La burguesía ha sido derrotada en nuestro país, pero aún no ha sido extirpada de raíz, ni aniquilada, ni siquiera quebrantada hasta el fin. Por eso se plantea a la orden del día una forma nueva, superior, de lucha contra la burguesía, el paso de la tarea más simple de continuar expropiando a los capitalistas a una tarea mucho más compleja y difícil: la de crear condiciones tales que hagan imposible que la burguesía subsista o vuelva a surgir. Es evidente que esta tarea es inconmensurablemente más elevada y que, sin su solución, no habrá todavía socialismo.

Si tomamos la escala de las revoluciones de Europa occidental, en el momento actual nos encontramos aproximadamente al nivel alcanzado en 1793 y en 1871. Tenemos el legítimo derecho de sentirnos orgullosos de habernos elevado a ese nivel y de haber ido, en un sentido, indudablemente algo más lejos, a saber: hemos decretado e implantado en toda Rusia el tipo más alto de Estado, el poder soviético. Pero no podemos en modo alguno contentarnos con lo alcanzado, pues apenas hemos iniciado la transición al socialismo, pero aún no hemos realizado lo decisivo en este sentido.

Lo decisivo es la organización del más riguroso control y registro de la producción y distribución de los productos a escala de todo el pueblo. Sin embargo, en las empresas, en las ramas y sectores de la economía que hemos arrebatado a la burguesía, aún no hemos logrado el registro y el control, y sin ello no se puede ni hablar de la segunda condición material, igualmente esencial, para la implantación del socialismo, a saber: la elevación, a escala nacional, de la productividad del trabajo.

Por eso no se podría definir la tarea del momento actual con la fórmula simple: continuar la ofensiva contra el capital. A pesar de que, indudablemente, no hemos rematado al capital y de que es absolutamente necesario continuar la ofensiva contra ese enemigo de los trabajadores, una definición semejante sería inexacta, no concreta; no tendría en cuenta la peculiaridad del momento actual, en el que, en interés del éxito de la ofensiva ulterior, es necesario «suspender» ahora la ofensiva.

Esto se puede explicar comparando nuestra situación en la guerra contra el capital con la situación de un ejército victorioso que ha arrebatado al enemigo, digamos, la mitad o dos tercios del territorio y se ve obligado a suspender la ofensiva para reunir fuerzas, aumentar las reservas de medios de combate, reparar y reforzar las líneas de comunicación, construir nuevos almacenes, traer nuevas reservas, etc. La suspensión de la ofensiva por un ejército victorioso en condiciones semejantes es necesaria precisamente en interés de arrebatar al enemigo el resto del territorio, es decir, en interés de la victoria completa. Quien no haya comprendido que esa es precisamente la «suspensión» de la ofensiva contra el capital que nos prescribe la situación objetiva en el momento actual, no ha comprendido nada del momento político que atravesamos.

Por supuesto, de la «suspensión» de la ofensiva contra el capital solo se puede hablar entre comillas, es decir, solo metafóricamente. En una guerra corriente, se puede dar una orden general de suspender la ofensiva, se puede detener de hecho el avance. En la guerra contra el capital, el avance no se puede detener, y de que renunciemos a la ulterior expropiación del capital no puede ni hablarse. Se trata de cambiar el centro de gravedad de nuestro trabajo económico y político. Hasta ahora, en primer plano estaban las medidas de expropiación directa de los expropiadores. Ahora, en primer plano, se sitúa la organización del registro y el control en las haciendas donde los capitalistas ya han sido expropiados, y en todas las demás haciendas.

Si ahora quisiéramos continuar expropiando el capital al mismo ritmo, seguramente sufriríamos una derrota, pues nuestro trabajo de organización del registro y el control proletarios ha quedado manifiestamente, para cualquier persona que piense, rezagado respecto al trabajo de «expropiación de los expropiadores» directa. Si ahora concentramos todas nuestras fuerzas en el trabajo de organización del registro y el control, podremos resolver esta tarea, recuperaremos lo perdido y ganaremos toda nuestra «campaña» contra el capital.

Pero reconocer que hay que recuperar lo perdido, ¿no equivale a reconocer que se ha cometido cierto error? —De ningún modo. Recurramos de nuevo a la comparación militar. Si se puede batir y hacer retroceder al enemigo solo con destacamentos de caballería ligera, hay que hacerlo. Y si esto se puede hacer con éxito solo hasta cierto límite, es perfectamente concebible que más allá de ese límite surja la necesidad de traer artillería pesada. Reconociendo que ahora hay que recuperar el retraso en el envío de artillería pesada, no reconocemos en absoluto como un error el victorioso ataque de la caballería.

