¡Camaradas! En relación con el informe, hoy me veo obligado a plantear la cuestión de un modo algo inusual. El caso es que mi artículo sobre las tareas inmediatas del poder soviético[25], que el domingo apareció en dos periódicos y con cuyo conocimiento me permito contar entre la mayoría de los presentes, constituye el verdadero informe.

Por ello, consideraría que en este momento no tengo necesidad de repetir aquí lo dicho en el informe y que puedo limitarme únicamente a añadidos y aclaraciones al mismo. Pienso que la forma más adecuada para tales aclaraciones será ahora la polémica, porque la cuestión que he abordado en esas tesis sobre las tareas inmediatas no es otra cosa que el desarrollo de la resolución ya aprobada por el Congreso Extraordinario de toda Rusia en Moscú el 15 de marzo, una resolución que no se limitó a la cuestión, candente entonces, de la paz, sino que señaló también la tarea principal del momento actual, la tarea organizativa, la tarea de la autodisciplina, la tarea de la lucha contra la desorganización[26].

Y he aquí que sobre esta base, según me parece, se han perfilado con bastante nitidez en el último tiempo nuestras corrientes políticas o los cauces principales de nuestras corrientes políticas; y por eso, en forma polémica, creo, se puede confirmar del modo más gráfico lo que yo me esforcé por esbozar en forma positiva en el artículo sobre las tareas inmediatas.

¡Camaradas! Si dirigís la mirada a las corrientes políticas de la Rusia contemporánea, ante vosotros se alzará en primer lugar la tarea —y aquí, como siempre, para no equivocarse en la apreciación— de procurar examinar todas las corrientes políticas en su conjunto, pues solo así, solo bajo esta condición podemos precavernos de errores al extraer ejemplos aislados. Es comprensible que se pueden encontrar cuantos ejemplos se quiera en confirmación de cualquier tesis. Pero no se trata de eso. Solo bajo esta condición podemos intentar llegar a esclarecer la conexión entre los destinos de las corrientes políticas en el país, tomando estas corrientes en su totalidad, y los destinos de los intereses de clase, que siempre se manifiestan en las grandes, serias e importantes corrientes políticas, si examinamos estas corrientes en su conjunto, en toda su totalidad.

Y he aquí que, echando un vistazo a las grandes corrientes políticas en Rusia, pienso que no se puede discutir que se dividen de modo manifiesto e indiscutible en tres grandes grupos. En el primero tenemos a toda la burguesía, cohesionada íntegra y firmemente, como un solo hombre, en la más decidida, se podría decir, desaforada, «oposición» contra el poder soviético. Por supuesto, la palabra «oposición», aplicada a este ejemplo, solo puede emplearse entre comillas, porque en realidad tenemos aquí una lucha furiosa, que ha atraído ahora al lado de la burguesía a todos esos partidos pequeñoburgueses que estuvieron de acuerdo con Kérenski durante la revolución, esto es, los mencheviques, los novozhiznentsi y los eseristas de derecha, que han superado incluso a la burguesía en el furor de sus ataques contra nosotros, pues es sabido que muy a menudo el furor de los ataques y la sonoridad de los ladridos son inversamente proporcionales a la fuerza del elemento político del que provienen los furiosos ataques. (Aplausos.)

Toda la burguesía y todos sus corifeos y todos sus servidores, del tipo de Chernov y del tipo de Tsereteli, todos ellos coincidían en furiosos ataques contra el poder soviético. Todos ellos añoran aquella grata perspectiva que llevaron a la práctica sus amigos, sus correligionarios políticos en Ucrania, de concertar una paz tal que les permitiera, con ayuda de la bayoneta alemana y de la burguesía autóctona, aplastar la influencia de los bolcheviques. Esto es harto conocido. Un magnífico ejemplo de amigos semejantes lo tenemos en la persona de Chjenkeli en el Cáucaso. Todos y cada uno lo recuerdan de los periódicos.

Es comprensible que el proletariado, que tomó el poder y comenzó a implantar la dictadura de los trabajadores, la dictadura de los más pobres contra los explotadores, no pudiera, por supuesto, encontrar otra cosa.

Por un lado, tenemos un flanco, un frente, lleno de unidad. Si a veces nos obsequian con ensoñaciones sobre un frente democrático único, yo, al menos, en los raros minutos en que me veo obligado a tomar en las manos los periódicos burgueses, en el raro caso en que se experimenta el placer de leer periódicos como «Nash Vek», «Delo Naroda», etc., al hojear todos esos periódicos, siempre pienso: ¿pues qué más necesitáis para la «unidad del frente democrático»?

Toda esa unidad del «frente democrático» la tienen del modo más completo, y nosotros solo podemos alegrarnos de esa unidad, pues, en la medida en que las migajas de ese periodismo burgués llegan a las masas, no es unidad del frente democrático, sino unidad de ataques a los bolcheviques. Y esta unidad de frente, desde Miliukov hasta Már tov, merecía que nosotros, para el 1 de mayo, le otorgásemos una hoja de elogio por su magnífica propaganda en favor de los bolcheviques.

¡Camaradas! Si tomáis el otro campo opuesto, en este campo veréis ahora solo a nuestro partido, el partido de los comunistas-bolcheviques. Los acontecimientos se han configurado de tal modo que nuestros aliados durante la mayor parte del período posterior a octubre —los eseristas de izquierda— se han apartado en este momento de la participación formal en el poder. Su último congreso ha marcado con especial claridad la extrema oscilación en este partido{99}, y esto se ha revelado ahora más nítidamente que nunca, aunque también en la prensa este partido expresa igualmente una completa confusión y una total vacilación.

Si se os ocurriera trazar una curva que mostrara cómo este partido desde febrero de 1917 —por supuesto, antes de la escisión de los eseristas entre el ala izquierda y la derecha—, si se os ocurriera trazar una curva que mostrara, mes por mes, de qué lado se ponía este partido, si del lado del proletariado o del lado de la burguesía, si se trazara esa curva a lo largo de un año, resultaría una curva, algo así como una hoja clínica, al examinar la cual cualquiera se diría a sí mismo: ¡pero qué fiebre tan asombrosa, tan asombrosamente pertinaz!

En efecto, vacilaciones tan constantes e ininterrumpidas como las de este partido, difícilmente las ha realizado ningún otro en la historia de la revolución.

