Camaradas, si yo quisiera encontrar una confirmación de lo dicho en mi primer discurso acerca del carácter de la guerra revolucionaria que se nos propone, el informe del representante de los socialistas revolucionarios de izquierda me daría la mejor y más evidente confirmación, y creo que será de lo más conveniente que reproduzca su discurso según la versión taquigráfica y veamos qué argumentos aducen ellos en apoyo de sus tesis. (Lee según la versión taquigráfica.)

He aquí una muestra de los argumentos en que se apoyan. Aquí se ha hablado de la asamblea de volost. Quienes creen que esta reunión es una asamblea de volost pueden recurrir a tales argumentos, pero está claro que aquí hay gente que repite nuestras palabras sin saber reflexionar sobre ellas. Repiten lo que los bolcheviques enseñaron a los socialistas revolucionarios de izquierda cuando aún estaban en el medio de los de derecha, y cuando hablan se ve que han aprendido de memoria lo que nosotros decíamos, pero no han comprendido en qué se basaba y ahora lo repiten. Tsereteli y Chernov eran defensistas, y ahora nosotros somos defensistas, nosotros somos «traidores», nosotros somos «entreguistas». Los lacayos de la burguesía hablan aquí de la asamblea de volost —hacen ojitos cuando lo dicen—, pero cualquier obrero comprende perfectamente los fines de aquel defensismo que guiaba a Tsereteli y a Chernov, y los móviles que nos obligan a nosotros a ser defensistas.

Si nosotros apoyáramos a los capitalistas rusos que querían obtener los Dardanelos, Armenia, Galitzia, tal como estaba escrito en el tratado secreto, eso sería defensismo en el espíritu de Chernov y Tsereteli, y ese defensismo fue deshonrado entonces; en cambio, ahora, nuestro defensismo es honroso. (Aplausos.)

Y cuando, junto a semejantes argumentos, encuentro en la versión taquigráfica del discurso de Kamkov una palabra repetida dos veces: que los bolcheviques son los dependientes del imperialismo alemán (aplausos de la derecha), una palabra dura, —me alegra mucho que todos los que aplicaban la política de Kérenski lo subrayen con aplausos. (Aplausos.) Y, por supuesto, camaradas, no seré yo quien objete las palabras duras. Jamás objetaré contra ello. Sólo que, para ser duro, hay que tener derecho a ello, y el derecho a la dureza lo da el que la palabra no esté en desacuerdo con los hechos. Y he aquí una pequeña condición que muchos intelectuales no aprecian, pero que los obreros y los campesinos, incluso en las asambleas de volost —eso es tan miserable, la asamblea de volost—, incluso en las asambleas de volost y en las organizaciones soviéticas, la captaban, y en ellos concuerdan la palabra y los hechos. Pero nosotros sabemos perfectamente que ellos, los socialistas revolucionarios de izquierda, estuvieron en el partido de los socialistas revolucionarios de derecha hasta octubre, cuando aquellos participaban en el reparto del botín, cuando aquellos eran dependientes, porque se les había prometido un puesto de ministro a cambio de que callaran sobre todos los tratados secretos. (Aplausos.) Pero de ninguna manera se puede llamar dependientes del imperialismo a quienes le declararon la guerra con hechos, rompieron los tratados, asumieron el riesgo que ello implicaba, fueron a la prolongación de las negociaciones en Brest, sabiendo que eso arruina al país, soportaron la ofensiva militar, una serie de derrotas inauditas y no ocultaron ni una pizca al pueblo.

