Camaradas, permitidme ante todo detenerme en algunas tesis del coponente Paderin, que me ha replicado. Por la versión taquigráfica veo que dijo: «Debemos hacer todo lo posible para que el proletariado inglés y el alemán, en primer lugar, tengan la posibilidad de alzarse contra sus opresores; ¿y qué hay que hacer para ello? ¿Acaso debemos ayudar a esos opresores? Al atizar la hostilidad en nuestro interior, al destruir, al debilitar el país, reforzamos infinitamente las posiciones de los imperialistas ingleses, franceses y alemanes, quienes, a fin de cuentas, se unirán entre sí para estrangular a la clase obrera de Rusia». Tales razonamientos muestran hasta qué punto los mencheviques han sido siempre poco firmes en su lucha y en su oposición contra la guerra imperialista, pues este razonamiento que he leído sólo puede entenderse en boca de un hombre que se autodenomina defensista y que asume por completo la posición del imperialismo (aplausos), un hombre que justifica la guerra imperialista repitiendo las artimañas burguesas de que los obreros en esta guerra defienden su patria. Si, en efecto, se mantiene el punto de vista de que los obreros no deben destruir ni debilitar al país en esta guerra, eso significa llamar a los obreros a defender la patria en la guerra imperialista, y vosotros sabéis lo que hizo el gobierno bolchevique, que consideró su primer deber publicar, desenmascarar y entregar a la vergüenza pública los tratados secretos. Sabéis que por los tratados secretos combatían los aliados y que esos tratados secretos el gobierno de Kérenski, sostenido por la ayuda y el apoyo de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios de derecha, no sólo no los anuló, sino que ni siquiera los publicó; que el pueblo ruso libraba la guerra por unos tratados secretos en los que a los terratenientes y capitalistas rusos se les prometía, en caso de victoria, la conquista de Constantinopla, los estrechos, Lvov, Galitzia y Armenia. Por consiguiente, si nos situamos en el punto de vista de la clase obrera, si estamos contra la guerra, ¿cómo podríamos tolerar esos tratados secretos? Mientras toleramos los tratados secretos, mientras toleramos en casa el poder de la burguesía, manteníamos entre los obreros alemanes la convicción chovinista de que en Rusia no hay obreros conscientes, de que toda Rusia apoya el imperialismo, de que Rusia hace la guerra con el fin de despojar a Austria y Turquía. Por el contrario, para debilitar a los imperialistas alemanes, para separar de ellos a los obreros alemanes, el gobierno obrero y campesino ha hecho tanto como no ha hecho ningún gobierno en el mundo, porque cuando esos tratados secretos fueron publicados y desenmascarados ante el mundo entero, incluso los chovinistas alemanes, incluso los defensistas alemanes, incluso aquellos obreros que van tras su gobierno, en su periódico *Vorwärts*, que es el órgano central, tuvieron que reconocer que éste es un acto de un gobierno socialista, un auténtico acto revolucionario{166}. Tuvieron que reconocerlo, porque ninguno de todos los gobiernos imperialistas enzarzados en la guerra lo había hecho, y sólo nuestro gobierno desgarró los tratados secretos.

