El informe político podría consistir en una enumeración de las medidas del Comité Central, pero para el momento actual no es necesario un informe de ese tipo, sino un esbozo de nuestra revolución en su conjunto; solo él puede dar una fundamentación verdaderamente marxista a todas nuestras decisiones. Debemos examinar todo el curso anterior del desarrollo de la revolución y dilucidar por qué su desarrollo ulterior cambió. En nuestra revolución tenemos tales virajes que tendrán una importancia enorme para la revolución internacional, a saber: la Revolución de Octubre.

Los primeros éxitos de la Revolución de Febrero obedecieron a que al proletariado no solo lo seguía la masa campesina, sino también la burguesía. De ahí la facilidad de la victoria sobre el zarismo, cosa que no logramos alcanzar en 1905. La creación espontánea, por propia iniciativa, de los Soviets de diputados obreros en la Revolución de Febrero repitió la experiencia de 1905 – tuvimos que proclamar el principio del poder soviético. Las masas aprendían las tareas de la revolución a partir de su propia experiencia de lucha. Los acontecimientos del 20-21 de abril – una combinación singular de manifestación con algo parecido a una insurrección armada. Esto fue suficiente para la caída del gobierno burgués. Comienza una larga política conciliadora, que se deriva de la esencia misma del gobierno pequeño burgués que llegó al poder. Los acontecimientos de julio no podían aún realizar la dictadura del proletariado – las masas no estaban todavía preparadas. Por eso ninguna de las organizaciones responsables las llamó a ello. Pero en el sentido de un reconocimiento en el campo enemigo, los acontecimientos de julio tuvieron una importancia enorme. El Kornilovismo y los acontecimientos posteriores, como lecciones prácticas, hicieron posible la victoria de octubre. El error de quienes querían compartir el poder también en octubre{2} – consiste en que no vincularon la victoria de octubre con las jornadas de julio, la ofensiva, el kornilovismo, etc., etc., lo que llevó a las masas de muchos millones a la conciencia de que el poder soviético se había vuelto inevitable. A continuación viene nuestra marcha triunfal por toda Rusia, acompañada del afán de todos por la paz. Sabemos que con la negativa unilateral a la guerra no obtendremos la paz; esto lo señalamos ya en la Conferencia de Abril[1]. Los soldados comprendieron tan claramente en la época de abril a octubre que la política conciliadora solo alarga la guerra, conduce a los intentos salvajes y sin sentido de los imperialistas de atacar, de enredarse aún más en una guerra que se prolongará durante años. Sobre esta base era necesario a toda costa pasar lo antes posible a una política activa de paz, era necesario tomar el poder en manos de los Soviets, barrer por completo la propiedad terrateniente. Ustedes saben que no solo Kerenski la apoyaba, sino también Avkséntiev, llegando incluso a arrestar a miembros de los comités agrarios. Y he aquí que esta política, esta consigna "todo el poder a los Soviets", inculcada por nosotros en la conciencia de las más amplias masas populares, nos dio la posibilidad de vencer tan fácilmente en octubre en Petersburgo, convirtió los últimos meses de la revolución rusa en una única marcha triunfal ininterrumpida.

La guerra civil se convirtió en un hecho. Lo que nosotros predijimos al comienzo de la revolución e incluso al comienzo de la guerra, y que entonces en una parte considerable de los círculos socialistas fue recibido con desconfianza o incluso con burla, precisamente la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, el 25 de octubre de 1917 se convirtió en un hecho para uno de los países más grandes y más atrasados que participaban en la guerra. En esta guerra civil, la abrumadora mayoría de la población estuvo de nuestro lado, y en consecuencia la victoria nos llegó con una facilidad extraordinaria.

Las tropas que se retiraban del frente llevaban consigo, a dondequiera que llegaban, el máximo de decisión revolucionaria para acabar con el conciliacionismo, y los elementos conciliadores, la guardia blanca, los hijitos de los terratenientes, se vieron privados de todo apoyo en la población. La guerra contra ellos, con el paso al lado de los bolcheviques de amplias masas y unidades militares que avanzaban contra nosotros, se transformó gradualmente en una marcha triunfal victoriosa de la revolución. Esto lo vimos en Petersburgo, en el frente de Gátchina, donde los cosacos, a quienes Kerenski y Krasnov intentaban llevar contra la capital roja, vacilaron; lo vimos luego en Moscú, en Oremburgo, en Ucrania. Por toda Rusia se alzaba la ola de la guerra civil, y en todas partes vencíamos con una facilidad extraordinaria precisamente porque el fruto había madurado, porque las masas ya habían recorrido toda la experiencia del conciliacionismo con la burguesía. Nuestra consigna "Todo el poder a los Soviets", verificada prácticamente por las masas a través de una larga experiencia histórica, se había convertido en su carne y su sangre.

Por eso los primeros meses de la revolución rusa después del 25 de octubre de 1917 fueron una marcha triunfal ininterrumpida. Detrás de esta marcha triunfal ininterrumpida se olvidaban, se relegaban a un segundo plano las dificultades con las que la revolución socialista tropezó de inmediato y no podía dejar de tropezar. Una de las diferencias fundamentales entre la revolución burguesa y la socialista consiste en que para la revolución burguesa, que surge del feudalismo, en las entrañas del viejo régimen se crean gradualmente nuevas organizaciones económicas que modifican paulatinamente todos los aspectos de la sociedad feudal. Ante la revolución burguesa había solo una tarea: barrer, arrojar, destruir todas las trabas de la sociedad anterior. Al cumplir esta tarea, toda revolución burguesa cumple todo lo que se requiere de ella: intensifica el crecimiento del capitalismo.

