(Aplausos prolongados.) Camaradas, desde el comienzo mismo de la Revolución de Octubre, la cuestión de la política exterior y de las relaciones internacionales se alzó ante nosotros como la más importante, no solo porque el imperialismo significa en adelante una trabazón fuerte y sólida de todos los Estados del mundo en un solo sistema, por no decir en un solo y sucio amasijo sangriento, sino también porque la victoria completa de la revolución socialista es inconcebible en un solo país y exige la más activa colaboración, por lo menos, de varios países avanzados, entre los cuales no podemos incluir a Rusia. He ahí por qué la cuestión de hasta qué punto lograremos extender la revolución a otros países y hasta qué punto conseguiremos, mientras tanto, repeler al imperialismo, se ha convertido en una de las cuestiones principales de la revolución.

Del modo más breve me permitiré recordaros las principales etapas de nuestra política internacional durante el año transcurrido. Como ya tuve ocasión de señalar en el discurso con motivo del aniversario de la revolución, el rasgo principal de nuestra situación hace un año era nuestro aislamiento[8]. Por muy firme que fuera nuestra convicción de que en toda Europa se está creando y se ha creado una fuerza revolucionaria, de que la guerra no terminará sin revolución, no había entonces indicios de una revolución comenzada o en ciernes. En esa situación no nos quedaba más remedio que orientar los esfuerzos de nuestra política exterior hacia la ilustración de las masas obreras de Europa Occidental; ilustración no en el sentido de que pretendiéramos tener mayor preparación que ellas, sino en el sentido de que, mientras en un país no sea derrocada la burguesía, allí imperan la censura militar y esa niebla sangrienta inaudita que acompaña a toda guerra, especialmente a la reaccionaria. Sabéis perfectamente que en los países más democráticos y republicanos la guerra significa censura militar y métodos inauditos, empleados por la burguesía junto con los estados mayores burgueses para engañar al pueblo. Nuestra tarea consistió en compartir lo conquistado en este sentido con otros pueblos. Hicimos al respecto todo lo que pudimos al romper y publicar aquellos sucios tratados secretos que el ex zar había concertado en beneficio de sus capitalistas con los capitalistas de Inglaterra y Francia. Sabéis que los tratados eran de cabo a rabo rapaces. Sabéis que el gobierno de Kerenski y de los mencheviques mantuvo esos tratados en secreto y los respaldó. Por excepción, a veces encontramos en alguna prensa más o menos honesta de Inglaterra y Francia indicaciones de que solo gracias a la revolución rusa ellos, franceses e ingleses, conocieron muchas cosas esenciales concernientes a su historia diplomática.

Por supuesto, hicimos muy poco desde el punto de vista de la revolución social en su conjunto, pero lo que hicimos fue uno de los pasos más grandes en su preparación.

Si ahora intentamos abarcar con una mirada de conjunto los resultados que nos ha dado el desenmascaramiento del imperialismo alemán, veremos que hoy es un hecho patente y claro para los trabajadores de todos los países que se les obligó a librar una guerra sangrienta y rapaz. Y al final de este año de guerra comienza un desenmascaramiento semejante de la conducta de Inglaterra y América, porque las masas abren los ojos y empiezan a desentrañar la esencia de sus designios. Eso es todo lo que hicimos, pero aportamos nuestro granito de arena. El desenmascaramiento de semejantes tratados fue un golpe para el imperialismo. Las condiciones de la paz que nos vimos obligados a firmar fueron, en el sentido de la propaganda y la agitación, un arma tan poderosa, y con ellas hicimos tanto como ningún gobierno ni ningún pueblo ha hecho. Si el intento que emprendimos —despertar a las masas— no dio resultados de inmediato, jamás supusimos que la revolución comenzara en el acto o que todo estaría perdido. En el curso de los últimos quince años llevamos a cabo dos revoluciones y vimos claramente qué período deben atravesar hasta que las masas se adueñen de ellas. Confirmación de ello la encontramos en los últimos acontecimientos de Austria y Alemania. Decíamos que no contábamos con, aliados a los depredadores, convertirnos en los mismos depredadores; no, contábamos con despertar al proletariado de los países enemigos. Nos respondían con burlas, diciendo que pretendíamos despertar al proletariado de Alemania, que nos estrangularía mientras nos disponíamos a actuar contra él con propaganda. Y los hechos demostraron que teníamos razón al contar con que las masas trabajadoras de todos los países son igualmente hostiles al imperialismo. Solo hay que darles cierto período de preparación, pues para el pueblo ruso, a pesar de los recuerdos de la revolución de 1905, también se necesitó un período prolongado antes de que nos alzáramos de nuevo a la revolución.

