Kautsky está firmemente convencido de ser internacionalista y se considera a sí mismo como tal. A los Scheidemann los declara «socialistas gubernamentales». Defendiendo a los mencheviques (Kautsky no dice directamente que está de acuerdo con ellos, pero sostiene íntegramente sus puntos de vista), Kautsky ha puesto de relieve de manera notablemente clara de qué clase es su «internacionalismo». Y como Kautsky no es un caso aislado, sino un representante de una corriente inevitablemente surgida en el ambiente de la II Internacional (Longuet en Francia, Turati en Italia, Nobs y Grimm, Graber y Naine en Suiza, Ramsay MacDonald en Inglaterra, etc.), es instructivo detenerse en el «internacionalismo» de Kautsky.

Subrayando que los mencheviques también estuvieron en Zimmerwald (diploma, sin duda, pero... diploma podrido), Kautsky describe del modo siguiente los puntos de vista de los mencheviques, con los cuales está de acuerdo:

«...Los mencheviques querían la paz universal. Querían que todos los beligerantes aceptaran la consigna: sin anexiones ni indemnizaciones. Mientras esto no se lograra, el ejército ruso, según este punto de vista, debía permanecer en disposición combativa. Los bolcheviques, en cambio, exigían la paz inmediata a toda costa; estaban dispuestos, en caso necesario, a firmar una paz por separado; trataban de imponerla por la fuerza, acentuando la ya de por sí grande desorganización del ejército» (pág. 27). Los bolcheviques debían, según la opinión de Kautsky, no tomar el poder y contentarse con la Asamblea Constituyente.

Así, pues, el internacionalismo de Kautsky y de los mencheviques consiste en lo siguiente: exigir reformas al gobierno burgués imperialista, pero continuar apoyándolo, continuar apoyando la guerra dirigida por ese gobierno, hasta que todos los beligerantes hayan aceptado la consigna: sin anexiones ni indemnizaciones. Ese mismo punto de vista lo expresaron repetidas veces Turati y los kautskianos (Haase y otros), y Longuet y Cía., declarando que ellos estaban por la «defensa de la patria».

Teóricamente, esto es una incapacidad total para separarse de los socialchovinistas y una completa confusión en la cuestión de la defensa de la patria. Políticamente, esto es la sustitución del internacionalismo por el nacionalismo pequeñoburgués y el paso al lado del reformismo, la renuncia a la revolución.

El reconocimiento de la «defensa de la patria» es, desde el punto de vista del proletariado, la justificación de esta guerra, el reconocimiento de su legitimidad. Y como la guerra sigue siendo imperialista (tanto bajo la monarquía como bajo la república) — independientemente de dónde se hallen las tropas enemigas en un momento dado, en mi país o en otro —, el reconocimiento de la defensa de la patria es, en la práctica, el apoyo a la burguesía imperialista, rapaz, una completa traición al socialismo. Incluso bajo Kerensky, en la república democrático-burguesa, la guerra continuó siendo imperialista, porque la dirigía la burguesía como clase dominante (y la guerra es la «continuación de la política»); y una expresión particularmente clara del carácter imperialista de la guerra eran los tratados secretos sobre el reparto del mundo y el saqueo de países extranjeros, firmados por el ex zar con los capitalistas de Inglaterra y Francia.

Los mencheviques engañaban vilmente al pueblo al llamar a esa guerra defensiva o revolucionaria, y Kautsky, aprobando la política de los mencheviques, aprueba el engaño al pueblo, aprueba el papel de los pequeñoburgueses que sirven al capital embaucando a los obreros, atándolos al carro de los imperialistas. Kautsky sigue una política típicamente pequeñoburguesa, filistea, imaginando (e inculcando a las masas la idea absurda) que la proclamación de una consigna cambia las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa desenmascara esta ilusión: para engañar al pueblo, los demócratas burgueses siempre han presentado y siempre presentan cualquier tipo de «consignas». La cuestión está en verificar su sinceridad, en confrontar las palabras con los hechos, en no contentarse con la frase idealista o charlatana, sino buscar la realidad de clase. La guerra imperialista no deja de ser imperialista cuando los charlatanes o los fraseadores, o los pequeñoburgueses filisteos, presentan una dulzona «consigna»; deja de serlo solamente cuando la clase que dirige la guerra imperialista y está ligada a ella por millones de hilos económicos (y aun de cuerdas) es efectivamente derrocada y sustituida en el poder por una clase realmente revolucionaria, el proletariado. De otro modo no se puede salir de la guerra imperialista — ni tampoco de la paz imperialista, rapaz.

