Ante todo debo decir, respecto al discurso del camarada Bujarin: ya señalé en mi primer discurso que estamos de acuerdo con él en nueve décimas partes, y por eso pienso que es un hecho lamentable que discreemos en una décima parte; él está, en esa décima parte, en una situación tal que se ve obligado en la mitad de su discurso a deslindarse y desmarcarse resueltamente de todos aquellos que han hablado en su favor. Y por excelentes que sean las intenciones suyas y de su grupo, la falsedad de su posición queda demostrada precisamente por el hecho de que se ve obligado siempre a perder el tiempo en justificaciones y en deslindarse respecto al capitalismo de Estado.

El camarada Bujarin no tiene razón en absoluto; y lo diré en la prensa, porque este problema es extraordinariamente importante. Ahora diré en dos palabras que los "comunistas de izquierda" nos acusaban de que se observaba en nosotros una desviación hacia el capitalismo de Estado; ahora, en cambio, el camarada Bujarin dice incorrectamente que bajo el poder soviético no puede haber capitalismo de Estado. De este modo, él mismo se contradice cuando dice que bajo el poder soviético el capitalismo de Estado no puede existir, lo cual es un evidente absurdo. Toda una serie de empresas y fábricas que se hallan bajo el control del poder soviético y pertenecen al Estado, esto ya de por sí muestra la transición del capitalismo al socialismo, y el camarada Bujarin no quiere detenerse concretamente en esto, sino que recuerda cómo estábamos en la izquierda de Zimmerwald y escribíamos contra él, pero eso fue en tiempos de Maricastaña, y recordarlo ahora, medio año después de la existencia del poder soviético, y después de las experiencias que hemos hecho, de lo que pudimos hacer después de haber expropiado, confiscado y nacionalizado, después de esto recordar lo que escribíamos en 1915... es ridículo. Ahora no podemos dejar de plantear el problema del capitalismo de Estado y el socialismo, de cómo comportarse en la época de transición, cuando bajo el poder soviético un trocito de capitalismo y de socialismo existen juntos. Este problema no quiere entenderlo el camarada Bujarin, y a mí me parece que no podemos eliminarlo de golpe, y el camarada Bujarin no propone eliminarlo y no niega que este capitalismo de Estado es superior a ese residuo de inclinaciones pequeño-propietarias y de las condiciones económicas de vida y de la vida cotidiana, que son muy grandes, cosa que el camarada Bujarin no ha refutado, y eso no se puede refutar sin olvidar la palabra: marxista.

Y mantenerse en el punto de vista de Gue es ridículo, eso de que el proletariado está apestado en Europa, de que en Alemania el proletariado está corrompido. Este punto de vista es de un salvajismo nacional, de una estupidez tal que no sé ya adónde ir más lejos. El proletariado en Europa no está en absoluto más apestado que en Rusia, y allí es más difícil el comienzo de la revolución porque al frente del poder no hay ni idiotas como Románov, ni fanfarrones como Kérenski, sino serios dirigentes del capitalismo, cosa que en Rusia no hubo.

Paso, por fin, a las principales objeciones que por todos lados se han lanzado contra mi artículo y contra mi discurso. Aquí ha sido especialmente atacada la consigna: "despoja lo despojado", una consigna en la que, por más que la examino, no puedo encontrar nada incorrecto, si interviene en escena la historia. Si empleamos las palabras: expropiación de los expropiadores, entonces... ¿por qué no se puede aquí prescindir de las palabras latinas? (Aplausos.)

Y pienso que la historia nos dará plenamente la razón, y antes aún que la historia se ponen de nuestro lado las masas trabajadoras; pero si la consigna "despoja lo despojado" se manifestó sin limitación alguna en la actividad de los Soviets y si resulta que en un problema tan práctico y fundamental como el hambre y el desempleo nos topamos con las mayores dificultades, entonces es oportuno decir que después de las palabras: "despoja lo despojado" comienza la divergencia entre la revolución proletaria, que dice: cuenta lo despojado y no dejes que lo arrastren por separado, y si lo arrastran hacia sí directa o indirectamente, a esos infractores de la disciplina fusílalos...