Antes de la Paz de Brest hicimos todo lo que pudimos para asestar un golpe al imperialismo. Si la historia del ascenso de la revolución proletaria no ha borrado esto y si la Paz de Brest nos obligó a retroceder ante el imperialismo, ello ocurrió porque en enero de 1918 aún no estábamos suficientemente preparados. El destino nos condenó al aislamiento y vivimos una época dolorosa después de la Paz de Brest.

Camaradas, los cuatro años que vivimos en la guerra internacional trajeron la paz, pero una paz violenta. Pero incluso esta paz violenta demostró, en última instancia, que estábamos en lo cierto y que nuestras esperanzas no estaban construidas sobre arena. Con cada mes nos fortalecíamos, mientras el imperialismo de Europa Occidental se debilitaba. Ahora vemos como resultado que Alemania, que hace medio año no tenía absolutamente ninguna consideración con nuestra embajada, que pensaba que allí no podía haber ni una sola casa roja, por lo menos en los últimos tiempos, se debilita. El último telegrama informa de un llamamiento del imperialismo alemán a las masas para que conserven la calma y de que la paz está próxima{65}. Sabemos lo que significa cuando los emperadores se dirigen con un llamamiento a conservar la calma y prometen en un futuro cercano lo que no pueden cumplir. Si Alemania obtiene pronto la paz, esa paz será para ellos una Paz de Brest, que en lugar de paz traerá a las masas trabajadoras más tormentos de los que hasta ahora han soportado.

De tal modo se configuraron los resultados de nuestra política internacional que, medio año después de la Paz de Brest, desde el punto de vista burgués representábamos un país derrotado, pero desde el punto de vista proletario marchábamos por el camino del rápido crecimiento y estamos a la cabeza del ejército proletario que ha empezado a hacer tambalear a Austria y Alemania. Este éxito confirmó por sí mismo y justificó plenamente, a los ojos de cualquier representante de las masas proletarias, todos los sacrificios realizados. Si ocurriera que de pronto fuéramos barridos —supongamos que llegara el fin de nuestra actividad, aunque esto no puede ser: no hay milagros—, pero si esto ocurriera, tendríamos derecho a decir, sin ocultar los errores, que utilizamos el período de tiempo que el destino nos dio plenamente para la revolución socialista mundial. Lo hicimos todo por las masas trabajadoras de Rusia, y hemos hecho más que nadie por la revolución proletaria mundial. (Aplausos.)

Camaradas, en el curso de los últimos meses, de las últimas semanas, la situación internacional ha empezado a cambiar bruscamente, hasta que el imperialismo alemán se ha encontrado casi destruido. Todas las esperanzas puestas en Ucrania, con las que el imperialismo alemán alimentaba a sus trabajadores, resultaron ser solo promesas. Resultó que el imperialismo norteamericano se preparó y asestó un golpe a Alemania. Ha sobrevenido una situación completamente distinta. En nada nos hicimos ilusiones. Después de la Revolución de Octubre éramos mucho más débiles que el imperialismo, y ahora somos más débiles que el imperialismo internacional; debemos repetirlo también ahora para no caer en el autoengaño; después de la Revolución de Octubre éramos más débiles y no podíamos aceptar combate. Y ahora somos más débiles y debemos hacer todo lo necesario para evitar el combate con él.