En una situación completamente diferente se encuentra la revolución socialista. Cuanto más atrasado es el país al que, debido a los zigzags de la historia, le ha tocado iniciar la revolución socialista, tanto más difícil le resulta la transición de las viejas relaciones capitalistas a las socialistas. Aquí, a las tareas de destrucción se añaden nuevas tareas, de una dificultad inaudita: las tareas organizativas. Si la creatividad popular de la revolución rusa, que pasó por la gran experiencia de 1905, no hubiera creado los Soviets ya en febrero de 1917, en ningún caso podrían haber tomado el poder en octubre, ya que el éxito dependía únicamente de la existencia de formas organizativas ya preparadas del movimiento que abarcaba a millones. Esta forma preparada fueron los Soviets, y por eso en el terreno político nos esperaban esos brillantes éxitos, esa marcha triunfal ininterrumpida que vivimos, porque la nueva forma de poder político estaba lista y solo nos quedaba, mediante algunos decretos, transformar el poder de los Soviets del estado embrionario en que se encontraba en los primeros meses de la revolución, en la forma legalmente reconocida, consolidada en el Estado ruso: la República Soviética Rusa. Nació de inmediato, nació tan fácilmente porque en febrero de 1917 las masas crearon los Soviets, incluso antes de que cualquier partido hubiera logrado proclamar esta consigna. La más profunda creatividad popular, que pasó por la amarga experiencia de 1905, aleccionada por ella, he aquí quién creó esta forma de poder proletario. La tarea de vencer al enemigo interno fue una tarea sumamente fácil. La tarea de crear el poder político fue sumamente fácil, porque las masas nos dieron el esqueleto, la base de este poder. La República de los Soviets nació de inmediato. Pero quedaban aún dos tareas de gigantesca dificultad, cuya solución de ningún modo podía ser esa marcha triunfal con la que avanzó nuestra revolución en los primeros meses – no teníamos ni podíamos tener duda de que en adelante la revolución socialista se enfrentaría a tareas de gigantesca dificultad.

En primer lugar, estaban las tareas de organización interna, que se presentan ante toda revolución socialista. La diferencia entre la revolución socialista y la burguesa consiste precisamente en que en el segundo caso existen formas preparadas de las relaciones capitalistas, mientras que el poder soviético –proletario– no recibe estas relaciones preparadas, si no se toman las formas más desarrolladas del capitalismo, que, en esencia, abarcaban solo las cúpulas de la industria y afectaban muy poco a la agricultura. La organización de la contabilidad, el control sobre las empresas más grandes, la transformación de todo el mecanismo económico estatal en una sola gran máquina, en un organismo económico que funcione de modo que cientos de millones de personas se guíen por un solo plan – he aquí la gigantesca tarea organizativa que recayó sobre nuestros hombros. Según las condiciones actuales del trabajo, de ningún modo admitía una solución "al asalto", como pudimos resolver las tareas de la guerra civil. Esta solución no la admitía la esencia misma del asunto. Si vencimos tan fácilmente a nuestros kaledinitas y creamos la República Soviética con una resistencia que ni siquiera merecía seria atención, tal curso de los acontecimientos estaba predeterminado por todo el desarrollo objetivo anterior, de modo que solo quedaba decir la última palabra, cambiar el cartel, en lugar de "el Soviet existe como organización profesional" escribir: "el Soviet es la única forma de poder estatal" – las cosas no eran en absoluto así en lo que respecta a las tareas organizativas. Aquí encontramos gigantescas dificultades. Aquí quedó claro de inmediato para todos los que quisieran reflexionar atentamente sobre las tareas de nuestra revolución que solo mediante un camino difícil y largo de autodisciplina se puede vencer la descomposición que la guerra introdujo en la sociedad capitalista, solo mediante un camino extraordinariamente difícil, largo y tenaz podemos superar esta descomposición y vencer a aquellos elementos que la aumentan, que veían la revolución como un modo de librarse de las viejas ataduras, arrancando de ella lo que se pudiera. La aparición de estos elementos en gran número era inevitable en un país de pequeños campesinos en un momento de increíble desastre, y contra ellos nos espera una lucha cien veces más difícil, que no promete ninguna posición espectacular – una lucha que apenas hemos comenzado. Estamos en el primer peldaño de esta lucha. Aquí nos esperan duras pruebas. Aquí, por la situación objetiva, de ningún modo podremos limitarnos a una marcha triunfal con banderas desplegadas, como íbamos contra los kaledinitas. Cualquiera que intentara trasladar este método de lucha a las tareas organizativas que se presentan en el camino de la revolución, resultaría un completo fracasado como político, como socialista, como militante de la revolución socialista.

