Camaradas, lamentablemente no tengo la posibilidad de presentarles un informe estructurado y espero que aquellos de ustedes que se interesan más detalladamente por la situación, en parte a través de las informaciones de los periódicos, en parte por las impresiones personales en el Congreso de los Soviets, hayan podido formarse una idea completa y exacta de la situación actual del poder soviético, de su relación con otras instituciones y de las tareas que se alzan ante él. Permítanme, por tanto, limitarme a unas breves observaciones complementarias. Para caracterizar las tareas y la situación del poder soviético, debo detenerme en la relación que mantiene con la organización del proletariado ferroviario, de los trabajadores ferroviarios.

Camaradas, ustedes saben que el poder soviético entró en conflicto con la Asamblea Constituyente y que todas las clases poseedoras: los terratenientes, la burguesía, los kaledinistas y sus partidarios, nos cubren ahora con una lluvia de reproches porque el poder soviético disolvió la Asamblea Constituyente. Pero cuanto más fuertes resuenan estos reproches desde las páginas de los escasos periódicos burgueses, tanto más fuerte resuena también la voz de los obreros, los soldados, los trabajadores y los explotados. Los campesinos declaran que jamás dudaron de que el poder soviético está por encima de cualquier otro poder y que jamás entregarán sus Soviets, elegidos por ellos, creados por ellos, controlados y verificados por ellos, a nadie ni a ninguna institución, ni los obreros, ni los soldados, ni los campesinos. El poder soviético entró en conflicto con la Asamblea Constituyente, ante todo, porque, como todos ustedes saben, las elecciones a la Asamblea Constituyente se realizaron según listas confeccionadas aún antes de la Revolución de Octubre. La Asamblea Constituyente fue elegida sobre la base del sufragio universal, directo, igual y secreto con representación proporcional. Este sistema electoral es el más perfecto de los sistemas electorales, pero sólo puede dar una expresión correcta de la voluntad del pueblo bajo una condición: si los partidos que según este sistema son los únicos que tienen el derecho y la posibilidad de confeccionar listas, si estos partidos responden realmente al estado de ánimo, los deseos, los intereses, la voluntad de los grupos de la población que los eligen, porque con otro sistema electoral, cuando cada circunscripción elige a su propio candidato o diputado, con tal sistema electoral, al pueblo le es fácil corregir inmediatamente sus errores, teniendo en cuenta ya sea su estado de ánimo o el cambio político ocurrido. En cambio, con el sistema electoral proporcional, el partido, como un todo, debe confeccionar las listas de partido mucho antes de que se celebren las elecciones, y por eso ocurrió que, para la Asamblea Constituyente que debía reunirse el 12 de noviembre, los partidos tuvieron que confeccionar las listas ya en septiembre y a principios de octubre. Como todos ustedes recuerdan, por ley se estableció un plazo límite. Dentro de ese plazo límite, todos los partidos debían presentar a sus candidatos en listas, y después de ese plazo era imposible modificar las listas. Así sucedió que el partido más grande de Rusia –aquel que era entonces, en verano y otoño, sin duda el partido más grande, el partido de los socialrevolucionarios (SR)– tuvo que presentar, a principios de octubre de 1917, sus listas en nombre de todo el partido de los socialrevolucionarios; y así se hizo. Las listas resultaron presentadas a principios de octubre, y en ellas figuraban los candidatos del partido de los socialrevolucionarios, como si tal partido existiera como un todo único. Resultó que después de que las listas fueron confeccionadas, después de que los obreros y campesinos rusos, desde el comienzo de la revolución, creando sus Soviets, recorrieron un largo, difícil y penoso camino, llegó el fin del conciliacionismo con Kerenski. Y este último también era considerado, en efecto, socialrevolucionario –y aparentemente socialista, y aparentemente revolucionario–, pero en realidad representaba a un imperialista que guardaba en el bolsillo los tratados secretos, los tratados con los imperialistas franceses e ingleses, los mismos tratados que fueron concertados por el zar derrocado en febrero, los mismos que condenaban al pueblo ruso a la carnicería por si acaso el capitalista ruso se apoderaba de Constantinopla, los Dardanelos, Armenia o un pedacito de Galitzia, mientras que aquellos que se excedían especialmente, como el famoso Miliukov, confeccionaban de antemano mapas según los cuales incluso un trozo de Prusia Oriental debía desgajarse y tocar como recompensa al pueblo ruso por la sangre derramada de millones de obreros y soldados. Esto era en realidad la república burguesa-imperialista rusa dominante de Kerenski, quien seguía siendo considerado y seguía siendo miembro efectivo del partido de los socialrevolucionarios.

