Camaradas, tendré que hacer unas breves observaciones finales. Ante todo, quisiera responder a la cuestión del dogma que aquí se ha tocado. Marx y Engels dijeron muchas veces que nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción{93}, y creo que eso es lo primero y más importante que debemos tener presente.

La doctrina de Marx y Engels no es un dogma que aprendamos de memoria. Hay que asumirla como guía para la acción. Siempre lo hemos dicho y creo que hemos obrado de modo consecuente, sin caer nunca en el oportunismo, sino modificando la táctica. Pero eso no significa en modo alguno apartarse de la doctrina, ni puede calificarse de oportunismo. Lo he dicho y lo repito una y otra vez: esta doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción.

A continuación, pasando a la observación del camarada Steklov: ¿con quién nos pondremos de acuerdo, con los estados mayores o con las masas?, respondo: en primer lugar, por supuesto, con las masas, y después con los estados mayores; pero cuando haya que luchar contra los estados mayores, todo dependerá de cada caso concreto. Ya me referiré a ello, pero en este momento no veo en la práctica ninguna posibilidad de acuerdo con el partido menchevique y el partido socialrevolucionario. Se nos dice que llegar a un acuerdo significa ceder en algo. ¿En qué ceder y cómo apartarse de la línea fundamental? Eso sería apostasía, y si se trata solo de la práctica, no es nada nuevo. Por supuesto, jamás cederemos en nuestros principios. Ahora no tiene sentido hablar de esto. Hace quince años, las disputas versaban sobre la línea fundamental y los principios; esas disputas me tocó librarlas, por desgracia, sobre todo en el extranjero, y no en Rusia. Pero ahora se trata del poder estatal, y no se puede ni hablar de ceder en lo más mínimo en ello. No en balde Wilson declaró: ahora nuestro enemigo es el bolchevismo mundial. Esa es la declaración de la burguesía de todo el mundo. Si emprenden una cruzada contra nosotros, significa que reconocen que el poder bolchevique no es un fenómeno exclusivamente ruso, sino mundial. Ridículo y lamentable sería el bolchevique que propusiera a la burguesía algún tipo de acuerdo. Y cuando el incendio revolucionario se ha extendido a toda una serie de países, ningún gobierno burgués capitalista aceptará ni puede aceptar tal cosa.

La burguesía suiza, cuando se llegó a los últimos acontecimientos, dijo sin rodeos: no somos rusos, no os entregaremos el poder. El capitán Sadoul, que se adhirió al bolchevismo, escribe que se asombra al observar la sorprendente docilidad de la burguesía rusa y declara que la burguesía francesa actuará de otro modo. Allí veremos un rencor mucho mayor, y la guerra civil, si se desarrolla, adoptará las formas más despiadadas, y desde este punto de vista no cabe plantear ninguna cuestión.

La cuestión está completamente resuelta en la práctica por un año de dictadura del proletariado, y a ningún campesino, a ningún obrero se le puede ocurrir llegar a un acuerdo con la burguesía. Y en cuanto a que el acuerdo no es nada nuevo, estoy completamente de acuerdo. Solo quería que deliberáramos juntos sobre estos asuntos.

Aquellas circunstancias que apartaron especialmente de nosotros a los mencheviques, a los socialrevolucionarios y a la pequeña intelectualidad —la lucha implacable en torno a la Paz de Brest durante la ofensiva del imperialismo alemán— han quedado atrás. Pero sabemos perfectamente que los éxitos, aunque sean temporales, de los anglo-franceses provocarán nuevas vacilaciones en esa intelectualidad y en la pequeña democracia, que empezarán a sembrar el pánico y a pasarse al otro bando. Llegamos a acuerdos con ellos para alcanzar determinados resultados y para un trabajo práctico concreto. Esta táctica no puede suscitar ni discusiones ni extrañeza. Pero el hecho de que no se la haya comprendido lo han demostrado muchos, incluso un miembro tan influyente del Soviet de Moscú como el camarada Maksímov. El camarada Maksímov dijo que con Jinchuk no había que llegar a un acuerdo, sino pactar de manera razonable. Cuando en primavera promulgamos el primer decreto sobre las cooperativas y ellas nos plantearon exigencias de ultimátum, les hicimos concesiones. A eso lo llamamos un acuerdo; esa política no puede recibir otro nombre. Y si cada trabajador soviético adopta como norma decirse a sí mismo y repetir a todos los camaradas: con la democracia pequeñoburguesa pacta de manera razonable, yo me consideraré satisfecho.