Claro está que en el alma de cada obrero alemán, por muy acorralado, aplastado y sobornado que esté por los imperialistas, bullía la idea: ¿acaso nuestro gobierno no tiene tratados secretos? (Una voz: «¡Háblenos de la Flota del Mar Negro!».) Está bien, se lo diré, aunque no viene al caso. A cada obrero alemán le bullía la idea: si el obrero ruso ha llegado a desgarrar los tratados secretos, ¿acaso no existen tratados secretos en el gobierno alemán? Cuando llegó la cuestión de los tratados de Brest, salieron a la luz ante el mundo entero las revelaciones del camarada Trotski, ¿y acaso no fue esta política la que condujo a que, en un país enemigo que se halla en una terrible guerra imperialista con otros gobiernos, nuestra política no suscitara rencor, sino el apoyo de las masas populares? El único gobierno así ha sido el nuestro. Nuestra revolución ha conseguido que, durante la guerra, en un país enemigo, surja un inmenso movimiento revolucionario, provocado únicamente por el hecho de que hemos desgarrado los tratados secretos, de que hemos dicho: no nos detendremos ante ningún peligro. Si sabemos, si decimos —y no de palabra, sino de hecho— que la salvación de la guerra internacional, de la matanza imperialista de los pueblos, sólo puede darla la revolución internacional, entonces en nuestra revolución debemos marchar hacia este objetivo, sin reparar en dificultades ni en peligros. Y cuando emprendimos este camino, por primera vez en el mundo, durante la guerra, en el propio país imperialista, el más disciplinado —en Alemania—, se encendió y estalló en enero una huelga de masas. Claro está que hay gentes que piensan que la revolución puede nacer en un país extranjero por encargo, por acuerdo. Esas gentes o son dementes o son provocadores. Hemos vivido en los últimos 12 años dos revoluciones. Sabemos que no se pueden hacer ni por encargo ni por acuerdo, que maduran cuando decenas de millones de hombres llegan a la conclusión de que no se puede seguir viviendo así. Sabemos cuántas dificultades costó el nacimiento de la revolución en 1905 y en 1917, y jamás esperábamos que de un solo golpe, por una simple llamada, la revolución estallara también en otros países; pero que esté empezando a crecer en Alemania y Austria es un gran mérito de la Revolución rusa de Octubre. (Aplausos.) Hoy leemos en nuestros periódicos que en Viena, donde la ración de pan es aún más baja que la nuestra, donde ningún saqueo ucraniano puede ayudar, donde la población dice no haber conocido jamás un hambre tan terrible, ha aparecido un Soviet de diputados obreros. En Viena ya están surgiendo de nuevo huelgas generales.

Y nos decimos: ved aquí un segundo paso, ved aquí una segunda prueba de que, cuando los obreros rusos desgarraron los tratados secretos imperialistas, cuando expulsaron a su burguesía, dieron un paso consecuente de obreros internacionalistas conscientes, ayudaron al crecimiento de la revolución en Alemania y Austria como jamás había ayudado revolución alguna en el mundo a la revolución en un Estado enemigo que se halla en situación de guerra, en situación de máxima exasperación.

Predecir cuándo crecerá la revolución, prometer que llegará mañana, es engañaros. Recordad —en especial quienes de vosotros habéis vivido las dos revoluciones rusas—, ¿quién de vosotros podía garantizar en noviembre de 1904 que dos meses después cien mil obreros petersburgueses irían al Palacio de Invierno y abrirían una gran revolución?

Recordad cómo en diciembre de 1916 podíamos garantizar que dos meses después, en unos cuantos días, sería derribada la monarquía zarista. En nuestro propio país, donde hemos vivido dos revoluciones, sabemos y vemos que no se puede predecir el curso de la revolución, que no se la puede provocar. Sólo se puede trabajar en beneficio de la revolución. Si se trabaja de modo consecuente, si se trabaja con abnegación, si ese trabajo está ligado a los intereses de las masas oprimidas que constituyen la mayoría, la revolución llega, mas no se puede decir dónde, cómo, en qué momento, por qué motivo. Por eso en ningún caso nos permitiremos engañar a las masas, decir: los obreros alemanes ayudarán mañana, harán saltar a su káiser pasado mañana. Eso no se puede decir.

