Tras escuchar hoy a los oradores de la derecha que han presentado objeciones a mi informe, me asombra cómo hasta ahora no han aprendido nada y han olvidado todo aquello que en vano llaman «marxismo». Uno de los oradores que me objetaba declaró que nosotros estábamos a favor de la dictadura de la democracia, que reconocíamos el poder de la democracia. Esta afirmación es tan absurda, tan disparatada y carente de sentido, que es un puro amasijo de palabras. Es como decir «nieve de hierro» o algo por el estilo. (Risas.) La democracia es una de las formas del Estado burgués, por la que abogan todos los traidores al verdadero socialismo, quienes hoy se hallan al frente del socialismo oficial y afirman que la democracia contradice la dictadura del proletariado. Mientras la revolución no rebasó los marcos del régimen burgués, nosotros estuvimos a favor de la democracia, pero tan pronto como vislumbramos los primeros destellos del socialismo a lo largo de toda la revolución, nos situamos en posiciones que defienden firme y decididamente la dictadura del proletariado.

Y es extraño que personas que no pueden o no quieren comprender esta simple verdad sobre la definición del sentido de las palabras «democracia» y «dictadura del proletariado», se atrevan a comparecer ante una asamblea tan numerosa con esa vieja e inservible morralla que abarrota todos los discursos de los señores objetores. La democracia es parlamentarismo formal y, en la práctica, una incesante y cruel mofa, una opresión desalmada e insoportable de la burguesía sobre el pueblo trabajador. Y contra esto solo pueden objetar quienes no son auténticos representantes de la clase obrera, sino miserables hombres en una funda[^1], que han permanecido siempre muy alejados de la vida, han dormido y, dormidos, guardaban celosamente bajo la almohada un viejo y andrajoso libraco que a nadie sirve, que es para ellos guía y manual en la tarea de implantar el socialismo oficial. Pero la inteligencia de decenas de millones de creadores gesta algo inconmensurablemente superior a la más grande y genial previsión. El verdadero socialismo revolucionario no se escindió solo hoy, sino desde el comienzo de la guerra. No hay un solo país, no hay un solo Estado en el que no se haya producido esta significativa escisión, esta grieta en la doctrina del socialismo. ¡Y es magnífico que se haya escindido!

En respuesta a la acusación de que luchamos contra los «socialistas», solo podemos decir que, en la época del parlamentarismo, estos partidarios de este último ya no tienen nada en común con el socialismo, sino que se han podrido, han envejecido, han quedado rezagados y han pasado, en fin de cuentas, al lado de la burguesía. Los «socialistas» que durante la guerra, provocada por los impulsos imperialistas de los saqueadores internacionales, gritaban sobre la «defensa de la patria», no son socialistas, sino lacayos, parásitos de la burguesía.

Quienes tanto hablan de la dictadura de la democracia, no lanzan más que frases absurdas y disparatadas, carentes tanto de conocimiento económico como de comprensión política.

Uno de los objetores decía aquí que la Comuna de París puede enorgullecerse de que durante la insurrección de los obreros parisinos no hubo en su seno violencias ni arbitrariedades, pero no cabe duda de que la Comuna cayó solo porque no utilizó suficientemente la fuerza armada en el momento preciso, aunque haya permanecido inmortal en la historia, pues fue la primera en llevar a la práctica la idea de la dictadura del proletariado.

Abordando en breves rasgos la lucha contra los representantes de la burguesía, de los terratenientes y capitalistas, el orador, bajo una explosión de aplausos, declara firme y decididamente:

—Digan lo que digan, al fin y al cabo, por la voluntad del pueblo revolucionario, la burguesía se verá obligada a capitular o a perecer.

Trazando un paralelismo entre el anarquismo y las concepciones de los bolcheviques, el camarada Lenin declara que ahora, en la época de la ruptura radical del régimen burgués, los conceptos sobre el anarquismo cobran, por fin, contornos vitales. Pero, para derrocar la opresión del régimen burgués, se necesita un firme poder revolucionario de las clases trabajadoras: el poder del Estado revolucionario. En esto consiste la esencia del comunismo. Ahora, cuando la propia masa toma las armas en sus manos e inicia una lucha despiadada contra los explotadores, cuando se aplica un nuevo poder del pueblo que nada tiene en común con el poder parlamentario, en este momento ya no tenemos ante nosotros el viejo Estado, caduco por sus tradiciones y formas, sino algo nuevo, basado en la fuerza creadora de las bases. Y mientras unos anarquistas hablan de los Soviets con temor, hallándose aún bajo la influencia de concepciones anticuadas, la nueva y fresca corriente del anarquismo se sitúa decididamente al lado de los Soviets, en los que ve vitalidad y capacidad para suscitar en las masas simpatía y fuerza creadora.