A finales de octubre se reunió el II Congreso Panruso de los Soviets de Diputados Obreros y Soldados, cuando el pueblo ya estaba cansado de este conciliacionismo con los imperialistas, cuando la ofensiva ocurrida en junio nos costó cientos de miles de víctimas y mostró de manera patente por qué se prolongaba la guerra, de qué modo esos tratados secretos condenaban a los soldados a la carnicería, de qué modo las "palabras" sobre la paz no pasaban de ser palabras. Por eso, el II Congreso Panruso de los Soviets derrocó ese poder del gobierno burgués-imperialista e instauró el poder soviético. Resultó que las elecciones a la Asamblea Constituyente se celebraron el 12 de noviembre; pusieron a los obreros, a los soldados y, en especial, a los campesinos ante la situación de que debían votar según las viejas listas, no había otras y no se podían confeccionar, y por eso ahora, cuando nos dicen: "Ustedes disolvieron la Asamblea Constituyente, que representa la voluntad de la mayoría del pueblo", cuando lo repiten los plumíferos burgueses y los periódicos de todas las maneras, al igual que socialistas como Kerenski, nosotros les respondemos: "¿Por qué no pueden ustedes decir al pueblo ni una sola palabra directa sobre el argumento que les acabo de exponer y que figuraba en el decreto de disolución de la Asamblea Constituyente?". No podemos considerar la Asamblea Constituyente como expresión de la voluntad del pueblo porque fue elegida según las viejas listas. Los obreros y, en particular, los campesinos votaron por el partido de los socialrevolucionarios como partido único, y ese partido se escindió después de las elecciones, y por lo tanto, después de las elecciones, el partido se reveló ante el pueblo como dos partidos: el de los derechistas, que se unieron a la burguesía, y el partido de los socialrevolucionarios de izquierda, que marchó junto con la clase obrera, junto con los trabajadores y resultó ser partidario del socialismo. ¿Podía el pueblo elegir entre los socialrevolucionarios de derecha y los de izquierda cuando se celebraba la Asamblea Constituyente? – No podía, y por eso, incluso desde el punto de vista de la confección de las listas y de las elecciones, desde este punto de vista formal, decimos que nadie puede refutarnos que la Asamblea Constituyente no pudo dar una expresión correcta de la voluntad del pueblo. La revolución no tiene la culpa de que llegara después de la confección de las listas y antes de las elecciones a la Asamblea Constituyente; la revolución no tiene la culpa de que el partido de los socialrevolucionarios mantuviera al pueblo, y en especial al campesinado, tanto tiempo en la oscuridad y lo engañara con frases, que sólo después del 25 de octubre, cuando se reunió el Segundo Congreso Campesino, vimos que entre los socialrevolucionarios de derecha y de izquierda no podía haber reconciliación, y después comenzaron una serie de congresos, tanto de soldados como de campesinos, y eso culminó con el congreso ferroviario.