Y he aquí que cuando contra esto empiezan a vociferar, gritando que es dictadura, empiezan a vociferar sobre Napoleón III, sobre Julio César, dicen que eso no es seriedad de la clase obrera, cuando acusan a Trotski, aquí está esa confusión mental, ese estado de ánimo político que manifiesta precisamente la espontaneidad pequeño-burguesa, que no protestaba contra la consigna "despoja lo despojado", sino contra la consigna: cuenta y distribuye correctamente. No habrá hambre en Rusia, si contamos el pan, verificamos la existencia de todos los productos, y por la violación del orden establecido seguirá el castigo más severo. Ahí está la divergencia. Esto depende de ese estado de cosas que consiste en que por la revolución socialista va en serio sólo el proletariado, y que la pequeña burguesía va hacia ella vacilando, cosa que siempre hemos visto, que siempre hemos tenido en cuenta, y en esa vacilación están contra nosotros. Esto no nos hará vacilar, y continuaremos marchando por nuestro camino con la seguridad de que la mitad del proletariado irá con nosotros, porque saben perfectamente cómo los fabricantes despojaron lo despojado sólo para que los pobres no lo aprovecharan.

Todo esto son malabarismos verbales eso de que, dizque, dictadura, Napoleón III, Julio César, etc. Aquí se puede a este respecto echar arena a los ojos, pero en los lugares, en cada fábrica, en cada aldea saben perfectamente que en esto nos hemos atrasado, nadie discutirá esta consigna, cada cual sabe lo que significa. Y que dirigimos todas nuestras fuerzas a la organización del cómputo, del control y de la distribución correcta, de esto tampoco puede haber dudas.

Bujarin nos decía: "Me deslindo de aquellos que me besan", y son tantos que el camarada Bujarin no terminará de desprenderse. No se nos dice qué proponen, porque no saben qué proponer. ¿Acaso ustedes saben qué proponer? Yo les he hecho reproches tanto en la prensa como en los discursos. En el problema del decreto ferroviario tuvimos el placer de recordar el 4 de abril, a lo cual se hace referencia en su revista, y yo decía: si no están completamente satisfechos con este decreto, dennos entonces un nuevo decreto. Pero sobre esto ni una palabra en el número uno, y en el número dos, cuyas pruebas de imprenta me facilitaron amablemente para su examen, ni una palabra, y en el discurso del camarada Bujarin también ni una palabra, pero la coincidencia es total. Y el camarada Bujarin y el camarada Mártov montan el caballo de batalla —el decreto ferroviario— y vapulean a ese caballo de batalla. Hablan de la dictadura de Napoleón III, de Julio César, etc., dando material para cien números que nadie leerá. Esto está un poco más cerca. Esto concierne a los obreros y a los ferrocarriles. Y sin ferrocarriles no solo no habrá socialismo, sino que simplemente todos perecerán de hambre, como perros, mientras el pan está al lado. Todo esto lo saben perfectamente. ¿Por qué no dieron respuesta? Ustedes cierran los ojos. Echan arena a los ojos de los obreros —los de Nóvaya Zhizn y los mencheviques conscientemente, el camarada Bujarin por error—, ustedes ocultan a los obreros el problema principal, cuando hablan de la construcción. ¿Qué se puede construir sin ferrocarriles? Y cuando veo a un comerciante que me dice en algunas reuniones o en la recepción de delegaciones que en tal o cual ferrocarril se observa una mejora, pues para mí tal elogio es un millón de veces más valioso que 20 resoluciones de comunistas y de cualesquiera otros y que diferentes discursos.

Y cuando la gente práctica —ingenieros, comerciantes, etc.— dicen que si este poder se las arregla aunque sea un poquitín, aunque sea en algo con los ferrocarriles, entonces reconoceremos que esto es un poder. Y esta valoración del poder es la más importante. Porque los ferrocarriles son el clavo, son una de las manifestaciones de la más brillante conexión entre la ciudad y el campo, entre la industria y la agricultura, sobre la cual se basa enteramente el socialismo. Para unir esto para una actividad planificada en interés de toda la población, se necesitan ferrocarriles.

Todas esas frases sobre la dictadura, etc., en las que todos esos Mártov y Karelín coincidían, que son rumiadas dos veces por la prensa kadete, no sirven para nada.

