El Estado, que durante siglos fue un órgano de opresión y expoliación del pueblo, nos ha dejado como herencia el odio y la desconfianza más profundos de las masas hacia todo lo estatal. Superar esto es una tarea muy difícil, que solo está al alcance del poder soviético, pero que incluso a él le exige un tiempo prolongado y una enorme perseverancia. En la cuestión de la contabilidad y el control —cuestión fundamental para la revolución socialista al día siguiente del derrocamiento de la burguesía—, dicha «herencia» se manifiesta de manera particularmente aguda. Es inevitable que transcurra un cierto tiempo hasta que las masas, que por primera vez se sienten libres tras el derrocamiento de los terratenientes y la burguesía, comprendan —no a partir de libritos, sino de su propia experiencia soviética— comprendan y sientan que sin una contabilidad y un control estatales, integrales, de la producción y la distribución de los productos, el poder de los trabajadores, la libertad de los trabajadores no pueden mantenerse, y el retorno al yugo del capitalismo es inevitable.

Todas las costumbres y tradiciones de la burguesía en general, y de la pequeña burguesía en particular, van también contra el control estatal, en defensa de la inviolabilidad de la «sagrada propiedad privada», de la «sagrada» empresa privada. Ahora vemos con particular claridad hasta qué punto es correcta la tesis marxista de que el anarquismo y el anarcosindicalismo son corrientes burguesas, en qué contradicción irreconciliable se hallan con el socialismo, con la dictadura proletaria, con el comunismo. La lucha por introducir en las masas la idea del control y la contabilidad soviéticos —estatales—, por llevar esta idea a la vida, por romper con el maldito pasado que nos acostumbró a considerar la obtención del pan y la ropa como un asunto «privado», la compraventa como una transacción que «solo a mí me incumbe»: esta lucha es la grandiosa lucha, de importancia histórico-mundial, de la conciencia socialista contra la espontaneidad burguesa-anárquica.

El control obrero ha sido introducido entre nosotros como ley, pero apenas empieza a penetrar en la vida e incluso en la conciencia de las amplias masas del proletariado. Sobre el hecho de que la falta de rendición de cuentas y la ausencia de control en la producción y distribución de productos es la ruina de los gérmenes del socialismo, es malversación de los fondos públicos (pues todos los bienes pertenecen al erario público, y el erario público es precisamente el poder soviético, el poder de la mayoría de los trabajadores); de que la negligencia en la contabilidad y el control es una ayuda directa a los Kornílov alemanes y rusos, que pueden derrocar el poder de los trabajadores solo a condición de que nosotros no logremos superar la tarea de la contabilidad y el control, y quienes, con la ayuda de toda la burguesía mujik, con la ayuda de los kadetes, mencheviques, eseristas de derecha, nos «acechan», esperando el momento... de esto no hablamos lo suficiente en nuestra agitación, sobre esto no piensan ni hablan lo suficiente los obreros y campesinos de vanguardia. Y mientras el control obrero no se haya convertido en un hecho, mientras los obreros de vanguardia no hayan organizado y llevado a cabo una campaña victoriosa y despiadada contra los infractores de este control o contra quienes lo descuidan, hasta entonces no se podrá dar el segundo paso hacia el socialismo desde el primer paso (desde el control obrero), es decir, pasar a la regulación obrera de la producción.

El Estado socialista solo puede surgir como una red de comunas de producción y consumo que contabilicen concienzudamente su producción y su consumo, que ahorren trabajo, que aumenten incesantemente su productividad y que logren con ello la posibilidad de reducir la jornada laboral a siete, a seis horas diarias e incluso menos. Sin organizar la más rigurosa contabilidad y control del pan y de la obtención del pan (y después de todos los demás productos necesarios) a escala de todo el pueblo y con carácter omnicomprensivo, no hay manera de arreglárselas. El capitalismo nos dejó como herencia organizaciones de masas capaces de facilitar el tránsito a la contabilidad y el control masivos de la distribución de los productos: las cooperativas de consumo. En Rusia están menos desarrolladas que en los países avanzados, pero aun así abarcan a más de diez millones de miembros. El decreto sobre las cooperativas de consumo, promulgado hace unos días, constituye un fenómeno sumamente significativo, que muestra con claridad la peculiaridad de la situación y de las tareas de la República Socialista Soviética en el momento actual.

El decreto es un acuerdo con las cooperativas burguesas y con las cooperativas obreras que permanecen en el punto de vista burgués. El acuerdo o compromiso consiste, en primer lugar, en que los representantes de las mencionadas instituciones no solo participaron en la discusión del decreto, sino que obtuvieron de hecho el derecho al voto decisivo, pues las partes del decreto que encontraron una oposición resuelta de estas instituciones fueron desechadas. En segundo lugar, en esencia, el compromiso consiste en la renuncia del poder soviético al principio del ingreso gratuito en la cooperativa (el único principio consecuentemente proletario), así como a la unificación de toda la población de una localidad determinada en una sola cooperativa. Apartándose de este principio, el único socialista, que responde a la tarea de la supresión de las clases, se concedió el derecho a que subsistieran las «cooperativas obreras de clase» (que en este caso se llaman «de clase» solo porque se subordinan a los intereses de clase de la burguesía). Por último, la propuesta del poder soviético de excluir por completo a la burguesía de las juntas directivas de las cooperativas fue también muy debilitada, y la prohibición de formar parte de las juntas directivas se extendió solo a los propietarios de empresas comerciales e industriales de carácter capitalista privado.

Si el proletariado, actuando a través del poder soviético, hubiera logrado organizar la contabilidad y el control a escala de todo el Estado, o al menos las bases de dicho control, no habría habido necesidad de semejantes compromisos. A través de los departamentos de abastecimiento de los Soviets, a través de los órganos de suministro adjuntos a los Soviets, habríamos unificado a la población en una cooperativa única, dirigida proletariamente, sin la colaboración de las cooperativas burguesas, sin hacer concesiones a ese principio puramente burgués que impulsa a la cooperativa obrera a seguir siendo obrera al lado de la burguesa, en lugar de subordinarse por entero a esa cooperativa burguesa, fusionando ambas, tomando para sí toda la dirección, tomando en sus manos la fiscalización del consumo de los ricos.

Al concertar tal acuerdo con las cooperativas burguesas, el poder soviético definió concretamente sus tareas tácticas y sus peculiares métodos de acción para la presente fase de desarrollo, a saber: dirigiendo a los elementos burgueses, utilizándolos, haciéndoles determinadas concesiones parciales, creamos las condiciones para un avance que será más lento de lo que inicialmente habíamos supuesto, pero a la vez más sólido, con un aseguramiento más firme de la base y de la línea de comunicación, con un mejor afianzamiento de las posiciones conquistadas. Los Soviets pueden (y deben) medir ahora sus éxitos en la obra de la construcción socialista, entre otras cosas, con un rasero extraordinariamente claro, simple y práctico: en qué número precisamente de comunidades (comunas o aldeas, barrios, etc.) y en qué medida se aproxima el desarrollo de las cooperativas a abarcar a toda la población.