Al aprobar la política exterior de los mencheviques, al declararla internacionalista y zimmerwaldista, Kautsky demuestra, en primer lugar, toda la podredumbre de la mayoría zimmerwaldista, oportunista (¡no en vano nosotros, la izquierda de Zimmerwald{134}, nos separamos inmediatamente de esa mayoría!); y, en segundo lugar — y esto es lo principal —, Kautsky pasa de la posición del proletariado a la posición de la pequeña burguesía, de la posición revolucionaria a la reformista.

El proletariado lucha por el derrocamiento revolucionario de la burguesía imperialista; la pequeña burguesía, por el «perfeccionamiento» reformista del imperialismo, por la adaptación a él, sometiéndose a él. Cuando Kautsky era aún marxista, por ejemplo, en 1909, cuando escribió «El camino al poder», defendía precisamente la idea de la inevitabilidad de la revolución en relación con la guerra, hablaba de la proximidad de una era de revoluciones. El Manifiesto de Basilea de 1912 habla directa y concretamente de la revolución proletaria en relación con esa misma guerra imperialista entre el grupo alemán y el inglés que estalló en 1914. Y en 1918, cuando comenzaron las revoluciones en relación con la guerra, en lugar de explicar su inevitabilidad, en lugar de meditar y pensar hasta el final la táctica revolucionaria, los medios y procedimientos de preparación para la revolución, Kautsky empezó a llamar internacionalismo a la táctica reformista de los mencheviques. ¿No es esto renegación?

Kautsky elogia a los mencheviques por haber insistido en mantener la disposición combativa del ejército. Reprende a los bolcheviques por haber acentuado la ya de por sí grande «desorganización del ejército». Esto significa elogiar el reformismo y la sumisión a la burguesía imperialista, reprender a la revolución, renunciar a ella. Porque mantener la disposición combativa significaba y era, bajo Kerensky, mantener un ejército con un mando burgués (aunque fuera republicano). Todo el mundo sabe — y el curso de los acontecimientos lo confirmó claramente — que este ejército republicano conservaba el espíritu korniloviano debido al estado mayor korniloviano. La oficialidad burguesa no podía dejar de ser korniloviana, no podía dejar de tender al imperialismo, a la represión violenta del proletariado. Dejar como antes todas las bases de la guerra imperialista, todas las bases de la dictadura burguesa, remendar pequeñeces, retocar menudencias («reformas») — he aquí a lo que se reducía en la práctica la táctica menchevique.

Y, por el contrario, sin «desorganización» del ejército, ninguna gran revolución ha podido ni puede pasar. Porque el ejército es el instrumento más osificado de apoyo al viejo régimen, el baluarte más sólido de la disciplina burguesa, del sostén del dominio del capital, de la conservación y educación de la sumisión esclava y de la subordinación de los trabajadores a él. La contrarrevolución nunca ha tolerado ni podido tolerar obreros armados junto al ejército. En Francia — escribió Engels — después de cada revolución los obreros estaban armados; «por eso, para los burgueses que estaban al timón del Estado, el primer mandamiento era desarmar a los obreros»{135}. Los obreros armados eran el germen de un nuevo ejército, la célula organizativa de un nuevo régimen social. Aplastar esta célula, no dejar que creciera, era el primer mandamiento de la burguesía. El primer mandamiento de toda revolución victoriosa — Marx y Engels lo subrayaron repetidas veces — era: destruir el viejo ejército, disolverlo, reemplazarlo por uno nuevo{136}. Una nueva clase social, al ascender al poder, no ha podido nunca ni puede ahora alcanzar y consolidar ese dominio sin descomponer completamente el viejo ejército («desorganización», claman por ello los reaccionarios o simplemente los cobardes pequeñoburgueses); sin pasar por el período dificilísimo, dolorosísimo, sin ningún ejército (por ese período doloroso pasó también la gran revolución francesa); sin ir elaborando gradualmente, en la dura guerra civil, un nuevo ejército, una nueva disciplina, una nueva organización militar de la nueva clase. El historiador Kautsky comprendía esto antes. El renegado Kautsky lo ha olvidado.

