Escrito en octubre – no más tarde del 10 de noviembre de 1918; Apéndice II – en noviembre, después del 10, 1918.

Se imprime según el texto del libro, cotejado con el manuscrito.

Cubierta del libro «La revolución proletaria y el renegado Kautsky» con anotaciones de V. I. Lenin. – 1918 (Reducido).

El folleto de Kautsky «La dictadura del proletariado» (Viena, 1918, Ignaz Brand, pág. 63), aparecido recientemente, representa el ejemplo más evidente de la más completa y vergonzosa bancarrota de la II Internacional, de la que desde hace tiempo hablan todos los socialistas honestos de todos los países. La cuestión de la revolución proletaria se sitúa ahora prácticamente en el orden del día en toda una serie de Estados. Por ello, es necesario analizar los sofismas renegados y la completa renuncia al marxismo por parte de Kautsky.

Pero antes hay que subrayar que quien escribe estas líneas, desde el comienzo mismo de la guerra, tuvo que señalar repetidas veces la ruptura de Kautsky con el marxismo. Una serie de artículos de 1914–1916 en el «Socialdemócrata»{96} y el «Comunista»{97} del extranjero estuvieron dedicados a esto. Estos artículos están recogidos en la edición del Soviet de Petrogrado: G. Zínoviev y N. Lenin: «Contra la corriente», Petrogrado, 1918 (550 páginas). En el folleto editado en Ginebra en 1915 y traducido entonces al alemán y al francés{98}, escribí sobre el «kautskianismo»:

«Kautsky, la máxima autoridad de la II Internacional, representa un ejemplo sumamente típico y evidente de cómo el reconocimiento verbal del marxismo ha conducido en la práctica a su transformación en “struvismo” o “brentanismo” (es decir, en una doctrina liberal-burguesa que reconoce la lucha de “clases” no revolucionaria del proletariado, lo que expresaron de forma particularmente clara el escritor ruso Struve y el economista alemán Brentano). Lo vemos también en el ejemplo de Plejánov. Del marxismo, mediante evidentes sofismas, se extrae su alma viva revolucionaria; del marxismo se reconoce todo excepto los medios revolucionarios de lucha, la propaganda y preparación de estos, la educación de las masas precisamente en esa dirección. Kautsky “concilia” sin ideas la idea fundamental del socialchovinismo, el reconocimiento de la defensa de la patria en esta guerra, con una concesión diplomática y aparente a la izquierda bajo la forma de abstención en la votación de los créditos, reconocimiento verbal de su oposición, etc. Kautsky, que en 1909 escribió un libro entero sobre la aproximación de la época de las revoluciones y sobre la relación entre guerra y revolución, Kautsky, que en 1912 firmó el Manifiesto de Basilea{99} sobre el uso revolucionario de la guerra venidera, ahora justifica y embellece de todas las maneras el socialchovinismo y, como Plejánov, se une a la burguesía para ridiculizar todo pensamiento de revolución, todo paso hacia la lucha directamente revolucionaria.

La clase obrera no puede realizar su objetivo revolucionario mundial sin librar una guerra implacable contra esta renegadez, falta de carácter, servilismo al oportunismo y envilecimiento teórico sin precedentes del marxismo. El kautskianismo no es un accidente, sino un producto social de las contradicciones de la II Internacional, de la combinación de fidelidad al marxismo en palabras y de sumisión al oportunismo en los hechos» (G. Zínoviev y N. Lenin: «Socialismo y guerra», Ginebra, 1915, págs. 13–14).

Además, en el libro «El imperialismo, fase superior del capitalismo»[12], escrito en 1916 (apareció en Petrogrado en 1917), analicé detalladamente la falsedad teórica de todos los razonamientos de Kautsky sobre el imperialismo. Citaba la definición de imperialismo de Kautsky: «El imperialismo es un producto del capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de cada nación capitalista industrial a anexionarse o subordinar regiones agrarias cada vez mayores (cursiva de Kautsky), sin relación con las naciones que las habitan». Mostraba la completa falsedad de esta definición y su «adaptación» para encubrir las contradicciones más profundas del imperialismo, y luego para reconciliarse con el oportunismo. Citaba mi propia definición de imperialismo: «El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que se ha establecido el dominio de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido una importancia primordial la exportación de capital, ha comenzado el reparto del mundo por los trusts internacionales y se ha completado el reparto de todo el territorio de la tierra entre los países capitalistas más grandes». Mostraba que la crítica de Kautsky al imperialismo está incluso por debajo de la crítica burguesa y pequeñoburguesa del mismo.

Finalmente, en agosto y septiembre de 1917, es decir, antes de la revolución proletaria en Rusia (25 de octubre – 7 de noviembre de 1917), escribí el folleto «El Estado y la revolución. La doctrina del marxismo sobre el Estado y las tareas del proletariado en la revolución»[13], aparecido en Petrogrado a principios de 1918, y allí, en el capítulo VI sobre «El envilecimiento del marxismo por los oportunistas», dediqué especial atención a Kautsky, demostrando que había tergiversado por completo la doctrina de Marx, la había falseado en favor del oportunismo, «renunciaba a la revolución en los hechos mientras la reconocía en palabras».

En esencia, el error teórico fundamental de Kautsky en su folleto sobre la dictadura del proletariado consiste precisamente en esas tergiversaciones oportunistas de la doctrina de Marx sobre el Estado, que han sido detalladamente puestas al descubierto en mi folleto «El Estado y la revolución».

Estas observaciones preliminares eran necesarias, pues demuestran que Kautsky fue acusado abiertamente por mí de renegadez mucho antes de que los bolcheviques tomaran el poder del Estado y fueran por ello condenados por Kautsky.

## **Cómo convirtió Kautsky a Marx en un vulgar liberal**

La cuestión fundamental que aborda Kautsky en su folleto es la del contenido esencial de la revolución proletaria, a saber, la dictadura del proletariado. Es una cuestión de la mayor importancia para todos los países, especialmente para los avanzados, especialmente para los beligerantes, especialmente en el momento actual. Se puede decir sin exageración que es la cuestión más importante de toda la lucha de clases del proletariado. Por ello es necesario detenerse en ella atentamente.

Kautsky plantea la cuestión de tal modo que «la oposición de las dos orientaciones socialistas» (es decir, de los bolcheviques y los no bolcheviques) es «la oposición de dos métodos radicalmente diferentes: el democrático y el dictatorial» (pág. 3).

Observemos de paso que, al llamar socialistas a los no bolcheviques de Rusia, es decir, a los mencheviques y a los eseristas, Kautsky se guía por su nombre, es decir, por la palabra, y no por el lugar real que ocupan en la lucha del proletariado contra la burguesía. ¡Magnífica comprensión y aplicación del marxismo! Pero de esto hablaremos con más detalle más adelante.

Ahora hay que tomar lo principal: el gran descubrimiento de Kautsky acerca de la «oposición radical» entre los «métodos democrático y dictatorial». En esto está el clavo de la cuestión. En esto reside toda la esencia del folleto de Kautsky. Y es una confusión teórica tan monstruosa, una renuncia tan completa al marxismo, que hay que reconocer que Kautsky ha superado con creces a Bernstein.

La cuestión de la dictadura del proletariado es la cuestión de la relación del Estado proletario con el Estado burgués, de la democracia proletaria con la democracia burguesa. Parecería que esto es claro como el día. Pero Kautsky, como un maestro de instituto, atrofiado de repetir manuales de historia, obstinadamente da la espalda al siglo XX, vuelve el rostro al XVIII, y por centésima vez, con increíble aburrimiento, en toda una serie de párrafos, masca y rumia viejas historias sobre la relación de la democracia burguesa con el absolutismo y la Edad Media.

¡Verdaderamente, como quien masca un estropajo en sueños!

¡Esto significa no comprender en absoluto de qué se trata! Sólo provocan una sonrisa los esfuerzos de Kautsky por presentar las cosas como si hubiera personas que predican el «desprecio por la democracia» (pág. 11) y cosas por el estilo. Con tales tonterías tiene que encubrir y embrollar la cuestión Kautsky, porque plantea la cuestión de un modo liberal, sobre la democracia en general, y no sobre la democracia burguesa, evita incluso este concepto preciso de clase y trata de hablar de la democracia «pre-socialista». Casi un tercio del folleto, 20 páginas de 63, las ha ocupado nuestro aguador con una charla muy grata para la burguesía, pues equivale a embellecer la democracia burguesa y encubre la cuestión de la revolución proletaria.

¡Pero el título del folleto de Kautsky sigue siendo «La dictadura del proletariado»! Que en esto precisamente reside la esencia de la doctrina de Marx es cosa sabida por todos. Y Kautsky, después de toda la charla fuera de tema, tuvo que citar las palabras de Marx sobre la dictadura del proletariado.

¡Cómo realizó esto el «marxista» Kautsky es ya una verdadera comedia! Escuchen:

«En una palabra de Carlos Marx se apoya esa opinión» (que Kautsky declara desprecio de la democracia) – así reza literalmente en la página 20. Y en la página 60 esto se repite incluso en esta forma: que (los bolcheviques) «recordaron a tiempo una palabrita» (literalmente así!! des Wörtchens) «sobre la dictadura del proletariado, empleada por Marx una vez en 1875 en una carta».

He aquí esa «palabrita» de Marx:

«Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, y el Estado de este período no puede ser otro que el de la dictadura revolucionaria del proletariado»{100}.

En primer lugar, llamar a este célebre razonamiento de Marx, que resume toda su doctrina revolucionaria, «una palabra» o incluso «una palabrita» significa escarnecer el marxismo, significa renunciar por completo a él. No hay que olvidar que Kautsky conoce a Marx casi de memoria, que, a juzgar por todos los escritos de Kautsky, en su escritorio o en su cabeza tiene una serie de casilleros de madera en los que está distribuido todo lo escrito por Marx de la manera más ordenada y cómoda para las citas. Kautsky no puede ignorar que Marx y Engels, tanto en cartas como en obras impresas, hablaron de la dictadura del proletariado en múltiples ocasiones, antes y, especialmente, después de la Comuna. Kautsky no puede ignorar que la fórmula: «dictadura del proletariado» es solo una exposición más histórico-concreta y científicamente exacta de aquella tarea del proletariado de «destrozar» la máquina del Estado burgués, de la cual (tarea) Marx y Engels, tomando en cuenta la experiencia de las revoluciones de 1848 y, aún más, de 1871, hablan desde 1852 hasta 1891, durante cuarenta años.

¿Cómo explicar esta monstruosa tergiversación del marxismo por parte de un erudito en marxismo como Kautsky? Si hablamos de las bases filosóficas de este fenómeno, la cosa se reduce a la sustitución de la dialéctica por el eclecticismo y la sofística. Kautsky es un gran maestro en esa sustitución. Si hablamos en términos práctico-políticos, la cosa se reduce a un servilismo ante los oportunistas, es decir, en último análisis, ante la burguesía. Desde el comienzo de la guerra, progresando cada vez más rápidamente, Kautsky ha llegado a la virtuosidad en ese arte de ser marxista de palabra y lacayo de la burguesía de hecho.

Uno se convence aún más de esto cuando examina cómo ha «interpretado» Kautsky de modo notable la «palabrita» de Marx sobre la dictadura del proletariado. Escuchen:

«Marx, por desgracia, omitió indicar con más detalle cómo se representa él esa dictadura…» (Frase completamente mendaz de un renegado, pues Marx y Engels dieron precisamente una serie de indicaciones muy detalladas que el erudito en marxismo Kautsky elude deliberadamente.) «… Literalmente, la palabra dictadura significa supresión de la democracia. Pero, claro está, tomada literalmente, esta palabra significa también el poder único de una persona individual, no ligada por ley alguna. Poder único que se diferencia del despotismo en que se concibe no como una institución estatal permanente, sino como una medida transitoria de urgencia.

La expresión «dictadura del proletariado», por consiguiente, no la dictadura de una persona, sino de una clase, excluye ya que Marx tuviera en vista con ello la dictadura en el sentido literal de la palabra.

Él hablaba aquí no de una forma de gobierno, sino de un estado que necesariamente debe sobrevenir en todas partes donde el proletariado haya conquistado el poder político. Que Marx no tenía aquí en vista una forma de gobierno, lo demuestra ya el hecho de que sostenía la opinión de que en Inglaterra y en América la transición podría efectuarse pacíficamente, por consiguiente, por vía democrática» (pág. 20).

Hemos citado deliberadamente todo este razonamiento para que el lector pueda ver con claridad con qué procedimientos opera el «teórico» Kautsky.

Kautsky quiso abordar la cuestión de tal modo que comenzara por la definición de la «palabra» dictadura.

Magnífico. Abordar la cuestión de cualquier manera es el sagrado derecho de todo el mundo. Solo hay que distinguir un enfoque serio y honesto de la cuestión de otro deshonesto. Quien quisiera tomarse en serio el asunto con este modo de abordar la cuestión, debería dar su propia definición de la «palabra». Entonces la cuestión quedaría planteada clara y directamente. Kautsky no lo hace. «Literalmente – escribe él – la palabra dictadura significa supresión de la democracia».

En primer lugar, esto no es una definición. Si a Kautsky le place eludir dar una definición del concepto de dictadura, ¿a qué viene elegir este enfoque de la cuestión?

En segundo lugar, esto es evidentemente falso. Un liberal hablará naturalmente de «democracia» en general. Un marxista nunca olvidará plantear la pregunta: «¿para qué clase?». Todo el mundo sabe, por ejemplo – y el «historiador» Kautsky lo sabe también – que las insurrecciones o incluso las fuertes agitaciones de los esclavos en la antigüedad ponían de manifiesto inmediatamente la esencia del Estado antiguo como dictadura de los esclavistas. ¿Suprimía esa dictadura la democracia entre los esclavistas, para ellos? Todo el mundo sabe que no.

El «marxista» Kautsky ha dicho un disparate monstruoso y una falsedad, porque «olvidó» la lucha de clases…

Para convertir la afirmación liberal y mendaz dada por Kautsky en una afirmación marxista y verdadera, hay que decir: la dictadura no significa necesariamente la supresión de la democracia para la clase que ejerce esa dictadura sobre otras clases, pero significa necesariamente la supresión (o la limitación esencial, que también es una forma de supresión) de la democracia para la clase sobre la cual o contra la cual se ejerce la dictadura.

Pero, por verdadera que sea esta afirmación, no da la definición de dictadura.

Examinemos la frase siguiente de Kautsky:

«…Pero, claro está, tomada literalmente, esta palabra significa también el poder único de una persona individual, no ligada por ley alguna…»

Como un cachorro ciego que por casualidad mete el hocico ora en un lado, ora en otro, Kautsky ha tropezado aquí casualmente con una idea acertada (a saber, que la dictadura es un poder no ligado por ley alguna), pero no ha dado la definición de dictadura y, además, ha dicho una evidente falsedad histórica, al afirmar que dictadura significa el poder de una sola persona. Esto es gramaticalmente falso también, pues puede dictar un grupo de personas, una oligarquía, una clase, etc.

Más adelante Kautsky señala la diferencia entre dictadura y despotismo, pero, aunque su indicación es evidentemente falsa, no nos detendremos en ella, pues esto no tiene absolutamente nada que ver con la cuestión que nos interesa. Conocida es la inclinación de Kautsky a volverse del siglo XX al XVIII, y del XVIII a la antigüedad clásica, y esperamos que, una vez conquistada la dictadura, el proletariado alemán tenga en cuenta esta inclinación, colocando, digamos, a Kautsky como profesor de historia antigua en un liceo. Eludir la definición de la dictadura del proletariado mediante cavilaciones sobre el despotismo es o una estupidez extrema o un fraude muy poco hábil.

En resumen, obtenemos que, habiéndose propuesto hablar de la dictadura, Kautsky ha dicho muchas mentiras manifiestas, pero no ha dado ninguna definición. Podría, sin confiar en sus capacidades intelectuales, recurrir a su memoria y extraer de los «casilleros» todos los casos en que Marx habla de la dictadura. Obtendría, seguramente, o la siguiente definición, o una que coincidiera sustancialmente con ella:

La dictadura es un poder que se apoya directamente en la violencia, no ligado por ley alguna.

La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido por la violencia del proletariado sobre la burguesía, un poder no ligado por ley alguna.

Y he aquí que esta simple verdad, verdad clara como la luz del día para todo obrero consciente (representante de la masa, no de la capa superior de la chusma pequeñoburguesa sobornada por los capitalistas, como lo son los socialimperialistas de todos los países), esta verdad evidente para todo representante de los explotados que luchan por su liberación, esta verdad indiscutible para todo marxista, ¡hay que «arrancarla por la fuerza» al doctísimo señor Kautsky! ¿Cómo explicar esto? Por el espíritu de servilismo que impregna a los dirigentes de la II Internacional, convertidos en sicofantes despreciables al servicio de la burguesía.

Primero Kautsky cometió una falsificación al declarar un evidente disparate, de que el sentido literal de la palabra dictadura significa dictador unipersonal, y luego —¡basándose en esa falsificación!— afirma que en Marx, «por tanto», las palabras sobre la dictadura de clase tienen un sentido no literal (sino aquel en que la dictadura no significa violencia revolucionaria, sino la conquista «pacífica» de la mayoría en la «democracia» burguesa —¡téngase en cuenta!—).

Hay que distinguir, vea usted, el «estado» de la «forma de gobierno». Diferencia asombrosamente profunda, muy parecida a si distinguiéramos el «estado» de tontería en un hombre que razona neciamente, de la «forma» de sus tonterías.

A Kautsky le hace falta interpretar la dictadura como un «estado de dominación» (esta expresión la usa literalmente en la página siguiente, la 21), porque así desaparece la violencia revolucionaria, desaparece la revolución violenta. ¡El «estado de dominación» es un estado en que se encuentra cualquier mayoría bajo la… «democracia»! ¡Con tan fraudulento truco, la revolución desaparece felizmente!

Pero el fraude es demasiado burdo, y no salvará a Kautsky. Que la dictadura presupone y significa un «estado» de violencia revolucionaria de una clase sobre otra, desagradable para los renegados, eso «no se puede ocultar en un saco». La absurdidad de distinguir entre «estado» y «forma de gobierno» sale a la superficie. Hablar de forma de gobierno aquí es triple necedad, pues cualquier muchacho sabe que la monarquía y la república son diferentes formas de gobierno. Al señor Kautsky le toca demostrar que ambas formas de gobierno, así como todas las «formas de gobierno» transitorias bajo el capitalismo, no son sino variedades del Estado burgués, es decir, de la dictadura de la burguesía.

Hablar de formas de gobierno es, finalmente, no solo una necedad, sino también una tosca falsificación de Marx, quien aquí habla clarísimamente de la forma o tipo de Estado, y no de la forma de gobierno.

La revolución proletaria es imposible sin la destrucción violenta de la máquina estatal burguesa y su sustitución por una nueva, la cual, según palabras de Engels, «ya no es un Estado en sentido propio»{101}.

A Kautsky le conviene encubrir y falsear todo esto — así lo exige su posición renegada.

Miren a qué miserables evasivas recurre.

Evasiva primera. «… Que Marx no se refería aquí a la forma de gobierno, lo demuestra el hecho de que consideraba posible en Inglaterra y América una transformación pacífica, es decir, por vía democrática…»

La forma de gobierno no tiene absolutamente nada que ver, pues hay monarquías no típicas del Estado burgués, por ejemplo, que se distinguen por la ausencia de militarismo, y hay repúblicas perfectamente típicas a este respecto, por ejemplo, con militarismo y burocracia. Es un hecho histórico y político notorio, y Kautsky no logrará falsificarlo.

Si Kautsky quisiera razonar seria y honradamente, se preguntaría: ¿existen leyes históricas referentes a la revolución que no conozcan excepción? La respuesta sería: no, tales leyes no existen. Tales leyes se refieren solo a lo típico, a lo que Marx llamó una vez «ideal» en el sentido del capitalismo medio, normal, típico.

Además. ¿Había en los años 70 algo que hiciera de Inglaterra y América una excepción en el aspecto considerado? Es evidente para cualquiera que esté algo familiarizado con las exigencias de la ciencia en cuestiones históricas, que es necesario plantearse esta cuestión. No plantearla significa falsificar la ciencia, significa jugar a los sofismas. Y una vez planteada esta cuestión, no puede dudarse de la respuesta: la dictadura revolucionaria del proletariado es violencia contra la burguesía; la necesidad de esa violencia está motivada especialmente, como explicaron detalladamente y en repetidas ocasiones Marx y Engels (especialmente en «La guerra civil en Francia» y en el prólogo a ella), por la existencia del militarismo y la burocracia. ¡Precisamente esas instituciones, precisamente en Inglaterra y América, precisamente en los años 70 del siglo XIX, cuando Marx hizo su observación, no existían! (¡Ahora existen tanto en Inglaterra como en América!)

¡Kautsky tiene que hacer trampas literalmente a cada paso para encubrir su renegación!

Y noten cómo ha mostrado aquí, sin querer, sus orejas de burro: ¡escribió: «pacíficamente, es decir, por vía democrática»!!

Al definir la dictadura, Kautsky se esforzó al máximo por ocultar al lector el rasgo fundamental de este concepto, a saber: la violencia revolucionaria. Y ahora la verdad ha salido a la luz: se trata de la contraposición entre transformación pacífica y violenta.

Aquí está el meollo del asunto. Todas las evasivas, sofismas, falsificaciones fraudulentas son necesarias para Kautsky para eludir la revolución violenta, para encubrir su renuncia a ella, su paso al lado de la política obrera liberal, es decir, al lado de la burguesía. Aquí está el meollo del asunto.

El «historiador» Kautsky falsifica la historia tan desvergonzadamente que «olvida» lo fundamental: el capitalismo premonopolista —y su apogeo fueron precisamente los años 70 del siglo XIX— se distinguía, por sus propiedades económicas fundamentales, que en Inglaterra y América se manifestaron de modo especialmente típico, por el mayor pacifismo y liberalismo comparativos. En cambio, el imperialismo, es decir, el capitalismo monopolista, que maduró definitivamente solo en el siglo XX, por sus propiedades económicas fundamentales, se distingue por el menor pacifismo y liberalismo, por el mayor y más universal desarrollo del militarismo. «No notar» esto, al razonar sobre cuán típica o probable es la transformación pacífica o violenta, significa descender al nivel del más vulgar lacayo de la burguesía.

Evasiva segunda. La Comuna de París fue una dictadura del proletariado, y fue elegida por sufragio universal, es decir, sin privar a la burguesía de sus derechos electorales, es decir, «democráticamente». Y Kautsky triunfa: «… La dictadura del proletariado era, para Marx» (o: según Marx), «un estado que se deduce necesariamente de la democracia pura, si el proletariado constituye la mayoría» (bei überwiegendem Proletariat, pág. 21).

Este argumento de Kautsky es tan divertido que, en verdad, se experimenta un verdadero embarras de richesses (dificultad por la abundancia… de objeciones). En primer lugar, es sabido que la flor y nata, el estado mayor, las cúpulas de la burguesía huyeron de París a Versalles. En Versalles estaba el «socialista» Louis Blanc, lo que demuestra, entre otras cosas, la falsedad de la afirmación de Kautsky de que en la Comuna participaban «todas las tendencias» del socialismo. ¿No es ridículo presentar como «democracia pura» con «sufragio universal» la división de los habitantes de París en dos campos beligerantes, uno de los cuales concentraba a toda la burguesía combativa y políticamente activa?

En segundo lugar, la Comuna luchaba contra Versalles como gobierno obrero de Francia contra el gobierno burgués. ¿Qué tiene que ver aquí la «democracia pura» y el «sufragio universal» cuando París decidía el destino de Francia? Cuando Marx consideró que la Comuna cometió un error al no tomar el banco, que pertenecía a toda Francia{102}, ¿acaso partía Marx de los principios y la práctica de la «democracia pura»?

De verdad, se ve que Kautsky escribe en un país donde la policía prohíbe a la gente reírse «en corrillos», si no, Kautsky habría muerto de risa.

En tercer lugar. Permítanme recordar respetuosamente al señor Kautsky, que se sabe de memoria a Marx y Engels, la siguiente valoración de la Comuna por Engels desde el punto de vista de la… «democracia pura»:

«¿Han visto alguna vez una revolución estos señores» (antiautoritarios)? «La revolución es, sin duda, la cosa más autoritaria que existe. La revolución es un acto en el que una parte de la población impone su voluntad a la otra parte mediante fusiles, bayonetas, cañones, es decir, medios extraordinariamente autoritarios. Y el partido vencedor se ve necesariamente obligado a mantener su dominación mediante el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. Si la Comuna de París no se hubiera apoyado en la autoridad del pueblo armado contra la burguesía, ¿acaso habría durado más de un día? ¿No tenemos derecho, por el contrario, a reprochar a la Comuna el haber hecho demasiado poco uso de esa autoridad?»{103}

¡Ahí tienen la «democracia pura»! ¡Cómo se habría reído Engels de ese vulgar filisteo, «socialdemócrata» (en el sentido francés de los años 40 y en el paneuropeo de 1914-1918), que se hubiera puesto a hablar en general de «democracia pura» en una sociedad dividida en clases!

Pero basta. Enumerar todas las absurdas individualidades a las que llega Kautsky es imposible, porque en cada frase suya hay un abismo insondable de renegación.

Marx y Engels analizaron con el mayor detalle la Comuna de París, demostraron que su mérito fue el intento de destruir, de hacer añicos la "máquina estatal ya hecha"{104}. Marx y Engels consideraron esta conclusión tan importante que solo esta corrección introdujeron en 1872 al programa "envejecido" (en parte) del "Manifiesto Comunista"{105}. Marx y Engels mostraron que la Comuna destruía el ejército y la burocracia, destruía el parlamentarismo, quebraba el "parásito estatal" y etc., mientras que el sapientísimo Kautsky, con su gorro de dormir puesto, repite lo que los profesores liberales han dicho mil veces: los cuentos sobre la "democracia pura".