Y he aquí que, si tomamos todas estas tres corrientes fundamentales y las examinamos, nos resultará claro que tal agrupación no es casual, que confirma plenamente lo que a nosotros, los bolcheviques, nos había tocado señalar en 1915, todavía desde el extranjero, cuando empezaron a llegar las primeras noticias de que la revolución en Rusia estaba madurando, de que era inevitable, y cuando nos veíamos obligados a responder a las preguntas de en qué situación se encontraría el partido si, aún durante la guerra, los acontecimientos lo colocaran en el poder. Entonces nos tocaba decir: es posible que la revolución obtenga una victoria decisiva; esto puede ser, desde el punto de vista de clase, si en los momentos decisivos, en los puntos decisivos, los elementos dirigentes de la pequeña burguesía vacilan hacia el lado del proletariado[27]; así ha ocurrido literalmente, así ha marchado y marcha ahora la historia de la revolución rusa. Por supuesto, de estas vacilaciones de los elementos pequeñoburgueses no podemos extraer en modo alguno fundamentos para el pesimismo, por no hablar ya de la desesperación; y es comprensible que la revolución en un país que se volvió contra la guerra imperialista antes que otros países, la revolución en un país atrasado, que los acontecimientos, en grado considerable, debido al atraso de este país, colocaron, por supuesto, por un corto tiempo y, por supuesto, en cuestiones particulares, por delante de los demás países, más avanzados, esta revolución, por supuesto, está inevitablemente condenada a atravesar los momentos más difíciles, más penosos y, en el futuro próximo, los más desoladores; que en tales momentos conserve su frente y sus auxiliares, que se las arregle sin los vacilantes, eso sería completamente antinatural; eso significaría no tener en cuenta en absoluto el carácter de clase de la transformación, la naturaleza de los partidos y de las agrupaciones políticas.

Y he aquí que, si observamos ahora la suma de corrientes políticas en Rusia desde el punto de vista de las tareas del momento, desde el punto de vista de cómo se plantean ante nosotros las verdaderas tareas inmediatas y primordiales, las tareas de organización, de disciplina, de contabilidad y control, veremos aquí que no hay el menor intento de valorar esta tarea en esencia en el campo que une el «frente democrático único» desde Miliukov hasta Már tov. No lo hay y no puede haberlo porque allí hay un solo deseo maligno —y cuanto más maligno, tanto más honorable para nosotros— de encontrar alguna posibilidad, o indicio, o ensueño para el derrocamiento del poder soviético, y nada más. Por desgracia, precisamente los representantes del partido de los eseristas de izquierda han expresado más que nada, a pesar de la enorme entrega a la revolución demostrada por toda una serie de miembros de este partido, que mostraron siempre mucha iniciativa y energía, han revelado precisamente vacilación en la cuestión de las tareas inmediatas del momento actual en el sentido de la disciplina proletaria, de la contabilidad, la organización y el control, de aquellas tareas que para los socialistas se volvieron naturales cuando el poder fue conquistado, cuando los ataques militares de los Kérenski y los Krasnov, hasta los Kornílov, Gueguechkori y Alekséiev, fueron rechazados.

Ahora, cuando por primera vez hemos entrado en el meollo del curso de la revolución, se trata de si vencerá la disciplina y la organización proletarias, o si vencerá el elemento de los pequeños propietarios pequeñoburgueses, que en Rusia es particularmente fuerte.

El principal campo de lucha contra nosotros para nuestros adversarios del campo pequeñoburgués es el terreno de la política interior y de la construcción económica; su instrumento es la subversión de todo aquello que el proletariado decreta y se esfuerza por realizar en la obra de edificar una economía socialista organizada. Aquí, el elemento pequeñoburgués —el elemento de los pequeños propietarios y del egoísmo desenfrenado— se alza como enemigo decidido del proletariado.

Y en esta curva que la pequeña burguesía ha dado a lo largo de todos los acontecimientos de la revolución, vemos el más brusco alejamiento suyo de nosotros; es natural que aquí, en este campo, tengamos la oposición principal a las tareas inmediatas y actuales del momento en el sentido más exacto de la palabra; aquí, la oposición de personas que no niegan su acuerdo de principio con nosotros, que nos apoyan en cuestiones más esenciales que aquellas por las que nos critican, una oposición unida al apoyo.

No nos sorprenderá que en las páginas de la prensa eserista de izquierda encontremos declaraciones como la que yo encontré en «Znamia Trudá»{100} del 25 de abril. He aquí lo que en ella se escribe: «Los bolcheviques de derecha son ratificadores» (un mote terriblemente despectivo). ¿Cómo sería si pusiéramos el mote contrario sobre los belicistas? ¿Daría una impresión menos terrible? Pues bien, si tenemos que toparnos con semejantes corrientes en el bolchevismo, esto dice algo. Precisamente el 25 de abril me tocó examinar las tesis en un periódico que nos dio una caracterización política. Cuando leí esa tesis, pensé: ¿no habrá aquí alguien del periódico de los «comunistas de izquierda» «Kommunist» o de su revista{101}?, tan parecido es todo; pero tuve que desengañarme, porque resultó que se trataba de la tesis de Isuv, publicada en el periódico «Vperiod»{102}. (Risas, aplausos.)

He aquí, camaradas, cuando nos toca observar fenómenos políticos de este género, como la solidaridad de «Znamia Trudá» con una corriente particular del bolchevismo, o con ciertas tesis mencheviques formuladas del mismo partido que llevó la política de bloque con Kérenski, del mismo partido en el que Tsereteli realizaba el acuerdo con la burguesía, nos toca encontrarnos con ataques que coinciden punto por punto con los que oímos de parte del grupo de los «comunistas de izquierda» y de la nueva revista; aquí hay algo que no cuadra. Aquí hay algo que arroja luz sobre el verdadero significado de estos ataques, y merece la pena prestar atención a estos ataques ya porque aquí tenemos la posibilidad de evaluar las tareas principales del poder soviético en disputas con personas con las que discutir es interesante porque tenemos aquí tanto la teoría marxista, tomamos en consideración el significado de los acontecimientos de la revolución y un indudable deseo de hallar la verdad. Aquí, la base fundamental para la disputa en esencia la proporciona la entrega al socialismo y la decisión indiscutible de ponerse del lado del proletariado, contra la burguesía, cualesquiera que sean los errores que, en opinión de tales o cuales personas, grupos o corrientes, cometa en ello el proletariado que lucha contra la burguesía.

Si digo que es interesante discutir con ellos, entiendo, por supuesto, por discusión interesante con ellos no la polémica, sino el hecho de que esta cuestión atañe a una disputa que es la cuestión más sustancial, la cuestión medular de la actualidad. No es casual que precisamente en esta línea se lleven las disputas. En esta línea discurre objetivamente ahora la tarea medular, la tarea de la lucha revolucionaria del proletariado, que está dictada por las actuales condiciones de Rusia y que debe llevarse a cabo por todos los medios en medio de toda la abundancia de las más diversas corrientes pequeñoburguesas, en medio de toda la necesidad para el proletariado de decirse a sí mismo: en este punto no puede hacer ninguna concesión, pues la revolución socialista, que comenzó con que el poder le fue arrebatado a la burguesía y continuó con que toda resistencia de la burguesía fue quebrantada, coloca decididamente en primer plano las cuestiones de la disciplina proletaria y la organización de los trabajadores, y la capacidad de abordar el trabajo con estricta eficiencia y con conocimiento de los intereses de la gran industria. Estas cuestiones debe resolverlas el proletariado en la práctica, pues de lo contrario sufrirá la derrota. He aquí la principal, la verdadera dificultad de la revolución socialista. Precisamente por eso es tan interesante, tan importante, en el sentido histórico y político de la palabra, discutir con los representantes del grupo de los «comunistas de izquierda», a pesar de que, tomando su posición y su teoría, examinándolas, no vemos en ella, lo repito —y ahora lo demostraré—, absolutamente nada más que las mismas vacilaciones pequeñoburguesas. Los camaradas del grupo de los «comunistas de izquierda», como quiera que se llamen, golpean, ante todo, con sus tesis. Supongo que la inmensa mayoría de los reunidos conoce sus puntos de vista, porque en los círculos bolcheviques los hemos discutido en esencia desde comienzos de marzo, y quienes no se han interesado por la abundante literatura política no han podido dejar de saber de ellos, de no discutirlos en relación con los debates que se desarrollaron en el último Congreso de los Soviets de toda Rusia.

