Camaradas, tenemos hoy que resolver una cuestión que marca un punto de viraje en el desarrollo de la revolución rusa, y no sólo de la rusa, sino también de la revolución internacional, y para resolver acertadamente la cuestión de esa paz durísima que han concertado los representantes del Poder soviético en Brest-Litovsk y que el Poder soviético propone confirmar, o sea ratificar, para resolver acertadamente esta cuestión, lo más necesario para nosotros es comprender el sentido histórico del viraje ante el cual nos hallamos, entender en qué consistió la principal característica del desarrollo de la revolución hasta ahora y cuál es la causa fundamental de la grave derrota y de la época de duras pruebas que estamos atravesando.

A mi juicio, el principal origen de las divergencias entre los partidos soviéticos{47} respecto a este problema es precisamente que algunos se dejan llevar demasiado por el sentimiento de legítima y justa indignación ante la derrota de la República Soviética por el imperialismo, se entregan a veces demasiado a la desesperación y, en lugar de tener en cuenta las condiciones históricas del desarrollo de la revolución tal como se habían plasmado antes de la paz actual y como se nos presentan después de ella, intentan responder sobre la táctica de la revolución basándose en un sentimiento inmediato. Sin embargo, toda la experiencia de la historia de las revoluciones nos enseña que, cuando tenemos que habérnoslas con un movimiento de masas o con la lucha de clases, sobre todo como la actual, que se desarrolla no solo en toda la extensión de un país, aunque sea enorme, sino que abarca todas las relaciones internacionales, en este caso en la base de nuestra táctica debemos poner, ante todo y más que nada, el estudio de la situación objetiva, examinar de manera analítica cuál ha sido hasta ahora el curso de la revolución y por qué ha cambiado de un modo tan amenazador, tan brusco, tan desfavorable para nosotros.

Si examinamos desde este punto de vista el desarrollo de nuestra revolución, veremos con claridad que hasta ahora esta ha atravesado un período de relativa independencia y de temporal independencia respecto a las relaciones internacionales, independencia que en grado considerable era aparente. El camino que ha seguido nuestra revolución desde fines de febrero de 1917 hasta el 11 de febrero del año en curso{48}, en que comenzó la ofensiva alemana, ha sido en general un camino de fáciles y rápidos éxitos. Si contemplamos el desarrollo de esta revolución en escala internacional, desde el punto de vista del desarrollo exclusivo de la revolución rusa, veremos que durante este año hemos atravesado tres períodos. El primer período, cuando la clase obrera de Rusia, junto con todo lo que había de avanzado, consciente y dinámico en el campesinado, apoyada no solo por la pequeña burguesía sino también por la gran burguesía, barrió la monarquía en unos cuantos días. Este éxito vertiginoso se explica porque el pueblo ruso, de una parte, extrajo de la experiencia de 1905 una gigantesca reserva de combatividad revolucionaria y, de otra, porque Rusia, por ser un país particularmente atrasado, sufrió de un modo especial a causa de la guerra y llegó de manera singularmente temprana a un estado de total imposibilidad de continuar dicha guerra bajo el viejo régimen.

Al breve y tempestuoso éxito, cuando se creó una nueva organización —la organización de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos—, siguieron para nuestra revolución largos meses de un período de transición, período en que el poder de la burguesía, minado de golpe por los Soviets, se mantenía y se consolidaba gracias a los partidos conciliadores pequeñoburgueses —mencheviques y socialistas revolucionarios (eseristas)—, que apoyaban a ese poder. Era un poder que sostenía la guerra imperialista, los tratados secretos imperialistas, que alimentaba a la clase obrera con promesas, un poder que no hacía absolutamente nada, que mantenía la desorganización. Durante ese período, largo para nosotros, para la revolución rusa, los Soviets acumulaban sus fuerzas; fue un período largo para la revolución rusa y corto desde el punto de vista internacional, pues en la mayoría de los países centrales el período de superación de las ilusiones pequeñoburguesas, el período de pervivencia del conciliacionismo de los distintos partidos, fracciones, matices, no ocupó meses, sino largos, largos decenios; este período, desde el 20 de abril hasta la reanudación de la guerra imperialista por Kérenski en junio, el cual llevaba en el bolsillo un tratado secreto imperialista, desempeñó un papel decisivo. En ese período sufrimos la derrota de julio, pasamos el kornilovismo y sólo gracias a la experiencia de la lucha de masas, solo cuando las más amplias masas de obreros y campesinos comprendieron, no por prédicas, sino por experiencia propia, toda la inanidad del conciliacionismo pequeñoburgués, solo entonces, tras un largo desarrollo político, tras una prolongada preparación y un cambio en el estado de ánimo y en las concepciones de las agrupaciones de los partidos, se creó el terreno para la Revolución de Octubre, y se inició el tercer período de la revolución rusa en su primera fase, aislada o temporalmente separada de la revolución internacional.

Este tercer período, el de Octubre, período de organización, el más difícil y, al mismo tiempo, el período de los mayores y más rápidos triunfos. Desde Octubre, nuestra revolución, que entregó el poder en manos del proletariado revolucionario, que instauró su dictadura, que le aseguró el apoyo de la inmensa mayoría del proletariado y del campesinado pobre, desde Octubre avanzó nuestra revolución en una marcha victoriosa, triunfal. Por todos los confines de Rusia comenzó la guerra civil en forma de resistencia de los explotadores, los terratenientes y la burguesía, apoyados por una parte de la burguesía imperialista.

