Como ya se ha dicho, el libro de Kautsky debería haberse titulado —si el título reflejara correctamente el contenido— no «La dictadura del proletariado», sino «Refrito de los ataques burgueses contra los bolcheviques».

Las viejas «teorías» de los mencheviques sobre el carácter burgués de la revolución rusa, es decir, la vieja tergiversación del marxismo por los mencheviques (¡rechazada por Kautsky en 1905!), las recalienta ahora nuestro teórico. Tendremos que detenernos en esta cuestión, por muy aburrida que resulte para los marxistas rusos.

La revolución rusa es burguesa, decían todos los marxistas de Rusia antes de 1905. Los mencheviques, sustituyendo el marxismo por el liberalismo, deducían de ahí: por consiguiente, el proletariado no debe ir más allá de lo que sea aceptable para la burguesía, debe seguir una política de conciliación con ella. Los bolcheviques decían que eso era una teoría liberal-burguesa. La burguesía se esfuerza por realizar la transformación del Estado a la manera burguesa, por la vía reformista y no revolucionaria, conservando en lo posible la monarquía, la propiedad terrateniente, etc. El proletariado debe llevar la revolución democrático-burguesa hasta el fin, sin dejarse «atar» por el reformismo de la burguesía. Los bolcheviques formulaban así la correlación clasista de fuerzas en la revolución burguesa: el proletariado, atrayéndose al campesinado, neutraliza a la burguesía liberal y destruye hasta el final la monarquía, el medioevo, la propiedad terrateniente.

Precisamente en la alianza del proletariado con el campesinado en general se revela el carácter burgués de la revolución, pues el campesinado en general son pequeños productores que se mantienen sobre el terreno de la producción mercantil. Además, añadían entonces los bolcheviques, el proletariado, atrayéndose a todo el semiproletariado (a todos los explotados y trabajadores), neutraliza al campesinado medio y derroca a la burguesía: en esto consiste la revolución socialista, a diferencia de la democrático-burguesa. (Véase mi folleto de 1905: «Dos tácticas»[21], reimpreso en la recopilación: «En 12 años», Petersburgo, 1907.)

Kautsky participó indirectamente en esta polémica en 1905{138}, pronunciándose, a instancias del entonces menchevique Plejánov, sobre el fondo del asunto contra Plejánov, lo que provocó entonces especiales burlas de la prensa bolchevique. Ahora Kautsky no recuerda ni con una palabra aquellas polémicas de entonces (¡teme que sus propias declaraciones lo desenmascaren!), privando así al lector alemán de toda posibilidad de comprender la esencia del asunto. El señor Kautsky no pudo contar a los obreros alemanes en 1918 cómo en 1905 él estaba por la alianza de los obreros con los campesinos, y no con la burguesía liberal, y en qué condiciones defendía él esa alianza, qué programa proyectaba para esa alianza.

Retrocediendo, Kautsky, so capa de «análisis económico», con frases altisonantes sobre el «materialismo histórico», defiende ahora la subordinación de los obreros a la burguesía, masticando de nuevo, con ayuda de citas del menchevique Máslov, los viejos puntos de vista liberales de los mencheviques; al mismo tiempo, con citas se demuestra una nueva idea sobre el atraso de Rusia, y de esta nueva idea se extrae la vieja conclusión, en el sentido de que, en una revolución burguesa, no hay que ir más allá de la burguesía. ¡Y esto a despecho de todo lo que dijeron Marx y Engels al comparar la revolución burguesa de 1789-1793 en Francia con la revolución burguesa en Alemania en 1848!{139}

Antes de pasar al «argumento» principal y al contenido principal del «análisis económico» de Kautsky, señalemos que ya las primeras frases revelan una curiosa confusión de ideas o una falta de reflexión del autor:

«La base económica de Rusia —pontifica nuestro "teórico"— sigue siendo hasta hoy la agricultura, y precisamente la pequeña producción campesina. De ella vive alrededor de 4/5, tal vez incluso 5/6 de la población» (pág. 45). En primer lugar, querido teórico, ¿ha pensado usted cuántos explotadores puede haber entre esa masa de pequeños productores? Por supuesto, no más de 1/10 de su número total, y en las ciudades aún menos, pues allí la gran producción está más desarrollada. Tome incluso una cifra increíblemente alta, suponga que 1/5 de los pequeños productores son explotadores que pierden el derecho electoral. Incluso así resultaría que el 66% de los bolcheviques en el V Congreso de los Soviets representaba a la mayoría de la población. Y a esto hay que añadir todavía que entre los socialistas-revolucionarios de izquierda siempre hubo una parte considerable a favor del Poder soviético, es decir, en principio todos los socialistas-revolucionarios de izquierda estaban por el Poder soviético, y cuando una parte de ellos se lanzó a la insurrección-aventura en julio de 1918, se separaron de su antiguo partido dos nuevos partidos, el de los «populistas-comunistas» y el de los «comunistas revolucionarios»{140} (de entre los destacados socialistas-revolucionarios de izquierda, a quienes ya el viejo partido había elevado a los más importantes puestos estatales; al primero pertenece, por ejemplo, Zaks, al segundo Kolegáiev). Por consiguiente, el propio Kautsky ha refutado —¡involuntariamente!— la ridícula patraña de que los bolcheviques cuentan con el respaldo de una minoría de la población.

En segundo lugar, querido teórico, ¿ha pensado usted que el pequeño productor campesino oscila inevitablemente entre el proletariado y la burguesía? Kautsky ha «olvidado» muy oportunamente esta verdad marxista, confirmada por toda la historia contemporánea de Europa, ¡pues ella hace añicos toda la «teoría» menchevique que él repite! Si Kautsky no lo hubiera «olvidado», no podría negar la necesidad de la dictadura del proletariado en un país con predominio de pequeños productores campesinos.
 
Examinemos el contenido principal del «análisis económico» de nuestro teórico.

Que el Poder soviético es una dictadura, es indiscutible, dice Kautsky. «¿Pero es ésta la dictadura del proletariado?» (pág. 34).

«Los campesinos constituyen, según la Constitución soviética, la mayoría de la población con derecho a participar en la legislación y en la administración. Lo que se nos presenta como dictadura del proletariado resultaría, si esto se aplicara consecuentemente y si, en general, una clase pudiera ejercer directamente la dictadura, cosa que sólo es realizable para un partido, resultaría ser la dictadura del campesinado» (pág. 35).

Y, sumamente satisfecho con tan profundo y agudo razonamiento, el bueno de Kautsky intenta bromear: «Resulta como si el logro más indoloro del socialismo estuviera asegurado cuando éste se pone en manos de los campesinos» (pág. 35).