Y he aquí que vemos, ante todo, en sus tesis lo mismo que vemos ahora en todo el partido de los eseristas, lo mismo que vemos ahora tanto en el campo de la derecha, como en el campo de la burguesía desde Miliukov hasta Már tov, a quienes les resultan particularmente penosas las actuales penalidades de la situación para Rusia, desde el punto de vista de la pérdida de su condición de gran potencia, desde el punto de vista de su transformación de nación vieja, de Estado opresor en país oprimido, desde aquel punto de vista en que hay que resolver ya no sobre el papel, sino en la práctica, la cuestión de si vale la pena el peso del camino hacia el socialismo, el peso de la revolución socialista iniciada, para que el país atraviese incluso las situaciones más penosas en el sentido de su estatalidad, en el sentido de su independencia nacional.

Aquí está la división más profunda entre aquellos para quienes la independencia y la soberanía estatales, que para toda la burguesía es un ideal y un límite, su sancta sanctorum —un límite más allá del cual no se ha de ir, y atentar contra el cual es negación del socialismo—, y aquellos que dicen que la revolución socialista en la época de la furiosa carnicería de los imperialistas por el reparto del mundo, no puede prescindir de la más gravosa derrota para muchas naciones que antes se consideraban opresoras. Y que, por muy penoso que esto sea para la humanidad, a todas esas pruebas irán los socialistas, los socialistas conscientes.

Sobre este terreno, el más inaceptable, sobre este terreno vacilaron más que nada los eseristas de izquierda, y precisamente sobre este terreno vemos la mayor cantidad de vacilaciones en los «comunistas de izquierda».

Ahora ellos, en sus tesis que, como sabemos, discutieron con nosotros el 4 de abril{103} y publicaron el 20 de abril, vuelven hasta ahora una y otra vez a la cuestión de la paz.

Prestan la mayor atención a la valoración de la cuestión de la paz y de ese modo se esfuerzan por demostrar que la paz es una manifestación de la psicología de una masa cansada y desclasada.

Hasta qué punto son cómicos sus argumentos, cuando aducen sus cifras de que 12 estuvieron en contra y 28 a favor de la conclusión de la paz{104}. ¿Pero acaso no habría que, si se reúnen cifras, si se recuerda la votación de hace mes y medio, tomar cifras más cercanas? Si se atribuye significado político a esta votación, ¿acaso no habría que recordar la votación del Congreso de los Soviets de toda Ucrania{105}, antes de decir que el Sur sano estuvo contra la paz, y que el Norte cansado, desclasado, industrialmente debilitado estuvo, al parecer, a favor de la paz? ¿Acaso no habría que recordar la votación de la mayoría de la fracción del Congreso de los Soviets de toda Rusia, en la que no se halló ni una décima parte contra la paz? Si se recuerdan las cifras y se les atribuye significado político, hay que tomar en conjunto la votación política, y entonces veréis de inmediato que los partidos que aprendieron de memoria ciertas consignas, que hicieron de esas consignas un fetiche, resultaron estar del lado de la pequeña burguesía, mientras que la masa de los trabajadores y explotados, la masa de obreros, soldados y campesinos, no rechazaba la paz.

Y ahora, cuando junto a la crítica de esta posición sobre la paz se nos obsequia con la idea de que, al parecer, esto lo llevaron a cabo masas cansadas y desclasadas, cuando vemos claramente que precisamente la intelectualidad desclasada estuvo contra la paz, cuando se nos da una valoración de los acontecimientos como la que leo en los periódicos, este hecho nos muestra que en la cuestión de la conclusión de la paz la mayoría de nuestro partido tenía absolutamente razón, que cuando se nos decía que el juego no valía la pena, que contra nosotros se habían unido ya todos los imperialistas, que de todos modos nos ahogarían, nos conducirían a la vergüenza, etc., nosotros a pesar de todo concluimos la paz. No solo les parecía vergonzosa, les parece inútil. Se nos decía que no obtendríamos tregua. Y cuando respondíamos: no se puede saber cómo se configurarán las relaciones internacionales, pero sabemos que los enemigos imperialistas están enzarzados entre sí en una pelea, los acontecimientos lo confirmaron, y esto lo reconoció el grupo de los comunistas de izquierda, nuestros adversarios ideológicos y de principios, que se mantienen en general y en conjunto en el punto de vista del comunismo.

Esta sola frase es un pleno reconocimiento de lo correcto de nuestra táctica y la más completa condena de aquellas vacilaciones en la cuestión de la paz que más que nada apartaron de nosotros a cierta ala de nuestros partidarios, tanto a toda el ala agrupada en el partido de los eseristas de izquierda, como al ala que en nuestro partido hubo, hay y, se puede decir con certeza, permanecerá con él y que en sus vacilaciones revela de modo especialmente gráfico la fuente de estas vacilaciones. Sí, la paz a la que llegamos es sumamente frágil, la tregua que hemos obtenido puede ser rota cualquier día tanto desde el Oeste como desde el Este, de eso no hay duda; nuestra situación internacional es tan crítica que debemos tensar todas las fuerzas para aguantar el mayor tiempo posible, mientras madura la revolución occidental, que está madurando mucho más lentamente de lo que esperábamos y deseábamos, pero que indudablemente está madurando; ella, indudablemente, absorbe y abarca cada vez más material combustible.

Si nosotros, como destacamento aislado del proletariado mundial, nos hemos adelantado los primeros, no es porque este destacamento esté organizado con más fuerza. No, está peor, más débil, menos organizado que otros; pero la mayor necedad y pedantería sería razonar, como hacen muchos: bueno, sí, si hubiera comenzado la obra el más organizado, y tras él hubiera ido el menos organizado, y luego el organizado en tercer grado, entonces todos nos habríamos convertido gustosamente en auxiliares de la revolución socialista. Pero puesto que las cosas no salieron según el libro, puesto que resultó que el destacamento de vanguardia no fue apoyado por otros destacamentos, nuestra revolución está condenada a perecer. Y nosotros decimos: no, nuestra tarea es la modificación de la organización universal; nuestra tarea, en tanto que estamos solos, consiste en mantener la revolución, en conservar para ella al menos una cierta fortaleza del socialismo, por débiles y moderadas que sean sus dimensiones, mientras madura la revolución en otros países, mientras se acercan otros destacamentos. Pero esperar de la historia que mueva a los destacamentos socialistas de los distintos países con estricta gradualidad y planificación, significa no tener ni idea de la revolución o, por su estupidez, renunciar al apoyo a la revolución socialista.