Empezó la guerra civil, y en esta guerra civil las fuerzas de los adversarios del Poder soviético, las fuerzas de los enemigos de las masas trabajadoras y explotadas resultaron insignificantes; la guerra civil fue un triunfo constante del Poder soviético, porque sus adversarios, los explotadores, los terratenientes y la burguesía, no tenían ningún apoyo, ni político ni económico, y su ataque fue destrozado. La lucha contra ellos conjugaba no tanto acciones militares como agitación; capa tras capa, masas tras masas, incluso los cosacos trabajadores, se apartaban de aquellos explotadores que intentaban conducirla contra el Poder soviético.

Este período de triunfante marcha victoriosa de la dictadura del proletariado y del Poder soviético, cuando este atrajo a su lado de manera absoluta, decidida e irrevocable a las gigantescas masas de los trabajadores y explotados de Rusia, señaló el punto culminante y último del desarrollo de la revolución rusa, que durante todo este tiempo había marchado como con independencia del imperialismo internacional. Esta fue la causa de que el país más atrasado y más preparado para la revolución por la experiencia de 1905, tan rápida, tan fácil, tan metódicamente, fuera elevando al poder una clase tras otra, superando diversas composiciones políticas, y llegara por fin a aquella composición política que era la última palabra no solo de la revolución rusa, sino también de las revoluciones obreras de Europa occidental, pues el Poder soviético se consolidó en Rusia y conquistó las simpatías irrevocables de los trabajadores y explotados porque destruyó el viejo aparato opresor del poder estatal, porque creó en sus fundamentos un tipo nuevo y superior de Estado, del cual había sido germen la Comuna de París, que derrocó el viejo aparato y puso en su lugar la fuerza directamente armada de las masas, sustituyó el democratismo burgués parlamentario por el democratismo de las masas trabajadoras, con excepción de los explotadores, y aplastó sistemáticamente su resistencia.

He ahí lo que hizo la revolución rusa durante este período, he ahí por qué se formó en la pequeña vanguardia de la revolución rusa la impresión de que esa marcha triunfal, ese rápido avance de la revolución rusa, podía contar con una victoria ulterior. Y en esto consistió el error, porque el período en que la revolución rusa se desarrollaba, trasmitiendo el poder en Rusia de una clase a otra y superando el conciliacionismo de clase en el marco exclusivo de Rusia, ese período pudo existir históricamente solo porque los potentados más grandes, los predadores del imperialismo mundial, estuvieron temporalmente detenidos en su movimiento ofensivo contra el Poder soviético. Una revolución que derrocó la monarquía en unos días, que en unos meses agotó todas las tentativas de conciliación con la burguesía y en unas cuantas semanas venció en la guerra civil toda resistencia de la burguesía, una revolución así, la revolución de la república socialista, pudo mantenerse entre las potencias imperialistas, en medio de los predadores mundiales, junto a las fieras del imperialismo internacional, solo en la medida en que la burguesía, enzarzada en una lucha a muerte entre sí, se hallaba paralizada en su ofensiva contra Rusia.

Y he aquí que comenzó ese período que tan palpable y tan penosamente tenemos que sentir: el período de las derrotas más duras, de las pruebas más duras para la revolución rusa, el período en que, en vez de una ofensiva rápida, directa y abierta contra los enemigos de la revolución, tenemos que sufrir durísimas derrotas y retroceder ante una fuerza incomparablemente mayor que la nuestra, ante la fuerza del imperialismo internacional y del capital financiero, ante la fuerza del poderío militar que toda la burguesía, con su técnica moderna, con toda su organización, ha cohesionado contra nosotros en interés del saqueo, la opresión y el estrangulamiento de los pueblos pequeños; tuvimos que pensar en el equilibrio de fuerzas, nos vimos ante una tarea inmensamente más difícil, tuvimos que ver en el choque directo a un enemigo que no era como Románov o Kérenski, que no pueden ser tomados en serio, sino que tuvimos que habérnoslas con las fuerzas de la burguesía internacional en todo su poderío imperialista militar, cara a cara con los predadores mundiales. Y es comprensible que, en vista del retraso de la ayuda del proletariado socialista internacional, nos tocara asumir el choque con esas fuerzas y sufrir la más dura derrota.

