Camaradas, permítanme comenzar con unas observaciones relativamente pequeñas, por lo último. El camarada Bujarin, al final de su intervención, llegó a compararnos con Petliura. Si él considera que es así, ¿cómo puede permanecer en el mismo partido que nosotros? ¿Acaso no es una frase? Por supuesto, si realmente fuera así, no estaríamos sentados en el mismo partido. El hecho de que estemos juntos demuestra que en las nueve décimas partes coincidimos con Bujarin. Es cierto que añadió algunas frases revolucionarias sobre que queríamos traicionar a Ucrania. Estoy seguro de que no vale la pena hablar de semejantes tonterías manifiestas. Volveré al camarada Riazánov, y aquí quiero señalar que, así como la excepción, que ocurre una vez cada diez años, no hace sino confirmar la regla, también a él le sucedió decir, sin querer, una frase seria. (Aplausos.) Dijo que Lenin cede espacio para ganar tiempo. Es casi un razonamiento filosófico. Esta vez resultó que el camarada Riazánov dio con una frase completamente seria, por cierto, la cual encierra toda la esencia: yo quiero ceder espacio al vencedor de hecho para ganar tiempo. Toda la esencia está en eso, y solo en eso. Todo lo demás son solo palabras: la necesidad de la guerra revolucionaria, el ascenso del campesinado, etc. Cuando el camarada Bujarin presenta la situación como si no pudiera haber dos opiniones sobre la posibilidad de la guerra, y dice: «pregunten a cualquier militar» (lo he apuntado de sus palabras), y plantea la cuestión preguntando a cualquier militar, le respondo: ese «cualquier militar» resultó ser un oficial francés con el que tuve ocasión de conversar{13}. Ese oficial francés, mirándome, naturalmente, con malos ojos –pues yo había vendido Rusia a los alemanes–, dijo: «Soy monárquico, partidario de la monarquía y, en Francia, partidario de la derrota de Alemania; no piense que soy partidario del Poder soviético» –¿cómo se va a pensar eso, si él es monárquico?–, «pero yo estaba a favor de que ustedes firmaran el tratado en Brest, porque es necesario». Ahí tienen su «pregunten a cualquier militar». Cualquier militar debía haber dicho lo que yo decía: había que firmar el tratado en Brest. Si ahora, del discurso de Bujarin, se desprende que nuestras divergencias han disminuido mucho, es porque sus partidarios han ocultado el principal punto de divergencia.