En el momento en que nos hemos aclarado a nosotros mismos y hemos demostrado que tenemos una posición sólida en Rusia y que no tenemos fuerzas contra el imperialismo internacional, nuestra tarea es una sola, nuestra táctica se define como táctica de maniobra, de expectativa y de retroceso. Sé muy bien que estas palabras no pueden pretender popularidad, que si se las tergiversa de manera correspondiente y se las pone en relación con la palabra «coalición», se abre el camino más ancho para picantes comparaciones, para toda clase de reproches y para todo tipo de chanzas; pero, por mucho que nuestros adversarios —los burgueses— por la derecha y nuestros amigos de ayer por la izquierda, los eseristas de izquierda, y nuestros —estoy seguro— amigos de ayer, de hoy y de mañana, los «comunistas de izquierda», por mucho que dirijan contra esto las flechas de su ingenio y por muchas pruebas que aporten de sus vacilaciones pequeñoburguesas, estos hechos no pueden refutarlos. Los acontecimientos nos han confirmado; obtuvimos la tregua solo porque en Occidente continúa la carnicería imperialista, y en el Lejano Oriente la rivalidad imperialista se inflama cada vez más; solo con esto se explica la existencia de la república soviética, la más débil cuerdecita de la que, en este momento político, nos sostenemos. Por supuesto, no nos protegerá el papelucho, el tratado de paz, ni la circunstancia de que no deseamos guerrear con Japón; es cierto que ella saquea, sin reparar en ningún tratado, en ninguna formalidad; nos protegerá, por supuesto, no el tratado de papel o el «estado de paz», nos protegerá la contienda que continúa en Occidente entre los dos «gigantes» del imperialismo y nuestra propia capacidad de resistencia. No hemos olvidado la lección fundamental del marxismo, que tan gráficamente confirmó la revolución rusa: hay que contar con fuerzas de decenas de millones; menos no cuenta en política, menos lo descarta la política como una magnitud que no tiene significado alguno; si desde este lado examinamos la revolución internacional, la cosa está más clara que el agua: un país atrasado puede empezar fácilmente, porque su adversario está podrido, porque su burguesía está desorganizada; pero, para continuar, se requiere cien mil veces más circunspección, cautela y resistencia. En Europa Occidental será de otro modo, allí es inmensamente más difícil empezar, allí es inmensamente más fácil seguir adelante. No puede ser de otro modo, porque allí la organización y la cohesión del proletariado son inmensamente mayores. Y mientras estamos solos, calculando las fuerzas, debemos decirnos: tenemos una única oportunidad, mientras no haya estallado la revolución europea que nos librará de todas las dificultades, tenemos una sola oportunidad: la continuación de la lucha de los gigantes imperialistas internacionales; esta oportunidad la hemos calculado correctamente, la hemos mantenido durante algunas semanas, pero puede estallar mañana. De aquí la conclusión: en nuestra política exterior, continuar lo que comenzamos en marzo, lo que se formula con las palabras: maniobrar, retroceder, esperar. Cuando en ese «Kommunist» de izquierda aparecen las palabras «política exterior activa», cuando toman la expresión defensa de la patria socialista entre comillas que pretenden ser irónicas, entonces me digo a mí mismo: esta gente no ha entendido absolutamente nada de la situación del proletariado occidental. Si se llaman a sí mismos «comunistas de izquierda», se deslizan hacia el punto de vista de la pequeña burguesía vacilante, que en la revolución ve la garantía de un orden peculiar. Las relaciones internacionales dicen más claro que el agua: aquel ruso que hubiera pensado, partiendo de las fuerzas rusas, plantearse la tarea de derrocar el imperialismo internacional, sería un hombre que ha perdido el juicio. Y mientras allí, en Occidente, la revolución madura, aunque ahora madura más rápido que ayer, nuestra tarea es solo esta: nosotros, que somos el destacamento que ha resultado estar en vanguardia, a pesar de nuestra debilidad, debemos hacerlo todo, aprovechar cada oportunidad para mantenernos en las posiciones conquistadas. Todas las demás consideraciones deben subordinarse a esto: aprovechar plenamente la oportunidad para que el momento en que el imperialismo internacional se una contra nosotros lo aplacemos durante algunas semanas; si actuamos así, marcharemos por el camino que todo obrero consciente en los países europeos aprobará, pues él sabe que lo que nosotros hemos aprendido solo desde 1905, Francia e Inglaterra lo aprendieron durante siglos; él sabe con qué lentitud madura la revolución en la sociedad libre de la burguesía unida; él sabe que contra tales fuerzas será necesario poner en movimiento una oficina de agitación que llevará a cabo propaganda en el verdadero sentido de esta palabra, cuando estemos hombro con hombro con el proletariado alemán, francés, inglés sublevado. Hasta entonces, por muy triste que sea, por mucho que repugne a las tradiciones revolucionarias, la táctica es una y solo una: esperar, maniobrar y retroceder.

Y cuando se dice que no tenemos una política internacional exterior, yo digo: cualquier otra política, consciente o inconscientemente, se desliza hacia el papel de provocación y de convertir a Rusia en un instrumento de alianza con imperialistas del tipo de Chjenkeli o del tipo de Semiónov.

Y nosotros decimos: mejor atravesar y soportar, sufrir humillaciones y penalidades nacionales y estatales infinitamente grandes, pero permanecer en nuestro puesto como destacamento socialista, desgajado en virtud de los acontecimientos de las filas del ejército socialista y obligado a esperar hasta que la revolución socialista en otros países acuda en ayuda. Y ella viene en nuestra ayuda. Lentamente, pero viene. Y la guerra que ahora se desarrolla en Occidente revolucioniza a las masas más que antes y aproxima la hora de la insurrección.

La propaganda que se ha llevado hasta ahora decía que la guerra imperialista es la más criminal y reaccionaria guerra de rapiña. Pero ahora se confirma que en el frente occidental, donde centenares de miles y millones de soldados franceses y alemanes libran la carnicería, la maduración de la revolución no puede dejar de marchar más rápido que antes, aunque esta revolución marche más lentamente de lo que esperábamos.

Me he detenido en la cuestión de la política exterior más de lo que quería, pero me parece que aquí vemos gráficamente cómo, en esencia, en la cuestión de la política exterior se alzan ante nosotros dos líneas fundamentales: la línea proletaria, que dice que la revolución socialista es lo más valioso y está por encima de todo, y hay que calcular cuán pronto surgirá en Occidente, y la otra línea, la burguesa, que dice que para ella la condición de gran potencia estatal y la independencia nacional son lo más valioso y están por encima de todo.

