Camaradas, permitidme, a pesar de que el discurso del orador anterior ha sido en algunos momentos extremadamente exaltado{180}, presentaros mi informe en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo de manera general, abordando las principales cuestiones de principio como estas lo merecen, sin entrar en esa polémica que tanto deseaba el orador anterior y de la cual, desde luego, no tengo intención alguna de rehuir por completo. Camaradas, vosotros sabéis que desde el último congreso el factor principal que ha determinado nuestra situación, modificado nuestra política y definido nuestra táctica y nuestra relación con algunos otros partidos en Rusia, ha sido el Tratado de Brest. Recordáis que en el congreso anterior se nos lanzaron tantos reproches, se vertieron sobre nosotros tantas acusaciones y se alzaron tantas voces respecto a que la famosa tregua concedida a Rusia no serviría de nada, que la alianza del imperialismo internacional estaba sellada de todos modos y que, en la práctica, la retirada hacia la que avanzamos no podía conducir a nada. Este factor fundamental ha determinado toda la situación de los estados capitalistas, y en este factor, naturalmente, es preciso detenerse. Creo, camaradas, que después de los 3 meses y medio transcurridos resulta absolutamente indiscutible que, a pesar de los reproches y las acusaciones, nosotros teníamos razón. Podemos decir que el proletariado y los campesinos que no explotan a otros ni se lucran con el hambre del pueblo, todos ellos están incondicionalmente con nosotros y, en cualquier caso, en contra de aquellos insensatos que los arrastran a la guerra y desean romper el Tratado de Brest. (Rumores.)

Nueve décimas partes están con nosotros, y cuanto más claramente se perfila la situación, tanto más indiscutible resulta que ahora, cuando los partidos imperialistas de Europa occidental, los dos principales bloques imperialistas, se hallan enzarzados en una lucha a muerte entre sí, cuando con cada mes, con cada semana, con cada día se empujan mutuamente más y más hacia el abismo, cuyos contornos vemos con claridad, en este momento nos resulta especialmente nítida la justeza de nuestra táctica; esto lo saben y lo sienten particularmente bien aquellos que han vivido la guerra, que la han visto, que hablan de la guerra sin recurrir a frases ligeras. Para nosotros está especialmente claro que, mientras cada uno de los bloques sea más fuerte que nosotros y hasta que no se produzca ese viraje fundamental que permita a los obreros y al pueblo trabajador de Rusia aprovechar los resultados de la Revolución, reponerse del golpe infligido y alzarse en toda su altura, creando un nuevo ejército organizado y disciplinado sobre nuevas bases, para que podamos, no de palabra, sino de hecho… (estruendosos aplausos de la izquierda, grito de la derecha: «¡Kerenski!»), mientras ese viraje no se haya producido, debemos esperar. Por eso, cuanto más se descienda a las masas populares, cuanto más se acerque uno a los obreros de las fábricas y talleres y al campesinado trabajador, que no explota el trabajo asalariado ni defiende los intereses especuladores del kulak que esconde su trigo y teme la dictadura de los abastecimientos, tanto más seguro se puede decir que también allí encontraremos y encontramos, y ahora con pleno convencimiento se puede afirmar que hemos encontrado, plena simpatía y unanimidad. Sí, ahora el pueblo no quiere, no puede y no luchará contra estos enemigos —los imperialistas—, por mucho que gentes inconscientes o arrastradas por frases lo empujen a esa guerra, por muchas palabras con que se encubran. Sí, camaradas, quien ahora habla directa o indirectamente, abierta o encubiertamente, de guerra, quien grita contra el dogal de Brest, no ve que el dogal al cuello de los obreros y campesinos de Rusia se lo están echando los señores Kerenski y los terratenientes, los capitalistas y los kulaks… (Voz: «¡Mir-bach!». Rumores.) Por más que griten en cualquier reunión, ¡su causa está perdida ante el pueblo! (Aplausos. Rumores.)

No me extraña en absoluto que, en la situación en que han quedado estas personas, lo único que les quede sea responder con gritos, histerias, insultos y desplantes salvajes (aplausos), cuando no hay otros argumentos… (Voz: «¡Sí hay argumentos!». Rumores.)

Noventa y nueve de cada cien soldados rusos saben los tormentos increíbles que costó superar la guerra. Saben que para construir un ejército sobre nuevas bases socialistas y económicas (gritos: «¡Mirbach no lo permitirá!») se necesitan esfuerzos increíbles, era necesario acabar con la guerra de rapiña. Ellos, sabiendo que las enfurecidas fuerzas del imperialismo continúan luchando, hallándose ya, en los tres meses transcurridos desde el congreso anterior, varios pasos más cerca del abismo, no se meterán en esta guerra. Después de que cumpliéramos nuestro deber ante todos los pueblos, comprendiendo el significado de la declaración de la paz y haciendo llegar este significado, a través de nuestra delegación de Brest, encabezada por el camarada Trotski, a conocimiento de los obreros de todos los países, cuando propusimos abiertamente una paz democrática y honesta, esta propuesta fue frustrada por la burguesía encolerizada de todos los países. Nuestra situación no puede ser otra que esperar, y el pueblo esperará a que esos furiosos bloques de imperialistas, aún fuertes ahora, se derrumben en el abismo al que se aproximan; eso lo ve todo el mundo… (Aplausos.) Eso lo ve todo aquel que no se tapa los ojos adrede. Este abismo, en tres meses y medio —mientras el enloquecido partido imperialista insiste en prolongar la guerra—, se ha acercado indudablemente. Nosotros sabemos, sentimos y palpamos que aún no estamos preparados para la guerra, eso lo dicen los soldados, los guerreros que han experimentado la guerra en la práctica, y esos gritos que llaman a librarse ahora del dogal de Brest provienen de los mencheviques, de los socialrevolucionarios de derecha y de los partidarios de Kerenski, de los kadetes. Sabéis dónde han quedado los partidarios de los terratenientes y capitalistas, dónde han quedado los lacayos de los socialrevolucionarios de derecha y de los kadetes. En ese campo, los discursos de los socialrevolucionarios de izquierda, que también se inclinan hacia la guerra, serán acogidos con estruendosos aplausos. Los socialrevolucionarios de izquierda, como han señalado los oradores anteriores, han ido a parar a una situación desagradable: iban a una habitación y entraron en otra. (Aplausos.)