De la manera más prolija, con una serie de citas extraordinariamente eruditas del semiliberal Máslov, nuestro teórico demuestra la nueva idea del interés de los campesinos por los altos precios del trigo, por los bajos salarios de los obreros urbanos, etc., etc. Estas nuevas ideas, dicho sea de paso, están expuestas tanto más aburridamente cuanto menos atención se presta a los fenómenos realmente nuevos del período de posguerra, por ejemplo, a que los campesinos exigen por el trigo no dinero, sino mercancías, a que a los campesinos les faltan aperos que no se pueden obtener en la cantidad necesaria por ningún dinero. De esto hablaremos especialmente más abajo.

Así, pues, Kautsky acusa a los bolcheviques, al partido del proletariado, de haber entregado la dictadura, de haber entregado la obra de realizar el socialismo en manos del campesinado pequeñoburgués. ¡Magnífico, señor Kautsky! ¿Cuáles deberían haber sido, según su ilustrada opinión, las relaciones del partido proletario con el campesinado pequeñoburgués?

Sobre esto nuestro teórico ha preferido callarse, —recordando, sin duda, el proverbio: «la palabra es plata, el silencio es oro». Pero Kautsky se ha delatado con el siguiente razonamiento:

«Al comienzo de la República de los Soviets, los Soviets campesinos eran organizaciones del campesinado en general. Ahora esta república proclama que los Soviets representan organizaciones de los proletarios y de los campesinos pobres. Los acomodados pierden el derecho electoral para los Soviets. El campesino pobre es reconocido aquí como producto permanente y masivo de la reforma agraria socialista bajo la "dictadura del proletariado"» (pág. 48).

¡Qué ironía tan demoledora! Se la puede oír en Rusia de cualquier burgués: todos se regodean y se ríen de que la República de los Soviets reconozca abiertamente la existencia de los campesinos más pobres. Se ríen del socialismo. Es su derecho. Pero un «socialista» que se ríe de que después de una guerra de cuatro años desastrosísima nos queden —y nos quedarán por mucho tiempo— campesinos pobres, un «socialista» así sólo podía nacer en una atmósfera de renegadismo masivo.

Siga escuchando:

«…La República de los Soviets interviene en las relaciones entre los campesinos ricos y los pobres, pero no mediante una nueva distribución de la tierra. Para eliminar la falta de pan de los ciudadanos, se envían a las aldeas destacamentos de obreros armados que arrebatan a los campesinos ricos los excedentes de trigo. Una parte de este trigo se entrega a la población urbana, otra a los campesinos más pobres» (pág. 48).

Naturalmente, el socialista y marxista Kautsky está profundamente indignado ante la idea de que una medida así pudiera extenderse más allá de los alrededores de las grandes ciudades (en nuestro país se extiende a todo el país). El socialista y marxista Kautsky observa, con la inigualable, incomparable, admirable flema (o estupidez) de un filisteo: «…Ellas (las expropiaciones de los campesinos acomodados) introducen un nuevo elemento de intranquilidad y de guerra civil en el proceso de producción…» (¡la guerra civil introducida en el «proceso de producción» es ya algo sobrenatural!) «…que para su saneamiento necesita urgentemente tranquilidad y seguridad» (49).

Sí, sí, en lo tocante a la tranquilidad y seguridad para los explotadores y especuladores de trigo que ocultan sus excedentes, sabotean la ley sobre el monopolio del trigo y llevan al hambre a la población de las ciudades, —en esto, el marxista y socialista Kautsky, por supuesto, debe suspirar y derramar lágrimas. Todos nosotros somos socialistas y marxistas e internacionalistas —gritan a coro los señores Kautsky, Heinrich Weber (Viena), Longuet (París), MacDonald (Londres), etcétera—, todos nosotros estamos por la revolución de la clase obrera, sólo… ¡sólo que sin perturbar la tranquilidad y seguridad de los especuladores de trigo! Y este sucio servilismo a los capitalistas lo cubrimos con una referencia «marxista» al «proceso de producción»… Si esto es marxismo, ¿cómo se llamará entonces el lacayismo ante la burguesía?

Vea usted lo que le ha salido a nuestro teórico. Acusa a los bolcheviques de hacer pasar la dictadura del campesinado por la dictadura del proletariado. Y al mismo tiempo nos acusa de introducir la guerra civil en la aldea (nosotros consideramos esto como un mérito nuestro), de enviar a las aldeas destacamentos de obreros armados que proclaman abiertamente que realizan la «dictadura del proletariado y del campesinado pobre», ayudan a este último, expropian a los especuladores, a los campesinos ricos, los excedentes de trigo que ocultan violando la ley del monopolio del trigo.

Por un lado, nuestro teórico marxista está por la democracia pura, por la subordinación de la clase revolucionaria, guía de los trabajadores y explotados, a la mayoría de la población (incluyendo, por consiguiente, a los explotadores). Por otro lado, nos explica a nosotros, en contra nuestra, la inevitabilidad del carácter burgués de la revolución, burgués porque el campesinado en su conjunto se mantiene en el terreno de las relaciones sociales burguesas, ¡y al mismo tiempo pretende defender el punto de vista proletario, clasista, marxista!

En lugar de un «análisis económico», esto es una papilla y confusión de primera clase. En lugar de marxismo, son retazos de doctrinas liberales y la prédica del lacayismo ante la burguesía y ante los kulaks.

La cuestión enredada por Kautsky los bolcheviques la aclararon plenamente ya en 1905. Sí, nuestra revolución es burguesa mientras marchamos junto con el campesinado como un todo. Esto lo comprendíamos con claridad más que clara, lo dijimos centenares y miles de veces desde 1905, nunca intentamos saltarnos por encima de esta necesaria etapa del proceso histórico, ni abolirla por decreto. Las tentativas de Kautsky de «desenmascararnos» en este punto sólo desenmascaran la confusión de sus puntos de vista y su miedo a recordar lo que escribió en 1905, cuando todavía no era un renegado.

Pero en 1917, desde el mes de abril, mucho antes de la Revolución de Octubre, antes de que tomásemos el poder, decíamos abiertamente y explicábamos al pueblo: la revolución no podrá detenerse en esto ahora, pues el país ha avanzado, el capitalismo ha dado un paso adelante, la ruina ha alcanzado proporciones inauditas, la cual exigirá (lo quiera alguien o no), exigirá pasos adelante, hacia el socialismo. Porque de otro modo no se puede seguir adelante, salvar al país desgarrado por la guerra, aliviar las penas de los trabajadores y explotados.

Las cosas sucedieron exactamente como decíamos. El curso de la revolución confirmó la justeza de nuestro razonamiento. Primero, junto con «todo» el campesinado, contra la monarquía, contra los terratenientes, contra el medioevo (y en esa medida la revolución sigue siendo burguesa, democrático-burguesa). Después, junto con el campesinado más pobre, junto con el semiproletariado, junto con todos los explotados, contra el capitalismo, incluidos los ricachones de la aldea, los kulaks, los especuladores, y en esa medida la revolución se convierte en socialista. Intentar levantar una pared artificial, china, entre una y otra, separarlas entre sí por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres, es la mayor tergiversación del marxismo, su vulgarización, su sustitución por el liberalismo. Eso significaría, so pretexto de referencias pseudoeruditas al carácter progresivo de la burguesía respecto al medioevo, introducir de contrabando una defensa reaccionaria de la burguesía frente al proletariado socialista.

