Kautsky razona de la siguiente manera:

(1) «Los explotadores han constituido siempre tan sólo una pequeña minoría de la población» (pág. 14 del librito de Kautsky).

Es una verdad indiscutible. Partiendo de esta verdad, ¿cómo se debe razonar? Se puede razonar al modo marxista, socialista; entonces hay que tomar como base la relación de los explotados con los explotadores. Se puede razonar al modo liberal, democrático-burgués; entonces hay que tomar como base la relación de la mayoría con la minoría.

Si se razona al modo marxista, hay que decir: los explotadores convierten inevitablemente el Estado (y se trata de la democracia, es decir, de una de las formas de Estado) en un instrumento de dominación de su clase, de los explotadores, sobre los explotados. Por eso, el Estado democrático, mientras existan explotadores que dominen sobre la mayoría de los explotados, será inevitablemente una democracia para los explotadores. El Estado de los explotados debe diferir radicalmente de ese Estado, debe ser una democracia para los explotados y una represión de los explotadores, y la represión de una clase significa la desigualdad de esa clase, su exclusión de la «democracia».

Si se razona al modo liberal, habrá que decir: la mayoría decide, la minoría obedece. A quienes no obedecen se los castiga. Y eso es todo. No hay por qué discurrir sobre el carácter de clase del Estado en general ni sobre la «democracia pura» en particular; eso no viene al caso, porque mayoría es mayoría y minoría es minoría. Una libra de carne es una libra de carne, y basta.

Así razona exactamente Kautsky:

(2) «¿Por qué motivo la dominación del proletariado habría de tomar y debería tomar necesariamente una forma incompatible con la democracia?» (pág. 21). Sigue una explicación de que el proletariado tiene de su lado a la mayoría, explicación muy minuciosa y muy prolija, con una cita de Marx y con cifras de votos en la Comuna de París. Conclusión: «Un régimen que tan fuertemente está enraizado en las masas no tiene el menor motivo para atentar contra la democracia. No siempre podrá prescindir de la violencia, en los casos en que se recurra a la violencia para aplastar la democracia. A la violencia solo se puede responder con violencia. Pero un régimen que sabe que las masas están con él empleará la violencia únicamente para proteger la democracia, y no para aniquilarla. Cometería sencillamente un suicidio si quisiera eliminar su base más segura, el sufragio universal, fuente profunda de una potente autoridad moral» (pág. 22).

Vean ustedes: la relación de los explotados con los explotadores ha desaparecido de la argumentación de Kautsky. Solo queda la mayoría en general, la minoría en general, la democracia en general, la ya conocida «democracia pura».

¡Y nótese que esto se dice en relación con la Comuna de París! Veamos, para mayor claridad, cómo hablaban Marx y Engels de la dictadura en conexión con la Comuna:

Marx: «…Cuando los obreros sustituyan la dictadura de la burguesía por su dictadura revolucionaria… para quebrantar la resistencia de la burguesía… los obreros dan al Estado una forma revolucionaria y transitoria…»{114}

Engels: «…El partido vencedor» (en la revolución) «se ve forzado por necesidad a mantener su dominación mediante el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. Si la Comuna de París no se hubiese apoyado en la autoridad del pueblo armado contra la burguesía, ¿acaso habría durado más de un día? ¿No tenemos, por el contrario, el derecho de censurar a la Comuna por haber hecho demasiado poco uso de esta autoridad?…»{115}

Y también: «Como el Estado es solo una institución transitoria, de la que hay que servirse en la lucha, en la revolución, para someter violentamente a los adversarios, hablar de un Estado popular libre es un puro absurdo: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, lo necesitará no en interés de la libertad, sino en interés de someter a sus adversarios; y cuando sea posible hablar de libertad, entonces el Estado, como tal, dejará de existir…»{116}

Entre Kautsky y Marx y Engels hay la misma distancia que del cielo a la tierra, que entre un liberal y un revolucionario proletario. La democracia pura y simplemente la «democracia» de que habla Kautsky no es más que una paráfrasis del mismo «Estado popular libre», es decir, un puro absurdo. Kautsky, con la sabiduría de un sapientísimo tonto de gabinete o con la inocencia de una niña de 10 años, pregunta: ¿para qué haría falta la dictadura si existe la mayoría? Y Marx y Engels explican:

- - Para quebrantar la resistencia de la burguesía,
- - para inspirar miedo a los reaccionarios,
- - para mantener la autoridad del pueblo armado contra la burguesía,
- - para que el proletariado pueda someter violentamente a sus adversarios.

Kautsky no comprende estas explicaciones. Enamorado de la «pureza» de la democracia, sin ver su carácter burgués, sostiene «consecuentemente» que la mayoría, por ser mayoría, no necesita «quebrantar la resistencia» de la minoría, no necesita «someterla violentemente»; basta con reprimir los casos de violación de la democracia. Enamorado de la «pureza» de la democracia, Kautsky comete sin querer el mismo pequeño error que cometen siempre todos los demócratas burgueses, a saber: ¡tomar la igualdad formal (totalmente falsa e hipócrita bajo el capitalismo) por la igualdad efectiva! ¡Pequeñez!