Sabemos que la gran revolución es alumbrada por la propia masa popular desde lo más profundo, que para ello se necesitan meses y años, y no nos sorprende que el partido de los socialrevolucionarios de izquierda haya atravesado durante la revolución oscilaciones increíbles. Aquí el camarada Trotski ha hablado de esas oscilaciones, y a mí solo me queda añadir que el 26 de octubre, cuando invitamos a los camaradas socialrevolucionarios de izquierda a formar parte del gobierno, ellos se negaron, y cuando Krásnov estaba a las puertas de Petrogrado, no estaban con nosotros, y por consiguiente resultó que no nos ayudaban a nosotros, sino a Krásnov. No nos sorprenden estas oscilaciones, sí, este partido ha atravesado muchísimas. Pero, camaradas, para todo hay una medida.

Sabemos que la revolución es una cosa que se estudia con la experiencia y la práctica, que la revolución solo se convierte en revolución cuando decenas de millones de personas se alzaron como un solo hombre en un impulso unánime. (Aplausos que ahogan el discurso de Lenin, gritos: «¡Vivan los Soviets!».) Esta lucha que nos eleva hacia una nueva vida ha sido iniciada por ciento quince millones de personas: hay que observar esta gran lucha con la más profunda seriedad. (Aplausos tormentosos.) En octubre, cuando se fundó el poder de los Soviets, el 26 de octubre de 1917, cuando… (ruido, gritos, aplausos) nuestro partido y sus representantes en el Comité Ejecutivo Central propusieron al partido de los socialrevolucionarios de izquierda entrar en el gobierno, este se negó. En aquel momento, cuando los socialrevolucionarios de izquierda se negaron a entrar en nuestro gobierno, no estaban con nosotros, sino contra nosotros. (Ruido en los escaños de los socialrevolucionarios de izquierda.) Lamento mucho haber tenido que decir algo que no os ha gustado. (El ruido en la derecha se intensifica.) ¿Pero qué hacer? Si el general cosaco Krásnov… (El ruido y los gritos impiden continuar el discurso.) Cuando el 26 de octubre vacilabais, sin saber vosotros mismos lo que queríais, y negándoos a marchar junto a nosotros… (Ruido que no cesa durante varios minutos.) ¡La verdad escuece! Os recordaré que aquellas personas que vacilaban, que no saben ellas mismas lo que quieren, se niegan a marchar con nosotros, escuchan a otros que cuentan patrañas. Os he hablado como un soldado que ha estado en la guerra… (Ruido, aplausos.) Cuando habló el orador anterior, la inmensa mayoría del congreso no le molestó. Y es comprensible. Si hay personas que prefieren abandonar el congreso de los Soviets, ¡buen viaje! (Ruido y agitación en los escaños de la derecha. El presidente llama a cesar el ruido.)

Así pues, camaradas, nuestra razón en la conclusión de la paz de Brest ha sido demostrada por todo el curso de los acontecimientos. Y aquellos que en el anterior congreso de los Soviets intentaron lanzar bromas de mal gusto sobre la tregua, han aprendido y han visto que hemos obtenido, aunque con dificultades inmensas, una prórroga, y durante esta prórroga nuestros obreros y campesinos han dado un gigantesco paso adelante hacia la edificación socialista y, por el contrario, las potencias de Occidente han dado un paso gigantesco hacia ese abismo en el cual el imperialismo cae tanto más rápido cuanto más se prolonga cada semana de esta guerra.

Y por eso solo puedo explicarme con total desconcierto la conducta de aquellas personas que, refiriéndose a la gravedad de nuestra situación, atacan nuestra táctica. Repito que basta con remitirse al último período de estos tres meses y medio. Recuerdo a los que estuvieron en aquel congreso las palabras que allí se dijeron, y propongo a los que no estuvieron que lean el protocolo o los artículos de prensa sobre el congreso anterior, para convencerse de cómo los acontecimientos han justificado plenamente nuestra táctica. Desde las victorias de la Revolución de Octubre hasta las victorias de la revolución socialista internacional no puede haber una frontera; las explosiones en otros países deben comenzar. Para acelerarlas, hicimos durante el período de Brest todo lo posible. Quien ha vivido las revoluciones de 1905 y 1917, quien ha reflexionado sobre ellas y las ha examinado con atención y seriedad, sabe que en nuestro país estas revoluciones nacieron con dificultades inmensas.

Dos meses antes de enero de 1905 y de febrero de 1917, ni un solo revolucionario, por mucha experiencia y conocimientos que tuviera, ninguna persona que conociera la vida del pueblo, habría podido predecir que tal coyuntura haría estallar a Rusia. Captar gritos aislados y lanzar a las masas populares llamamientos que equivalen a poner fin a la paz y arrojarnos a la guerra, esa es la política de personas completamente desconcertadas, que han perdido la cabeza. Y para demostrar este desconcierto, os daré un ejemplo de las palabras de una persona de cuya sinceridad ni yo ni ningún otro dudamos: las palabras de la camarada Spiridónova, de aquel discurso que fue publicado en el periódico *Golos Trudovogo Krestianstva*{181} y sobre el cual no hubo desmentido. En ese discurso del 30 de junio, la camarada Spiridónova insertó tres líneas, que no decían nada, afirmando que al parecer los alemanes nos habían presentado un ultimátum para enviarles manufacturas por valor de dos mil millones de rublos.