Y esta época —época de duras derrotas, época de retiradas, época en que debemos salvar al menos una pequeña parte de las posiciones, retrocediendo ante el imperialismo, aguardando a que cambien en general las condiciones internacionales, a que lleguen por fin a nosotros las fuerzas del proletariado europeo que existen, que están madurando, que no pudieron hacer frente a su enemigo con la misma facilidad que nosotros, pues sería la más grande ilusión y el mayor error olvidar que a la revolución rusa le fue fácil comenzar y le es difícil dar los pasos siguientes. Así tenía que ser inevitablemente, porque nos tocó empezar por el régimen político más podrido, más atrasado. A la revolución europea le toca comenzar con la burguesía, le toca habérselas con un enemigo incomparablemente más serio, en condiciones infinitamente más difíciles. A la revolución europea le será inconmensurablemente más difícil empezar. Nosotros vemos que le es de una dificultad inmensa abrir la primera brecha en el régimen que la oprime. Le será mucho más fácil entrar en la segunda y la tercera etapa de su revolución. Y no puede ser de otro modo en virtud de la correlación de fuerzas entre las clases revolucionarias y las reaccionarias que existe en la actualidad en la arena internacional. He ahí el viraje fundamental que constantemente pierden de vista los hombres que contemplan la situación actual, la situación extraordinariamente difícil de la revolución, no desde un punto de vista histórico, sino desde el punto de vista del sentimiento y de la indignación. Y la experiencia de la historia nos dice que siempre, en todas las revoluciones, a lo largo de ese período en que la revolución experimenta un brusco viraje y un tránsito de las victorias rápidas a un período de duras derrotas, sobrevenía un período de frase seudorrevolucionaria, que siempre causaba el más grande daño al desarrollo de la revolución. Pues bien, camaradas, solo si nos planteamos como tarea tener en cuenta el viraje que nos ha arrojado de las victorias rápidas, fáciles y completas a las duras derrotas, solo entonces estaremos en condiciones de valorar acertadamente nuestra táctica. Esta cuestión —cuestión de una dificultad inmensa, cuestión de un peso inmenso—, que es resultado del punto de viraje en el desarrollo actual de la revolución —de las fáciles victorias en el interior a las derrotas extraordinariamente duras en el exterior—, y del punto de viraje de toda la revolución internacional, de la época de la labor propagandística y de agitación de la revolución rusa en una situación expectante del imperialismo, de esa época a las acciones ofensivas del imperialismo contra el Poder soviético, plantea de un modo particularmente difícil y particularmente agudo la cuestión ante todo el movimiento internacional de Europa occidental. Si no olvidamos este momento histórico, nos será preciso examinar cómo se ha configurado el círculo fundamental de los intereses de Rusia en la cuestión de la paz actual, durísima, la llamada paz infame.

Muchas veces, en la polémica contra quienes rehusaban la necesidad de aceptar esta paz, me ha tocado oír la indicación de que el punto de vista de la firma de la paz expresaba únicamente los intereses de las masas campesinas cansadas, de los soldados desclasados, y así sucesivamente, y cosas por el estilo. Y siempre, a propósito de tales referencias y de tales indicaciones, me sorprendía ver cómo olvidan los camaradas la escala clasista del desarrollo nacional, hombres que exclusivamente están a la búsqueda de sus propias explicaciones. Como si el partido del proletariado, que tomó el poder, no hubiera calculado de antemano que solo la alianza del proletariado y del semiproletariado, es decir, del campesinado pobre, es decir, de la mayoría del campesinado de Rusia, solo dicha alianza es capaz de dar el poder en Rusia al poder revolucionario de los Soviets —de la mayoría, de la verdadera mayoría del pueblo—, que sin ello es insensata toda tentativa de instaurar el poder, sobre todo en los virajes difíciles de la historia. Como si ahora se pudiera despachar esta verdad por todos nosotros reconocida y salir del paso con menciones despectivas acerca del estado de cansancio del campesinado y de los soldados desclasados. En lo tocante al estado de cansancio del campesinado y de los soldados desclasados, debemos decir que el país permitirá la resistencia, que el campesinado pobre solo podrá lanzarse a la resistencia en los límites en que ese campesinado pobre sea capaz de dirigir sus fuerzas a la lucha.

Cuando tomamos el poder en Octubre, estaba claro que el curso de los acontecimientos llevaba a ello con inevitabilidad, que el viraje de los Soviets hacia el bolchevismo significaba un viraje en todo el país, que el poder del bolchevismo era inevitable. Cuando nosotros, conscientes de ello, marchamos a la toma del poder en Octubre, nos dijimos con toda claridad y nitidez a nosotros mismos y a todo el pueblo que esto era el paso del poder a manos del proletariado y del campesinado pobre, que el proletariado sabe que el campesinado lo apoyará, y en qué lo apoyará, vosotros mismos lo sabéis: en su lucha activa por la paz, en su disposición a continuar la lucha ulterior contra el gran capital financiero. En esto no nos equivocamos, y nadie puede, si se mantiene dentro de un mínimo marco de las fuerzas de clase y de las relaciones de clase, apartarse de esta verdad indudable de que no podemos pedir a un pequeño país campesino, que tanto ha dado ya por la revolución europea y por la internacional, que sostenga la lucha en la condición difícil y la más difícil, cuando la ayuda del proletariado de Europa occidental, sin duda alguna, viene hacia nosotros —lo han demostrado los hechos, las huelgas, etc.—, pero cuando esa ayuda que viene hacia nosotros ha llegado, indudablemente, con retraso. He ahí por qué digo que semejantes referencias al cansancio de las masas campesinas, etc., no son sino resultado de la falta de argumentos y de la total impotencia de quienes recurren a esos argumentos, su completa incapacidad para abarcar todas las relaciones de clase en su conjunto, en su escala general —la revolución del proletariado y del campesinado en su masa—; solo cuando, en cada viraje brusco de la historia, valoramos la correlación de las clases en su conjunto, de todas las clases, y no escogemos ejemplos aislados y casos sueltos; solo entonces nos sentimos firmemente apoyados en el análisis de los hechos probables. Comprendo perfectamente que la burguesía rusa nos empuja ahora a una guerra revolucionaria, cuando esta es para nosotros absolutamente imposible. Así lo exigen los intereses de clase de la burguesía.