Hasta ahora, en el trabajo, sobre todo en el trabajo local, estamos todavía demasiado lejos de pactar de manera razonable. Al contrario, con frecuencia no pactamos de manera razonable. Se nos acusa de ello, sin comprender que la nueva construcción es imposible sin eso. No existe un genio capaz de construir la nueva vida sin haber aprendido en la propia construcción. Cuando es necesario pactar de manera razonable con los militantes prácticos, no sabemos hacerlo. Para montar una tienda, hay que saber cómo se monta. Se necesitan personas que conozcan su oficio. Los bolcheviques hemos tenido que aplicar nuestros conocimientos en ese trabajo práctico muy raras veces. Muy rara vez nos falta agitadores, pero la más clamorosa carencia es la de dirigentes prácticos, la de organizadores. Y esto sigue ocurriendo, a pesar del año de experiencia que tenemos a las espaldas. Con toda persona que tenga suficiente experiencia en este terreno, que enarbole la consigna de la neutralidad y de las relaciones de buena vecindad, con cada una de esas personas pacta de manera razonable. Si sabe montar una tienda, distribuir mercancías, si puede enseñar al menos algo, si es una persona de práctica, es una gran adquisición.

Todo el mundo sabe que entre los «amigos» del bolchevismo, desde que vencimos, hay muchos enemigos. Con frecuencia se nos pegan elementos completamente indignos de confianza, trapaceros, que vacilan políticamente, venden, traicionan y desertan. Y lo sabemos bien, y eso no nos hace cambiar. Es históricamente inevitable. Cuando los mencheviques nos reprochan que entre los funcionarios soviéticos hay una masa de elementos adheridos, deshonestos incluso en el sentido civil general, les decimos: ¿de dónde sacar a los mejores?, ¿cómo hacer para que los mejores confíen de inmediato en nosotros? No hay revolución que pueda vencer y convencer de golpe, que pueda obligar a creer en ella de inmediato. Empieza en un país y en los demás países no se cree en ella. Nuestra revolución la consideran una pesadilla, un caos, y de nuestras asambleas organizadas «caóticas», que llamamos Soviets, nada se espera en otros países. Y eso es completamente natural. Tuvimos que conquistar muchas cosas. Así que, cuando se dice: hay que pactar de manera razonable con Jinchuk —él sabe montar una tienda—, yo digo: pactad también con otros, tomad a los pequeños burgueses que saben hacer muchas cosas.

Si inculcamos esta consigna: «pacta», si la inculcamos en las cabezas a nivel local, si comprendemos que despierta al poder una nueva clase, que se ponen a administrar personas que jamás emprendieron una tarea tan compleja y que, naturalmente, cometen errores, no nos perturbaremos. Sabemos que sin errores es imposible administrar. Pero, además de errores, observamos un uso torpe del poder, solo como poder, cuando la gente dice: yo he recibido el poder, yo he ordenado y tú debes obedecer. Nosotros decimos: respecto a toda una serie de elementos de la democracia pequeñoburguesa, de los sindicatos, de los campesinos y de las cooperativas, no apliquéis esa consigna, ahora está dejando de ser necesaria. Por eso, pactar de manera más razonable con la democracia pequeñoburguesa, en especial con la intelectualidad: esa es nuestra tarea. Por supuesto, pactaremos sobre nuestra plataforma, pactaremos en calidad de poder.

Decimos: ¿es verdad que habéis pasado de la hostilidad a la posición de neutralidad y de relaciones de buena vecindad?, ¿es verdad que habéis dejado de ser hostiles? De lo contrario, no cerraremos los ojos, hablaremos abiertamente: si es guerra, es guerra, y actuamos como en la guerra. Pero si habéis pasado de la hostilidad a la neutralidad, si habláis de relaciones de buena vecindad —estas palabras las he tomado de declaraciones de personas que no pertenecen al campo de los comunistas, que ayer mismo estaban mucho más cerca del campo de los guardias blancos—, digo: una vez que hay personas que transitan en medida tan amplia de la hostilidad de ayer a la neutralidad de hoy y a las relaciones de buena vecindad, nosotros debemos continuar nuestra propaganda.

El camarada Jmelnitski teme en vano que los mencheviques realicen su propaganda para dirigir la vida de la clase obrera. No hablamos de los socialdemócratas que no han comprendido la república socialista, no hablamos de ellos ni de la burocracia pequeñoburguesa: aquí hay lucha ideológica contra los mencheviques, guerra irreconciliable. Decirle a un menchevique que es un demócrata pequeñoburgués es para él la peor ofensa, y cuanto más serenamente le demostréis eso al menchevique, tanto mayor será su furia. Pensar que de nuestra posición conquistada entregaremos aunque sea una centésima o una milésima parte, es un error. No cederemos ni la más mínima parte.