Un partido que lleva a sus representantes más sinceros hasta el punto de que también ellos caen en tan horrendo pantano de engaño y mentira, ese partido está definitivamente perdido. Los obreros y los campesinos no pueden ignorar los esfuerzos increíbles, las penalidades que nos costó la firma del Tratado de Brest. ¿Acaso hacen falta más cuentos e invenciones para colorear la dureza de esta paz, a los que recurren incluso las personas más sinceras de ese partido? Pero nosotros sabemos dónde está la verdad del pueblo, y por ella nos guiamos, mientras ellos se debaten en gritos histéricos. Desde este punto de vista, semejante conducta de total desconcierto es peor que cualquier provocación. Especialmente si yuxtaponemos el conjunto de todos los partidos de Rusia, y esto es lo que exige una actitud científica hacia la revolución. Nunca hay que olvidar mirar en su totalidad las relaciones de todos los partidos juntos. Personas aisladas, grupos aislados pueden equivocarse, pueden no saber encontrar, no saber explicar su propia conducta, pero si tomamos el conjunto de todos los partidos de Rusia y observamos su correlación, no puede haber error. Mirad lo que dicen ahora, escuchando los llamamientos de los socialrevolucionarios de izquierda, los socialrevolucionarios de derecha, Kerenski, Sávinkov y demás… Pues en este momento aplauden como locos. Se alegran de arrastrar a Rusia a la guerra ahora, cuando eso le conviene a Miliukov. Y ahora hablar así del dogal de Brest significa echarle al campesino ruso el dogal de los terratenientes. Cuando aquí nos hablan de la lucha contra los bolcheviques, como el orador anterior habló de la disputa con los bolcheviques, responderé: no, camaradas, esto no es una disputa, esto es una verdadera ruptura irrevocable, una ruptura entre aquellos que soportan la gravedad de la situación diciendo la verdad al pueblo, pero sin dejarse embriagar por los gritos, y aquellos que se embriagan con esos gritos y cumplen involuntariamente una labor ajena, la labor de los provocadores. (Aplausos.)

Termino la primera parte de mi informe. En tres meses y medio de furiosa guerra imperialista, los estados imperialistas se han aproximado a ese abismo al que están empujando al pueblo. A nosotros, esta bestia desangrada nos ha arrancado jirones del organismo vivo. Nuestros enemigos se acercan tan rápidamente a ese abismo que, aunque dispusieran de más de tres meses y medio y aunque la carnicería imperialista nos infligiera de nuevo pérdidas similares, perecerán ellos, no nosotros, porque la rapidez con que se desploma su resistencia los conduce velozmente al abismo. Y nosotros, en estos tres meses y medio, a pesar de la carga titánica de la que hablamos abiertamente ante todo el pueblo, a pesar de todo esto, tenemos brotes sanos de un organismo sano: tanto en la industria como en todas partes la labor constructiva, quizá pequeña, nada vistosa, nada ruidosa, avanza. Ha dado sus fecundísimos resultados, y nosotros, teniendo aún tres meses, aún seis meses, aún una campaña invernal de semejante trabajo, seguiremos avanzando, mientras que la bestia imperialista de Europa occidental, exhausta por la lucha, no soportará tal competición, porque en su interior maduran fuerzas que hasta ahora no creen aún en sí mismas, pero que llevarán al imperialismo a la ruina. Y lo que ya allí ha comenzado, lo que ha comenzado de raíz, no podrá ser alterado en tres meses y medio. De esta labor constructiva, pequeña, creadora, se habla demasiado poco, y creo que en ella debemos detenernos más. Por mi parte, no tengo posibilidad de ocultarlo, aunque solo sea por la circunstancia de que es necesario tomar en consideración los ataques del orador anterior. Me remito a la resolución del Comité Ejecutivo Central del 29 de abril de 1918[50]. Presenté entonces un informe en el que tuve que hablar de las tareas inmediatas del poder soviético[51] y subrayé que, junto a la increíble dificultad de nuestra situación, dentro del país la labor creadora debía ser colocada en primer plano.

Y aquí, sin hacernos ilusiones, debemos decir que a esta labor, con toda su dificultad, debemos dedicar todas nuestras fuerzas. La experiencia que puedo compartir con vosotros muestra que en este sentido hemos avanzado, sin duda, mucho. Es cierto que si uno se limita a los resultados externos, como hace la burguesía, espigando ejemplos aislados de nuestros errores, difícilmente se puede hablar de éxito, pero nosotros lo vemos de manera completamente distinta. La burguesía toma cualquier administración de la flota fluvial y señala cuántas veces hemos acometido su reorganización, se regodea y dice que el poder de los Soviets es incapaz de manejar el asunto. A esto responderé: sí, hemos reorganizado muchas veces nuestra administración de la flota fluvial, así como la administración de los ferrocarriles, y ahora emprendemos una reorganización aún mayor del Consejo de Economía Nacional. En esto reside el significado del viraje, en que el socialismo ha pasado del ámbito del dogma, del que solo pueden hablar personas que no entienden absolutamente nada, del ámbito del libro, del programa, al ámbito del trabajo práctico. Ahora mismo, con sus propias manos, los obreros y campesinos están haciendo el socialismo.

Han pasado para Rusia, y estoy seguro de que han pasado irrevocablemente, aquellos tiempos en que se discutía sobre programas socialistas según los libros. Ahora sobre socialismo solo se puede hablar según la experiencia. En ello reside el significado del viraje, en que por primera vez ha hecho a un lado el viejo aparato del funcionariado burgués, el viejo sistema burgués de administración, en que ha creado las condiciones para que los obreros y campesinos asuman por sí mismos una labor increíblemente difícil, cuyas dificultades sería ridículo ocultarse, pues los capitalistas y terratenientes durante siglos persiguieron y hostigaron a decenas de millones de personas por el mero hecho de pensar en administrar la tierra. Y ahora, en unas pocas semanas, en unos pocos meses, en medio de la desesperada y furiosa ruina, cuando la guerra ha lacerado todo el cuerpo de Rusia, de modo que el pueblo parece un hombre golpeado casi hasta la muerte —en un momento así, cuando como herencia nos dejaron los zares, los terratenientes y los capitalistas la mayor de las ruinas—, nuevas clases, los obreros y aquellos campesinos que no explotan a trabajadores asalariados ni se lucran con el trigo especulativo, deben asumir una nueva labor, una nueva construcción. Sí, esta labor es increíblemente difícil e increíblemente gratificante. Cada mes de semejante trabajo y de semejante experiencia vale diez, si no veinte, años de nuestra historia. Sí, no tenemos ningún reparo en confesar ante vosotros lo que señala el conocimiento de nuestros decretos: que constantemente tenemos que rehacerlos; todavía no hemos creado nada acabado, todavía no conocemos un socialismo que pudiera encerrarse en párrafos. Si ahora podemos proponer a este Congreso la Constitución Soviética, es únicamente porque los Soviets han sido creados y probados en todos los confines del país, porque vosotros la habéis creado, vosotros la habéis probado en todos los confines del país; solo medio año después de la Revolución de Octubre, casi un año después del Primer Congreso Panruso de los Soviets, pudimos plasmar por escrito lo que ya existe en la práctica{182}.