Y lo mismo le esperaba a algunos de nuestros jóvenes camaradas, entusiasmados por la marcha triunfal inicial de la revolución, cuando ante esta se presentó, concretamente, la segunda de las gigantescas dificultades que recayeron sobre sus hombros: la cuestión internacional. Si nos las arreglamos tan fácilmente con las bandas de Kerenski, si creamos tan fácilmente el poder en nuestro país, si obtuvimos sin el menor esfuerzo el decreto sobre la socialización de la tierra, el control obrero, – si obtuvimos todo esto tan fácilmente, fue solo porque condiciones afortunadamente dadas nos cubrieron por un breve momento del imperialismo internacional. El imperialismo internacional, con toda la potencia de su capital, con su técnica militar altamente organizada, que representa la fuerza real, la fortaleza real del capital internacional, de ningún modo, bajo ninguna condición podía coexistir junto a la república soviética, tanto por su situación objetiva como por los intereses económicos de la clase capitalista que estaba encarnada en él – no podía en virtud de los lazos comerciales, de las relaciones financieras internacionales. Aquí el conflicto es inevitable. Aquí está la mayor dificultad de la revolución rusa, su mayor problema histórico: la necesidad de resolver las tareas internacionales, la necesidad de provocar la revolución internacional, realizar esta transición de nuestra revolución, como nacionalmente estrecha, a la mundial. Esta tarea se nos presentó en toda su increíble dificultad. Repito que muchos de nuestros jóvenes amigos, que se consideran de izquierda, comenzaron a olvidar lo más importante, a saber: por qué durante semanas y meses del mayor triunfo después de Octubre tuvimos la posibilidad de una transición tan fácil de triunfo en triunfo. Sin embargo, esto fue solo porque la coyuntura internacional especialmente configurada nos cubrió temporalmente del imperialismo. Él no estaba para nosotros. A nosotros nos pareció que tampoco nosotros estábamos para el imperialismo. Y a los imperialistas individuales no les era posible ocuparse de nosotros solo porque toda la gigantesca fuerza sociopolítica y militar del imperialismo mundial moderno resultó en ese momento dividida por una guerra intestina en dos grupos. Los depredadores imperialistas, envueltos en esta lucha, llegaron a límites increíbles, a un agarre mortal, hasta el punto de que ninguno de estos grupos podía concentrar una fuerza medianamente seria contra la revolución rusa. Nos encontramos justo en ese momento en octubre: nuestra revolución cayó justo – es paradójico, pero es cierto – en un momento afortunado, cuando calamidades inauditas se abatieron sobre la inmensa mayoría de los países imperialistas en forma de aniquilación de millones de personas, cuando la guerra había agotado a los pueblos con calamidades inauditas, cuando en el cuarto año de guerra los países beligerantes llegaron a un callejón sin salida, a una encrucijada, cuando se plantó objetivamente la cuestión: ¿podrán seguir guerreando los pueblos llevados a tal estado? Solo gracias a que nuestra revolución cayó en este momento afortunado, cuando ninguno de los dos grupos gigantescos de depredadores podía inmediatamente ni lanzarse uno contra el otro ni unirse contra nosotros – solo de este momento de las relaciones políticas y económicas internacionales pudo aprovecharse y se aprovechó nuestra revolución para realizar esta brillante marcha triunfal en la Rusia europea, extenderse a Finlandia, comenzar a conquistar el Cáucaso, Rumania. Solo esto explica que en los círculos avanzados de nuestro partido surgieran militantes del partido, intelectuales superhombres, que se dejaron arrastrar por esta marcha triunfal, que dijeron: con el imperialismo internacional nos las arreglaremos; allí también habrá una marcha triunfal, allí no hay verdadera dificultad. Aquí está la divergencia entre la situación objetiva de la revolución rusa, que solo aprovechó una pausa temporal del imperialismo internacional, ya que temporalmente se atascó la máquina que debía moverse contra nosotros, como un tren se mueve contra una carretilla y la destroza – y la máquina se atascó porque chocaron dos grupos de depredadores. Allí y aquí crecía el movimiento revolucionario, pero en todos los países imperialistas sin excepción se encontraba en la mayoría de los casos aún en etapa inicial. Su ritmo de desarrollo era completamente distinto al nuestro. Para cualquiera que hubiera reflexionado sobre las premisas económicas de la revolución socialista en Europa, no podía dejar de estar claro que en Europa es inconmensurablemente más difícil comenzar, mientras que en nosotros es inconmensurablemente más fácil comenzar, pero será más difícil continuar la revolución que allí. Esta situación objetiva creó que nos esperaba un viraje extraordinariamente difícil y brusco en la historia. Desde la marcha triunfal ininterrumpida en octubre, noviembre, diciembre en nuestro frente interno, contra nuestra contrarrevolución, contra los enemigos del poder soviético, nos esperaba el paso a un choque con el verdadero imperialismo internacional en su verdadera actitud hostil hacia nosotros. Del período de marcha triunfal esperaba el paso a un período de situación extraordinariamente difícil y pesada, de la cual librarse con palabras, con consignas brillantes – por muy agradable que fuera – ciertamente no se puede, porque teníamos en nuestro país desorganizado masas increíblemente cansadas, que llegaron a tal situación que guerrear más de ningún modo es posible, que están quebrantadas por una dolorosa guerra de tres años hasta el punto de ser llevadas a un estado de completa inutilidad militar. Ya antes de la Revolución de Octubre veíamos a representantes de las masas de soldados, que no pertenecían al partido bolchevique, que no dudaban en decir la verdad ante toda la burguesía, consistente en que el ejército ruso no iba a guerrear. Este estado del ejército creó una crisis gigantesca. El país, pequeño campesino en su composición, desorganizado por la guerra, llevado por ella a un estado inaudito, se encuentra en una situación extraordinariamente difícil: no tenemos ejército, y tenemos que seguir viviendo junto a un depredador que está armado hasta los dientes, que aún seguía y sigue siendo un depredador y al que, por supuesto, con agitación sobre una paz sin anexiones ni contribuciones no se podía convencer. Yacía una mansa bestia doméstica junto a un tigre y lo convencía de que hubiera paz sin anexiones ni contribuciones, mientras que esto último solo podía lograrse atacando al tigre. De esta perspectiva, las cúpulas de nuestro partido – la intelectualidad y una parte de las organizaciones obreras – intentaron librarse ante todo con frases, con excusas: así no debe ser. Esta paz era una perspectiva demasiado increíble para que nosotros, que hasta ahora habíamos ido a la lucha abierta con banderas desplegadas, que tomábamos a gritos a todos los enemigos, pudiéramos ceder, aceptar condiciones humillantes. Nunca. Somos demasiado orgullosos revolucionarios, ante todo declaramos: "El alemán no podrá atacar"{3}. Tal fue la primera excusa con la que se consolaban estas personas. La historia nos ha colocado ahora en una situación extraordinariamente difícil; toca, con un trabajo organizativo increíblemente difícil, pasar por una serie de dolorosas derrotas. Si se mira en una escala histórico-mundial, no cabe la menor duda de que la victoria final de nuestra revolución, si permaneciera sola, si no hubiera movimiento revolucionario en otros países, sería desesperanzadora. Si tomamos todo el asunto en manos de un solo partido bolchevique, lo tomamos sobre nosotros, estando convencidos de que la revolución madura en todos los países, y, al fin y al cabo – y no al principio de los principios –, cualesquiera dificultades que vivamos, cualesquiera derrotas que nos estén destinadas, la revolución socialista internacional llegará – porque viene; madurará – porque madura, y madurará. Nuestra salvación de todas estas dificultades – repito – está en la revolución paneuropea. Partiendo de esta verdad, una verdad completamente abstracta, y guiándonos por ella, debemos vigilar que no se convierta con el tiempo en una frase, porque toda verdad abstracta, si la aplicas sin ningún análisis, se convierte en frase. Si dices que detrás de cada huelga se esconde la hidra de la revolución, quien no lo entienda no es socialista – eso es cierto. Sí, detrás de cada huelga se esconde la revolución socialista. Pero si dices que cada huelga dada es un paso inmediato hacia la revolución socialista, dices una frase vacía. Esto "cada santo día en este lugar" lo hemos oído y nos hemos hartado tanto que los obreros han desechado todas esas frases anarquistas, porque tan indudable como que detrás de cada huelga se esconde la hidra de la revolución socialista, igualmente claro es que es una bagatela la afirmación de que desde cada huelga se puede pasar a la revolución. Tan indiscutible como que todas las dificultades de nuestra revolución serán superadas solo cuando madure la revolución socialista mundial, que ahora madura en todas partes – tan completamente absurda es la afirmación de que cada dificultad concreta de hoy de nuestra revolución debemos esconderla, diciendo: "Apuesto por el movimiento socialista internacional – puedo hacer cualquier estupidez". "Liebknecht nos salvará porque de todos modos vencerá". Él dará una organización tan magnífica, trazará todo de antemano de modo que tomemos formas preparadas, como tomamos la doctrina marxista ya preparada en Europa Occidental – y gracias a lo cual venció entre nosotros, quizás en unos meses, mientras que para su victoria en Europa Occidental se requerían decenas de años. Por lo tanto, es una aventura completamente inútil trasladar el viejo método de resolver la cuestión mediante la lucha de marcha triunfal al nuevo período histórico que ha llegado, que nos ha puesto delante no a los podridos Kerenski y Kornílov, sino al depredador internacional: el imperialismo de Alemania, donde la revolución solo maduraba, pero de antemano no había madurado. Tal aventura fue la afirmación de que el enemigo contra la revolución no se atrevería a atacar. Las negociaciones de Brest{4} no representaban aún el momento en que debíamos aceptar cualesquiera condiciones de paz. La correlación objetiva de fuerzas correspondía a que la obtención de una tregua sería poca. Las negociaciones de Brest debían mostrar que el alemán atacará, que la sociedad alemana no está tan preñada de revolución que esta pueda estallar ahora mismo, y no se puede culpar a los imperialistas alemanes de que con su conducta no hayan preparado aún esta explosión o, como dicen nuestros jóvenes amigos que se consideran de izquierda, tal situación en la que el alemán no pueda atacar. Cuando se les dice que no tenemos ejército, que nos vimos obligados a desmovilizarnos – nos vimos obligados, aunque no olvidamos en absoluto que cerca de nuestra mansa bestia doméstica yace un tigre –, no quieren entender. Si nos vimos obligados a desmovilizar el ejército, no olvidamos en absoluto que mediante una orden unilateral de clavar la bayoneta en la tierra no se puede terminar la guerra.