Tanto más difícil es nuestra situación por cuanto la revolución rusa ha quedado por delante de otras revoluciones; pero que no estamos solos, nos lo muestran casi a diario las noticias de cómo todos los mejores socialdemócratas alemanes se pronuncian por los bolcheviques, de cómo en la prensa alemana abierta Klara Zetkin, y luego Franz Mehring, se pronuncian por los bolcheviques; Mehring demuestra ahora en una serie de artículos a los obreros alemanes que sólo los bolcheviques han comprendido correctamente el socialismo, de cómo recientemente, en el Landtag de Wurtemberg, un socialdemócrata, Hoschka, declaró abiertamente que sólo en los bolcheviques ve un ejemplo de política revolucionaria consecuente y acertada. ¿Pensáis acaso que tales cosas no encuentran eco entre las decenas, los cientos, los miles de obreros alemanes que de antemano se suman a ellas? Cuando en Alemania y Austria se llega a la formación del Soviet de diputados obreros y a una segunda huelga de masas, entonces debemos decir, sin exagerar un ápice, sin hacernos ilusión alguna, que eso significa el momento del advenimiento de la revolución. Nos decimos con absoluta exactitud: nuestra política y nuestro camino han sido la política acertada y el camino acertado; hemos ayudado a los obreros austriacos y alemanes a sentirse no como enemigos que estrangulan a los obreros rusos por los intereses del káiser, por los intereses de los capitalistas alemanes, sino que les hemos ayudado a sentirse hermanos de los obreros rusos, que llevan a cabo la misma labor revolucionaria. (Aplausos.)

Quisiera señalar todavía un pasaje en el discurso de Paderin que, a mi juicio, tanto más merece atención cuanto que coincide en parte con la idea del orador anterior{167}. Helo aquí: «Vemos que ahora se libra una guerra civil en el seno mismo de la clase obrera. ¿Acaso podemos consentir esto?». Como veis, se llama guerra civil a la guerra en el seno de la clase obrera o, según el orador anterior, a la guerra con los campesinos. Ahora bien, nosotros sabemos perfectamente que ni una cosa ni otra es verdad. La guerra civil es en Rusia la guerra de los obreros y de los campesinos más pobres contra los terratenientes y los capitalistas; esta guerra se prolonga, se alarga, porque los terratenientes y capitalistas rusos fueron derrotados en octubre y noviembre con sacrificios relativamente pequeños, derrotados por el ascenso de las masas populares en condiciones en que de inmediato les resultaba evidente que el pueblo no podía sostenerlos, cuando las cosas llegaron a tal punto que incluso en el Don, donde hay más cosacos ricos que viven de la explotación del trabajo asalariado, donde hay más esperanzas para la contrarrevolución, incluso allí Bogaievski, dirigente de la sublevación contrarrevolucionaria, tuvo que reconocer y reconoció públicamente: «nuestra causa está perdida, porque la inmensa mayoría de la población está con los bolcheviques incluso en nuestra región». (Aplausos.)

Así ocurrieron las cosas, cómo en su juego, en su juego contrarrevolucionario, perdieron en octubre y noviembre los terratenientes y capitalistas.

Así resultó su aventura cuando intentaron, con los cadetes de las escuelas militares, con oficiales, con los hijitos de los terratenientes y capitalistas, formar una guardia blanca contra la revolución obrera y campesina. Y ahora, ¿acaso no sabéis —leed hoy en los periódicos— que la aventura checoslovaca se alimenta con el dinerito de los capitalistas anglofranceses{168}, que sobornan a las tropas para arrastrarnos de nuevo a la guerra? ¿Acaso no habéis leído cómo los checoslovacos decían en Samara: «nos uniremos con Dútov y Semiónov y obligaremos a los obreros de Rusia y al pueblo ruso a guerrear de nuevo contra Alemania junto con Inglaterra y Francia, restauraremos esos mismos tratados secretos y os arrojaremos, tal vez por otros cuatro años, a esta guerra imperialista en alianza con la burguesía»? En vez de eso, nosotros libramos ahora una guerra contra nuestra propia burguesía y contra la burguesía de otros países, y sólo por el hecho de librar esa guerra atraemos hacia nosotros la simpatía y el apoyo de los obreros de otros países. Si el obrero de un país beligerante ve que en otro país beligerante se crea un estrecho vínculo entre los obreros y la burguesía, eso escinde a los obreros según las naciones, los funde con su burguesía; este es el mayor de los males, es el fracaso de la revolución socialista, el fracaso y la ruina de toda la Internacional. (Aplausos.)