Cuando ahora Bujarin nos fustiga por haber desmoralizado a las masas, tiene toda la razón, solo que se fustiga a sí mismo, no a nosotros. ¿Quién metió en el Comité Central ese revoltijo? Usted, camarada Bujarin. (Risas.) Por más que grite «no», la verdad se impondrá: estamos en nuestra propia familia de camaradas, en nuestro propio congreso, no hay nada que ocultar, y habrá que decir la verdad. Y la verdad consiste en que en el Comité Central había tres corrientes. El 17 de febrero, Lómov y Bujarin no votaron. Yo pedí que se reprodujera la votación, que se difundiera: cualquier miembro del partido, si lo desea, puede ir a la secretaría y ver la votación, aquella votación histórica del 21 de enero, que demuestra que los que vacilaban eran ellos, mientras nosotros no vacilamos en absoluto; nosotros decíamos: «aceptemos la paz en Brest –no conseguirán otra mejor– para preparar la guerra revolucionaria». Ahora ya hemos ganado cinco días para evacuar Petersburgo. Hoy se ha publicado el llamamiento de Krylenko y Podvoiski{14}, que no figuraban entre los izquierdistas y a quienes Bujarin menospreciaba, diciendo que «se sacaban» a Krylenko, como si nos hubiéramos inventado lo que Krylenko informaba. Estamos absolutamente de acuerdo con eso; así están las cosas, pues fueron los militares quienes demostraron lo que yo decía, y ustedes se excusan con que el alemán no atacará. ¿Acaso puede compararse esta situación con octubre, cuando la cuestión no era técnica? No, si quieren tener en cuenta los hechos, tengan en cuenta que las divergencias se referían a que no se puede comenzar una guerra cuando es manifiestamente desventajosa. Cuando el camarada Bujarin comenzó su intervención final con la atronadora pregunta: «¿es posible la guerra en un futuro cercano?», me sorprendió mucho. Respondo sin vacilación: es posible, pero ahora hay que aceptar la paz. Aquí no hay ninguna contradicción. Tras estas breves observaciones, pasaré a las respuestas detalladas a los oradores anteriores. Respecto a Radek, debo hacer una excepción. Pero hubo otra intervención: la del camarada Uritski. ¿Qué hubo allí, sino Canossa{15}, «traición», «retrocedieron», «se adaptaron»? ¿Qué es eso? ¿Acaso su crítica no es del periódico de los socialrevolucionarios de izquierda? El camarada Búbnov nos leyó la declaración presentada al Comité Central por miembros del CC que se consideran muy izquierdistas y que dieron por completo un ejemplo de manifestación ante el mundo entero: «la conducta del Comité Central asesta un golpe al proletariado internacional». ¿Acaso no es una frase? «¡Mostrar la impotencia ante el mundo entero!» ¿Con qué la mostramos? ¿Conque propusimos la paz? ¿Conque el ejército huyó? ¿Acaso no demostramos que comenzar la guerra contra Alemania ahora, sin haber aceptado la paz de Brest, significa mostrar al mundo que nuestro ejército está enfermo y no quiere ir a combatir? Es completamente vacío cuando Búbnov afirma que esa vacilación fue enteramente creada por nosotros; fue porque nuestro ejército está enfermo. Hubiera sido necesario, en cualquier caso, dar una tregua. Si se hubiera seguido una estrategia correcta, habríamos tenido un mes de tregua; pero como ustedes siguieron una estrategia incorrecta, solo tenemos cinco días de tregua, y eso es bueno. La historia de la guerra muestra que, para detener a un ejército que huye en pánico, a veces bastan incluso unos días. Quien no acepta, no firma ahora la paz diabólica, ese es un hombre de frase, no de estrategia. Ahí está el problema. Cuando los miembros del CC me escriben: «manifestación de impotencia», «traición», es la más nociva y vacía frase infantil. Mostramos nuestra impotencia al intentar combatir cuando era imposible manifestarla, cuando la ofensiva contra nosotros era inevitable. En cuanto a los campesinos de Pskov, los traeremos al Congreso de los Soviets para que cuenten cómo se comportan los alemanes, para que creen esa psicología en la que el soldado, enfermo de fuga en pánico, empiece a curarse y diga: «Sí, ahora he comprendido que esta no es la guerra que los bolcheviques prometieron poner fin, es una guerra nueva que los alemanes llevan contra el Poder soviético». Entonces vendrá el saneamiento. Pero ustedes plantean una cuestión que no se puede resolver. Nadie sabe el plazo de la tregua.