Los Soviets, dicho sea de paso, representan precisamente por eso una forma y un tipo de democratismo inconmensurablemente más elevados, porque, al agrupar e incorporar a la política a la masa de obreros y campesinos, constituyen el barómetro más cercano al «pueblo» (en el sentido en que Marx hablaba en 1871 de la verdadera revolución popular){141}, el más sensible, del desarrollo y crecimiento de la madurez política y clasista de las masas. La Constitución soviética no se redactó según ningún «plan», no se compuso en gabinetes, no la impusieron a los trabajadores juristas salidos de la burguesía. No, esta Constitución surgió del curso del desarrollo de la lucha de clases, a medida que maduraban las contradicciones de clase. Precisamente los hechos que se ve obligado a reconocer Kautsky lo demuestran.

Al principio, los Soviets agrupaban al campesinado en su conjunto. La falta de desarrollo, el atraso, la ignorancia precisamente de los campesinos más pobres entregaban la dirección en manos de los kulaks, de los ricachones, de los capitalistas, de los intelectuales pequeñoburgueses. Fue la época del predominio de la pequeña burguesía, de los mencheviques y de los socialistas-revolucionarios (considerar a unos y otros como socialistas sólo pueden los tontos o los renegados como Kautsky). La pequeña burguesía inevitable, ineluctablemente, oscilaba entre la dictadura de la burguesía (Kerenski, Kornílov, Sávinkov) y la dictadura del proletariado, pues la pequeña burguesía no es capaz de nada independiente, por las propiedades radicales de su situación económica. Dicho sea de paso: Kautsky reniega completamente del marxismo al despachar el análisis de la revolución rusa con el concepto jurídico, formal, que sirve a la burguesía para encubrir su dominación y para engañar a las masas, de «democracia», olvidando que la «democracia» expresa a veces la dictadura de la burguesía, a veces el reformismo impotente de la pequeña burguesía que se somete a esa dictadura, etc. Según Kautsky, resulta que en un país capitalista había partidos burgueses, había un partido proletario que llevaba tras de sí a la mayoría del proletariado, a su masa (los bolcheviques), ¡pero no había partidos pequeñoburgueses! ¡No había raíces clasistas, raíces pequeñoburguesas, en los mencheviques y socialistas-revolucionarios!

Las oscilaciones de la pequeña burguesía, de los mencheviques y socialistas-revolucionarios, ilustraron a las masas y apartaron a la inmensa mayoría de ellas, a todas las «capas bajas», a todos los proletarios y semiproletarios, de esos «dirigentes». En los Soviets alcanzaron la preponderancia (en Petersburgo y Moscú hacia octubre de 1917) los bolcheviques; entre los socialistas-revolucionarios y mencheviques se ahondó la escisión.

La revolución bolchevique triunfante significó el fin de las oscilaciones, significó la destrucción completa de la monarquía y de la propiedad terrateniente (hasta la Revolución de Octubre no fue destruida). La revolución burguesa fue llevada por nosotros hasta el fin. El campesinado nos seguía en su conjunto. Su antagonismo hacia el proletariado socialista no podía manifestarse en un momento. Los Soviets agrupaban al campesinado en general. La división clasista dentro del campesinado aún no había madurado, aún no había aflorado al exterior.

Este proceso se desarrolló en el verano y el otoño de 1918. La insurrección contrarrevolucionaria checoslovaca despertó a los kulaks. Por Rusia pasó una ola de sublevaciones de kulaks. El campesinado más pobre aprendió, no de los libros, no de los periódicos, sino de la vida, el carácter irreconciliable de sus intereses con los de los kulaks, los ricachones, la burguesía rural. Los «socialistas-revolucionarios de izquierda», como todo partido pequeñoburgués, reflejaban las oscilaciones de las masas, y precisamente en el verano de 1918 se escindieron: una parte marchó junto con los checoslovacos (insurrección en Moscú, cuando Proshián, apoderándose del telégrafo —¡por una hora!—, anunciaba a toda Rusia el derrocamiento de los bolcheviques; luego, la traición del comandante en jefe del ejército contra los checoslovacos, Muraviov{142}, etc.); la otra parte, la mencionada más arriba, permaneció con los bolcheviques.

El agravamiento de la necesidad de víveres en las ciudades planteaba cada vez con mayor crudeza la cuestión del monopolio del trigo (la cual «olvidó» el teórico Kautsky en su análisis económico, que repite vejeces leídas diez años atrás en Máslov).

El viejo estado, terrateniente y burgués, incluso el democrático-republicano, enviaba a las aldeas destacamentos armados que se hallaban de hecho a disposición de la burguesía. ¡Esto no lo sabe el señor Kautsky! ¡No ve en esto la «dictadura de la burguesía», Dios nos libre! ¡Eso es «democracia pura», sobre todo si lo aprobaba un parlamento burgués! Acerca de cómo Avkséntiev y S. Máslov, en compañía de Kerenski, Tsereteli y demás gente del público socialista-revolucionario y menchevique, arrestaron en el verano y otoño de 1917 a los miembros de los comités agrarios, ¡de esto Kautsky «no ha oído hablar», sobre esto calla!

Todo el quid está en que el Estado burgués, que ejerce la dictadura de la burguesía por medio de la república democrática, no puede confesar ante el pueblo que sirve a la burguesía, no puede decir la verdad, se ve obligado a hipocritizar.

En cambio, el Estado de tipo de la Comuna, el Estado soviético, dice abierta y directamente al pueblo la verdad, declarando que es la dictadura del proletariado y del campesinado pobre, atrayendo hacia sí precisamente con esta verdad a decenas y decenas de millones de nuevos ciudadanos, oprimidos en cualquier república democrática, arrastrándolos a la política, a la democracia, a la administración del Estado, a los Soviets. La república soviética envía a las aldeas destacamentos de obreros armados, en primer lugar de los más avanzados, de las capitales. Estos obreros llevan el socialismo a la aldea, atraen a su lado a los campesinos pobres, los organizan e ilustran, los ayudan a sofocar la resistencia de la burguesía.