Pero si logramos sobrevivir un año después de la Revolución de Octubre, se lo debemos a que el imperialismo internacional estaba escindido en dos grupos de depredadores: anglo-franco-norteamericanos y alemanes, que estaban enzarzados en una lucha a muerte entre sí, que no tenían tiempo para nosotros. Ninguno de estos grupos pudo dirigir todas sus fuerzas serias contra nosotros, aunque, por supuesto, ambos las habrían dirigido contra nosotros si hubieran podido. La guerra, su niebla sangrienta, les cegaba los ojos. Los sacrificios materiales necesarios para la guerra exigían una tensión de fuerzas al grado sumo. Ellos no tenían tiempo para nosotros, no gracias a que fuéramos, por algún milagro, más fuertes que los imperialistas —¡no, eso es una minucia!—, sino solo gracias al hecho de que el imperialismo internacional se escindió en dos grupos de depredadores que se estrangulaban mutuamente. Solo a esto debemos el que la República Soviética proclamara abiertamente la lucha contra los imperialistas de todos los países, quitándoles los capitales en forma de empréstitos extranjeros, golpeándoles en el rostro, hurgando abiertamente en su bolsillo de bandoleros.

El período de las declaraciones que hacíamos entonces a propósito de la correspondencia que entablaban los imperialistas alemanes, y a pesar de que el imperialismo mundial no pudo lanzarse como debía hacerlo según su hostilidad y su sed de ganancia capitalista, incrementada de modo inaudito por la guerra, ese período ha terminado. Hasta el momento en que los imperialistas anglo-norteamericanos resultaron vencedores del segundo grupo, estuvieron enteramente ocupados en la lucha entre sí y por ello debieron distraerse de la campaña decisiva contra la República Soviética. El segundo grupo ya no existe: queda un solo grupo de vencedores. Esto ha cambiado por completo nuestra situación internacional, y debemos tener en cuenta este cambio. En qué relación se halla este cambio con el desarrollo de la situación internacional, lo responden los hechos. Los países derrotados están viviendo ahora el triunfo de la revolución obrera, pues su enorme desarrollo es claro para todos. Cuando tomamos el poder en Octubre, en Europa no éramos más que una chispa aislada. Es cierto que las chispas se multiplicaban y esas chispas partían de nosotros. Esta es la mayor obra que logramos hacer, pero no dejaban de ser chispas aisladas. Ahora, en cambio, la mayoría de los países que entran en la esfera del imperialismo germano-austriaco están presa del incendio (Bulgaria, Austria, Hungría). Sabemos que después de Bulgaria la revolución se extendió a Serbia. Sabemos cómo esas revoluciones obreras y campesinas atravesaron Austria y llegaron a Alemania. Toda una serie de países está envuelta en el incendio de la revolución obrera. En este sentido, nuestros esfuerzos y los sacrificios que hicimos se han justificado. No resultaron una aventura, como calumniaban los enemigos, sino una transición necesaria hacia la revolución internacional, que debía vivir el país situado a la vanguardia, a pesar de su falta de desarrollo y su atraso.