En las cuestiones internas vemos lo mismo de parte del grupo de los «comunistas de izquierda», que repiten los argumentos fundamentales dirigidos contra nosotros desde el campo de la burguesía. Por ejemplo, el argumento fundamental del grupo de los «comunistas de izquierda» contra nosotros es que se observa una desviación bolchevique de derecha, que amenaza a la revolución con que esta se encamine por la vía del capitalismo de Estado.

La evolución hacia el capitalismo de Estado: he aquí el mal, he aquí el enemigo contra el cual se nos invita a luchar.

Y he aquí que, cuando leo estas referencias a semejantes enemigos en el periódico de los «comunistas de izquierda», pregunto: ¿qué les ha pasado a estas personas, cómo pueden, a causa de fragmentos de libritos, olvidar la realidad? La realidad dice que el capitalismo de Estado sería para nosotros un paso adelante. Si en Rusia pudiéramos, en un corto espacio de tiempo, realizar el capitalismo de Estado, eso sería una victoria. ¿Cómo pudieron no ver que el pequeño propietario, el pequeño capital es nuestro enemigo? ¿Cómo pudieron ver en el capitalismo de Estado al enemigo principal? Al pasar del capitalismo al socialismo, no deben olvidar que nuestro enemigo principal es la pequeña burguesía, sus hábitos, sus costumbres, su situación económica. El pequeño propietario ante todo teme al capitalismo de Estado, porque tiene un solo deseo: arrebatar, obtener para sí lo más posible, arruinar, rematar a los grandes terratenientes, a los grandes explotadores. Y en esto el pequeño propietario nos apoya de buen grado.

Aquí es más revolucionario que los obreros, porque tiene más encono, más indignación, y por eso va de buen grado a rematar a la burguesía, pero no como socialista, para, una vez quebrada la resistencia de la burguesía, comenzar la construcción de la economía socialista sobre los principios de una firme disciplina laboral, en el marco de una estricta organización, bajo la condición de un correcto control y contabilidad, sino para, habiendo arrebatado para sí lo más posible, utilizar en su beneficio y para sus fines los frutos de la victoria, sin interesarse en lo más mínimo por los intereses del conjunto del Estado ni por los intereses de la clase de los trabajadores en su totalidad.

¿Qué es el capitalismo de Estado bajo el poder soviético? En la actualidad, realizar el capitalismo de Estado significa llevar a la práctica esa contabilidad y control que las clases capitalistas llevaban a la práctica. Tenemos un modelo de capitalismo de Estado en Alemania. Sabemos que ella resultó estar por encima de nosotros. Pero si pensáis al menos un poco en lo que significaría en Rusia, en la Rusia soviética, asegurar las bases de tal capitalismo de Estado, entonces cualquier persona que no haya perdido el juicio y que no se haya atiborrado la cabeza con fragmentos de verdades librescas debería decir que el capitalismo de Estado es para nosotros la salvación.

He dicho que el capitalismo de Estado sería la salvación para nosotros; si lo tuviéramos en Rusia, entonces la transición al socialismo pleno sería fácil, estaría en nuestras manos, porque el capitalismo de Estado es algo centralizado, calculado, controlado y socializado, y justamente eso es lo que nos falta, nos amenaza el elemento del desorden pequeñoburgués, que ha sido preparado sobre todo por la historia de Rusia y su economía y que precisamente no nos deja dar ese paso del cual depende el éxito del socialismo. Me permitiré recordaros que mis palabras sobre el capitalismo de Estado me tocó escribirlas algún tiempo antes de la revolución, y es una necedad clamorosa asustarnos con el capitalismo de Estado. Recuerdo que en mi folleto «La catástrofe que nos amenaza»[28] escribí entonces... (Lee.)

Esto lo escribí sobre el Estado democrático-revolucionario, el Estado de Kérenski, Chernov, Tsereteli, Kishkin y compañía, sobre aquel Estado que se mantenía en el terreno burgués y no se apartaba de él ni podía apartarse; decía entonces que el capitalismo de Estado es un paso hacia el socialismo; escribí esto en septiembre de 1917 y ahora, en abril de 1918, después de que en octubre el proletariado tomó el poder, cuando ha demostrado su capacidad: muchas fábricas y talleres han sido confiscados, empresas y bancos nacionalizados, quebrantada la resistencia militar de la burguesía y de los saboteadores; ahora, cuando se nos asusta con el capitalismo, esto es una necedad, un invento tan risible, tan archirrancio, que resulta asombroso, y uno se pregunta: ¿cómo pudieron llegar a eso? Olvidaron la minucia de que en Rusia tenemos una masa de pequeña burguesía que simpatiza con la destrucción de la gran burguesía de todos los países, pero no simpatiza con la contabilidad, la socialización y el control; en esto está el peligro para la revolución, he aquí la unidad de fuerzas sociales que arruinó a la gran revolución francesa y no pudo menos que arruinarla, y que, si el proletariado ruso resulta débil, solo eso puede arruinar la revolución rusa. La pequeña burguesía, como vemos, impregna toda la atmósfera social de tendencias de pequeños propietarios, de aspiraciones que, simplemente, se expresan así: al rico le quité, pero de los demás no me importa nada.

Este es el peligro principal. Si los pequeños burgueses estuvieran subordinados a otros elementos de clase, estuvieran subordinados al capitalismo de Estado, el obrero consciente debería acogerlo con ambas manos, porque el capitalismo de Estado bajo la democracia de Kérenski habría sido un paso hacia el socialismo, y bajo el poder soviético sería 3/4 del socialismo, porque quien es el organizador de las empresas capitalistas de Estado, a ese se le puede convertir en auxiliar propio; y los «comunistas de izquierda» se refieren a esto de otro modo, lo tratan con desdén, y cuando con los «comunistas de izquierda» tuvimos la primera reunión el 4 de abril, lo que, entre otras cosas, prueba que esta cuestión, proveniente de una historia lejana, de largas discusiones, ya es pasado, dije que es necesario, si comprendemos correctamente nuestras tareas, aprender socialismo de los organizadores de los trusts.

Estas palabras indignaron terriblemente a los «comunistas de izquierda», y uno de ellos, el camarada Osinski, dedicó todo su artículo a destrozar estas palabras. He aquí a qué se reduce la esencia de sus argumentos. «Pues nosotros no queremos enseñarles, sino aprender de ellos.» Nosotros, los bolcheviques «de derecha», queremos aprender de los organizadores del trust, mientras que los «comunistas de izquierda» quieren enseñar{106}. «Pero ¿qué es lo que queréis enseñarles? ¿Acaso socialismo? ¡Enseñar socialismo a los comerciantes, a los negociantes!» (Aplausos.) No, ocupaos, si queréis, de ese asunto, nosotros no os ayudaremos; es un asunto vacío. Nosotros no tenemos nada que enseñarles a estos ingenieros, negociantes, comerciantes. No hay por qué enseñarles socialismo. Si hubiéramos tenido una revolución burguesa, no tendríamos nada que aprender de ellos, salvo quizás a apañar lo que se pueda, y basta, y no habría nada más que aprender. No, esto aún no es la revolución socialista. Esto es lo que hubo en Francia en 1793, esto es donde no hay socialismo, y esto es solo la introducción al socialismo.