A continuación debo referirme a la posición del camarada Trotski. En su actividad hay que distinguir dos aspectos: cuando comenzó las negociaciones en Brest, utilizándolas magníficamente para la agitación, todos estábamos de acuerdo con el camarada Trotski. Él citó parte de una conversación conmigo, pero yo añadiré que entre nosotros estaba acordado que nos mantendríamos hasta el ultimátum de los alemanes; después del ultimátum, capitularíamos. El alemán nos engañó: de los siete días nos robó cinco{16}. La táctica de Trotski, en la medida en que tendía a la prolongación, era justa; se volvió injusta cuando se declaró el estado de guerra cesado y la paz no fue firmada. Yo propuse de manera absolutamente decidida firmar la paz. No podíamos obtener algo mejor que la paz de Brest. Para todos está claro que la tregua habría sido de un mes, y que no habríamos perdido. Puesto que la historia ha descartado esto, no vale la pena recordarlo, pero es ridículo que Bujarin diga: «la vida demostrará que nosotros teníamos razón». Yo tenía razón, porque ya escribí sobre esto en 1915: «Hay que prepararse para hacer la guerra; es inevitable, está en marcha, vendrá»[2]. Pero había que aceptar la paz, en lugar de fanfarronear en vano. Y tanto más había que aceptar la paz cuanto que la guerra vendrá, y ahora, por lo menos, facilitamos la evacuación de Petersburgo, la facilitamos. Es un hecho. Cuando el camarada Trotski plantea nuevas exigencias: «prometa que no firmará la paz con Vinnichenko», digo que en ningún caso asumiré tal obligación{17}. Si el congreso asumiera esa obligación, ni yo, ni ninguno de mis partidarios, nadie asumiría responsabilidad por ello. Eso significaría sustituir una línea clara de maniobra –retroceder cuando se puede, a veces atacar– por volver a atarse con una decisión formal. En la guerra nunca se puede uno atar con consideraciones formales. Es ridículo no conocer la historia militar, no saber que un tratado es un medio de reunir fuerzas: ya me remití a la historia prusiana. Algunos, decididamente, como niños, piensan: firmó un tratado, luego se vendió a Satanás, fue al infierno. Es simplemente ridículo, cuando la historia militar dice más claro que claro que la firma de un tratado durante una derrota es un medio de reunir fuerzas. En la historia se han dado casos de guerras que se sucedían una tras otra; todo eso lo hemos olvidado, vemos cómo la vieja guerra se transforma en…[3]. Si ustedes quieren, átense con consideraciones formales para siempre y entreguen entonces los puestos de responsabilidad a los socialrevolucionarios de izquierda{18}. Nosotros no asumiremos la responsabilidad por eso. Aquí no hay ni sombra de deseo de escisión. Estoy convencido de que la vida les enseñará. El 12 de marzo –no está lejos– recibirán abundante material{19}.

El camarada Trotski dice que eso sería una traición en el pleno sentido de la palabra. Yo afirmo que ese punto de vista es absolutamente falso[4]. Para mostrarlo concretamente, pondré un ejemplo: dos hombres caminan, diez los atacan; uno lucha, el otro huye… eso es traición. Pero si se trata de dos ejércitos, cada uno de cien mil hombres, y frente a ellos hay cinco ejércitos; uno fue rodeado por doscientos mil, el otro debe acudir en su ayuda, pero sabe que trescientos mil están dispuestos de tal modo que allí hay una trampa: ¿se puede acudir en ayuda? No, no se puede. Eso no es traición ni cobardía: el simple aumento numérico ha cambiado todos los conceptos; cualquier militar lo sabe. Aquí no hay concepto personal: actuando así, conservo mi ejército, aunque aquel otro caiga prisionero; yo renovaré el mío, tengo aliados, esperaré, los aliados llegarán. Solo así se puede razonar; pero cuando a las consideraciones militares se mezclan otras, no queda nada más que frase. Así no se puede hacer política.

Todo lo que podía hacerse, lo hemos hecho. Al firmar el tratado, hemos salvado Petersburgo, aunque sea por unos días. (Que a los secretarios y taquígrafos no se les ocurra escribir esto.) En el tratado se ordena retirar nuestras tropas de Finlandia, tropas manifiestamente incapaces, pero no se nos prohíbe introducir armas en Finlandia. Si Petersburgo hubiera caído hace unos días, el pánico se habría apoderado de la ciudad y no habríamos podido evacuar nada; en estos cinco días hemos ayudado a nuestros camaradas finlandeses –no diré cuánto, ellos mismos lo saben–.

Las palabras de que hemos traicionado a Finlandia son la frase más infantil. Precisamente los ayudamos al retroceder a tiempo ante los alemanes. Rusia no perecerá nunca si Petersburgo se derrumba; en eso, el camarada Bujarin tiene mil veces razón, pero si se maniobra a lo Bujarin, entonces se puede arruinar una buena revolución. (Risas.)

No hemos traicionado ni a Finlandia ni a Ucrania. No nos lo reprochará ningún obrero consciente. Ayudamos con lo que podemos. De nuestras tropas no nos hemos llevado a ningún buen hombre, ni nos lo llevaremos. Si ustedes dicen que Hoffmann los atrapará, los envolverá… por supuesto, puede hacerlo, no lo dudo, pero en cuántos días lo hará, él no lo sabe y nadie lo sabe. Además, sus consideraciones de que nos atrapará, nos envolverá, son consideraciones de correlación política de fuerzas, de la que hablaré más adelante.