Cuando se limitan a gritar: ¡paz infame!, sin decir ni palabra de quién llevó al ejército a esa situación, comprendo perfectamente que es la burguesía con los delonaródovtsy, los mencheviques tseretelistas, los chernovistas y sus corifeos (Aplausos), comprendo perfectamente que es la burguesía la que vocifera sobre la guerra revolucionaria. Así lo exigen sus intereses de clase, así lo exige su afán de que el Poder soviético dé un paso en falso. Esto es comprensible de parte de hombres que, de un lado, llenan las páginas de sus periódicos con escritos contrarrevolucionarios… (Voces: «Los han cerrado todos».) Todavía no todos, por desgracia, pero cerraremos todos. (Aplausos.) Quisiera ver yo al proletariado que consintiera a los contrarrevolucionarios, a los partidarios de la burguesía y a los conciliadores con ella, seguir utilizando el monopolio de las riquezas para embrutecer al pueblo con su opio burgués. Jamás ha existido tal proletariado. (Aplausos.)

Comprendo perfectamente que de las páginas de semejantes publicaciones se eleva un aullido, un clamor y un griterío continuos contra la paz infame, comprendo perfectamente que por esa guerra revolucionaria están hombres que al mismo tiempo, desde los kadetes hasta los eseristas de derecha, reciben a los alemanes en su ofensiva y dicen solemnemente: aquí están los alemanes, y dejan a sus oficiales pasearse con charreteras por las localidades ocupadas por la invasión del imperialismo alemán. Sí, de tales burgueses, de tales conciliadores no me extraña en absoluto la prédica de la guerra revolucionaria. Quieren que el Poder soviético caiga en la trampa. Se han mostrado tal cual son, esos burgueses y esos conciliadores. Los hemos visto y los vemos en vida, sabemos que ahí están en Ucrania los Kérenski ucranianos, los Chernov ucranianos y los Tsereteli ucranianos, ahí están, los señores Vinnichenko. Esos señores, los Kérenski, Chernov, Tsereteli ucranianos, ocultaron al pueblo la paz que concertaron con los imperialistas alemanes, y ahora, con la ayuda de las bayonetas alemanas, intentan derrocar el Poder soviético en Ucrania. He ahí lo que han hecho esos burgueses y esos conciliadores y sus partidarios. (Aplausos.) He ahí lo que han hecho esos burgueses y conciliadores ucranianos, cuyo ejemplo tenemos patente ante los ojos, que ocultaron y ocultan al pueblo sus tratados secretos, que con las bayonetas alemanas marchan contra el Poder soviético. He ahí lo que quiere la burguesía rusa, he ahí adónde empujan al Poder soviético, consciente o inconscientemente, los corifeos de la burguesía: saben que ahora no puede de ningún modo emprender una guerra imperialista con el poderoso imperialismo. He ahí por qué sólo en este marco internacional, sólo en este marco clasista general, comprenderemos toda la profundidad del error de quienes, como el partido de los socialistas revolucionarios de izquierda, se dejaron arrastrar por esa teoría, habitual en todas las historias de las revoluciones en los momentos difíciles, y compuesta a medias de desesperación, a medias de frase, cuando, en vez de mirar con sobriedad la realidad y valorar desde el punto de vista de las fuerzas de clase las tareas de la revolución con respecto a los enemigos interiores y exteriores, se os llama a resolver una cuestión seria y durísima bajo la presión del sentimiento, solo desde el punto de vista del sentimiento. La paz es increíblemente onerosa y vergonzosa. Yo mismo, en múltiples ocasiones, en mis declaraciones y en mis discursos, la he llamado la Paz de Tilsit, aquella que el conquistador Napoleón impuso al pueblo prusiano y alemán tras una serie de durísimas derrotas. Sí, esta paz representa la más dura derrota y humilla al Poder soviético, pero si vosotros, partiendo de ahí, limitándoos a esto, apeláis al sentimiento, suscitáis la indignación, intentáis resolver la mayor cuestión histórica, caéis en esa situación ridícula y lastimosa en la que se encontró en un tiempo todo el partido socialista revolucionario (Aplausos), cuando en 1907, en una situación en ciertos rasgos parecida, apeló igualmente al sentimiento del revolucionario, cuando, tras la durísima derrota de nuestra revolución en 1906 y 1907, Stolypin nos prescribió las leyes de la tercera Duma —las condiciones más infames y más duras de trabajo en una de las más viles instituciones representativas—, cuando nuestro partido, tras no grandes vacilaciones en su seno (las vacilaciones sobre este problema fueron mayores que ahora), decidió la cuestión en el sentido de que no teníamos derecho a entregarnos al sentimiento, de que, por grande que fuera nuestra indignación y nuestra cólera contra la infamísima tercera Duma, debíamos reconocer que eso no era una casualidad, sino una necesidad histórica de la lucha de clases en desarrollo, a la que luego le faltaron fuerzas, pero que las reunirá incluso en esas oprobiosas condiciones que nos fueron prescritas. Tuvimos razón. Quienes intentaban arrastrar con la frase revolucionaria, arrastrar con la justicia en tanto expresaba un sentimiento tres veces legítimo, recibieron una lección que no olvidará ningún revolucionario pensante y que medite.