Este es un resultado, el más importante desde el punto de vista del desenlace final de la guerra imperialista. Otro resultado, aquel que señalé al principio, es que el imperialismo anglo-norteamericano ha empezado ahora a desenmascararse a sí mismo tal como en su día lo hizo el austro-alemán. Vemos que si durante las negociaciones de Brest Alemania hubiera mostrado algún dominio de sí misma, alguna sangre fría, capaz de abstenerse de aventuras, habría podido mantener su dominación, habría podido conquistar, indudablemente, una posición ventajosa en Occidente. No lo hizo porque una máquina como la guerra de millones y decenas de millones, guerra que enardece hasta el grado sumo las pasiones chovinistas, guerra ligada a intereses capitalistas que se miden por centenares de miles de millones de rublos, una máquina así, una vez puesta en marcha acelerada, no puede detenerse con ningún freno. Esta máquina fue más lejos de lo que los propios imperialistas alemanes querían, y los aplastó. Se empantanaron, se encontraron en la situación del hombre que se ha atiborrado, marchando así hacia su propia perdición. Y he aquí que ahora, ante nuestros ojos, en ese estado poco hermoso, pero muy útil desde el punto de vista del proletariado revolucionario, se ha encontrado el imperialismo inglés y el norteamericano. Se podía pensar que ellos tienen mucha más experiencia política que Alemania. Aquí se trata de gentes acostumbradas al gobierno democrático, y no al gobierno de cualesquiera junkers, gentes que ya desde hace centenares de años vivieron el período más duro de su historia. Se podía pensar que esas gentes conservarían la sangre fría. Si razonáramos desde el punto de vista individual, si fueran capaces de tener sangre fría, desde el punto de vista de la democracia en general, como filisteos de la burguesía, profesores que nada han comprendido en la lucha del imperialismo y la clase obrera, si razonáramos desde el punto de vista de la democracia en general, deberíamos decir que Inglaterra y América son países donde la democracia ha sido educada por siglos, donde la burguesía sabrá mantenerse. Si ahora se mantuviera mediante algunas medidas, sería, en todo caso, por un plazo bastante prolongado. Pero resulta que con ellos se repite lo mismo que ocurrió con la Alemania del despotismo militar. En esta guerra imperialista hay una diferencia enorme entre Rusia y los países republicanos. La guerra imperialista es tan sangrienta, rapaz, bestial, que ha borrado incluso estas diferencias importantísimas; en este sentido, ha igualado a la democracia más libre de América con la Alemania semimilitar y despótica.

Vemos cómo Inglaterra y América, países que tuvieron más posibilidades que otros de seguir siendo repúblicas democráticas, se han desbocado de manera tan salvaje y enloquecida como Alemania en su momento, y por eso se aproximan con igual rapidez, y quizá aún más rápidamente, a aquel fin que tan exitosamente llevó a cabo el imperialismo alemán. Primero se hinchó de manera increíble sobre tres cuartas partes de Europa, engordó, y luego reventó en el acto, dejando una hediondez espantosa. Y hacia ese fin se precipita ahora el imperialismo inglés y norteamericano. Para convencerse de ello, basta echar aunque sea una mirada superficial a las condiciones del armisticio y de la paz que ahora los “libertadores” de los pueblos del imperialismo alemán, los ingleses y norteamericanos, envían a los pueblos vencidos. Tomemos a Bulgaria. Parecería que un país como Bulgaria no podía ser temible para el coloso del imperialismo anglo-norteamericano. Sin embargo, la revolución en este país pequeño, débil y completamente inerme obligó a los anglo-norteamericanos a perder la cabeza y a imponer condiciones de armisticio que equivalen a una ocupación. Allí, donde ha sido proclamada la república campesina, en Sofía, ese importante nudo ferroviario, todos los ferrocarriles están ocupados por tropas anglo-norteamericanas. Se ven obligados a combatir contra la república campesina de un pequeño país. Desde el punto de vista militar, esto es una minucia. Las gentes que se sitúan en el punto de vista de la burguesía —de la vieja clase dominante, de las viejas relaciones militares— se sonríen con desprecio. Vaya, ¿qué significa ese pigmeo, Bulgaria, frente a las fuerzas anglo-norteamericanas? Desde el punto de vista militar, nada, pero desde el punto de vista revolucionario, muchísimo. No es una colonia donde estén acostumbrados a exterminar a los vencidos por millones y millones. Pues los ingleses y norteamericanos consideran eso como simple restablecimiento del orden, implantación de la civilización y del cristianismo entre los salvajes africanos. Esto no es para ellos el África Central; aquí los soldados, por poderoso que sea su ejército, se descomponen cuando se topan con la revolución. Que esto no es una frase, lo demuestra Alemania. En Alemania, en todo caso en el sentido de la disciplina, los soldados eran un modelo. Cuando los alemanes marcharon sobre Ucrania, aquí, además de la disciplina, actuaron otros factores. El soldado alemán hambriento iba a por pan, y exigirle que no saqueara demasiado el pan es inverosímil. Tanto más cuanto sabemos que en ese país se contagiaron sobre todo del espíritu de la revolución rusa. Esto lo comprendió perfectamente la burguesía de Alemania, y esto obligó a Guillermo a dar bandazos. Se equivocan los Hohenzollern si se imaginan que Alemania derramará una sola gota de sangre por sus intereses. Tal fue el resultado de la política del imperialismo alemán armado hasta los dientes. Y esto se repite ahora también con Inglaterra. Ya empieza la descomposición entre el ejército anglo-norteamericano; comenzó desde que empezó a ensañarse con Bulgaria. Y esto es solo el comienzo. Después de Bulgaria vino Austria. Permitidme leeros algunos puntos de las condiciones que dictan los vencedores del imperialismo anglo-norteamericano[9]. Se trata de gentes que más han gritado a las masas trabajadoras que libran una guerra de liberación, que su principal objetivo es aplastar el militarismo prusiano que amenaza con extender el régimen de cuartel a todos los países. Han gritado que libran una guerra de liberación. Eso era un engaño. Ya sabéis, para los abogados burgueses, esos parlamentarios que durante toda su vida han aprendido a embaucar sin sonrojarse, cuando tenían que embaucarse unos a otros, es fácil; pero cuando se trata de embaucar de ese modo a los obreros, ese engaño no sale gratis. Los politicastros, los parlamentarios, esos personajes de Inglaterra y América, son duchos en ello. Su engaño no les conmoverá en absoluto. Las masas obreras, a las que enardecieron en nombre de la libertad, volverán en sí de inmediato, y esto se dejará sentir cuando en escala masiva, no por proclamas —que ayudan pero no mueven de verdad la revolución—, sino por su propia experiencia, vean que se les engaña, cuando vean las condiciones de paz con Austria.