Todos los que conocen el asunto y han estado en la aldea dicen que nuestra aldea sólo en el verano y el otoño de 1918 está viviendo por sí misma la revolución «de Octubre» (es decir, proletaria). Se está produciendo un viraje. La ola de sublevaciones de kulaks es sustituida por el ascenso de los campesinos pobres, por el crecimiento de los «comités de campesinos pobres». En el ejército crece el número de comisarios salidos de los obreros, de oficiales salidos de los obreros, de comandantes de divisiones y ejércitos salidos de los obreros. Mientras el tonto de Kautsky, asustado por la crisis de julio (1918){143} y por los clamores de la burguesía, corre detrás de ella como un «gallito» y escribe toda una brochura impregnada de la convicción de que los bolcheviques están en vísperas de ser derrocados por el campesinado; mientras este tonto ve una «reducción» (pág. 37) del círculo de los que apoyan a los bolcheviques en la escisión de los socialistas-revolucionarios de izquierda, —en este tiempo el círculo real de partidarios del bolchevismo crece enormemente, pues despiertan a la vida política independiente decenas y decenas de millones de campesinos pobres, liberándose de la tutela y de la influencia de los kulaks y de la burguesía rural.

Hemos perdido a centenares de socialistas-revolucionarios de izquierda, intelectuales sin carácter y kulaks de entre los campesinos; hemos ganado a millones de representantes de los campesinos pobres[22].

Un año después de la revolución proletaria en las capitales, se produjo, bajo su influencia y con su ayuda, la revolución proletaria en los rincones rurales, que consolidó definitivamente el Poder soviético y el bolchevismo, que demostró definitivamente que dentro del país no hay fuerzas contra él.

Tras culminar la revolución democrático-burguesa junto con el campesinado en general, el proletariado de Rusia pasó definitivamente a la revolución socialista cuando consiguió escindir la aldea, atraerse a sus proletarios y semiproletarios, agruparlos contra los kulaks y contra la burguesía, incluida la burguesía campesina.

Si el proletariado bolchevique de las capitales y de los grandes centros industriales no hubiera sabido agrupar en torno suyo a los campesinos pobres contra el campesinado rico, entonces ello habría demostrado la «inmadurez» de Rusia para la revolución socialista, entonces el campesinado habría quedado como un «todo», es decir, habría quedado bajo la dirección económica, política y espiritual de los kulaks, los ricachones, la burguesía; entonces la revolución no habría salido de los límites de la revolución democrático-burguesa. (Pero ni siquiera con eso, dicho entre paréntesis, se habría demostrado que el proletariado no debía tomar el poder, pues sólo el proletariado llevó realmente hasta el fin la revolución democrático-burguesa, sólo el proletariado hizo algo serio para aproximar la revolución proletaria mundial, sólo el proletariado creó el Estado soviético, el segundo paso, después de la Comuna, en dirección al Estado socialista.)

Por otra parte, si el proletariado bolchevique hubiera intentado inmediatamente, en octubre-noviembre de 1917, sin haber sabido esperar la diferenciación clasista de la aldea, sin haber sabido prepararla y llevarla a cabo, hubiera intentado «decretar» la guerra civil o la «introducción del socialismo» en la aldea, hubiera intentado pasarse sin un bloque (alianza) temporal con el campesinado en general, sin una serie de concesiones al campesino medio, etc., —entonces habría sido una tergiversación blanquista del marxismo, habría sido un intento de la minoría de imponer su voluntad a la mayoría, habría sido un absurdo teórico, una incomprensión de que la revolución campesina general es todavía una revolución burguesa y de que sin una serie de transiciones, de peldaños transitorios, no se la puede convertir en socialista en un país atrasado.

Kautsky lo ha embrollado todo en la más importante cuestión teórica y política, y en la práctica ha resultado sencillamente un servidor de la burguesía, que clama contra la dictadura del proletariado.

Una confusión igual, si no mayor, ha introducido Kautsky en otra interesantísima e importantísima cuestión, a saber: ¿se planteó de un modo justo en principio, y luego se llevó a cabo de un modo adecuado, la actividad legislativa de la república soviética en la transformación agraria, esa transformación socialista la más difícil y al mismo tiempo la más importante? Estaríamos indeciblemente agradecidos a cualquier marxista de Europa occidental si, tras haberse familiarizado al menos con los documentos más importantes, hiciera una crítica de nuestra política, pues con ello nos ayudaría extraordinariamente, y ayudaría también a la revolución que está madurando en todo el mundo. Pero Kautsky, en vez de crítica, da una increíble confusión teórica que convierte el marxismo en liberalismo, y en la práctica, vacías, rencorosas salidas pequeñoburguesas contra los bolcheviques. Que juzgue el lector:

«La gran propiedad territorial no se podía mantener. Eso lo hizo la revolución. Esto se hizo claro enseguida. No se la podía dejar de entregar a la población campesina…» (No es cierto, señor Kautsky: usted sustituye lo «claro» para usted por la actitud de las distintas clases ante la cuestión; la historia de la revolución demostró que el gobierno de coalición de los burgueses con los pequeñoburgueses, mencheviques y socialistas-revolucionarios, llevó una política de conservación de la gran propiedad territorial. Esto lo demostró especialmente la ley de S. Máslov y los arrestos de miembros de los comités agrarios{145}. Sin la dictadura del proletariado, la «población campesina» no habría vencido al terrateniente unido al capitalista.)

«…Sin embargo, acerca de las formas en que esto debía producirse, no había unidad. Eran concebibles diversas soluciones…» (A Kautsky lo que más le preocupa es la «unidad» de los «socialistas», quienquiera que se llame con ese nombre. Olvida que las clases fundamentales de la sociedad capitalista tienen que llegar a soluciones diversas.) «…Desde el punto de vista socialista, lo más racional habría sido entregar las grandes empresas a la propiedad estatal y dejar a los campesinos que hasta ahora estaban ocupados en ellas como obreros asalariados el cultivo de las grandes fincas en forma de sociedades cooperativas. Pero esta solución presupone obreros rurales tales, que en Rusia no existen. Otra solución podría haber sido la transferencia de la gran propiedad territorial a la propiedad estatal, con su división en pequeñas parcelas arrendadas a los campesinos de poca tierra. Entonces se habría realizado todavía algo del socialismo…»

Kautsky se las arregla, como siempre, con su célebre: por un lado no se puede dejar de reconocer, por otro lado hay que confesar. Pone una al lado de otra diversas soluciones, sin plantearse la idea —la única idea real, la única idea marxista— de cuáles deben ser los tránsitos del capitalismo al comunismo en tales o cuales condiciones especiales. En Rusia hay obreros rurales asalariados, pero son pocos, y Kautsky no ha rozado la cuestión, planteada por el Poder soviético, de cómo pasar al cultivo comunal y cooperativo de la tierra. Lo más curioso, sin embargo, es que Kautsky quiere ver «algo del socialismo» en el reparto de pequeñas parcelas de tierra en arriendo. En realidad, ésta es una consigna pequeñoburguesa, y de «socialismo» aquí no hay nada. Si el «Estado» que arrienda las tierras no es un Estado del tipo de la Comuna, sino una república burguesa parlamentaria (ésta es precisamente la suposición constante de Kautsky), entonces el arriendo de la tierra en pequeñas parcelas será una típica reforma liberal.