Y en todas partes vimos el mismo cuadro: en todas partes, por un lado, la inmensa mayoría de quienes pertenecen realmente a los trabajadores y explotados se colocan íntegramente, incondicional e irrevocablemente del lado del poder soviético, y por otro lado, las capas superiores burguesas, los empleados, los administradores, los campesinos ricachones – todos ellos se colocaban del lado de las clases poseedoras, del lado de la burguesía y lanzaban la consigna: "¡Todo el poder a la Asamblea Constituyente!", a aquella que fue elegida antes de la revolución y al elegirla el pueblo no sabía cómo distinguir a los socialrevolucionarios de derecha de los de izquierda. No, la revolución de las clases trabajadoras está por encima de las viejas listas; los intereses de los trabajadores y explotados, que antes de la revolución estaban oprimidos, deben ponerse a la cabeza, y si la Asamblea Constituyente va contra la voluntad del poder soviético, contra la voluntad de la mayoría evidente de los trabajadores, entonces – ¡abajo la Asamblea Constituyente y viva el poder soviético! (Aplausos.) Y ahora, camaradas, cada día nos convencemos más de que el poder soviético encuentra un apoyo cada vez mayor por parte de los pobres, de los trabajadores y explotados en todas las esferas de la economía nacional y en todos los rincones del país, y por más que nos calumnien los periódicos burgueses y los periódicos, con perdón, socialistas, como los periódicos de los socialrevolucionarios de derecha, del partido de Kerenski, por más que nos calumnien diciendo que nuestro poder va contra el pueblo, que no se apoya en el pueblo, esto es una mentira evidente. Hoy precisamente hemos recibido una confirmación particularmente clara: hemos recibido una noticia del Don (en un telegrama nocturno) sobre cómo se reunió un congreso de una parte de los cosacos en Vorónezh y un congreso de 20 regimientos cosacos y 5 baterías en la stanitsa Kámenskaia. El elemento cosaco del frente convocó su congreso porque ve que en torno a los kaledinistas se agrupan oficiales, cadetes e hijos de terratenientes, que están descontentos de que en Rusia el poder pase a los Soviets y que desearían que el Don se autodeterminara. Allí se está formando el partido de Kaledin, que se autodenomina primer atamán. Hubo que disolver ese congreso del elemento cosaco del frente{113}. A esto respondieron uniéndose con el congreso de Vorónezh – lo primero; declararon la guerra a Kaledin – lo segundo; arrestaron a los atamanes – lo tercero, y ocuparon todas las estaciones principales – lo cuarto.

Ahora que los señores Riabushinski, que enviaban millones allí y daban millones aquí para que los saboteadores recibieran su salario y estorbaran al poder soviético, ahora que los señores Riabushinski, junto con los señores capitalistas de Francia e Inglaterra y con el rey rumano, se lamenten y lloren por su suerte: su última apuesta está perdida incluso en el Don, donde más campesinos acomodados hay, que vivían del trabajo asalariado, explotando el trabajo ajeno, puestos en lucha constante con la población campesina foránea, llevada allí desde lejos por la necesidad; incluso allí, donde más campesinado explotador hay, incluso allí la gente se indignó por esa organización de cadetes, oficiales y propietarios que decidieron ir contra el poder soviético; incluso allí descubrimos la misma división que nadie quiere ver y de la que se nos acusa. "Los bolcheviques declaran la guerra civil". ¿Acaso nosotros inventamos a Kaledin? ¿Acaso los bolcheviques inventaron a Riabushinski? Pero sabemos que éste era, ya bajo el zar, el principal sostén del poder zarista; que esa gente sólo se agazapó para hacer girar la república rusa hacia el mismo tipo de república burguesa que existe en la mayoría de los países, donde, pese a toda la libertad y electoralidad, el pueblo trabajador es oprimido igual, si no más, que en cualquier monarquía. Cuando dicen que los bolcheviques encienden la guerra fratricida, la guerra civil, cuando lanzan maldiciones por la criminal guerra civil fratricida que provocaron los bolcheviques, nosotros les respondemos: "¿Qué guerra fratricida es ésta? Riabushinski, los Kaledin, ¿acaso son hermanos de los trabajadores? Es extraño que ni los marineros, ni los soldados, ni los obreros, ni los campesinos supieran esto; es extraño que no se dieran cuenta; es extraño que digan de manera tan inflexible: que Riabushinski y los Kaledin se sometan al poder soviético".

El loco e insensato intento de los cadetes y oficiales de organizar una insurrección en Petrogrado y Moscú terminó en nada, porque la inmensa mayoría de los obreros y soldados están incondicionalmente del lado del poder soviético. Ellos sabían que, al comenzar la guerra, los soldados se arman y no entregarán las armas a nadie. El pueblo se unió y se organizó para tomar por sí mismo su destino en sus propias manos, y por eso inició la revolución. Y ellos veían y sabían perfectamente que aquí, en Petrogrado, el pueblo está enteramente del lado del poder soviético, y cuando fueron derrotados tanto en Petrogrado como en Moscú, se lanzaron al Don para urdir allí una conjura y en esta conjura contrarrevolucionaria contra las masas trabajadoras esperaban apoyarse en la burguesa Rada de Kiev, que está viviendo sus últimos días, porque ha perdido la confianza. Cuando por todas partes declararon la guerra civil a los trabajadores, entonces empezaron a reprocharnos que nosotros comenzamos la guerra, dicen: ustedes encienden la guerra civil, que perezca la guerra civil. Nosotros respondemos: ¡que perezcan Riabushinski y Kaledin y todos sus secuaces! (Aplausos.)