En 1914 pereció la Internacional porque los obreros de todos los países se unieron con su burguesía nacional y se escindieron entre sí, y ahora esta escisión toca a su fin. Habéis leído, quizás, hace poco, cómo en Inglaterra el maestro popular escocés y dirigente sindical MacLean fue encarcelado por segunda vez, a 5 años; la primera vez fue condenado a año y medio por desenmascarar la guerra y hablar de la criminalidad del imperialismo inglés. Cuando fue puesto en libertad, ya había en Inglaterra un representante del gobierno soviético, Litvínov, quien de inmediato nombró a MacLean cónsul, representante en Inglaterra de la República Federativa Soviética de Rusia, y los obreros escoceses respondieron a este nombramiento con entusiasmo. El gobierno inglés inició por segunda vez la persecución contra MacLean, no sólo como maestro popular escocés, sino también como cónsul de la República Federativa Soviética. MacLean está en la cárcel por haberse presentado abiertamente como representante de nuestro gobierno; nosotros jamás habíamos visto a este hombre, jamás perteneció a nuestro partido, es un querido dirigente de los obreros escoceses, y nos hemos unido a él; los obreros rusos y los escoceses se unieron contra el gobierno inglés, a pesar de que éste compra a los checoslovacos y lleva a cabo una política rabiosa de arrastrar a la República Rusa a la guerra. Ved aquí pruebas de que en todos los países, independientemente de su situación en la guerra, tanto en Alemania, que guerrea contra nosotros, como en Inglaterra, que quiere arrebatar Bagdad y asfixiar hasta el final a Turquía, los obreros se unen con los bolcheviques rusos, con la revolución bolchevique rusa. Cuando aquí el orador cuyas palabras he citado decía que la guerra civil la libran obreros y campesinos contra obreros y campesinos, sabemos perfectamente que eso no es cierto. Una cosa es la clase obrera, y otra los grupúsculos, las pequeñas capas de la clase obrera. La clase obrera alemana, desde 1871 hasta 1914, durante casi medio siglo, fue modelo de organización socialista para todo el mundo. Sabemos que tuvo un partido de un millón de afiliados, que creó sindicatos con dos, tres, cuatro millones, y sin embargo durante ese medio siglo quedaron centenares de miles de obreros alemanes agrupados en la unión clerical reaccionaria, que defienden a ultranza al pope, a la iglesia y a su káiser. ¿Quién representaba realmente a la clase obrera: el gigantesco partido socialdemócrata alemán y los sindicatos, o esos centenares de miles de obreros clericales? Una cosa es la clase obrera, que agrupa a la inmensa mayoría de los obreros conscientes, avanzados y pensantes, y otra una fábrica, un taller, una localidad, unos cuantos grupos de obreros que siguen estando al lado de la burguesía.

La clase obrera de Rusia, en su gigantesca y abrumadora mayoría —os lo muestran todas las elecciones a los Soviets, a los comités de fábrica, las conferencias—, en un 99 por ciento de 100 está al lado del Poder soviético (aplausos), sabiendo que este poder libra la guerra contra la burguesía, contra los kuláks, y no contra los campesinos y los obreros. Hay una gran diferencia si se encuentra un grupo insignificante de obreros que siguen manteniéndose en dependencia servil de la burguesía. No libramos la guerra contra ellos, sino contra la burguesía, y tanto peor para esos grupos insignificantes que hasta ahora permanecen en alianza con la burguesía. (Aplausos.)