Los ejemplos que ha puesto el camarada Schmidt demostraban que incluso el grupo del proletariado que se hallaba más cerca de la burguesía (como, por ejemplo, los impresores), los empleados pequeñoburgueses, los empleados bancarios burgueses que realizaban operaciones en establecimientos comerciales e industriales, pierden mucho con el paso al socialismo. Hemos cerrado una enorme cantidad de periódicos burgueses, hemos nacionalizado los bancos, hemos cerrado toda una serie de vías por las cuales los empleados de los bancos se enriquecían participando en la especulación, pero incluso en este campo vemos vacilación, vemos que se pasan a nuestro lado. Si Jinchuk es valioso porque sabe montar tiendecitas, el empleado bancario es valioso porque conoce la técnica del negocio monetario, con la que muchos de nosotros, aunque familiarizados teóricamente, muestran una gran debilidad en la labor práctica. Y yo digo: con esa persona que conoce esa técnica y que me dice que ha pasado de la hostilidad de ayer a la neutralidad y a la buena vecindad... Decimos: con toda persona pacta de manera razonable. Y en los Soviets de Diputados, si el camarada Maksímov lleva adelante esa táctica, de la que él, como destacado miembro del presídium del Soviet de Diputados de Moscú, habló en relación con la intelectualidad y la pequeña burguesía vacilante, yo quedaré plena y sobradamente satisfecho.

Pasemos a la cuestión de las cooperativas. El camarada Steklov se expresó así: las cooperativas huelen mal. El camarada Maksímov dijo respecto a las cooperativas: no hay que escribir decretos como el último decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo. En la esfera práctica no hemos tenido unanimidad. No es nuevo para nosotros el que con la pequeña burguesía, si no es hostil a nosotros, hay que acordar en ese tono. Si la vieja situación resulta mala, hay que cambiarla cuando lo exigen las circunstancias modificadas. Vemos con claridad que en este sentido la cosa ha cambiado. En esto, las cooperativas sirven como ejemplo palmario. El aparato cooperativo es un aparato de abastecimiento orientado no a la iniciativa privada de los capitalistas, sino a la participación masiva de los propios trabajadores, y Kautsky, mucho antes de pasarse a los renegados, tenía razón al decir que la sociedad socialista es una gran cooperativa.

Si aspiramos a organizar el control y a organizar prácticamente la economía para centenares de miles de personas, no debemos olvidar que cuando los socialistas examinan esta cuestión señalan que pueden serles útiles los dirigentes de los trusts como prácticos experimentados. Ahora la experiencia muestra que los elementos pequeñoburgueses han pasado de la hostilidad a la neutralidad. Y al mismo tiempo hay que comprender que ellos saben organizar tiendecitas. No lo negamos: Jinchuk, como ideólogo, está completamente imbuido de prejuicios burgueses; todos ellos apestan a eso, pero al mismo tiempo tienen conocimientos prácticos. En el plano de las ideas, todos los cañones están de nuestro lado y ellos no tienen ni uno. Pero cuando dicen que no son hostiles y pasan a la neutralidad, debemos tener en cuenta que ahora centenares y miles de personas menos capaces que Jinchuk también pactan de manera razonable. Yo digo: hay que saber pactar con ellos. En el terreno de la construcción práctica saben más, saben hacer mejor, y hay que aprender de ellos. Que ellos aprendan de nosotros a influir sobre el proletariado internacional, pero nosotros aprenderemos de ellos a montar tiendecitas. No sabemos hacerlo. En cada terreno se necesitan técnicos con conocimientos especiales.

Y respecto a las cooperativas, no comprendo por qué huelen mal. Cuando tramitamos el primer decreto sobre las cooperativas, invitamos para su debate al Consejo de Comisarios del Pueblo a personas no solo no comunistas, sino mucho más cercanas a los guardias blancos, deliberamos con ellas, les preguntamos: ¿podéis aceptar esto? Decían: esto, sí, pero eso no podemos. Por supuesto, eso era un pacto con la burguesía desde un punto de vista superficial o irreflexivo. Fueron invitados representantes de la cooperación burguesa y, a propuesta suya, se suprimieron varios artículos del decreto. Por ejemplo, se suprimió el artículo sobre la utilización gratuita y el ingreso en las cooperativas proletarias. A nosotros nos parecía completamente aceptable, pero ellos rechazaron nuestra propuesta.