¡He aquí la paz que imponen ahora a un Estado relativamente débil, que ya se está desmoronando, aquellos que gritaban que los bolcheviques éramos traidores por firmar la Paz de Brest! Cuando los alemanes quisieron enviar aquí, a Moscú, a sus soldados, dijimos que preferíamos caer todos en combate antes que consentirlo jamás. (Aplausos.) Nos decíamos que serían duros los sacrificios que deberían soportar las regiones ocupadas, pero todos saben cómo la Rusia Soviética las ayudó y las proveyó de lo necesario. ¡Y ahora las tropas democráticas de Inglaterra y Francia deberán servir “para mantener el orden” —y esto se dice cuando en Bulgaria y Serbia hay Soviets de diputados obreros, cuando en Viena y Budapest hay Soviets de diputados obreros! Nosotros sabemos lo que es ese orden. Significa que las tropas anglo-norteamericanas están llamadas a desempeñar el papel de estranguladores y verdugos de la revolución mundial.

Camaradas, cuando las tropas feudales rusas fueron en 1848 a estrangular la revolución húngara{66}, eso pudo pasarles porque aquellas tropas eran feudales; eso pudo pasar respecto a Polonia{67}. ¡Pero que un pueblo que ya poseía la libertad desde hacía un siglo, en el que se atizó el odio contra el imperialismo alemán diciendo que era una bestia a la que era necesario estrangular, no comprenda que el imperialismo anglo-norteamericano es la misma bestia, con respecto a la cual la justicia solo puede consistir en estrangularlo de igual modo, eso no puede ser!