Aquí Mártov aseguraba que no ha leído el tratado. Que le crea quien quiera. Nosotros sabemos que esta gente está acostumbrada a leer muchos periódicos, pero el tratado no lo han leído. (Aplausos.) Que crea quien quiera. Pero yo les digo que si el partido de los socialistas revolucionarios sabe perfectamente que nosotros cedemos a la violencia, violencia que nosotros mismos hemos desenmascarado por completo, que lo hacemos conscientemente, diciendo abiertamente que ahora no podemos combatir, pero cedemos —la historia conoce una serie de tratados de paz ignominiosos y una serie de guerras—, cuando la gente, en respuesta a esto, nos endilga la palabra «dependientes», esa dureza los desenmascara, cuando aseguran que se desentienden de la responsabilidad, ¿qué es lo que hacen? ¿No es hipocresía cuando la gente se desentiende de la responsabilidad y sigue en el gobierno? Yo afirmo que cuando dicen que se desentienden de la responsabilidad, no, no se desentienden, y en vano creen que esto es una asamblea de volost. No, esto es todo lo mejor y más honesto que hay entre las masas trabajadoras. (Aplausos.) Esto no es un parlamento burgués, adonde una vez al año o cada dos años eligen a la gente para que ocupe los escaños y reciba un sueldo. Esta es gente enviada desde las localidades, y mañana estarán en las localidades, mañana contarán que si los votos del partido de los socialistas revolucionarios de izquierda se derriten, es merecidamente, porque este partido, que se comporta así, es la misma pompa de jabón en el campesinado, como lo resultó ser en la clase obrera. (Aplausos, voces: «Correcto».)

Más adelante les citaré otro pasaje del discurso de Kamkov, para mostrar cómo considera esto todo representante de las masas trabajadoras y explotadas. «Cuando ayer el camarada Lenin afirmó que los camaradas Tsereteli y Chernov y otros descomponían al ejército, ¿acaso no encontraremos el valor de decir que nosotros, con Lenin, también descomponíamos al ejército?». Dio palos de ciego. (Aplausos.) Él oyó que nosotros éramos derrotistas, y se acordó de ello cuando nosotros ya habíamos dejado de ser derrotistas. Se acordó a destiempo. Aprendieron de memoria la palabrita, tienen el cascabel revolucionario, pero no saben reflexionar sobre cómo están las cosas. (Aplausos.) Yo afirmo que de mil asambleas de volost donde el poder soviético se ha consolidado, en más de novecientas hay gente que dirá al partido de los socialistas revolucionarios de izquierda que no merece ninguna confianza. Dirán, piensen: nosotros descomponíamos al ejército y ahora debemos acordarnos de ello. Pero ¿cómo descomponíamos al ejército? Éramos derrotistas bajo el zar, pero bajo Tsereteli y Chernov no éramos derrotistas. Nosotros publicamos en Pravda una proclama que Krilenko, entonces todavía perseguido, difundió por el ejército: «Por qué voy a Petrogrado». Él dijo: «No os llamamos a motines». Eso no era descomposición del ejército. Descomponían al ejército los que declararon esta guerra como grande.

Descomponían al ejército Tsereteli y Chernov, porque al pueblo le decían palabras grandilocuentes que los distintos socialistas revolucionarios de izquierda acostumbran a echar al viento. Las palabras pesan poco, pero el pueblo ruso en las asambleas de volost está acostumbrado a reflexionar y a tomar en serio. Y si se le decía que nos esforzábamos por la paz y discutíamos las condiciones de la guerra imperialista, yo pregunto: ¿y qué pasaba con los tratados secretos y con la ofensiva de junio? He aquí con qué descomponían al ejército. Si se le hablaba de la lucha contra los imperialistas, de la defensa de la patria, él se preguntaba: ¿acaso se agarra por el cuello a los capitalistas en algún sitio? He aquí con qué descomponían al ejército, y he aquí por qué dije, y nadie lo refutó, que la salvación del ejército habría consistido en que hubiéramos tomado el poder en marzo y abril y en que, en lugar del odio rabioso de los explotadores porque los aplastamos —ellos nos odian con toda legitimidad—, en lugar de eso, hubieran puesto los intereses de la patria de los trabajadores y explotados por encima de los intereses de la patria de Kérenski y de los tratados secretos de Riabushinski y de las miras sobre Armenia, Galitzia, los Dardanelos; en eso habría consistido la salvación, y en este sentido, a partir de la gran revolución rusa, y en particular desde marzo, cuando se publicó la proclama tibia a los pueblos de todos los países, el gobierno que publicó la proclama que llamaba a derrocar a los banqueros de todos los países, pero que él mismo compartía con los banqueros las rentas y los beneficios, he aquí lo que descomponía al ejército, y he aquí por qué el ejército no podía mantenerse en pie. (Aplausos.)