¿Qué derecho tiene Kautsky a llamar a los Scheidemann «socialistas gubernamentales» si él aprueba la táctica de los mencheviques en la revolución rusa? Los mencheviques, al apoyar a Kerenski, al entrar en su ministerio, fueron socialistas gubernamentales exactamente igual. Kautsky no podrá escapar a esta conclusión por más que intente plantear la cuestión de la clase dominante que dirige la guerra imperialista. Pero Kautsky evita plantear la cuestión de la clase dominante, cuestión obligatoria para un marxista, porque el solo planteamiento de tal cuestión desenmascararía al renegado.

Los kautskianos en Alemania, los longuetistas en Francia, Turati y compañía en Italia razonan así: el socialismo presupone la igualdad y la libertad de las naciones, su autodeterminación; por lo tanto, cuando atacan a nuestro país o cuando las tropas enemigas invaden nuestra tierra, los socialistas tienen derecho y están obligados a defender la patria. Pero este razonamiento es, teóricamente, o una total burla del socialismo o un engañoso subterfugio, y políticamente en la práctica coincide con el razonamiento de un campesino totalmente ignorante, que ni siquiera sabe pensar en el carácter social y de clase de la guerra ni en las tareas del partido revolucionario durante una guerra reaccionaria.

El socialismo está contra la violencia sobre las naciones. Esto es indiscutible. Pero el socialismo en general está contra la violencia sobre las personas. Sin embargo, aparte de los anarquistas cristianos y los tolstoianos, nadie ha deducido de esto que el socialismo esté contra la violencia revolucionaria. Es decir, hablar de «violencia» en general, sin distinguir las condiciones que diferencian la violencia reaccionaria de la revolucionaria, es ser un pequeño burgués que reniega de la revolución, o es simplemente engañarse a sí mismo y a los demás con sofistería.

Lo mismo se aplica a la violencia sobre las naciones. Toda guerra consiste en violencia sobre las naciones, pero esto no impide que los socialistas estén a favor de la guerra revolucionaria. El carácter de clase de la guerra: esta es la cuestión fundamental que enfrenta el socialista (si no es un renegado). La guerra imperialista de 1914-1918 es una guerra entre dos grupos de la burguesía imperialista por el reparto del mundo, por el reparto del botín, por el saqueo y la estrangulación de las naciones pequeñas y débiles. Esta valoración de la guerra la dio el Manifiesto de Basilea en 1912, esta valoración fue confirmada por los hechos. Quien se aparte de este punto de vista sobre la guerra, no es socialista.

Si un alemán bajo Guillermo o un francés bajo Clemenceau dicen: tengo derecho y estoy obligado, como socialista, a defender la patria si el enemigo ha invadido mi país, este razonamiento no es de un socialista, de un internacionalista, de un proletario revolucionario, sino de un pequeño burgués nacionalista. Porque en este razonamiento desaparece la lucha de clases revolucionaria del obrero contra el capital, desaparece la valoración de toda la guerra en su conjunto desde el punto de vista de la burguesía mundial y del proletariado mundial, es decir, desaparece el internacionalismo, queda un nacionalismo mísero y obtuso.
Mi país es agraviado, a mí no me importa nada más, — he aquí a lo que se reduce tal razonamiento, he aquí en qué consiste su estrechez pequeñoburguesa y nacionalista. Esto es lo mismo que si, respecto a la violencia individual contra una persona, alguien razonara: el socialismo está contra la violencia, por lo tanto prefiero traicionar antes que ir a la cárcel.

El francés, alemán o italiano que dice: el socialismo está contra la violencia sobre las naciones, por lo tanto me defiendo cuando el enemigo ha invadido mi país, traiciona al socialismo y al internacionalismo. Porque tal persona ve solo su «país», coloca por encima de todo a «su»… burguesía, sin pensar en los vínculos internacionales que hacen imperialista la guerra, que hacen de su burguesía un eslabón en la cadena del saqueo imperialista.