Y he aquí que la historia, con la ironía maligna que le es propia, ha llegado a tal punto que, después de desenmascarar al imperialismo alemán, ha llegado el turno al anglo-francés, que se desenmascara a sí mismo hasta el final, y nosotros declaramos ante las masas obreras rusas, alemanas y austriacas: ¡no son las tropas feudales rusas de 1848! ¡Esto no les saldrá gratis! Van a aplastar a un pueblo que está pasando a la libertad del capitalismo, a estrangular la revolución. Y decimos con absoluta certeza que ahora esta bestia ahíta se desplomará también en el abismo, como se desplomó la bestia del imperialismo alemán.

Camaradas, abordaré ahora aquel aspecto del asunto que más nos concierne. Pasaré a las condiciones de paz que Alemania deberá firmar ahora. Camaradas del Comisariado de Asuntos Exteriores me han dicho que en The Times{68}, principal órgano de la burguesía inauditamente rica de Inglaterra, que de hecho dirige toda la política, ya han sido publicadas las condiciones que Alemania deberá aceptar. Se le exige entregar la isla de Heligoland, el canal de Wilhelmshaven, entregar la ciudad de Essen, en la que se produce casi todo el equipamiento militar, destruir su flota mercante, entregar de inmediato Alsacia-Lorena y pagar 60 mil millones de indemnización, de los cuales una parte considerable en especie, ya que el dinero se ha depreciado en todas partes y los comerciantes ingleses también han empezado a calcular en otra divisa. Vemos que para Alemania preparan una paz plena de auténtico estrangulamiento, una paz más violenta que la Paz de Brest. Desde el punto de vista material y de sus fuerzas, podrán hacerlo si no existiera en el mundo el bolchevismo, tan desagradable para ellos. Se están preparando la ruina con esta paz. Pues esto no ocurre en el África Central, sino en el siglo XX, en países civilizados. Si la población ucraniana es analfabeta, si el disciplinado soldado alemán aplastaba a los ucranianos, ahora el soldado alemán ha enterrado su disciplina; pero tanto más se enterrarán a sí mismos los imperialismos inglés y norteamericano cuando emprendan una aventura semejante que los llevará a la bancarrota política, cuando condenen a sus tropas a la situación de estranguladores y gendarmes de toda Europa. Hace tiempo que se esfuerzan por eliminar a Rusia, y la campaña contra ella fue concebida hace mucho. Basta recordar la ocupación de Múrmansk y cómo arrojaron millones a los checoslovacos y concertaron un tratado con Japón, y ahora Inglaterra ha arrebatado, por un tratado, Bakú a los turcos para estrangularnos, quitándonos las materias primas.

Las tropas inglesas están listas para iniciar la campaña contra Rusia, desde el sur o desde los Dardanelos, o bien a través de Bulgaria y Rumanía. Están cerrando el cerco sobre la República Soviética, se esfuerzan por romper el vínculo económico entre la república y el mundo entero. Para ello obligaron a Holanda a romper las relaciones diplomáticas{69}. Si Alemania expulsó a nuestro embajador de Alemania, actuó, si no por acuerdo directo con la política anglo-francesa, sí deseando servirlos para que fueran magnánimos con ella. “Nosotros —dicen— también cumplimos la obligación de verdugo respecto a los bolcheviques, vuestros enemigos”.

Camaradas, debemos decirnos que el principal resultado de la situación internacional puede caracterizarse tal como logré hacerlo hace unos días: jamás habíamos estado tan cerca de la revolución proletaria internacional como ahora[10]. Hemos demostrado que no nos equivocábamos al apostar por la revolución proletaria internacional. No en vano hicimos los mayores sacrificios, nacionales y económicos. En este sentido hemos alcanzado el éxito. Pero si nunca antes estuvimos tan cerca de la revolución internacional, tampoco nunca antes fue nuestra situación tan peligrosa como ahora. Los imperialistas estaban ocupados unos con otros. Y ahora uno de los bandos ha sido barrido por el bloque anglo-franco-norteamericano. Ellos consideran como tarea principal estrangular el bolchevismo mundial, estrangular su célula principal, la República Soviética de Rusia. Para ello se disponen a construir una muralla china, para aislarse, como con una cuarentena contra la peste, del bolchevismo. Esa gente intenta librarse del bolchevismo mediante la cuarentena, pero eso no puede ser. Si los señores del imperialismo anglo-francés, esos poseedores de la técnica más perfecta del mundo, si logran construir tal muralla china alrededor de la república, el bacilo del bolchevismo pasará a través de las murallas y contagiará a los obreros de todos los países. (Aplausos.)