Y yo afirmo que nosotros, a partir de esta proclama de Krilenko, que no fue la primera y que recuerdo porque se me grabó en la memoria particularmente, nosotros no descomponíamos al ejército, sino que decíamos: mantened el frente, —cuanto antes toméis el poder, más fácil será conservarlo, y decir ahora que estamos en contra de la guerra civil y a favor de la insurrección—, cuán indigna y qué despreciable cháchara es la de esa gente. Cuando esto llegue a las aldeas y los soldados que han visto la guerra no como los intelectuales, y que saben que es fácil sólo blandir la espada de cartón, cuando digan que a ellos, descalzos, desnudos y sufrientes, en el momento crítico se les ayudó lanzándolos a la ofensiva, ahora les dicen que no importa que no haya ejército, que habrá insurrección. Lanzar al pueblo contra un ejército regular con técnica superior es un crimen, y eso es lo que enseñamos como socialistas. Porque la guerra ha enseñado muchas cosas, no sólo que la gente sufría, sino también que vence quien tiene la mayor técnica, organización, disciplina y las mejores máquinas; eso lo ha enseñado la guerra, y es magnífico que lo haya enseñado. Hay que aprender que sin máquina, sin disciplina, no se puede vivir en la sociedad moderna: o hay que superar la técnica superior, o ser aplastado. Porque años de sufrimientos atroces han enseñado a los campesinos qué es la guerra. Y cuando cada cual acuda con sus discursos a las asambleas de volost, cuando el partido de los socialistas revolucionarios de izquierda vaya allí, recibirá el castigo que tiene plenamente merecido. (Aplausos.)

Otro ejemplo, otra cita del discurso de Kamkov. (Lee.)

Es sorprendente lo fácil que a veces resulta plantear preguntas; sólo hay un dicho —es descortés y grosero— que habla de tales preguntas —de la canción no se borra la letra—, yo recordaré: un tonto puede preguntar más de lo que diez listos pueden responder. (Aplausos, ruido.)

Camaradas, en esta cita que les he leído se me invita a responder a la pregunta: ¿una semana, dos o más durará el respiro? Yo afirmo que en cualquier asamblea de volost y en cada fábrica, al que, en nombre de un partido serio, se dirija al pueblo con semejante pregunta, el pueblo se burlará de él y lo echará fuera, porque en toda asamblea de volost comprenderán que no se pueden hacer preguntas sobre lo que no se puede saber. Cualquier obrero y campesino lo comprenderán. (Aplausos.) Si quieren obtener respuesta a toda costa, yo les diré que, por supuesto, cualquier socialista revolucionario de izquierda que escriba en los periódicos o hable en los mítines dirá de qué depende ese plazo: de cuándo intervenga Japón, con qué fuerzas, qué resistencia encuentre; de cuánto se atasque el alemán en Finlandia, en Ucrania; de cuándo llegue la ofensiva en todos los frentes; de cómo se desarrolle; de cómo progrese el conflicto interno en Austria y Alemania, y de muchas otras causas. (Aplausos.)

Y por eso, cuando en una reunión seria se plantea, con aire triunfal, tal pregunta: respóndame, qué respiro hay, —yo digo que a esa gente la echarán de las reuniones obreras y campesinas quienes comprendan que, después de una atroz guerra de tres años, cada semana de respiro es el bien más grande. (Aplausos.) Y afirmo que, por más que nos insulten aquí ahora, que si mañana se reunieran todas las injurias que se han vertido a nuestra costa por parte de los derechistas, casi derechistas, semiderechistas, socialistas revolucionarios de izquierda, kadetes, mencheviques, si se reunieran todas y se imprimieran, aunque se obtuvieran cientos de puds, todo ello pesaría para mí como una pluma en comparación con el hecho de que, en nuestra fracción bolchevique, nueve décimas partes de sus representantes han dicho: conocemos la guerra y vemos que ahora, al conseguir este breve respiro, esto es una ventaja en el saneamiento de nuestro enfermo ejército. Y en cada reunión campesina, nueve décimos de los campesinos dirán lo que sabe cualquiera que se interese por la cuestión, y ninguna propuesta práctica, cuando podamos ayudar en algo, la hemos rechazado ni la rechazamos.