Todos los pequeñoburgueses y todos los campesinos obtusos e ignorantes razonan exactamente como razonan los renegados kautskianos, longuetistas, Turati y compañía, a saber: en mi país está el enemigo, y a mí nada más me importa[19].

El socialista, el proletario revolucionario, el internacionalista razona de otro modo: el carácter de la guerra (si es reaccionaria o revolucionaria) no depende de quién atacó y en qué país está el «enemigo», sino de qué clase dirige la guerra, qué política se continúa con esa guerra. Si esta guerra es una guerra imperialista reaccionaria, es decir, dirigida por dos grupos mundiales de la burguesía imperialista, violenta, rapaz y reaccionaria, entonces toda burguesía (incluso de un país pequeño) se convierte en partícipe del saqueo, y mi tarea, la tarea del representante del proletariado revolucionario, es preparar la revolución proletaria mundial, como único salvación de los horrores de la matanza mundial. No debo razonar desde el punto de vista de «mi» país (pues ese es el razonamiento de un obtuso tonto, de un pequeñoburgués nacionalista que no comprende que es un juguete en manos de la burguesía imperialista), sino desde el punto de vista de mi participación en la preparación, en la propaganda, en la aproximación de la revolución proletaria mundial.

He aquí lo que es el internacionalismo, he aquí cuál es la tarea del internacionalista, del obrero revolucionario, del verdadero socialista. He aquí qué abecedario «olvidó» el renegado Kautsky. Y su renegadez se vuelve aún más evidente cuando pasa de aprobar la táctica de los nacionalistas pequeñoburgueses (mencheviques en Rusia, longuetistas en Francia, Turati en Italia, Haase y compañía en Alemania) a la crítica de la táctica bolchevique. He aquí esa crítica:

«La revolución bolchevique se basó en el supuesto de que serviría de punto de partida para una revolución europea universal; de que la audaz iniciativa de Rusia impulsaría a los proletarios de toda Europa a levantarse.

Bajo tal supuesto, era, por supuesto, indiferente qué formas adoptaría la paz separada rusa, qué cargas y pérdidas de territorio (literalmente: mutilaciones o lisiaduras, Verstümmelungen) acarrearía al pueblo ruso, qué interpretación de la autodeterminación de las naciones daría. Entonces también era indiferente si Rusia era capaz de defenderse o no. La revolución europea, según este punto de vista, constituía la mejor defensa de la revolución rusa, debía traer a todos los pueblos del antiguo territorio ruso la autodeterminación plena y verdadera.

La revolución en Europa, que traería allí el socialismo y lo fortalecería, debía también convertirse en el medio para eliminar aquellos obstáculos que se oponían en Rusia a la realización de la producción socialista debido al atraso económico del país.

Todo esto era muy lógico y bien fundamentado, siempre que se admitiera el supuesto básico: que la revolución rusa debía inevitablemente desencadenar la revolución europea. Bueno, ¿y en el caso de que esto no ocurriera?

Hasta ahora este supuesto no se ha cumplido. Y ahora se acusa a los proletarios de Europa de haber abandonado y traicionado a la revolución rusa. Esta es una acusación contra desconocidos, pues ¿a quién hacer responsable de la conducta del proletariado europeo?» (pág. 28).

Y Kautsky desmenuza adicionalmente que Marx, Engels, Bebel se equivocaron más de una vez respecto al advenimiento de la revolución que esperaban, pero que nunca construyeron su táctica sobre la esperanza de la revolución «en un plazo determinado» (pág. 29), mientras que, según él, los bolcheviques «lo apostaron todo a una sola carta de la revolución europea universal».

Hemos transcrito deliberadamente una cita tan larga para mostrar al lector claramente con qué «habilidad» falsea Kautsky el marxismo, sustituyéndolo por un punto de vista pequeñoburgués trivial y reaccionario.