Las revoluciones no marchan con tanta lisura como para asegurarnos un ascenso rápido y fácil. No ha habido ni una sola gran revolución, ni siquiera en los marcos nacionales, que no haya atravesado un período penoso de derrotas, y no se puede tratar una cuestión seria de los movimientos de masas, de las revoluciones en desarrollo, como si, tachando la paz de infame, de humillante, el revolucionario no pudiera resignarse a ella; no basta con lanzar frases de agitación, con colmarnos de reproches a cuenta de esta paz; eso es el abecé archisabido de la revolución, es la experiencia archisabida de todas las revoluciones. Nuestra experiencia desde 1905 —y si de algo somos ricos, si por algo le tocó a la clase obrera rusa y al campesinado pobre asumir el papel más difícil y más honroso de iniciar la revolución socialista internacional, es precisamente porque el pueblo ruso acertó, merced a una especial concatenación de circunstancias históricas, a principios del siglo XX, a llevar a cabo dos grandes revoluciones—, hay que aprender de la experiencia de esas revoluciones, hay que saber comprender que, solo teniendo en cuenta los cambios de la correlación de los vínculos de clase de un Estado con otro, se puede establecer de antemano que no estamos en condiciones de aceptar el combate ahora; tenemos que contar con ello, decirnos: sea cual fuere la tregua, por frágil, por corta, onerosa y humillante que sea la paz, es mejor que la guerra, porque da la posibilidad de respirar a las masas populares, porque da la posibilidad de enmendar lo que ha hecho la burguesía, la cual ahora vocifera por doquier donde tiene ocasión de vociferar, sobre todo bajo la protección de los alemanes en las zonas ocupadas. (Aplausos.)

La burguesía vocifera que los bolcheviques han desmoralizado el ejército, que ya no hay ejército y que de ello son culpables los bolcheviques, pero veamos el pasado, camaradas, veamos, ante todo, el desarrollo de nuestra revolución. ¿Es que no sabéis que las deserciones y la desmoralización de nuestro ejército comenzaron mucho antes de la revolución, ya en 1916, que todo el que haya visto al ejército tiene que reconocerlo? ¿Y qué hizo nuestra burguesía para impedirlo? ¿Es que no está claro que la única oportunidad de salvación de los imperialistas estaba entonces en sus manos, que esa ocasión se presentó en marzo-abril, cuando las organizaciones soviéticas podían tomar el poder con un simple movimiento de la mano contra la burguesía? Y si entonces los Soviets hubieran tomado el poder, si la intelectualidad burguesa y la pequeñoburguesa, con los eseristas y mencheviques, en vez de ayudar a Kérenski a engañar al pueblo, a esconder los tratados secretos y a llevar al ejército a la ofensiva, si entonces hubiera acudido en ayuda del ejército, pertrechándolo, abasteciéndolo, obligando a la burguesía a ayudar a la patria con el concurso de toda la intelectualidad, no a la patria de los mercachifles, no a la patria de los tratados que ayudan a exterminar al pueblo (Aplausos), si los Soviets, obligando a la burguesía a ayudar a la patria de los trabajadores, de los obreros, hubieran auxiliado al ejército desnudo, descalzo y hambriento, solo entonces habríamos tenido quizá un período de diez meses, suficiente para que el ejército respirara y recibiera un apoyo unánime, para que, sin retroceder ni un paso del frente, propusiera una paz democrática universal, rompiendo los tratados secretos, pero manteniéndose en el frente, sin ceder ni un palmo. He ahí cuál era la oportunidad de paz que los obreros y campesinos daban y aprobaban. Ésa es la táctica de defensa de la patria, no de la patria de los Románov, de los Kérenski, de los Chernov, de la patria con tratados secretos, de la patria de la burguesía venal, sino de la patria de las masas trabajadoras. He ahí lo que condujo a que el tránsito de la guerra a la revolución y de la revolución rusa al socialismo internacional transcurra con pruebas tan duras. He ahí por qué suena a frase tan vacía una propuesta como la de la guerra revolucionaria, cuando sabemos que no tenemos ejército, cuando sabemos que fue imposible retener al ejército, y los hombres conocedores del asunto no podían dejar de ver que nuestro decreto de desmovilización no fue un invento, sino que era el resultado de una necesidad evidente, de la simple imposibilidad de retener al ejército. Retener al ejército era imposible. Y tenía razón aquel oficial, no bolchevique, que ya antes de la Revolución de Octubre decía que el ejército no podía ni quería combatir{49}. He ahí adónde han conducido los meses de mercadeo con la burguesía y todos los discursos sobre la necesidad de continuar la guerra; por muy nobles sentimientos que los dictaran por parte de muchos revolucionarios, o de unos pocos revolucionarios, resultaron ser vacías frases revolucionarias que se entregan a los atropellos del imperialismo internacional para que este saquee todavía tanto y más de lo que ya consiguió hacer después de nuestro error táctico o diplomático: después de no haber firmado el tratado de Brest. Cuando decíamos a los adversarios de la firma de la paz: si la tregua fuera de cierta duración, comprenderíais que los intereses del restablecimiento del ejército, los intereses de las masas trabajadoras están por encima de todo y que la paz debe ser concertada por eso, ellos afirmaban que no podía haber tregua.