Kautsky calla acerca de que el Poder soviético ha abolido toda propiedad sobre la tierra. Peor aún. Comete una increíble falsificación y cita los decretos del Poder soviético omitiendo lo más esencial.

Tras declarar que «la pequeña producción tiende a la plena propiedad privada de los medios de producción», que la Asamblea Constituyente habría sido «la única autoridad» capaz de impedir el reparto (afirmación que provocará risotadas en Rusia, pues todos saben que los obreros y campesinos consideran autoritarios sólo a los Soviets, y la Constituyente se convirtió en la consigna de los checoslovacos y los terratenientes), —Kautsky prosigue:

«Uno de los primeros decretos del gobierno soviético dispuso: 1. La propiedad terrateniente sobre la tierra se suprime inmediatamente sin ninguna indemnización. 2. Las fincas de los terratenientes, así como todas las tierras de la corona, de los monasterios, de la iglesia, con todo su inventario vivo y muerto, sus construcciones señoriales y todas sus pertenencias pasan a disposición de los comités agrarios de volost y de los Soviets de diputados campesinos de distrito, hasta que la Asamblea Constituyente resuelva la cuestión de la tierra».

Tras citar sólo estos dos puntos, Kautsky concluye:

«La referencia a la Asamblea Constituyente ha quedado en letra muerta. De hecho, los campesinos de los distintos volosts podían hacer con la tierra lo que quisieran» (47).

¡He aquí una muestra de la «crítica» de Kautsky! ¡He aquí un trabajo «erudito», que se parece más que nada a una falsificación! Al lector alemán se le insinúa que los bolcheviques ¡han capitulado ante el campesinado en la cuestión de la propiedad privada de la tierra!, ¡que los bolcheviques han dejado a los campesinos, dispersamente («a los distintos volosts»), hacer lo que quieran!

En realidad, el decreto citado por Kautsky —el primer decreto, promulgado el 26 de octubre de 1917 (estilo antiguo)[23]— no consta de 2, sino de 5 artículos, más ocho artículos de las «Instrucciones», y acerca de las Instrucciones se dice que «deben servir de guía».

En el artículo 3 del decreto se dice que las haciendas pasan «al pueblo», que es obligatoria la confección de «un inventario exacto de todos los bienes confiscados» y su «estrictísima custodia revolucionaria». Y en las Instrucciones se dice que «el derecho de propiedad privada sobre la tierra queda abolido para siempre», que «las parcelas de tierra con haciendas de alta cultura» «no están sujetas a reparto», que «todo el inventario agrícola de las tierras confiscadas, vivo y muerto, pasa al uso exclusivo del Estado o de la comuna, según la magnitud e importancia de los mismos, sin indemnización», que «toda la tierra pasa al fondo nacional de tierras».

Además, simultáneamente con la disolución de la Asamblea Constituyente (5. I. 1918), el Tercer Congreso de los Soviets aprobó la «Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado»[24], que ha entrado ahora en la Ley Fundamental de la república soviética. En esta declaración, el artículo II, 1 dice que «la propiedad privada sobre la tierra queda abolida» y que «las haciendas modelo y las empresas agrícolas son declaradas patrimonio nacional».

Por consiguiente, la referencia a la Asamblea Constituyente no ha quedado en letra muerta, pues otra institución representativa de todo el pueblo, incomparablemente más autoritaria a los ojos de los campesinos, tomó a su cargo la solución de la cuestión agraria.

Además, el 6 (19) de febrero de 1918 se publicó la ley sobre la socialización de la tierra, que confirma una vez más la abolición de toda propiedad sobre la tierra, entrega la disposición tanto de la tierra como de todo el inventario de propiedad privada a las autoridades soviéticas bajo el control del Poder federal soviético; entre las tareas de la disposición de la tierra fija:

«el desarrollo de la hacienda colectiva en la agricultura, como más ventajosa en el sentido de economía de trabajo y de productos, a costa de las haciendas individuales, con el fin de pasar a la hacienda socialista» (art. 11, inciso d).

Al introducir el uso igualitario de la tierra, esta ley, a la pregunta fundamental: «quién tiene derecho a usar la tierra», responde:

(Art. 20). «De las parcelas separadas de la superficie de la tierra, para necesidades públicas y personales, pueden hacer uso dentro de los límites de la República Federativa Soviética de Rusia: A) Con fines culturales y educativos: 1) el Estado, en la persona de los órganos del Poder soviético (federal, regional, gubernamental, distrital, de volost y rural). 2) Las organizaciones sociales (bajo el control y con permiso del Poder soviético local). B) Para dedicarse a la agricultura: 3) Las comunas agrícolas. 4) Las sociedades cooperativas agrícolas. 5) Las sociedades rurales. 6) Las familias e individuos separados…»

El lector ve que Kautsky ha tergiversado completamente el asunto y ha presentado al lector alemán, de una manera absolutamente falsa, la política agraria y la legislación agraria del Estado proletario en Rusia.

¡Kautsky no ha sabido ni siquiera plantear las cuestiones de importancia teórica, fundamentales!

Estas cuestiones son las siguientes:

(1) la igualdad en el uso de la tierra y
(2) la nacionalización de la tierra, —la relación de una y otra medida con el socialismo en general y con el tránsito del capitalismo al comunismo en particular.
(3) El cultivo social de la tierra como transición de la pequeña agricultura fragmentada a la gran agricultura social; ¿satisface el planteamiento de esta cuestión en la legislación soviética las exigencias del socialismo?

Sobre la primera cuestión es necesario establecer ante todo los dos hechos fundamentales siguientes: (a) Los bolcheviques, teniendo en cuenta también la experiencia de 1905 (remito, por ejemplo, a mi trabajo sobre la cuestión agraria en la primera revolución rusa[25]), señalaban la importancia democrático-progresiva, democrático-revolucionaria, de la consigna de la igualdad, y en 1917, antes de la Revolución de Octubre, hablaban de esto de manera plenamente definida. (b) Al aprobar la ley sobre la socialización de la tierra, ley cuyo «alma» es la consigna del uso igualitario de la tierra, los bolcheviques declararon con toda precisión y nitidez: esta idea no es nuestra, nosotros no estamos de acuerdo con tal consigna, pero consideramos nuestro deber aplicarla, porque tal es la exigencia de la inmensa mayoría de los campesinos. Y la idea y las exigencias de la mayoría de los trabajadores deben ser superadas por ellos mismos: no se pueden ni «abolir» tales exigencias ni «saltar» por encima de ellas. Nosotros, los bolcheviques, ayudaremos al campesinado a superar las consignas pequeñoburguesas, a pasar de ellas lo más rápido y lo más fácilmente posible a las socialistas.

Un teórico marxista que quisiera ayudar a la revolución obrera con su análisis científico debería haber respondido, en primer lugar, ¿es cierto que la idea del uso igualitario de la tierra tiene una importancia democrático-revolucionaria, la importancia de la culminación de la revolución democrático-burguesa? En segundo lugar, ¿obraron correctamente los bolcheviques al aprobar con sus votos (y observando de la manera más leal) la ley pequeñoburguesa sobre la igualdad?