En el terreno de la economía, allí donde el socialismo apenas se está construyendo, donde debe construirse una nueva disciplina, no tenemos aún tal experiencia, la estamos adquiriendo mediante reorganizaciones y reestructuraciones. Esta es nuestra tarea principal; decimos: todo nuevo orden social exige nuevas relaciones entre las personas, una nueva disciplina. Hubo un tiempo en que sin la disciplina feudal no se podía llevar la economía, cuando la disciplina era una sola: el palo; hubo un tiempo de dominio de los capitalistas, cuando la fuerza de la disciplina era el hambre. Pero ahora, desde el viraje soviético, desde el comienzo de la revolución socialista, la disciplina debe crearse sobre bases completamente nuevas, la disciplina de la confianza en la organización de los obreros y los campesinos más pobres, la disciplina camaraderil, la disciplina de todo respeto, la disciplina de la independencia y la iniciativa en la lucha. Todo aquel que recurre a los viejos métodos capitalistas, que en tiempos de penuria y hambre razona a la vieja manera, a la manera capitalista: «si yo vendo el trigo por mi cuenta, ganaré más», «si yo me voy por mi cuenta a conseguir trigo, lo obtendré más fácilmente». Quien razona así elige el camino más fácil, pero no llegará al socialismo.

Es sencillo y fácil permanecer en el viejo carril de las relaciones capitalistas habituales, pero nosotros deseamos ir por un nuevo camino. Este exige de nosotros, exige de todo el pueblo una gran conciencia, una gran organización, exige más tiempo y provoca grandes errores. Pero nosotros nos decimos: no se equivoca quien no hace nada práctico.

Si el período sobre el cual os rindo cuentas incluye, desde el punto de vista de la asamblea, experiencias en las que se encuentran a menudo correcciones, rectificaciones, retornos a lo viejo, no es en eso en lo que consiste la tarea principal, el contenido principal, el valor principal del período que atravesamos. El viejo aparato de administración de los funcionarios, a los que bastaba con ordenarles subir el salario, ha quedado relegado. Hemos tenido que toparnos con las organizaciones obreras, que toman en sus manos la administración de la economía. Hemos topado con el proletariado ferroviario, que estaba en peores condiciones que otros, y tiene el derecho legítimo de exigir que mejore su situación; mañana el proletariado fluvial presentará sus exigencias, pasado mañana el campesino medio, del que hablaré más detalladamente, que a menudo se siente peor que el obrero, al que tratamos con la mayor atención, a cuyos intereses están dedicados todos los decretos, cosa que absolutamente no comprendió el orador anterior, presentará sus exigencias; todo esto provoca dificultades inmensas, pero son aquellas dificultades en las que los obreros y los campesinos más pobres, por primera vez desde hace siglos, organizan por sí mismos, con sus propias manos, toda la economía nacional de Rusia. Y he aquí que hay que buscar modos de satisfacer las justas reivindicaciones, rehacer los decretos, reorganizar las administraciones. Junto a ejemplos y casos de fracaso y de fiasco —casos que son espigados por la prensa burguesa, que, desde luego, son numerosos—, alcanzamos éxitos, pues precisamente a través de fracasos y errores parciales aprendemos en la práctica a construir el edificio socialista. Y cuando por todos lados vemos nuevas exigencias, decimos: así debe ser, esto es el socialismo, cuando cada cual desea mejorar su situación, cuando todos quieren disfrutar de los bienes de la vida. Pero el país es pobre, el país es indigente: satisfacer todas las exigencias es imposible por ahora, de ahí que sea tan difícil en el proceso de la ruina construir el nuevo edificio. Pero se equivoca profundamente quien piensa que el socialismo se puede construir en tiempos pacíficos y tranquilos: se construirá en todas partes en medio de la ruina, en medio del hambre, así debe ser, y cuando vemos a los representantes de las ideas genuinas, entonces nos decimos: con miles, decenas de miles, centenares de miles de manos, los obreros y los campesinos trabajadores han emprendido la construcción del nuevo edificio socialista. Ahora comienza un viraje profundísimo en la aldea, donde los kulaks agitadores tratan de estorbar a los campesinos trabajadores que no explotan el trabajo ajeno ni se lucran con la especulación del trigo, y allí la tarea es otra. En las ciudades hay que organizar las fábricas, la industria metalúrgica, y después de la ruina militar distribuir la producción, distribuir las materias primas, los materiales: la realización de esta tarea es muy difícil. Allí el obrero aprende esta labor y crea los órganos de la administración central, allí tenemos que rehacer el Consejo Superior de Economía Nacional, pues las viejas leyes, promulgadas a principios de año, ya han caducado, el movimiento obrero avanza, el viejo control obrero ya ha caducado y los sindicatos se están transformando en embriones de los órganos de administración de toda la industria. (Aplausos.) En este terreno ya se ha hecho mucho, pero aún no podemos enorgullecernos de un éxito brillante. Sabemos que en este terreno los elementos burgueses, los capitalistas, los terratenientes, los kulaks, todavía tienen durante mucho tiempo la posibilidad de agitar, diciendo que, como siempre, tal decreto no se ha llevado a la práctica, otro acaba de ser promulgado y a los tres meses lo corrigen, mientras la especulación, como existía bajo el capitalismo, sigue existiendo ahora. Sí, no conocemos ninguna receta de charlatán que todo lo abarque y que pudiera matar de inmediato la especulación. Los hábitos del régimen capitalista son demasiado fuertes, reeducar a un pueblo educado durante siglos en esos hábitos es una tarea difícil y que requiere mucho tiempo. Pero nosotros decimos: nuestro método de lucha es la organización. Debemos organizarlo todo, tomarlo todo en nuestras manos, controlar a los kulaks y a los especuladores a cada paso, declararles una guerra implacable y no dejarles respirar, verificando cada paso. (Aplausos.)