¿Cómo ocurrió en general que ninguna corriente, ninguna tendencia, ninguna organización de nuestro partido estuviera en contra de esta desmovilización? ¿Acaso nos hemos vuelto completamente locos? En absoluto. Los oficiales, no bolcheviques, decían ya antes de Octubre que el ejército no puede guerrear, que no se le puede retener en el frente ni unas semanas. Esto después de Octubre se hizo evidente para cualquiera que quisiera ver el hecho, la amarga y desagradable realidad, y no esconderse o echarse el gorro sobre los ojos y librarse con frases orgullosas. No hay ejército, es imposible retenerlo. Lo mejor que se puede hacer es desmovilizarlo lo antes posible. Es una parte enferma del organismo, que experimentó sufrimientos inauditos, atormentada por las privaciones de la guerra, en la que entró técnicamente no preparada y salió en tal estado que ante cualquier ataque cae en pánico. No se puede culpar por ello a personas que soportaron tales sufrimientos inauditos. En cientos de resoluciones, con total franqueza, incluso durante el primer período de la revolución rusa, los soldados decían: "Nos hemos ahogado en sangre, no podemos guerrear". Se podía retrasar artificialmente el fin de la guerra, se podía realizar el engaño de Kerenski, se podía aplazar el fin unas semanas, pero la realidad objetiva se abría paso. Esta es una parte enferma del organismo estatal ruso, que no puede soportar más las cargas de esta guerra. Cuanto antes la desmovilicemos, antes se reabsorberá entre las partes aún no tan enfermas, antes podrá el país estar listo para nuevas duras pruebas. Eso es lo que sentíamos cuando aprobamos por unanimidad, sin la menor protesta, esta decisión, absurda desde el punto de vista de los acontecimientos externos: desmovilizar el ejército. Este fue un paso correcto. Decíamos que retener el ejército es una ilusión frívola. Cuanto antes desmovilicemos el ejército, antes comenzará el saneamiento de todo el organismo social en su conjunto. Por eso fue un error tan profundo, una amarga sobrevaloración de los acontecimientos, la frase revolucionaria: "El alemán no puede atacar", de la que se derivaba otra: "Podemos declarar terminado el estado de guerra. Ni guerra ni firma de la paz". Pero ¿y si el alemán ataca? "No, no podrá atacar". ¿Y ustedes tienen derecho a apostar no el destino de la revolución internacional, sino la cuestión concreta de si no resultarán cómplices del imperialismo alemán cuando ese momento llegue? Pero nosotros, todos convertidos desde octubre de 1917 en defensistas, que reconocemos la defensa de la patria – todos sabemos que rompimos con los imperialistas no de palabra, sino de hecho: destruimos los tratados secretos{5}, vencimos a la burguesía en nuestro país y propusimos una paz abierta y honesta, de modo que todos los pueblos pudieran ver de hecho todas nuestras intenciones. ¿Cómo podían personas que toman en serio el punto de vista de la defensa de la República soviética embarcarse en esta aventura, que ya ha dado sus frutos? Y esto es un hecho, porque la grave crisis que atraviesa nuestro partido con motivo de la formación en él de la oposición de "izquierda" es una de las mayores crisis que está viviendo la revolución rusa.