Decimos que debemos ir por el camino del acuerdo con personas que saben organizar tiendas mucho mejor que nosotros. En esto no estamos informados, pero no retrocedemos en absoluto en nuestra lucha. Cuando promulgamos otro decreto del mismo tipo, el camarada Maksímov dijo: no hay que escribir tales decretos, porque en él se dice que las cooperativas cerradas deben reabrirse. Esto demuestra que entre los trabajadores del Soviet de Diputados de Moscú, como entre nosotros, existen ciertos malentendidos, e incluso para eliminar esos malentendidos hay que organizar reuniones y conversaciones como la de hoy. Señalábamos que, en interés de la causa, nos proponíamos utilizar no solo los sindicatos en general, sino también el sindicato de empleados del comercio y la industria, y los empleados del comercio y la industria siempre han sido baluarte del régimen burgués. Pero si estas personas acuden a nosotros y dicen: estamos de acuerdo en vivir en relaciones de buena vecindad, acogedlas con cordialidad, hay que tender la mano, no se nos va a caer la mano por ello. No olvidaremos que si mañana atacan los imperialistas anglo-franceses, se apartarán y serán los primeros en huir. Pero, cuando ese partido, esos elementos burgueses no huyen, repetimos: hay que buscar el acercamiento con ellos. Por eso aprobamos el decreto que se publicó el domingo y que no le gusta al camarada Maksímov; con eso muestra la aplicación de la vieja táctica comunista, inaplicable a las nuevas circunstancias. Si lo hubiéramos escrito ayer y en respuesta hubiéramos recibido una resolución del Comité Central de los empleados{94}, habríamos quedado como tontos si hubiéramos dicho que empiezas a destiempo, ¿por qué escribes cuando ha comenzado el viraje, cuando está cambiando la situación?

Los capitalistas armados prosiguen la guerra cada vez más lejos y con más tenacidad, y para nosotros es terriblemente importante aprovechar este viraje, aunque sea temporal, en la construcción práctica. Todo el poder está en nuestras manos. Podemos no cerrar las cooperativas y reabrir las cerradas, porque las cerrábamos cuando servían a la agitación de los guardias blancos. Pero toda consigna adquiere la capacidad de endurecerse más de lo necesario. Cuando por Rusia pasó la ola de cierre de cooperativas y su persecución, eso lo exigían las condiciones del momento. Pero ahora ya no se requiere. Es un aparato muy importante, vinculado al campesinado medio, un aparato que une a las capas dispersas y atomizadas de los campesinos. Esos Jinchuk realizan un trabajo útil, fundado por elementos burgueses. Cuando esos campesinos y demócratas pequeñoburgueses dicen que pasan de la hostilidad a la neutralidad, a una actitud de buena vecindad, debemos decir: eso es justo lo que nos hace falta. Y vamos, buenos vecinos, a pactar de manera razonable con vosotros. Os ayudamos en todo lo posible, hacemos realidad vuestros derechos; examinaremos vuestras reclamaciones, os daremos los privilegios que sean, pero cumplid nuestras tareas. Si no lo hacéis, sabed que todo el aparato de la Comisión Extraordinaria sigue en nuestras manos. Si no sabéis utilizar vuestros derechos y no cumplís nuestras tareas, todo el aparato del Control Estatal seguirá en nuestras manos y os consideraremos infractores de la voluntad estatal. Debéis rendirnos cuentas hasta el último kopek, y su violación se castigará como quebrantamiento de la voluntad estatal y de las leyes del Estado.

Todo este control sigue en nuestras manos, pero ahora la tarea de atraer a estas personas hacia nosotros, aunque sea temporalmente, no es colosal desde el punto de vista de la política mundial, pero para nosotros es sustancialmente necesaria. Reforzará nuestra posición en la guerra. No tenemos una retaguardia decente. Esto nos proporcionará una victoria moral, porque mostrará al imperialismo de Europa occidental que encontrará en nosotros una resistencia bastante seria, y eso no puede despreciarse, ya que en cada país existe su propia oposición interna obrera, proletaria, contra la invasión de Rusia. He ahí por qué creo, en la medida en que puede juzgarse por la declaración del camarada Maksímov, que tanteamos un acuerdo definido. Si se manifiestan divergencias, no son tan sustanciales, porque, una vez que se reconoce la necesidad de pactar de manera razonable con toda la democracia pequeñoburguesa, la intelectualidad, los cooperativistas, los sindicatos que aún no nos reconocen, sin soltar el poder de las manos, si aplicamos firmemente esta política durante todo el invierno, habremos obtenido ya una gran ventaja para toda la causa de la revolución internacional.