En primer lugar, atribuir al adversario una evidente tontería y luego refutarla es un procedimiento de personas no muy inteligentes. Si los bolcheviques hubieran construido su táctica sobre la esperanza de la revolución en otros países en un plazo determinado, esto habría sido una indiscutible tontería. Pero el partido bolchevique no cometió esa tontería: en mi carta a los obreros americanos (20. VIII. 1918) me deslindo directamente de esa tontería, diciendo que contamos con la revolución americana, pero no en un plazo determinado[20]. En mi polémica contra los socialrevolucionarios de izquierda y los «comunistas de izquierda» (enero – marzo de 1918) desarrollé repetidamente la misma idea. Kautsky ha cometido una pequeña… una pequeñísima tergiversación, sobre la cual ha construido su crítica del bolchevismo. Kautsky ha confundido en una sola la táctica que cuenta con la revolución europea en un plazo más o menos próximo, pero no determinado, y la táctica que cuenta con la revolución europea en un plazo determinado. ¡Un pequeño fraude, muy pequeño!

La segunda táctica es una estupidez. La primera es obligatoria para todo marxista, para todo proletario e internacionalista revolucionario; es obligatoria, porque sólo ella considera correctamente, desde el punto de vista marxista, la situación objetiva creada por la guerra en todos los países europeos, y sólo ella responde a las tareas internacionales del proletariado.

Sustituyendo la gran cuestión de los fundamentos de la táctica revolucionaria en general por la pequeña cuestión del error que los revolucionarios bolcheviques podrían haber cometido, pero que no cometieron, Kautsky ¡renunció tranquilamente a la táctica revolucionaria en general!

Renegado en política, en teoría ni siquiera sabe plantear la cuestión de los presupuestos objetivos de la táctica revolucionaria.

Y aquí llegamos al segundo punto.

En segundo lugar. La confianza en la revolución europea es obligatoria para un marxista si existe una situación revolucionaria. Es una verdad elemental del marxismo que la táctica del proletariado socialista no puede ser la misma cuando existe una situación revolucionaria y cuando no existe.

Si Kautsky hubiera planteado esta cuestión, obligatoria para un marxista, habría visto que la respuesta resulta absolutamente contraria a él. Mucho antes de la guerra, todos los marxistas, todos los socialistas, estaban de acuerdo en que la guerra europea crearía una situación revolucionaria. Cuando Kautsky aún no era un renegado, lo reconoció clara y tajantemente, tanto en 1902 (*La revolución social*) como en 1909 (*El camino al poder*). El Manifiesto de Basilea lo reconoció en nombre de toda la II Internacional: ¡no en vano los socialchovinistas y los kautskianos ("centristas", gentes que vacilan entre revolucionarios y oportunistas) de todos los países temen como al fuego las declaraciones correspondientes del Manifiesto de Basilea!

Por consiguiente, la expectativa de una situación revolucionaria en Europa no era un arrebato de los bolcheviques, sino la opinión común de todos los marxistas. Si Kautsky se libra de esta verdad indiscutible con frases como que los bolcheviques "siempre creyeron en la omnipotencia de la violencia y la voluntad", esto es precisamente una frase hueca que encubre la fuga –y la vergonzosa fuga– de Kautsky de plantear la cuestión de la situación revolucionaria.

Además. ¿Se ha producido realmente o no la situación revolucionaria? Kautsky ni siquiera supo plantear esta cuestión. Responden a ella los hechos económicos: el hambre y la ruina creados por la guerra en todas partes significan una situación revolucionaria. A esta cuestión responden también los hechos políticos: ya desde 1915 se manifestó claramente en todos los países el proceso de escisión de los viejos y podridos partidos socialistas, el proceso de alejamiento de las masas del proletariado de los dirigentes socialchovinistas hacia la izquierda, hacia las ideas y los estados de ánimo revolucionarios, hacia los dirigentes revolucionarios.

El 5 de agosto de 1918, cuando Kautsky escribía su folleto, sólo un hombre que teme a la revolución y la traiciona podía no ver estos hechos. Y ahora, a finales de octubre de 1918, la revolución crece a la vista de todos en varios países de Europa, y muy rápidamente. ¡El "revolucionario" Kautsky, que desea que se le siga considerando marxista, resultó ser un filisteo tan miope que –como los filisteos de 1847, ridiculizados por Marx– ¡no vio la revolución que se avecinaba!