Sabemos por experiencia que la reelaboración de los decretos es necesaria, pues surgen nuevas dificultades de las que la reelaboración extrae nuevas fuerzas. Y si en la cuestión de los abastecimientos hemos llegado ahora a la organización de los campesinos pobres de la aldea, y si ahora nuestros antiguos camaradas —los socialrevolucionarios de izquierda— dicen con toda la sinceridad de la que no se puede dudar que nuestros caminos se han separado, entonces les respondemos con firmeza: tanto peor para vosotros, pues eso significa que os habéis apartado del socialismo. (Aplausos.)

¡Camaradas! La cuestión de los abastecimientos es la cuestión principal, es aquella a la que dedicamos la mayor atención en nuestra política. Una multitud de pequeñas medidas, que no se ven desde fuera, pero que han sido adoptadas por el Consejo de Comisarios del Pueblo: la mejora del transporte fluvial y ferroviario, la depuración de los almacenes de intendencia, la lucha contra la especulación, todo ha estado dirigido a encarrilar la cuestión de los abastecimientos. No solo nuestro país, sino también todos los países más cultos, que antes de la guerra no sabían lo que era el hambre, se encuentran ahora todos en la situación más calamitosa que han creado los imperialistas luchando por la dominación de uno u otro bloque. Decenas de millones de personas en Occidente están padeciendo los tormentos del hambre. Precisamente esto es lo que hace inevitable la revolución social, pues la revolución social no surge de los programas, sino de que decenas de millones de personas digan: «viviendo con hambre no vamos a seguir, preferimos morir por la revolución». (Aplausos.)

La terrible calamidad —el hambre— se nos ha venido encima, y cuanto más difícil es nuestra situación, cuanto más aguda es la crisis de abastecimientos, tanto más se intensifica la lucha de los capitalistas contra el poder de los Soviets. Sabéis que la sublevación checoslovaca es la sublevación de gentes compradas por los imperialistas anglo-franceses. Constantemente se oye que ora aquí, ora allá se sublevan contra los Soviets. Las insurrecciones de los kulaks abarcan regiones cada vez nuevas. En el Don, Krásnov, a quien los obreros rusos generosamente dejaron en libertad en Petrogrado cuando se presentó y entregó su espada —porque los prejuicios de la intelectualidad aún eran fuertes y la intelectualidad protestaba contra la pena de muerte—, fue puesto en libertad debido a los prejuicios de la intelectualidad contra la pena de muerte. Y ahora me gustaría ver al tribunal popular, a ese tribunal obrero y campesino, que no fusilaría a Krásnov, tal como él fusila a obreros y campesinos. Nos dicen que cuando en la comisión de Dzerzhinski{183} se fusila, eso está bien, pero si abiertamente, ante la faz de todo el pueblo, un tribunal dice: «es contrarrevolucionario y merece ser fusilado», eso está mal. Las personas que han llegado a tal hipocresía están políticamente muertas. (Aplausos.) No, un revolucionario que no quiera ser hipócrita no puede renunciar a la pena de muerte. No ha habido ni una sola revolución ni una sola época de guerra civil en las que no haya habido fusilamientos.

Nuestra situación de abastecimientos ha sido llevada casi a un estado catastrófico. Hemos llegado a una coyuntura que es el período más difícil de nuestra revolución. Tenemos ante nosotros el período más difícil: nunca ha habido en la Rusia obrera y campesina un período más difícil, precisamente el período que queda hasta la nueva cosecha. A mí, que he visto muchas cosas en materia de divergencias partidistas y de disputas revolucionarias, no me sorprende que en un período tan difícil aumente el número de personas que caen en la histeria y gritan: «yo me retiro de los Soviets». Se remiten a los decretos que abolieron la pena de muerte. Pero mal revolucionario es aquel que en un momento de lucha aguda se detiene ante la inmutabilidad de la ley. Las leyes en el período de transición tienen un significado transitorio. Y si la ley obstaculiza el desarrollo de la revolución, se deroga o se rectifica. Camaradas, cuanto más nos acecha el hambre, tanto más claro está que contra esta desesperada calamidad se necesitan también medidas desesperadas de lucha.

El socialismo, repito, ha dejado de ser un dogma, como ha dejado, quizás, también de ser un programa. En nuestro partido aún no se ha escrito un nuevo programa, y el viejo no sirve para nada. (Aplausos.) Distribuir el trigo de manera justa y equitativa: he aquí la base del socialismo hoy. (Aplausos.) La guerra nos ha dejado como herencia la ruina; por los esfuerzos de Kerenski y de los terratenientes-kulaks, que dicen: «después de nosotros, el diluvio», el país ha sido llevado a aquella situación de la que se dice: cuanto peor, mejor. La guerra nos ha dejado calamidades tales que ahora, en la cuestión del trigo, estamos experimentando la esencia misma de todo el orden socialista y debemos tomar esta cuestión en las manos y resolverla prácticamente. Aquí nos decimos: ¿qué hacer con el trigo, a la vieja manera, a la manera capitalista, cuando los campesinos, aprovechando la ocasión, se lucran con miles de rublos con el trigo, llamándose por ello campesinos trabajadores, y ocurre a veces que incluso socialrevolucionarios de izquierda? (Aplausos, ruido.) Ellos razonan así: si el pueblo pasa hambre, significa que los precios del trigo suben, si hay hambre en las ciudades, significa que tengo la bolsa repleta, y si pasan aún más hambre, significa que me lucraré con miles de más. Camaradas, sé perfectamente que en este razonamiento no es culpa de personas individuales. Toda la vieja y abyecta herencia de la sociedad terrateniente y capitalista ha enseñado a la gente a pensar así, a razonar así y a vivir así, y rehacer la vida de decenas de millones de personas es terriblemente difícil, para ello hay que trabajar mucho y con tesón, y este trabajo apenas lo hemos empezado. Nunca hemos tenido la intención de culpar a aquellas personas que, individualmente, atormentadas por el hambre y no viendo utilidad en la organización de la distribución socialista del trigo, se lanzan a ayudarse por sí solas, renunciando a todo; a tales no se les puede culpar. Pero decimos: cuando se presentan representantes de partidos, cuando vemos a personas que se han adherido a un partido determinado, cuando vemos a grandes grupos del pueblo, entonces les exigimos que miren este asunto no desde el punto de vista de la persona agotada, atormentada y hambrienta, contra la que nadie alzaría la mano, sino desde el punto de vista de la edificación de la nueva sociedad.

