En toda revolución socialista, después de resuelta la tarea de la conquista del poder por el proletariado y a medida que se resuelve en lo principal y fundamental la tarea de expropiar a los expropiadores y aplastar su resistencia, pasa necesariamente a primer plano la tarea cardinal de crear un orden social superior al capitalismo, a saber: la elevación de la productividad del trabajo y, en relación con esto (y para esto), su organización superior. Nuestro poder soviético se halla precisamente en una situación en la que, gracias a las victorias sobre los explotadores, desde Kerenski hasta Kornílov, ha tenido la posibilidad de abordar directamente esta tarea, de emprenderla de lleno. Y aquí se ve enseguida que, si bien del poder estatal central se puede apoderar uno en unos cuantos días, si bien es posible aplastar la resistencia militar (y sabotajista) de los explotadores incluso en distintos rincones de un gran país en unas semanas, la solución sólida de la tarea de elevar la productividad del trabajo requiere, en todo caso (sobre todo después de una guerra en extremo penosa y devastadora), varios años. El carácter prolongado de este trabajo viene dictado aquí, de modo incondicional, por circunstancias objetivas.

El ascenso de la productividad del trabajo exige, ante todo, asegurar la base material de la gran industria: el desarrollo de la producción de combustible, hierro, construcción de maquinaria e industria química. La República Soviética de Rusia se encuentra en condiciones ventajosas, ya que dispone —incluso después de la paz de Brest-Litovsk— de gigantescas reservas de mineral (en los Urales), de combustible en Siberia Occidental (carbón de piedra), en el Cáucaso y en el sudeste (petróleo), en el centro (turba), de gigantescas riquezas forestales, de fuerza hidráulica, de materias primas para la industria química (Karabugaz), etc. La explotación de estas riquezas naturales con los procedimientos de la técnica más moderna dará la base de un progreso sin precedentes de las fuerzas productivas.

Otra condición para la elevación de la productividad del trabajo es, en primer lugar, la elevación del nivel educacional y cultural de las masas de la población. Este ascenso avanza ahora con enorme rapidez, cosa que no ven las gentes cegadas por la rutina burguesa, incapaces de comprender cuánto anhelo de instrucción e iniciativa se despliega ahora en las «capas bajas» del pueblo gracias a la organización soviética. En segundo lugar, una condición para el ascenso económico es también el mejoramiento de la disciplina de los trabajadores, de la aptitud laboral, de la destreza, de la intensidad del trabajo y de su mejor organización.

En este aspecto, nuestra situación es especialmente mala y hasta sin esperanza, si se da crédito a las personas que se han dejado amedrentar por la burguesía o que egoístamente la sirven. Estas personas no comprenden que no ha habido ni puede haber revolución alguna sin que los partidarios de lo viejo clamen a voz en cuello contra el descalabro, la anarquía, etc. Es natural que en las masas que acaban de sacudirse un yugo inusitadamente salvaje haya una profunda y amplia ebullición y fermentación, que la elaboración por las masas de los nuevos fundamentos de la disciplina laboral sea un proceso muy prolongado, y que esa elaboración no pudiera siquiera comenzar antes de la victoria completa sobre los terratenientes y la burguesía.

Pero, sin ceder en lo más mínimo a la desesperación, a menudo ficticia, que propagan los burgueses y los intelectuales burgueses (desesperados por defender sus viejos privilegios), no debemos en modo alguno encubrir un mal evidente. Por el contrario, lo pondremos al descubierto e intensificaremos los procedimientos soviéticos de lucha contra él, pues el éxito del socialismo es impensable sin la victoria de la disciplina consciente del proletariado sobre la anarquía espontánea de la pequeña burguesía, verdadera garantía de una posible restauración del kerenskismo y el kornilovismo.

La vanguardia más consciente del proletariado ruso se ha planteado ya la tarea de elevar la disciplina laboral. Por ejemplo, tanto en el Comité Central del sindicato de metalúrgicos como en el Consejo Central de los Sindicatos se ha comenzado a elaborar las medidas correspondientes y los proyectos de decretos{68}. Es necesario apoyar este trabajo y llevarlo adelante con todas las fuerzas. Hay que poner a la orden del día, aplicar en la práctica y ensayar el salario a destajo{69}, la aplicación de mucho de lo que hay de científico y progresivo en el sistema de Taylor, la correlación del salario con los resultados generales de la producción o con los resultados de la explotación del transporte ferroviario y fluvial, etc., etc.

El ruso es un mal trabajador en comparación con las naciones avanzadas. Y no podía ser de otro modo bajo el régimen del zarismo y con la persistencia de los vestigios de la servidumbre. Aprender a trabajar: ésta es la tarea que el poder soviético debe plantear al pueblo en toda su amplitud. La última palabra del capitalismo en este aspecto, el sistema de Taylor, —como todos los progresos del capitalismo—, encierra en sí la refinada brutalidad de la explotación burguesa y una serie de riquísimas conquistas científicas en lo que respecta al análisis de los movimientos mecánicos durante el trabajo, la supresión de los movimientos superfluos e inhábiles, la elaboración de los procedimientos de trabajo más correctos, la implantación de los mejores sistemas de contabilidad y control, etc. La República Soviética debe, a toda costa, asimilar todo lo valioso de las conquistas de la ciencia y la técnica en este terreno. La viabilidad del socialismo se determinará precisamente por nuestros éxitos en la combinación del poder soviético y la organización soviética de la administración con los progresos más recientes del capitalismo. Es necesario crear en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema de Taylor, su ensayo y adaptación sistemáticos. Al mismo tiempo, marchando hacia la elevación de la productividad del trabajo, hay que tener en cuenta las particularidades del período de transición del capitalismo al socialismo, las cuales exigen, de una parte, que se echen las bases de la organización socialista de la emulación y, de otra, requieren la aplicación de la coacción, de modo que la consigna de la dictadura del proletariado no se vea mancillada por la práctica de un estado gelatinoso del poder proletario.