Les puse como ejemplo a esas organizaciones obreras que hacen esto, y al capitalismo de Estado de otras empresas, de otros ramos de la industria; entre los tabaqueros, los curtidores hay más capitalismo de Estado que entre otros, y más orden, y entre ellos está más asegurado el camino hacia el socialismo. Y esto no se puede ocultar. Tampoco se pueden lanzar frases tan absurdas como lo hace Gue, respecto a que con el fusil obligará a cada uno. ¡Pero si eso es un total absurdo y una incomprensión de para qué sirve el fusil! Después de esto se podría pensar que el fusil es una cosa mala, si no es mala la cabeza del anarquista Gue. (Aplausos.) El fusil es una cosa muy buena, cuando hacía falta fusilar al capitalista que nos hace la guerra, cuando hacía falta atrapar a los ladrones en el robo y fusilarlos. Pero cuando el camarada Bujarin decía que hay gentes que reciben 4.000, que hay que ponerlos contra la pared y fusilarlos, eso es incorrecto. ¡Si hace falta encontrarlos! No tenemos muchos lugares donde reciban 4.000. Se los busca aquí y allá, no tenemos especialistas, ese es el quid de la cuestión, he ahí por qué hay que atraer a 1.000 personas, especialistas de primera clase en sus ramas, que valoran su trabajo, que aman la gran producción, porque saben que aquí hay elevación de la técnica. Y cuando aquí se dice que el socialismo se puede tomar sin aprendizaje de la burguesía, pues yo sé que esa es la psicología del habitante del África Central. No concebimos otro socialismo que el basado en los fundamentos de todas las lecciones obtenidas por la gran cultura capitalista. Socialismo sin correos, telégrafo, máquinas es una frase vacía. Pero no se puede barrer de golpe el ambiente burgués y las costumbres burguesas, se necesita esa organización en la que se asienta toda la ciencia y la técnica modernas. Para este asunto invocar los fusiles es la mayor estupidez. De la organización de todo el pueblo depende que toda la población pague el impuesto sobre la renta, que se implante el servicio laboral obligatorio, que cada cual esté registrado; mientras no esté registrado, hace falta que le paguemos. Cuando Bujarin decía que no ve el principio, eso no viene al caso. Marx suponía el rescate de la burguesía, como clase. Él escribía sobre Inglaterra, cuando Inglaterra no tenía imperialismo, cuando era posible el tránsito pacífico al socialismo; eso no es en absoluto una referencia al socialismo anterior. Ahora no se trata de la burguesía, sino de la atracción de los especialistas. Mencioné un ejemplo, se pueden aducir miles. Se trata simplemente de atraer a personas, a las que se puede atraer ya sea comprándolas por un alto salario, ya sea por la organización ideológica, pues aquí no borrarán ustedes el hecho de que todo el salario se les paga a ellos. Sabemos por el ejemplo que puse —pues hasta ahora ustedes han criticado solo en silencio, y a fe que los socialrevolucionarios de izquierda saben magníficamente que el salario se paga alto, lo saben los comunistas de izquierda y los de Nóvaya Zhizn—.

Y aquí no critican. ¡He ahí cuál es su verdadera crítica del poder soviético! Cuando observaban que a sus ingenieros empezaban a pagarles mil quinientos, sobre esto... silencio. Es mucho más útil pagar a tales ingenieros. Y aquí no hay ni Julio César, ni dictadura. Se trata precisamente de la educación política de las masas populares. Y si yo digo que empezamos a pagar de mil quinientos a dos mil al mes, eso es un paso atrás. Y entonces entran en escena Julio César, y Napoleón III, y la paz de Brest-Litovsk, y todo lo que se quiera; pero sobre sus especialistas, sobre sus ingenieros ni una palabra, silencio. Y cuando dicen, y cuando Bujarin dice que eso no es una violación del principio, yo digo que aquí hay una violación del principio de la Comuna de París. El capitalismo de Estado no consiste en el dinero, sino en las relaciones sociales. Si damos dos mil según el decreto ferroviario, eso es capitalismo de Estado. Si el camarada Bujarin daba indicaciones sobre la resolución de Zimmerwald de 1915, él no saldrá de esa teoría mal digerida. Salga, camarada Bujarin. Ahora el camarada Bujarin decía que yo ataco la espontaneidad pequeño-burguesa.