He aquí por qué, camaradas, cuando la burguesía lanza una acusación tan grave y la afirmación de que nosotros destruimos la democracia, que destruimos aquella fe en las formas de la democracia, en las instituciones de la democracia que son tan caras y que durante tanto tiempo sostuvieron y alimentaron el movimiento revolucionario en Rusia, que destrozamos la forma democrática superior, la Asamblea Constituyente, nosotros respondemos: no, eso no es cierto; cuando teníamos la república del socialista Kerenski, la república de los jefes imperialistas, de los jefes de la burguesía con los tratados secretos en el bolsillo, que empujaba a los soldados a la guerra (llamada justa), entonces, por supuesto, la Asamblea Constituyente es mejor que el Preparlamento, en el que Kerenski, de acuerdo con Chernov y Tsereteli, aplicaba la misma política{114}. Nosotros, desde el mismo comienzo de la revolución –desde abril de 1917–, dijimos abierta y directamente que los Soviets son una forma de democracia mucho más alta, mucho más perfecta, mucho más adecuada, de democracia de los trabajadores, que la Asamblea Constituyente[33]. La Asamblea Constituyente une a todas las clases, es decir, también a las clases explotadoras, es decir, también a los poseedores, es decir, también a la burguesía, es decir, también a aquellos que recibieron educación a costa del pueblo, a costa de los explotados, que se desgajaron de él para unirse a los capitalistas, para convertir sus conocimientos en instrumento de opresión del pueblo, porque vuelven sus conocimientos, las más altas conquistas del saber, contra los trabajadores. Y nosotros decimos: cuando comienza la revolución, ésta es la revolución de los trabajadores y explotados, y sólo a las organizaciones de los trabajadores, sólo a las organizaciones de los explotados pertenece todo el poder en el Estado; este democratismo es incomparablemente superior al viejo democratismo. Los Soviets no fueron inventados por ningún partido. Ustedes saben perfectamente que no hubo partido que pudiera inventarlos. Fueron llamados a la vida por la revolución en 1905. Entonces, por poco que existieran los Soviets, ya estaba claro que el único apoyo firme de la lucha popular contra la autocracia son los Soviets. Tan pronto como los Soviets decaían, siendo sustituidos por instituciones representativas nacionales generales, veíamos en esas instituciones, en todas las Dumas, congresos, asambleas, comparecer a los kadetes, a los capitalistas, a los explotadores, comenzaba el conciliacionismo con el zar, y los órganos del movimiento popular decaían y la revolución perecía. Por eso, cuando la revolución de 1917 no sólo resucitó los Soviets, sino que cubrió con su red todo el país, enseñaron a los obreros, a los soldados y a los campesinos que pueden y deben tomar todo el poder en el Estado en sus manos, no como en los parlamentos burgueses: allí cada ciudadano tiene derechos iguales a los demás ciudadanos. Del hecho de que el obrero proclame su igualdad con Riabushinski, y el campesino se proclame igual al terrateniente con 12 000 desiátinas de tierra, de eso los pobres no vivirán más dulcemente. Por eso, la mejor forma democrática, la mejor república democrática, es el poder sin terratenientes y sin ricos.