Hay una cuestión que me han formulado por escrito: «¿Por qué hasta ahora se siguen editando periódicos contrarrevolucionarios?». Una de las razones es que también entre los obreros tipógrafos hay elementos sobornados por la burguesía{169}. (Ruido, gritos: «¡No es verdad!».) Podéis gritar cuanto queráis, pero no me impediréis decir la verdad que todos los obreros conocen, la que yo acababa de empezar a explicar. Cuando un obrero valora altamente su salario personal en la prensa burguesa, cuando dice: quiero conservar mi alto salario personal por ayudar a la burguesía a vender veneno, a envenenar al pueblo con veneno, entonces yo digo: esos obreros son como sobornados por la burguesía (aplausos), no en el sentido de que alguno de ellos, una persona concreta, haya sido contratada. Quiero decir no en ese sentido, sino en el sentido en que todos los marxistas hablaron contra los obreros ingleses que pactan una alianza con sus capitalistas. Todos vosotros, que habéis leído la literatura sindical, conocéis también el ejemplo de que allí hay no sólo sindicatos obreros, sino que también se organizan alianzas entre los obreros de una profesión dada y los capitalistas de esa misma profesión para subir los precios y despojar a todos los demás. Todos los marxistas, todos los socialistas de todos los países señalan con el dedo tales ejemplos y, empezando por Marx y Engels, hablaron de obreros sobornados por la burguesía a causa de su falta de conciencia, de sus intereses gremiales. Vendieron su derecho de primogenitura, su derecho a la revolución socialista, al entrar en alianza con sus capitalistas contra la inmensa mayoría de los obreros y de las capas trabajadoras oprimidas del propio país, de su propia clase. Lo mismo ocurre entre nosotros. Cuando aparecen grupos aislados de obreros que dicen: qué nos importa que lo que nosotros componemos sea opio, veneno portador de mentira y provocación, yo obtendré mi salario más alto y de los demás me importa un bledo. A tales obreros los estigmatizaremos; a tales obreros siempre les hemos dicho en toda nuestra literatura y les decimos abiertamente: esos obreros se apartan de la clase obrera y se pasan al lado de la burguesía. (Aplausos.)

¡Camaradas! Pasaré ahora a examinar las cuestiones que me habéis planteado, pero antes, para no olvidarlo, responderé a la pregunta sobre la Flota del Mar Negro{170}, que se ha hecho como para desenmascararnos. Y os diré que allí actuó el camarada Raskólnikov, a quien conocen perfectamente los obreros de Moscú y Petrogrado por su agitación, por su trabajo de partido. El camarada Raskólnikov estará aquí personalmente y os contará cómo agitó a favor de que lleváramos mejor a la destrucción la flota antes que permitir que las tropas alemanas avanzaran sobre Novorosiisk a bordo de ella. Así ocurrió con la Flota del Mar Negro, y los comisarios del pueblo —Stalin, Shliápnikov y Raskólnikov— llegarán pronto a Moscú y nos contarán cómo fueron las cosas. Veréis que nuestra política fue la única, y que, al igual que la política de la paz de Brest, nos acarreó una enorme cantidad de graves calamidades, pero que permitió al Poder soviético y a la revolución obrero-socialista en Rusia seguir manteniendo en alto su bandera ante los obreros de todos los países. Si ahora en Alemania crece cada día el número de obreros que rechazan los viejos prejuicios sobre los bolcheviques y comprenden lo acertado de nuestra política, en ello es mérito de la táctica que seguimos a partir del Tratado de Brest.