No en vano dijo Rosa Luxemburgo el 4 de agosto de 1914 que la socialdemocracia alemana es ahora un cadáver hediondo.

Tercera evasiva. "Si hablamos de dictadura como forma de gobierno, entonces no podemos hablar de dictadura de clase. Porque la clase, como ya hemos señalado, solo puede dominar, pero no gobernar..." Gobiernan las "organizaciones" o los "partidos".

¡Se equivoca, se equivoca sin piedad, señor "consejero de confusiones"! La dictadura no es una "forma de gobierno", es un disparate ridículo. Y Marx no habla de "forma de gobierno", sino de forma o tipo de Estado. No es lo mismo, no es lo mismo en absoluto. También es completamente falso que una clase no pueda gobernar: semejante disparate solo podría decirlo un "cretino parlamentario", que no ve nada más allá del parlamento burgués, que no advierte nada más que los "partidos gobernantes". Cualquier país europeo le mostrará a Kautsky ejemplos de gobierno de su clase dominante, por ejemplo, los terratenientes en la Edad Media, a pesar de su insuficiente organización.

Conclusión: Kautsky ha tergiversado de la manera más inaudita el concepto de dictadura del proletariado, convirtiendo a Marx en un vulgar liberal, es decir, él mismo ha caído al nivel de un liberal que suelta frases triviales sobre la "democracia pura", adornando y encubriendo el contenido de clase de la democracia burguesa, horrorizándose sobre todo de la violencia revolucionaria por parte de la clase oprimida. Cuando Kautsky "interpretó" el concepto de "dictadura revolucionaria del proletariado" de tal manera que desapareció la violencia revolucionaria de la clase oprimida contra los opresores, batió el récord mundial en la deformación liberal de Marx. El renegado Bernstein resultó un cachorro en comparación con el renegado Kautsky.

## **Democracia burguesa y democracia proletaria**

La cuestión, atrozmente embrollada por Kautsky, se presenta en realidad de la siguiente manera.

Si no se hace burla del sentido común y de la historia, está claro que no se puede hablar de "democracia pura" mientras existan clases diferentes; solo se puede hablar de democracia de clase. (Dicho sea de paso, "democracia pura" no solo es una frase ignorante que revela la incomprensión tanto de la lucha de clases como de la esencia del Estado, sino una frase tres veces vacía, pues en la sociedad comunista la democracia, al transformarse y convertirse en hábito, se extinguirá, pero nunca será una democracia "pura").

"Democracia pura" es una frase mentirosa del liberal, que embauca a los obreros. La historia conoce la democracia burguesa, que viene a sustituir al feudalismo, y la democracia proletaria, que viene a sustituir a la burguesa.

Si Kautsky dedica casi decenas de páginas a "demostrar" la verdad de que la democracia burguesa es progresista en comparación con la Edad Media y que el proletariado debe utilizarla necesariamente en su lucha contra la burguesía, esto es precisamente charlatanería liberal que embauca a los obreros. No solo en la culta Alemania, sino también en la inculta Rusia, esto es un truismo. Kautsky simplemente arroja arena "erudita" a los ojos de los obreros, relatando con aire importante sobre Weitling y los jesuitas en Paraguay, y sobre muchas otras cosas, para eludir la esencia burguesa de la democracia moderna, es decir, capitalista.

Kautsky toma del marxismo lo que es aceptable para los liberales, para la burguesía (la crítica de la Edad Media, el papel histórico progresista del capitalismo en general y de la democracia capitalista en particular), y desecha, silencia, encubre del marxismo lo que es inaceptable para la burguesía (la violencia revolucionaria del proletariado contra la burguesía para su aniquilamiento). He aquí por qué Kautsky resulta inevitablemente, en virtud de su posición objetiva y cualquiera que sea su convicción subjetiva, un lacayo de la burguesía.

La democracia burguesa, siendo un gran progreso histórico en comparación con la Edad Media, siempre queda —y bajo el capitalismo no puede dejar de quedar— estrecha, recortada, falsa, hipócrita, un paraíso para los ricos, una trampa y un engaño para los explotados, para los pobres. Esta verdad, que constituye la parte esencialísima de la doctrina marxista, no la ha comprendido el "marxista" Kautsky. En esta cuestión fundamental, Kautsky ofrece "agrados" para la burguesía en lugar de la crítica científica de aquellas condiciones que hacen de toda democracia burguesa una democracia para los ricos.

Recordemos primero al sapientísimo señor Kautsky las declaraciones teóricas de Marx y Engels que nuestro pedante vergonzosamente "olvidó" (para complacer a la burguesía), y luego explicaremos la cosa de la manera más popular.

No solo el Estado representativo antiguo y feudal, sino también el "moderno es un instrumento de explotación del trabajo asalariado por el capital" (Engels en su obra sobre el Estado){106}. "Como el Estado es solo una institución transitoria que hay que utilizar en la lucha, en la revolución, para reprimir violentamente a los adversarios, hablar de Estado popular libre es un puro sinsentido: mientras el proletariado necesite aún del Estado, lo necesita no en interés de la libertad, sino en interés de la represión de sus adversarios, y cuando sea posible hablar de libertad, entonces el Estado, como tal, deja de existir" (Engels en carta a Bebel del 28. III. 1875){107}. "El Estado no es otra cosa que una máquina para la represión de una clase por otra, y en la república democrática no menos que en la monarquía" (Engels en el prólogo a "La guerra civil" de Marx){108}. El sufragio universal es el "índice de la madurez de la clase obrera. No puede dar más y nunca dará más en el Estado actual" (Engels en su obra sobre el Estado{109}. ¡El señor Kautsky mastica con extraordinaria pesadez la primera parte de esta proposición, aceptable para la burguesía. La segunda, que hemos subrayado y que es inaceptable para la burguesía, el renegado Kautsky la calla!). "La Comuna debía ser no un organismo parlamentario, sino una corporación trabajadora, legisladora y ejecutora de las leyes a la vez... En lugar de decidir una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante debe representar y pisotear (ver- und zertreten) al pueblo en el parlamento, en su lugar el sufragio universal debía servir al pueblo, organizado en comunas, para buscar obreros, capataces, contables para su empresa, así como el sufragio individual sirve para ese fin a cualquier patrono" (Marx en la obra sobre la Comuna de París "La guerra civil en Francia"){110}.

Cada una de estas proposiciones, perfectamente conocidas por el sapientísimo señor Kautsky, le golpea en el rostro, desenmascara toda su renegación. En todo el folleto de Kautsky no hay ni una gota de comprensión de estas verdades. ¡Todo el contenido de su folleto es una burla del marxismo!

Tomemos las leyes fundamentales de los estados modernos, tomemos su gobierno, tomemos la libertad de reunión o de prensa, tomemos la “igualdad de los ciudadanos ante la ley”, y veremos a cada paso la hipocresía de la democracia burguesa, bien conocida por todo obrero honrado y consciente. No hay ningún Estado, por muy democrático que sea, en el que no haya resquicios o salvedades en las constituciones que aseguren a la burguesía la posibilidad de lanzar las tropas contra los obreros, de implantar el estado de sitio, etc., “en caso de alteración del orden”, es decir, en la práctica, en caso de que la clase explotada “altere” su condición de esclava e intente comportarse como no esclava. Kautsky embellece descaradamente la democracia burguesa, silenciando, por ejemplo, lo que hacen los burgueses más democráticos y republicanos de América o Suiza contra los obreros en huelga.

¡Oh, el sabio y docto Kautsky calla sobre esto! No comprende, este docto político, que callar sobre ello es una bajeza. Prefiere contar a los obreros cuentos infantiles como que la democracia significa “protección de la minoría”. ¡Increíble, pero es un hecho! En el verano del año 1918 de la natividad de Cristo, en el quinto año de la matanza imperialista mundial y el estrangulamiento de las minorías internacionalistas (es decir, que no traicionaron vilmente el socialismo, como Renaudel y Longuet, como Scheidemann y Kautsky, como Henderson y los Webb, etc.) en todas las “democracias” del mundo, el docto señor Kautsky, con voz melosa, melosa, canta las alabanzas de la “protección de la minoría”. Quien lo desee, puede leerlo en la pág. 15 del folleto de Kautsky. ¡Y en la página 16 este docto... individuo les hablará de los whigs y los tories{111} en la Inglaterra del siglo XVIII!

¡Oh, erudición! ¡Oh, refinado servilismo ante la burguesía! ¡Oh, manera civilizada de arrastrarse a gatas ante los capitalistas y lamerles las botas! Si yo fuera Krupp o Scheidemann, o Clemenceau, o Renaudel, le pagaría millones al señor Kautsky, le recompensaría con besos de Judas, lo elogiaría ante los obreros, recomendaría la “unidad del socialismo” con personas tan “respetables” como Kautsky. Escribir folletos contra la dictadura del proletariado, hablar de los whigs y los tories en la Inglaterra del siglo XVIII, asegurar que la democracia significa “protección de la minoría” y silenciar los pogromos contra los internacionalistas en la “democrática” república de América, ¿acaso no son estos servicios lacayunos a la burguesía?

El docto señor Kautsky “olvidó” –probablemente olvidó por casualidad…– un “pequeño detalle”, a saber: que la protección de la minoría que el partido gobernante de la democracia burguesa concede solo a otro partido burgués, mientras que al proletariado, en toda cuestión seria, profunda y fundamental, en lugar de “protección de la minoría” le tocan estados de sitio o pogromos. Cuanto más desarrollada está la democracia, más cerca se está, en toda divergencia política profunda y peligrosa para la burguesía, del pogromo o de la guerra civil. Esta “ley” de la democracia burguesa, el docto señor Kautsky podría haberla observado en el caso Dreyfus{112} en la Francia republicana, en el linchamiento de negros e internacionalistas en la democrática república de América, en el ejemplo de Irlanda y el Ulster en la democrática Inglaterra{113}, en la persecución de los bolcheviques y la organización de pogromos contra ellos en abril de 1917 en la democrática república de Rusia. Tomo a propósito ejemplos no solo de la época de guerra, sino también de la época prebélica, de paz. Al empalagoso señor Kautsky le place cerrar los ojos ante estos hechos del siglo XX y, en cambio, contar a los obreros cosas asombrosamente nuevas, notablemente interesantes, extraordinariamente instructivas e increíblemente importantes sobre los whigs y los tories del siglo XVIII.

Tomemos el parlamento burgués. ¿Se puede admitir que el docto Kautsky nunca ha oído hablar de cómo la Bolsa y los banqueros someten tanto más a los parlamentos burgueses cuanto más desarrollada está la democracia? De esto no se deduce que no se deba utilizar el parlamentarismo burgués (y los bolcheviques lo utilizaron con tanto éxito como quizás ningún otro partido en el mundo, pues en 1912-1914 conquistamos todo el curia obrera en la IV Duma). Pero de esto se deduce que solo un liberal puede olvidar la limitación y condicionalidad históricas del parlamentarismo burgués, como lo olvida Kautsky. A cada paso, en el más democrático de los estados burgueses, las masas oprimidas encuentran una flagrante contradicción entre la igualdad formal que proclama la “democracia” de los capitalistas y los miles de restricciones y artimañas reales que convierten a los proletarios en esclavos asalariados. Precisamente esta contradicción abre los ojos de las masas a la podredumbre, la falsedad y la hipocresía del capitalismo. Precisamente esta contradicción es desenmascarada constantemente por los agitadores y propagandistas del socialismo ante las masas, para prepararlas para la revolución. ¡Y cuando comenzó la era de las revoluciones, entonces Kautsky le dio la espalda y se puso a cantar las excelencias de la democracia burguesa moribunda!

La democracia proletaria, una de cuyas formas es el poder soviético, ha dado un desarrollo y una ampliación de la democracia sin precedentes en el mundo, precisamente para la gigantesca mayoría de la población, para los explotados y trabajadores. Escribir un libro entero sobre la democracia, como hizo Kautsky, que habla en dos páginas sobre la dictadura y en decenas de páginas sobre la “democracia pura”, y no notar esto, es tergiversar el asunto de manera liberal y total.

Tomemos la política exterior. En ningún país burgués, por muy democrático que sea, se hace abiertamente. En todas partes hay engaño a las masas; en la democrática Francia, Suiza, América e Inglaterra, ese engaño es cien veces más amplio y refinado que en otros países. El poder soviético arrancó revolucionariamente el velo del secreto de la política exterior. Kautsky no lo notó, calla al respecto, aunque en la época de guerras rapaces y tratados secretos sobre el “reparto de esferas de influencia” (es decir, el reparto del mundo por los bandidos capitalistas) esto tiene una importancia cardinal, pues de ello depende la cuestión de la paz, la cuestión de la vida o la muerte de decenas de millones de personas.

Tomemos la organización del Estado. Kautsky se aferra a “pequeñeces” hasta el punto de las elecciones “indirectas” (en la Constitución soviética), pero no ve el fondo del asunto. No nota la esencia de clase del aparato estatal, de la máquina estatal. En la democracia burguesa, los capitalistas, mediante miles de artimañas –tanto más hábiles y seguras cuanto más desarrollada está la democracia “pura”–, apartan a las masas de la participación en el gobierno, de la libertad de reunión y de prensa, etc. El poder soviético, el primero en el mundo (estrictamente hablando, el segundo, pues lo mismo comenzó a hacer la Comuna de París), atrae a las masas, precisamente a las masas explotadas, a la administración. La participación en el parlamento burgués (que nunca decide las cuestiones más graves en la democracia burguesa: las deciden la Bolsa, los bancos) está cercada para las masas trabajadoras por miles de barreras, y los obreros saben y sienten, ven y palpan magníficamente que el parlamento burgués es una institución ajena, un instrumento de opresión de los proletarios por la burguesía, una institución de la clase enemiga, de la minoría explotadora.

Los Soviets – organización directa de las masas trabajadoras y explotadas mismas, que les facilita la posibilidad de organizar el Estado y administrarlo de todas las formas posibles. Precisamente la vanguardia de los trabajadores y explotados, el proletariado urbano, obtiene en esto la ventaja de estar mejor unido por las grandes empresas; le es más fácil elegir y controlar a los elegidos. Automáticamente, la organización soviética facilita la unión de todos los trabajadores y explotados en torno a su vanguardia, el proletariado. El viejo aparato burgués – el funcionariado, los privilegios de la riqueza, de la educación burguesa, de las relaciones, etc. (estos privilegios de hecho son tanto más variados cuanto más desarrollada está la democracia burguesa), todo ello desaparece con la organización soviética. La libertad de prensa deja de ser una hipocresía, pues las imprentas y el papel se le quitan a la burguesía. Lo mismo ocurre con los mejores edificios, palacios, mansiones, casas de los terratenientes. El poder soviético arrebató inmediatamente a los explotadores muchos miles de estos mejores edificios e hizo así un millón de veces más «democrático» el derecho de reunión para las masas, ese derecho de reunión sin el cual la democracia es un engaño. Las elecciones indirectas a los Soviets no locales facilitan los congresos de Soviets, hacen que todo el aparato sea más barato, más móvil, más accesible para los obreros y para el campesinado en un período en que la vida hierve y se requiere especialmente poder retirar rápidamente a su diputado local o enviarlo al congreso general de los Soviets.

La democracia proletaria es un millón de veces más democrática que cualquier democracia burguesa; el poder soviético es un millón de veces más democrático que la república burguesa más democrática.

No haberlo notado solo podía hacerlo o un servidor consciente de la burguesía, o un hombre políticamente muerto por completo, que no ve la vida viva detrás de los polvorientos libros burgueses, empapado hasta los huesos de prejuicios burgueses-democráticos y que se convierte a sí mismo, objetivamente, en lacayo de la burguesía.

Solo podía no notarlo un hombre incapaz de plantear la cuestión desde el punto de vista de las clases oprimidas: ¿hay siquiera un país en el mundo, de entre los países burgueses más democráticos, en el que el obrero medio, de masas, el jornalero medio, de masas, o el semiproletario rural en general (es decir, representante de la masa oprimida, de la inmensa mayoría de la población) goce, aunque sea aproximadamente, de tal libertad de organizar reuniones en los mejores edificios, de tal libertad de tener para expresar sus ideas, para defender sus intereses, las más grandes imprentas y los mejores almacenes de papel, de tal libertad de presentar precisamente a personas de su clase para la gestión del Estado y para la «organización» del Estado, como en la Rusia soviética?

Es ridículo siquiera pensar que el señor Kautsky encuentre en cualquier país siquiera a uno de cada mil obreros y jornaleros informados que duden de la respuesta a esta pregunta. Instintivamente, al oír fragmentos de confesiones de la verdad de los periódicos burgueses, los obreros de todo el mundo simpatizan con la república soviética precisamente porque ven en ella la democracia proletaria, la democracia para los pobres, y no la democracia para los ricos, que es lo que es en la práctica toda democracia burguesa, incluso la mejor.

A nosotros nos gobiernan (y nuestro Estado lo «organizan») los funcionarios burgueses, los parlamentarios burgueses, los jueces burgueses. He aquí una verdad simple, evidente, indiscutible, que conocen por su experiencia vital, que sienten y palpan a diario decenas y centenares de millones de personas de las clases oprimidas en todos los países burgueses, incluidos los más democráticos.

Y en Rusia destruyeron por completo el aparato burocrático, no dejaron piedra sobre piedra, echaron a todos los viejos jueces, disolvieron el parlamento burgués – y dieron una representación mucho más accesible precisamente a los obreros y campesinos, reemplazaron a los funcionarios con sus Soviets, o colocaron a sus Soviets por encima de los funcionarios, hicieron de sus Soviets los electores de los jueces. Solo este hecho es suficiente para que todas las clases oprimidas reconozcan el poder soviético, es decir, esta forma de dictadura del proletariado, como un millón de veces más democrática que la república burguesa más democrática.

Kautsky no comprende esta verdad, comprensible y evidente para cualquier obrero, porque «olvidó», «desaprendió» a plantear la cuestión: ¿democracia para qué clase? Él razona desde el punto de vista de la democracia «pura» (es decir, ¿sin clases? ¿o extraclasista?). Argumenta como Shylock: «una libra de carne», nada más. Igualdad de todos los ciudadanos – de lo contrario no hay democracia.

¡Al erudito Kautsky, «marxista» y «socialista» Kautsky, le toca plantear la cuestión: puede haber igualdad entre el explotado y el explotador?

Es monstruoso, increíble, que haya que plantear tal cuestión al discutir el libro del líder ideológico de la II Internacional. Pero «quien se mete a redentor, sale crucificado». Se metió a escribir sobre Kautsky – pues explícale al erudito por qué no puede haber igualdad entre el explotador y el explotado.

## ¿Puede haber igualdad entre el explotado y el explotador?

Kautsky razona del siguiente modo:

(1) «Los explotadores siempre constituyeron solo una pequeña minoría de la población» (pág. 14 del folleto de Kautsky).

Esta es una verdad indiscutible. ¿Cómo se debe razonar partiendo de esta verdad? Se puede razonar de manera marxista, socialista; entonces hay que tomar como base la relación de los explotados con los explotadores. Se puede razonar de manera liberal, burguesa-democrática; entonces hay que tomar como base la relación de la mayoría con la minoría.

Si se razona de manera marxista, hay que decir: los explotadores convierten inevitablemente el Estado (y se trata de la democracia, es decir, de una de las formas del Estado) en un instrumento de dominio de su clase, los explotadores, sobre los explotados. Por lo tanto, también el Estado democrático, mientras existan explotadores que dominen sobre la mayoría de los explotados, será inevitablemente una democracia para los explotadores. El Estado de los explotados debe diferenciarse radicalmente de tal Estado, debe ser una democracia para los explotados y represión de los explotadores, y la represión de una clase significa la desigualdad de esa clase, su exclusión de la «democracia».

Si se razona de manera liberal, habrá que decir: la mayoría decide, la minoría obedece. A los que no obedecen se les castiga. Eso es todo. No hay por qué razonar sobre el carácter de clase del Estado en general, de la «democracia pura» en particular; eso no viene al caso, porque la mayoría es la mayoría y la minoría es la minoría. Una libra de carne es una libra de carne, y basta.

Kautsky razona precisamente así:

(2) «¿Por qué razones tendría que adoptar y adoptar necesariamente el dominio del proletariado una forma que es incompatible con la democracia?» (pág. 21). Sigue una explicación de que el proletariado tiene de su parte a la mayoría, una explicación muy detallada y muy prolija, y con una cita de Marx, y con cifras de votos en la Comuna de París. Conclusión: «Un régimen que está tan fuertemente enraizado en las masas no tiene el menor motivo para atentar contra la democracia. No siempre podrá prescindir de la violencia, en aquellos casos en que se recurre a la violencia para suprimir la democracia. A la violencia solo se puede responder con violencia. Pero un régimen que sabe que las masas están con él aplicará la violencia solo para proteger la democracia, no para destruirla. Cometería un verdadero suicidio si quisiera eliminar su base más segura, el sufragio universal, la profunda fuente de un poderoso autoridad moral» (pág. 22).

Ya ve: la relación de los explotados con los explotadores ha desaparecido de la argumentación de Kautsky. Solo queda la mayoría en general, la minoría en general, la democracia en general, la ya conocida «democracia pura».

Observe que esto se dice en relación con la Comuna de París. Traigamos, para mayor claridad, cómo hablaban Marx y Engels sobre la dictadura en relación con la Comuna:

Marx: «…Si los obreros colocan en el lugar de la dictadura de la burguesía su dictadura revolucionaria… para quebrar la resistencia de la burguesía… los obreros le dan al Estado una forma revolucionaria y transitoria…»{114}

Engels: "…El partido 'vencedor' (en la revolución) 'se ve necesariamente obligado a mantener su dominio mediante el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. Si la Comuna de París no se hubiera apoyado en la autoridad del pueblo armado contra la burguesía, ¿acaso habría durado un solo día? ¿No tenemos derecho, por el contrario, a reprochar a la Comuna el haber hecho un uso demasiado escaso de esa autoridad?...'"{115}.

Asimismo: "Puesto que el Estado no es más que una institución transitoria de la que hay que servirse en la lucha, en la revolución, para reprimir por la fuerza a los adversarios, hablar de un Estado popular libre es un puro contrasentido: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, lo necesitará no en interés de la libertad, sino en interés de la represión de sus adversarios; y cuando sea posible hablar de libertad, entonces el Estado, como tal, dejará de existir..."{116}.

Entre Kautsky y Marx con Engels hay la misma distancia que del cielo a la tierra, como entre un liberal y un revolucionario proletario. La democracia pura y simplemente la 'democracia' de la que habla Kautsky no es más que una repetición de ese mismo 'Estado popular libre', es decir, un puro contrasentido. Kautsky, con la erudición del más docto de los necios de gabinete o con la inocencia de una niña de 10 años, pregunta: ¿para qué iba a hacer falta la dictadura si existe la mayoría? Y Marx y Engels explican:

– Para quebrantar la resistencia de la burguesía,
– para inspirar terror a los reaccionarios,
– para mantener la autoridad del pueblo armado contra la burguesía,
– para que el proletariado pueda reprimir por la fuerza a sus adversarios.

Kautsky no comprende estas explicaciones. Enamorado de la 'pureza' de la democracia, sin ver su carácter burgués, sostiene 'consecuentemente' que la mayoría, por el hecho de ser mayoría, no necesita 'quebrantar la resistencia' de la minoría, ni 'reprimirla por la fuerza', y que basta con reprimir los casos de violación de la democracia. Enamorado de la 'pureza' de la democracia, Kautsky comete involuntariamente ese pequeño error que cometen siempre todos los demócratas burgueses, a saber: ¡tomar la igualdad formal (absolutamente mentirosa e hipócrita bajo el capitalismo) por igualdad real! ¡Una minucia!

El explotador no puede ser igual al explotado.

Esta verdad, por muy desagradable que le resulte a Kautsky, constituye el contenido más esencial del socialismo.

Otra verdad: no puede haber igualdad real, efectiva, mientras no se haya destruido por completo toda posibilidad de explotación de una clase por otra.

A los explotadores se les puede derrotar de golpe, con un levantamiento afortunado en el centro o con una sublevación del ejército. Pero, salvo casos muy raros y especiales, a los explotadores no se les puede destruir de golpe. No se puede expropiar de golpe a todos los terratenientes y capitalistas de un país, por poco grande que sea. Además, la mera expropiación, como acto jurídico o político, no resuelve en absoluto el problema, porque hace falta desplazar de hecho a los terratenientes y capitalistas, reemplazarlos de hecho por otra gestión, la de los obreros, en las fábricas y las haciendas. No puede haber igualdad entre los explotadores, que durante largas generaciones se han distinguido por la educación, las condiciones de vida acomodada y los hábitos, y los explotados, cuyas masas, incluso en las repúblicas burguesas más avanzadas y democráticas, están oprimidas, oscurecidas, ignorantes, atemorizadas y desunidas. Los explotadores conservan necesariamente, durante mucho tiempo después del derrocamiento, una serie de enormes ventajas reales: les queda el dinero (el dinero no puede destruirse de golpe), algunos bienes muebles, a menudo considerables, les quedan relaciones, hábitos de organización y dirección, el conocimiento de todos los 'secretos' (costumbres, procedimientos, medios, posibilidades) de la gestión, les queda una educación más elevada, la proximidad al personal técnicamente superior (que vive y piensa a la manera burguesa), les queda un hábito incomparablemente mayor en el arte militar (esto es muy importante), etc., etc.

Si los explotadores han sido derrotados solamente en un país – y éste es, por supuesto, el caso típico, pues la revolución simultánea en varios países es una rara excepción –, siguen siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, porque los vínculos internacionales de los explotadores son enormes. Que una parte de los explotados, de las masas más atrasadas de campesinos medios, artesanos, etc., sigue y es capaz de seguir a los explotadores, lo han demostrado hasta ahora todas las revoluciones, la Comuna inclusive (pues entre las tropas versallescas, cosa que el doctísimo Kautsky 'ha olvidado', había también proletarios).