Pero nuestra revolución se distinguió de todas las revoluciones anteriores precisamente porque levantó el ansia de construcción y creación en las masas, cuando las masas trabajadoras en las aldeas más apartadas, humilladas, abrumadas, oprimidas por los zares, los terratenientes, la burguesía, se levantan, y este período de la revolución se culmina solo ahora, cuando se está produciendo la revolución aldeana que construye la vida de una manera nueva. Y en aras de esta tregua, por muy breve y corta que sea, tenemos la obligación, si anteponemos los intereses de las masas trabajadoras a los intereses de los belicistas burgueses que blanden el sable y nos llaman al combate, teníamos la obligación de firmar este tratado. He ahí lo que enseña la revolución. La revolución enseña que, cuando cometemos errores diplomáticos, cuando creemos que los obreros alemanes vendrán mañana en nuestra ayuda, con la esperanza de que Liebknecht venza ahora mismo (y nosotros sabemos que, de un modo u otro, Liebknecht vencerá, eso es inevitable en el desarrollo del movimiento obrero (Aplausos)), eso significa que, en el arrebato, las consignas revolucionarias del difícil movimiento socialista se convierten en frase. Y ni un solo representante de los trabajadores, ni un solo obrero honrado se negará a hacer el mayor sacrificio para ayudar al movimiento socialista de Alemania, porque en todo este tiempo en el frente ha aprendido a distinguir entre los imperialistas alemanes y los soldados extenuados por la disciplina alemana, en su mayor parte simpatizantes con nosotros. He ahí por qué digo que la revolución rusa ha corregido en la práctica nuestro error, lo ha corregido con esta tregua. Con toda probabilidad será muy breve, pero tenemos la posibilidad de una tregua, al menos brevísima, para que el ejército, que está extenuado, hambriento, se haya imbuido de la conciencia de que ha recibido la posibilidad de descansar. Para nosotros es claro que el período de las viejas guerras imperialistas ha terminado y amenazan nuevos horrores, los comienzos de nuevas guerras, pero los períodos de tales guerras los ha habido en muchas épocas históricas, y su mayor exacerbación la alcanzaban antes de su fin. Y es necesario que esto lo comprendan no solo en los mítines de Petrogrado y Moscú; es necesario que lo comprendan en las aldeas muchos decenas de millones, que la parte más ilustrada de la aldea que regresa del frente, que ha vivido todos los horrores de la guerra, ayude a que lo comprenda la inmensa masa de campesinos y obreros, y se convenza de la necesidad del frente revolucionario y diga que hemos obrado correctamente.

Se nos dice que hemos traicionado a Ucrania y Finlandia, ¡oh, qué vergüenza! Pero se ha producido una situación tal que estamos separados de Finlandia, con la que concertamos antes un acuerdo tácito antes del comienzo de la revolución y hemos concertado ahora uno formal{50}. Se dice que entregamos Ucrania, a la que van a llevar la ruina Chernov, Kérenski y Tsereteli; se nos dice: ¡traidores, habéis traicionado a Ucrania! Yo digo: camaradas, he visto bastantes cosas en la historia de la revolución como para que puedan turbarme las miradas hostiles y los gritos de hombres que se entregan al sentimiento y no pueden razonar. Os pondré un sencillo ejemplo. Imaginaos que dos amigos van de noche, y de pronto diez hombres los atacan. Si esos malvados acorralan a uno de ellos, ¿qué le queda al otro? No puede lanzarse en su ayuda; si sale corriendo, ¿es un traidor?[17] E imaginaos que no se trata de personas o de esferas en las que se deciden cuestiones de sentimiento inmediato, sino que se encuentran cinco ejércitos de cien mil hombres cada uno, que cercan a un ejército de doscientos mil hombres, y otro ejército debe ir en su ayuda. Pero si este ejército sabe que con seguridad caerá en la trampa, tiene que retroceder; no puede dejar de retroceder, aunque para cubrir la retirada sea necesario firmar una paz infame, soez; insultad cuanto queráis, pero firmarla es necesario. No se puede contar con el sentimiento del duelista, que desenvaina la espada y dice que yo debo morir, porque me obligan a concertar una paz humillante. Pero todos sabemos que, decidáis lo que decidáis, no tenemos ejército, y ningún gesto nos salvará de la necesidad de retroceder y ganar tiempo para que el ejército pueda respirar, y con esto estará de acuerdo todo aquel que mira a la realidad y no se engaña con la frase revolucionaria. Esto debe saberlo todo aquel que mira a la realidad, sin engañarse con frases y fanfarrias.