Esta crisis será superada. De ningún modo nuestro partido, ni nuestra revolución se romperán el cuello con ella, aunque en el momento dado estuvo muy cerca, muy posible. La garantía de que no nos romperemos el cuello en esta cuestión es que, en lugar del viejo modo de resolver las divergencias fraccionales, el viejo modo que consistía en una cantidad extraordinaria de literatura, discusiones, una cantidad suficiente de escisiones – en lugar de este viejo modo, los acontecimientos han traído a la gente un nuevo modo de aprender. Este modo es la verificación de todo por los hechos, los acontecimientos, las lecciones de la historia mundial. Ustedes dicen que el alemán no puede atacar. De su táctica se derivaba que se puede declarar terminado el estado de guerra. La historia les ha dado una lección, ha refutado esta ilusión. Sí, la revolución alemana crece, pero no como nos gustaría, no con la rapidez que a los intelectuales rusos les agrada, no con el ritmo que nuestra historia elaboró en octubre – cuando llegamos a cualquier ciudad, proclamamos el poder soviético, y nueve décimas partes de los obreros vienen a nosotros al cabo de unos días. La revolución alemana tiene la desgracia de no ir tan rápido. ¿Y quién debe contar con quién: nosotros con ella o ella con nosotros? Ustedes quisieron que ella contara con ustedes, y la historia les ha dado una lección. Esto es una lección, porque es absolutamente cierto que sin la revolución alemana estamos perdidos – quizás no en Petersburgo, no en Moscú, sino en Vladivostok, en lugares aún más lejanos, a los que quizás nos toque trasladarnos y hasta los cuales la distancia sea quizás aún mayor que la distancia de Petrogrado a Moscú, pero en todo caso, ante todas las peripecias imaginables, si la revolución alemana no llega, – estamos perdidos. Sin embargo, esto no vacila ni una gota nuestra certeza de que debemos saber soportar la situación más difícil sin fanfarronería.

La revolución no llegará tan pronto como esperábamos. La historia lo ha demostrado, hay que saber tomarlo como un hecho, hay que saber contar con que la revolución socialista mundial en los países avanzados no puede comenzar tan fácilmente como comenzó la revolución en Rusia – el país de Nicolás y Rasputín, donde a una enorme parte de la población le daba completamente igual qué pueblos vivían en las afueras, qué ocurría allí. En un país así comenzar la revolución fue fácil, significaba levantar una pluma.

Pero comenzar sin preparación la revolución en un país donde se desarrolló el capitalismo, que dio cultura democrática y organización al último hombre, – es incorrecto, es absurdo. Aquí apenas nos acercamos al doloroso período del comienzo de las revoluciones socialistas. Esto es un hecho. No sabemos, nadie sabe, quizás – es perfectamente posible – venza en unas semanas, incluso en unos días, pero esto no se puede apostar. Hay que estar preparados para dificultades extraordinarias, para derrotas extraordinariamente duras, que son inevitables, porque en Europa la revolución aún no ha comenzado, aunque puede comenzar mañana, y cuando comience, por supuesto, no nos atormentarán nuestras dudas, no habrá cuestiones sobre la guerra revolucionaria, sino que será una única marcha triunfal ininterrumpida. Esto será, será inevitablemente, pero aún no está. He aquí el simple hecho que la historia nos ha enseñado, con el que nos ha golpeado muy dolorosamente – y al golpeado, dos no golpeados le dan. Por eso considero que, después de que la historia nos ha golpeado muy dolorosamente con esta esperanza – de que el alemán no podrá atacar y se puede atacar "al asalto" –, esta lección entrará, gracias a nuestras organizaciones soviéticas, en la conciencia de las masas de toda la Rusia soviética muy rápidamente. Todas se agitan, se reúnen, se preparan para el congreso, emiten resoluciones, reflexionan sobre lo ocurrido. Entre nosotros no ocurren las viejas disputas prerrevolucionarias, que permanecían dentro de estrechos círculos del partido, sino que todas las decisiones se someten a discusión de las masas, que exigen su verificación por la experiencia, por los hechos, que nunca se dejan arrastrar por discursos fáciles, nunca se dejan desviar del camino prescrito por el curso objetivo de los acontecimientos. Por supuesto, de las dificultades que tenemos ante nosotros se puede hablar por hablar, si se tiene ante sí a un intelectual o a un bolchevique de izquierda: él, claro, puede hablar por hablar de las cuestiones de que no hay ejército, de que la revolución en Alemania no llega. Las masas millonarias – y la política comienza allí donde hay millones; no allí donde hay miles, sino allí donde hay millones, solo allí comienza la política seria – los millones saben lo que es el ejército, han visto a los soldados que regresan del frente. Ellos saben – si se toman no a personas aisladas, sino a la masa real – que no podemos guerrear, que todo hombre en el frente ha soportado todo lo concebible. La masa ha comprendido la verdad de que si no hay ejército y a tu lado yace un depredador, entonces tendrás que firmar un tratado de paz durísimo y humillante. Esto es inevitable mientras no nazca la revolución, mientras no sanes a tu ejército, mientras no lo devuelvas a sus hogares. Hasta entonces el enfermo no sanará. Y al depredador alemán no lo tomaremos "al asalto", no lo derribaremos como derribamos a Kerenski, a Kornílov. He aquí la lección que las masas extrajeron sin las reservas que algunos intentaron presentarles, deseando librarse de la amarga realidad. Primero, una marcha triunfal ininterrumpida en octubre, noviembre – luego, de repente, la revolución rusa es derrotada en unas semanas por el depredador alemán, la revolución rusa está dispuesta a aceptar las condiciones de un tratado depredador. Sí, los virajes de la historia son muy duros – todos esos virajes son duros entre nosotros. Cuando en 1907 firmamos un tratado interno inauditamente vergonzoso con Stolypin, cuando nos vimos obligados a pasar por el chiquero de la Duma de Stolypin, asumimos obligaciones, firmando papeles monárquicos{6}, vivimos lo mismo en pequeña escala, en comparación con el actual. Entonces, personas pertenecientes a la mejor vanguardia de la revolución decían (también ellos no tenían sombra de duda en su razón): "Somos orgullosos revolucionarios, creemos en la revolución rusa, nunca iremos a las instituciones legales de Stolypin". Irán. La vida de las masas, la historia – es más fuerte que sus aseveraciones. Si no van, la historia los obligará. Eran izquierdistas muy acérrimos, de los cuales, al primer viraje de la historia, no quedó nada como fracción, excepto humo. Si logramos seguir siendo revolucionarios, trabajar en condiciones penosas y salir de esta situación de nuevo, lograremos salir ahora también, porque esto no es un capricho nuestro, porque es una necesidad objetiva que, en un país arruinado hasta el último extremo, se ha creado porque la revolución europea, contra nuestro deseo, se atrevió a retrasarse, y el imperialismo alemán, contra nuestro deseo, se atrevió a atacar.