Hemos llegado al tercer punto.

En tercer lugar. ¿Cuáles son las particularidades de la táctica revolucionaria en la condición de que exista una situación revolucionaria europea? Kautsky, convertido en renegado, tuvo miedo de plantear esta cuestión, obligatoria para un marxista. Kautsky razona como un típico filisteo-pequeñoburgués o un campesino ignorante: ¿ha llegado o no la "revolución europea general"? Si ha llegado, ¡entonces él también está dispuesto a ser revolucionario! ¡Pero entonces –observemos– cualquier canalla (como los sinvergüenzas que a veces se arriman ahora a los bolcheviques victoriosos) se declarará revolucionario!

Si no ha llegado, ¡entonces Kautsky se aparta de la revolución! Kautsky no tiene ni sombra de comprensión de la verdad de que al revolucionario marxista lo distingue del filisteo y del pequeñoburgués la capacidad de predicar a las masas ignorantes la necesidad de la revolución inminente, demostrar su inevitabilidad, explicar su utilidad para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas.

Kautsky atribuyó a los bolcheviques el absurdo de que ellos lo apostaban todo a una sola carta, contando con que la revolución europea llegaría en un plazo determinado. Este absurdo se volvió contra Kautsky, porque precisamente resultó lo siguiente: la táctica de los bolcheviques sería correcta si la revolución europea hubiera llegado antes del 5 de agosto de 1918. ¡Kautsky menciona esta fecha como el momento de la redacción de su folleto! Y cuando, pocas semanas después de este 5 de agosto, se hizo evidente que la revolución estaba llegando en varios países europeos, ¡toda la renegación de Kautsky, toda su falsificación del marxismo, toda su incapacidad de razonar revolucionariamente e incluso de plantear las cuestiones revolucionariamente se manifestaron en toda su plenitud!

Cuando se acusa a los proletarios de Europa de traición –escribe Kautsky–, esta acusación va dirigida contra desconocidos.

¡Se equivoca, señor Kautsky! Mírese al espejo y verá a esos "desconocidos" contra quienes va dirigida esta acusación. Kautsky se hace el ingenuo, finge no entender quién dirige tal acusación y qué sentido tiene. En realidad, Kautsky sabe perfectamente que esa acusación la han presentado y la presentan los "izquierdistas" alemanes, los espartaquistas{137}, Liebknecht y sus amigos. Esta acusación expresa la clara conciencia de que el proletariado alemán cometió una traición a la revolución rusa (e internacional) cuando ahogó a Finlandia, Ucrania, Letonia, Estonia. Esta acusación se dirige ante todo y sobre todo, no contra la masa, que siempre está oprimida, sino contra aquellos dirigentes que, como Scheidemann y Kautsky, no cumplieron con su deber de agitación revolucionaria, propaganda revolucionaria, trabajo revolucionario en las masas contra su atraso, que actuaron de hecho en contra de los instintos y aspiraciones revolucionarios siempre latentes en el fondo de la masa de la clase oprimida. Los Scheidemann traicionaron al proletariado directa, grosera, cínicamente, en su mayoría por interés propio, y se pasaron al lado de la burguesía. Los kautskianos y los longuistas hicieron lo mismo, vacilando, titubeando, mirando con temor a los que son fuertes en cada momento. Kautsky, con todos sus escritos durante la guerra, apagó el espíritu revolucionario en lugar de apoyarlo y desarrollarlo.

Quedará como un monumento histórico del embrutecimiento pequeñoburgués del dirigente "medio" de la socialdemocracia oficial alemana el hecho de que Kautsky ni siquiera comprende la gigantesca importancia teórica, y aún mayor importancia agitacional y propagandística, que tiene la "acusación" a los proletarios de Europa de haber traicionado la revolución rusa. ¡Kautsky no comprende que esta "acusación" es –bajo las condiciones de censura del "Imperio" alemán– casi la única forma en que los socialistas alemanes que no han traicionado al socialismo, Liebknecht y sus amigos, expresan su llamamiento a los obreros alemanes para que se deshagan de los Scheidemann y los Kautsky, rechacen a tales "dirigentes", se liberen de su predicación embrutecedora y envilecedora, se levanten a pesar de ellos, al margen de ellos, a través de ellos, hacia la revolución, a la revolución!