Repito, el socialismo nunca se podrá construir en un tiempo en que todo sea fácil y tranquilo, el socialismo nunca se podrá realizar sin la furiosa resistencia de los terratenientes y capitalistas. Ellos se frotan las manos con tanto más gozo cuanto más difícil es la situación; tanto más se alzan en motín; cuanto más difícil es, cuantos más saboteadores tenemos, tanto más gustosamente se lanzan ellos a las historias checoslovacas y krasnovianas. Y nosotros decimos: he aquí lo que hay que superar no a la vieja manera, por difícil que sea arrastrar el carro hacia adelante, cuesta arriba, y no dejar que ruede hacia atrás, cuesta abajo. Sabemos perfectamente que no ha pasado una semana, ni siquiera un día, sin que en el Consejo de Comisarios del Pueblo estuviéramos ocupados con la cuestión de los abastecimientos, sin que partieran de nosotros miles de propuestas, disposiciones, decretos, y sin que nos planteáramos la cuestión de cómo luchar contra el hambre. Dicen: no se necesitan precios especiales, precios tasados, monopolios del trigo. Comercia cuanto quieras. Los ricos se lucrarán aún más, y que los pobres se mueran, que ya siempre se han muerto de hambre. Pero un socialista no puede razonar así: en este momento, cuando la cuesta se ha vuelto la más empinada y el carro hay que arrastrarlo sobre los mayores escarpes, la cuestión del socialismo ha dejado de ser una cuestión de divergencias partidistas para convertirse en una cuestión de vida o muerte: ¿os mantendréis en la lucha contra los kulaks, en alianza con los campesinos que no especulan con el trigo, os mantendréis ahora, cuando hay que luchar, cuando se avecina el trabajo más duro? Nos hablaban de los comités de campesinos pobres. Para aquellos que han visto en la práctica los tormentos del hambre, está claro que para doblegar y aplastar sin piedad a los kulaks se necesitan las medidas más drásticas y despiadadas. Al emprender la organización de las uniones de campesinos pobres, lo hicimos con plena conciencia de toda la dureza y crueldad de esta medida, porque solo la unión de la ciudad y de los campesinos pobres de la aldea, y de aquellos que tienen reservas pero no especulan, de aquellos que quieren superar resueltamente las dificultades y conseguir que los excedentes de trigo vayan al Estado y se distribuyan entre los trabajadores, solo tal unión es el único medio de esta lucha. Y esta lucha no debe llevarse en programas y discursos; en esta lucha contra el hambre debe ponerse de manifiesto quién marcha por el camino recto, a pesar de todas las pruebas, hacia el socialismo, y quién cede a las artimañas y engaños de los kulaks.

Y si se encuentran entre los miembros del partido de los socialrevolucionarios de izquierda personas que digan, como el orador anterior, uno de los más sinceros y por ello a menudo exaltados, que a menudo cambian de opinión, si dicen: «no podemos trabajar con los bolcheviques, nos vamos», no lo lamentaremos ni por un minuto. Aquellos socialistas que se van en un momento así, cuando decenas y miles de personas perecen de hambre, mientras otros tienen excedentes de trigo tan grandes que no los vendieron hasta agosto del año pasado, cuando se duplicaron los precios fijos del trigo, cosa contra la cual se alzó toda la democracia; quien sabe que el pueblo soporta indecibles tormentos de hambre, pero no quiere vender el trigo a los precios a los que venden los campesinos medios, ésos son enemigos del pueblo, hunden la revolución y apoyan la violencia, ¡ésos son amigos de los capitalistas! ¡Contra ellos la guerra, y la guerra implacable! (Aplausos de toda la sala, aplaude también una parte significativa de los socialrevolucionarios de izquierda.) Mil veces no tendrá razón, mil veces se equivoca quien se permita dejarse arrastrar ni por un minuto por palabras ajenas y diga que esto es una lucha contra el campesinado, como dicen a veces algunos imprudentes o irreflexivos de entre los socialrevolucionarios de izquierda. No, esto es una lucha contra una ínfima minoría de kulaks de la aldea, esto es una lucha por salvar el socialismo y distribuir el trigo en Rusia de manera justa. (Gritos: «¿Y las mercancías?».) Lucharemos en alianza con la inmensa mayoría del campesinado. ¡En esta lucha venceremos, y entonces cada obrero europeo verá en la práctica lo que es el socialismo!

En esta verdadera lucha nos ayudará todo aquel que, quizás, no sepa científicamente lo que es el socialismo, pero que ha trabajado toda su vida y sabe que el trigo le costó un precio muy alto; él nos comprenderá. Tal persona estará con nosotros. A los kulaks, que tienen excedentes de trigo y son capaces, en el momento de la mayor calamidad del pueblo, de esconder el trigo; en el momento en que todas las conquistas de la revolución están en juego, cuando los Skoropadski de todos los matices y de todos los confines, ocupados y no ocupados, estiran el cuello y esperan ver si pueden, aprovechando el hambre, derribar el poder campesino y obrero y hacer volver a los terratenientes, en este momento, declarar a esos kulaks una guerra implacable es nuestro primer deber socialista. Quien en este momento dificilísimo, de las mayores pruebas para el pueblo hambriento y de las mayores pruebas para la revolución socialista, se lava las manos y repite las patrañas de la burguesía, és un mal socialista.