Aquí hay que saber retroceder. No se puede cubrir con una frase la realidad increíblemente amarga y triste; hay que decir: Dios quiera retroceder en medio orden. No podemos retroceder en orden – Dios quiera retroceder en medio orden, ganar el menor intervalo de tiempo para que la parte enferma de nuestro organismo se reabsorba al menos algo. El organismo en su conjunto es sano: superará la enfermedad. Pero no se puede exigir que la supere de inmediato, al instante, no se puede detener a un ejército en fuga. Cuando a uno de nuestros jóvenes amigos, que deseaba ser de izquierda, le dije: camarada, vaya al frente, mire lo que ocurre allí en el ejército – esto fue tomado como una propuesta ofensiva: "nos quieren desterrar al exilio para que no hagamos aquí agitación por los grandes principios de la guerra revolucionaria". Al proponer esto, yo, francamente, no contaba con enviar a los enemigos fraccionales al exilio: era una propuesta para que vieran que el ejército había comenzado a huir de manera inaudita. Y antes lo sabíamos, y antes no se podía cerrar los ojos a que la descomposición había llegado a hechos inauditos, a la venta de nuestros cañones a los alemanes por una miseria. Esto lo sabíamos, como sabemos también que el ejército no se puede retener, y la excusa de que el alemán no atacará fue la mayor aventura. Si la revolución europea se ha retrasado en nacer, nos esperan las derrotas más duras, porque no tenemos ejército, porque no tenemos organización, porque estas dos tareas no se pueden resolver ahora mismo. Si no sabes adaptarte, no estás dispuesto a ir arrastrándote sobre el vientre, en el fango, entonces no eres un revolucionario, sino un charlatán, y no propongo ir así porque me guste, sino porque no hay otro camino, porque la historia no se ha desarrollado tan agradablemente que la revolución madure en todas partes simultáneamente.

Las cosas ocurren de modo que la guerra civil comenzó como un intento de choque con el imperialismo, que demostró que el imperialismo está completamente podrido y que los elementos proletarios se alzan dentro de cada ejército. Sí, veremos la revolución internacional mundial, pero por ahora es un cuento muy bueno, un cuento muy bonito – comprendo perfectamente que los niños son propensos a amar los cuentos bonitos. Pero pregunto: ¿es propio de un revolucionario serio creer en cuentos? En todo cuento hay elementos de realidad: si presentáran a los niños un cuento donde el gallo y el gato no hablan en lenguaje humano, no se interesarían por él. Exactamente igual, si al pueblo se le dice que la guerra civil en Alemania llegará, y al mismo tiempo se garantiza que en lugar del choque con el imperialismo habrá una revolución internacional de campo{7}, entonces el pueblo dirá que ustedes están engañando. Con eso solo pasan en su comprensión, en sus deseos, a través de las dificultades que la historia ha presentado. Está bien si el proletariado alemán está en condiciones de actuar. ¿Y ustedes lo han medido, han encontrado tal instrumento para determinar que la revolución alemana nacerá tal día? No, ustedes no lo saben, nosotros tampoco lo sabemos. Ustedes lo apuestan todo. Si la revolución nace – entonces todo está salvado. ¡Claro que sí! Pero si no se presenta como deseamos, resulta que no vence mañana – ¿entonces qué? Entonces la masa les dirá: ustedes actuaron como aventureros – apostaron por este feliz curso de los acontecimientos que no se produjo, resultaron no ser aptos para permanecer en la situación que resultó en lugar de la revolución internacional, que vendrá inevitablemente, pero que ahora aún no ha madurado.

Ha llegado el período de las derrotas más duras, infligidas por el imperialismo armado hasta los dientes a un país que desmovilizó su ejército, tuvo que desmovilizarse. Lo que yo predije se cumplió por completo: en lugar de la paz de Brest recibimos una paz mucho más humillante, por culpa de quienes no la aceptaron. Sabíamos que por culpa del ejército hacemos la paz con el imperialismo. Nos sentamos a la mesa junto a Hoffmann, no junto a Liebknecht – y con ello ayudamos a la revolución alemana. Y ahora ustedes ayudan al imperialismo alemán, porque entregaron sus riquezas millonarias – cañones, municiones – y esto debía predecirlo cualquiera que viera el estado del ejército, increíble hasta el dolor. Habríamos perecido al menor avance de los alemanes, inevitable e irremediablemente – esto lo decía todo hombre de conciencia del frente. Resultamos ser presa del enemigo en pocos días.

Habiendo recibido esta lección, superaremos nuestra escisión, nuestra crisis, por muy grave que sea esta enfermedad, porque nos vendrá en ayuda un aliado inconmensurablemente más seguro: la revolución mundial. Cuando nos hablan de la ratificación de esta paz de Tilsit{8}, una paz inaudita, más humillante, más depredadora que la de Brest, respondo: absolutamente, sí. Debemos hacerlo, porque miramos desde el punto de vista de las masas. El intento de trasladar la táctica de octubre-noviembre dentro de un solo país, de ese período triunfal de la revolución, trasladarla con la ayuda de nuestra fantasía al curso de los acontecimientos de la revolución mundial – este intento está condenado al fracaso. Cuando dicen que la tregua es una fantasía, cuando el periódico llamado "Comunista"{9} – debe ser por la comuna – cuando este periódico llena columna tras columna, tratando de refutar la teoría de la tregua, entonces yo digo: me ha tocado vivir muchos choques fraccionales, escisiones, así que tengo mucha práctica, pero debo decir que veo claramente que por el viejo modo – de las escisiones fraccionales del partido – esta enfermedad no será curada, porque la vida la curará antes. La vida avanza muy rápido. A este respecto actúa magníficamente. La historia empuja tan rápido su locomotora, que antes de que la redacción de "Comunista" alcance a editar el siguiente número, la mayoría de los obreros en Petersburgo comenzará a desilusionarse de sus ideas, porque la vida muestra que la tregua es un hecho. Ahora mismo firmamos la paz, tenemos una tregua, la aprovechamos para la defensa de la patria mejor – porque, si hubiéramos tenido guerra, habríamos tenido ese ejército en fuga presa del pánico que era necesario detener y que nuestros camaradas no pueden ni han podido detener, porque la guerra es más fuerte que las prédicas, que diez mil razonamientos. Si no comprendieron la situación objetiva, no pueden detener el ejército, no lo habrían detenido. Este ejército enfermo contagiaba a todo el organismo, y recibimos una nueva derrota inaudita, un nuevo golpe del imperialismo alemán a la revolución – un golpe duro, porque frívolamente nos dejamos sin ametralladoras bajo los golpes del imperialismo. Mientras tanto, aprovecharemos esta tregua para convencer al pueblo de unirse, de luchar, para decir a los obreros y campesinos rusos: "Cread autodisciplina, disciplina severa, de lo contrario yaceréis bajo el tacón de la bota alemana, como yacéis ahora, como inevitablemente yaceréis mientras el pueblo no aprenda a luchar, a crear un ejército capaz no de huir, sino de ir a sufrimientos inauditos". Esto es inevitable porque la revolución alemana aún no ha nacido y no se puede garantizar que llegue mañana.