En tal estado de cosas, suponer que en una revolución más o menos profunda y seria la relación entre la mayoría y la minoría decide simplemente la cuestión, es la mayor de las estupideces, el más necio de los prejuicios de un liberal vulgar, un engaño a las masas, un ocultamiento de la verdad histórica evidente. Esta verdad histórica consiste en que, en toda revolución profunda, la regla es una resistencia larga, tenaz, desesperada de los explotadores, que conservan durante varios años grandes ventajas reales sobre los explotados. Jamás – salvo en la dulce fantasía del dulce necio de Kautsky – los explotadores se someterán a la decisión de la mayoría de los explotados sin haber probado, en la última batalla desesperada, en una serie de batallas, su propia ventaja.

La transición del capitalismo al comunismo constituye toda una época histórica. Mientras ésta no haya terminado, los explotadores conservan inevitablemente la esperanza de la restauración, y esta esperanza se convierte en intentos de restauración. Y después de la primera derrota seria, los explotadores derrocados, que no esperaban su derrocamiento, no creían en él, ni admitían la idea del mismo, se lanzan a la lucha con energía decuplicada, con pasión furiosa, con odio centuplicado, por la recuperación del 'paraíso' arrebatado, por sus familias, que vivían tan dulcemente y que ahora la 'chusma del pueblo llano' condena a la ruina y la miseria (o al trabajo 'simple')... Y tras los explotadores capitalistas se arrastra la masa numerosa de la pequeña burguesía, de la cual decenas de años de experiencia histórica de todos los países testimonian que vacila y oscila, que hoy sigue al proletariado, que mañana se asusta de las dificultades del vuelco revolucionario, cae en pánico ante la primera derrota o semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, corre de un lado a otro, gimotea, pasa de un campo a otro... como nuestros mencheviques y eseristas.

¡Y en tal estado de cosas, en una época de guerra exasperada y desesperada, en que la historia pone en el orden del día cuestiones de vida o muerte de privilegios seculares y milenarios, hablar de mayoría y minoría, de democracia pura, de la innecesariedad de la dictadura, de la igualdad del explotador con el explotado! ¡Qué abismo de estupidez, qué sima de filisteísmo se necesita para eso!

Pero las décadas de capitalismo relativamente 'pacífico', de 1871 a 1914, habían acumulado en los partidos socialistas que se adaptaban al oportunismo los establos de Augías del filisteísmo, la estrechez de miras, el reneguismo...

El lector habrá observado, probablemente, que Kautsky, en la cita antes mencionada de su libro, habla del atentado contra el sufragio universal (llamándolo – dicho sea de paso – una fuente profunda de un poderoso poder moral, mientras que Engels, a propósito de la misma Comuna de París y de la misma cuestión de la dictadura, habla de la autoridad del pueblo armado contra la burguesía; es característico comparar la mirada del filisteo y la del revolucionario sobre la 'autoridad'...).

Es necesario señalar que la cuestión de privar a los explotadores del derecho de voto es una cuestión puramente rusa, y no una cuestión sobre la dictadura del proletariado en general. Si Kautsky, sin hipocresía, hubiera titulado su folleto: «Contra los bolcheviques», entonces ese título correspondería al contenido del folleto, y entonces Kautsky tendría derecho a hablar directamente sobre el derecho de voto. Pero Kautsky quiso presentarse ante todo como un «teórico». Tituló su folleto: «La dictadura del proletariado» en general. Habla de los Soviets y de Rusia especialmente solo en la segunda parte del folleto, a partir del sexto párrafo. En la primera parte (de la cual he tomado la cita) se trata de la democracia y la dictadura en general. Al hablar del derecho de voto, Kautsky se delató a sí mismo como un polemista contra los bolcheviques que no valora en absoluto la teoría. Pues la teoría, es decir, el razonamiento sobre las bases clasistas generales (y no nacionalmente particulares) de la democracia y la dictadura, no debe hablar de una cuestión especial, como el derecho de voto, sino de una cuestión general: ¿puede mantenerse la democracia tanto para los ricos como para los explotadores en el período histórico del derrocamiento de los explotadores y la sustitución de su Estado por el Estado de los explotados?

Así y solo así puede plantear la cuestión un teórico.

Conocemos el ejemplo de la Comuna, conocemos todas las reflexiones de los fundadores del marxismo en relación con ella y a propósito de ella. Sobre la base de este material analicé, por ejemplo, la cuestión de la democracia y la dictadura en mi folleto «El Estado y la revolución», escrito antes del golpe de Octubre. Sobre la limitación del derecho de voto no dije ni una palabra. Y ahora hay que decir que la cuestión de la limitación del derecho de voto es nacionalmente particular, y no una cuestión general de la dictadura. A la cuestión de la limitación del derecho de voto hay que abordarla estudiando las condiciones particulares de la revolución rusa, su camino particular de desarrollo. En la exposición posterior esto se hará. Pero sería un error garantizar de antemano que las futuras revoluciones proletarias en Europa darán necesariamente, todas o la mayoría, la limitación del derecho de voto para la burguesía. Puede que así sea. Después de la guerra y después de la experiencia de la revolución rusa, probablemente será así, pero esto no es obligatorio para la realización de la dictadura, esto no constituye un rasgo necesario del concepto lógico de dictadura, esto no entra como condición necesaria en el concepto histórico y clasista de dictadura.

El rasgo necesario, la condición obligatoria de la dictadura es la represión violenta de los explotadores como clase y, por consiguiente, la violación de la «democracia pura», es decir, de la igualdad y la libertad, con respecto a esta clase.

Así y solo así puede plantearse la cuestión teóricamente. Y Kautsky, al no haberla planteado así, demostró que actúa contra los bolcheviques no como teórico, sino como sicofanta de los oportunistas y la burguesía.

En qué países, bajo qué peculiaridades nacionales de uno u otro capitalismo se aplicará (exclusiva o predominantemente) tal o cual limitación, violación de la democracia para los explotadores, esto es una cuestión sobre las peculiaridades nacionales de uno u otro capitalismo, de una u otra revolución. La cuestión teórica se plantea de otro modo, se plantea así: ¿es posible la dictadura del proletariado sin violar la democracia con respecto a la clase de los explotadores?

Kautsky precisamente esta cuestión, teóricamente la única importante y esencial, la pasó por alto. Kautsky citó todo tipo de citas de Marx y Engels, excepto aquellas que se refieren a esta cuestión y que he citado yo más arriba.

Kautsky habló de todo lo que se le antojó, de todo lo que es aceptable para los liberales y los demócratas burgueses, de todo lo que no sale de su círculo de ideas, excepto lo principal, excepto que el proletariado no puede vencer sin quebrantar la resistencia de la burguesía, sin reprimir violentamente a sus adversarios, y que donde hay «represión violenta», donde no hay «libertad», por supuesto, no hay democracia.

Esto no lo entendió Kautsky.

Pasemos a la experiencia de la revolución rusa y a la divergencia entre los Soviets y la Asamblea Constituyente, que (divergencia) llevó a la disolución de la Constituyente y a la privación del derecho de voto a la burguesía.

## Los Soviets no se atreven a convertirse en organizaciones estatales

Los Soviets, esa es la forma rusa de la dictadura proletaria. Si un teórico marxista, que escribe un trabajo sobre la dictadura del proletariado, realmente estudiara este fenómeno (y no repitiera las lamentaciones pequeñoburguesas contra la dictadura, como hace Kautsky, repitiendo las melodías mencheviques), entonces tal teórico daría una definición general de la dictadura, y luego examinaría su forma especial, nacional, los Soviets, haría una crítica de ellos como una de las formas de la dictadura del proletariado.

Es comprensible que de Kautsky, después de su «elaboración» liberal de la doctrina de Marx sobre la dictadura, no se pueda esperar nada serio. Pero es sumamente característico ver cómo abordó la cuestión de qué son los Soviets y cómo manejó esta cuestión.

Los Soviets, escribe Kautsky, recordando su surgimiento en 1905, crearon tal «forma de organización proletaria que fue la más abarcadora (umfassendste) de todas, pues abarcaba a todos los trabajadores asalariados» (pág. 31). En 1905 fueron solo corporaciones locales, en 1917 se convirtieron en una unión panrusa.

«Ya ahora –continúa Kautsky–, la organización soviética tiene tras de sí una historia grande y gloriosa. Y le espera una aún más poderosa, y no solo en una Rusia. En todas partes resulta que, frente a las gigantescas fuerzas de las que dispone en lo económico y político el capital financiero, los métodos anteriores de lucha económica y política del proletariado son insuficientes (versagen; esta expresión alemana es un poco más fuerte que «insuficientes» y un poco más débil que «impotentes»). No se puede renunciar a ellos, siguen siendo necesarios para tiempos normales, pero de vez en cuando se presentan ante ellos tareas que no pueden cumplir, tareas tales en las que el éxito solo lo promete la unión de todos los instrumentos políticos y económicos de fuerza de la clase obrera» (pág. 32).

Sigue una reflexión sobre la huelga de masas y sobre que «la burocracia de los sindicatos», tan necesaria como los sindicatos, «no sirve para dirigir tan poderosas batallas de masas, que cada vez más se convierten en signo de los tiempos…»

«…Así, pues –concluye Kautsky–, la organización soviética es uno de los fenómenos más importantes de nuestro tiempo. Promete adquirir una importancia decisiva en las grandes batallas decisivas entre el capital y el trabajo, hacia las que avanzamos.

¿Pero tenemos derecho a exigir aún más a los Soviets? Los bolcheviques, que después de la revolución de noviembre (según el nuevo estilo, es decir, según el nuestro, de octubre) de 1917 adquirieron junto con los socialistas revolucionarios de izquierda la mayoría en los Soviets rusos de diputados obreros, pasaron después de la disolución de la Asamblea Constituyente a convertir al Soviet, que hasta entonces había sido una organización de combate de una clase, en una organización estatal. Ellos destruyeron la democracia que el pueblo ruso conquistó en la revolución de marzo (según el nuevo estilo, según el nuestro, de febrero). En consecuencia, los bolcheviques dejaron de llamarse socialdemócratas. Se llaman comunistas» (pág. 33, cursiva de Kautsky).

Quien conoce la literatura menchevique rusa, ve inmediatamente cómo copia servilmente Kautsky a Mártov, Akselrod, Stein y Cía. Servilmente precisamente, porque Kautsky deforma los hechos hasta lo ridículo en favor de los prejuicios mencheviques. Kautsky no se tomó la molestia, por ejemplo, de informarse a través de sus informadores, como el berlinés Stein o el estocolmés Akselrod, de cuándo se plantearon las cuestiones sobre el cambio de nombre de los bolcheviques a comunistas y sobre el significado de los Soviets como organizaciones estatales. Si Kautsky hubiera hecho esta simple averiguación, no habría escrito líneas que provocan risa, pues ambas cuestiones fueron planteadas por los bolcheviques en abril de 1917, por ejemplo, en mis «Tesis» del 4 de abril de 1917{117}, es decir, mucho antes de la Revolución de Octubre de 1917 (sin mencionar la disolución de la Constituyente el 5 de enero de 1918).

Pero la argumentación de Kautsky que he transcrito íntegramente es el clavo de toda la cuestión de los Soviets. El clavo está precisamente en esto: ¿deben los Soviets esforzarse por convertirse en organizaciones estatales (los bolcheviques en abril de 1917 plantearon la consigna: «todo el poder a los Soviets» y en la conferencia del partido bolchevique en ese mismo abril de 1917 los bolcheviques declararon que no se contentan con la república parlamentaria burguesa, sino que exigen una república obrera y campesina del tipo de la Comuna o del tipo de los Soviets); o bien los Soviets no deben tender a esto, no deben tomar el poder en sus manos, no deben convertirse en organizaciones estatales, sino que deben seguir siendo «organizaciones de combate» de una sola «clase» (como se expresaba Mártov, adornando plausiblemente con su inocente deseo el hecho de que los Soviets, bajo la dirección menchevique, eran un instrumento de sometimiento de los obreros a la burguesía).

Kautsky repitió servilmente las palabras de Mártov, tomando fragmentos de la polémica teórica entre bolcheviques y mencheviques y trasladando esos fragmentos, sin crítica y sin sentido, al terreno teórico general, paneuropeo. Resultó una bazofia tal que provocaría una carcajada homérica en cualquier obrero ruso consciente que conociera la argumentación de Kautsky citada.

Con la misma carcajada recibirán a Kautsky todos los obreros europeos (excepto un puñado de sociosimperialistas empedernidos) cuando les expliquemos de qué se trata.

Kautsky le hizo un flaco favor a Mártov, llevando al absurdo, con extraordinaria nitidez, el error de Mártov. En efecto, miren lo que le salió a Kautsky.

Los Soviets abarcan a todos los obreros asalariados. Contra el capital financiero, los viejos métodos de lucha económica y política del proletariado son insuficientes. A los Soviets les espera un gran papel no solo en Rusia. Jugarán un papel decisivo en las grandes batallas decisivas entre el capital y el trabajo en Europa. Así dice Kautsky.

Magnífico. Las «batallas decisivas entre el capital y el trabajo», ¿no resuelven la cuestión de cuál de estas clases se apoderará del poder estatal?

Nada de eso. Dios nos libre.

En las batallas «decisivas», ¡los Soviets, que abarcan a todos los obreros asalariados, no deben convertirse en una organización estatal!

¿Y qué es el Estado?

El Estado no es otra cosa que una máquina para la opresión de una clase por otra.

¡Por lo tanto, la clase oprimida, la vanguardia de todos los trabajadores y explotados en la sociedad moderna, debe tender a las «batallas decisivas entre el capital y el trabajo», pero no debe tocar esa máquina mediante la cual el capital oprime al trabajo! – – ¡No debe romper esa máquina! – – ¡No debe utilizar su organización omnicomprensiva para la opresión de los explotadores!

¡Magnífico, excelente, señor Kautsky! «Nosotros» reconocemos la lucha de clases – como la reconocen todos los liberales, es decir, sin el derrocamiento de la burguesía…

Ahí es donde la ruptura completa de Kautsky con el marxismo y con el socialismo se hace evidente. Esto es una transición, de hecho, al lado de la burguesía, que está dispuesta a admitir todo, excepto la transformación de las organizaciones de la clase oprimida por ella en organizaciones estatales. Aquí ya Kautsky no puede salvar de ningún modo su posición, que todo lo concilia y se libra de todas las contradicciones profundas con frases.

O Kautsky renuncia a toda transferencia del poder estatal a manos de la clase obrera, o admite que la clase obrera tome en sus manos la vieja máquina estatal burguesa, pero de ninguna manera admite que la rompa, la destruya, reemplazándola por una nueva, proletaria. De una u otra manera que se «interprete» y «explique» la argumentación de Kautsky, en ambos casos la ruptura con el marxismo y el paso al lado de la burguesía son evidentes.

Ya en el «Manifiesto Comunista», al hablar de qué Estado necesita la clase obrera victoriosa, Marx escribía: «el Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante»{118}. Ahora aparece un hombre con la pretensión de seguir siendo marxista, y declara que el proletariado organizado en su totalidad y que libra una «lucha decisiva» contra el capital no debe convertir su organización de clase en estatal. «La supersticiosa fe en el Estado», sobre la que Engels escribía en 1891 que se había «trasladado en Alemania a la conciencia general de la burguesía e incluso de muchos obreros»{119}, – he aquí lo que ha revelado Kautsky. Luchad, obreros, – «acepta» nuestro filisteo (en esto «acepta» también el burgués, puesto que los obreros de todas formas luchan y solo hay que pensar en cómo romper la punta de su espada), – luchad, ¡pero no os atreváis a vencer! ¡No destruyáis la máquina estatal de la burguesía, no pongáis en lugar de la «organización estatal» burguesa una «organización estatal» proletaria!

Quien hubiera compartido seriamente la visión marxista de que el Estado no es otra cosa que una máquina para la opresión de una clase por otra, quien hubiera reflexionado aunque sea un poco sobre esta verdad, jamás habría llegado a semejante sinsentido de que las organizaciones proletarias, capaces de vencer al capital financiero, no deban convertirse en organizaciones estatales. Precisamente en este punto se reveló el pequeño burgués, para quien el Estado «después de todo» es algo extraclasista o supraclasista. ¿Por qué, en efecto, se le permitiría al proletariado, «una sola clase», librar una guerra decisiva contra el capital, que domina no solo sobre el proletariado, sino sobre todo el pueblo, sobre toda la pequeña burguesía, sobre todo el campesinado, – pero no se le permitiría al proletariado, «una sola clase», convertir su organización en estatal? Porque el pequeño burgués teme la lucha de clases y no la lleva hasta el final, hasta lo más principal.

Kautsky se enredó por completo y se delató totalmente. Fíjense: él mismo reconoció que Europa va al encuentro de batallas decisivas entre el capital y el trabajo y que los viejos métodos de lucha económica y política del proletariado son insuficientes. Y estos métodos consistían precisamente en la utilización de la democracia burguesa. ¿Por consiguiente?..

Kautsky temió pensar hasta el final qué se sigue de esto.

…Por consiguiente, solo un reaccionario, un enemigo de la clase obrera, un lacayo de la burguesía, puede pintar ahora las delicias de la democracia burguesa y charlar sobre la democracia pura, volviendo la cara al pasado caduco. La democracia burguesa fue progresista con relación al medievo, y había que utilizarla. Pero ahora es insuficiente para la clase obrera. Ahora hay que mirar no hacia atrás, sino hacia adelante, hacia la sustitución de la democracia burguesa por la proletaria. Y si el trabajo preparatorio para la revolución proletaria, la instrucción y la formación del ejército proletario fueron posibles (y necesarios) en el marco del Estado democrático burgués, entonces, una vez que se ha llegado a las «batallas decisivas», limitar al proletariado a estos marcos significa ser un traidor a la causa proletaria, significa ser un renegado.

Kautsky cayó en un ridículo especialmente grande, pues repitió el argumento de Mártov, sin advertir que en Mártov este argumento se apoya en otro argumento, ¡que Kautsky no tiene! Mártov dice (y Kautsky repite tras él) que Rusia aún no ha madurado para el socialismo, de lo que se deduce naturalmente: es demasiado pronto para convertir los Soviets de órganos de lucha en organizaciones estatales (léase: es oportuno convertir los Soviets, con ayuda de los jefes mencheviques, en órganos de sometimiento de los obreros a la burguesía imperialista). Kautsky, en cambio, no puede decir directamente que Europa no ha madurado para el socialismo. Kautsky escribió en 1909, cuando aún no era renegado, que ahora no hay que temer una revolución prematura, que sería un traidor quien por miedo a la derrota renunciara a la revolución. Kautsky no se atreve a renunciar directamente a esto. Y resulta un sinsentido tal que desenmascara hasta el final toda la estupidez y cobardía del pequeño burgués: por un lado, Europa madura para el socialismo y va hacia batallas decisivas del trabajo con el capital, – y por otro lado, la organización de combate (es decir, la organización que se forma, crece y se fortalece en la lucha), la organización del proletariado, vanguardia y organizador, conductor de los oprimidos, ¡no puede convertirse en organización estatal!

En el aspecto práctico-político, la idea de que los Soviets son necesarios como organización de combate, pero que no deben transformarse en organizaciones estatales, es aún infinitamente más absurda que en el teórico. Incluso en tiempos de paz, cuando no existe una situación revolucionaria, la lucha de masas de los obreros contra los capitalistas, por ejemplo una huelga de masas, provoca un terrible enconamiento de ambas partes, una extraordinaria pasión en la lucha, constantes referencias de la burguesía a que sigue siendo y quiere seguir siendo el «amo en casa», etc. Y durante una revolución, cuando la vida política hierve, una organización como los Soviets, que abarca a todos los obreros de todas las ramas de la industria, luego a todos los soldados y a toda la población trabajadora y más pobre del campo, —semejante organización por sí misma, por el curso de la lucha, por la simple «lógica» del asalto y la resistencia, llega inevitablemente a plantear la cuestión de frente. El intento de ocupar una posición intermedia, de «conciliar» al proletariado con la burguesía, es una necedad y sufre un fracaso miserable: así ocurrió en Rusia con la prédica de Mártov y otros mencheviques, y así ocurrirá inevitablemente también en Alemania y en otros países, si los Soviets se desarrollan con cierta amplitud, logran unificarse y consolidarse. Decir a los Soviets: luchad, pero no toméis en vuestras manos todo el poder del Estado, no os convirtáis en organizaciones estatales, significa predicar la colaboración de clases y la «paz social» del proletariado con la burguesía. Es ridículo pensar que semejante posición en una lucha encarnizada pueda conducir a algo que no sea un fracaso vergonzoso. Estar entre dos sillas —es el destino eterno de Kautsky. Él finge no estar de acuerdo en nada con los oportunistas en teoría, pero en la práctica está de acuerdo con ellos en todo lo esencial (es decir, en todo lo que se refiere a la revolución).

## **La Asamblea Constituyente y la república soviética**

La cuestión de la Asamblea Constituyente y de su disolución por los bolcheviques es el clavo de toda la obra de Kautsky. A esta cuestión vuelve constantemente. Todo el escrito del líder ideológico de la II Internacional está repleto de alusiones a cómo los bolcheviques «destruyeron la democracia» (véase más arriba en una cita de Kautsky). La cuestión es realmente interesante e importante, porque la correlación entre la democracia burguesa y la proletaria se presentó aquí ante la revolución en la práctica. Veamos, pues, cómo examina esta cuestión nuestro «teórico marxista».

Él cita las «Tesis sobre la Asamblea Constituyente», que fueron escritas por mí y publicadas en la *Pravda* del 26 de diciembre de 1917[14]. Parecería que no se podía esperar una mejor prueba del enfoque serio de Kautsky del asunto, con los documentos en la mano. Pero miren cómo cita Kautsky. No dice que estas tesis fueran 19, no dice que en ellas se planteaba tanto la cuestión de la correlación entre la república burguesa ordinaria con la Asamblea Constituyente y la república de los Soviets, como la historia de la divergencia en nuestra revolución entre la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado. Kautsky elude todo esto y simplemente declara al lector que «particularmente importantes de entre ellas (de estas tesis) son dos»: una, que los eseristas se escindieron después de las elecciones a la Asamblea Constituyente, pero antes de su convocatoria (Kautsky calla que esta es la tesis quinta); otra, que la república de los Soviets es en general una forma democrática más elevada que la Asamblea Constituyente (Kautsky calla que esta es la tesis tercera).

Y así, de esta tercera tesis Kautsky cita completamente una parte de ella, precisamente la siguiente afirmación:

«La república de los Soviets es no solo una forma de un tipo más alto de instituciones democráticas (en comparación con la república burguesa ordinaria con la Asamblea Constituyente, como su corona), sino también la única forma capaz de asegurar la transición más indolora[15] al socialismo» (Kautsky omite la palabra «ordinaria» y las palabras introductorias de la tesis: «para la transición del régimen burgués al socialista, para la dictadura del proletariado»).

Tras citar estas palabras, Kautsky exclama con magnífica ironía:

«¡Lástima solo que se llegó a esta conclusión después de encontrarse en minoría en la Asamblea Constituyente. Antes nadie la reclamó con más vehemencia que Lenin».

¡Está dicho literalmente en la página 31 del libro de Kautsky!

¡Esto sí que es una perla! Solo un sicofanta de la burguesía podía presentar el asunto de manera tan falsa, para que el lector tuviera la impresión de que todas las conversaciones de los bolcheviques sobre un tipo más alto de Estado son un invento que surgió después de que los bolcheviques se encontraran en minoría en la Asamblea Constituyente. Solo un canalla vendido a la burguesía, o lo que es exactamente lo mismo, que ha confiado en P. Axelrod y oculta a sus informantes, podía decir una mentira tan infame.

Porque todo el mundo sabe que yo, el primer día de mi llegada a Rusia, el 4 de abril de 1917, leí públicamente las Tesis, en las que declaré la superioridad del Estado de tipo Comuna sobre la república parlamentaria burguesa. Lo declaré luego repetidamente en la prensa, por ejemplo, en el folleto sobre los partidos políticos, que fue traducido al inglés y apareció en América en enero de 1918 en el periódico neoyorquino *Evening Post*{120}. Más aún. La conferencia del partido bolchevique a finales de abril de 1917 adoptó una resolución sobre que la república proletario-campesina es superior a la república parlamentaria burguesa, que nuestro partido no se contentaría con esta última, que el programa del partido debía ser modificado en consecuencia{121}.

¿Cómo calificar después de esto la salida de Kautsky, que asegura a los lectores alemanes que yo reclamaba vehementemente la convocatoria de la Asamblea Constituyente y solo después de que los bolcheviques quedaran en minoría en ella comencé a «menoscabar» el honor y la dignidad de la Asamblea Constituyente? ¿Qué puede disculpar una salida así?[16] ¿Que Kautsky no conocía los hechos? Pero entonces, ¿por qué se puso a escribir sobre ellos? ¿o por qué no declarar honestamente que yo, Kautsky, escribo basándome en informaciones de los mencheviques Stein y P. Axelrod & Cía.? Kautsky desea, con pretensiones de objetividad, encubrir su papel de servidor de los mencheviques ofendidos por su derrota.

Sin embargo, esto no son más que flores. Los frutos vendrán después.

Supongamos que Kautsky no quiso o no pudo (??) obtener de sus informantes la traducción de las resoluciones y declaraciones bolcheviques sobre la cuestión de si se contentaban o no con la república democrática burguesa parlamentaria. Supongamos incluso esto, aunque es inverosímil. Pero las tesis mías del 26 de diciembre de 1917 Kautsky las menciona directamente en la página 30 de su libro.