Habiendo aclarado por qué no puedo aceptar de ningún modo la propuesta de Trotski –así no se puede hacer política–, debo decir que Radek mostró un ejemplo de hasta qué punto los camaradas en nuestro congreso se han alejado de la frase, que de hecho subsistió en Uritski. De ningún modo puedo acusarlo de frase en esta intervención. Dijo: «No hay ni sombra de traición ni de vergüenza, porque está claro que ustedes retrocedieron ante una fuerza militar aplastante». Esa es una valoración que echa abajo toda la posición de Trotski. Cuando Radek dijo: «Apretando los dientes, hay que preparar fuerzas», es verdad, y yo suscribo totalmente: no fanfarronear, sino apretar los dientes y prepararse.

Apretando los dientes, no fanfarroneen, preparen fuerzas. La guerra revolucionaria llegará, en eso no tenemos divergencias; las divergencias se refieren a la Paz de Tilsit: ¿firmarla o no? Lo peor es un ejército enfermo, sí, y por eso en el Comité Central debe haber una línea firme, no divergencias ni una línea intermedia, como la que apoyó también el camarada Bujarin. No pinto con colores de rosa lo de la tregua; nadie sabe cuánto durará, y yo no lo sé. Son ridículos los esfuerzos de quienes tratan de sonsacarme cuánto durará la tregua. Gracias a las vías troncales conservadas, ayudamos tanto a Ucrania como a Finlandia. Aprovechemos la tregua, maniobrando, retrocediendo.

Ya no se puede decir al obrero alemán que los rusos son caprichosos; ahora está claro que avanza el imperialismo germano-japonés, y eso será claro a todos y cada uno; además del deseo de estrangular a los bolcheviques, el alemán también tiene deseo de estrangular en el Oeste; todo se ha enredado, y en esta nueva guerra habrá que saber maniobrar, y es necesario.

Volviendo al discurso del camarada Bujarin, señalo que, cuando le faltan argumentos, esgrime algo a lo Uritski y dice: «El tratado nos envilece». Aquí no hacen falta argumentos: si estuviéramos envilecidos, tendríamos que recoger los papeles y escapar, pero, aunque estemos «envilecidos», no creo que nuestras posiciones se hayan vacilado. El camarada Bujarin intentó analizar la base de clase de nuestras posiciones, pero en lugar de eso contó una anécdota sobre el difunto economista moscovita. Cuando se encontró en nuestra táctica una vinculación con el tráfico de sacos, es –de verdad– ridículo; se olvidaron de que la relación de la clase en su conjunto –de la clase, no de los traficantes de sacos– nos muestra que la burguesía rusa y todos sus lacayos, los del «Delo Naroda» y los de «Nóvaya Zhizn»{20}, nos empujan por todos los medios a esta guerra. Y este hecho de clase ustedes no lo subrayan. Declarar ahora la guerra a Alemania significa caer en la provocación de la burguesía rusa. Esto no es nuevo, porque es el camino más seguro para deshacerse de nosotros ahora –no digo absolutamente seguro, nada absolutamente seguro hay–. Cuando el camarada Bujarin decía: la vida está de su lado, todo terminará por que reconozcamos la guerra revolucionaria, estaba celebrando una victoria fácil, pues la inevitabilidad de la guerra revolucionaria ya la habíamos predicho en 1915. Nuestras divergencias estaban en si el alemán atacaría o no; en que debíamos declarar el estado de guerra como cesado; en que, en interés de la guerra revolucionaria, debíamos retroceder físicamente, entregando territorio para ganar tiempo. La estrategia y la política prescriben el tratado de paz más infame que se pueda. Todas nuestras divergencias desaparecerán una vez que reconozcamos esta táctica.

Resumen publicado el 19 (6) de marzo de 1918 en el periódico «Raboche-Krestianski Nizhegorodski Listok» nº 54