Por eso la teoría de la tregua, que es completamente rechazada por los torrentes de artículos de "Comunista", es planteada por la vida misma. Cualquiera ve que la tregua es un hecho, que cualquiera se aprovecha de ella. Suponíamos que Petrogrado se perdería para nosotros en pocos días, cuando las tropas alemanas que se acercaban a nosotros estaban a pocas jornadas de marcha de él, y los mejores marineros y putilovitas, con todo su gran entusiasmo, resultaban estar solos, cuando se produjo un caos y un pánico inauditos, que hicieron que las tropas corrieran hasta Gátchina, cuando vivimos eso de que recuperábamos lo no entregado, y esto consistía en que un telegrafista llegaba a la estación, se sentaba ante el aparato y telegrafiaba: "No hay ningún alemán. La estación está ocupada por nosotros". Al cabo de unas horas, una llamada telefónica me comunicaba desde el Comisariado de Vías de Comunicación: "Está ocupada la siguiente estación, nos acercamos a Yamburg. No hay ningún alemán. El telegrafista ocupa su puesto". Eso es lo que vivíamos. He ahí la historia real de la guerra de once días{10}. Nos la describieron los marineros, los putilovitas, a quienes hay que llevar al congreso de los Soviets. Que ellos cuenten la verdad. Es una verdad terriblemente amarga, ofensiva, penosa, humillante, pero es cien veces más útil, es comprendida por el pueblo ruso.

Dejo que se entusiasmen con la revolución internacional de campo porque llegará. Todo llegará a su tiempo, y ahora dedíquense a la autodisciplina, sométanse a toda costa, para que haya un orden ejemplar, para que los obreros, al menos una hora al día, aprendan a luchar. Esto es un poco más difícil que dibujar un hermoso cuento. Esto es ahora, con esto ayudan a la revolución alemana, a la revolución internacional. Cuántos días de tregua nos han dado, no lo sabemos, pero nos la han dado. Hay que desmovilizar el ejército lo antes posible, porque es un órgano enfermo, y mientras tanto ayudaremos a la revolución finlandesa{11}.

Sí, por supuesto, violamos el tratado, ya lo hemos violado treinta o cuarenta veces. Solo los niños pueden no entender que en una época así, cuando llega el penoso y largo período de liberación, que acaba de crear, elevar el poder soviético a tres peldaños de su desarrollo – solo los niños pueden no entender que aquí debe haber una lucha larga y prudente. El vergonzoso tratado de paz provoca la insurrección, pero cuando los camaradas de "Comunista" disertan sobre la guerra, apelan al sentimiento, olvidando que a la gente se les apretaban los puños y tenían niños sangrantes ante los ojos. ¿Qué dicen? "Nunca un revolucionario consciente vivirá esto, no irá a esta vergüenza". Su periódico lleva el nombre de "Comunista", pero debería llevar el nombre de "Shliajticz", porque mira desde el punto de vista del shliajticz, que dijo, muriendo en una pose hermosa con la espada: "la paz es una vergüenza, la guerra es un honor". Ellos razonan desde el punto de vista del shliajticz, y yo – desde el punto de vista del campesino.

Si tomo la paz cuando el ejército huye, no puede dejar de huir, sin perder miles de personas, entonces la tomo para que no sea peor. ¿Acaso es vergonzoso el tratado? Pues a mí me justificará todo campesino y obrero serio porque entienden que la paz es un medio para acumular fuerzas. La historia conoce – a esto me he referido más de una vez – la historia conoce la liberación de los alemanes de Napoleón después de la paz de Tilsit; llamé adrede a la paz de Tilsit, aunque no firmamos lo que allí hubo: la obligación de dar nuestras tropas en ayuda del conquistador para conquistar a otros pueblos – y hasta eso ha llegado la historia, y hasta eso llegará también entre nosotros, si solo confiamos en la revolución internacional de campo. Cuidado que la historia no los lleve también a ustedes a esa forma de esclavitud militar. Y mientras la revolución socialista no haya vencido en todos los países, la República soviética puede caer en la esclavitud. Napoleón en Tilsit obligó a los alemanes a condiciones de paz inauditamente vergonzosas. Allí las cosas fueron tales que varias veces se firmó la paz. El Hoffmann de entonces – Napoleón – atrapaba a los alemanes por la violación de la paz, y a nosotros nos atrapará Hoffmann por lo mismo. Solo que procuraremos que atrape no pronto.

La última guerra ha dado una ciencia amarga, penosa, pero seria al pueblo ruso: organizarse, disciplinarse, someterse, crear tal disciplina que sea ejemplar. Aprended del alemán su disciplina, de lo contrario somos un pueblo perdido y yaceremos eternamente en la esclavitud.