¿Conoce Kautsky estas tesis por completo, o de ellas conoce solo lo que le tradujeron los Stein, los Axelrod & Cía.? Kautsky cita la tercera tesis sobre la cuestión fundamental de si los bolcheviques, antes de las elecciones a la Asamblea Constituyente, eran conscientes y decían al pueblo que la república de los Soviets es superior a la república burguesa. Pero Kautsky silencia la segunda tesis.

Y la segunda tesis dice:

«Al plantear la exigencia de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, la socialdemocracia revolucionaria, desde el comienzo mismo de la revolución de 1917, subrayó repetidamente que la república de los Soviets es una forma más elevada de democratismo que la república burguesa ordinaria con la Asamblea Constituyente» (cursiva mía).

Para presentar a los bolcheviques como personas sin principios, «oportunistas revolucionarios» (esta expresión, no recuerdo en qué contexto, la emplea en alguna parte de su libro Kautsky), el señor Kautsky ocultó a los lectores alemanes que en las tesis hay una referencia directa a las declaraciones «repetidas».

Tales son los pequeños, mezquinos y despreciables procedimientos con que opera el señor Kautsky. De la cuestión teórica se ha evadido así.

¿Es cierto o no que la república democrático-burguesa parlamentaria está por debajo de la república de tipo Comuna o de tipo Soviets? En esto está el clavo, y Kautsky lo ha eludido. Todo lo que Marx dio en el análisis de la Comuna de París, Kautsky lo ha «olvidado». Ha «olvidado» también la carta de Engels a Bebel del 28 de marzo de 1875, en la que se expresa de manera especialmente gráfica e inteligible el mismo pensamiento de Marx: «La Comuna ya no era un Estado en el sentido propio de la palabra»{122}.

Aquí está el más eminente teórico de la II Internacional, que en un folleto especial sobre la «Dictadura del proletariado», al tratar especialmente de Rusia, donde se planteó directa y repetidamente la cuestión de la forma de Estado superior a la república democrático-burguesa, silencia esta cuestión. ¿En qué se diferencia esto, en la práctica, de pasarse al lado de la burguesía?

(Observemos entre paréntesis que también aquí Kautsky va a la zaga de los mencheviques rusos. Entre ellos hay personas que conocen «todas las citas» de Marx y Engels en abundancia, pero ningún menchevique, desde abril de 1917 hasta octubre de 1917 y desde octubre de 1917 hasta octubre de 1918, intentó siquiera una vez analizar la cuestión del Estado de tipo comunal. Plejánov también eludió esta cuestión. Seguramente, hubo que callar.)

Está claro que hablar sobre la disolución de la Asamblea Constituyente con personas que se llaman a sí mismas socialistas y marxistas, pero que en la práctica se pasan a la burguesía en la cuestión principal, en la cuestión del Estado de tipo comunal, sería echar margaritas a los cerdos. Bastará con imprimir íntegramente como apéndice a este folleto mis tesis sobre la Asamblea Constituyente. El lector verá en ellas que la cuestión fue planteada el 26 de diciembre de 1917, tanto desde el punto de vista teórico e histórico como desde el político-práctico.

Si Kautsky, como teórico, ha renegado por completo del marxismo, podría, como historiador, examinar la cuestión de la lucha de los Soviets contra la Asamblea Constituyente. Sabemos por numerosos trabajos de Kautsky que supo ser un historiador marxista, y que dichos trabajos suyos seguirán siendo una conquista perdurable del proletariado, a pesar de su posterior renegación. Pero en esta cuestión, Kautsky, incluso como historiador, se aparta de la verdad, ignora hechos notorios y actúa como un sicofanta. Quiere presentar a los bolcheviques como faltos de principios y cuenta cómo los bolcheviques intentaron suavizar el conflicto con la Asamblea Constituyente antes de disolverla. No hay absolutamente nada malo en ello; no tenemos nada de lo que renegar; publico las tesis íntegramente, y en ellas se dice más claro que el agua: señores pequeños burgueses vacilantes que se han instalado en la Asamblea Constituyente, o aceptan la dictadura del proletariado o los derrotaremos por la «vía revolucionaria» (tesis 18 y 19).

Así ha actuado siempre y así actuará siempre el proletariado verdaderamente revolucionario hacia la pequeña burguesía vacilante.

En la cuestión de la Asamblea Constituyente, Kautsky adopta un punto de vista formal. En mis tesis se dice clara y repetidamente que los intereses de la revolución están por encima de los derechos formales de la Asamblea Constituyente (véanse las tesis 16 y 17). El punto de vista formalmente democrático es precisamente el punto de vista del demócrata burgués, que no reconoce que el interés del proletariado y de la lucha de clases del proletariado está por encima. Kautsky, como historiador, no podría dejar de reconocer que los parlamentos burgueses son órganos de una u otra clase. Pero ahora a Kautsky le ha hecho falta (para el sucio trabajo de renegar de la revolución) olvidar el marxismo, y Kautsky no se plantea la cuestión de qué clase era el órgano de la Asamblea Constituyente en Rusia. Kautsky no analiza la situación concreta, no quiere mirar los hechos, no dice ni una palabra a los lectores alemanes sobre que en las tesis no solo se da una iluminación teórica de la cuestión de la limitación de la democracia burguesa (tesis n.º 1-3), ni solo las condiciones concretas que determinaron la falta de correspondencia de las listas de partidos de mediados de octubre de 1917 con la realidad de diciembre de 1917 (tesis n.º 4-6), sino también la historia de la lucha de clases y la guerra civil de octubre a diciembre de 1917 (tesis n.º 7-15). De esta historia concreta sacamos la conclusión (tesis n.º 14) de que la consigna «todo el poder a la Asamblea Constituyente» se convirtió en la práctica en la consigna de los cadetes y los kaledinistas y sus secuaces.

El historiador Kautsky no ve esto. El historiador Kautsky nunca ha oído que el sufragio universal da a veces parlamentos pequeñoburgueses, a veces reaccionarios y contrarrevolucionarios. El historiador marxista Kautsky no ha oído que una cosa es la forma de las elecciones, la forma de la democracia, y otra cosa es el contenido de clase de una institución dada. Esta cuestión del contenido de clase de la Asamblea Constituyente está planteada y resuelta directamente en mis tesis. Es posible que mi solución sea incorrecta. Nada sería tan deseable para nosotros como una crítica marxista de nuestro análisis por parte de otros. En lugar de escribir frases completamente estúpidas (de las que hay muchas en Kautsky) sobre que alguien impide la crítica del bolchevismo, Kautsky debería haber emprendido tal crítica. Pero la cuestión es que no hay crítica en él. Ni siquiera plantea la cuestión del análisis de clase de los Soviets, por un lado, y de la Asamblea Constituyente, por el otro. Y por eso no hay posibilidad de discutir, de debatir con Kautsky, y solo queda mostrar al lector por qué a Kautsky no se le puede llamar de otra manera que renegado.

La divergencia entre los Soviets y la Asamblea Constituyente tiene su historia, que no podría pasar por alto ni siquiera un historiador que no se sitúe en el punto de vista de la lucha de clases. Kautsky no ha querido tocar ni siquiera esta historia fáctica. Kautsky ocultó a los lectores alemanes el hecho notorio (que ahora solo ocultan los mencheviques malintencionados) de que los Soviets, incluso bajo el dominio de los mencheviques, es decir, desde finales de febrero hasta octubre de 1917, divergían de las instituciones «de todo el Estado» (es decir, burguesas). En el fondo, Kautsky adopta el punto de vista de la conciliación, el acuerdo, la cooperación del proletariado y la burguesía; por mucho que Kautsky reniegue de ello, su punto de vista es un hecho confirmado por todo el folleto de Kautsky. No debía disolverse la Asamblea Constituyente; esto significa: no debía llevarse hasta el final la lucha contra la burguesía, no debía derrocársela; el proletariado debía reconciliarse con la burguesía.

¿Por qué Kautsky calló que los mencheviques se ocuparon de esta poco honorable tarea desde febrero hasta octubre de 1917 y no lograron nada? Si era posible reconciliar a la burguesía con el proletariado, ¿por qué bajo los mencheviques la reconciliación no se logró, la burguesía se mantuvo al margen de los Soviets, los Soviets eran llamados (por los mencheviques) «democracia revolucionaria» y la burguesía «elementos censatarios»?

Kautsky ocultó a los lectores alemanes que precisamente los mencheviques en la «época» (II-X 1917) de su dominio llamaban a los Soviets democracia revolucionaria, reconociendo con ello su superioridad sobre todas las demás instituciones. Solo gracias a la ocultación de este hecho, el historiador Kautsky pudo hacer que la divergencia de los Soviets con la burguesía no tuviera historia, que apareciera de repente, súbitamente, sin causa, debido a la mala conducta de los bolcheviques. En realidad, precisamente la experiencia de más de medio año (para la revolución es un plazo enorme) de componendas mencheviques, de intentos de reconciliar al proletariado con la burguesía, convenció al pueblo de la esterilidad de estos intentos y apartó al proletariado de los mencheviques.

Los Soviets son una magnífica organización de combate del proletariado, con un gran futuro, reconoce Kautsky. Si es así, toda la posición de Kautsky se derrumba como un castillo de naipes o como el sueño de un pequeño burgués de arreglárselas sin la lucha aguda entre el proletariado y la burguesía. Pues toda revolución es una lucha continua y además desesperada, y el proletariado es la clase avanzada de todos los oprimidos, el foco y el centro de todas las aspiraciones de todos y cada uno de los oprimidos hacia su liberación. Los Soviets, órgano de lucha de las masas oprimidas, reflejaban y expresaban, naturalmente, los estados de ánimo y los cambios de opinión de estas masas de una manera incomparablemente más rápida, más plena y más fiel que cualquier otra institución (en esto reside, entre otras cosas, una de las fuentes de por qué la democracia soviética es un tipo superior de democracia).

Los Soviets lograron, desde el 28 de febrero (estilo antiguo) hasta el 25 de octubre de 1917, convocar dos congresos panrusos de la abrumadora mayoría de la población de Rusia, de todos los obreros y soldados, de las siete u ocho décimas partes del campesinado, sin contar la multitud de congresos locales, de distrito, de ciudad, de gobernación y de región. Durante este tiempo, la burguesía no logró convocar ninguna institución que representara a la mayoría (excepto la «Conferencia Democrática»{124}, abiertamente falsificada, burlona, que exasperó al proletariado). La Asamblea Constituyente reflejó la misma disposición de ánimo de las masas, la misma agrupación política que el Primer Congreso Panruso de los Soviets (de junio){125}. En la época de la convocatoria de la Asamblea Constituyente (enero de 1918) ya se habían celebrado el Segundo Congreso de los Soviets (octubre de 1917){126} y el Tercero (enero de 1918){127}, y ambos mostraron con toda claridad que las masas se habían izquierdizado, se habían revolucionado, se habían apartado de los mencheviques y de los socialrevolucionarios y se habían pasado al lado de los bolcheviques, es decir, se habían apartado de la dirección pequeñoburguesa, de las ilusiones de acuerdo con la burguesía, y se habían pasado al lado de la lucha revolucionaria proletaria por el derrocamiento de la burguesía.

Por consiguiente, solo la historia externa de los Soviets muestra ya la inevitabilidad de la disolución de la Asamblea Constituyente y su carácter reaccionario. Pero Kautsky se mantiene firmemente en su «consigna»: ¡perezca la revolución, triunfe la burguesía sobre el proletariado, con tal de que florezca la «democracia pura»! ¡Fiat justitia, pereat mundus![17]

He aquí los breves resultados de los Congresos Panrusos de los Soviets en la historia de la revolución rusa:

128 IV Congreso Extraordinario Panruso de los Soviets, convocado para resolver la cuestión de la ratificación del Tratado de Paz de Brest, se celebró en Moscú del 14 al 16 de marzo de 1918. En el congreso, según los datos del informe taquigráfico, estuvieron presentes 1232 delegados con voto decisivo, de ellos 795 bolcheviques, 283 socialrevolucionarios de izquierda, 29 socialrevolucionarios del centro, 21 mencheviques, 11 mencheviques internacionalistas y otros. Tras la información del vicecomisario del pueblo de Asuntos Exteriores, G. V. Chicherin, sobre el tratado de paz, Lenin hizo el informe sobre esta cuestión en nombre del Comité Ejecutivo Central Panruso; con un co-informe de la fracción de los socialrevolucionarios de izquierda contra la ratificación del tratado de paz intervino B. D. Kamkov. Contra la ratificación del Tratado de Brest se pronunciaron mencheviques, socialrevolucionarios de derecha y de izquierda, maximalistas, anarquistas y otros. Después de agudos debates, el congreso, por votación nominal y por abrumadora mayoría de votos, aprobó la resolución propuesta por Lenin sobre la ratificación del tratado de paz; a favor se emitieron 784 votos, en contra 261, se abstuvieron 115 delegados.

El congreso adoptó un acuerdo sobre el traslado de la capital del Estado soviético a Moscú y eligió el Comité Ejecutivo Central Panruso con 200 miembros.

129 El V Congreso Panruso de los Soviets se inauguró el 4 de julio de 1918 en Moscú, en el Teatro Bolshói. En el congreso estuvieron presentes 1164 delegados con voto decisivo, de ellos bolcheviques – 773, socialrevolucionarios de izquierda – 353, maximalistas – 17, anarquistas – 4, mencheviques internacionalistas – 4, miembros de otros partidos – 3, sin partido – 10.

Con el informe de rendición de cuentas sobre la actividad del Comité Ejecutivo Central Panruso intervino Y. M. Sverdlov; con el informe sobre la actividad del Consejo de Comisarios del Pueblo – V. I. Lenin. Después de acalorados debates sobre los informes del Comité Ejecutivo Central Panruso y del Consejo de Comisarios del Pueblo, el congreso, por mayoría de votos, aprobó la resolución propuesta por la fracción comunista, en la que expresaba «la plena aprobación de la política exterior e interior del gobierno soviético». La resolución de los socialrevolucionarios de izquierda, que proponían expresar desconfianza al gobierno soviético, denunciar el Tratado de Paz de Brest, cambiar la política exterior e interior del poder soviético, fue rechazada.

Tras sufrir una derrota en el congreso, los socialrevolucionarios de izquierda recurrieron a una sublevación armada abierta, levantando el 6 de julio una rebelión contrarrevolucionaria en Moscú. En relación con esto, el congreso interrumpió sus trabajos y los reanudó solo el 9 de julio. Tras escuchar la comunicación del gobierno sobre los acontecimientos del 6-7 de julio, el congreso aprobó plenamente las enérgicas acciones del gobierno para liquidar la criminal aventura de los socialrevolucionarios de izquierda e indicó que aquellos socialrevolucionarios de izquierda que compartieran las opiniones de su cúpula dirigente «no tienen cabida en los Soviets de diputados obreros y campesinos».

En la resolución sobre el informe del comisario del pueblo de Abastecimiento, A. D. Tsyurupa, el congreso confirmó la inviolabilidad del monopolio del grano, señaló la necesidad de reprimir decididamente la resistencia de los kuláks y aprobó la organización de los comités de campesinos pobres.

En la sesión de clausura, el 10 de julio, el congreso escuchó el informe sobre la organización del Ejército Rojo y aprobó por unanimidad la resolución propuesta por la fracción comunista, en la que se esbozaban las medidas para la organización y el fortalecimiento del Ejército Rojo sobre la base del servicio militar obligatorio de los trabajadores.

El congreso adoptó la primera Constitución de la RSFSR, que consagraba legislativamente las conquistas de los trabajadores del país soviético.

Basta echar un vistazo a estas cifras para comprender por qué la defensa de la Asamblea Constituyente o las afirmaciones (como las de Kautsky) de que los bolcheviques no tienen detrás de sí a la mayoría de la población solo provocan risa entre nosotros.

## La Constitución soviética

Como ya he indicado, la privación de los derechos electorales a la burguesía no constituye un rasgo obligatorio e indispensable de la dictadura del proletariado. Y en Rusia, los bolcheviques, que mucho antes de Octubre habían planteado la consigna de tal dictadura, no hablaron de antemano de privar a los explotadores de los derechos electorales. Esta parte constitutiva de la dictadura no vino al mundo «por el plan» de ningún partido, sino que creció por sí misma en el curso de la lucha. El historiador Kautsky, claro está, no lo notó. No comprendió que la burguesía, incluso bajo el dominio de los mencheviques (conciliadores con la burguesía) en los Soviets, se separó ella misma de los Soviets, los boicoteó, se opuso a ellos, intrigó contra ellos. Los Soviets surgieron sin constitución alguna y vivieron durante más de un año (desde la primavera de 1917 hasta el verano de 1918) sin constitución alguna. El encarnizamiento de la burguesía contra la organización independiente y omnipotente (porque lo abarcaba todo) de los oprimidos, la lucha – y además la más desvergonzada, interesada y sucia – de la burguesía contra los Soviets, finalmente, la participación evidente de la burguesía (desde los kadetes hasta los socialrevolucionarios de derecha, desde Miliukov hasta Kerenski) en el complot de Kornílov, todo esto preparó la exclusión formal de la burguesía de los Soviets.

Kautsky ha oído hablar del complot de Kornílov, pero escupe con altivez sobre los hechos históricos y el curso y las formas de lucha que determinan las formas de la dictadura: ¿qué importan los hechos si se trata de la democracia «pura»? La «crítica» de Kautsky, dirigida contra la privación de los derechos electorales a la burguesía, se distingue por ello de una… ingenuidad tan empalagosa que sería enternecedora si proviniera de un niño, y que causa repugnancia cuando proviene de una persona oficialmente no reconocida aún como débil mental.

«…Si los capitalistas, con el sufragio universal, resultaran una minoría insignificante, entonces se resignarían más fácilmente a su suerte» (33)… ¿No es cierto que es gracioso? El inteligente Kautsky ha visto muchas veces en la historia y, en general, conoce perfectamente por la observación de la vida real a tales terratenientes y capitalistas que tienen en cuenta la voluntad de la mayoría de los oprimidos. El inteligente Kautsky se mantiene firmemente en el punto de vista de la «oposición», es decir, en el punto de vista de la lucha dentro del parlamento. Él escribe literalmente así: «oposición» (pág. 34 y muchas otras).

¡Oh, docto historiador y político! ¡No vendría mal que supierais que la "oposición" es un concepto propio de la lucha pacífica y exclusivamente parlamentaria, es decir, un concepto que corresponde a una situación no revolucionaria, un concepto que corresponde a la ausencia de revolución! En la revolución se trata de un enemigo implacable en la guerra civil: ninguna jeremiada reaccionaria del pequeño burgués que teme a esa guerra como la teme Kautsky cambiará este hecho. Considerar desde el punto de vista de la "oposición" las cuestiones de la guerra civil implacable, cuando la burguesía comete todos los crímenes (el ejemplo de los versallescos y su trato con Bismarck dice algo a toda persona que se relaciona con la historia no como el Petrushka de Gógol), cuando la burguesía llama en su ayuda a estados extranjeros e intriga con ellos contra la revolución, ¡esto es comedia! El proletariado revolucionario debería, como el "confuso consejero" Kautsky, ponerse el gorro de dormir y considerar a la burguesía, que organiza las rebeliones contrarrevolucionarias de Dútov, Krasnov y los checoslovacos, que paga millones a los saboteadores, considerarla como una "oposición" legal. ¡Oh, profundidad de pensamiento!

A Kautsky le interesa exclusivamente el aspecto formal-jurídico del asunto, de modo que, leyendo sus razonamientos sobre la Constitución soviética, uno recuerda involuntariamente las palabras de Bebel: los juristas son gentes profundamente reaccionarias. "En realidad –escribe Kautsky– no se puede privar de derechos solamente a los capitalistas. ¿Quién es capitalista en el sentido jurídico? ¿El propietario? Incluso en un país que ha avanzado tanto por el camino del progreso económico como Alemania, cuyo proletariado es tan numeroso, la instauración de la república soviética privaría políticamente de derechos a grandes masas. En 1907, en el Imperio Alemán, el número de personas ocupadas en el trabajo profesional y sus familias en los tres grandes grupos –agricultura, industria y comercio– era de unos 35 millones en el grupo de empleados y obreros asalariados, y de 17 millones en el grupo de independientes. Por consiguiente, un partido puede ser mayoría entre los obreros asalariados, pero minoría en la población" (pág. 33).

He aquí una muestra de los razonamientos de Kautsky. Pero ¿acaso esto no es el lloriqueo contrarrevolucionario de un burgués? ¿Por qué incluye usted a todos los "independientes" entre los privados de derechos, señor Kautsky, cuando sabe perfectamente que la inmensa mayoría de los campesinos rusos no tienen obreros asalariados y, por lo tanto, no pierden derechos? ¿Acaso esto no es una falsificación?

¿Por qué usted, docto economista, no ha citado los datos, bien conocidos por usted y que se encuentran en la misma estadística alemana de 1907, sobre el trabajo asalariado en la agricultura por grupos de explotaciones? ¿Por qué no mostró usted a los obreros alemanes, lectores de su folleto, estos datos, de los que se desprendería cuántos explotadores hay, qué pocos explotadores hay entre todos los "agricultores" según la estadística alemana?

Porque su renegación le ha convertido en un simple sicofante de la burguesía.

El capitalista, mire usted, es un concepto jurídico indeterminado, y Kautsky arremete durante varias páginas contra la "arbitrariedad" de la Constitución soviética. A la burguesía inglesa este "grave sabio" le permite elaborar y perfeccionar durante siglos una nueva (nueva para la Edad Media) constitución burguesa, en cambio a nosotros, los obreros y campesinos de Rusia, este representante de la ciencia lacayuna no nos concede ningún plazo. ¡Él nos exige una constitución elaborada hasta la última letra en unos cuantos meses!…

…¡"Arbitrariedad"! ¡Piénsese tan sólo qué abismo de la más sucia servilidad ante la burguesía, de la más estúpida pedantería se descubre con tal reproche! Cuando los juristas enteramente burgueses y en su mayoría reaccionarios de los países capitalistas, durante siglos o decenios, elaboraron reglas minuciosísimas, escribieron decenas y centenares de tomos de leyes y de interpretaciones de las leyes que oprimen al obrero, atan de pies y manos al pobre, ponen millares de obstáculos y trabas a cualquier simple trabajador del pueblo, ¡entonces los liberales burgueses y el señor Kautsky no ven en ello "arbitrariedad"! ¡Aquí hay "orden" y "legalidad"! ¡Aquí todo está pensado y prescrito, cómo se puede "exprimir" al pobre! ¡Aquí hay millares de abogados y funcionarios burgueses (de los cuales Kautsky calla en general, probablemente precisamente porque Marx concedía enorme importancia a la destrucción de la máquina burocrática…), abogados y funcionarios que saben interpretar las leyes de tal modo que el obrero y el campesino medio jamás podrán atravesar las alambradas de esas leyes! Esto no es "arbitrariedad" de la burguesía, esto no es dictadura de los explotadores rapaces y sucios, bebedores de sangre popular, nada de eso. ¡Esto es "democracia pura", que cada día se vuelve más y más pura!

Y cuando las clases trabajadoras y explotadas, por primera vez en la historia, aisladas por la guerra imperialista de sus hermanos del extranjero, formaron sus Soviets, llamaron a la construcción política a aquellas masas que la burguesía oprimía, embrutecía y atontaba, y comenzaron ellas mismas a construir el nuevo Estado proletario, comenzaron, en el ardor de la lucha furiosa, en el fuego de la guerra civil, a esbozar los principios fundamentales del Estado sin explotadores, ¡entonces todos los canallas de la burguesía, toda la banda de chupasangres, con su secuaz Kautsky, gritaron sobre la "arbitrariedad"! ¿Dónde podrán, en efecto, estos ignorantes, los obreros y los campesinos, esta "plebe", saber interpretar sus propias leyes? ¿Dónde podrán adquirir sentido de la justicia, ellos, simples trabajadores, que no se sirven de los consejos de ilustrados abogados, de escritores burgueses, de Kautskys y de viejos y sabios funcionarios?

De mi discurso del 28 de abril de 1918, el señor Kautsky cita las palabras: "...Las masas mismas determinan el orden y los plazos de las elecciones…". Y el "demócrata puro" Kautsky concluye:

"...Por consiguiente, al parecer, la cosa es que cada asamblea de electores determina a su arbitrio el orden de las elecciones. La arbitrariedad y la posibilidad de deshacerse de elementos oposicionistas molestos dentro del mismo proletariado quedarían así llevadas al más alto grado" (pág. 37).

¿En qué se diferencia esto de los discursos de un plumífero asalariado por los capitalistas, que clama contra la opresión que ejerce la masa en huelga sobre los obreros "deseosos de trabajar"? ¿Por qué la determinación burocrático-burguesa del orden de las elecciones en la democracia burguesa "pura" no es arbitrariedad? ¿Por qué el sentido de justicia de las masas que se han levantado para luchar contra sus seculares explotadores, de las masas que se iluminan y se templan en esa lucha desesperada, debe ser inferior al de unos puñados de funcionarios, intelectuales y abogados educados en los prejuicios burgueses?

Kautsky es un verdadero socialista, ¡no os atreváis a poner en duda la sinceridad de este respetabilísimo padre de familia, de este ciudadano honradísimo! Es un partidario ardiente y convencido de la victoria de los obreros, de la revolución proletaria. Sólo desearía que los dulzones intelectualillos pequeño-burgueses y los filisteos en gorro de dormir hicieran primero, antes del movimiento de las masas, antes de su lucha furiosa contra los explotadores y, sin falta, sin guerra civil, un estatuto moderado y puntilloso del desarrollo de la revolución…

Con profunda indignación moral, nuestro sapientísimo Judas Golovliov refiere a los obreros alemanes que el 14 de junio de 1918 el Comité Ejecutivo Central Panruso de los Soviets acordó excluir de los Soviets a los representantes del partido de los socialrevolucionarios de derecha y de los mencheviques. "Esta medida –escribe Judas Kautsky, ardiendo todo de noble indignación– no se dirige contra personas determinadas que han cometido actos punibles determinados… La Constitución de la república soviética no dice ni una palabra sobre la inmunidad de los diputados, miembros de los Soviets. No son personas determinadas, sino partidos determinados los que son excluidos aquí de los Soviets" (pág. 37).

