Compañeros, antes de la clausura del III Congreso de los Soviets es necesario establecer con toda imparcialidad el papel histórico que ha desempeñado este Congreso en la historia de la revolución internacional, en la historia de la humanidad. Se puede afirmar con fundamento indiscutible que el III Congreso de los Soviets ha abierto una nueva época de la historia mundial y ahora, en las condiciones de la revolución mundial, toda la importancia de este Congreso empieza a ser reconocida cada vez más. Este Congreso, que ha consolidado la organización del nuevo poder estatal creado por la Revolución de Octubre, ha señalado los hitos de la futura construcción socialista para todo el mundo, para los trabajadores de todos los países.

En nuestro país, en Rusia, en el terreno de la política interior, ha sido definitivamente reconocido el nuevo régimen estatal de la República Socialista Soviética, como federación de repúblicas libres de las distintas naciones que pueblan Rusia. Y ahora, todos, incluso —estoy seguro— nuestros enemigos, pueden ver que el nuevo régimen, el poder de los Soviets, no es una invención, ni un recurso de partido, sino el resultado del desarrollo de la vida misma, el resultado de la revolución mundial que se va gestando de manera espontánea. Recordad que todas las grandes revoluciones han aspirado siempre a barrer hasta los cimientos el viejo régimen capitalista, han aspirado no sólo a conquistar los derechos políticos, sino también a arrancar la administración misma del Estado de las manos de las clases dominantes, de todos los explotadores y opresores de los trabajadores, para poner fin de una vez por todas a toda explotación y a toda opresión. Precisamente las grandes revoluciones han tendido a derribar ese viejo aparato estatal explotador, pero hasta ahora no se había logrado rematar esa tarea hasta el final. Y he aquí que Rusia, por las peculiaridades de su situación económica y política, ha sido la primera en conseguir este paso del gobierno del Estado a manos de los propios trabajadores. Ahora, sobre el camino despejado de la escoria histórica, vamos a construir el poderoso y luminoso edificio de la sociedad socialista. Se está creando un tipo nuevo de poder estatal, jamás visto en la historia, llamado por la voluntad de la revolución a limpiar la tierra de toda explotación, violencia y esclavitud.

Examinemos ahora lo que ha dado el nuevo principio socialista de dirección del Estado en el terreno de nuestra política interior. Compañeros, recordáis cómo hasta hace muy poco la prensa burguesa clamaba sin cesar que estábamos destruyendo el Estado ruso, que no sabemos gobernar, razón por la cual nos abandonan todas las nacionalidades: Finlandia, Ucrania, etc. La prensa burguesa, ahogándose de regocijo maligno, informaba casi a diario de esas «separaciones». Nosotros, compañeros, comprendíamos mejor que ellos las causas fundamentales de este fenómeno, que radican en la desconfianza de las masas trabajadoras hacia el gobierno conciliador-imperialista de los señores Kérenski y Cía. Nosotros callábamos, firmemente convencidos de que nuestros justos principios, nuestra propia administración demostrarían a todos los trabajadores, mejor que las palabras, nuestros verdaderos fines y aspiraciones.

Y teníamos razón. Vemos ahora que nuestras ideas han triunfado en Finlandia, en Ucrania y triunfan en el Don, despiertan la conciencia de clase de los trabajadores y los organizan en una firme alianza. Obrábamos sin diplomáticos, sin los viejos métodos que emplean los imperialistas, y el mayor resultado está a la vista: la victoria de la revolución y la unión con nosotros de los vencedores en una poderosa federación revolucionaria. Nosotros gobernamos, no dividiendo según la cruel ley de la antigua Roma, sino uniendo a todos los trabajadores con los lazos indisolubles de intereses vivos, de la conciencia de clase. Y nuestra alianza, nuestro nuevo Estado, es más sólido que el poder de la violencia, que une con la mentira y el hierro en formaciones estatales artificiales, convenientes a los imperialistas. ¡Qué poco ha costado que, por ejemplo, los obreros y campesinos finlandeses, apenas tomaron el poder en sus manos, se dirigieran a nosotros expresando su fidelidad a la revolución proletaria mundial, con palabras de saludo en las que se manifestaba su decisión inquebrantable de marchar con nosotros por el camino de la Internacional{110}! He ahí la base de nuestra federación, y estoy profundamente convencido de que en torno a la Rusia revolucionaria se irán agrupando cada vez más las distintas federaciones de naciones libres. De manera absolutamente voluntaria, sin mentira ni hierro, crecerá esta federación, y será indestructible. La mejor garantía de su indestructibilidad son las leyes, el régimen estatal que estamos creando en nuestro país. Acabáis de escuchar ahora la ley sobre la socialización de la tierra{111}. ¿Acaso esta ley no es una garantía de que la alianza de los obreros y campesinos es hoy indisoluble, de que con esa alianza seremos capaces de vencer todos los obstáculos en el camino hacia el socialismo?