Su pecado y su ceguera radican —declara el orador, dirigiéndose a los «objetores»— en que no han sabido aprender de la revolución. Ya el 4 de abril, en esta misma sala, afirmé que los Soviets son la forma superior de democracia[^2]. O los Soviets perecen —y entonces la revolución habrá perecido irrevocablemente—, o los Soviets perviven —y entonces resulta ridículo hablar de una especie de revolución democrático-burguesa en el momento en que madura el pleno florecimiento del régimen socialista y el hundimiento del capitalismo. De la revolución democrático-burguesa hablaban los bolcheviques en 1905, pero ahora, cuando los Soviets han llegado al poder, cuando los obreros, soldados y campesinos, en una situación de guerra inaudita por sus privaciones y horrores, en una atmósfera de descomposición, ante el espectro de la muerte por hambre, han dicho —tomaremos todo el poder y nosotros mismos emprenderemos la construcción de una nueva vida—, en este momento no puede hablarse ya de revolución democrático-burguesa. Y así lo dijeron los bolcheviques en congresos, asambleas y conferencias mediante resoluciones y acuerdos ya en el mes de abril del año pasado.

Y a quienes dicen que no hemos hecho nada, que hemos permanecido todo el tiempo en la inacción, que la dominación del Poder soviético no ha traído fruto alguno, solo podemos decirles: miren hasta las mismas entrañas del pueblo trabajador, hasta la hondura de las masas; allí hierve el trabajo organizativo y creador, allí bulle, a borbotones, la vida que se renueva, santificada por la revolución. En las aldeas, los campesinos toman la tierra, los obreros toman en sus manos las fábricas y talleres, por doquier surgen todo tipo de organizaciones.

El Poder soviético lucha por el fin de la guerra, y estamos seguros de que lo conseguirá antes de lo que prometieron los representantes del gobierno de Kerenski. Pues en el final de la guerra ha entrado el factor revolucionario, que ha desgarrado los tratados y anulado los empréstitos. La guerra terminará en conexión con el movimiento revolucionario internacional.

Para concluir, el orador se refiere en breves palabras a los saboteadores contrarrevolucionarios: son destacamentos comprados por la burguesía, que colma de dádivas a los funcionarios saboteadores que han declarado la lucha al Poder soviético en nombre del triunfo de la reacción. El fenómeno de que el pueblo taje sin miramientos a la burguesía con el hacha campesina y obrera, este fenómeno les parece el verdadero fin del mundo y la perdición total e irrevocable. Si somos culpables de algo, es de haber sido demasiado humanos, demasiado bondadosos en relación con los monstruosos, por su perfidia, representantes del régimen imperialista burgués.

Hace unos días se presentaron ante mí unos escritores de «Nueva Vida» con la declaración de que venían de parte de los empleados de banca, que deseaban incorporarse al servicio y, poniendo fin a la política de sabotaje, someterse por entero al Poder soviético. Y yo les respondí: ya era hora[^3]. Pero, dicho entre nosotros, si se imaginan que nosotros, al entablar estas negociaciones, retrocederemos un ápice de nuestras posiciones revolucionarias, se equivocan de medio a medio.

El mundo no ha visto nada semejante a lo que ocurre ahora en nuestra Rusia, en este enorme país, deshecho en una serie de Estados aislados, compuesto por una cantidad colosal de nacionalidades y pueblos heterogéneos: un trabajo organizativo colosal en todos los distritos y regiones, la organización de las bases, la labor directa de las masas, la actividad creadora, constructiva, que choca con los obstáculos de los diversos representantes burgueses del imperialismo. Ellos, esos obreros y campesinos, han comenzado una labor sin precedentes por sus titánicas tareas y, junto con los Soviets, abatirán hasta el fin la explotación del capitalismo y, en fin de cuentas, la opresión de la burguesía será derrocada de una vez para siempre.

[^1]: Referencia al personaje de Chéjov, «El hombre en la funda» (Человек в футляре).
[^2]: El subrayado pertenece a V.I. Lenin. (Nota de la fuente original.)
[^3]: Se refiere a las negociaciones con los empleados bancarios que cesaban el sabotaje. (Nota contextual de la época.)