El pueblo ruso, debido a que tenemos la guerra, una devastación inaudita, el hambre, el peligro de perecer, de la muerte física directa de millones de personas, debido a ello, ha vivido más rápidamente todo en la experiencia y ha tomado una decisión en unos pocos meses. En el mes de abril, cuando el día 20 el herido Linde sacó a los soldados a la calle de Petrogrado para derrocar al gobierno de Miliukov y Guchkov, después de un largo período de saltos ministeriales, cuando todos los partidos se arrimaban a los kadetes y lanzaban programas cada cual más hermoso, más seductor y más grandilocuente que el otro, el pueblo se convenció de que nada funciona, de que le prometen la paz pero de hecho lo llevan a la ofensiva: en junio de 1917 decenas de miles de soldados perecieron porque existía el tratado secreto del zar con los imperialistas europeos, que Kerenski confirmó. Con esta experiencia, con su propia experiencia, no por la propaganda, el pueblo comparó el poder socialista de los Soviets con la república burguesa y llegó al convencimiento de que para los intereses de los trabajadores y explotados no sirven las viejas reformas ni las viejas instituciones del imperialismo burgués; para ello sólo sirve el poder de los Soviets, en los cuales la gente es libre de elegir a sus representantes, tanto obreros como soldados, campesinos, ferroviarios y todos los trabajadores, y de revocar libremente a sus diputados que no satisfacen las exigencias y los deseos del pueblo. En los Soviets no se está para tramitar leyes, para brillar con discursos parlamentarios, sino para realizar las libertades y quitarse de encima el yugo de la explotación. Los obreros mismos construirán el Estado sobre nuevas bases, edificarán una nueva vida para la nueva Rusia, en la que no habrá lugar para los explotadores. He aquí lo que creó los Soviets, he aquí por qué dijimos que la experiencia de la revolución rusa mostró a la gente y confirmó lo que nosotros veníamos señalando desde hacía tiempo: que el poder soviético es una forma de democracia mucho más alta que las repúblicas burguesas, las que se han formado en los Estados de Europa Occidental; la verdadera democracia, los trabajadores, los obreros pueden y deben dominar sobre los no trabajadores, sobre el sector explotador de la sociedad; los obreros, soldados, campesinos y ferroviarios pueden ser ellos mismos los dueños, realizar el intercambio de productos de las ciudades y los campos, establecer un salario justo sin terratenientes ni capitalistas.

He aquí por qué la república soviética de Rusia se ha constituido ahora plenamente como república socialista, que arrebató las tierras a los terratenientes, estableció el control obrero en las fábricas y talleres, puso la mano sobre los bancos, la mano de los obreros, de las organizaciones socialistas, abriendo al pueblo el acceso a que él mismo administre las riquezas inauditas que los capitalistas acumularon y amontonaron, para dirigirlas no a la opresión de los trabajadores, sino al desarrollo del bienestar y el crecimiento de la cultura de todos los trabajadores. Esto es lo que la república soviética está llamada a realizar. Por eso nos simpatiza tanto el pueblo, las clases trabajadoras en el extranjero, a pesar de la censura militar de los zares, a pesar de la persecución de los Kerenski extranjeros contra los periódicos socialistas. Los periódicos burgueses de allí mienten desvergonzadamente contra nuestro país; hay persecución contra nuestros periódicos, ni un solo número de “Pravda” se permite allí. Pero hace apenas unos días regresó de Suiza un camarada mío, que estuvo allí donde hace poco tuve que pasar tan largo tiempo en amarga pena; él decía que en la libre Suiza no conocen un hecho: que las repúblicas libres de la Europa libre no dejan pasar ni un solo número de nuestro periódico, que allí sólo leen la mentira continua de los periódicos burgueses, que no saben sino insultar a los bolcheviques. Pero a pesar de esto, en todos los países los obreros han comprendido que el poder soviético en Rusia es realmente el gobierno de los trabajadores. Y no hay en la Europa actual, ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania, ni en otros países, un obrero que no acogiera con aplausos la noticia de la revolución rusa, porque en ella ven la esperanza, porque en ella ven esa antorcha que encenderá el incendio en toda Europa.

Si la revolución rusa ocurrió de manera tan sencilla, es sólo porque la opresión más salvaje del zarismo pendía sobre Rusia y ningún país fue tan desgarrado y atormentado por la guerra como Rusia.

