El camarada Sosnovski, redactor de *Bednotá*{168}, me trajo un libro notable. Es preciso darlo a conocer al mayor número posible de obreros y campesinos. De él deben extraerse las más serias enseñanzas sobre los problemas más importantes de la edificación socialista, magníficamente explicados con vivos ejemplos. Se trata del libro del camarada Alexánder Tódorski: *Un año con el fusil y el arado*, editado en la pequeña ciudad de Vesiégonsk por el comité ejecutivo del distrito local con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre.

El autor describe la experiencia de un año de actividad de los dirigentes del trabajo de edificación del Poder Soviético en el distrito de Vesiégonsk: primero la guerra civil, la insurrección de los kuláks locales y su represión, y después «la edificación pacífica de la vida». La descripción del curso de la revolución en un distrito tan apartado le ha salido al autor tan sencilla y al mismo tiempo tan viva, que el mero hecho de resumirla no haría sino desvirtuar la impresión. Hay que difundir este libro lo más ampliamente posible y expresar el deseo de que el mayor número posible de los trabajadores que han actuado en la masa y con la masa, en la verdadera entraña de la vida, se dediquen a describir su experiencia. La publicación de unos cuantos centenares, o al menos de unas cuantas decenas de las mejores, las más veraces, las más sencillas y las más ricas en contenido factual valioso de tales descripciones sería infinitamente más útil para la causa del socialismo que muchos de los trabajos de periódicos, revistas y libros de empedernidos literatos, que a menudo no ven la vida más allá del papel.

Tomaré un pequeño ejemplo del relato del camarada A. Tódorski. Se trataba de no dejar «sin trabajo» «las manos de los comerciantes», sino de impulsarlas a «ponerse a trabajar».

«...Con este fin fueron llamados al comité ejecutivo tres jóvenes, enérgicos y particularmente eficientes industriales: E. E. Efriémov, A. K. Lóguinov y N. M. Kozlov, y bajo la amenaza de privación de libertad y confiscación de todos los bienes fueron obligados a participar en la creación de un aserradero y una fábrica de curtidos (de cromo), a cuyo equipamiento se procedió de inmediato.

El Poder Soviético no se equivocó en la elección de los trabajadores, y los industriales, en honor a la verdad, fueron casi los primeros en comprender que no tenían que habérselas con “huéspedes casuales de dos semanas”, sino con los verdaderos dueños, que habían tomado el poder en sus manos firmes.

Habiéndolo comprendido de forma absolutamente correcta, se pusieron con energía a cumplir las disposiciones del comité ejecutivo, y en la actualidad Vesiégonsk cuenta ya con un aserradero que funciona a pleno rendimiento, que atiende toda la demanda de la población local y cumple los pedidos del nuevo ferrocarril en construcción.

En cuanto a la fábrica de curtidos de cromo, el local ya está equipado y se procede a la instalación del motor, los tambores y demás máquinas traídas de Moscú, y dentro de poco más de mes y medio o dos meses, Vesiégonsk tendrá cuero de cromo de elaboración propia.

El equipamiento de dos fábricas soviéticas con manos “no soviéticas” sirve de buen ejemplo sobre cómo hay que luchar con la clase que nos es hostil.

Es sólo la mitad del problema si golpeamos a los explotadores en las manos, los neutralizamos o los “hacemos polvo”. El problema se resolverá con éxito cuando los obliguemos a trabajar, y con el trabajo realizado por sus manos ayudemos a mejorar la nueva vida y a consolidar el Poder Soviético.»

Esta excelente y profundamente acertada reflexión debería ser grabada en tablas y colocada en cada consejo de economía nacional, en cada organismo de abastecimiento, en cualquier fábrica, en cada sección agraria, etcétera. Pues lo que comprendieron los camaradas en la apartada Vesiégonsk, a menudo se obstinan en no comprenderlo los trabajadores soviéticos de las capitales. No es raro encontrarse con un intelectual u obrero soviético, comunista, que tuerce el gesto con desprecio al mencionar la cooperación, declarando con extremada importancia —y con no menos extrema estupidez— que esas no son manos soviéticas, que son burgueses, tenderos, mencheviques, que en tal momento y en tal lugar los cooperativistas encubrieron con sus operaciones financieras la ayuda a los guardias blancos, que el aparato de abastecimiento y distribución en nuestra república socialista debe ser construido por manos soviéticas puras.