¡Kautsky no ha sabido ni siquiera notar en qué consiste, teóricamente, el clavo de la cuestión!

Kautsky nunca habría podido refutar que la idea de la igualdad tiene una importancia progresiva y revolucionaria en la transformación democrático-burguesa. Esta transformación no puede ir más lejos. Llegando hasta el fin, con tanta mayor claridad, tanta mayor rapidez, tanta mayor facilidad revela ante las masas la insuficiencia de las soluciones democrático-burguesas, la necesidad de salir de sus marcos, de pasar al socialismo.

El campesinado, que ha derrocado al zarismo y a los terratenientes, sueña con la igualdad, y ninguna fuerza podría impedírselo a los campesinos liberados tanto de los terratenientes como del Estado burgués-parlamentario, republicano. Los proletarios les dicen a los campesinos: nosotros os ayudaremos a llegar hasta el capitalismo «ideal», pues el uso igualitario de la tierra es la idealización del capitalismo desde el punto de vista del pequeño productor. Y al mismo tiempo os mostraremos la insuficiencia de esto, la necesidad de pasar al cultivo social de la tierra.

¡Interesante sería ver cómo intentaría Kautsky refutar la justeza de tal dirección de la lucha campesina por parte del proletariado!

Kautsky ha preferido eludir la cuestión…

Además, Kautsky ha engañado directamente a los lectores alemanes ocultándoles que en la ley sobre la tierra el Poder soviético ha dado una ventaja directa a las comunas y sociedades cooperativas, colocándolas en primer lugar.

Con el campesinado hasta el fin de la revolución democrático-burguesa, —con la parte más pobre, proletaria y semiproletaria del campesinado adelante, hacia la revolución socialista. Tal era la política de los bolcheviques, y ésta era la única política marxista.

¡Y Kautsky se enreda, sin saber plantear ni una sola cuestión! Por un lado, no se atreve a decir que los proletarios debieron separarse del campesinado en la cuestión de la igualdad, porque siente lo absurdo de semejante separación (y además en 1905 Kautsky, cuando aún no era un renegado, defendía clara y directamente la alianza de obreros y campesinos como condición de la victoria de la revolución). Por otro lado, Kautsky cita con simpatía las trivialidades liberales del menchevique Máslov, que «demuestra» el utopismo y el carácter reaccionario de la igualdad pequeñoburguesa desde el punto de vista del socialismo, y calla sobre el carácter progresivo y revolucionario de la lucha pequeñoburguesa por la igualdad, por la distribución igualitaria, desde el punto de vista de la revolución democrático-burguesa.

En Kautsky resulta una confusión sin fin: obsérvese que Kautsky (de 1918) insiste en el carácter burgués de la revolución rusa. ¡Kautsky (de 1918) exige: no salgáis de estos marcos! ¡Y ese mismo Kautsky ve «algo de socialismo» (para una revolución burguesa) en la reforma pequeñoburguesa de arrendar pequeñas parcelas de tierra a los campesinos pobres (es decir, en la aproximación a la igualdad)!!

¡Entienda quien pueda!

Kautsky, por añadidura, revela una incapacidad filistea para tener en cuenta la política real de un partido determinado. Cita frases del menchevique Máslov, sin querer ver la política real del partido menchevique en 1917, cuando éste, en «coalición» con los terratenientes y los kadetes, defendía de hecho una reforma agraria liberal y un acuerdo con los terratenientes (prueba: los arrestos de los miembros de los comités agrarios y el proyecto de ley de S. Máslov).

Kautsky no ha observado que las frases de P. Máslov sobre el carácter reaccionario y utópico de la igualdad pequeñoburguesa encubren de hecho la política menchevique de conciliación de los campesinos con los terratenientes (es decir, de engaño de los campesinos por los terratenientes) en lugar del derrocamiento revolucionario de los terratenientes por los campesinos.

¡Vaya un «marxista» Kautsky!

Precisamente los bolcheviques tuvieron estrictamente en cuenta la diferencia entre la revolución democrático-burguesa y la socialista: llevando hasta el fin la primera, abrían la puerta para el paso a la segunda. Esta es la única política revolucionaria y la única política marxista.

Y en vano repite Kautsky las anodinas agudezas liberales: «Nunca y en ninguna parte los pequeños campesinos, bajo la influencia de convicciones teóricas, han pasado a la producción colectiva» (50).

¡Muy agudo!

Nunca y en ninguna parte los pequeños campesinos de un gran país han estado bajo la influencia de un Estado proletario.

Nunca y en ninguna parte los pequeños campesinos han llegado a una lucha de clases abierta de los campesinos más pobres contra los ricos, hasta la guerra civil entre ellos, bajo la condición del apoyo propagandístico, político, económico y militar a los más pobres por parte del poder estatal proletario.

Nunca y en ninguna parte ha habido tal enriquecimiento de especuladores y ricachones a raíz de la guerra, junto con tal ruina de la masa de los campesinos.

Kautsky repite vejeces, rumia el viejo bolo alimenticio, temiendo siquiera pensar en las nuevas tareas de la dictadura proletaria.

Y ¿qué, querido Kautsky, si a los campesinos les faltan aperos para la pequeña producción, y el Estado proletario les ayuda a conseguir máquinas para el cultivo colectivo de la tierra, es esto «convicción teórica»?
 
Pasemos a la cuestión de la nacionalización de la tierra. Nuestros populistas, incluidos todos los socialistas-revolucionarios de izquierda, niegan que la medida llevada a cabo entre nosotros sea la nacionalización de la tierra. Teóricamente están equivocados. En la medida en que permanecemos dentro de los marcos de la producción mercantil y del capitalismo, la abolición de la propiedad privada sobre la tierra es la nacionalización de la tierra. La palabra «socialización» expresa sólo una tendencia, un deseo, una preparación para el tránsito al socialismo.

¿Cuál debe ser, pues, la actitud de los marxistas ante la nacionalización de la tierra?

Kautsky tampoco aquí sabe ni siquiera plantear la cuestión teórica o —lo que es peor— elude la cuestión deliberadamente, aunque por la literatura rusa se sabe que Kautsky conoce las viejas polémicas entre los marxistas rusos sobre el tema de la nacionalización de la tierra, de la municipalización de la tierra (entrega de las grandes fincas a las autonomías locales) y del reparto.