Si el pueblo ruso ha logrado ser el primero en levantar la antorcha de la revolución socialista, sabe que no está solo en esta lucha y que, con la ayuda de los más fieles camaradas y amigos, llevará a término esta causa. Tal vez pase no poco tiempo, no sabemos cuánto tiempo pasará, para que estalle la revolución socialista también en otros países. Ustedes saben cómo ocurren las revoluciones en general en otros Estados. Y cada uno de ustedes vivió 1917 y sabe que tres meses antes del comienzo de la revolución nadie sabía que llegaría. Sabemos que en Austria ya se están extendiendo las huelgas obreras. Cuando los partidos europeos, con sus Chernov y Tsereteli a la cabeza, empezaron a perder toda influencia sobre el curso de los acontecimientos, cuando empezaron a sentirse completamente desgajados, fue cuando allí comenzaron a hablar de la implantación del estado de sitio, y en Alemania, de la implantación de la dictadura militar; ahora las huelgas en Viena han sido suspendidas y han comenzado a salir los periódicos. He recibido un telegrama desde Estocolmo de nuestro representante Vorovski, en el que dice que no hay ninguna duda de que el movimiento se ha detenido, pero que, aun así, no se logrará aplastarlo del todo, y que volverá a levantarse. He aquí una de las consecuencias de que se iniciaran las negociaciones de paz en Brest y de que nosotros cumpliéramos la promesa que habíamos hecho. Los tratados secretos han sido rotos, publicados, los hemos expuesto ante ustedes a la vergüenza. Hemos demostrado que esas obligaciones de los viejos capitalistas, llámense tratados secretos o empréstitos, son ahora para nosotros un pedazo de papel y han sido desechados, porque nos estorban a nosotros, las masas trabajadoras, para construir la sociedad socialista. Cuando en Brest los alemanes se presentaron con sus exigencias desvergonzadas –prometiendo de palabra reconocer una paz justa, pero revelando de hecho los mismos intereses de bandidos y depredadores–, entonces las masas trabajadoras empiezan a tomar conciencia de ello. Esta dilación artificial es clara para las masas; ellas dicen que se puede interrumpir la continuación de la guerra, ya que la interrumpieron los obreros y campesinos rusos, que se puede presionar a los gobiernos. Si en 1905, el 17 de octubre, la gran primera huelga popular de toda Rusia fue aplastada por la autocracia, provocó en Austria, en Viena y Praga, una serie de acontecimientos, manifestaciones obreras, y fue entonces cuando los austriacos conquistaron su sufragio universal. La revolución rusa de 1905 fue aplastada por el zarismo, pero hizo que los obreros de Europa Occidental creyeran en las grandes reformas futuras, es decir, en lo que está ocurriendo ahora.

Todos ustedes observaron, en la apertura del Tercer Congreso de los Soviets, a toda una serie de representantes de partidos extranjeros, que decían haber observado el movimiento obrero en Inglaterra, Suiza y América; decían a una sola voz que la revolución socialista en Europa se está convirtiendo en la tarea del día. Allí la burguesía es más fuerte y más inteligente que nuestros Kerenski; ha logrado organizarse para que a las masas les resulte más difícil levantarse. Allí los obreros gozan de cierto bienestar, y por eso es más difícil romper los viejos partidos socialistas, que se han mantenido durante decenios, han entrado en el poder y han adquirido autoridad ante los ojos del pueblo. Pero ese tipo de autoridad ya se está perdiendo, la masa bulle, y no cabe ninguna duda de que en el futuro próximo, tal vez lejano, la revolución socialista se pondrá a la orden del día en todos los países, pues a la opresión del capital le ha llegado su fin.