Si sabemos esto, nuestro deber revolucionario es firmar este tratado, aunque sea oneroso, archioneroso y violento, pues con ello lograremos una situación mejor tanto para nosotros como para nuestros aliados. ¿Acaso hemos perdido algo porque hayamos firmado el tratado de paz el 3 de marzo? Todo aquel que quiera examinar las cosas desde el punto de vista de las relaciones de masas, y no desde el punto de vista del duelista de hidalgo, comprenderá que, no teniendo ejército o teniendo un resto enfermo del ejército, aceptar la guerra, llamar a esta guerra revolucionaria, es un autoengaño, es el más grande engaño del pueblo. Nuestro deber es decir la verdad al pueblo: sí, la paz es durísima, Ucrania y Finlandia perecen, pero debemos aceptar esta paz, y la aceptará toda la Rusia laboriosa y consciente, porque conoce la verdad sin adornos, sabe lo que es la guerra, sabe que jugárselo todo a que estalle ahora mismo la revolución alemana es un autoengaño. Al firmar la paz, hemos conseguido lo que nuestros amigos finlandeses han recibido de nosotros: tregua, ayuda, y no la perdición.

Conozco ejemplos en la historia de los pueblos en que se firmó una paz mucho más violenta, en que esta paz entregaba a merced del vencedor a pueblos viables. Comparemos esta paz nuestra con la Paz de Tilsit; la Paz de Tilsit fue impuesta por el conquistador victorioso a Prusia y Alemania. Esta paz fue tan onerosa que no solo fueron ocupadas todas las capitales de todos los Estados alemanes, no solo fueron arrojados los prusianos a Tilsit, lo que equivaldría a que a nosotros nos hubieran arrojado a Omsk o a Tomsk. Y no solo eso: el mayor horror consistió en que Napoleón obligó a los pueblos vencidos a dar tropas auxiliares para sus guerras, y, sin embargo, cuando la situación se configuró de tal modo que los pueblos alemanes tuvieron que soportar la embestida del conquistador, cuando a la época de las guerras revolucionarias de Francia sucedió la época de las guerras imperialistas de conquista, entonces se puso claramente de manifiesto lo que no quieren comprender las gentes arrebatadas por la frase, que presentan la firma de la paz como una caída. Desde el punto de vista del duelista de hidalgo, esa psicología es comprensible, pero no desde el punto de vista del obrero y del campesino. Este último ha pasado la dura escuela de la guerra, y ha aprendido a calcular. Ha habido pruebas aún más duras, y pueblos más atrasados han salido de ellas. Se ha concertado una paz aún más onerosa, y la concertaron los alemanes en una época en que no tenían ejército, o su ejército estaba enfermo, como está enfermo nuestro ejército. Ellos concertaron una durísima paz con Napoleón. Y esa paz no fue la caída de Alemania; al contrario, fue un punto de viraje, de defensa y de ascenso nacional. Y nosotros estamos en vísperas de un punto de viraje así, y atravesamos condiciones análogas. Hay que mirar la verdad a la cara y desterrar de nosotros la frase y la declamación. Hay que decir que, si es necesario, hay que concertar la paz. La guerra de liberación, la guerra de clase, la guerra popular, ocupará el lugar de la guerra napoleónica. El sistema de las guerras napoleónicas cambiará, la paz sucederá a la guerra, la guerra a la paz, y de cada nueva paz más dura ha surgido siempre una preparación más amplia para la guerra. El más duro de los tratados de paz —el de Tilsit— entró en la historia como punto de viraje hacia el momento en que comenzó para el pueblo alemán un viraje, cuando se retiraba hasta Tilsit, hasta Rusia, pero en realidad ganaba tiempo, esperaba a que la situación internacional, que había permitido por un tiempo triunfar a Napoleón, el mismo depredador que ahora son Hohenzollern, Hindenburg, esperaba a que esa situación cambiara, a que saneara la conciencia del pueblo alemán, extenuado por diez años de guerras napoleónicas y derrotas, y resucitara de nuevo a una nueva vida. He ahí lo que nos enseña la historia, he ahí por qué son criminales toda desesperación y toda frase, he ahí por qué todo el mundo dirá: sí, las viejas guerras imperialistas están terminando. El viraje histórico ha llegado.

Desde Octubre, nuestra revolución ha sido un triunfo continuo, y ahora han comenzado tiempos largos y difíciles, no sabemos cuán largos, pero sabemos que es un largo y difícil período de derrotas y retiradas, porque así es la correlación de fuerzas, porque con la retirada daremos al pueblo la posibilidad de descansar. Demos la posibilidad de que cada obrero y cada campesino comprenda esa verdad que le permitirá entender que se avecinan nuevas guerras de los imperialistas predadores contra los pueblos oprimidos, cuando el obrero y el campesino comprendan que debemos alzarnos en defensa de la patria, pues desde Octubre nos hemos vuelto defensistas. Desde el 25 de Octubre dijimos abiertamente que estamos por la defensa de la patria, porque ahora tenemos esta patria, de la que hemos expulsado a los Kérenski y a los Chernov, porque hemos anulado los tratados secretos, hemos aplastado a la burguesía, aún mal, pero aprenderemos a hacerlo mejor.