Camaradas, la prensa del imperialismo de Europa Occidental, del anglo-francés, se esfuerza con todas sus fuerzas en silenciar su situación. No hay mentira ni calumnia que no lancen contra el Poder Soviético. Se puede decir ahora que toda la prensa anglo-francesa y norteamericana en manos de los capitalistas —y maneja miles de millones— actúa entera, como un solo sindicato, para silenciar la verdad sobre la Rusia Soviética, para difundir la mentira y la calumnia contra nosotros. Y a pesar de que la censura militar lleva años enseñoreándose y han logrado que en la prensa de los países democráticos no se cuele ni una palabra de verdad sobre la República Soviética, sin embargo no hay ni una sola gran asamblea obrera en país alguno en la que no se manifieste que las masas obreras están del lado de los bolcheviques, porque la verdad no se puede ocultar. El enemigo nos acusa de que llevamos a la práctica la dictadura del proletariado; ¡sí, no lo ocultamos! Y precisamente porque el gobierno soviético no teme y habla abiertamente, atrae a su lado a nuevos millones de trabajadores, porque ejerce la dictadura contra los explotadores, y las masas trabajadoras ven y extraen la convicción de que la lucha contra los explotadores ha sido seria y de que será llevada hasta un fin serio. A pesar de esa conspiración de silencio con que nos rodea la prensa europea, hasta ahora señalaban su deber, indicaban que marchan contra Rusia porque Rusia se dejó capturar por Alemania, que Rusia es de hecho un agente alemán, que allí, en Rusia, las personas al frente del gobierno —según ellos— son agentes alemanes. Allí cada mes aparecen nuevos falsificadores de documentos que reciben una buena recompensa, demostrando que Lenin y Trotski son enteramente traidores y gente alemana. A pesar de todo esto, no pueden ocultar la verdad, y allá, de vez en cuando, se filtran, sí o sí, indicios francos de que esos señores imperialistas no pueden sentirse seguros. L'Écho de Paris{70} hace la confesión: “Marchamos a Rusia para derribar el poder de los bolcheviques”. Porque su perspectiva oficial es que no están en guerra con Rusia, no se inmiscuyen en los asuntos militares, sino que solo combaten contra la preponderancia alemana. Nuestros internacionalistas franceses, que publican en Moscú el periódico La Tercera Internacional{71}, han citado esta frase, y aunque nos han separado de París y de Francia, aunque la muralla china está erigida con un arte extraordinario, nosotros decimos: de vuestra burguesía, señores imperialistas franceses, no podéis defenderos. Y por supuesto, centenares de miles de obreros franceses conocen esta pequeña cita, y no solo esta, y ven que todas las declaraciones de sus gobernantes, de su burguesía, son pura mentira. Su propia burguesía se va de la lengua; reconocen: queremos derribar el poder de los bolcheviques. Después de cuatro años de sangrienta guerra deben decir a su pueblo: id a guerrear aún contra Rusia para derribar el poder de los bolcheviques, a los que odiamos porque nos deben 17 mil millones y no quieren pagarlos{72}, porque tratan descortésmente a los capitalistas, terratenientes y zares. Los pueblos civilizados, que se han llevado a tal situación que se ven obligados a decir esto, ponen de manifiesto ante todo que su política va a la bancarrota y, por fuertes que sean en el aspecto militar, nosotros miramos esa fuerza con plena calma y decimos: en vuestra retaguardia tenéis un enemigo aún más temible: las masas populares a las que hasta ahora habéis engañado, y vuestra lengua se ha secado de la mentira y la calumnia contra la Rusia Soviética. Otra información similar del periódico burgués inglés The Manchester Guardian{73} del 23 de octubre. Escribe este periódico burgués inglés: “si los ejércitos aliados también permanecen en Rusia y continúan las operaciones militares, el único objetivo es provocar un vuelco interno en Rusia… Los gobiernos aliados deben, por tanto, o poner fin a sus operaciones militares o declarar que están en guerra con los bolcheviques”.