A menudo nos reprochaban los lacayos de la burguesía que librábamos un ataque «guardia roja» contra el capital. Un reproche necio, digno precisamente de los lacayos del saco de dinero. Porque el ataque «guardia roja» contra el capital estaba prescrito en su momento incondicionalmente por las circunstancias: en primer lugar, el capital entonces ofrecía una resistencia militar, en la persona de Kerenski y Krasnov, Savinkov y Gots (Gueguechkori todavía ofrece esa resistencia ahora), Dutov y Bogaievski. La resistencia militar no se puede quebrantar más que con medios militares, y los guardias rojos realizaban la nobilísima y grandiosa obra histórica de liberar a los trabajadores y explotados de la opresión de los explotadores.

En segundo lugar, entonces no podíamos situar en primer plano los métodos de administración en lugar de los métodos de represión, entre otras razones porque el arte de administrar no es innato en las personas, sino que se adquiere con la experiencia. Entonces carecíamos de esa experiencia. Ahora la tenemos. En tercer lugar, entonces no podíamos tener a nuestra disposición especialistas de las diversas ramas del saber y de la técnica, pues estos o bien combatían en las filas de los Bogaievski, o bien tenían aún la posibilidad de ofrecer una resistencia pasiva sistemática y tenaz mediante el sabotaje. Ahora ya hemos quebrantado el sabotaje. El ataque «guardia roja» contra el capital fue exitoso, fue victorioso, pues vencimos tanto la resistencia militar del capital como la resistencia sabotajista del capital.

¿Significa esto que el ataque «guardia roja» contra el capital es siempre oportuno, oportuno en todas las circunstancias, que no tenemos otros métodos de lucha contra el capital? Pensarlo sería pueril. Hemos vencido con la caballería ligera, pero también tenemos artillería pesada. Vencíamos con métodos de represión, sabremos vencer también con métodos de administración. Los métodos de lucha contra el enemigo hay que saber cambiarlos cuando cambian las circunstancias. No renunciaremos ni por un minuto a la represión «guardia roja» de los señores Savinkov y Gueguechkori, como de todos los demás terratenientes y contrarrevolucionarios burgueses. Pero no seremos tan necios como para poner en primer lugar los procedimientos «guardia roja» en un tiempo en que la época de la necesidad de los ataques guardia roja ha terminado en lo fundamental (y ha terminado victoriosamente) y en que a la puerta llama la época de la utilización, por parte del poder estatal proletario, de los especialistas burgueses para una labor de arado de la tierra tal que en ella no pueda crecer en absoluto ninguna burguesía.

Es una época peculiar, o, más exactamente, una fase del desarrollo, y para vencer al capital hasta el fin hay que saber adaptar las formas de nuestra lucha a las condiciones peculiares de tal fase.

Sin la dirección de especialistas de las diversas ramas del saber, de la técnica, de la experiencia, la transición al socialismo es imposible, pues el socialismo exige un avance consciente y masivo hacia una productividad del trabajo superior a la del capitalismo y sobre la base de lo alcanzado por el capitalismo. El socialismo debe realizar este avance a su modo, con sus propios procedimientos —digamos más concretamente, con procedimientos soviéticos—. Y los especialistas son inevitablemente burgueses en su mayoría, debido a todo el ambiente de la vida social que los ha hecho especialistas. Si nuestro proletariado, al conquistar el poder, hubiera resuelto rápidamente la tarea del registro, el control, la organización a escala nacional —(esto era irrealizable a causa de la guerra y del atraso de Rusia)— entonces, tras quebrantar el sabotaje, mediante el registro y el control universales habríamos sometido por completo también a los especialistas burgueses. Debido al considerable «retraso» con el registro y el control en general, aunque hemos logrado vencer el sabotaje, aún no hemos creado la situación que ponga a nuestra disposición a los especialistas burgueses; la masa de saboteadores «entra al servicio», pero los mejores organizadores y los más grandes especialistas pueden ser utilizados por el Estado o a la vieja usanza, al modo burgués (es decir, por un alto salario), o a la nueva usanza, al modo proletario (es decir, creando aquella situación de registro y control de todo el pueblo desde abajo que inevitablemente y por sí misma sometería y atraería a los especialistas).

Ahora nos hemos visto obligados a recurrir al viejo medio burgués y a aceptar un pago muy elevado por los «servicios» de los más grandes especialistas burgueses. Todos los que conocen el asunto lo ven, pero no todos reflexionan sobre el significado de una medida semejante por parte del Estado proletario. Es evidente que tal medida es un compromiso, un retroceso respecto a los principios de la Comuna de París y de todo poder proletario, que exigen reducir los salarios al nivel del salario de un obrero medio, que exigen luchar con hechos, y no con palabras, contra el arribismo.

