones arbitrarias deben ser prevenidos los obreros conscientes. Hay que decir: ahora, de un solo golpe, no podemos fusionar los sindicatos con los órganos del poder estatal. Eso sería un error. La cuestión no se plantea así.

Sabemos ahora que el proletariado ha aportado varios miles, quizá varias decenas de miles de proletarios para la dirección del Estado. Sabemos que la nueva clase — el proletariado — tiene ahora sus representantes en cada rama de la administración estatal, en cada fragmento de empresa socializada o en proceso de socialización, o en el ámbito de la economía. El proletariado lo sabe. Se ha puesto manos a la obra de manera práctica y ve ahora que es necesario continuar por ese mismo camino, que aún hay que dar no pocos pasos antes de poder decir: las asociaciones profesionales de los trabajadores se han fusionado definitivamente con todo el aparato estatal. Eso ocurrirá cuando los trabajadores hayan tomado finalmente en sus manos los órganos de violencia de una clase sobre otra. Y eso ocurrirá, lo sabemos.

Queremos ahora concentrar toda vuestra atención en la tarea práctica más inmediata. Es necesario ampliar una y otra vez la participación de los propios trabajadores en la gestión de la economía y en la construcción de la nueva producción. Si no resolvemos esta tarea, si no convertimos los sindicatos en órganos de educación de masas diez veces más amplias que las actuales para la participación directa en la gestión del Estado, entonces no llevaremos a término la obra de la construcción comunista. Esto lo vemos con claridad. Esto está dicho en nuestra resolución, y en esto último quisiera llamar sobre todo vuestra atención.

Los sindicatos, con la grandísima revolución que ha sobrevenido en la historia, cuando el proletariado ha tomado en sus manos el poder estatal, experimentan un viraje grandísimo en toda su actividad. Se convierten en el principal constructor de la nueva sociedad, porque los constructores de esta sociedad solo pueden ser las masas de muchos millones. Así como centenares fueron los constructores en la época del régimen de servidumbre, así como millares y decenas de millares construyeron el Estado en la época del capitalismo, así ahora la revolución socialista solo puede realizarse con la participación activa, directa y práctica de decenas de millones en la gestión del Estado. Hemos emprendido ese camino, pero aún no hemos llegado.

Los sindicatos deben saber que, junto a las tareas que en parte se plantean y en parte han caducado, que en todo caso, aunque subsistieran, no pueden dejar de ser para nosotros secundarias, junto a esas tareas de registro, normativización, unificación de las organizaciones, se plantea una tarea más elevada e importante: enseñar a las masas a gobernar, no a través de libros, no mediante conferencias, no con mítines, enseñar con la experiencia, hacer que, en lugar de ese sector avanzado que el proletariado ha dado de su seno, que ha puesto a dirigir, a organizar, entren cada vez más en esos departamentos capas nuevas y nuevas de obreros, para que en lugar de esa nueva capa vengan diez como ella. Esta tarea parece inmensa y difícil. Pero si pensamos en la rapidez con que la experiencia de la revolución ha permitido realizar las tareas más inmensas planteadas desde Octubre, en cómo se han volcado hacia el saber aquellas capas de trabajadores a las que ese saber les era inaccesible e innecesario, si pensamos en ello, esa tarea dejará de parecernos inmensa.

Veremos que podemos resolver esta tarea, enseñar a masas incomparablemente mayores de trabajadores algo como la gestión del Estado y la gestión de la industria, desarrollar el trabajo práctico, destruir lo que durante siglos y decenios se ha inculcado en las masas obreras — ese pernicioso prejuicio de que la gestión del Estado es cosa de privilegiados, de que es un arte especial. Eso no es verdad. Inevitablemente cometeremos errores, pero de cada error aprenderán ahora no grupos de estudiantes que estudien teóricamente algún curso de administración pública, sino millones de trabajadores, que sentirán en sí mismos las consecuencias de cada error, verán por sí mismos que ante ellos se plantean tareas inaplazables de registro y distribución de productos, de elevación de la productividad del trabajo, y que por experiencia ven que el poder está en sus manos, que nadie les ayudará si no se ayudan a sí mismos: he ahí la nueva psicología que se crea en la clase obrera, he ahí la nueva tarea de colosal importancia histórica que se plantea ante el proletariado, que debe sobre todo arraigarse en la conciencia de los sindicatos y de los activistas del movimiento sindical. Ya no son solo sindicales. Ahora son sindicatos en la medida en que están unidos en el único marco posible, vinculado al viejo capitalismo, y agrupan al mayor número de trabajadores. Y su tarea es mover a esos millones y decenas de millones de trabajadores de una actividad, más simple, a otra más elevada, sin cansarse nunca de extraer nuevas capas de la reserva de trabajadores y sin cansarse nunca de llevarlos hasta las tareas más difíciles; educar así a una masa cada vez más amplia para la gestión del Estado; fusionarse con esa lucha del proletariado que ha tomado en sus manos la dictadura y la sostiene ahora ante el mundo entero, atrayendo cada día, en todos los países, destacamento tras destacamento de obreros industriales y socialistas, que ayer aún sufrían las directrices de los socialtraidores y socialpatriotas, y hoy se acercan cada vez más a la bandera del comunismo y de la Internacional Comunista.

Sostener esa bandera y, al mismo tiempo, ampliar incansablemente las filas de los constructores del socialismo, recordar que la tarea de los sindicatos es ser constructores de la nueva vida, ser educadores de nuevos millones y decenas de millones que aprendan por su propia experiencia a no cometer errores, a desechar los viejos prejuicios, aprendan por su propia experiencia a gobernar el Estado y a dirigir la producción — solo en eso reside la garantía infalible de que la causa del socialismo triunfará plenamente, excluyendo toda posibilidad de retroceso.

La reseña periodística fue publicada el 21 de enero en «La Vida Económica» n.º 14, 22, 24 y 25 de enero de 1919 en «La Verdad» n.ºº 15, 16 y 17

En 1921 fue publicada en el libro «Segundo Congreso Panruso de los Sindicatos. Informe taquigráfico»

Se imprime según el texto del libro, cotejado con la taquigrafía y los textos de los periódicos