El explotador no puede ser igual al explotado.

Esta verdad, por muy desagradable que sea para Kautsky, constituye el contenido esencial del socialismo.

Otra verdad: no puede haber igualdad real, efectiva, mientras no esté completamente aniquilada toda posibilidad de explotación de una clase por otra.

A los explotadores se los puede vencer de golpe, en caso de una insurrección afortunada en el centro o de una sublevación de las tropas. Pero, salvo casos muy raros y especiales, a los explotadores no se los puede suprimir de golpe. No se puede expropiar de un solo golpe a todos los terratenientes y capitalistas de un país un poco grande. Además, la expropiación por sí sola, como acto jurídico o político, está muy lejos de resolver el problema, porque es necesario desplazar de hecho a los terratenientes y capitalistas, sustituirlos de hecho por otra dirección, obrera, de las fábricas y haciendas. No puede haber igualdad entre los explotadores, que durante largas generaciones se han distinguido por su instrucción, por las condiciones de una vida opulenta y por sus hábitos, y los explotados, cuya masa, incluso en las repúblicas burguesas más avanzadas y democráticas, está oprimida, embrutecida, ignorante, atemorizada, dispersa. Los explotadores conservan inevitablemente, durante mucho tiempo después del vuelco, una serie de enormes ventajas de hecho: les quedan el dinero (no se puede suprimir el dinero de golpe), algunos bienes muebles, a menudo considerables; les quedan las relaciones, los hábitos de organización y administración, el conocimiento de todos los «secretos» (costumbres, procedimientos, medios, posibilidades) de la gestión, les queda una instrucción más alta, la cercanía al personal técnico superior (que vive y piensa al modo burgués); les queda una experiencia incomparablemente mayor en el arte militar (esto es muy importante), etc., etc.

Si los explotadores han sido vencidos solo en un país –y este es, por supuesto, el caso típico, pues una revolución simultánea en varios países es una rara excepción–, siguen siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, pues los vínculos internacionales de los explotadores son enormes. Que una parte de los explotados, procedente de las masas menos desarrolladas de campesinos medios, artesanos, etc., va y puede ir tras los explotadores, lo han demostrado hasta ahora todas las revoluciones, incluida la Comuna (pues entre las tropas versallescas, cosa que ha «olvidado» el sapientísimo Kautsky, también había proletarios).

En semejante estado de cosas, suponer que en una revolución medianamente profunda y seria resuelve la cuestión, sencillamente, la relación de la mayoría con la minoría, es la mayor estupidez, es el prejuicio más necio de un liberal adocenado, es un engaño a las masas, es ocultarles una verdad histórica evidente. Esta verdad histórica consiste en que, en toda revolución profunda, la regla es la resistencia larga, tenaz, desesperada de los explotadores, que conservan durante una serie de años grandes ventajas de hecho sobre los explotados. Jamás –salvo en la dulzona fantasía del dulzón tontuelo de Kautsky– los explotadores se someterán a la decisión de la mayoría de los explotados sin probar en una última, desesperada batalla, en una serie de batallas, su superioridad.

El tránsito del capitalismo al comunismo es toda una época histórica. Mientras no haya terminado, los explotadores conservan inevitablemente la esperanza de una restauración, y esta esperanza se convierte en tentativas de restauración. Y después de la primera derrota seria, los explotadores derrocados, que no esperaban su derrocamiento, que no creían en él, que no admitían su posibilidad, se lanzan con energía decuplicada, con pasión frenética, con un odio centuplicado, a la lucha por recuperar el «paraíso» perdido, por sus familias, que vivían tan dulcemente y a las que ahora la «canalla plebeya» condena a la ruina y a la miseria (o al trabajo «simple»…). Y tras los explotadores capitalistas se arrastra la ancha masa de la pequeña burguesía, de la cual decenios de experiencia histórica de todos los países atestiguan que vacila y titubea, que hoy va con el proletariado, mañana se asusta de las dificultades del vuelco, cae presa del pánico ante la primera derrota o media derrota de los obreros, se pone nerviosa, se agita, gimotea, se pasa de un campo al otro… como nuestros mencheviques y socialrevolucionarios.

¡Y en semejante estado de cosas, en una época de guerra desesperada, agudizada, cuando la historia pone a la orden del día las cuestiones del ser o no ser de privilegios seculares y milenarios, venir a discurrir sobre mayoría y minoría, sobre democracia pura, sobre la no necesidad de la dictadura, sobre la igualdad del explotador con el explotado! ¡Cuánta estupidez sin fondo, cuánto abismo de filisteísmo se necesita para esto!

