Una situación extraordinariamente grave, difícil y peligrosa en el terreno internacional; la necesidad de maniobrar y retroceder; un período de espera de nuevos estallidos de la revolución, que madura en Occidente con una lentitud penosa; en el interior del país, un período de construcción lenta y de implacable «severidad», de lucha prolongada y tenaz entre la férrea disciplina proletaria y el amenazante elemento del relajamiento y el anarquismo pequeñoburgués: tales son, en resumen, los rasgos distintivos de la etapa especial de la revolución socialista que estamos atravesando. Tal es el eslabón de la cadena histórica de acontecimientos al que ahora debemos aferrarnos con todas nuestras fuerzas, para estar a la altura de la tarea hasta que llegue el paso al siguiente eslabón, que atrae por su brillo especial, el brillo de las victorias de la revolución proletaria internacional.

Intente usted comparar con el concepto habitual y corriente de «revolucionario» las consignas que se derivan de las peculiaridades de la etapa que atravesamos: maniobrar, retroceder, esperar, construir lentamente, apretar implacablemente, disciplinar con severidad, aplastar el relajamiento... ¿Es de extrañar que a algunos «revolucionarios», cuando oyen esto, les invada una noble indignación y empiecen a «fustigarnos» por olvidar las tradiciones de la Revolución de Octubre, por contemporizar con los especialistas burgueses, por los compromisos con la burguesía, por el espíritu pequeñoburgués, por el reformismo, etcétera, etcétera?

La desgracia de estos desdichados revolucionarios consiste en que, incluso entre aquellos que se guían por las mejores intenciones del mundo y se distinguen por una devoción incondicional a la causa del socialismo, falta la comprensión de esa situación especial y especialmente «desagradable» por la que inevitablemente tenía que pasar un país atrasado, desgarrado por una guerra reaccionaria y desdichada, que comenzó la revolución socialista mucho antes que los países más avanzados; les falta entereza en los momentos difíciles de una transición difícil. Es natural que la oposición «oficial» de este tipo la ejerza contra nuestro partido el partido de los socialrevolucionarios de izquierda. Excepciones individuales a los tipos grupales y de clase, por supuesto, existen y existirán siempre. Pero los tipos sociales permanecen. En un país con una enorme preponderancia de la población de pequeños propietarios sobre la puramente proletaria, inevitablemente se manifestará —y de tiempo en tiempo se manifestará de manera extremadamente brusca— la diferencia entre el revolucionario proletario y el pequeñoburgués. Este último vacila y oscila a cada viraje de los acontecimientos, pasa de un revolucionarismo furioso en marzo de 1917 a cantar loas a la «coalición» en mayo, al odio contra los bolcheviques (o al lamento por su «aventurerismo») en julio, al distanciamiento temeroso de ellos a finales de octubre, al apoyo en diciembre y, finalmente, en marzo y abril de 1918, estos tipos arrugan con desprecio la nariz y dicen: «Yo no soy de los que entonan himnos al trabajo "orgánico", al practicismo y al gradualismo».

La fuente social de estos tipos es el pequeño propietario, enloquecido por los horrores de la guerra, por la ruina repentina, por los inauditos tormentos del hambre y la devastación, que se debate histéricamente buscando una salida y la salvación, oscilando entre la confianza en el proletariado y su apoyo, por un lado, y los accesos de desesperación, por el otro. Hay que comprender claramente y asimilar con firmeza que sobre semejante base social no se puede construir socialismo alguno. Sólo una clase que marcha sin vacilaciones por su camino, que no se desanima ni cae en la desesperación en las transiciones más difíciles, graves y peligrosas, puede dirigir a las masas trabajadoras y explotadas. No necesitamos arrebatos histéricos. Necesitamos el paso mesurado de los batallones de hierro del proletariado.