Si nos dicen que los bolcheviques hemos inventado algo utópico, como la introducción del socialismo en Rusia, que es algo imposible, nosotros respondemos a esto: ¿cómo podría haberse atraído la simpatía de la mayoría de los obreros, campesinos y soldados al lado de utopistas y soñadores? ¿No será que la mayoría de los obreros, campesinos y soldados se puso de nuestro lado porque vieron en su propia experiencia los resultados de la guerra y que no hay salida de la vieja sociedad, y que los capitalistas, con todas las maravillas de la técnica y la cultura, entablaron una guerra de exterminio, que la gente llegó al embrutecimiento, el salvajismo y el hambre? Esto es lo que hicieron los capitalistas, y he aquí por qué surge ante nosotros la cuestión: o perecer, o demoler hasta el fin esta vieja sociedad burguesa. He aquí lo que constituye la profundidad de nuestra revolución. He aquí por qué vemos que en la pequeña Estonia vecina, donde el pueblo es alfabetizado, se reunió hace unos días un congreso de peones agrícolas, eligió a delegados que tomaron en sus manos todas las haciendas agrícolas cultas. Esto es una conmoción mundial. Los peones, que en la economía capitalista estaban en el peldaño más bajo de la escala social, las ponen bajo su control. Luego, en Finlandia, donde el Sejm se pronunció en nombre de la nación, donde la burguesía exigía de nosotros el reconocimiento de la independencia, nosotros no vamos a retener por la fuerza en manos de Rusia o en un solo Estado ruso a todas las naciones que el zarismo mantenía mediante la opresión. Nosotros contábamos con atraer a las otras naciones –Ucrania, Finlandia– no por la violencia, no por la imposición, sino creando ellas su propio mundo socialista, sus propias repúblicas soviéticas. Vemos ahora que en Finlandia se espera de un día a otro la revolución obrera; en esa Finlandia que durante 12 años, desde 1905, ya gozaba de plena libertad interior y tenía el derecho electoral de las instituciones democráticas. De 1905 a 1917, a este país que se distingue por su cultura, por su estructura económica y por su pasado, llegaron las chispas de aquel incendio que supuestamente los bolcheviques avivaron artificialmente, y allí, vemos, comienza la revolución socialista. Este fenómeno demuestra que no estamos cegados por la lucha de partidos, que no actuamos según un plan, sino que sólo la situación sin salida de toda la humanidad después de la guerra ha creado esta revolución y ha hecho invencible la revolución socialista.

Camaradas, permítanme terminar señalando que lo mismo ha ocurrido en su Congreso Ferroviario. Hemos visto con qué dificultad se libró la lucha contra sus organizaciones ferroviarias de la cúpula. Ustedes, los ferroviarios, se han convencido por propia experiencia de que la masa del proletariado ferroviario trabajador cargó sobre sus hombros la dificultad de organizar el ramo ferroviario. Esta causa no ha llegado artificial ni casualmente a esta situación sin salida: o fue conscientemente obstaculizada por las manos de la burguesía, sobornada por los millonarios que arrojaban cientos de miles de rublos y estaban dispuestos a todo para destruir el poder soviético; o bien porque la burguesía se negaba a cambiar el orden de las cosas, porque consideraba que Dios así lo dispuso: que haya jefes y pobres que trabajen para ellos, y que los jefes se ceben en ellos. En efecto, los administradores pensaban que, en verdad, Dios así lo dispuso, y que no puede haber otro orden, y que si se atenta contra este orden, sobrevendrá el caos. Pero no es así. La unión de las masas trabajadoras está por encima de todo; ellas sabrán crear su disciplina de camaradas y sabrán aprovechar todas las conquistas de la técnica y la cultura para organizar correctamente el ramo ferroviario y el intercambio de productos de la ciudad y el campo, para ayudar a los obreros y campesinos a organizar la economía nacional a escala de toda Rusia, de modo que, sin terratenientes ni capitalistas, las masas trabajadoras puedan disfrutar de los productos de su trabajo, para que los conocimientos científico-técnicos no sirvan para el enriquecimiento de un puñado de personas, para crear una bolsa gorda de dinero, sino para mejorar la vida de toda la economía ferroviaria. Esto es especialmente importante para nosotros. Ustedes saben cuánto soborno, engaño, especulación ronda cerca de cada estación de empalme; ustedes saben cómo los explotadores derrochan millones para estropear el transporte, para desviar los vagones a lugares donde no se les encuentra. Todo esto se hace para agravar el hambre y azuzar al pueblo contra el poder soviético. Pero ustedes saben todos que si la mayoría de las organizaciones ferroviarias se une y se plantea como tarea el apoyo al poder soviético, sólo entonces todos los estafadores, saboteadores, capitalistas y explotadores, toda esa supervivencia de la sociedad burguesa, será barrida mediante una lucha despiadada, y sólo entonces será posible organizar una economía ferroviaria correcta y obtener la plena liberación de los obreros, soldados y campesinos del poder de los opresores; sólo entonces alcanzaremos el socialismo. (Tormentosos aplausos de toda la sala.)