Sí, esto es realmente horrible, esta insoportable desviación de la democracia pura, según cuyas reglas nuestro revolucionario Judas Kautsky haría la revolución. Nosotros, los bolcheviques rusos, debíamos primero prometer la inviolabilidad a los Savinkov y compañía, a los Liberdán{130} con los Potrésov («activistas»){131} y compañía, luego redactar un código penal que declarara «punible» la participación en la guerra contrarrevolucionaria checoslovaca o la alianza en Ucrania o Georgia con los imperialistas alemanes contra los obreros de su propio país, y solo entonces, sobre la base de ese código penal, estaríamos autorizados, según la «democracia pura», a excluir de los Soviets a «determinadas personas». Por supuesto, se sobreentiende que los checoslovacos, que a través de Savinkov, Potrésov y Liberdán (o con ayuda de su agitación) reciben dinero de los capitalistas anglo-franceses, así como los Krasnov, que obtienen proyectiles de los alemanes con ayuda de los mencheviques ucranianos y tiflisianos, permanecerían tranquilos hasta que nosotros elaboráramos el correcto código penal y, como los más puros demócratas, se limitarían al papel de «oposición»...

Una indignación moral no menos fuerte provoca en Kautsky el hecho de que la Constitución soviética prive del derecho al voto a quienes «tienen obreros asalariados con fines de lucro». «El trabajador a domicilio o el pequeño patrono —escribe Kautsky— con un solo oficial puede vivir y sentirse enteramente de manera proletaria, y sin embargo no tiene derecho al voto» (pág. 36).

¡Qué desviación de la «democracia pura»! ¡Qué injusticia! Hasta ahora, ciertamente, todos los marxistas creían, y lo confirmaban con miles de hechos, que los pequeños patronos son los explotadores más desvergonzados y tacaños de los obreros asalariados, pero Judas Kautsky toma, por supuesto, no a la clase de los pequeños patronos (¿y quién inventó esa perjudicial teoría de la lucha de clases?), sino a individuos aislados, a aquellos explotadores que «viven y sienten enteramente de manera proletaria». La famosa «ahorrativa Agnes», a quien se creía muerta hace tiempo, ha resucitado bajo la pluma de Kautsky. Esta ahorrativa Agnes fue inventada y puesta en circulación en la literatura alemana, hace varias décadas, por el demócrata «puro», el burgués Eugen Richter. Él profetizaba males indescriptibles a causa de la dictadura del proletariado, a causa de la confiscación del capital a los explotadores, preguntaba con aire inocente quién era capitalista en sentido jurídico. Ponía el ejemplo de una pobre costurera ahorrativa («la ahorrativa Agnes»), a quien los malvados «dictadores del proletariado» le arrebatan sus últimos céntimos. Hubo un tiempo en que toda la socialdemocracia alemana se burlaba de esta «ahorrativa Agnes» del demócrata puro Eugen Richter. Pero eso fue hace tiempo, tanto tiempo que aún vivía Bebel, quien decía clara y directamente la verdad de que en nuestro partido hay muchos nacional-liberales{132}; fue hace tanto tiempo que Kautsky aún no era un renegado.

Ahora la «ahorrativa Agnes» ha resucitado en la persona del «pequeño patrono con un solo oficial que vive y siente enteramente de manera proletaria». Los malvados bolcheviques lo ofenden, le quitan el derecho al voto. Ciertamente, «toda asamblea electoral», como dice el mismo Kautsky, puede admitir en la república soviética al pobre artesano vinculado, supongamos, a tal fábrica, si él, como excepción, no es un explotador, si de hecho «vive y siente enteramente de manera proletaria». Pero ¿acaso se puede confiar en el conocimiento de la vida, en el sentido de justicia de una asamblea fabril de simples obreros, desordenada y que actúa (¡oh, horror!) sin reglamento? ¿Acaso no está claro que es mejor dar derecho al voto a todos los explotadores, a todos los que emplean obreros asalariados, que arriesgar la posibilidad de que los obreros ofendan a la «ahorrativa Agnes» y al «artesano que vive y siente de manera proletaria»?

Que los despreciables canallas del renegadismo, saludados por la burguesía y los socialchovinistas[18], denigren nuestra Constitución soviética por quitar el derecho al voto a los explotadores. Esto es bueno, porque acelera y profundiza la escisión de los obreros revolucionarios de Europa con los Scheidemann y los Kautsky, con los Renaudel y los Longuet, con los Henderson y los Ramsay MacDonald, con los viejos líderes y los viejos traidores del socialismo.

Las masas de las clases oprimidas, los líderes conscientes y honestos del proletariado revolucionario estarán de nuestro lado. Basta con dar a conocer a tales proletarios y a estas masas nuestra Constitución soviética, y dirán inmediatamente: ¡ahí están nuestros verdaderos hombres, ahí está el verdadero partido obrero, el verdadero gobierno obrero! Porque no engaña a los obreros con charlas sobre reformas, como nos engañaron a todos los líderes mencionados, sino que lucha en serio contra los explotadores, lleva a cabo en serio la revolución, lucha de hecho por la liberación completa de los obreros.

Si los explotadores han sido privados del derecho al voto por los Soviets después de un año de «práctica» de los Soviets, significa que estos Soviets son realmente organizaciones de las masas oprimidas, y no de los socialimperialistas y socialpacifistas vendidos a la burguesía. Si estos Soviets han quitado el derecho al voto a los explotadores, significa que los Soviets no son órganos de contemporización pequeñoburguesa con los capitalistas, no son órganos de charlatanería parlamentaria (de Kautsky, Longuet y MacDonald), sino órganos del proletariado realmente revolucionario que libra una lucha a muerte contra los explotadores.

«El folleto de Kautsky es casi desconocido aquí», me escribe desde Berlín hace unos días (hoy, 30 de octubre) un camarada bien informado. Yo aconsejaría a nuestros embajadores en Alemania y en Suiza que no escatimen miles para comprar este libro y distribuirlo gratuitamente entre los obreros conscientes, para hundir en el fango a esa socialdemocracia «europea» —léase: imperialista y reformista— que hace tiempo se ha convertido en un «cadáver apestoso».

Al final de su libro, en las páginas 61 y 63, el señor Kautsky llora amargamente porque la «nueva teoría» (como él llama al bolchevismo, temiendo tocar el análisis de la Comuna de París por Marx y Engels) «encuentra partidarios incluso en las viejas democracias, como, por ejemplo, Suiza». «Es incomprensible» para Kautsky «que esta teoría sea aceptada por socialdemócratas alemanes».

No, es perfectamente comprensible, porque a las masas revolucionarias les resultan repugnantes, tras las serias lecciones de la guerra, tanto los Scheidemann como los Kautsky.

«Nosotros siempre estuvimos a favor de la democracia —escribe Kautsky— y de repente nosotros mismos vamos a renunciar a ella».

«Nosotros», los oportunistas de la socialdemocracia, siempre estuvimos contra la dictadura del proletariado, y los Kolb y compañía lo dijeron abiertamente hace tiempo. Kautsky lo sabe y en vano cree que ocultará a los lectores el hecho evidente de su «retorno al seno» de los Bernstein y los Kolb.

«Nosotros», los marxistas revolucionarios, nunca hicimos un ídolo de la democracia «pura» (burguesa). Plejánov en 1903 era, como se sabe, un marxista revolucionario (antes de su triste viraje que lo llevó a la posición del Scheidemann ruso). Y Plejánov dijo entonces en el congreso del partido que aprobaba el programa{133}, que el proletariado en la revolución quitaría, si fuese necesario, el derecho al voto a los capitalistas, disolvería cualquier parlamento si resultase contrarrevolucionario. Que precisamente esa visión es la única que corresponde al marxismo, lo verá cualquiera aunque solo sea por las declaraciones de Marx y Engels que he citado antes. Esto se deduce evidentemente de todos los fundamentos del marxismo.

«Nosotros», los marxistas revolucionarios, no dijimos al pueblo aquellos discursos con los que gustaban actuar los kautskyanos de todas las naciones, adulando a la burguesía, amoldándose al parlamentarismo burgués, silenciando el carácter burgués de la democracia moderna y exigiendo solo su ampliación, su realización completa.

«Nosotros» decíamos a la burguesía: vosotros, explotadores e hipócritas, habláis de democracia mientras a cada paso ponéis miles de trabas a la participación de las masas oprimidas en la política. Os cogemos la palabra y exigimos, en interés de esas masas, la ampliación de vuestra democracia burguesa, para preparar a las masas para la revolución que os derrocará, explotadores. Y si vosotros, explotadores, intentáis oponer resistencia a nuestra revolución proletaria, os aplastaremos sin piedad, os haremos carecer de derechos; más aún: no os daremos pan, porque en nuestra república proletaria los explotadores serán privados de derechos, estarán privados de fuego y agua, porque somos socialistas en serio, y no al estilo de Scheidemann ni al estilo de Kautsky.

Así es como hablábamos y hablaremos «nosotros», los marxistas revolucionarios, y he aquí por qué las masas oprimidas estarán con nosotros y a nuestro lado, mientras que los Scheidemann y los Kautsky acabarán en el muladar de los renegados.

## ¿Qué es el internacionalismo?

Kautsky se considera a sí mismo y se llama internacionalista con la más profunda convicción. A los Scheidemann los declara «socialistas gubernamentales». Defendiendo a los mencheviques (Kautsky no dice directamente que está de acuerdo con ellos, pero desarrolla íntegramente sus puntos de vista), Kautsky ha puesto de manifiesto de modo notablemente gráfico de qué clase es su «internacionalismo». Y ya que Kautsky no es un caso aislado, sino un representante de una corriente que inevitablemente surgió en el ambiente de la II Internacional (Longuet en Francia, Turati en Italia, Nobs y Grimm, Graber y Naine en Suiza, Ramsay MacDonald en Inglaterra, etc.), es instructivo detenerse en el «internacionalismo» de Kautsky.

Subrayando que los mencheviques también estuvieron en Zimmerwald (un diploma, sin duda, pero… un diploma podrido), Kautsky describe de la siguiente manera los puntos de vista de los mencheviques, con los cuales está de acuerdo:

«…Los mencheviques querían la paz universal. Querían que todos los beligerantes aceptaran la consigna: sin anexiones ni indemnizaciones. Hasta que esto no se lograra, el ejército ruso debía, según este punto de vista, mantenerse en pie de guerra. Los bolcheviques, en cambio, exigían la paz inmediata a toda costa, estaban dispuestos, en caso necesario, a concertar una paz por separado, trataban de obtenerla por la fuerza, aumentando aún más la ya grande desorganización del ejército» (pág. 27). Los bolcheviques, según la opinión de Kautsky, no debían haber tomado el poder y conformarse con la Asamblea Constituyente.

Así, pues, el internacionalismo de Kautsky y de los mencheviques consiste en lo siguiente: exigir reformas al gobierno burgués imperialista, pero continuar apoyándolo, continuar apoyando la guerra dirigida por ese gobierno, mientras todos los beligerantes no hayan aceptado la consigna: sin anexiones ni indemnizaciones. Este mismo punto de vista lo expresaron repetidas veces Turati, y los kautskianos (Haase y otros), y Longuet y consortes, que declaraban estar por la «defensa de la patria».

Teóricamente, esto es una total incapacidad para separarse de los socialchovinistas y una completa confusión en la cuestión de la defensa de la patria. Políticamente, esto es la sustitución del internacionalismo por un nacionalismo pequeñoburgués y el paso al lado del reformismo, la renuncia a la revolución.

El reconocimiento de la «defensa de la patria» es, desde el punto de vista del proletariado, la justificación de esta guerra, el reconocimiento de su legitimidad. Y puesto que la guerra sigue siendo imperialista (tanto bajo la monarquía como bajo la república) –independientemente de dónde se encuentren las tropas enemigas en un momento dado, en mi país o en otro–, el reconocimiento de la defensa de la patria significa, en la práctica, el apoyo a la burguesía imperialista y rapaz, la completa traición al socialismo. En Rusia, incluso bajo Kerenski, en la república burgués-democrática, la guerra continuó siendo imperialista, porque la dirigía la burguesía como clase dominante (y la guerra es la «continuación de la política»); y la expresión particularmente evidente del carácter imperialista de la guerra fueron los tratados secretos sobre el reparto del mundo y el saqueo de países extranjeros, concluidos por el antiguo zar con los capitalistas de Inglaterra y Francia.

Los mencheviques engañaron vilmente al pueblo, llamando a esa guerra defensiva o revolucionaria, y Kautsky, al aprobar la política de los mencheviques, aprueba el engaño al pueblo, aprueba el papel de los pequeñoburgueses que sirvieron al capital engañando a los obreros, atándolos al carro de los imperialistas. Kautsky sigue una política típicamente pequeñoburguesa, filistea, imaginando (e inculcando a las masas la idea absurda) que la proclamación de una consigna cambia las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa desenmascara esta ilusión: para engañar al pueblo, los demócratas burgueses han presentado y presentan siempre todo tipo de «consignas». Se trata de verificar su sinceridad, de contrastar las palabras con los hechos, de no contentarse con la frase idealista o charlatana, sino de buscar la realidad de clase. La guerra imperialista no deja de ser imperialista cuando los charlatanes, los farsantes o los filisteos pequeñoburgueses lanzan una dulzona «consigna» –sino únicamente cuando la clase que dirige la guerra imperialista y está ligada a ella por millones de lazos económicos (y a veces por cables) resulta efectivamente derrocada y es reemplazada en el poder por una clase verdaderamente revolucionaria, el proletariado. De otro modo, no se puede salir de la guerra imperialista –ni de la paz imperialista y rapaz.

Al aprobar la política exterior de los mencheviques, al declararla internacionalista y zimmerwaldista, Kautsky muestra, en primer lugar, toda la podredumbre de la mayoría zimmerwaldista y oportunista (¡no en vano nosotros, la izquierda de Zimmerwald{134}, nos separamos inmediatamente de esa mayoría!); y, en segundo lugar –y esto es lo principal– Kautsky pasa de la posición del proletariado a la posición de la pequeña burguesía, de la posición revolucionaria a la posición reformista.

El proletariado lucha por el derrocamiento revolucionario de la burguesía imperialista; la pequeña burguesía, por el «perfeccionamiento» reformista del imperialismo, por la adaptación a él, sometiéndose a él. Cuando Kautsky era aún marxista, por ejemplo en 1909, cuando escribió «El camino al poder», defendía precisamente la idea de la inevitabilidad de la revolución en relación con la guerra, hablaba de la proximidad de una era de revoluciones. El Manifiesto de Basilea de 1912 habla directa y claramente de la revolución proletaria en relación con esa misma guerra imperialista entre los grupos alemán e inglés que estalló en 1914. Y en 1918, cuando comenzaron las revoluciones en relación con la guerra, en lugar de explicar su inevitabilidad, en lugar de reflexionar y pensar a fondo una táctica revolucionaria, los modos y medios de preparación para la revolución, Kautsky empezó a llamar internacionalismo a la táctica reformista de los mencheviques. ¿No es esto renegadez?

Kautsky alaba a los mencheviques porque insistían en mantener la capacidad combativa del ejército. Reprende a los bolcheviques porque aumentaban la ya grande «desorganización del ejército». Esto significa alabar el reformismo y la sumisión a la burguesía imperialista, y reprobar la revolución, renunciar a ella. Pues el mantenimiento de la capacidad combativa significaba y fue, bajo Kerenski, la conservación de un ejército con un mando burgués (aunque fuera republicano). Todo el mundo sabe –y el curso de los acontecimientos lo confirmó claramente– que ese ejército republicano conservaba el espíritu korniloviano debido a su estado mayor korniloviano. La oficialidad burguesa no podía dejar de ser korniloviana, no podía dejar de gravitar hacia el imperialismo, hacia la represión violenta del proletariado. Dejar igual todas las bases de la guerra imperialista, todas las bases de la dictadura burguesa, reparar pequeñeces, retocar minucias («reformas») –a esto se reducía en la práctica la táctica menchevique.

Y a la inversa. Sin «desorganización» del ejército no ha habido ni puede haber ninguna gran revolución. Pues el ejército es el instrumento más osificado de apoyo al viejo régimen, el baluarte más sólido de la disciplina burguesa, de apoyo al dominio del capital, de conservación y educación de la sumisión esclava y la subordinación a él de los trabajadores. La contrarrevolución nunca ha tolerado ni podía tolerar a los obreros armados junto al ejército. En Francia –escribió Engels– después de cada revolución los obreros estaban armados; «por lo tanto, para la burguesía que estaba al timón del Estado, el primer mandamiento era desarmar a los obreros»{135}. Los obreros armados eran el germen del nuevo ejército, la célula organizativa del nuevo orden social. Aplastar esa célula, no dejar que creciera, fue el primer mandamiento de la burguesía. El primer mandamiento de toda revolución victoriosa –Marx y Engels lo subrayaron repetidamente– era: destruir el viejo ejército, disolverlo, reemplazarlo por uno nuevo{136}. Una nueva clase social, al ascender al dominio, nunca ha podido ni puede ahora alcanzar ese dominio y consolidarlo de otro modo que descomponiendo completamente el viejo ejército («desorganización», claman al respecto los reaccionarios o simplemente los filisteos cobardes); de otro modo que pasando por el período más difícil y penoso sin ejército alguno (por ese período penoso pasó también la gran revolución francesa); de otro modo que forjando gradualmente, en la dura guerra civil, un nuevo ejército, una nueva disciplina, una nueva organización militar de la nueva clase. El historiador Kautsky antes lo entendía. El renegado Kautsky lo ha olvidado.

¿Qué derecho tiene Kautsky a llamar a los Scheidemann «socialistas gubernamentales» si aprueba la táctica de los mencheviques en la revolución rusa? Los mencheviques, apoyando a Kerenski, entrando en su ministerio, eran exactamente igualmente socialistas gubernamentales. De esta conclusión Kautsky no podrá escapar de ningún modo, si tan solo intenta plantear la cuestión de la clase dominante que dirige la guerra imperialista. Pero Kautsky evita plantear la cuestión de la clase dominante, cuestión obligatoria para un marxista, pues el mero planteamiento de tal cuestión desenmascararía al renegado.

Los kautskianos en Alemania, los longuetistas en Francia, Turati y Cía. en Italia razonan así: el socialismo presupone la igualdad y libertad de las naciones, su autodeterminación; por lo tanto, cuando atacan a nuestro país o cuando las tropas enemigas han invadido nuestra tierra, los socialistas tienen derecho y están obligados a defender la patria. Pero este razonamiento es, teóricamente, o una completa burla al socialismo, o una evasiva fraudulenta, y práctico-políticamente, este razonamiento coincide con el razonamiento de un campesino completamente ignorante, que ni siquiera sabe pensar en el carácter social y de clase de la guerra y en las tareas del partido revolucionario durante la guerra reaccionaria.

El socialismo está contra la violencia sobre las naciones. Esto es indiscutible. Pero el socialismo está en general contra la violencia sobre las personas. Sin embargo, excepto los anarquistas cristianos y los tolstoianos, nadie ha deducido aún de esto que el socialismo está contra la violencia revolucionaria. Es decir, hablar de «violencia» en general, sin distinguir las condiciones que diferencian la violencia reaccionaria de la revolucionaria, significa ser un filisteo que reniega de la revolución, o simplemente engañarse a sí mismo y a los demás con sofistería.

Lo mismo se refiere a la violencia sobre las naciones. Toda guerra consiste en violencia sobre las naciones, pero esto no impide a los socialistas estar a favor de la guerra revolucionaria. El carácter de clase de la guerra: esta es la cuestión fundamental que se presenta ante el socialista (si no es un renegado). La guerra imperialista de 1914-1918 es una guerra entre dos grupos de la burguesía imperialista por el reparto del mundo, por el reparto del botín, por el saqueo y la estrangulación de las naciones pequeñas y débiles. Esta valoración de la guerra fue dada por el Manifiesto de Basilea en 1912, esta valoración fue confirmada por los hechos. Quien se aparta de este punto de vista sobre la guerra, no es socialista.

Si un alemán bajo Guillermo o un francés bajo Clemenceau dicen: tengo derecho y estoy obligado, como socialista, a defender la patria si el enemigo ha invadido mi país, este razonamiento no es el de un socialista, ni de un internacionalista, ni de un proletario revolucionario, sino de un filisteo nacionalista. Pues en este razonamiento desaparece la lucha de clases revolucionaria del obrero contra el capital, desaparece la valoración de toda la guerra en su conjunto, desde el punto de vista de la burguesía mundial y del proletariado mundial, es decir, desaparece el internacionalismo, queda un nacionalismo miserable y obtuso. Ofenden a mi país, a mí lo demás no me importa: he aquí a lo que se reduce tal razonamiento, he aquí su estrechez filisteo-nacionalista. Es igual que si respecto a la violencia individual contra una persona, alguien razonara: el socialismo está contra la violencia, por lo tanto prefiero ir a la traición antes que estar en la cárcel.

Un francés, alemán o italiano que dice: el socialismo está contra la violencia sobre las naciones, por lo tanto me defiendo cuando el enemigo invade mi país, traiciona el socialismo y el internacionalismo. Pues tal persona ve solo su «país», coloca por encima de todo a «su»… burguesía, sin pensar en los vínculos internacionales que hacen imperialista la guerra, que hacen de su burguesía un eslabón en la cadena del saqueo imperialista.

Todos los filisteos y todos los campesinos estúpidos e ignorantes razonan exactamente como razonan los renegados kautskianos, longuetistas, Turati y Cía., a saber: en mi país está el enemigo, y a mí lo demás no me importa[19].

El socialista, el proletario revolucionario, el internacionalista razona de otro modo: el carácter de la guerra (si es reaccionaria o revolucionaria) no depende de quién atacó y en qué país está el «enemigo», sino de qué clase dirige la guerra, qué política se continúa con esa guerra. Si la guerra dada es una guerra reaccionaria imperialista, es decir, dirigida por dos grupos mundiales de la burguesía imperialista, violenta, rapaz, reaccionaria, entonces toda burguesía (incluso de un país pequeño) se convierte en participante del saqueo, y mi tarea, la tarea del representante del proletariado revolucionario, es preparar la revolución proletaria mundial, como único salvavidas de los horrores de la matanza mundial. No desde el punto de vista de «mi» país debo razonar (pues este razonamiento es de un obtuso ignorante, de un filisteo nacionalista que no comprende que es un juguete en manos de la burguesía imperialista), sino desde el punto de vista de mi participación en la preparación, en la propaganda, en la aproximación de la revolución proletaria mundial.

Esto es lo que es el internacionalismo, esta es la tarea del internacionalista, del obrero revolucionario, del verdadero socialista. Este es el abecé que «olvidó» el renegado Kautsky. Y su renegadez se vuelve aún más evidente cuando pasa de la aprobación de la táctica de los nacionalistas pequeñoburgueses (mencheviques en Rusia, longuetistas en Francia, Turati en Italia, Haase y Cía. en Alemania) a la crítica de la táctica bolchevique. He aquí esa crítica:

«La revolución bolchevique fue construida sobre el supuesto de que serviría como punto de partida para una revolución europea universal; que la audaz iniciativa de Rusia impulsaría a los proletarios de toda Europa a levantarse.

Bajo tal supuesto era, por supuesto, indiferente qué formas adoptaría la paz rusa por separado, qué cargas y pérdidas territoriales (literalmente: mutilaciones, Verstümmelungen) traería al pueblo ruso, qué interpretación de la autodeterminación de las naciones daría. Entonces también era indiferente si Rusia era capaz de defenderse o no. La revolución europea, según este punto de vista, constituía la mejor defensa de la revolución rusa, debía traer a todos los pueblos en el antiguo territorio ruso una autodeterminación completa y verdadera.

La revolución en Europa, que traería allí el socialismo y lo fortalecería, debía también convertirse en el medio para eliminar aquellos obstáculos que se presentaban en Rusia para la realización de la producción socialista debido al atraso económico del país.

Todo esto era muy lógico y bien fundamentado, si tan solo se admitía el supuesto básico: que la revolución rusa necesariamente debía desencadenar la europea. Bueno, ¿y si esto no ocurre?

Hasta ahora este supuesto no se ha cumplido. Y ahora se acusa a los proletarios de Europa de haber abandonado y traicionado la revolución rusa. Esta es una acusación contra desconocidos, pues ¿a quién hacer responsable por el comportamiento del proletariado europeo?» (pág. 28).

Y Kautsky remacha además que Marx, Engels y Bebel se equivocaron más de una vez acerca del advenimiento de la revolución que esperaban, pero que nunca basaron su táctica en la espera de la revolución «en un plazo determinado» (pág. 29), mientras que, según él, los bolcheviques «lo apostaron todo a una sola carta de la revolución europea general».

Hemos copiado adrede una cita tan larga para mostrar al lector de forma evidente con qué «habilidad» falsea Kautsky el marxismo, sustituyéndolo por el punto de vista vulgar y reaccionario pequeñoburgués.

En primer lugar, atribuir al adversario una estupidez evidente y luego refutarla es un procedimiento de gente no muy inteligente. Si los bolcheviques hubieran basado su táctica en la espera de la revolución en otros países para un plazo determinado, eso habría sido una estupidez indiscutible. Pero el partido bolchevique no cometió esa estupidez: en mi carta a los obreros americanos (20.VIII.1918) me deslindo directamente de esa estupidez, diciendo que contamos con la revolución americana, pero no para un plazo determinado[20]. En mi polémica contra los socialrevolucionarios de izquierda y los «comunistas de izquierda» (enero-marzo de 1918) desarrollé repetidamente la misma idea. Kautsky ha cometido una pequeña... una pequeñísima tergiversación, sobre la cual ha edificado su crítica del bolchevismo. ¡Kautsky ha confundido en una sola la táctica que cuenta con la revolución europea en un plazo más o menos próximo, pero no fijado, y la táctica que cuenta con la revolución europea en un plazo determinado. ¡Un pequeño fraude, muy pequeño!