A los terratenientes hay que derribarlos, a la burguesía hay que derribarla, y millones de veces tienen razón ante la historia, serán justificadas todas las acciones de los bolcheviques, toda su lucha, la violencia contra los terratenientes y capitalistas, la expropiación, la supresión violenta de su resistencia. En general y en conjunto, esta fue la más grandiosa tarea histórica, pero fue solo el primer paso. Aquí la cuestión es para qué los hemos aplastado; ¿acaso para decir que ahora, tras haber aplastado definitivamente, vamos a postrarnos ante su capitalismo? No, ahora vamos a aprender de ellos, porque nos faltan conocimientos, porque esos conocimientos no los tenemos. Conocimiento del socialismo tenemos, pero conocimiento de la organización a escala millonaria, conocimiento de la organización y distribución de productos, etc., eso no lo tenemos. Los viejos dirigentes bolcheviques no nos enseñaron esto. El partido bolchevique no puede enorgullecerse de ello en su historia. Este curso aún no lo hemos aprobado. Y decimos: que sea aunque un archipillo, pero si organizó un trust, si es un comerciante que tuvo que ver con la organización de la producción y distribución para millones y decenas de millones, si posee experiencia, debemos aprender de él. Si no aprendemos esto de ellos, no obtendremos el socialismo; entonces la revolución se quedará en el escalón al que ha llegado. Solo el desarrollo del capitalismo de Estado, solo la esmerada organización de la contabilidad y el control, solo la más estricta organización y la disciplina laboral nos conducirán al socialismo. Y sin esto no hay socialismo. (Aplausos.)

No tenemos por qué acometer la ridícula tarea de enseñar a los organizadores de los trusts; no hay nada que enseñarles. A ellos tenemos que expropiarlos. Esto no ofrece dificultad. En esto no hay ninguna dificultad. (Aplausos.) Esto lo hemos mostrado y demostrado suficientemente.

Y a cada delegación obrera con la que me ha tocado tratar, cuando venía a mí y se quejaba de que la fábrica se paraba, le decía: ¿queréis que vuestra fábrica sea confiscada? Muy bien, tenemos los formularios de los decretos listos, los firmaremos en un minuto. (Aplausos.) Pero decidme: ¿habéis sabido tomar la producción en vuestras manos y habéis calculado lo que producís? ¿Conocéis la conexión de vuestra producción con el mercado ruso e internacional? Y resultaba que aún no habían aprendido eso, y en los libritos bolcheviques sobre eso aún no se ha escrito, y en los libritos mencheviques tampoco se ha dicho nada.

Mejor que nadie llevan adelante la obra aquellos obreros que implantan este capitalismo de Estado: los curtidores, los textiles, los de la producción azucarera, porque ellos, con la sensatez del proletario, conocen su producción y quieren conservarla y hacerla más grande, porque en eso está el mayor socialismo{107}. Ellos dicen: «Yo todavía no puedo con esta tarea, pondré a los capitalistas, les cederé 1/3 de los puestos y aprenderé de ellos». Y cuando leo en los «comunistas de izquierda» las palabras irónicas: «aún no se sabe quién utiliza a quién», me resulta extraña su falta de visión. Por supuesto, si después de la toma del poder en octubre y después de la marcha victoriosa contra toda la burguesía de octubre a abril, podemos dudar de quién utiliza a quién —si el obrero a los organizadores de los trusts, o el negociante y el vividor utilizan a los obreros—, si así fuera, habría que liar los bártulos y largarse a su casa, cediendo el puesto a los Miliukov y los Már tov. Pero no es así. Y el obrero consciente no lo creerá, y son ridículos los temores de la pequeña burguesía; ellos saben que el socialismo comienza allí donde comienza la producción más grande, que este oficio los comerciantes y negociantes lo aprendieron por propia experiencia.

Y decíamos: he aquí que solo estas condiciones materiales, las condiciones de la gran industria maquinizada, de las empresas gigantescas que sirven a decenas de millones, solo ellas son la base del socialismo, y aprender este oficio en un país pequeñoburgués, campesino, es difícil, pero posible. La revolución vendrá al precio de la guerra civil, pero esto es una cosa tanto más dura cuanto más civilizado, cuanto más desarrollado es el Estado; en Alemania domina el capitalismo de Estado, y por eso la revolución en Alemania será cien veces más ruinosa y destructora que en un país pequeñoburgués, y allí habrá gigantescas dificultades y un gigantesco caos y desequilibrio. Y por eso no veo ni sombra ni el menor fundamento para la desesperación y el abatimiento en el hecho de que la revolución rusa haya resuelto primero una tarea más fácil —derribar al terrateniente y a la burguesía— y se haya plantado ahora ante la tarea más difícil, la socialista: organizar la contabilidad y el control de todo el pueblo, aquella tarea con la que comienza el verdadero socialismo, aquella tarea por la cual está la mayoría de los obreros y de los trabajadores conscientes. Sí, la mayoría de los obreros, mejor organizada, que ha pasado por la escuela de los sindicatos: está plenamente con nosotros.

Las cuestiones que intentan desechar con mofa los señores de «Vperiod», sobre el salario a destajo y el sistema de Taylor, esta mayoría las planteó antes que nosotros en los consejos de los sindicatos, antes aún de que llegara el poder soviético con sus Soviets; se alzaron y emprendieron el trabajo para elaborar normas de disciplina laboral. Estas personas han mostrado que, en su modestia proletaria, conocían el ambiente del trabajo fabril, captaron la esencia del socialismo mejor que quienes lanzaban frases revolucionarias, pero en la práctica, consciente o inconscientemente, descendían al nivel de la pequeña burguesía, que se mantenía en el punto de vista de: al rico derribarlo, pero no es interesante ponerse a uno mismo bajo la contabilidad y el control de la organización; esto a los pequeños propietarios les sobra, no lo necesitan, y solo en esto reside la garantía de la solidez y la victoria de nuestra revolución.

Camaradas, no voy a tocar más detalles y citas del periódico «Kommunist de Izquierda»{108}, y en dos palabras diré: ya es hora de gritar cuando personas han llegado a afirmar que la introducción de la disciplina laboral será un paso atrás, y debo decir que veo en esto una cosa reaccionaria tan inaudita, una amenaza tal para la revolución, que si no supiera que esto lo dice un grupo sin influencia y que en cualquier reunión obrera consciente lo refutarán, diría: la revolución rusa ha perecido.