Más aún. Es evidente que tal medida no solo es una suspensión —en cierta esfera y en cierta medida— de la ofensiva contra el capital (pues el capital no es una suma de dinero, sino una relación social determinada), sino también un paso atrás de nuestro poder estatal socialista, soviético, que desde el principio proclamó y llevó a cabo la política de reducir los altos salarios hasta el salario de un obrero medio{64}.

Por supuesto, los lacayos de la burguesía, especialmente los de baja estofa, como los mencheviques, los de Nóvaya Zhizn, los eseristas de derecha, se reirán del reconocimiento de que damos un paso atrás. Pero no tenemos por qué hacer caso de las risitas. Debemos estudiar las peculiaridades de un camino hacia el socialismo extremadamente difícil y nuevo, sin encubrir nuestros errores y debilidades, sino tratando de terminar a tiempo lo inacabado. Ocultar a las masas que la atracción de especialistas burgueses mediante salarios extraordinariamente altos es un retroceso respecto a los principios de la Comuna, significaría descender al nivel de los politiqueros burgueses y engañar a las masas. Explicar abiertamente cómo y por qué hemos dado un paso atrás, luego discutir públicamente qué medios existen para recuperar lo perdido, significa educar a las masas y aprender con la experiencia, junto con ellas, a construir el socialismo. Apenas ha habido una sola campaña militar victoriosa en la historia en la que al vencedor no le ocurriera cometer errores aislados, sufrir derrotas parciales, retroceder temporalmente en algo y en algún lugar. Y la «campaña» emprendida por nosotros contra el capitalismo es un millón de veces más difícil que la campaña militar más difícil, y caer en el desánimo a causa de un retroceso parcial y aislado sería necio y vergonzoso.

Abordemos la cuestión desde el punto de vista práctico. Supongamos que la República Soviética de Rusia necesita mil científicos y especialistas de primera clase de las diferentes áreas del saber, de la técnica, de la experiencia práctica, para dirigir el trabajo del pueblo a fin de lograr el ascenso económico más rápido posible del país. Supongamos que a estas «estrellas de primera magnitud» hay que pagarles —la mayoría de ellas, cuanto más corrompidas están por las costumbres burguesas, con más gusto gritan sobre la corrupción de los obreros— 25.000 rublos al año. Supongamos que esta suma (25 millones de rublos) hay que duplicarla (previendo el pago de primas por el cumplimiento particularmente exitoso y rápido de las tareas organizativo-técnicas más importantes) o incluso cuadruplicarla (suponiendo la atracción de varios centenares de especialistas extranjeros más exigentes). Cabe preguntarse: ¿se puede considerar excesivo o insoportable para la República Soviética un gasto de cincuenta o cien millones de rublos al año para reorganizar el trabajo del pueblo según la última palabra de la ciencia y la técnica? Por supuesto que no. La abrumadora mayoría de los obreros y campesinos conscientes aprobará tal gasto, sabiendo por la vida práctica que nuestro atraso nos hace perder miles de millones, y que aún no hemos alcanzado tal grado de organización, registro y control como para provocar la participación total y voluntaria de las «estrellas» de la intelectualidad burguesa en nuestro trabajo.

Por supuesto, la cuestión tiene también otra faceta. La influencia corruptora de los altos salarios es indiscutible, tanto sobre el poder soviético (tanto más cuanto que, con la rapidez de la revolución, no pudieron dejar de incorporarse a este poder cierto número de aventureros y estafadores, que, junto con algunos comisarios mediocres o sin escrúpulos, no son reacios a convertirse en «estrellas»… del peculado) como sobre la masa obrera. Pero todo lo que hay de pensante y honesto entre los obreros y los campesinos más pobres estará de acuerdo con nosotros, reconocerá que no estamos en condiciones de librarnos de inmediato de la mala herencia del capitalismo, que liberar a la República Soviética del «tributo» de 50 o 100 millones de rublos (tributo por nuestro propio atraso en la organización del registro y el control de todo el pueblo desde abajo) solo es posible organizándonos, elevando la disciplina entre nosotros mismos, depurando nuestro medio de todos los que «guardan la herencia del capitalismo», «observan las tradiciones del capitalismo», es decir, de los holgazanes, los parásitos, los malversadores (ahora toda la tierra, todas las fábricas, todos los ferrocarriles son la «hacienda pública» de la República Soviética). Si los destacamentos conscientes de vanguardia de los obreros y los campesinos más pobres logran, con la ayuda de las instituciones soviéticas, organizarse en un año, disciplinarse, elevarse, crear una potente disciplina laboral, entonces en un año nos quitaremos de encima ese «tributo», que se puede reducir incluso antes… exactamente en la medida de los éxitos de nuestra disciplina laboral y organización obrera y campesina. Cuanto más pronto aprendamos nosotros mismos, obreros y campesinos, una mejor disciplina laboral y una técnica de trabajo superior, utilizando para este aprendizaje a los especialistas burgueses, tanto más pronto nos libraremos de todo «tributo» a esos especialistas.