La segunda táctica es una estupidez. La primera es obligatoria para el marxista, para todo proletario revolucionario e internacionalista; es obligatoria porque solo ella toma en cuenta correctamente, desde el punto de vista marxista, la situación objetiva en todos los países europeos, engendrada por la guerra, solo ella responde a las tareas internacionales del proletariado.

Habiendo sustituido la gran cuestión de los fundamentos de la táctica revolucionaria en general por la pequeña cuestión del error que los revolucionarios bolcheviques podrían haber cometido, pero que no cometieron, ¡Kautsky ha renegado tranquilamente de la táctica revolucionaria en general!

Renegado en política, en teoría ni siquiera sabe plantear la cuestión de las premisas objetivas de la táctica revolucionaria.

Y aquí llegamos al segundo punto.

En segundo lugar. Contar con la revolución europea es obligatorio para el marxista si existe una situación revolucionaria. Es una verdad elemental del marxismo que la táctica del proletariado socialista no puede ser la misma cuando existe una situación revolucionaria y cuando no existe.

Si Kautsky hubiera planteado esta cuestión, obligatoria para el marxista, habría visto que la respuesta resulta totalmente en su contra. Mucho antes de la guerra todos los marxistas, todos los socialistas, estaban de acuerdo en que la guerra europea crearía una situación revolucionaria. Cuando Kautsky aún no era un renegado, lo reconocía clara y terminantemente, tanto en 1902 (*La revolución social*) como en 1909 (*El camino al poder*). El Manifiesto de Basilea, en nombre de toda la II Internacional, lo reconoció: no en vano los socialchovinistas y los kautskianos («centristas», gentes que vacilan entre revolucionarios y oportunistas) de todos los países temen como al fuego las declaraciones correspondientes del Manifiesto de Basilea.

Por consiguiente, la expectativa de una situación revolucionaria en Europa no era una afición de los bolcheviques, sino la opinión común de todos los marxistas. Si Kautsky se libra de esta verdad indiscutible con frases como que los bolcheviques «siempre creyeron en la omnipotencia de la violencia y de la voluntad», eso es precisamente una frase hueca que encubre la huida – y la vergonzosa huida – de Kautsky ante el planteamiento de la cuestión de la situación revolucionaria.

A continuación. ¿Ha llegado o no la situación revolucionaria de hecho? Y Kautsky no ha sabido plantear esta cuestión. A ella responden los hechos económicos: el hambre y la ruina creados por la guerra en todas partes significan una situación revolucionaria. A esta cuestión responden también los hechos políticos: ya desde 1915 se manifestó claramente en todos los países el proceso de escisión de los viejos y podridos partidos socialistas, el proceso de alejamiento de las masas proletarias de los jefes socialchovinistas hacia la izquierda, hacia las ideas y sentimientos revolucionarios, hacia los jefes revolucionarios.

El 5 de agosto de 1918, cuando Kautsky escribía su folleto, sólo podía no ver estos hechos un hombre que teme a la revolución, que la traiciona. Y ahora, a finales de octubre de 1918, la revolución en varios países de Europa crece a la vista de todos y muy rápidamente. El «revolucionario» Kautsky, que desea que se le siga considerando marxista, ¡¡ha resultado ser un filisteo tan miope que – como los filisteos de 1847 ridiculizados por Marx – no vio la revolución que se avecinaba!!

Hemos llegado al tercer punto.

En tercer lugar. ¿Cuáles son las particularidades de la táctica revolucionaria bajo la condición de que exista una situación revolucionaria europea? Kautsky, convertido en renegado, temió plantear esta cuestión, obligatoria para el marxista. Kautsky razona como un típico filisteo pequeñoburgués o un campesino ignorante: ¿ha llegado la «revolución europea general» o no? Si ha llegado, ¡entonces él también está dispuesto a hacerse revolucionario! ¡Pero entonces – observemos nosotros – cualquier canalla (como esos granujas que a veces se pegan ahora a los bolcheviques victoriosos) se declarará revolucionario!

Si no, entonces Kautsky le da la espalda a la revolución. Kautsky no tiene ni la más remota comprensión de la verdad de que lo que distingue al revolucionario marxista del filisteo y del pequeñoburgués es la capacidad de predicar a las masas ignorantes la necesidad de la revolución inminente, demostrar su inevitabilidad, explicar su utilidad para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas.

Kautsky atribuyó a los bolcheviques un absurdo, como si ellos lo hubieran apostado todo a una sola carta, contando con que la revolución europea llegaría en un plazo determinado. Ese absurdo se ha vuelto contra Kautsky, porque según él resultó: ¡la táctica de los bolcheviques sería correcta si la revolución europea hubiera llegado para el 5 de agosto de 1918! Precisamente esa fecha menciona Kautsky como el momento de escribir su folleto. Y cuando, pocas semanas después de ese 5 de agosto, se hizo evidente que la revolución en varios países europeos se avecina, ¡entonces toda la renegación de Kautsky, toda su falsificación del marxismo, toda su incapacidad de razonar revolucionariamente e incluso de plantear las cuestiones revolucionariamente, se manifestó en toda su plenitud!

«Cuando se acusa a los proletarios de Europa de traición – escribe Kautsky –, esa acusación va contra desconocidos.»

Se equivoca, señor Kautsky. Mírese al espejo y verá a esos «desconocidos» contra los que va dirigida la acusación. Kautsky se hace el ingenuo, finge no comprender quién ha lanzado esa acusación y qué sentido tiene. En realidad, Kautsky sabe perfectamente que esa acusación la han formulado y la formulan los «izquierdistas» alemanes, los espartaquistas{137}, Liebknecht y sus amigos. Esa acusación expresa la clara conciencia de que el proletariado alemán cometió una traición a la revolución rusa (e internacional) cuando sofocó a Finlandia, Ucrania, Letonia, Estonia. Esa acusación se dirige ante todo y sobre todo no contra la masa, que siempre está oprimida, sino contra aquellos jefes que, como los Scheidemann y los Kautsky, no cumplieron con su deber de agitación revolucionaria, de propaganda revolucionaria, de trabajo revolucionario en las masas contra su pasividad, que en realidad actuaron en contra de los instintos y aspiraciones revolucionarios, siempre latentes en el seno de la masa de la clase oprimida. Los Scheidemann traicionaron directamente, grosera, cínicamente, la mayoría de las veces por interés, al proletariado y se pasaron al lado de la burguesía. Los kautskianos y los longuistas hicieron lo mismo, vacilando, titubeando, mirando con cobardía a los que son fuertes en el momento dado. Kautsky, con todos sus escritos durante la guerra, apagaba el espíritu revolucionario en lugar de apoyarlo y desarrollarlo.

Esto será un verdadero monumento histórico del embrutecimiento pequeño burgués del «líder mediano» de la socialdemocracia oficial alemana, ¡que Kautsky ni siquiera comprende qué gigantesco significado teórico, qué aún mayor significado agitacional y propagandístico tiene la «acusación» a los proletarios de Europa de que han traicionado la revolución rusa! Kautsky no comprende que esa «acusación» es —bajo las condiciones de censura del «imperio» alemán— casi la única forma en que los socialistas alemanes que no han traicionado el socialismo, Liebknecht y sus amigos, expresan su llamado a los obreros alemanes a deshacerse de los Scheidemann y los Kautsky, a rechazar a tales «líderes», a liberarse de su predicación embrutecedora y envilecedora, a levantarse contra ellos, pasando por encima de ellos, a través de ellos, hacia la revolución, ¡hacia la revolución!

Kautsky no comprende esto. ¿Dónde va a entender la táctica de los bolcheviques? ¿Se puede esperar de un hombre que reniega de la revolución en general que sopesara y evaluara las condiciones del desarrollo de la revolución en uno de los casos más «difíciles»?

La táctica de los bolcheviques fue correcta, fue la única táctica internacionalista, porque se basaba no en el miedo cobarde a la revolución mundial, no en la «incredulidad» pequeño burguesa en ella, no en el deseo estrechamente nacionalista de defender la «propia» patria (la patria de su burguesía) y «escupir» en todo lo demás, sino que se basaba en la correcta apreciación (reconocida universalmente antes de la guerra, antes de la renegación de los socialchovinistas y sociopacifistas) de la situación revolucionaria europea. Esta táctica fue la única internacionalista, porque llevaba al máximo lo realizable en un solo país para el desarrollo, el apoyo, el despertar de la revolución en todos los países. Esta táctica se justificó con un enorme éxito, porque el bolchevismo (no en absoluto por méritos de los bolcheviques rusos, sino por la más profunda simpatía de las masas en todas partes hacia una táctica realmente revolucionaria) se convirtió en bolchevismo mundial, dio la idea, la teoría, el programa, la táctica que se diferencia concreta y prácticamente del socialchovinismo y el sociopacifismo. El bolchevismo remató al viejo y podrido Internacional de los Scheidemann y los Kautsky, los Renaudel y los Longuet, los Henderson y los MacDonald, que ahora se estorbarán unos a otros, soñando con la «unidad» y resucitando al cadáver. El bolchevismo creó las bases ideológicas y tácticas de la III Internacional, verdaderamente proletaria y comunista, que tiene en cuenta tanto las conquistas de la época pacífica como la experiencia de la época de revoluciones que ha comenzado.

El bolchevismo popularizó en todo el mundo la idea de la «dictadura del proletariado», tradujo estas palabras del latín primero al ruso y luego a todos los idiomas del mundo, mostrando con el ejemplo del poder soviético que los obreros y los campesinos más pobres, incluso de un país atrasado, incluso los menos experimentados, cultos, acostumbrados a la organización, fueron capaces, durante un año entero, en medio de gigantescas dificultades, en la lucha contra los explotadores (a quienes apoyaba la burguesía de todo el mundo), de mantener el poder de los trabajadores, de crear una democracia inconmensurablemente más alta y amplia que todas las democracias anteriores del mundo, de comenzar la creación de decenas de millones de obreros y campesinos en la realización práctica del socialismo.

El bolchevismo ayudó de hecho al desarrollo de la revolución proletaria en Europa y en América tan fuertemente como ningún partido en ningún país había logrado ayudar hasta ahora. Mientras que a los obreros de todo el mundo les resulta cada día más claro que la táctica de los Scheidemann y los Kautsky no los libró de la guerra imperialista ni de la esclavitud asalariada de la burguesía imperialista, que esta táctica no sirve como modelo para todos los países, en ese mismo tiempo a las masas de proletarios de todos los países les resulta cada día más claro que el bolchevismo señaló el camino correcto para salvarse de los horrores de la guerra y del imperialismo, que el bolchevismo sirve como modelo de táctica para todos.

No solo la revolución proletaria paneuropea, sino la mundial, madura a la vista de todos, y la victoria del proletariado en Rusia la ayudó, la aceleró, la apoyó. ¿Es esto poco para la victoria completa del socialismo? Por supuesto, es poco. Un solo país no puede hacer más. Pero ese único país, gracias al poder soviético, ha hecho sin embargo tanto que incluso si el poder soviético ruso fuera aplastado mañana por el imperialismo mundial, digamos, mediante un acuerdo del imperialismo alemán con el anglo-francés, incluso en ese caso, el peor de los peores, la táctica bolchevique habría resultado haber traído un enorme beneficio al socialismo y haber apoyado el crecimiento de la revolución mundial invencible.

## Servilismo a la burguesía bajo la apariencia de «análisis económico»

Como ya se dijo, el libro de Kautsky debería llamarse —si el título transmitiera correctamente el contenido— no «La dictadura del proletariado», sino «Reiteración de los ataques burgueses contra los bolcheviques».

Las viejas «teorías» de los mencheviques sobre el carácter burgués de la revolución rusa, es decir, la vieja deformación del marxismo por los mencheviques (¡rechazada por Kautsky en 1905!), ahora son recalentadas por nuestro teórico. Habrá que detenerse en esta cuestión, por aburrida que sea para los marxistas rusos.

La revolución rusa es burguesa —decían todos los marxistas de Rusia antes de 1905. Los mencheviques, sustituyendo el marxismo por el liberalismo, deducían de ahí: por consiguiente, el proletariado no debe ir más allá de lo que es aceptable para la burguesía, debe llevar una política de acuerdo con ella. Los bolcheviques decían que esta es una teoría liberal burguesa. La burguesía tiende a realizar la transformación del Estado de modo burgués, reformista, y no revolucionario, conservando en lo posible tanto la monarquía como la propiedad terrateniente, etc. El proletariado debe llevar la revolución democrático burguesa hasta su fin, sin dejarse «atar» por el reformismo de la burguesía. La correlación de clases en la revolución burguesa la formularon los bolcheviques así: el proletariado, atrayendo hacia sí al campesinado, neutraliza a la burguesía liberal y destruye hasta el final la monarquía, el medioevo, la propiedad terrateniente.

En la alianza del proletariado con el campesinado en general se manifiesta el carácter burgués de la revolución, porque el campesinado en general son pequeños productores que están sobre la base de la producción mercantil. Posteriormente, añadían entonces los bolcheviques, el proletariado, atrayendo hacia sí a todo el semiproletariado (todos los explotados y trabajadores), neutraliza al campesinado medio y derroca a la burguesía: en esto consiste la revolución socialista, a diferencia de la democrático burguesa. (Véase mi folleto de 1905: «Dos tácticas», reimpreso en la colección: «En 12 años», Petersburgo, 1907.)

Kautsky tomó parte indirecta en esta polémica en 1905, pronunciándose, a petición del entonces menchevique Plejánov, en el fondo de la cuestión, contra Plejánov, lo que provocó entonces burlas especiales de la prensa bolchevique. Ahora Kautsky no recuerda ni una palabra de aquellas polémicas (¡teme ser desenmascarado por sus propias declaraciones!) y priva así al lector alemán de toda posibilidad de entender el meollo del asunto. El señor Kautsky no pudo contarles a los obreros alemanes en 1918 cómo en 1905 él estaba por la alianza de los obreros con los campesinos, y no con la burguesía liberal, y en qué condiciones defendía esa alianza, qué programa proyectaba para esa alianza.

Retrocediendo, Kautsky bajo la apariencia de «análisis económico», con frases altivas sobre el «materialismo histórico», defiende ahora la subordinación de los obreros a la burguesía, masticando, con ayuda de citas del menchevique Maslov, las viejas concepciones liberales de los mencheviques; con estas citas se demuestra una nueva idea sobre el atraso de Rusia, pero la conclusión de esta nueva idea se hace la vieja, en el sentido de que durante una revolución burguesa no hay que ir más allá de la burguesía. ¡Y esto, contra todo lo que dijeron Marx y Engels al comparar la revolución burguesa de 1789-1793 en Francia con la revolución burguesa en Alemania en 1848!

Antes de pasar al principal «argumento» y al principal contenido del «análisis económico» de Kautsky, señalemos que las primeras frases ya revelan una curiosa confusión de pensamiento o falta de meditación del autor:

«La base económica de Rusia —predica nuestro «teórico»— es todavía hoy la agricultura, y precisamente la pequeña producción campesina. De ella vive cerca de 4/5, quizás incluso 5/6 de la población» (pág. 45). En primer lugar, querido teórico, ¿ha pensado usted cuántos explotadores puede haber entre esa masa de pequeños productores? Claro está, no más de 1/10 de su número total, y en las ciudades aún menos, pues allí la gran producción está más desarrollada. Tome incluso una cifra increíblemente alta, suponga que 1/5 de los pequeños productores son explotadores que pierden el derecho de voto. Entonces resultará que el 66% de bolcheviques en el V Congreso de los Soviets representaban a la mayoría de la población. Y a esto hay que añadir que entre los socialrevolucionarios de izquierda hubo siempre una parte considerable partidaria del poder soviético, es decir, en principio todos los socialrevolucionarios de izquierda estaban por el poder soviético, y cuando una parte de ellos emprendió la sublevación-aventura de julio de 1918, se separaron de su antiguo partido dos nuevos partidos: el de los «populistas-comunistas» y el de los «comunistas revolucionarios»{140} (de entre los destacados socialrevolucionarios de izquierda, a quienes el antiguo partido había elevado a los más importantes cargos del Estado; al primero pertenece, por ejemplo, Zaks, al segundo, Kolegáyev). Por consiguiente, Kautsky mismo ha refutado —¡sin querer!— el ridículo cuento de que tras los bolcheviques está la minoría de la población.

En segundo lugar, querido teórico, ¿ha pensado usted en que el pequeño productor campesino oscila inevitablemente entre el proletariado y la burguesía? Esta verdad marxista, confirmada por toda la historia moderna de Europa, Kautsky la ha «olvidado» muy oportunamente, pues ella pulveriza toda la «teoría» menchevique que él repite. Si Kautsky no la hubiera «olvidado», no podría negar la necesidad de la dictadura del proletariado en un país con predominio de pequeños productores campesinos.

Examinemos el contenido principal del «análisis económico» de nuestro teórico.

Que el poder soviético es una dictadura es indiscutible, dice Kautsky. «¿Pero es esta la dictadura del proletariado?» (pág. 34).

«Según la Constitución soviética, los campesinos constituyen la mayoría de la población que tiene derecho a participar en la legislación y la administración. Lo que se nos presenta como dictadura del proletariado resultaría, si esto se llevara a cabo consecuentemente y si una clase, en general, pudiera ejercer directamente la dictadura, lo cual solo es realizable para un partido, resultaría la dictadura del campesinado» (pág. 35).

Y, extraordinariamente satisfecho con tan profunda e ingeniosa argumentación, el buen Kautsky intenta bromear: «Resulta como si la realización más indolora del socialismo estuviera asegurada cuando se la entregue en manos de los campesinos» (pág. 35).

Con el mayor detalle, con una serie de citas enormemente eruditas del semiliberal Maslov, nuestro teórico demuestra la nueva idea del interés del campesinado en los altos precios del pan, en los bajos salarios para los obreros urbanos, etc., etc. Estas nuevas ideas, dicho sea de paso, son tanto más aburridas cuanto menos atención se presta a los fenómenos realmente nuevos de la posguerra, por ejemplo, al hecho de que los campesinos exigen a cambio del pan no dinero, sino mercancías, que los campesinos carecen de herramientas, que no pueden conseguirse en número suficiente por dinero alguno. Sobre esto hablaremos en particular más adelante.

Así, pues, Kautsky acusa a los bolcheviques, al partido del proletariado, de haber entregado la dictadura, la causa de la realización del socialismo, en manos del campesinado pequeñoburgués. ¡Muy bien, señor Kautsky! ¿Cuáles deberían haber sido, según su ilustrada opinión, las relaciones del partido proletario con el campesinado pequeñoburgués?

Sobre esto nuestro teórico ha preferido callar —probablemente recordando el proverbio: «la palabra es plata, el silencio es oro». Pero Kautsky se ha delatado con el siguiente razonamiento:

«Al comienzo de la república soviética, los Soviets campesinos representaban organizaciones del campesinado en general. Ahora esta república proclama que los Soviets representan organizaciones de proletarios y campesinos pobres. Los campesinos acomodados pierden el derecho de voto en los Soviets. El campesino pobre es reconocido aquí como un producto permanente y masivo de la reforma agraria socialista bajo la “dictadura del proletariado”» (pág. 48).

¡Qué ironía mortífera! Puede oírse en Rusia de labios de cualquier burgués: todos se regodean y ríen de que la república soviética reconozca abiertamente la existencia de campesinos pobres. Se ríen del socialismo. Es su derecho. Pero un «socialista» que se ríe de que después de una guerra de cuatro años, la más destructiva, nos queden —y por mucho tiempo quedarán— campesinos pobres, ese «socialista» solo podía nacer en un ambiente de renegación masiva.

Escuchen más adelante:

«…La república soviética interviene en las relaciones entre campesinos ricos y pobres, pero no mediante un nuevo reparto de la tierra. Para eliminar la necesidad de pan de los ciudadanos, se envían al campo destacamentos de obreros armados, que quitan a los campesinos ricos los excedentes de pan. Una parte de este pan se entrega a la población urbana, otra a los campesinos más pobres» (pág. 48).

Naturalmente, el socialista y marxista Kautsky está profundamente indignado por la idea de que tal medida pudiera extenderse más allá de las cercanías de las grandes ciudades (y entre nosotros se extiende a todo el país). El socialista y marxista Kautsky observa edificante, con la incomparable, sin par, admirable sangre fría (o estupidez) del filisteo: «…Ellas (las expropiaciones a los campesinos acomodados) introducen un nuevo elemento de inquietud y guerra civil en el proceso de producción…» (¡la guerra civil introducida en el «proceso de producción» es ya algo sobrenatural!) «…que para su saneamiento necesita imperiosamente tranquilidad y seguridad» (49).

Sí, sí, en cuanto a la tranquilidad y seguridad para los explotadores y especuladores del pan, que ocultan sus excedentes, sabotean la ley sobre el monopolio del pan y llevan al hambre a la población de las ciudades —en cuanto a esto, el marxista y socialista Kautsky debe, claro está, suspirar y derramar una lágrima. Todos nosotros, socialistas y marxistas e internacionalistas —gritan a coro los señores Kautsky, Heinrich Weber (Viena), Longuet (París), MacDonald (Londres), etc.—, todos estamos por la revolución de la clase obrera, solo que… solo que de modo que no se perturbe la tranquilidad y seguridad de los especuladores del pan. ¡Y este sucio servilismo ante los capitalistas lo encubrimos con la referencia «marxista» al «proceso de producción»…! Si esto es marxismo, ¿cómo se llama entonces el lacayismo ante la burguesía?

Miren lo que ha resultado de nuestro teórico. Acusa a los bolcheviques de presentar la dictadura del campesinado como dictadura del proletariado. Y al mismo tiempo nos acusa de introducir la guerra civil en el campo (nosotros consideramos esto un mérito), de enviar al campo destacamentos de obreros armados que proclaman abiertamente que realizan la «dictadura del proletariado y del campesinado más pobre», ayudan a este último, expropian a los especuladores, a los campesinos ricos, los excedentes de pan que ocultan infringiendo la ley sobre el monopolio del pan.

Por un lado, nuestro teórico marxista está por la democracia pura, por la subordinación de la clase revolucionaria, conductora de los trabajadores y explotados, a la mayoría de la población (incluyendo, por tanto, a los explotadores). Por otro lado, nos explica contra nosotros la inevitabilidad del carácter burgués de la revolución, burgués porque el campesinado en su conjunto se sitúa en el terreno de las relaciones sociales burguesas, y al mismo tiempo pretende defender el punto de vista proletario, de clase, marxista.

En lugar de «análisis económico», esto es una papilla y una confusión de primer orden. En lugar de marxismo, esto son jirones de doctrinas liberales y una prédica de lacayismo ante la burguesía y ante los kulaks.

La cuestión que Kautsky enredó ya la aclararon los bolcheviques completamente en 1905. Sí, nuestra revolución es burguesa mientras vamos junto con el campesinado en su conjunto. Esto lo comprendíamos más claro que el agua, lo dijimos cientos y miles de veces desde 1905, jamás intentamos saltarnos ni abolir por decreto esta necesaria etapa del proceso histórico. Los esfuerzos de Kautsky por «denunciarnos» en este punto solo delatan la confusión de sus ideas y su miedo a recordar lo que él mismo escribió en 1905, cuando aún no era un renegado.

Pero en 1917, desde el mes de abril, mucho antes de la Revolución de Octubre, antes de que tomáramos el poder, dijimos abiertamente y explicamos al pueblo: la revolución no podrá detenerse ahora en esto, porque el país ha avanzado, el capitalismo ha dado un paso adelante, la ruina ha llegado a proporciones inauditas que exigirán (lo quiera alguien o no) pasos adelante, hacia el socialismo. Porque de otro modo no se puede avanzar, no se puede salvar al país desgarrado por la guerra, no se pueden aliviar los sufrimientos de los trabajadores y los explotados.

Ocurrió exactamente como dijimos. El curso de la revolución confirmó la corrección de nuestro razonamiento. Primero, junto con el campesinado «en su conjunto» contra la monarquía, contra los terratenientes, contra la Edad Media (y en esa medida la revolución sigue siendo burguesa, burgueso-democrática). Luego, junto con el campesinado más pobre, junto con el semiproletariado, junto con todos los explotados, contra el capitalismo, incluyendo a los ricos del campo, kulaks, especuladores, y en esa medida la revolución se vuelve socialista. Intentar levantar un muro artificial, a la china, entre una y otra, separarlas entre sí con algo distinto al grado de preparación del proletariado y al grado de su unificación con la pobreza rural, es la mayor tergiversación del marxismo, su envilecimiento, su sustitución por el liberalismo. Eso significaría, mediante referencias seudocientíficas a la progresividad de la burguesía con respecto a la Edad Media, hacer pasar de contrabando la defensa reaccionaria de la burguesía con respecto al proletariado socialista.

Los Soviets, entre otras cosas, representan precisamente por eso una forma y un tipo de democratismo inconmensurablemente más elevados, pues, al unir e incorporar a la política a la masa de obreros y campesinos, ofrecen el barómetro más cercano al «pueblo» (en el sentido en que Marx habló en 1871 de la revolución verdaderamente popular){141}, el más sensible al desarrollo y crecimiento de la madurez política y de clase de las masas. La Constitución soviética no se escribió según ningún «plan», no se redactó en gabinetes, no fue impuesta a los trabajadores por juristas de la burguesía. No, esta Constitución surgió del curso del desarrollo de la lucha de clases, a medida que maduraban las contradicciones de clase. Precisamente los hechos que Kautsky se ve obligado a reconocer lo demuestran.