Es una burla directa del marxismo la afirmación de Kautsky de que la entrega de las grandes fincas al Estado y su arriendo en pequeñas parcelas a los campesinos de poca tierra habría realizado «algo del socialismo». Ya hemos señalado que aquí no hay nada de socialismo. Pero eso no es todo: aquí no hay tampoco una revolución democrático-burguesa llevada hasta el fin. A Kautsky le ha sucedido la gran desgracia de haberse fiado de los mencheviques. De ahí resultó una curiosidad: Kautsky, que defiende el carácter burgués de nuestra revolución, que acusa a los bolcheviques de haberse propuesto ir al socialismo, ¡él mismo da una reforma liberal bajo la apariencia de socialismo, sin llevar esta reforma hasta la limpieza completa de todo lo medieval en las relaciones de propiedad territorial! En Kautsky, como en sus consejeros los mencheviques, resulta una defensa de la burguesía liberal, que teme a la revolución, en lugar de la defensa de una revolución democrático-burguesa consecuente.

En efecto. ¿Por qué convertir en propiedad estatal sólo las grandes fincas, y no todas las tierras? La burguesía liberal logra con esto la mayor conservación de lo viejo (es decir, la menor consecuencia en la revolución) y la mayor facilidad para volver a lo viejo. La burguesía radical, es decir, la que lleva hasta el fin la revolución burguesa, enarbola la consigna de la nacionalización de la tierra.

Kautsky, que en tiempos muy, muy lejanos, hace casi 20 años, escribió un excelente trabajo marxista sobre la cuestión agraria, no puede ignorar las indicaciones de Marx de que la nacionalización de la tierra es precisamente la consigna consecuente de la burguesía{146}. Kautsky no puede desconocer la polémica de Marx con Rodbertus y las notables explicaciones de Marx en las «Teorías de la plusvalía», donde se muestra con particular claridad la importancia revolucionaria —en el sentido democrático-burgués— de la nacionalización de la tierra.

El menchevique P. Máslov, a quien Kautsky tan desafortunadamente ha elegido como consejero, negaba que los campesinos rusos pudieran aceptar la nacionalización de toda la tierra (incluida la campesina). Hasta cierto punto, este punto de vista de Máslov podía estar en conexión con su teoría «original» (que repite a los críticos burgueses de Marx), a saber: la negación de la renta absoluta y el reconocimiento de la «ley» (o «hecho», como se expresaba Máslov) de la «fertilidad decreciente del suelo».

De hecho, ya en la revolución de 1905 se puso de manifiesto que la inmensa mayoría de los campesinos de Rusia, tanto los comuneros como los que vivían en granjas separadas, está por la nacionalización de toda la tierra. La revolución de 1917 lo confirmó y, tras el paso del poder al proletariado, lo llevó a la práctica. Los bolcheviques se mantuvieron fieles al marxismo, no intentando (contra lo que afirma Kautsky, que nos acusa de esto sin sombra de pruebas) «saltar» por encima de la revolución democrático-burguesa. Los bolcheviques ayudaron ante todo a los ideólogos democrático-burgueses del campesinado más radicales, más revolucionarios, más próximos al proletariado, precisamente a los socialistas-revolucionarios de izquierda, a llevar a cabo lo que de hecho era la nacionalización de la tierra. La propiedad privada sobre la tierra en Rusia quedó abolida desde el 26. X. 1917, es decir, desde el primer día de la revolución proletaria, socialista.

Con ello se ha creado el fundamento más perfecto desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo (sin romper con Marx, Kautsky no podrá negarlo), y al mismo tiempo se ha creado un régimen agrario el más flexible en el sentido del tránsito al socialismo. Desde el punto de vista democrático-burgués, al campesinado revolucionario de Rusia no le queda más allá adónde ir: nada más «ideal», desde este punto de vista, que la nacionalización de la tierra y la igualdad en el uso de la tierra; nada más «radical» (desde este mismo punto de vista) puede haber. Precisamente los bolcheviques, sólo los bolcheviques, sólo en virtud de la victoria de la revolución proletaria, ayudaron al campesinado a llevar realmente hasta el fin la revolución democrático-burguesa. Y sólo con esto hicieron el máximo para facilitar y acelerar el tránsito a la revolución socialista.

Se puede juzgar por esto qué increíble confusión ofrece al lector Kautsky, que acusa a los bolcheviques de no comprender el carácter burgués de la revolución y él mismo revela tal alejamiento del marxismo que calla sobre la nacionalización de la tierra y presenta la reforma agraria menos revolucionaria (desde el punto de vista burgués), la liberal, ¡como «algo del socialismo»!
 
Hemos llegado aquí a la tercera de las cuestiones planteadas más arriba, a la cuestión de hasta qué punto ha tenido en cuenta la dictadura proletaria en Rusia la necesidad del paso al cultivo social de la tierra. Kautsky comete aquí de nuevo algo muy parecido a una falsificación: ¡cita sólo «tesis» de un bolchevique que hablan de la tarea de pasar al cultivo colectivo de la tierra! Tras citar una de estas tesis, nuestro «teórico» exclama triunfalmente:

«Con declarar que una determinada cosa es una tarea, la tarea, por desgracia, no queda resuelta. La agricultura colectiva en Rusia está condenada por ahora a quedarse en el papel. Nunca y en ninguna parte los pequeños campesinos han pasado a la producción colectiva sobre la base de convicciones teóricas» (50).

Nunca y en ninguna parte hubo tal estafa literaria como aquella a la que ha descendido Kautsky. Cita las «tesis», silenciando la ley del Poder soviético. Habla de «convicción teórica», silenciando el poder del Estado proletario, que tiene en sus manos tanto fábricas como mercancías. Todo lo que escribía el marxista Kautsky en «La cuestión agraria» en 1899 sobre los medios que tiene en sus manos el Estado proletario para llevar gradualmente a los pequeños campesinos hacia el socialismo, lo ha olvidado el renegado Kautsky en 1918.

Por supuesto, varios centenares de comunas agrícolas y de haciendas soviéticas (es decir, grandes haciendas cultivadas a cuenta del Estado por cooperativas de obreros) apoyadas por el Estado, —eso es muy poco. Pero ¿acaso puede llamarse «crítica» al hecho de que Kautsky pase por alto este hecho?

La nacionalización de la tierra, llevada a cabo en Rusia por la dictadura proletaria, ha asegurado en la mayor medida la culminación de la revolución democrático-burguesa, —incluso en el caso de que el triunfo de la contrarrevolución hiciera volver de la nacionalización al reparto (este caso fue examinado especialmente por mí en el folleto sobre el programa agrario de los marxistas en la revolución de 1905). Y además, la nacionalización de la tierra ha proporcionado al Estado proletario las máximas posibilidades para pasar al socialismo en la agricultura.

Resumen: Kautsky nos ha dado, en el plano teórico, una increíble confusión, con una renuncia total al marxismo, y en la práctica, un lacayismo ante la burguesía y su reformismo. ¡No hay nada que decir, es buena la crítica!