De las preguntas que me han formulado me detendré en dos referentes al acopio de trigo. Algunos obreros preguntan: ¿por qué prohibís que algunos obreros transporten trigo cuando lo llevan para su familia? La respuesta es sencilla: pensad qué ocurriría si miles de puds, necesarios para una localidad dada, para una fábrica determinada, para un barrio concreto, fueran transportados por miles de personas. Si optáramos por eso, se produciría el completo desbarajuste de las organizaciones de aprovisionamiento. Nosotros no culpamos en absoluto al hombre hambriento y extenuado que, aisladamente, va en busca de trigo y lo consigue por cualquier medio, pero decimos: nosotros existimos como gobierno obrero y campesino no para legitimar y alentar la dispersión y el desbarajuste. Para eso no hace falta un gobierno. Hace falta para unir, para organizar, para cohesionar de modo consciente en la lucha contra la falta de conciencia. No se puede culpar a quienes, por falta de conciencia, lo abandonan todo, cierran los ojos a todo para salvarse a sí mismos por cualquier medio —conseguir trigo—, pero sí se puede culpar a quienes son hombres de partido y, predicando el monopolio del trigo, no apoyan suficientemente la conciencia y la cohesión en la acción. Sí, la lucha contra los acaparadores, contra el transporte individual de trigo, es una lucha difícil, porque es una lucha contra la ignorancia, contra la falta de conciencia, contra la desorganización de las amplias masas, pero de esta lucha jamás desistiremos. Cada vez que la gente se lance a acopios particulares, nosotros volveremos a llamarlos a los métodos proletarios socialistas de lucha contra el hambre: unidos, reemplacemos con nuevas fuerzas a los destacamentos de aprovisionamiento que hayan caído enfermos; sustituyámoslos con gente fresca, más fuerte, más honesta, más consciente, más probada, y traeremos la misma cantidad de trigo, los mismos miles de puds que, con esfuerzos dispersos, 200 hombres arrastran de a 15 puds cada uno, subiendo los precios e intensificando la especulación. En cambio nosotros uniremos a esos 200 hombres, crearemos un ejército obrero cohesionado y fuerte. Si no lo conseguimos de inmediato, repetiremos nuestros esfuerzos; en cada fábrica, en cada taller nos esforzaremos por que los obreros conscientes aporten más fuerzas, personas más seguras para la lucha contra la especulación, y estamos seguros de que la conciencia, la disciplina y la organización de los obreros vencerán, a fin de cuentas, todas las duras pruebas. Cuando la gente, por su propia experiencia, se convenza de que con el acaparamiento individual no se puede salvar a centenares de miles de hambrientos, veremos que la causa de la organización y la conciencia triunfará y que nosotros organizaremos mediante la cohesión la lucha contra el hambre y conseguiremos la distribución acertada del pan.

Aquí me preguntan: ¿por qué no se ha implantado el monopolio de otros productos de la industria, tan necesarios como el pan? A esto respondo: el Poder soviético está adoptando todas las medidas para ello. Sabéis que existe la tendencia a organizar, a unir las fábricas textiles, la producción textil. Sabéis que en esa organización, en la mayoría de los centros dirigentes, se sientan obreros; sabéis que el Poder soviético procede a la nacionalización de todas las ramas de la industria; sabéis que las dificultades que se alzan en el camino de esta tarea son enormes, que aquí hace falta mucha fuerza para crear todo esto de modo organizado. Y nosotros emprendemos esta tarea no como la emprenden los gobiernos que se apoyan en funcionarios. Así es fácil gobernar: que uno reciba 400, y el otro un poco más, mil rublos; nuestro cometido es ordenar, y ellos deben cumplir. Así gobiernan todos los países burgueses, contratan funcionarios por un alto salario, contratan a esos mismos hijitos de la burguesía y les encomiendan la gestión. La república soviética no puede gobernar así. No tiene funcionarios para gobernar y dirigir la tarea de unir todas las fábricas textiles, la tarea del registro, la tarea de implantar el monopolio de todos los artículos de primera necesidad y su acertada distribución. Para ello llamamos a esos mismos obreros, llamamos a los representantes de los sindicatos textiles y decimos: vosotros debéis constituir la mayoría del colegio dirigente del Centrotextil y vosotros sois mayoría en ellos, como lo sois en los colegios dirigentes del Consejo Supremo de la Economía Nacional. Camaradas obreros, emprenda vosotros mismos esta importantísima tarea estatal; sabemos que esto es más difícil que poner a funcionarios prácticos, pero sabemos que no hay otro camino. Hay que entregar el poder en manos de la clase obrera y enseñar a los obreros de vanguardia, a pesar de todas las dificultades, a que con su propia experiencia, sobre sus propias espaldas, con sus propias manos, lleguen a saber cómo hay que distribuir todos los artículos, toda la manufactura, en interés de los trabajadores. (Aplausos.)