Yo no atacaba a los campesinos trabajadores cuando hablaba de la espontaneidad pequeño-burguesa. Dejemos a los campesinos trabajadores: no se trata de ellos. Pero entre el campesinado hay campesinos trabajadores y campesinado pequeño-burgués, que vive como pequeño propietario a costa ajena; en cambio, el campesino trabajador es explotado por otros, pero él quiere vivir por su propia cuenta. Por lo tanto, si se pusieron a arremeter contra los campesinos trabajadores, el camarada Karelín no tiene razón. Los campesinos pobres, que no ganan nada con los despojos de lo despojado, están de nuestro lado. Allí pasarán nuestras consignas. Sabemos perfectamente y observamos cómo en las aldeas entienden la consigna: despoja lo despojado. Si van allí con la agitación sobre la dictadura y con frases sobre la paz de Brest, etc., la gente que objeta contra nosotros se quedará sola y no obtendrá apoyo. El proletariado, la masa del campesinado, arruinado y sin esperanzas en el sentido de la economía individual, estará de nuestro lado, porque comprende perfectamente que con el simple despojo no se puede mantener a Rusia. Todos lo sabemos bien, y cada cual en su lugar ve esto y siente esto.

Aquí marchamos juntos con la necesidad económica y el estado de ánimo de las masas trabajadoras. Y por eso, cuando la intelectualidad desclasada de los "comunistas de izquierda" truena contra nosotros, debemos estar seguros de que, por más que nos insulten, esta consigna de la revolución socialista es la única consigna correcta, que las masas trabajadoras deben entender y utilizar para que consolidemos y completemos la revolución socialista. De este problema no se zafarán en ninguna asamblea obrera; les perseguirán con este decreto, con este problema, nosotros no pretendemos la infalibilidad, tenemos muchos decretos malos. Corríjanlos: ustedes tienen diferentes revistas y grupos de literatos, digan qué hay de malo en el decreto ferroviario; propusimos hacerlo en la reunión del 4 de abril, y hoy ya es 29 de abril, han pasado 25 días, y todo un grupo de magníficos literatos calla, porque no pueden decir nada.

Ustedes saben que nuestro decreto ferroviario, con todos sus errores, que estamos dispuestos a corregir, ha captado la esencia misma de lo que se necesita; él se apoya en esa masa obrera que es fiel a la disciplina más estricta, a la que hay que unir con el mando unipersonal, que los Soviets designan y que los Soviets destituyen y exigen un cumplimiento indiscutible durante el trabajo, durante la jornada, en el proceso en que es necesario que la gran producción funcione como una máquina, para que en ese tiempo miles de personas se rijan por una sola voluntad, se subordinen a la orden de un solo dirigente soviético. (Aplausos.) Y a este propósito recordar a Napoleón y a Julio César es o haberse vuelto loco, o haberse perdido definitivamente en las líneas de la literatura censitaria, que consiste precisamente en insultar a los bolcheviques. El decreto ferroviario, camaradas, es un paso que muestra que hemos tomado el camino correcto, que hemos salido a la vía. Y en mi discurso les comunicaba por qué hemos tomado esta vía; nosotros no discutíamos en el Consejo de Comisarios del Pueblo sobre Napoleón el Grande y Julio César, sino que discutíamos cientos de veces sobre cómo arreglar el ferrocarril, y conocemos las opiniones de los lugares, y sabemos por multitud de conversaciones con las organizaciones ferroviarias que el elemento proletario está con nosotros, que busca disciplina y espera orden, ve cómo la gente muere de hambre en el centro de Rusia, y hay pan, pero a causa del desorden del transporte es difícil llevarlo.

Pero si hay gentes vacilantes, desconcertadas, con un estado de ánimo pequeño-burgués, a las que ha asustado el mando unipersonal, que caen en la histeria y no van con nosotros, ¿por qué? Sea porque hay un ala derecha, sea porque han caído en la histeria, especialmente los socialrevolucionarios de izquierda, aquí hay una total confusión que nadie desentrañará, y para no llevar discusiones inútiles, decimos: tomen la cuestión fundamental y abórdenla concretamente.

Cuando aquí se habla de conciliación con la burguesía, como dicen Karelín y Mártov, eso son tonterías. Les recordaré de un autorizado folleto de Kautsky cómo se imaginaba la vida al día siguiente de la revolución social. Diré aproximadamente lo que escribió: los organizadores del trust no tendrán que quedarse sin hacer nada. ¡Esto lo escribió una persona que entiende que organizar a decenas de millones de personas para la producción y distribución de productos es cosa de abrigo! Nosotros no hemos aprendido esto y no hay dónde aprenderlo, y los organizadores del trust saben que sin esto no habrá socialismo. Y nosotros debemos saber esto. Por eso todas las frases sobre la conciliación y el acuerdo con la burguesía son charlatanería vacía. Ustedes no podrán refutar la tesis de Kautsky de que la gran producción tiene que conocerse por la experiencia.