Hemos obtenido la posibilidad de tomar un respiro, aunque sea por doce días, gracias a la política que se enfrentó a la frase revolucionaria y a la opinión «pública». Cuando Kamkov y los socialistas revolucionarios de izquierda coquetean con ustedes y les hacen ojitos, por un lado les hacen ojitos a ustedes y, por otro, se dirigen a los kadetes: póngannos en el haber, que estamos de corazón con ustedes. (Voz desde la sala: «Mentira».) Y cuando uno de los representantes de los socialistas revolucionarios, parece que ni siquiera de izquierda, sino superizquierdista, maximalista, hablaba de la frase, decía que frase es todo lo que se refiere al honor. (Voz: «Correcto».) Bueno, por supuesto, desde el campo derechista gritarán «correcto»; esa exclamación me resulta más grata que la de «mentira», aunque esta última tampoco me causa ninguna impresión. Pero si yo los hubiera acusado de fraseología sin dar ninguna confirmación clara y precisa, pero he dado dos ejemplos y no los tomé de la ficción, sino de la historia viva.

Recuerden, ¿acaso los representantes de los socialistas revolucionarios no se encontraron en la misma situación cuando en 1907 firmaron un compromiso con Stolypin de que servirían con fe y lealtad al monarca Nicolás II? Espero que en los largos años de revolución haya aprendido algo, y cuando me denigran por traición, digo: hay que desentrañar primero la historia. Si quisimos torcer la historia, y resulta que nosotros nos torcimos, pero la historia no se torció, fusílennos. A la historia no se la convence con discursos, y la historia mostrará que nosotros teníamos razón, que hicimos surgir las organizaciones obreras en la Gran Revolución de Octubre de 1917, pero sólo gracias a que nos elevamos por encima de la frase y supimos mirar los hechos y aprender de ellos, y cuando ahora, el 14–15 de marzo, quedó claro que, si hubiéramos combatido, habríamos ayudado al imperialismo, habríamos terminado de destruir el transporte y perdido Petrogrado, vemos que lanzar palabras y blandir la espada de cartón es inútil. Pero cuando Kamkov se me acerca y me pregunta: «¿hasta cuándo durará este respiro?», no se puede responder a eso, porque no existía una situación revolucionaria objetiva internacional. No puede ser largo ahora un respiro de la reacción, porque la situación objetiva en todas partes es revolucionaria, porque en todas partes las masas obreras están indignadas, al límite de la paciencia, al límite del agotamiento por la guerra, esto es un hecho. De este hecho no se puede escapar, y por eso yo les he demostrado que hubo un período en que la revolución marchaba hacia adelante, y nosotros marchábamos a la cabeza y, detrás de nosotros, como un gallito, nos seguían apresurados los socialistas revolucionarios de izquierda. (Aplausos.) Y ahora ha llegado un período en que hay que batirse en retirada ante una fuerza aplastante. Esta es una caracterización completamente concreta. Nadie me contestará a ella. El análisis histórico debe confirmarlo. A propósito de la asamblea de volost, nuestro marxista, casi marxista, Mártov, hará un recorrido; hará un recorrido a cuenta de que se han cerrado periódicos; se ufanará de que los periódicos oprimidos y ofendidos fueron cerrados por ayudar a derrocar el poder soviético, hará un recorrido (aplausos)... Sobre eso no guardará silencio. Semejantes cosas les ofrecerá a ustedes, pero la tentativa de responder a mi pregunta histórica, planteada sin rodeos, de si es verdad o no que desde octubre marchamos en una procesión triunfal... (Voces de la derecha: «No».) Ustedes dirán que «no», y todos aquellos dirán que «sí». Yo preguntaré: ¿y ahora podemos marchar en ofensiva como procesión triunfal contra el imperialismo internacional? No podemos, y todos lo saben. Cuando esto, —una frase directa, sencilla,— se dice directamente a la cara, para que la gente aprenda la revolución, —la revolución es una ciencia sabia, difícil y compleja,— para que aprendan tanto los obreros como los campesinos que la hacen, los enemigos gritan: cobardes, traidores, han abandonado la bandera, se escudan en palabras, agitan las manos. No. De tales revolucionarios de la frase han visto muchas todas las historias de las revoluciones, y de ellos no ha quedado nada más que hedor y humo. (Aplausos.)