Al principio, los Soviets unían al campesinado en su conjunto. El subdesarrollo, el atraso, la oscuridad precisamente de los campesinos más pobres entregaban la dirección en manos de los kulaks, los ricos, los capitalistas, los intelectuales pequeñoburgueses. Fue la época del dominio de la pequeña burguesía, de los mencheviques y de los socialrevolucionarios (solo los necios o los renegados como Kautsky pueden considerar socialistas a unos y otros). La pequeña burguesía oscilaba inevitable e inexorablemente entre la dictadura de la burguesía (Kerenski, Kornílov, Savinkov) y la dictadura del proletariado, porque la pequeña burguesía es incapaz de nada independiente, por las propiedades fundamentales de su situación económica. Dicho sea de paso, Kautsky reniega por completo del marxismo al salir del paso en el análisis de la revolución rusa con el concepto jurídico, formal, de «democracia», que sirve a la burguesía para encubrir su dominación y engañar a las masas, olvidando que la «democracia» expresa de hecho unas veces la dictadura de la burguesía, otras veces el reformismo impotente del pequeñoburgués que se somete a esa dictadura, etc. Según Kautsky, resulta que en un país capitalista había partidos burgueses, había uno proletario que arrastraba a la mayoría del proletariado, a su masa (los bolcheviques), ¡pero no había partidos pequeñoburgueses! ¡No había raíces de clase, raíces pequeñoburguesas de los mencheviques y eseristas!

Las vacilaciones de la pequeña burguesía, de los mencheviques y eseristas, ilustraron a las masas y alejaron de esos «jefes» a la inmensa mayoría de ellas, a todos los «estratos inferiores», a todos los proletarios y semiproletarios. En los Soviets obtuvieron la predominancia (en Petrogrado y Moscú hacia octubre de 1917) los bolcheviques, entre los eseristas y mencheviques se intensificó la escisión.

La revolución bolchevique victoriosa significó el fin de las vacilaciones, significó la destrucción total de la monarquía y de la propiedad terrateniente (antes de la Revolución de Octubre no había sido destruida). La revolución burguesa fue llevada por nosotros hasta el final. El campesinado en su conjunto nos siguió. Su antagonismo hacia el proletariado socialista no pudo manifestarse en un solo momento. Los Soviets unían al campesinado en general. La división de clases dentro del campesinado aún no había madurado, aún no había aflorado.

Este proceso se desarrolló en el verano y el otoño de 1918. La insurrección contrarrevolucionaria checoslovaca despertó a los kulaks. Por Rusia se extendió una ola de levantamientos kulacos. El campesinado más pobre no aprendió de los libros ni de los periódicos, sino de la vida, la irreconciliabilidad de sus intereses con los de los kulaks, los ricos, la burguesía rural. Los «eseristas de izquierda», como todo partido pequeñoburgués, reflejaban las vacilaciones de las masas, y precisamente en el verano de 1918 se escindieron: una parte fue junto con los checoslovacos (la insurrección en Moscú, cuando Proshian, al apoderarse del telégrafo –¡durante una hora!–, informó a Rusia del derrocamiento de los bolcheviques; luego la traición del comandante en jefe del ejército contra los checoslovacos, Muraviov{142}, etc.); otra parte, la mencionada más arriba, se quedó con los bolcheviques.

El agravamiento de la necesidad de alimentos en las ciudades planteaba cada vez más crudamente la cuestión del monopolio del grano (¡que el «teórico» Kautsky «olvidó» en su análisis económico, repitiendo lugares comunes leídos diez años atrás en Maslov!).

El viejo Estado, terrateniente y burgués, incluso el democrático-republicano, enviaba al campo destacamentos armados que se hallaban de hecho a disposición de la burguesía. ¡El señor Kautsky no sabe esto! ¡En esto no ve la «dictadura de la burguesía», Dios nos libre! ¡Esto es «democracia pura», especialmente si lo aprobara un parlamento burgués! Sobre cómo Avkséntiev y S. Maslov, en compañía de los Kerenski, Tsereteli y demás gente de los eseristas y mencheviques, arrestaban en el verano y el otoño de 1917 a los miembros de los comités agrarios, de esto Kautsky «no ha oído hablar», ¡de esto guarda silencio!

Todo el asunto está en que el Estado burgués, que ejerce la dictadura de la burguesía por mediación de la república democrática, no puede confesar ante el pueblo que sirve a la burguesía, no puede decir la verdad, se ve obligado a ser hipócrita.

En cambio, el Estado del tipo de la Comuna, el Estado soviético, dice abierta y directamente la verdad al pueblo, declarando que es la dictadura del proletariado y del campesinado más pobre, atrayendo hacia sí precisamente con esa verdad a decenas y decenas de millones de nuevos ciudadanos, oprimidos en cualquier república democrática, incorporados a la política, a la democracia, a la administración del Estado, por los Soviets. La República Soviética envía al campo destacamentos de obreros armados, en primer lugar los más avanzados, de las capitales. Estos obreros llevan el socialismo al campo, atraen a su lado a la pobreza, la organizan y la instruyen, la ayudan a sofocar la resistencia de la burguesía.

Todos los que conocen el asunto y han estado en el campo dicen que nuestro campo solo en el verano y el otoño de 1918 vive por sí mismo la revolución de «Octubre» (es decir, proletaria). Se produce un viraje. La ola de levantamientos kulacos es reemplazada por el auge de la pobreza, el crecimiento de los «comités de pobres». En el ejército aumenta el número de comisarios obreros, de oficiales obreros, de comandantes de divisiones y ejércitos obreros. Mientras el tontorrón de Kautsky, asustado por la crisis de julio (1918){143} y los alaridos de la burguesía, corre detrás de ella «como un perrito faldero» y escribe todo un folleto imbuido del convencimiento de que los bolcheviques están en vísperas de ser derrocados por el campesinado; mientras este tontorrón ve un «estrechamiento» (pág. 37) del círculo de quienes apoyan a los bolcheviques en el desprendimiento de los eseristas de izquierda, en ese mismo momento el círculo real de partidarios del bolchevismo crece inmensamente, porque decenas y decenas de millones de pobres del campo despiertan a una vida política independiente, liberándose de la tutela y de la influencia de los kulaks y de la burguesía rural.

Perdimos cientos de eseristas de izquierda, intelectuales sin carácter y kuláks del campesinado; adquirimos millones de representantes de los pobres[22].

Un año después de la revolución proletaria en las capitales, bajo su influencia y con su ayuda, llegó la revolución proletaria en los rincones rurales apartados, que consolidó definitivamente el poder soviético y el bolchevismo, demostrando definitivamente que no hay fuerzas dentro del país contra él.

Al haber completado la revolución democrático-burguesa junto con el campesinado en general, el proletariado de Rusia pasó definitivamente a la revolución socialista cuando logró dividir el campo, unir a sus proletarios y semiproletarios consigo, aglutinándolos contra los kuláks y la burguesía, incluida la burguesía campesina.

Si el proletariado bolchevique de las capitales y los grandes centros industriales no hubiera logrado unir en torno suyo a los pobres del campo contra el campesinado rico, entonces se habría demostrado la «inmadurez» de Rusia para la revolución socialista; entonces el campesinado habría permanecido «íntegro», es decir, habría permanecido bajo la dirección económica, política y espiritual de los kuláks, los ricos, la burguesía; entonces la revolución no habría superado los límites de la revolución democrático-burguesa. (Pero ni siquiera esto, dicho sea de paso, habría demostrado que el proletariado no debía haber tomado el poder, pues solo el proletariado llevó realmente hasta el fin la revolución democrático-burguesa, solo el proletariado hizo algo serio para acercar la revolución proletaria mundial, solo el proletariado creó el Estado soviético, el segundo paso, después de la Comuna, en dirección al Estado socialista.)

Por otra parte, si el proletariado bolchevique hubiera intentado de inmediato, en octubre-noviembre de 1917, sin haber sabido esperar la estratificación de clases del campo, sin haber sabido prepararla y llevarla a cabo, hubiera intentado «decretar» la guerra civil o la «introducción del socialismo» en el campo, hubiera intentado prescindir del bloque temporal (alianza) con el campesinado en general, sin una serie de concesiones al campesino medio, etc., entonces esto habría sido una deformación blanquista{144} del marxismo, entonces esto habría sido un intento de una minoría de imponer su voluntad a la mayoría, entonces esto habría sido un absurdo teórico, una incomprensión de que la revolución campesina general es aún una revolución burguesa y de que sin una serie de transiciones, de escalones de transición, no se puede hacerla socialista en un país atrasado.

Kautsky lo ha confundido todo en la cuestión teórica y política más importante, y en la práctica ha resultado ser simplemente un servidor de la burguesía, que clama contra la dictadura del proletariado.

Una confusión igual, si no mayor, ha introducido Kautsky en otra cuestión interesantísima e importantísima, a saber: ¿estaba planteada correctamente en principio, y luego fue llevada a cabo de manera conveniente, la actividad legislativa de la república soviética en la transformación agraria, esta transformación socialista la más difícil y a la vez la más importante? Estaríamos inmensamente agradecidos a cualquier marxista de Europa occidental que, tras conocer aunque solo fuera los documentos más importantes, hiciera una crítica de nuestra política, pues con ello nos ayudaría extraordinariamente, ayudaría también a la revolución que está madurando en todo el mundo. Pero Kautsky, en lugar de crítica, ofrece una confusión teórica increíble, que convierte el marxismo en liberalismo, y en la práctica, salidas vacías, maliciosas y pequeñoburguesas contra los bolcheviques. Que juzgue el lector:

«El gran latifundio no podía mantenerse. Esto lo hizo la revolución. Esto se volvió claro de inmediato. No podía sino ser transferido a la población campesina…» (Incorrecto, señor Kautsky: usted sustituye lo «claro» para usted por la actitud de las diferentes clases ante la cuestión; la historia de la revolución ha demostrado que el gobierno de coalición de la burguesía con los pequeñoburgueses, mencheviques y eseristas, llevó una política de conservación del gran latifundio. Esto lo demostró especialmente la ley de S. Maslov y los arrestos de los miembros de los comités agrarios{145}. Sin la dictadura del proletariado, la «población campesina» no habría vencido al terrateniente, unido al capitalista.)

«…Sin embargo, en cuanto a las formas en que esto debía ocurrir, no había unidad. Eran pensables diversas soluciones…» (A Kautsky le preocupa sobre todo la «unidad» de los «socialistas», quienquiera que se llame a sí mismo con ese nombre. Olvida que las clases fundamentales de la sociedad capitalista deben llegar a soluciones diferentes.) «…Desde el punto de vista socialista, lo más racional habría sido transferir las grandes empresas a la propiedad estatal y asignar a los campesinos que hasta entonces habían estado ocupados en ellas como asalariados el cultivo de las grandes haciendas en formas de asociación. Pero esta solución presupone tales trabajadores agrícolas, que no existen en Rusia. Otra solución podría haber sido la transferencia del gran latifundio a la propiedad estatal, con su división en pequeñas parcelas, arrendadas a los campesinos con poca tierra. Entonces se habría realizado algo de socialismo…»

Kautsky se despacha, como siempre, con el famoso: por una parte, no se puede dejar de reconocer, por otra parte, hay que confesar. Coloca una junto a otra diversas soluciones, sin plantearse el pensamiento —el único pensamiento real, el único pensamiento marxista— de cómo deben ser las transiciones del capitalismo al comunismo en tales condiciones particulares. En Rusia hay trabajadores agrícolas asalariados, pero son pocos, y Kautsky ni siquiera ha tocado la cuestión planteada por el poder soviético sobre cómo pasar al cultivo comunal y asociativo de la tierra. Lo más curioso, sin embargo, es que Kautsky quiere ver «algo de socialismo» en la distribución de pequeñas parcelas de tierra en arriendo. En realidad, esto es una consigna pequeñoburguesa, y no hay nada «de socialismo» aquí. Si el «Estado» que arrienda las tierras no es un Estado del tipo de la Comuna, sino una república parlamentaria burguesa (precisamente ese es el supuesto constante de Kautsky), entonces el arriendo de tierras en pequeñas parcelas será una típica reforma liberal.

Sobre que el poder soviético abolió toda propiedad sobre la tierra, Kautsky calla. Peor aún. Comete una increíble falsificación y cita los decretos del poder soviético omitiendo lo más sustancial.

Habiendo declarado que «la pequeña producción tiende a la completa propiedad privada de los medios de producción», que la Asamblea Constituyente sería la «única autoridad» capaz de impedir el reparto (afirmación que provocará risas en Rusia, pues todos saben que los obreros y campesinos consideran autoritarios solo a los Soviets, mientras que la Asamblea Constituyente se ha convertido en la consigna de los checoslovacos y los terratenientes), Kautsky continúa:

«Uno de los primeros decretos del gobierno soviético dispuso: 1. La propiedad terrateniente sobre la tierra queda abolida inmediatamente sin indemnización alguna. 2. Las haciendas terratenientes, así como todas las tierras, las de la familia imperial, los monasterios, las iglesias, con todo su inventario vivo y muerto, las construcciones señoriales y todos sus accesorios, pasan a disposición de los comités agrarios de volost y de los Soviets de diputados campesinos de distrito, hasta que la Asamblea Constituyente resuelva la cuestión de la tierra.»

Habiendo citado solo estos dos puntos, Kautsky concluye:

«La referencia a la Asamblea Constituyente quedó en letra muerta. De hecho, los campesinos de las distintas volosts podían hacer con la tierra lo que quisieran» (47).

¡He aquí las muestras de la «crítica» de Kautsky! ¡He aquí el trabajo «erudito» que más se parece a un fraude! Al lector alemán se le sugiere que los bolcheviques capitularon ante el campesinado en la cuestión de la propiedad privada de la tierra! ¡que los bolcheviques dejaron a los campesinos, por separado («distintas volosts»), hacer lo que quisieran!

Y en realidad, el decreto citado por Kautsky —el primer decreto, emitido el 26 de octubre de 1917 (calendario juliano)[23]— no consta de 2, sino de 5 artículos más ocho artículos del «mandato», y se dice del mandato que «debe servir de guía».

En el artículo 3 del decreto se dice que las explotaciones pasan «al pueblo», que es obligatorio hacer un «inventario exacto de todos los bienes confiscados» y la «más rigurosa guardia revolucionaria». Y en la Instrucción se dice que «el derecho de propiedad privada sobre la tierra queda abolido para siempre», que «las parcelas de tierra con explotaciones de alta cultura» «no están sujetas a reparto», que «todo el inventario agrícola de las tierras confiscadas, vivo y muerto, pasa al uso exclusivo del Estado o de la comuna, según su importancia y tamaño, sin indemnización», que «toda la tierra pasa a formar el fondo nacional de tierras».

Además, simultáneamente a la disolución de la Asamblea Constituyente (5 de enero de 1918), el Tercer Congreso de los Soviets aprobó la «Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado»[24], que ahora forma parte de la Ley Fundamental de la República Soviética. En esta declaración, el artículo II, 1, dice que «la propiedad privada de la tierra queda abolida» y que «las haciendas modelo y las empresas agrícolas son declaradas patrimonio nacional».

Por consiguiente, la referencia a la Asamblea Constituyente no quedó en letra muerta, ya que otra institución representativa nacional, incomparablemente más autorizada a los ojos del campesinado, asumió la solución de la cuestión agraria.

Además, el 6 (19) de febrero de 1918 se publicó la ley de socialización de la tierra, que confirma una vez más la abolición de toda propiedad sobre la tierra, transfiere la disposición tanto de la tierra como de todo el inventario de propiedad privada a las autoridades soviéticas bajo el control del poder soviético federal; entre los objetivos de la disposición de la tierra establece

«el desarrollo de la economía colectiva en la agricultura, como más ventajosa en términos de ahorro de trabajo y productos, a expensas de las economías individuales, con el fin de la transición a la economía socialista» (artículo 11, inciso d).

Al introducir el uso igualitario de la tierra, esta ley responde a la pregunta fundamental: «¿quién tiene derecho a usar la tierra?»:

(Artículo 20). «Parcelas individuales de la superficie terrestre para necesidades públicas y personales dentro de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia pueden ser usadas por: A) Con fines culturales y educativos: 1) el Estado, representado por los órganos del poder soviético (federal, regional, provincial, de distrito, de volost y rural). 2) Organizaciones públicas (bajo control y con permiso de las autoridades soviéticas locales). B) Para la agricultura: 3) comunas agrícolas. 4) cooperativas agrícolas. 5) sociedades rurales. 6) familias e individuos…»

El lector ve que Kautsky ha tergiversado completamente las cosas y ha presentado al lector alemán de una forma absolutamente falsa la política agraria y la legislación agraria del estado proletario en Rusia.

¡Kautsky ni siquiera supo plantear las cuestiones teóricamente importantes y fundamentales!

Estas cuestiones son las siguientes:

(1) el igualitarismo en el uso de la tierra y

(2) la nacionalización de la tierra, – la relación de una y otra medida con el socialismo en general y con la transición del capitalismo al comunismo en particular.

(3) El cultivo social de la tierra como transición de la agricultura pequeña y dispersa a la gran agricultura social; ¿satisface la formulación de esta cuestión en la legislación soviética las exigencias del socialismo?

Sobre la primera cuestión, es necesario establecer ante todo los dos hechos fundamentales siguientes: (a) los bolcheviques, incluso teniendo en cuenta la experiencia de 1905 (me remito, por ejemplo, a mi trabajo sobre la cuestión agraria en la primera revolución rusa[25]), señalaban el significado democrático-progresista, democrático-revolucionario de la consigna del igualitarismo y, en 1917, antes de la Revolución de Octubre, hablaban de ello con toda claridad. (b) Al promulgar la ley de socialización de la tierra –ley cuyo «alma» es la consigna del uso igualitario de la tierra–, los bolcheviques declararon con total precisión y claridad: esta idea no es nuestra, no estamos de acuerdo con tal consigna, pero consideramos nuestro deber aplicarla, porque así lo exige la abrumadora mayoría del campesinado. Y las ideas y exigencias de la mayoría de los trabajadores deben ser vividas por ellos mismos: ni «abolir» tales exigencias ni «saltar por encima» de ellas es posible. Nosotros, los bolcheviques, ayudaremos al campesinado a superar las consignas pequeño-burguesas, a pasar de ellas lo más rápido y lo más fácilmente posible a las socialistas.

Un teórico marxista que quisiera ayudar a la revolución obrera con su análisis científico debería haber respondido, en primer lugar, si es cierto que la idea del igualitarismo en el uso de la tierra tiene un significado democrático-revolucionario, el significado de llevar hasta el final la revolución burguesa-democrática. En segundo lugar, si los bolcheviques actuaron correctamente al aprobar con sus votos (y cumplir lealmente) la ley pequeño-burguesa sobre el igualitarismo.

¡Kautsky ni siquiera supo notar en qué consiste, teóricamente, el meollo de la cuestión!

Kautsky nunca habría podido refutar que la idea del igualitarismo tiene un significado progresista y revolucionario en la revolución burguesa-democrática. Más allá de esto, esta revolución no puede ir. Al llegar hasta el final, muestra con tanta más claridad, rapidez y facilidad ante las masas la insuficiencia de las soluciones burguesas-democráticas, la necesidad de salir de sus marcos, de pasar al socialismo.

El campesinado, que ha derrocado al zarismo y a los terratenientes, sueña con el igualitarismo, y ninguna fuerza podría impedírselo a los campesinos, liberados tanto de los terratenientes como del estado burgués-parlamentario, republicano. Los proletarios dicen a los campesinos: les ayudaremos a llegar al capitalismo «ideal», porque el igualitarismo en el uso de la tierra es una idealización del capitalismo desde el punto de vista del pequeño productor. Y al mismo tiempo, les mostraremos la insuficiencia de esto, la necesidad de la transición al cultivo social de la tierra.

¡Sería interesante ver cómo intentaría Kautsky refutar la corrección de tal dirección de la lucha campesina por parte del proletariado!

Kautsky prefirió eludir la cuestión…

Además, Kautsky engañó directamente a los lectores alemanes al ocultarles que en la ley sobre la tierra, el poder soviético dio una ventaja directa a las comunas y cooperativas, colocándolas en primer lugar.

Con el campesinado hasta el final de la revolución burguesa-democrática, – con la parte más pobre, proletaria y semiproletaria del campesinado, adelante hacia la revolución socialista. ¡Tal fue la política de los bolcheviques, y esta fue la única política marxista.

Y Kautsky se confunde, ¡sin saber plantear ninguna cuestión! Por un lado, no se atreve a decir que los proletarios deberían haber discrepado del campesinado en la cuestión del igualitarismo, porque siente lo absurdo de tal discrepancia (además, en 1905, Kautsky, cuando aún no era un renegado, defendió clara y directamente la alianza de obreros y campesinos como condición para la victoria de la revolución). Por otro lado, Kautsky cita con simpatía las vulgaridades liberales del menchevique Maslov, quien «demuestra» el carácter utópico y reaccionario de la igualdad pequeño-burguesa desde el punto de vista del socialismo y calla sobre el carácter progresista y revolucionario de la lucha pequeño-burguesa por la igualdad, por el igualitarismo, desde el punto de vista de la revolución burguesa-democrática.

En Kautsky resulta una confusión sin fin: nótese que Kautsky (de 1918) insiste en el carácter burgués de la revolución rusa. Kautsky (de 1918) exige: ¡no salgan de estos marcos! ¡Y el mismo Kautsky ve «algo de socialismo» (para la revolución burguesa) en la reforma pequeño-burguesa de entregar pequeñas parcelas de tierra a los campesinos pobres (es decir, en la aproximación al igualitarismo)!

¡Que entienda quien pueda!

Kautsky, además, revela una incapacidad filistea para considerar la política real de un partido determinado. Cita frases del menchevique Maslov, sin querer ver la política real del partido menchevique en 1917, cuando, en «coalición» con los terratenientes y los cadetes, defendió de hecho una reforma agraria liberal y un acuerdo con los terratenientes (prueba: los arrestos de miembros de los comités agrarios y el proyecto de ley de S. Maslov).

Kautsky no notó que las frases de P. Maslov sobre el carácter reaccionario y utópico de la igualdad pequeño-burguesa encubren en realidad la política menchevique de acuerdo de los campesinos con los terratenientes (es decir, el engaño de los campesinos por los terratenientes) en lugar del derrocamiento revolucionario de los terratenientes por los campesinos.

¡Vaya «marxista» Kautsky!

Precisamente los bolcheviques tuvieron estrictamente en cuenta la diferencia entre la revolución democrático-burguesa y la socialista: llevando hasta el final la primera, abrieron la puerta para la transición a la segunda. Esta es la única política revolucionaria y la única política marxista.

Y en vano repite Kautsky las insípidas ocurrencias liberales: «En ninguna parte y nunca los campesinos pequeños, bajo la influencia de convicciones teóricas, han pasado a la producción colectiva» (50).

¡Muy ocurrente!

En ninguna parte y nunca los campesinos pequeños de un gran país han estado bajo la influencia del Estado proletario.

En ninguna parte y nunca los campesinos pequeños han llegado a una lucha de clases abierta entre los campesinos más pobres y los ricos, hasta la guerra civil entre ellos, bajo la condición del apoyo propagandístico, político, económico y militar de los más pobres por parte del poder estatal proletario.

En ninguna parte y nunca ha habido tal enriquecimiento de los especuladores y los ricos a causa de la guerra, con tal ruina de la masa de campesinos.

Kautsky repite lo viejo, rumia el mismo bolo alimenticio viejo, temiendo siquiera pensar en las nuevas tareas de la dictadura del proletariado.

Y qué, querido Kautsky, si a los campesinos les faltan instrumentos para la producción pequeña, y el Estado proletario les ayuda a conseguir máquinas para el cultivo colectivo de la tierra, ¿es eso una «convicción teórica»? — — —

Pasemos a la cuestión de la nacionalización de la tierra. Nuestros narodniki, incluyendo a todos los eseristas de izquierda, niegan que la medida aplicada entre nosotros sea la nacionalización de la tierra. Teóricamente, no tienen razón. En la medida en que permanezcamos en el marco de la producción mercantil y el capitalismo, la abolición de la propiedad privada de la tierra es la nacionalización de la tierra. La palabra «socialización» expresa solo una tendencia, un deseo, una preparación para la transición al socialismo.

¿Cuál debe ser, entonces, la actitud de los marxistas ante la nacionalización de la tierra?

Kautsky, también aquí, es incapaz siquiera de plantear la cuestión teórica, o —lo que es peor— evade deliberadamente la cuestión, aunque por la literatura rusa se sabe que Kautsky conoce las viejas disputas entre los marxistas rusos sobre la cuestión de la nacionalización de la tierra, la municipalización de la tierra (entrega de las grandes propiedades a los gobiernos locales autónomos) y el reparto.

Es una burla directa al marxismo la afirmación de Kautsky de que la entrega de las grandes propiedades al Estado y su arrendamiento en pequeñas parcelas a los campesinos sin tierra o con poca tierra realizaría «algo del socialismo». Ya hemos señalado que aquí no hay ningún socialismo. Pero eso no es todo: aquí tampoco hay una revolución democrático-burguesa llevada hasta el final. A Kautsky le ha ocurrido una gran desgracia: haber confiado en los mencheviques. De ahí ha surgido una curiosidad: Kautsky, que defiende el carácter burgués de nuestra revolución, que acusa a los bolcheviques por haber pensado en ir hacia el socialismo, da él mismo una reforma liberal bajo la apariencia de socialismo, ¡sin llevar esta reforma hasta la limpieza completa de todo lo medieval en las relaciones de propiedad de la tierra! Kautsky, al igual que sus consejeros los mencheviques, ha terminado defendiendo a la burguesía liberal, que teme a la revolución, en lugar de defender la revolución democrático-burguesa consecuente.