Pero los decenios de capitalismo relativamente «pacífico» de 1871–1914 acumularon en los partidos socialistas que se amoldaban al oportunismo establos de Augías de filisteísmo, estrechez de miras, renegadismo…

El lector habrá notado, probablemente, que en la cita de su libro arriba reproducida, Kautsky habla de un atentado contra el sufragio universal (llamándolo –dicho sea entre paréntesis– fuente profunda de una potente autoridad moral, mientras que Engels, a propósito de la misma Comuna de París y de la misma cuestión de la dictadura, habla de la autoridad del pueblo armado contra la burguesía; es característico comparar el punto de vista del filisteo y del revolucionario sobre la «autoridad»…).

Hay que señalar que la cuestión de la privación del derecho de sufragio a los explotadores es una cuestión puramente rusa, y no una cuestión de la dictadura del proletariado en general. Si Kautsky, sin hipocresías, hubiera titulado su folleto «Contra los bolcheviques», ese título habría correspondido al contenido del folleto, y entonces Kautsky habría tenido derecho a hablar directamente del derecho de sufragio. Pero Kautsky quiso presentarse ante todo como «teórico». Tituló su folleto «La dictadura del proletariado» en general. Habla de los Soviets y de Rusia específicamente solo en la segunda parte del folleto, a partir de su parágrafo sexto. En la primera parte (de la cual he tomado la cita) se habla de la democracia y la dictadura en general. Al ponerse a hablar del derecho de sufragio, Kautsky se ha delatado como un polemista contra los bolcheviques que no estima en un comino la teoría. Porque la teoría, esto es, el examen de los fundamentos de clase generales (y no nacionales-específicos) de la democracia y la dictadura, debe hablar no de una cuestión especial, como el derecho de sufragio, sino de la cuestión general: ¿puede conservarse la democracia también para los ricos, también para los explotadores, en el período histórico del derrocamiento de los explotadores y de la sustitución de su Estado por el Estado de los explotados?

Así, y solo así, puede plantear la cuestión un teórico.

Conocemos el ejemplo de la Comuna, conocemos todos los razonamientos de los fundadores del marxismo en relación con ella y a propósito de ella. Sobre la base de este material he examinado, por ejemplo, la cuestión de la democracia y la dictadura en mi folleto *El Estado y la Revolución*, escrito antes de la Revolución de Octubre. Sobre la limitación del derecho de sufragio no decía yo ni una palabra. Y ahora hay que decir que la cuestión de la limitación del derecho de sufragio es una cuestión nacional-específica, y no una cuestión general de la dictadura. A la cuestión de la limitación del derecho de sufragio hay que llegar estudiando las condiciones particulares de la revolución rusa, el camino particular de su desarrollo. En la exposición ulterior esto se hará. Pero sería un error garantizar de antemano que las futuras revoluciones proletarias en Europa darán todas, o en su mayoría, una limitación del derecho de sufragio para la burguesía. Puede que sea así. Después de la guerra y después de la experiencia de la revolución rusa, probablemente será así, pero esto no es obligatorio para la realización de la dictadura, no constituye un rasgo necesario del concepto lógico de dictadura, no entra como condición necesaria en el concepto histórico y de clase de la dictadura.

El rasgo necesario, la condición obligatoria de la dictadura, es la represión violenta de los explotadores como clase y, por consiguiente, la violación de la «democracia pura», es decir, de la igualdad y de la libertad, con respecto a esa clase.

Así, y solo así, puede plantearse la cuestión teóricamente. Y Kautsky, al no haber planteado así la cuestión, ha demostrado que actúa contra los bolcheviques no como teórico, sino como sicofante de los oportunistas y de la burguesía.

En qué países, bajo qué peculiaridades nacionales de tal o cual capitalismo, se aplicará (exclusiva o predominantemente) una u otra limitación, una violación de la democracia para los explotadores, ésta es una cuestión de las peculiaridades nacionales de tal o cual capitalismo, de tal o cual revolución. La cuestión teórica se plantea de otro modo, se plantea así: ¿es posible la dictadura del proletariado sin violación de la democracia con respecto a la clase de los explotadores?

Kautsky ha soslayado precisamente esta cuestión, la única teóricamente importante y esencial. Kautsky ha aducido toda suerte de citas de Marx y Engels, excepto aquellas que se refieren a esta cuestión y que yo he citado más arriba.

Kautsky ha hablado de todo lo que se quiera, de todo lo que es aceptable para los liberales y los demócratas burgueses, de todo lo que no sale del círculo de sus ideas, excepto de lo principal, excepto de que el proletariado no puede vencer sin quebrantar la resistencia de la burguesía, sin someter violentamente a sus adversarios, y de que allí donde hay «sometimiento violento», donde no hay «libertad», no hay, por supuesto, democracia.

Esto Kautsky no lo ha entendido.

Pasemos a la experiencia de la revolución rusa y a la divergencia entre los Soviets y la Asamblea Constituyente, divergencia que condujo a la disolución de la Constituyente y a la privación del derecho de sufragio a la burguesía.