¡No es cierto, y mil veces no es cierto, que esto sea una lucha contra el campesinado! Lo he leído cientos de veces en las páginas de los periódicos kadetes, y no me sorprende cuando allí gritan que los obreros han roto con el campesinado, cuando allí escriben histéricamente: «Campesinos, despertad, recapacitad y dejad a los bolcheviques». Cuando oigo y leo allí sobre esto, no me sorprende. Allí es propio del lugar. Allí sirven al amo al que están destinados a servir, ¡pero no quisiera estar en el pellejo de un socialista que ha caído tan bajo con semejantes discursos! (Estruendosos aplausos.) Camaradas, sabemos perfectamente qué dificultades inmensas cuesta la solución de la cuestión de los abastecimientos. Aquí están los prejuicios más arraigados. Aquí están los intereses más esenciales, los intereses de los kulaks; aquí están la división, el estancamiento, la dispersión de la aldea, la ignorancia; en muchos casos todos se unen contra nosotros, y decimos: a pesar de estas dificultades, no se puede renunciar, con el hambre no se juega, y las masas populares, si no se les ayuda en el hambre, son capaces, a causa del hambre, de echarse incluso en brazos de Skoropadski. ¡No es verdad que esto sea una lucha contra los campesinos! Quien dice esto es el mayor criminal, y la mayor desgracia le ha sucedido a aquella persona que, histéricamente, se ha dejado arrastrar hasta tales discursos. No, no luchamos solo con los campesinos más pobres, sino tampoco con los medios. Los campesinos medios en toda Rusia tienen excedentes insignificantes de trigo. Los campesinos medios vivieron decenas de años antes de la revolución en condiciones peores que las de los obreros. Antes de la revolución solo veían miseria y opresión. Con estos campesinos medios marchamos por la vía del acuerdo.

La revolución socialista trae la igualdad para todas las masas trabajadoras; es injusto que cada obrero de la ciudad reciba más que el campesino medio que no explota el trabajo ajeno mediante empleo asalariado o especulación; el campesino vive y ve más miseria y opresión que el obrero, y vive aún peor que él. No tienen organización ni sindicatos que se ocupen de la cuestión de mejorar su situación. Incluso con los sindicatos obreros hemos tenido que organizar decenas de reuniones para equiparar la paga entre las profesiones. Y aún no hemos podido establecerla. Todo obrero sensato sabe que para ello es necesario un largo período. ¿Acaso no encontráis muchas quejas en el Comisariado de Trabajo? Veréis que cada profesión levanta la cabeza: ¡no queremos vivir como antes, no queremos vivir como esclavos! Queremos, en un país pobre, en un país indigente, curar las heridas que le han sido infligidas. Es necesario esforzarnos para mantener de algún modo la economía, que se ha desmoronado casi por completo. Solo podemos hacerlo mediante la organización. Para organizar al campesinado, promulgamos el decreto sobre los comités de campesinos pobres. Contra este decreto solo pueden estar los enemigos del socialismo. Dijimos que considerábamos justo reducir los precios de las manufacturas. Ponemos bajo control y nacionalizamos absolutamente todo. (Aplausos.) Y esto nos da la posibilidad de regular la distribución de los productos industriales.

Dijimos: bajad a los campesinos pobres el precio de las manufacturas a la mitad, al campesino medio bajádselo un 25 por ciento. Quizás esta escala es incorrecta. No pretendemos haber resuelto la cuestión correctamente. No lo afirmamos. Para resolver la cuestión, id a resolverla juntos. (Aplausos.) Si uno se sienta en la administración central y lucha contra la especulación, atrapa a los estafadores que hacen sus negocios a escondidas, con eso no se resuelve la cuestión.

Solo cuando el Comisariado de Abastecimientos, junto con el Comisariado de Agricultura, nacionalizó todas las mercancías, estableció los precios, solo entonces nos acercamos directamente al socialismo. A él se acercan solo los trabajadores de la ciudad y los campesinos pobres de la aldea, todos aquellos que trabajan, no arrebatan lo ajeno, no explotan el trabajo ajeno ni en forma de empleo asalariado ni en forma de especulación, pues aquel que cobra cien rublos o más por el trigo no es menos especulador que si empleara a trabajadores asalariados; quizás es un especulador aún peor, aún más amargo. Después de medio año de desesperadamente difícil administración soviética hemos llegado a la organización de los campesinos pobres de la aldea, lástima que no haya sido en media semana, ¡esa es nuestra culpa! Si se nos reprochara que el decreto sobre la organización de los campesinos pobres de la aldea y la dictadura de los abastecimientos ha llegado con medio año de retraso, estaríamos contentos con esa crítica. Decimos: solo ahora, cuando hemos emprendido este camino, el socialismo ha dejado de ser solo una frase y se convierte en una obra viva. Quizás el decreto es desafortunado, quizás nuestras escalas son incorrectas. ¿De dónde podíamos sacarlas? Solo de vuestra experiencia. Cuántas veces hemos reajustado las escalas salariales de los ferroviarios, aunque ellos tienen sindicatos, y no hay sindicatos entre los campesinos pobres. Hagámoslo juntos, verifiquemos si son correctas las escalas establecidas en el decreto sobre los campesinos pobres: que a los más pobres se les baje la mitad del precio, a los medios se les baje un cuarto del precio, y al rico quítaselo todo: ¿son correctas estas escalas o no?

Si hay combate, a ese combate iremos con decretos audaces y sin vacilar ni un ápice. Será un verdadero combate por el socialismo, no por el dogma, no por el programa, no por el partido, no por la fracción, sino por el socialismo vivo, por la distribución del trigo entre los centenares de miles, los millones de hambrientos en las regiones avanzadas de Rusia, para que, cuando haya trigo, tomarlo y distribuirlo más equitativamente. Repito: aquí no tenemos ni sombra de duda de que noventa y nueve de cada cien campesinos, cuando conozcan la verdad, cuando reciban el decreto, lo verifiquen, lo prueben, cuando nos digan cómo hay que corregirlo, y nosotros lo corregiremos, reajustaremos estas escalas, cuando emprendan este trabajo, cuando aprecien su dificultad práctica, estos campesinos estarán con nosotros y dirán: manifestamos el sano instinto de toda persona trabajadora, de que aquí y solo aquí se resuelve la verdadera, la fundamental, la cuestión vital del socialismo. Estableceremos escalas correctas para las mercancías, estableceremos el monopolio sobre el trigo, sobre las manufacturas, sobre todos los productos, y entonces el pueblo dirá: sí, la distribución del trabajo, la distribución del trigo y de los productos que nos da el socialismo es mejor que antes, y esto el pueblo empieza a decirlo. Junto a una multitud de dificultades, junto a una multitud de errores, junto a los casos que no encubrimos en absoluto, sino que sacamos a la luz, a la vergüenza pública —aquellos casos en que nuestros propios destacamentos caen en la especulación, en ese resbaladizo abismo al que arrastran todos los hábitos, todas las costumbres de los capitalistas—, sí, estos casos ocurren por todas partes, sabemos que no se puede rehacer a las personas de inmediato, que no se puede inculcar de inmediato a decenas de millones de personas la fe en el socialismo (¿de dónde sacarán esa fe? ¿De su cabeza? De su experiencia), junto a todo esto, empiezan a decir que el trigo se puede obtener no mediante la especulación, que del hambre solo se puede salvar mediante la unión de los obreros urbanos y fabriles e industriales con la unión de los campesinos pobres de la aldea, ya que solo los campesinos pobres de la aldea no especulan con el trigo. Sí, el campesino medio, inmediatamente, cuando vea nuestros decretos, cuando los lea por sí mismo, cuando los compare con aquellas frases y calumnias de los socialrevolucionarios de derecha y defensores de los kulaks, dirá: si las personas establecen una escala para los pobres, otra para los medios y toman gratis el trigo de los kulaks, actúan justamente. Él, quizás, no dirá que actúan como socialistas, quizás no conozca esta palabra, pero él es nuestro aliado más fiel, porque él no especula con el trigo, él comprenderá y estará de acuerdo en que especular con el trigo en el momento del mayor peligro para la revolución socialista es el mayor crimen contra el pueblo.