El «análisis económico» de la industria comienza en Kautsky con el siguiente magnífico razonamiento:

En Rusia existe una gran industria capitalista. ¿No se puede sobre esta base construir una producción socialista? «Así se podría pensar si el socialismo consistiese en que los obreros de fábricas y minas aisladas las tomasen para sí en propiedad» (literalmente: se las apropiasen), «para llevar una hacienda separada en cada una de las fábricas» (52). «Precisamente hoy, 5 de agosto, cuando escribo estas líneas —añade Kautsky—, comunican desde Moscú un discurso de Lenin del 2 de agosto, en el que, según se dice, ha afirmado: "Los obreros mantienen firmemente las fábricas en sus manos, y los campesinos no devolverán la tierra a los terratenientes"»[26]. ¡La consigna: la fábrica a los obreros, la tierra a los campesinos, no era hasta ahora socialdemócrata, sino anarcosindicalista» (52-53).

Hemos transcrito íntegramente este razonamiento para que los obreros rusos, que antes respetaban a Kautsky, y lo respetaban con razón, vean por sí mismos los procedimientos del tránsfuga a la burguesía.

¡Piénsese un poco! El 5 de agosto, cuando ya existía una masa de decretos sobre la nacionalización de las fábricas en Rusia, sin que ni una sola fábrica hubiera sido «apropiada» por los obreros, sino que todas eran entregadas a la propiedad de la república, el 5 de agosto Kautsky, basándose en una interpretación manifiestamente fraudulenta de una frase de mi discurso, ¡insinúa a los lectores alemanes la idea de que en Rusia las fábricas se entregan a los obreros individualmente! ¡Y después de esto, Kautsky, a lo largo de decenas y decenas de líneas, rumia el bolo alimenticio de que las fábricas no se pueden entregar una por una a los obreros!

Esto no es crítica, sino un procedimiento de lacayo de la burguesía, alquilado por los capitalistas para calumniar a la revolución obrera.

Las fábricas hay que entregarlas al Estado, o a la comuna, o a las sociedades de consumo, escribe una y otra vez Kautsky, y finalmente añade:

«Por este camino es por el que se ha intentado ahora entrar en Rusia…» ¡¡Ahora!! Es decir, ¿qué significa esto? ¿En agosto? ¿Acaso Kautsky no pudo encargar a su Stein, a su Axelrod o a otros amigos de la burguesía rusa la traducción de al menos un decreto sobre las fábricas?

«…Hasta dónde ha llegado esto, aún no se ve. Esta faceta de la república soviética representa en todo caso el mayor interés para nosotros, pero sigue estando todavía enteramente en la oscuridad. No faltan decretos…» (Por eso Kautsky ignora su contenido o lo oculta a sus lectores), «pero faltan noticias fidedignas sobre el efecto de estos decretos. La producción socialista es imposible sin una estadística integral, detallada, fiable y que informe con rapidez. La república soviética no ha podido crear hasta ahora una estadística tal. Lo que llegamos a saber sobre sus acciones económicas es sumamente contradictorio y no susceptible de verificación alguna. Esto también es uno de los resultados de la dictadura y de la supresión de la democracia. No hay libertad de prensa ni de expresión…» (53).

¡Así se escribe la historia! De la prensa «libre» de los capitalistas y de los dutovistas Kautsky habría recibido información sobre las fábricas que pasan a los obreros… ¡Verdaderamente magnífico es este «serio sabio» por encima de las clases! Ni uno solo de la infinita cantidad de hechos que testimonian que las fábricas se entregan únicamente a la república, que las administra un órgano del Poder soviético formado con participación predominante de los elegidos por los sindicatos obreros, el Consejo Superior de Economía Nacional, —ni uno solo de estos hechos quiere Kautsky tocar. Con terquedad, con la testarudez de un hombre en un estuche, repite una sola cosa: dadme una democracia pacífica, sin guerra civil, sin dictadura, con una buena estadística (la república soviética ha creado una institución estadística y ha atraído a todas las mejores fuerzas estadísticas de Rusia, pero, por supuesto, no se puede obtener rápidamente una estadística ideal). En una palabra, revolución sin revolución, sin lucha furiosa, sin violencias, —he aquí lo que exige Kautsky. Es como si se exigieran huelgas sin el apasionamiento tempestuoso de los obreros y los patronos. ¡Distinga usted, si puede, a semejante «socialista» de un vulgar funcionario liberal!

Y apoyándose en tal «material de hecho», es decir, dejando deliberadamente a un lado con el más completo desprecio los numerosos hechos, Kautsky «concluye»:

«Es dudoso que el proletariado ruso, en el sentido de conquistas prácticas reales, no de decretos, haya obtenido en la república soviética más de lo que habría obtenido de la Asamblea Constituyente, en la cual, exactamente igual que en los Soviets, predominaban los socialistas, aunque de otro matiz» (58).

Una perla, ¿no es cierto? Recomendamos a los admiradores de Kautsky que difundan este dictamen lo más ampliamente posible entre los obreros rusos, pues Kautsky no habría podido ofrecer un material mejor para valorar su bancarrota política. ¡Kerenski también era «socialista», camaradas obreros, sólo que «de otro matiz»! El historiador Kautsky se contenta con el apodo, con el titulo que se «apropiaron» los socialistas-revolucionarios de derecha y los mencheviques. De los hechos que dicen que bajo Kerenski los mencheviques y los socialistas-revolucionarios de derecha apoyaban la política imperialista y el merodeo de la burguesía, el historiador Kautsky no quiere ni oír hablar; sobre que la Asamblea Constituyente daba la mayoría precisamente a estos héroes de la guerra imperialista y de la dictadura burguesa, él guarda modesto silencio. ¡Y a esto se le llama «análisis económico»!...

Para terminar, una muestra más del «análisis económico»:

«…La república soviética, a los nueve meses de su existencia, en lugar de difundir el bienestar general, se ha visto obligada a explicar de dónde proviene la miseria general» (41).

Los kadetes nos han acostumbrado a semejantes razonamientos. Todos los servidores de la burguesía razonan así en Rusia: venga, pues, en 9 meses, el bienestar general —después de una guerra de cuatro años desastrosa, con la ayuda general del capital extranjero al sabotaje y a las insurrecciones de la burguesía en Rusia. Decididamente, entre Kautsky y el burgués contrarrevolucionario no queda en la práctica ninguna diferencia, ni sombra de diferencia. Sus discursos melifluos, falseados «bajo un barniz socialista», repiten lo que los kornilovistas, los dutovistas y los krasnovistas dicen en Rusia groseramente, sin rodeos, sin adornos.

Las líneas precedentes fueron escritas el 9 de noviembre de 1918. En la noche del 9 al 10 se han recibido noticias de Alemania sobre la revolución victoriosa que ha comenzado, primero en Kiel y en otras ciudades del norte y del litoral, donde el poder ha pasado a manos de los Soviets de diputados obreros y soldados, después en Berlín, donde el poder ha pasado igualmente a manos del Soviet{147}.

La conclusión que me quedaba por escribir para el folleto sobre Kautsky y sobre la revolución proletaria se vuelve innecesaria. 10 de noviembre de 1918.