Nuestro trabajo de organización, bajo la dirección del proletariado, del registro y control de la producción y distribución de los productos a escala de todo el pueblo se ha rezagado enormemente respecto a nuestro trabajo de expropiación directa de los expropiadores. Esta situación es fundamental para comprender las peculiaridades del momento actual y las tareas que de ella se derivan para el poder soviético. El centro de gravedad en la lucha contra la burguesía se desplaza hacia la organización de dicho registro y control. Solo partiendo de esto se pueden definir correctamente las tareas inmediatas de la política económica y financiera en la esfera de la nacionalización de los bancos, de la monopolización del comercio exterior, del control estatal sobre la circulación monetaria, de la introducción de un impuesto sobre la propiedad y sobre la renta satisfactorio desde el punto de vista proletario, de la introducción del servicio laboral obligatorio.

Nos hemos rezagado sobremanera en las transformaciones socialistas en estas esferas (y son esferas muy y muy sustanciales), y nos hemos rezagado precisamente porque, en general, el registro y el control no están suficientemente organizados. Por supuesto, esta tarea es de las más difíciles, y con la ruina creada por la guerra admite solo una solución prolongada, pero no hay que olvidar que justamente aquí la burguesía —en particular la numerosa pequeña burguesía y el campesinado— nos libra la batalla más seria, minando el control que se está organizando, minando, por ejemplo, el monopolio del trigo, conquistando posiciones para la especulación y el comercio especulativo. Lo que ya hemos decretado, distamos mucho de haberlo llevado suficientemente a la práctica, y la principal tarea del momento consiste precisamente en concentrar todos los esfuerzos en la realización práctica, efectiva, de los fundamentos de aquellas transformaciones que ya se han convertido en ley (pero que aún no se han convertido en realidad).

Para continuar la nacionalización de los bancos y avanzar sin vacilaciones hacia la transformación de los bancos en los puntos nodales de la contabilidad social bajo el socialismo, es necesario ante todo y sobre todo alcanzar éxitos reales en el aumento del número de sucursales del Banco del Pueblo, en la atracción de depósitos, en facilitar al público las operaciones de ingreso y retirada de dinero, en eliminar las «colas», en la captura y fusilamiento de sobornadores y estafadores, etc. Primero hay que llevar realmente a la práctica lo más simple, organizar bien lo existente, y solo después preparar lo más complejo.

Fortalecer y regular aquellos monopolios estatales (sobre el trigo, sobre el cuero, etc.) que ya han sido introducidos, y con ello preparar la monopolización del comercio exterior por el Estado; sin tal monopolización no podremos «desembarazarnos» del capital extranjero pagando un «tributo»{65}. Y toda la posibilidad de la construcción socialista depende de si sabremos, durante un cierto período de transición, defendiendo nuestra independencia económica interior, pagar un cierto tributo al capital extranjero.

En lo que respecta a la recaudación de impuestos en general, y del impuesto sobre la propiedad y sobre la renta en particular, también nos hemos rezagado extraordinariamente. La imposición de contribuciones a la burguesía —medida en principio absolutamente aceptable y merecedora de la aprobación proletaria— muestra que en este sentido estamos aún más cerca de los métodos de reconquista (de Rusia a los ricos para los pobres) que de los métodos de administración. Pero para ser más fuertes y para mantenernos más firmemente en pie, debemos pasar a estos últimos métodos, debemos sustituir la contribución a la burguesía por un impuesto permanente y regularmente recaudado sobre la propiedad y sobre la renta, que dará más al Estado proletario y que exige de nosotros precisamente una mayor organización, una mejor puesta a punto del registro y del control{66}.

Nuestro retraso en la introducción del servicio laboral obligatorio muestra una vez más que a la orden del día se sitúa precisamente el trabajo preparatorio-organizativo que, por un lado, debe consolidar definitivamente lo arrebatado y, por otro, es necesario para preparar la operación que «cercará» al capital y lo obligará a «rendirse». Habríamos debido comenzar inmediatamente la introducción del servicio laboral obligatorio, pero introduciéndolo con gran gradualidad y prudencia, comprobando cada paso con la experiencia práctica y, por supuesto, haciendo de la introducción del servicio laboral obligatorio para los ricos el primer paso. La introducción de una cartilla de trabajo y de presupuesto de consumo para todo burgués, incluido el del campo, sería un serio paso adelante hacia el «cerco» completo del enemigo y hacia la creación de un verdadero registro y control de la producción y distribución de los productos a escala de todo el pueblo.