Así, y solo así, ha ido la historia. La historia sugiere que la paz es una tregua para la guerra, la guerra es un modo de obtener una paz mejor o peor, siquiera sea un poco. En Brest, la correlación de fuerzas correspondía a una paz de vencido, pero no humillante. En Pskov, la correlación de fuerzas correspondía a una paz vergonzosa, más humillante, y en Petersburgo y en Moscú, en la etapa siguiente, nos impondrán una paz cuatro veces más humillante. No diremos que el poder soviético es solo una forma, como nos dijeron los jóvenes amigos moscovitas{12}, no diremos que por determinados principios revolucionarios se puede sacrificar el contenido, sino que diremos: que el pueblo ruso comprenda que debe disciplinarse, organizarse, entonces podrá soportar todas las paces de Tilsit. Toda la historia de las guerras de liberación nos muestra que si estas guerras involucraban a amplias masas, la liberación llegaba rápidamente. Decimos: si la historia va de este modo, nos toca cambiar la paz, regresar a la guerra – y esto, quizás, nos toque en días próximos. Cada persona debe estar preparada. No hay la menor sombra de duda para mí de que los alemanes se preparan tras Narva, si es verdad que no fue tomada, como dicen todos los periódicos; no en Narva, sino cerca de Narva; no en Pskov, sino cerca de Pskov los alemanes reúnen su ejército regular, sus ferrocarriles, para con el siguiente salto tomar Petrogrado. Esta bestia salta bien. Lo ha demostrado. Saltará otra vez. No hay la menor sombra de duda. Por lo tanto, hay que estar preparados, hay que saber no fanfarronear, sino tomar incluso un solo día de tregua, porque incluso un día se puede aprovechar para la evacuación de Petersburgo, cuya toma costará sufrimientos inauditos a cientos de miles de nuestros proletarios. Diré una vez más que estoy dispuesto a firmar y consideraré mi deber firmar un tratado veinte veces, cien veces más humillante, para obtener siquiera unos días para la evacuación de Petersburgo, porque alivio con ello los sufrimientos de los obreros, que de otro modo pueden caer bajo el yugo de los alemanes; facilito la salida de Petersburgo de aquellos materiales, pólvora, etc., que necesitamos, porque soy defensista, porque estoy por la preparación del ejército – aunque sea en la retaguardia más lejana, donde se cura ahora al actual ejército desmovilizado y enfermo.

No sabemos cómo será la tregua – intentaremos atrapar el momento. Quizás la tregua sea mayor, y quizás dure solo unos días. Todo puede ser, nadie lo sabe, no puede saberlo porque todas las grandes potencias están ligadas, limitadas, obligadas a luchar en varios frentes. La conducta de Hoffmann está determinada, por un lado, por la necesidad de derrotar a la República soviética, y por otro lado, por el hecho de que tiene guerra en toda una serie de frentes, y por un tercer lado, por el hecho de que en Alemania la revolución madura, crece, y Hoffmann lo sabe, no puede, como afirman, tomar en este mismo momento Petersburgo, tomar Moscú. Pero puede hacerlo mañana, es perfectamente posible. Repito que en un momento así, cuando el hecho de la enfermedad del ejército es evidente, cuando aprovechamos cada momento, a toda costa, aunque sea por un día de tregua, decimos que todo revolucionario serio, vinculado a las masas, que sabe lo que es la guerra, lo que es la masa, debe disciplinarla, debe curarla, tratar de levantarla para una nueva guerra – todo revolucionario así nos justificará, reconocerá como correcto cualquier tratado vergonzoso, porque esto último está en interés de la revolución proletaria y de la renovación de Rusia, de su liberación del órgano enfermo. Al firmar esta paz, como entiende todo hombre sensato, no detenemos nuestra revolución obrera; todo el mundo entiende que, al firmar la paz con los alemanes, no detenemos nuestra ayuda militar: enviamos a los finlandeses armas, pero no destacamentos, que resultan inútiles.

Quizás aceptemos la guerra; quizás mañana entreguemos también Moscú, y luego pasemos a la ofensiva: contra el ejército enemigo movamos nuestro ejército, si se produce ese viraje en el estado de ánimo popular que madura, para el cual quizás se necesite mucho tiempo, pero llegará, cuando las amplias masas digan no lo que dicen ahora. Me veo obligado a tomar aunque sea la paz más dura porque no puedo decirme a mí mismo ahora que ese tiempo ha llegado. Cuando llegue la hora de la renovación, todos lo sentirán, verán que el hombre ruso no es tonto; él ve, comprenderá que hay que abstenerse, que hay que llevar a cabo esta consigna – en esto consiste la tarea principal de nuestro congreso del partido y del congreso de los Soviets.

Hay que saber trabajar en el nuevo camino. Es inconmensurablemente más duro, pero no es en absoluto desesperanzador. No destruirá el poder soviético, si nosotros mismos no lo destruimos con una aventura estúpida. Llegará el momento en que el pueblo diga: no me dejaré atormentar más. Pero esto puede ocurrir si no vamos a esta aventura, sino que sabemos trabajar en condiciones duras, bajo un tratado inauditamente humillante que hemos firmado estos días, porque una sola guerra, un solo tratado de paz no resuelve una crisis histórica así. El pueblo alemán, por su organización monárquica, estaba atado en 1807, cuando firmó su paz de Tilsit, después de varias paces humillantes que se convertían en tregua para una nueva humillación y una nueva violación. La organización soviética de las masas facilitará nuestra tarea.

Nuestra consigna debe ser una sola: aprender el arte militar de verdad, introducir orden en los ferrocarriles. Sin ferrocarriles, la guerra revolucionaria socialista es la traición más perniciosa. Es necesario crear orden y es necesario crear toda esa energía, toda esa potencia que crearán lo mejor que hay en la revolución.

Atrapad la tregua, aunque sea por una hora, ya que os la han dado, para mantener el contacto con la retaguardia lejana, crear allí nuevos ejércitos. Dejad las ilusiones, por las que la vida os ha castigado y castigará aún más. Ante nosotros se dibuja una época de las derrotas más duras, está presente, hay que saber contar con ella, hay que estar preparados para un trabajo tenaz en condiciones ilegales, en condiciones de esclavitud manifiesta bajo los alemanes: no hay que adornar esto; es realmente la paz de Tilsit. Si logramos actuar así, entonces, a pesar de las derrotas, podemos decir con absoluta certeza que venceremos. (Aplausos.)

El breve reportaje periodístico fue impreso el 9 de marzo (24 de febrero) de 1918 en "Pravda" nº 45.