Los comunistas de izquierda escriben: «la introducción de la disciplina laboral, en relación con el restablecimiento de la dirección de los capitalistas en la producción, no puede aumentar sustancialmente la productividad del trabajo, pero rebajará la autoactividad de clase, la actividad y la organización del proletariado. Amenaza con la esclavización de la clase obrera...». Esto no es verdad; si así fuera, nuestra revolución rusa, en sus tareas socialistas, en su esencia socialista, estaría al borde del colapso. Pero no es verdad. Es la intelectualidad pequeñoburguesa desclasada la que no comprende que para el socialismo la principal dificultad consiste en asegurar la disciplina del trabajo. Sobre esto escribieron los socialistas desde hace mucho, sobre esto pensaron más que nada los socialistas en el pasado lejano, a esto dedicaron la mayor atención y análisis; comprendían que aquí comienzan las verdaderas dificultades para la revolución socialista. Y hasta ahora ha habido repetidas revoluciones que derribaron implacablemente a la burguesía, con no menos energía que nosotros, pero cuando llegamos a crear el poder soviético, con eso mismo mostramos que realizamos el paso práctico de la liberación económica a la autodisciplina laboral, que nuestro poder es un poder que debe ser realmente el poder del trabajo. Cuando se nos dice que la dictadura del proletariado se reconoce de palabra, pero en la práctica se escriben frases, esto muestra en realidad que no se tiene idea de la dictadura del proletariado, pues no se trata solo de derrocar a la burguesía o derrocar a los terratenientes (esto ha ocurrido en todas las revoluciones); nuestra dictadura del proletariado es la garantía del orden, de la disciplina, de la productividad del trabajo, de la contabilidad y del control, del poder soviético proletario, que es más sólido, más firme que el anterior. He aquí lo que no resolveréis, he aquí lo que no hemos enseñado, he aquí lo que necesitan los obreros, he aquí por qué es bueno mostrarles el espejo en el que todas estas insuficiencias se ven claramente. Considero que esta es una tarea útil, pues obligará a todos los obreros y campesinos pensantes, conscientes, a dirigir todas sus fuerzas principales a esto. Sí, al derrocar a los terratenientes y a la burguesía, hemos despejado el camino, pero no hemos construido el edificio del socialismo. Pues sobre el suelo despejado de una generación burguesa, constantemente aparecen en la historia nuevas generaciones, con tal de que el suelo engendre, y engendra burgueses sin medida. Y aquellos que miran la victoria sobre los capitalistas como miran los pequeños propietarios: «ellos apañaron, déjame a mí también aprovecharme», pues cada uno de ellos es fuente de una nueva generación de burgueses. Cuando se nos dice que la introducción de la disciplina laboral en relación con el restablecimiento de los dirigentes capitalistas es, al parecer, una amenaza para la revolución, yo digo: estas personas no han comprendido precisamente el carácter socialista de nuestra revolución, repiten precisamente lo que fácilmente los une con la pequeña burguesía, que teme a la disciplina, a la organización, a la contabilidad y al control como el diablo al incienso.

Si dicen: «pero vosotros proponéis introducir entre nosotros a los capitalistas como dirigentes, en el número de los dirigentes obreros». Sí, se los introduce porque en la práctica de la organización tienen conocimientos que nosotros no tenemos. El obrero consciente nunca temerá a tal dirigente, porque sabe que el poder soviético es su poder, que ese poder se mantendrá firmemente en su defensa, porque sabe que quiere aprender la práctica de la organización.

Organizamos bajo el zar a millares y bajo Kérenski a centenares de millares. Esto no es nada, en política no cuenta. Era un trabajo preparatorio, era una clase preparatoria. Y mientras los obreros de vanguardia no aprendan a organizar decenas de millones, no serán socialistas ni creadores de la sociedad socialista, y no adquirirán los conocimientos necesarios de organización. El camino de la organización es un camino largo, y las tareas de la construcción socialista exigen un trabajo tenaz y prolongado y los correspondientes conocimientos, que nosotros no tenemos en medida suficiente. Difícilmente la próxima generación futura, más desarrollada, realizará el paso completo al socialismo.

Recordad lo que escribieron los antiguos socialistas sobre la futura revolución socialista; es dudoso que se pueda pasar al socialismo sin aprender de los organizadores de los trusts, pues ellos se ocuparon de esta producción en gran escala. No necesitamos enseñarles socialismo, necesitamos expropiarlos, quebrar su sabotaje. Estas dos tareas las hemos cumplido. Hay que obligarlos a someterse al control obrero. Y si nuestros críticos de los «comunistas de izquierda» nos han reprochado que en nuestra táctica no conducimos al comunismo, sino que marchamos hacia atrás, sus reproches son ridículos: olvidan que hemos quedado rezagados en la contabilidad y el control, porque fue muy difícil quebrar esta resistencia y poner al servicio de nosotros a la burguesía y a sus técnicos y a sus especialistas burgueses. Y sus conocimientos, su experiencia y su trabajo nos son necesarios; sin ellos es imposible tomar en la práctica la cultura que ha sido creada por las viejas relaciones sociales y que ha quedado como base material del socialismo. Si los «comunistas de izquierda» no se han percatado de esto, es porque no ven la vida real, sino que inventan sus consignas a partir de la contraposición del capitalismo de Estado al socialismo ideal. Y nosotros debemos decir a los obreros: sí, esto es un paso atrás, pero debemos ayudarnos a encontrar el medio. El medio es uno solo: organizaos hasta el último hombre, organizad la contabilidad sobre la producción, organizad la contabilidad y el control sobre el consumo y haced que no tiremos centenares de millones de dinero salidos de la imprenta{109}, y que ni un billete de cien rublos, caído indebidamente en manos ajenas, deje de volver a la hacienda del Estado. Esto no se puede hacer con ningún ímpetu de la revolución, con ningún remate de la burguesía. Esto se puede hacer solo con la autodisciplina, solo con la organización del trabajo obrero y campesino, solo con la contabilidad y el control. Esto todavía no lo tenemos, y por ello pagamos tributo con salarios más altos que los que los organizadores capitalistas os pagaban. Esto no lo hemos aprendido, pero debemos aprenderlo; este es el camino hacia el socialismo, el único camino: enseñar a los obreros la labor práctica de administrar empresas colosales, de organizar la gran producción y la grandísima distribución.

Camaradas, sé muy bien lo fácil que es hablar de contabilidad, de control, de disciplina y autodisciplina cuando habla una persona que ocupa cierta posición social. Pero ¡cuánto material se puede sacar de esto para chistes y declarar!: cuando vuestro partido no estaba en el poder, prometía a los obreros ríos de leche y orillas de gelatina, y cuando estas personas se encontraron en el poder, he aquí la transformación habitual, empiezan a hablar de contabilidad, de disciplina, de autodisciplina, de control, etc. Sé muy bien qué material tan agradecido es esto para publicistas del tipo de Miliukov y Már tov.

Sé bien qué rico material es esto para personas que se interesan por el efectismo línea por línea y son proclives a aprovechar los más mínimos argumentos, los cuales encuentran poca simpatía entre los obreros conscientes.