El trigo no se puede distribuir por decreto. Pero cuando, después de un largo y tenaz trabajo de ajuste, de corrección, la unión de los obreros fabriles y urbanos y de los campesinos pobres de la aldea, de los campesinos trabajadores que no emplean a ningún obrero ni se dedican a la especulación, hayamos puesto esta obra en práctica, entonces ningún grito histérico contra nuestro partido romperá esta unión. (Aplausos.)

Cuando prometimos al campesinado la socialización de la tierra, hicimos con ello una concesión, pues comprendíamos que la nacionalización no se podía introducir de golpe. Sabemos que esto, quizás, es un error, que nosotros pusimos vuestra socialización de la tierra en nuestra ley del 26 de octubre[52]. Fue una concesión a los socialrevolucionarios de izquierda, que rechazaron el poder y dijeron que permanecerían solo si se aprobaba esta ley. Mil veces no tiene razón Spiridónova cuando os presentó hechos aislados de que ella estuvo en mi casa, supuestamente humillándose y rogándome. Camaradas, muchos han estado en mi casa y saben que esto no puede ser, no puede haber tal actitud hacia un camarada. Debe de ser malo este partido si sus mejores representantes se rebajan hasta los cuentos. (Ruido.) Tengo guardada una carta de la camarada Spiridónova —ella se dirigió a mí por escrito muy a menudo—, esta carta la encontraré mañana mismo y la entregaré. Ella escribe: «¿Por qué no queréis dar dos millones para la comuna agrícola?». ¡Y esto en el mismo día en que el comisario del pueblo de Agricultura, Seredá, cuya actividad ella no comprende, presentó un informe sobre la asignación de 10 millones para la comuna agrícola»!{184} (Aplausos prolongados.) Habéis oído esto del discurso de la camarada Spiridónova, pero malo es ese partido en el cual incluso las personas más sinceras en su agitación caen en los cuentos. Repito: ¡qué mal partido aquel cuyos mejores y más sinceros representantes llegan a tales cuentos sobre el poder de los Soviets! ¡Tanto peor para ellos! Cualquier campesino que vaya al Comisariado de Agricultura, lea que se han asignado 10 millones para las comunas agrícolas, lo verá, creerá a sus propios ojos y a sus propios oídos más que a los discursos ajenos, comprenderá que estas personas han llegado a los cuentos, y le dará la espalda a este partido. (Aplausos.) Para concluir mi discurso diré una cosa. Hasta la nueva cosecha, hasta el acarreo de esta cosecha a las localidades hambrientas, Petrogrado y Moscú, tenemos ante nosotros un período difícil de la revolución rusa. Solo la más estrecha unión de los obreros urbanos con los campesinos pobres de la aldea, con la masa trabajadora de la aldea que no especula con el trigo, he aquí lo que salvará la revolución.

El Congreso nos muestra que la unión de todos los trabajadores, a pesar de todo, se fortalece, se ensancha y crece no solo en Rusia, sino en todo el mundo. En el extranjero saben de nuestra revolución hasta extremos ridículos, terriblemente poco. Allí existe la censura militar que no deja pasar nada. Los camaradas llegados del extranjero lo cuentan. Pero, a pesar de todo, solo por instinto, los obreros europeos están del lado del gobierno bolchevique. Y se multiplican y multiplican las voces que muestran que la simpatía por la revolución socialista en Europa se fortalece en aquellos países donde continúa la guerra imperialista. De los socialistas alemanes y de otras personas, cuyos nombres conoce cualquier obrero y campesino consciente, como Clara Zetkin y Franz Mehring, el gobierno bolchevique recibe expresiones de gratitud y expresiones de simpatía y apoyo. En Italia, el viejo secretario del partido, Lazzari, que en Zimmerwald desconfiaba de los bolcheviques, está ahora en la cárcel por expresar simpatía hacia nosotros.

La comprensión de la revolución crece. En Francia, aquellos camaradas y obreros que en la conferencia de Zimmerwald se relacionaban con la mayor desconfianza hacia los bolcheviques, han lanzado hace unos días una proclama en nombre del Comité de Relaciones Internacionales{185}, en la cual se pronuncian calurosamente en apoyo del gobierno bolchevique y contra las aventuras de cualesquiera partidos.

Por eso, camaradas, por difícil y por duro que sea el período que nos espera atravesar, tenemos la obligación de decir toda la verdad y abrir los ojos sobre ello, pues solo el pueblo, con su iniciativa y su organización, creando nuevas y nuevas condiciones y defendiendo la república socialista, nos ayudará. Y decimos: camaradas, no hay ni sombra de duda de que si marchamos por el camino que hemos elegido y que los acontecimientos han confirmado, si seguimos firme e inconmoviblemente por este camino, si no dejamos que ni las frases, ni las ilusiones, ni el engaño, ni la histeria nos desvíen del camino correcto, entonces tenemos las mayores posibilidades en el mundo de mantenernos y ayudar firmemente a la victoria del socialismo en Rusia, y con ello ayudar a la victoria de la revolución socialista mundial. (Estruendosos y prolongados aplausos que se transforman en ovación.)