En efecto. ¿Por qué convertir en propiedad estatal solo las grandes propiedades y no todas las tierras? Con ello, la burguesía liberal logra la máxima conservación de lo antiguo (es decir, la mínima consecuencia en la revolución) y la máxima facilidad para el retorno a lo viejo. La burguesía radical, es decir, la que lleva hasta el final la revolución burguesa, plantea la consigna de la nacionalización de la tierra.

Kautsky, que en tiempos ya muy lejanos, hace casi 20 años, escribió una magnífica obra marxista sobre la cuestión agraria{146}, no puede dejar de conocer las indicaciones de Marx de que la nacionalización de la tierra es precisamente la consigna consecuente de la burguesía. Kautsky no puede dejar de conocer la polémica de Marx con Rodbertus y las notables explicaciones de Marx en las «Teorías sobre la plusvalía», donde se muestra con especial claridad el significado revolucionario, en el sentido democrático-burgués, de la nacionalización de la tierra.

El menchevique P. Maslov, a quien Kautsky tan desafortunadamente eligió como consejero, negaba que los campesinos rusos pudieran aceptar la nacionalización de toda la tierra (incluyendo también la tierra campesina). Hasta cierto punto, esta opinión de Maslov podía estar relacionada con su teoría «original» (que repite a los críticos burgueses de Marx), a saber: la negación de la renta absoluta y el reconocimiento de la «ley» (o el «hecho», como decía Maslov) de la «fertilidad decreciente del suelo».

En realidad, ya en la revolución de 1905 se puso de manifiesto que la inmensa mayoría de los campesinos de Rusia, tanto comuneros como propietarios individuales, estaban a favor de la nacionalización de toda la tierra. La revolución de 1917 lo confirmó y, después de la transferencia del poder al proletariado, lo llevó a cabo. Los bolcheviques permanecieron fieles al marxismo, no intentando (al contrario de Kautsky, que nos acusa de esto —sin sombra de pruebas) «saltar» por encima de la revolución democrático-burguesa. Los bolcheviques, ante todo, ayudaron a los ideólogos democrático-burgueses más radicales, más revolucionarios, más cercanos al proletariado del campesinado, precisamente a los eseristas de izquierda, a llevar a cabo lo que de hecho resultó ser la nacionalización de la tierra. La propiedad privada de la tierra en Rusia fue abolida el 26 de octubre de 1917, es decir, desde el primer día de la revolución proletaria, socialista.

Con esto se creó un fundamento, el más perfecto desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo (sin romper con Marx, Kautsky no podrá negar esto), y al mismo tiempo se creó un régimen agrario, el más flexible en el sentido de la transición al socialismo. Desde el punto de vista democrático-burgués, el campesinado revolucionario en Rusia no tiene adónde ir más lejos: nada más «ideal», desde este punto de vista, que la nacionalización de la tierra y la igualdad en el uso de la tierra, nada más «radical» (desde este mismo punto de vista) puede haber. Precisamente los bolcheviques, solo los bolcheviques, solo gracias a la victoria de la revolución proletaria, ayudaron al campesinado a llevar realmente hasta el final la revolución democrático-burguesa. Y solo con esto hicieron el máximo para facilitar y acelerar la transición a la revolución socialista.

Se puede juzgar por esto la increíble confusión que Kautsky presenta al lector, al acusar a los bolcheviques de no comprender el carácter burgués de la revolución y al mostrar él mismo una desviación tan grande del marxismo que calla sobre la nacionalización de la tierra y presenta la reforma agraria menos revolucionaria (desde el punto de vista burgués), liberal, como «algo del socialismo». — —

Hemos llegado aquí a la tercera de las cuestiones planteadas anteriormente, a la cuestión de hasta qué punto la dictadura del proletariado en Rusia tuvo en cuenta la necesidad de la transición al cultivo social de la tierra. Kautsky comete aquí, una vez más, algo muy parecido a un fraude: ¡cita solo las «tesis» de un bolchevique, que hablan de la tarea de la transición al cultivo colectivo de la tierra! Después de citar una de estas tesis, nuestro «teórico» exclama triunfante:

«Porque una cosa determinada sea declarada tarea, la tarea, por desgracia, no se resuelve. La agricultura colectiva en Rusia está condenada por ahora a quedarse en el papel. En ninguna parte y nunca los campesinos pequeños han pasado a la producción colectiva basándose en convicciones teóricas» (50).

En ninguna parte y nunca ha habido tal fraude literario al que ha descendido Kautsky. Cita las «tesis», callando acerca de la ley del poder soviético. ¡Habla de la «convicción teórica», callando acerca del poder estatal proletario, que tiene en sus manos fábricas y mercancías! Todo lo que el marxista Kautsky escribió en «La cuestión agraria» en 1899 sobre los medios que tiene en sus manos el Estado proletario para la transición gradual de los campesinos pequeños al socialismo, ha sido olvidado por el renegado Kautsky en 1918.

Ciertamente, unos centenares de comunas agrícolas y granjas soviéticas (es decir, grandes explotaciones cultivadas por asociaciones de obreros a costa del Estado) apoyadas por el Estado, es muy poco. Pero, ¿acaso se puede llamar «crítica» a que Kautsky pase por alto este hecho?

La nacionalización de la tierra, llevada a cabo en Rusia por la dictadura del proletariado, aseguró al máximo la culminación de la revolución burgués-democrática, incluso en el caso de que la victoria de la contrarrevolución hiciera retroceder desde la nacionalización al reparto (este caso fue analizado especialmente por mí en el folleto sobre el programa agrario de los marxistas en la revolución de 1905). Y además, la nacionalización de la tierra dio las mayores posibilidades al Estado proletario para pasar al socialismo en la agricultura.

Balance: Kautsky nos ha dado, teóricamente, una mezcolanza increíble, con una renuncia total al marxismo, y en la práctica, un servilismo ante la burguesía y su reformismo. ¡Vaya crítica, no hay más que decir!

El «análisis económico» de la industria comienza en Kautsky con el siguiente razonamiento magnífico:

En Rusia existe una gran industria capitalista. ¿No se puede construir sobre esta base la producción socialista? «Así se podría pensar si el socialismo consistiera en que los obreros de fábricas y minas particulares se las apropiaran (literalmente: las tomaran para sí) para gestionar cada fábrica por separado» (52). «Precisamente hoy, 5 de agosto, mientras escribo estas líneas», añade Kautsky, «se comunica desde Moscú un discurso de Lenin del 2 de agosto, en el que, según se informa, dijo: «Los obreros mantienen firmemente las fábricas en sus manos, y los campesinos no entregarán la tierra a los terratenientes»[26]. La consigna: fábrica para los obreros, tierra para los campesinos, era hasta ahora no socialdemócrata, sino anarcosindicalista» (52-53).

Hemos transcrito íntegramente este razonamiento para que los obreros rusos, que antes respetaban a Kautsky, y con razón, vean por sí mismos los métodos de un tránsfuga al lado de la burguesía.

¡Pensadlo bien: el 5 de agosto, cuando ya existía una masa de decretos sobre la nacionalización de las fábricas en Rusia, sin que ninguna fábrica hubiera sido «apropiada» por los obreros, sino que todas pasaban a ser propiedad de la república, el 5 de agosto Kautsky, basándose en una interpretación manifiestamente fraudulenta de una frase de mi discurso, sugiere a los lectores alemanes que en Rusia las fábricas se entregan a obreros individuales! ¡Y después de esto, Kautsky, durante decenas y decenas de líneas, rumia y rumia que las fábricas no pueden entregarse una por una a los obreros!

Esto no es crítica, sino el método de un lacayo de la burguesía, contratado por los capitalistas para calumniar la revolución obrera.

Las fábricas deben ser entregadas al Estado, o a la comuna, o a las sociedades de consumo – escribe una y otra vez Kautsky y finalmente añade:

«Por este camino se ha intentado ahora entrar en Rusia…» ¡¡Ahora!! ¿Qué significa esto? ¿En agosto? ¿Acaso Kautsky no podía encargar a sus Stein, Axelrod u otros amigos de la burguesía rusa la traducción de al menos un decreto sobre las fábricas?

«…Hasta dónde ha llegado esto, aún no se ve. Este aspecto de la República Soviética representa en todo caso el mayor interés para nosotros, pero permanece todavía completamente en la oscuridad. Decretos no faltan…» (¡Por eso Kautsky ignora su contenido o lo oculta a sus lectores!) «…pero faltan informaciones fiables sobre el efecto de estos decretos. La producción socialista es imposible sin una estadística completa, detallada, fiable y que informe rápidamente. La República Soviética no ha podido crearla hasta ahora. Lo que llegamos a saber sobre sus acciones económicas es extremadamente contradictorio y no admite verificación alguna. Esto es también uno de los resultados de la dictadura y de la supresión de la democracia. No hay libertad de prensa y de palabra…» (53).

¡Así se escribe la historia! De la prensa «libre» de los capitalistas y de los dutovitas, Kautsky habría obtenido informaciones sobre las fábricas que pasan a manos de los obreros… ¡Verdaderamente magnífico es este «erudito serio» por encima de las clases! Ni uno solo de los infinitos hechos que testimonian que las fábricas se entregan únicamente a la república, que las administra el órgano del Poder Soviético, el Consejo Superior de Economía Nacional, compuesto con participación predominante de delegados electos de los sindicatos obreros, ni uno solo de esos hechos quiere tocar Kautsky. Obstinadamente, con la terquedad de un hombre en un estuche, repite una cosa: dadme una democracia pacífica, sin guerra civil, sin dictadura, con buena estadística (la República Soviética creó una institución estadística y atrajo a todas las mejores fuerzas estadísticas de Rusia, pero, claro está, no se puede obtener rápidamente una estadística ideal). En una palabra, revolución sin revolución, sin lucha encarnizada, sin violencias: eso es lo que exige Kautsky. Es lo mismo que si se exigieran huelgas sin la apasionada vehemencia de obreros y patronos. ¡Distinguid a semejante «socialista» de un vulgar funcionario liberal!

Y apoyándose en semejante «material fáctico», es decir, habiendo evitado deliberadamente con total desprecio los numerosos hechos, Kautsky «concluye»:

«Es dudoso que el proletariado ruso haya obtenido, en cuanto a conquistas prácticas reales, no decretos, en la República Soviética, más de lo que habría obtenido de la Asamblea Constituyente, en la que, al igual que en los Soviets, predominaban los socialistas, aunque de otro color» (58).

Una perla, ¿verdad? Aconsejamos a los admiradores de Kautsky que difundan ampliamente esta sentencia entre los obreros rusos, porque Kautsky no podría haber dado mejor material para valorar su propia caída política. ¡Kerenski también era un «socialista», camaradas obreros, solo que de «otro color»! El historiador Kautsky se contenta con la etiqueta, el nombre que se «atribuyeron» los eseristas de derecha y los mencheviques. Sobre los hechos que demuestran que bajo Kerenski los mencheviques y los eseristas de derecha apoyaban la política imperialista y el saqueo de la burguesía, el historiador Kautsky no quiere oír ni hablar; sobre el hecho de que la Asamblea Constituyente daba la mayoría precisamente a esos héroes de la guerra imperialista y de la dictadura burguesa, calla modestamente. ¡Y a esto se le llama «análisis económico»!

Para finalizar, una muestra más de «análisis económico»:

«…La República Soviética, después de nueve meses de existencia, en lugar de haber extendido el bienestar universal, se ha visto obligada a explicar de dónde proviene la miseria universal» (41).

Los kadetes nos acostumbraron a tales razonamientos. Los lacayos de la burguesía razonan así en Rusia: dadnos, dicen, en nueve meses el bienestar universal – después de cuatro años de guerra devastadora, con la ayuda múltiple del capital extranjero al sabotaje y a las insurrecciones de la burguesía en Rusia. No ha quedado absolutamente ninguna diferencia, ni sombra de diferencia entre Kautsky y el burgués contrarrevolucionario en la práctica. Los discursos melifluos, falsificados «al estilo del socialismo», repiten lo que dicen brutalmente, sin rodeos, sin adornos, los kornilovistas, los dutovitas y los krasnovistas en Rusia.

Las líneas anteriores fueron escritas el 9 de noviembre de 1918. En la noche del 9 al 10 se recibieron noticias de Alemania sobre la revolución victoriosa que comenzaba, primero en Kiel y otras ciudades del norte y costeras, donde el poder pasó a manos de los Soviets de diputados obreros y soldados, luego en Berlín, donde el poder también pasó a manos del Soviet{147}.

La conclusión que me quedaba por escribir para el folleto sobre Kautsky y la revolución proletaria se vuelve superflua. 10 de noviembre de 1918.

## Apéndice I. Tesis sobre la Asamblea Constituyente{148}

…

## Apéndice II. El nuevo libro de Vandervelde sobre el Estado

Solo después de leer el libro de Kautsky tuve oportunidad de conocer el libro de Vandervelde: «El socialismo contra el Estado» (París, 1918). La comparación de ambos libros se impone involuntariamente. Kautsky es el líder ideológico de la II Internacional (1889-1914), Vandervelde es su representante formal, como presidente de la Oficina Socialista Internacional. Ambos representan la bancarrota total de la II Internacional, ambos «hábilmente», con toda la destreza de periodistas experimentados, encubren con palabritas marxistas esta bancarrota, su propia quiebra y el paso al lado de la burguesía. Uno nos muestra de manera particularmente evidente lo típico del oportunismo alemán, pesado, teorizante, que falsifica burdamente el marxismo mediante la amputación del marxismo de aquello que es inaceptable para la burguesía. El otro es típico de la variedad románica – hasta cierto punto se puede decir: de Europa occidental (en el sentido de: al oeste de Alemania) – del oportunismo dominante, más flexible, menos pesado, que falsifica más sutilmente el marxismo mediante el mismo procedimiento fundamental.

Ambos tergiversan radicalmente tanto la doctrina de Marx sobre el Estado como su doctrina sobre la dictadura del proletariado, si bien Vandervelde se detiene más en la primera cuestión y Kautsky en la segunda. Ambos encubren el vínculo más estrecho e indisoluble entre una y otra cuestión. Ambos son, de palabra, revolucionarios y marxistas, pero, en la práctica, renegados que dirigen todos sus esfuerzos a eludir la revolución. En ninguno de los dos hay sombra de lo que impregna de principio a fin todas las obras de Marx y Engels, de lo que distingue al socialismo real de la caricatura burguesa que de él se hace, a saber: la explicación de las tareas de la revolución en contraposición a las tareas de la reforma; la explicación de la táctica revolucionaria en contraposición a la reformista; la explicación del papel del proletariado en la destrucción del sistema o del orden, del régimen de esclavitud asalariada, en contraposición al papel del proletariado de las potencias "grandes", que comparte con la burguesía una parte de su superganancia y superexplotación imperialistas.

Aportemos algunos de los razonamientos más esenciales de Vandervelde para confirmar esta valoración.

Vandervelde cita a Marx y Engels con extraordinaria diligencia, al igual que Kautsky. Y, al igual que Kautsky, cita de Marx y Engels todo lo que se le antoja, excepto aquello que es completamente inaceptable para la burguesía, lo que distingue al revolucionario del reformista. Sobre la conquista del poder político por el proletariado – todo lo que se quiera, porque esto ya ha sido introducido por la práctica en un marco exclusivamente parlamentario. Sobre que Marx y Engels, tras la experiencia de la Comuna, consideraron necesario completar el "Manifiesto Comunista", parcialmente anticuado, con la explicación de la verdad de que la clase obrera no puede simplemente apoderarse de la máquina estatal ya lista, sino que debe destruirla – ¡ni una sola palabra! Vandervelde, como Kautsky, como si se hubieran puesto de acuerdo, pasan por alto en completo silencio precisamente lo más esencial de la experiencia de la revolución proletaria, precisamente lo que distingue la revolución del proletariado de las reformas de la burguesía.

Al igual que Kautsky, Vandervelde habla de la dictadura del proletariado para eludirla. Kautsky lo hizo mediante burdas falsificaciones. Vandervelde realiza lo mismo de manera más sutil. En el párrafo correspondiente, el párrafo 4, sobre "la conquista del poder político por el proletariado", dedica una subsección "b" a la cuestión de la "dictadura colectiva del proletariado", "cita" a Marx y Engels (repito: omitiendo precisamente lo que se refiere a lo más importante, a la destrucción de la vieja máquina estatal burguesa-democrática) y concluye:

"...En los círculos socialistas se suele imaginar la revolución social así: una nueva comuna, esta vez victoriosa, y no en un solo punto, sino en los principales centros del mundo capitalista.

Hipótesis; pero hipótesis que no tiene nada de inverosímil en un tiempo en que ya se ve que el período de posguerra en muchos países presenciará antagonismos de clase y convulsiones sociales nunca vistos.

Solo que, si el fracaso de la Comuna de París – sin hablar de las dificultades de la revolución rusa – demuestra algo, es precisamente la imposibilidad de acabar con el régimen capitalista mientras el proletariado no esté suficientemente preparado para utilizar ese poder que, por la fuerza de las circunstancias, podría caer en sus manos" (pág. 73).

¡Y nada más en esencia sobre el asunto!

¡Ahí están, los líderes y representantes de la II Internacional! En 1912 firman el Manifiesto de Basilea, en el que hablan directamente de la relación de precisamente esa guerra, que estalló en 1914, con la revolución proletaria, y la amenazan directamente. Y cuando llegó la guerra y se creó una situación revolucionaria, estos Kautsky y Vandervelde comienzan a eludir la revolución. ¡Fíjense: la revolución del tipo de la Comuna es solo una hipótesis no inverosímil! Esto es completamente análogo al razonamiento de Kautsky sobre el posible papel de los Soviets en Europa.

Pero así razona cualquier liberal instruido, que, sin duda, estará de acuerdo ahora en que una nueva comuna "no es inverosímil", que a los Soviets les espera un gran papel, etc. El revolucionario proletario se distingue del liberal en que, como teórico, analiza precisamente el nuevo significado estatal de la Comuna y de los Soviets. Vandervelde silencia todo lo que Marx y Engels exponen detalladamente sobre este tema, analizando la experiencia de la Comuna.

Como práctico, como político, un marxista debería haber aclarado que solo los traidores al socialismo podrían ahora apartarse de la tarea de: explicar la necesidad de la revolución proletaria (del tipo de la Comuna, del tipo de los Soviets o, supongamos, de un tercer tipo), explicar la necesidad de prepararse para ella, propagar la revolución entre las masas, refutar los prejuicios pequeñoburgueses contra la revolución, etc.

Ni Kautsky ni Vandervelde hacen nada semejante, precisamente porque ellos mismos son traidores al socialismo, que desean conservar entre los obreros la reputación de socialistas y marxistas.

Tomemos la formulación teórica de la cuestión.

El Estado, incluso en la república democrática, no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra. Kautsky conoce, reconoce y comparte esta verdad, pero... pero soslaya la cuestión más fundamental: ¿qué clase, por qué y con qué medios debe oprimir el proletariado cuando conquiste el Estado proletario?

Vandervelde conoce, reconoce, comparte y cita esta tesis fundamental del marxismo (pág. 72 de su libro), pero... ¡ni una palabra sobre el tema "desagradable" (para los señores capitalistas) acerca de la represión de la resistencia de los explotadores!!

Vandervelde, como Kautsky, ha soslayado por completo este tema "desagradable". En esto consiste su renegadez.

Vandervelde, como Kautsky, es un gran maestro en el arte de sustituir la dialéctica por el eclecticismo. Por un lado, no se puede dejar de reconocer; por otro lado, hay que confesar. Por un lado, por Estado se puede entender la "totalidad de la nación" (véase el diccionario de Littré – obra erudita, eso sí – pág. 87 de Vandervelde); por otro lado, por Estado se puede entender el "gobierno" (ibíd.). Vandervelde transcribe esta vulgaridad erudita, aprobándola, junto con citas de Marx.

"El sentido marxista de la palabra 'Estado' difiere del habitual", escribe Vandervelde. "Son posibles 'malentendidos' debido a esto. 'El Estado, en Marx y Engels, no es el Estado en sentido amplio, no es el Estado como órgano de administración, representante de los intereses generales de la sociedad (intérêts généraux de la société). Es el Estado-poder, el Estado – órgano de autoridad, el Estado – instrumento de dominación de una clase sobre otra'" (págs. 75-76 de Vandervelde).

Sobre la extinción del Estado, Marx y Engels hablan solo en el segundo sentido. "...Afirmaciones demasiado absolutas correrían el riesgo de resultar inexactas. Entre el Estado de los capitalistas, basado en el dominio exclusivo de una sola clase, y el Estado proletario, que persigue el objetivo de la abolición de las clases, hay muchos grados de transición" (pág. 156).

Ahí tienen la "manera" de Vandervelde, que se diferencia solo un poquito de la manera de Kautsky, pero es esencialmente idéntica a ella. La dialéctica niega las verdades absolutas, aclarando el cambio de las contradicciones y el significado de las crisis en la historia. El ecléctico no quiere afirmaciones "demasiado absolutas", para poder colar su deseo pequeño-burgués, su deseo filisteo de sustituir la revolución por "grados de transición".

Sobre que el grado de transición entre el Estado, órgano de dominación de la clase de los capitalistas, y el Estado, órgano de dominación del proletariado, es precisamente la revolución, consistente en el derrocamiento de la burguesía y en la demolición, en la destrucción de su máquina estatal – de eso callan los Kautsky y Vandervelde.

Sobre que la dictadura de la burguesía debe ser sustituida por la dictadura de una sola clase, el proletariado; que después de los "grados de transición" de la revolución seguirán los "grados de transición" de la extinción gradual del Estado proletario – eso lo encubren los Kautsky y Vandervelde.

En esto consiste su renegadez política.

En esto consiste, teórica y filosóficamente, la sustitución de la dialéctica por el eclecticismo y la sofística. La dialéctica es concreta y revolucionaria; distingue el «tránsito» de la dictadura de una clase a la dictadura de otra clase del «tránsito» del Estado democrático proletario al no-Estado («extinción del Estado»). El eclecticismo y la sofística de los Kautsky y Vandervelde, al servicio de la burguesía, emborronan todo lo concreto y preciso en la lucha de clases, sustituyéndolo por el concepto general de «tránsito», bajo el cual se puede ocultar (y bajo el cual ocultan las nueve décimas partes de los socialdemócratas oficiales de nuestra época) la renuncia a la revolución.

Vandervelde, como ecléctico y sofista, es más hábil, más sutil que Kautsky, pues mediante la frase: «tránsito del Estado en sentido estricto al Estado en sentido amplio» se pueden eludir todas las cuestiones de la revolución, cualesquiera que sean, eludir toda diferencia entre revolución y reforma, incluso la diferencia entre marxista y liberal. Porque, ¿qué burgués culto europeo pensaría en negar «en general» las «etapas de transición» en un sentido tan «general»?

«Estoy de acuerdo con Guesde —escribe Vandervelde— en que es imposible socializar los medios de producción y de cambio sin cumplir previamente las dos condiciones siguientes:

1. Transformación del Estado actual, órgano de dominio de una clase sobre otra, en lo que Menger llama el Estado popular del trabajo, mediante la conquista del poder político por el proletariado.

2. Separación del Estado, órgano de autoridad, y del Estado, órgano de gestión, o, empleando la expresión sansimoniana, administración de los hombres respecto a la administración de las cosas» (89).

Esto lo escribe Vandervelde en cursiva, subrayando especialmente la importancia de tales tesis. ¡Pero esto es pura papilla ecléctica, una ruptura completa con el marxismo! Pues el «Estado popular del trabajo» no es más que una repetición del viejo «Estado popular libre», con el que se pavoneaban los socialdemócratas alemanes en los años 70 y que Engels calificó de absurdo{149}. La expresión «Estado popular del trabajo» es una frase digna de un demócrata pequeño-burgués (como nuestro eserista de izquierda), una frase que sustituye los conceptos de clase por conceptos extraclasistas. Vandervelde coloca lado a lado la conquista del poder estatal por el proletariado (una sola clase) y el Estado «popular», sin advertir que resulta una papilla. Con su «democracia pura», Kautsky obtiene la misma papilla, la misma ignorancia antirrevolucionaria y pequeñoburguesa de las tareas de la revolución de clase, de la dictadura de clase, proletaria, del Estado de clase (proletario).

Además. La administración de los hombres desaparecerá y dará paso a la administración de las cosas solo cuando se extinga todo Estado. Con este futuro relativamente lejano, Vandervelde atiborra y oscurece la tarea del día siguiente: el derrocamiento de la burguesía.

Este proceder equivale, una vez más, a servir a la burguesía liberal. El liberal acepta hablar de lo que será cuando ya no sea necesario administrar a los hombres. ¿Por qué no entretenerse con sueños tan inofensivos? Pero en cuanto a la represión por el proletariado de la resistencia de la burguesía, que se opone a su expropiación, de eso callemos. Esto lo exige el interés de clase de la burguesía.

«Socialismo contra el Estado». Esta es una reverencia de Vandervelde al proletariado. Hacer una reverencia no es difícil, cualquier político «democrático» sabe hacer reverencias a sus electores. Y bajo el amparo de la «reverencia» se introduce un contenido antirrevolucionario, antiproletario.

Vandervelde relata detalladamente a Ostrogorski{150} sobre cuánto engaño, violencia, soborno, mentira, hipocresía, opresión de los pobres se oculta bajo la apariencia civilizada, almibarada y pulida de la democracia burguesa moderna. Pero Vandervelde no saca conclusión alguna. No advierte que la democracia burguesa oprime a la masa trabajadora y explotada, mientras que la democracia proletaria tendrá que oprimir a la burguesía. Kautsky y Vandervelde están ciegos a esto. El interés de clase de la burguesía, a la que siguen estos traidores pequeñoburgueses del marxismo, exige eludir esta cuestión, silenciarla o negar directamente la necesidad de tal represión.

Eclepticismo pequeñoburgués contra el marxismo, sofística contra la dialéctica, reformismo filisteo contra la revolución proletaria: así habría que titular el libro de Vandervelde.