Semejante razonamiento es típico en el sentido de que la verdad se mezcla aquí con la mentira de tal modo que resulta una peligrosísima tergiversación de las tareas del comunismo, que causa un daño inmenso a nuestra causa.

Sí, la cooperación es un aparato de la sociedad burguesa, surgido en la atmósfera del «tenderismo», que ha educado a los dirigentes en el espíritu de la política burguesa y la concepción burguesa del mundo, y que por ello arroja un alto porcentaje de guardias blancos o de auxiliares de la guardia blanca. Esto es indiscutible. Pero lo malo es cuando, a partir de una verdad indiscutible, mediante la simplificación y la aplicación burda, se empiezan a sacar conclusiones absurdas. No podemos construir el comunismo más que con los materiales creados por el capitalismo, más que con el aparato cultural criado en el ambiente burgués y que por ello inevitablemente está impregnado —puesto que se trata del material humano como parte de ese aparato cultural— de psicología burguesa. En esto radica la dificultad de construir la sociedad comunista, pero también en esto radica la garantía de su posibilidad y de su éxito. El marxismo se distingue del viejo socialismo utópico en que este último quería construir la nueva sociedad no con los representantes masivos del material humano que engendra el sangriento, sucio, rapaz y tendero capitalismo, sino con personas especialmente virtuosas cultivadas en invernaderos y estufas especiales. Esta idea ridícula es ahora considerada ridícula por todos y todos la han abandonado, pero no todos quieren o saben reflexionar a fondo sobre la enseñanza contraria del marxismo, reflexionar sobre cómo es posible (y necesario) construir el comunismo a partir del material humano masivo, corrompido por siglos y milenios de esclavitud, servidumbre, capitalismo, pequeña economía atomizada y guerra de todos contra todos por un lugar en el mercado, por un precio más alto para el producto o para el trabajo.

La cooperación es un aparato burgués. De esto se deduce que no merece confianza política, pero en modo alguno se deduce que sea lícito apartarse de la tarea de utilizarla con fines de administración y edificación. La desconfianza política lleva a que no se pueda otorgar a personas no soviéticas puestos de responsabilidad política. Lleva a que las chekás sigan atentamente a los representantes de las clases, capas o grupos que gravitan hacia la guardia blanca. (Dicho sea de paso, no es en absoluto obligatorio llegar a las necedades que escribió en su revista de Kazán *Krasny Terror*{169} el camarada Latsis, uno de los mejores y más probados comunistas, quien queriendo decir que el terror rojo es la represión violenta de los explotadores que intentan restaurar su dominación, escribió en cambio en la pág. 2 del n.º 1 de su revista: «No busquéis (¡!?) en el sumario pruebas acusatorias sobre si se ha levantado contra el Soviet con las armas o con la palabra».)

La desconfianza política hacia los representantes del aparato burgués es legítima y necesaria. Rechazar su utilización para la labor de administración y edificación es la mayor estupidez, que acarrea el mayor perjuicio al comunismo. Quien pretendiera recomendar a un menchevique como socialista o como dirigente político, o incluso como consejero político, cometería un enorme error, pues la historia de la revolución en Rusia ha demostrado de manera definitiva que los mencheviques (y los socialistas-revolucionarios) no son socialistas, sino demócratas pequeñoburgueses, capaces, en cada agudización seria de la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía, de ponerse del lado de la burguesía. Pero la democracia pequeñoburguesa no es una formación política casual, no es una especie de excepción, sino un producto necesario del capitalismo, y no sólo el viejo campesinado medio, precapitalista y económicamente reaccionario, es el «proveedor» de esta democracia, sino también la intelectualidad y la cooperación, nacidas en el terreno del gran capitalismo, de tipo cultural-capitalista, etc. Pues incluso en la atrasada Rusia, junto a los Kolupáyev y los Razuváyev, surgieron capitalistas que supieron poner a su servicio a la intelectualidad culta, menchevique, eserista, sin partido. ¿Acaso seremos nosotros más torpes que esos capitalistas y no sabremos utilizar semejante «material de construcción» para edificar la Rusia comunista?