He aquí por qué, para implantar el monopolio estatal y fijar precios fijos, el Poder soviético hace todo cuanto puede hacer en la situación actual; lo hace a través de los obreros, junto con los obreros, les da la mayoría en cada junta, en cada centro particular, ya sea el Consejo Supremo de Economía Nacional, ya sea la unión de los metalúrgicos o de las fábricas azucareras nacionalizadas en unas cuantas semanas. Este camino es un camino difícil, pero, repito, sin dificultades no se conseguirá que los obreros, habituados antes y adiestrados por la burguesía durante centenares de años a cumplir sólo servilmente sus órdenes, a trabajar como forzados, pasen a otra situación, sientan que el poder somos nosotros. El dueño de la industria, el dueño del pan, el dueño de todos los productos del país somos nosotros. Sólo cuando esta conciencia penetre profundamente en la clase obrera, cuando ésta, con su experiencia y su trabajo, multiplique por diez sus fuerzas, sólo entonces serán vencidas todas las dificultades de la revolución socialista.

Concluyo con un llamamiento a la conferencia de comités de fábrica y taller para que una vez más, en la ciudad de Moscú, donde las dificultades son especialmente grandes —pues es un centro inmenso de comercio y especulación, donde decenas de miles de personas subsisten desde hace muchos años únicamente extrayéndose medios de vida del comercio y la especulación—, aquí las dificultades son sobre todo grandes, pero a cambio hay también aquí fuerzas que no existen en ninguna pequeña ciudad. Que tan sólo estas organizaciones obreras, que tan sólo los comités de fábrica y taller recuerden bien y tomen firmemente en consideración lo que enseñan todos los acontecimientos actuales, lo que enseña el hambre actual que ha envuelto a los trabajadores de Rusia. Salvar la revolución del retorno del poder a los terratenientes y capitalistas pueden sólo nuevas y nuevas organizaciones, organizaciones más amplias de obreros conscientes y de vanguardia. Estos obreros son ahora mayoría, pero esto no basta; es necesario que emprendan más el trabajo estatal general. En Moscú hay un abismo de casos en que los especuladores juegan con el hambre y se enriquecen a cuenta del hambre, destruyen el monopolio del pan; en Moscú los ricos tienen todo cuanto desean. En Moscú hay 8.000 miembros del partido comunista; en Moscú, los sindicatos darán 20-30 mil personas de las que pueden responder, que serán portavoces fiables y firmes de la política proletaria. Unidlos, cread centenares de miles de destacamentos de hombres, emprended la tarea de aprovisionamiento, los registros a toda la población rica, y conseguiréis lo que os hace falta. (Aplausos.)

Os conté la otra vez qué éxito alcanzó en esta tarea la ciudad de Yelets, pero en Moscú es más difícil hacerlo. Dije que Yelets es una ciudad en la que mejor se ha actuado; hay muchas ciudades en las que se ha actuado mucho peor, porque esta labor es difícil, porque aquí la cuestión no es la falta de armas —las hay en abundancia—, sino que las dificultades consisten en situar en puestos dirigentes y de responsabilidad a centenares y miles de obreros, absolutamente fiables, capaces de comprender que no hacen una tarea local suya, sino la tarea de toda Rusia, que son capaces de mantenerse en su puesto como representantes de toda la clase y organizar el trabajo según un plan armónico y definido, ejecutar lo prescrito, lo que decida el Soviet de Moscú, las organizaciones moscovitas de todo el Moscú proletario. Toda la dificultad está en organizar al proletariado, en que sea más consciente que hasta ahora. Mirad las elecciones de Petrogrado{171} y veréis cómo, a pesar de que allí arrecia un hambre aún mayor que en Moscú, de que allí las calamidades se han abatido con un peso aún mayor, crece la abnegación hacia la revolución obrera, crece la organización y la cohesión, y entonces os diréis a vosotros mismos que, junto con el crecimiento de las calamidades que se han abatido sobre nosotros, crece la decisión de la clase obrera de vencer todas estas dificultades. Poneos en este camino, redoblad vuestra energía, move hacia este camino a destacamentos de miles de nuevos hombres en ayuda de la tarea de aprovisionamiento, y nosotros, junto con vosotros, apoyándonos en vuestro sostén, venceremos el hambre y conseguiremos la acertada distribución. (Aplausos tormentosos.)