Y esos obstáculos, no lo oculto, son enormes. La burguesía empleará todos los medios, jugará a todo o nada, para destruir nuestra alianza. Habrá embusteros, provocadores, traidores, tal vez gente inconsciente, pero de ahora en adelante nada nos asusta, pues hemos creado nuestro propio, nuevo poder estatal, pues en nuestras manos está la autoadministración del Estado. Con todo el peso de nuestra fuerza caeremos sobre cualquier intento contrarrevolucionario. Pero la base principal de la solidez del nuevo régimen son las medidas organizativas que llevaremos a cabo en nombre del socialismo. En este sentido nos espera un enorme trabajo. Recordad, compañeros, que los bandidos imperialistas mundiales, que arrastraron a las naciones a la guerra, han desorganizado por completo toda la vida económica del mundo. Nos han dejado una pesada herencia: el trabajo de restaurar lo que ellos destruyeron.

Por supuesto, los trabajadores no tenían experiencia de gobernar, pero esto no nos asusta. Ante el proletariado triunfante se ha abierto la tierra, que ahora se ha convertido en patrimonio del pueblo entero, y él sabrá organizar la nueva producción y el consumo sobre principios socialistas. Antes, toda la inteligencia humana, todo su genio, obraba sólo para dar a unos todos los bienes de la técnica y de la cultura, y privar a otros de lo más necesario: la instrucción y el desarrollo. Ahora, en cambio, todas las maravillas de la técnica, todas las conquistas de la cultura se convertirán en patrimonio del pueblo entero, y de ahora en adelante la inteligencia y el genio humanos no serán nunca más convertidos en medios de violencia, en medios de explotación. Nosotros lo sabemos, y ¿acaso no vale la pena trabajar, no vale la pena entregar todas las fuerzas en nombre de esta grandiosa tarea histórica? Y los trabajadores realizarán este titánico trabajo histórico, pues en ellos se encierran las inmensas fuerzas dormidas de la revolución, del renacimiento y de la renovación.

Ya no estamos solos. En los últimos días han tenido lugar acontecimientos significativos no sólo en Ucrania y en el Don, no sólo en el reino de nuestros Kaléidin y Kérenski, sino también en Europa Occidental. Ya conocéis los telegramas acerca de la situación de la revolución en Alemania. Las ardientes lenguas del fuego revolucionario se alzan con fuerza siempre creciente sobre todo el viejo y podrido régimen mundial. No fue una teoría separada de la vida, no fue una fantasía de gabinete, el que nosotros, al crear el Poder soviético, provocáramos intentos semejantes en otros países. Pues, repito, los trabajadores no tenían otra salida de esta sangrienta carnicería. Hoy esos intentos se están convirtiendo ya en conquistas sólidas de la revolución internacional[32]. Y clausuramos el histórico Congreso de los Soviets bajo el signo de la revolución mundial, cada vez más creciente, y no está lejano el tiempo en que los trabajadores de todos los países se fusionen en un solo Estado de toda la humanidad, para construir con esfuerzos mutuos el nuevo edificio socialista. El camino de esta construcción pasa a través de los Soviets, como una de las formas de la revolución mundial que comienza. (Aplausos estruendosos.)

Al saludaros, os exhorto a construir este nuevo edificio. Os dispersaréis por las localidades y aplicaréis todas vuestras fuerzas a organizar y consolidar nuestra mayor victoria. (Los delegados se ponen en pie y saludan al camarada Lenin con calurosos aplausos.)