En el periódico «Kommunist de Izquierda» encontré una reseña de un publicista tan destacado como Bujarin sobre mi librito{110}, una reseña además simpatizante; pero todo lo que había en ella de valioso perdió para mí todo valor cuando leí la reseña hasta el final; vi que Bujarin no vio lo que era necesario ver, y esto ocurrió porque escribió su reseña en abril, y tomaba en las citas lo que ya para abril estaba anticuado, lo que es de ayer, precisamente lo de que hay que destruir el viejo Estado; esto ya lo hemos hecho, es la tarea de ayer, y hay que ir adelante y mirar no al pasado, sino al futuro, y crear el Estado de la comuna; él escribía sobre lo que ya está encarnado en las organizaciones soviéticas, y callaba sobre lo que atañe a la contabilidad, al control, a la disciplina. Cómo la mentalidad de estas personas, cómo su psicología coincide con el estado de ánimo de la pequeña burguesía: derribar al rico, pero el control no hace falta; así lo miran; esto les cautiva y separa al proletario consciente de la pequeña burguesía e incluso de los más extremados revolucionarios; esto cuando el proletario dice: organicémonos y ajustémonos, o si no, un pequeño mujeik sucio, que son millones, nos derribará.

Aquí se separa el proletario consciente del pequeño burgués; aquí se aparta la revolución de la pequeña burguesía. Y qué ciegos son estos, de ello no hablan.

Me permitiré aún recordaros algunas de mis citas; decía que las personas podrán prescindir de la violencia cuando se acostumbren a actuar así; por supuesto, tal hábito puede ser resultado de una larga educación.

Cuando oyen esto los «comunistas de izquierda», se agarran la cabeza y dicen: ¡cómo no nos hemos percatado de esto!; Bujarin, ¿por qué no criticaste esto? Hemos mostrado nuestra fuerza en la obra de aplastar a los terratenientes y a la burguesía, y ahora hay que mostrar nuestra fuerza en la obra de la autodisciplina y la organización, porque esto es sabido por las experiencias milenarias pasadas, y hay que decir al pueblo que solo en esto está la fuerza de nuestro poder soviético, de la dictadura obrera, de nuestra autoridad proletaria. Y los pequeños burgueses se esconden de esta verdad tras el escudo de la fraseología revolucionaria.

Hay que mostrar nuestra fuerza. Sí, los pequeños dueños, los pequeños propietarios están dispuestos a ayudarnos a nosotros, los proletarios, a derribar a los terratenientes y capitalistas. Pero más allá nuestros caminos son distintos. A ellos no les gusta la organización, la disciplina, son enemigos de ella. Y aquí, con estos propietarios, con estos pequeños dueños, tendremos que librar la lucha más decidida, más implacable. Pues aquí, en el terreno de la organización, empieza para nosotros la construcción socialista. Y cuando respondo a aquellas personas que dicen que ellos son socialistas, que prometen a los obreros cuanto quieran y disfrutar de lo que sea, digo que el comunismo presupone no la productividad actual del trabajo. Nuestra productividad es demasiado baja, es un hecho. El capitalismo nos deja en herencia, especialmente en un país atrasado, una oscuridad de hábitos en los que todo lo estatal, todo lo público se mira como material para estropearlo con saña. Esta psicología de la masa pequeñoburguesa se siente a cada paso. Y en este terreno la lucha es muy difícil. Solo el proletariado organizado puede soportarlo todo. Yo escribía: «Hasta que advenga la fase superior del comunismo, el socialismo exige el más estricto control por parte de la sociedad y por parte del Estado»[29].

Esto lo escribí antes de la revolución de octubre e insisto en ello ahora.

En la actualidad ha llegado el momento en que, tras aplastar a la burguesía, tras quebrar el sabotaje, hemos obtenido la posibilidad de ocuparnos de esta obra. Mientras esto no existió, los héroes del día y los héroes de la revolución fueron los guardias rojos, que hacían su gran obra histórica. Ellos tomaban el fusil contra la voluntad de las clases poseedoras. Hacían esta gran obra histórica. Tomaron el fusil para derribar a los explotadores y convertir su fusil en instrumento para defender a los obreros, para velar por la medida de la producción y del trabajo y la medida del consumo.

Esto no lo hemos dado, pero en esto está el quid y la base del socialismo. Si a alguien le parece este trabajo aburrido y poco interesante, es a los representantes de la pereza pequeñoburguesa.

Si nuestra revolución se detuviera aquí, habría entrado en la historia no menos que la revolución de 1793. Pero se nos dirá: aquello fue en el siglo XVIII. Para el siglo XVIII era bastante, pero para el XX es poco. La contabilidad y el control: he aquí lo principal que se requiere para el correcto funcionamiento de la sociedad comunista. Así lo escribí antes de la revolución de octubre[30]. Repito que no se podía emprender esta obra mientras los Alekséiev, Kornílov, Kérenski no fueron aplastados. Ahora la resistencia militar de la burguesía está aplastada. Nuestra tarea: colocar a todos los saboteadores en trabajos bajo nuestro control, bajo el control del poder soviético, crear órganos de administración para que la contabilidad y el control estén estrictamente organizados. El país perece porque después de la guerra no hay en él condiciones elementales para una existencia normal. Nuestros enemigos, que marchan contra nosotros, nos son terribles solo porque no hemos podido con la contabilidad y el control. Cuando oigo centenares de miles de quejas sobre el hambre, cuando ves y sabes que estas quejas son correctas, que tenemos pan, pero no podemos transportarlo, cuando encontramos burlas y objeciones de parte de los «comunistas de izquierda» a medidas como nuestro decreto ferroviario (lo mencionaron dos veces), son naderías.

En la reunión con los «comunistas de izquierda» del 4 de abril dije: dad vuestro proyecto de decreto, pues vosotros sois ciudadanos de la república soviética, miembros de las instituciones soviéticas; no sois esos críticos de fuera, de la callejuela, como los burguesitos-comerciantes y los saboteadores, que critican para desahogar su saña. Vosotros, repito, sois dirigentes de las organizaciones soviéticas; intentad dar vuestro proyecto de decreto. Ellos no podrán darlo y nunca lo darán, porque nuestro decreto ferroviario es correcto, porque, al introducir la dictadura, encuentra la simpatía de todas las masas y de los trabajadores conscientes del ramo ferroviario, y encuentra la oposición de aquellos administradores que afanan y aceptan sobornos; porque con vacilación se refieren a él todos aquellos que vacilan entre el poder soviético y sus enemigos, y el proletariado, que aprendió la disciplina de la gran producción, sabe que no puede haber socialismo mientras la producción más grande no esté organizada y mientras no haya una disciplina aún más estricta. Este proletariado está con nosotros en el movimiento ferroviario; irá al combate contra el elemento de los pequeños propietarios y mostrará que la revolución rusa, que sabe obtener brillantes victorias, sabrá también vencer su propia desorganización. Y de las consignas del 1 de mayo, desde el punto de vista de las tareas del momento, sabrá apreciar aquella consigna del Comité Central que reza: «Hemos vencido al capital, venceremos también nuestra propia desorganización». ¡Y solo entonces llegaremos a la victoria completa del socialismo! (Estruendosos aplausos.)