Kautsky no comprende esto. ¿Cómo va a comprender la táctica de los bolcheviques? ¿Se puede esperar de un hombre que renuncia a la revolución en general que sopesara y valorara las condiciones del desarrollo de la revolución en uno de los casos más "difíciles"?

La táctica de los bolcheviques era correcta, era la única táctica internacionalista, porque no se basaba en el miedo cobarde a la revolución mundial, ni en la incredulidad pequeñoburguesa en ella, ni en el deseo estrechamente nacionalista de defender la "propia" patria (la patria de su burguesía) y pasar de todo lo demás, sino que se fundaba en la consideración correcta (reconocida universalmente antes de la guerra, antes de la renegación de los socialchovinistas y los socialpacifistas) de la situación revolucionaria europea. Esta táctica era la única internacionalista, porque aplicaba el máximo de lo realizable en un solo país para desarrollar, apoyar y despertar la revolución en todos los países. Esta táctica se justificó con un enorme éxito, pues el bolchevismo (no por méritos de los bolcheviques rusos, sino por la profunda simpatía de las masas en todas partes hacia una táctica revolucionaria de hecho) se convirtió en bolchevismo mundial, dio la idea, la teoría, el programa, la táctica que se distingue concreta y prácticamente del socialchovinismo y el socialpacifismo. El bolchevismo remató al viejo y podrido Internacional de los Scheidemann y los Kautsky, los Renaudel y los Longuet, los Henderson y los MacDonald, que ahora se estorbarán los unos a los otros, soñando con la "unidad" y resucitando un cadáver. El bolchevismo creó las bases ideológicas y tácticas de la III Internacional, verdaderamente proletaria y comunista, que tiene en cuenta tanto las conquistas de la época pacífica como la experiencia de la época de revoluciones iniciada.

El bolchevismo popularizó en el mundo entero la idea de la "dictadura del proletariado", tradujo estas palabras del latín primero al ruso y luego a todas las lenguas del mundo, mostrando con el ejemplo del poder soviético que los obreros y los campesinos más pobres, incluso de un país atrasado, incluso los menos experimentados, instruidos y habituados a la organización, fueron capaces, durante todo un año, en medio de dificultades gigantescas, luchando contra los explotadores (a quienes apoyaba la burguesía de todo el mundo), de mantener el poder de los trabajadores, crear una democracia inconmensurablemente más elevada y amplia que todas las democracias anteriores del mundo, iniciar la creación de decenas de millones de obreros y campesinos para la realización práctica del socialismo.

El bolchevismo ayudó de hecho al desarrollo de la revolución proletaria en Europa y América con tanta fuerza como ningún partido en ningún país había logrado ayudar hasta entonces. Mientras que para los obreros del mundo entero se hace cada día más claro que la táctica de los Scheidemann y los Kautsky no los liberó de la guerra imperialista ni de la esclavitud asalariada de la burguesía imperialista, que esa táctica no sirve como modelo para todos los países, en ese mismo tiempo para las masas de proletarios de todos los países se hace cada día más claro que el bolchevismo señaló el camino seguro para salvarse de los horrores de la guerra y el imperialismo, que el bolchevismo sirve como modelo de táctica para todos.

No solo la revolución proletaria paneuropea, sino la mundial, madura ante los ojos de todos, y la victoria del proletariado en Rusia la ha ayudado, la ha acelerado, la ha apoyado. ¿Es esto suficiente para la victoria completa del socialismo? Por supuesto que no. Un solo país no puede hacer más. Pero este único país, gracias al poder soviético, ha hecho, sin embargo, tanto que incluso si el poder soviético ruso fuera aplastado mañana por el imperialismo mundial, supongamos, mediante un acuerdo entre el imperialismo alemán y el anglo-francés, incluso en este, el peor de los peores casos, la táctica bolchevique habría resultado haber aportado un enorme beneficio al socialismo y haber apoyado el crecimiento de la revolución mundial invencible.