Camaradas, hay otra diferencia aún más importante entre la situación del pueblo ruso, que ha sufrido las más duras derrotas de los conquistadores de Alemania, y el pueblo alemán, hay una diferencia inmensa, sobre la cual hay que hablar, aunque lo he hecho brevemente en la parte anterior de mi discurso. Camaradas, cuando el pueblo alemán, hace más de cien años, cayó en el período de las más duras guerras de conquista, en el período en que tuvo que retroceder y firmar una paz vergonzosa tras otra, antes de que el pueblo alemán despertara, entonces la cosa era así: el pueblo alemán era sólo débil y atrasado, sólo eso. Frente a él no estaba solo la fuerza militar y la potencia del conquistador Napoleón, frente a él estaba un país que era superior a él en el aspecto revolucionario y político, superior en todos los aspectos a Alemania, que se había elevado inconmensurablemente por encima de los demás países, que había dicho la última palabra. Era inconmensurablemente superior a un pueblo que vegetaba en la sumisión a los imperialistas y los terratenientes. Un pueblo que era, repito, solo un pueblo débil y atrasado, supo aprender de las amargas lecciones y elevarse. Nosotros estamos en mejor situación: no somos sólo un pueblo débil y no sólo un pueblo atrasado, somos el pueblo que ha sabido —no gracias a méritos especiales ni prescripciones históricas, sino gracias a una especial concatenación de circunstancias históricas— asumir el honor de alzar la bandera de la revolución socialista internacional. (Aplausos.)

Sé perfectamente, camaradas, y lo he dicho abiertamente más de una vez, que esta bandera está en manos débiles, y no la sostendrán los obreros del país más atrasado si no acuden en su ayuda los obreros de todos los países avanzados. Las transformaciones socialistas que hemos realizado son en mucho imperfectas, débiles e insuficientes: serán una indicación para los obreros avanzados de Europa occidental, que se dirán a sí mismos: «Los rusos no han comenzado la cosa como había que comenzarla», pero lo importante es que nuestro pueblo, en relación con el pueblo alemán, no es solo un pueblo débil y no solo un pueblo atrasado, sino un pueblo que ha alzado la bandera de la revolución. Si la burguesía de cualquier país llena todas las columnas de sus publicaciones de calumnias contra los bolcheviques, si en este sentido se funden las voces de la prensa de los imperialistas de Francia, Inglaterra, Alemania, etc., denigrando a los bolcheviques, no hay un solo país donde se pueda convocar una reunión de obreros y donde los nombres y las consignas de nuestro poder socialista provoquen explosiones de indignación. (Una voz: «¡Mentira!».) No, no es mentira, sino verdad, y todo el que haya estado en Alemania, en Austria, en Suiza y en América en los últimos meses os dirá que eso no es mentira, sino verdad, que el mayor entusiasmo acogen entre los obreros los nombres y las consignas de los representantes del Poder soviético en Rusia, que, pese a toda la mentira de la burguesía de Alemania, Francia, etc., las masas obreras han comprendido que, por débiles que seamos, aquí, en Rusia, se está haciendo su propia causa. Sí, nuestro pueblo debe soportar la carga pesadísima que ha echado sobre sus hombros, pero un pueblo que ha sabido crear el Poder soviético no puede perecer. Y repito: ni un solo socialista consciente, ni un solo obrero que reflexione sobre la historia de la revolución puede refutar que, con todas las insuficiencias del Poder soviético —que conozco demasiado y aprecio perfectamente—, el Poder soviético es el tipo superior de Estado, la continuación directa de la Comuna de París. Ha dado un paso adelante respecto a las demás revoluciones europeas, y por eso no estamos en condiciones tan penosas como el pueblo alemán hace cien años; el cambio en este aspecto de fuerzas entre los depredadores y el aprovechamiento de los conflictos y la satisfacción de las exigencias del depredador Napoleón, del depredador Alejandro I, de los depredadores de la monarquía inglesa —sólo eso quedaba entonces como única oportunidad a los oprimidos por el régimen de servidumbre— y, sin embargo, el pueblo alemán no sucumbió por la Paz de Tilsit. Y nosotros, repito, estamos en mejores condiciones, ya que tenemos un aliado grandísimo en todos los países de Europa occidental: el proletariado socialista internacional, que está con nosotros, dígase lo que se diga por parte de nuestros adversarios. (Aplausos.) Sí, a este aliado no le es fácil levantar su voz, como no nos fue fácil a nosotros hacerlo hasta fines de febrero de 1917. Este aliado vive en la clandestinidad, en las condiciones de una prisión de trabajos forzados en que han sido convertidos todos los países imperialistas, pero él nos conoce y comprende nuestra causa; le es difícil moverse para venir en nuestra ayuda, por eso las tropas soviéticas necesitan mucho tiempo y mucha paciencia y duras pruebas para esperar ese tiempo, nosotros preservaremos las menores oportunidades para demorar el tiempo, pues el tiempo trabaja para nosotros. Nuestra causa se fortalece, las fuerzas de los imperialistas se debilitan y, sean cuales fueren las pruebas y derrotas de la paz «de Tilsit», iniciamos la táctica de retirada y, repito una vez más: no hay duda de que tanto el proletariado consciente como los campesinos conscientes están con nosotros, y sabremos no sólo avanzar heroicamente, sino también retroceder heroicamente, y esperaremos a que el proletariado socialista internacional venga en ayuda, y comenzaremos la segunda revolución socialista ya en escala mundial. (Aplausos.)