Repito, la importancia de esta pequeña cita, que suena para nosotros como un llamamiento revolucionario, como la más potente proclama revolucionaria, estriba en que la escribe un periódico burgués, que es a su vez enemigo de los socialistas, pero que siente que ya no es posible seguir ocultando la verdad. Si los periódicos burgueses hablan así, podéis imaginaros lo que dicen y cómo piensan las masas obreras inglesas. Sabéis cómo, durante la existencia del zarismo, antes de la revolución de 1905 o de 1917, hablaban los liberales. Sabéis que ese lenguaje de los liberales significaba la proximidad de una explosión en las masas revolucionarias proletarias. Por eso, del lenguaje de estos liberales burgueses ingleses sacaréis la conclusión de lo que está ocurriendo en el estado de ánimo, en las mentes y en los corazones de los obreros ingleses, franceses y norteamericanos. He aquí por qué debemos, sin tapujos, decirnos aquella dura verdad que caracteriza nuestra situación internacional. La revolución internacional está cercana, pero no existen calendarios según los cuales la revolución se desarrollaría; nosotros, que hemos vivido dos revoluciones, lo sabemos bien. Pero sabemos que si los imperialistas no logran detener la revolución internacional, entonces son posibles la derrota de países aislados y sacrificios aún más duros. Ellos saben que Rusia está en los dolores del parto de la revolución proletaria, pero se equivocan si piensan que, aplastando un foco de revolución, aplastarán la revolución en otros países.

En lo que a nosotros respecta, debemos decir que la situación es más peligrosa que nunca, que es necesario tensar nuestras fuerzas una y otra vez más. Después de haber construido durante un año un sólido fundamento, de haber creado un Ejército Rojo socialista sobre la base de una nueva disciplina, después de esto nos decimos con certeza que podemos y debemos continuar esta labor y debemos decir en todas las asambleas, en cualquier institución soviética, en los sindicatos, en las reuniones de los comités de campesinos pobres: camaradas, hemos vivido un año y alcanzado el éxito, pero esto es poco aún en comparación con el poderoso enemigo que marcha contra nosotros. Este enemigo es el imperialismo anglo-francés, mundial, fuerte, vencedor del mundo entero. Marchamos a la lucha contra él no porque pensemos igualarnos en el aspecto económico y técnico con los países avanzados de Europa. No, pero sabemos que este enemigo marcha hacia el mismo abismo al que llegó el imperialismo austro-alemán; este enemigo, que ahora ha envuelto a Turquía, se ha apoderado de Bulgaria y está ocupado en ocupar toda Austria-Hungría e implantar un orden zarista y gendarme, sabemos que marcha hacia su perdición. Sabemos que esto es un hecho histórico, y he aquí por qué nosotros, sin plantearnos en absoluto objetivos manifiestamente desproporcionados, nos decimos: ¡podemos repeler al imperialismo anglo-francés!

Cada paso de fortalecimiento de nuestro Ejército Rojo tendrá como eco diez pasos de descomposición y revolución en ese adversario que parece tan fuerte. Por eso no hay el menor motivo para entregarse al desaliento o al pesimismo. Sabemos que el peligro es grande. Quizás el destino nos tenga preparados sacrificios aún más duros. Supongamos que un país pueden aplastarlo, pero jamás aplastarán la revolución proletaria internacional; la encenderán aún más y ¡todos perecerán en ella! (Aplausos prolongados que se convierten en ovación.)