Otro ejemplo, camaradas, que he puesto, ha sido el ejemplo de Alemania, de Alemania aplastada por Napoleón, de Alemania que conoció paces ignominiosas y, entremezcladas con ellas, guerras. Me preguntan: ¿por cuánto tiempo observaremos los tratados? Pero si un niño de tres años me preguntara: ¿observarán ustedes el tratado o no? —eso sería tan gracioso como ingenuo. Pero cuando el adulto Kamkov, del partido de los socialistas revolucionarios de izquierda, lo pregunta, sé que pocos obreros y campesinos adultos creerán en la ingenuidad, pero la mayoría dirá: «No sean hipócritas». Pues el ejemplo histórico que he puesto dice más claro que lo claro que las guerras de liberación de los pueblos que han perdido el ejército, —y esto ha ocurrido más de una vez,— de los pueblos aplastados hasta la pérdida total de toda la tierra, aplastados hasta tal punto que entregaban cuerpos auxiliares al conquistador para nuevas campañas de conquista, —esto no puede ser borrado de la historia, y ustedes no lo rasparán con nada. Pero si el socialista revolucionario de izquierda Kamkov, al objetarme, decía, según vi en la versión taquigráfica: «pues en España sí hubo guerras revolucionarias», con eso me confirmaba, se golpeaba a sí mismo con ello. Precisamente España y Alemania confirman mi ejemplo de que resolver la cuestión del período histórico de las guerras de conquista sobre la base de que «¿observarán ustedes el tratado, y cuándo lo violarán, cuándo los pillarán...?» es cosa digna de niños, y la historia dice que todo tratado es provocado por una detención de la lucha y un cambio en la correlación de fuerzas, que ha habido tratados de paz que reventaban a los pocos días, que ha habido tratados de paz que reventaban al mes, que ha habido períodos de muchos años en que Alemania y España concertaban la paz y a los pocos meses la violaban, y la violaban varias veces, y en una serie de guerras los pueblos aprendieron lo que significa conducir guerras. Cuando Napoleón conducía tropas alemanas para ahogar a otros pueblos, les enseñó la guerra revolucionaria. Así fue cómo marchó la historia.

He aquí por qué les digo, camaradas, que estoy profundamente convencido de que la decisión adoptada por nueve décimas partes de nuestra fracción bolchevique, será adoptada por nueve décimas partes de todos los obreros y campesinos trabajadores conscientes de Rusia. (Aplausos.)

Tenemos una comprobación de si he dicho la verdad o si me equivoco, porque ustedes llegarán a las localidades y cada uno de ustedes lo contará a los Soviets locales, y en todas partes habrá decisiones locales. Diré para concluir: no cedan a la provocación. (Aplausos.) La burguesía sabe lo que hace, la burguesía sabe por qué se regocijó en Pskov, se regocijó hace unos días en Odesa, la burguesía de los Vinnichenko, de los Kérenski ucranianos, de Tsereteli y Chernov. Se regocijó porque comprendió perfectamente qué gigantesco error diplomático, en la apreciación del momento, cometió el poder soviético al intentar conducir la guerra con un ejército que huía enfermo. La burguesía los arrastra a ustedes a la trampa de la guerra. No sólo hay que avanzar, también hay que batirse en retirada. Eso lo sabe todo soldado. Comprendan que la burguesía los arrastra a una trampa, a ustedes y a nosotros. Comprendan que toda la burguesía y todos sus secuaces, voluntarios e involuntarios, tienden esa trampa. Ustedes sabrán soportar las derrotas más duras y conservar las posiciones más difíciles y, batiéndose en retirada, ganar tiempo. El tiempo trabaja a nuestro favor. Ahítos de tanto engullir, los imperialistas reventarán, y en su vientre crece un nuevo gigante; crece más lentamente de lo que nosotros quisiéramos, pero crece, vendrá en nuestra ayuda, y cuando veamos que inicia su primer golpe, entonces diremos: ha terminado la época de la retirada, comienza la era de la ofensiva mundial y la era de la victoria de la revolución socialista mundial. (Aplausos tempestuosos y prolongados.)