(La aparición del camarada Lenin es recibida con estruendosos y prolongados aplausos.)

¡Camaradas! Todos vosotros sabéis, por supuesto, cómo se ha cernido sobre nuestro país la mayor de las calamidades: el hambre. Y antes de pasar a la cuestión de las medidas de lucha contra esta calamidad, que precisamente ahora se ha agravado al máximo, debemos plantear ante todo la cuestión de cuáles son las causas fundamentales que han provocado esta calamidad. Si planteamos esta cuestión, debemos decirnos y recordar que esta calamidad no solo se ha cernido sobre Rusia, sino también sobre todos los países, incluso los más cultos, avanzados y civilizados.

En Rusia, durante una serie de últimos decenios, y en particular ahora, durante la revolución, ha ocurrido más de una vez que el hambre se abatía sobre regiones enteras de nuestro país agrícola, donde la inmensa mayoría del campesinado ruso estaba arruinada y oprimida por el yugo de los zares, los terratenientes y los capitalistas. Pero la misma calamidad reina también en los países de Europa occidental. Muchos de estos países, no ya durante decenios, sino durante siglos, habían olvidado lo que es el hambre, tan altamente se había desarrollado en ellos la agricultura, tan asegurados estaban con la enorme cantidad de grano importado aquellos países europeos a los que les faltaba su propio grano. Y ahora, en el siglo veinte, junto con un progreso aún mayor de la técnica, junto con milagros de invenciones, junto con la enorme aplicación de máquinas y electricidad, de nuevos motores de combustión interna en la agricultura, junto con todo esto, vemos ahora, en todos los países europeos sin excepción, la misma calamidad que se ha cernido sobre los pueblos: el hambre. Es como si con la civilización, con la cultura, los países volvieran de nuevo a la barbarie primitiva, como si vivieran de nuevo una situación en la que las costumbres se vuelven salvajes, la gente se embrutece en la lucha por un pedazo de pan. ¿Qué ha provocado este viraje hacia la barbarie en toda una serie de países europeos, en la mayoría de ellos? Todos sabemos que ha sido provocado por la guerra imperialista, una guerra que ya lleva cuatro años desgarrando a la humanidad, que ya ha costado a los pueblos más, considerablemente más de diez millones de vidas jóvenes, una guerra provocada por los codiciosos capitalistas, una guerra que se libra por quién, cuál de los mayores depredadores, el inglés o el alemán, dominará el mundo, adquirirá colonias, sojuzgará a los pequeños pueblos.

Esta guerra, que ha abarcado casi todo el globo terráqueo, que ha segado no menos de diez millones de vidas, sin contar los millones de mutilados, lisiados y enfermos, una guerra que, además, ha apartado del trabajo productivo a millones de las fuerzas más sanas y mejores, esta guerra ha llevado a que la humanidad se encuentre ahora en una situación de completa barbarie. Se ha cumplido lo que, como el fin peor, más penoso y más duro del capitalismo, previeron numerosos escritores de orientación socialista, que decían: la sociedad capitalista, basada en el acaparamiento de la propiedad privada, la tierra, las fábricas, los talleres y los instrumentos por un puñado de capitalistas, de monopolistas, se transformará en una sociedad socialista, la única que tiene la posibilidad de poner fin a la guerra, pues el mundo capitalista «civilizado», «culto», marcha hacia un desastre inaudito, que es capaz de romper, y romperá inevitablemente, todos los cimientos de la vida cultural. No solo en Rusia, repito, sino también en los países más cultos y avanzados, como Alemania, donde la productividad del trabajo es incomparablemente más alta, que puede abastecer al mundo con enorme excedente de medios técnicos y, manteniendo aún libre comunicación con países lejanos, puede abastecer a la población de productos alimenticios, vemos el hambre, incomparablemente mejor organizada, prolongada por más tiempo que en Rusia, pero un hambre aún más pesada, aún más penosa. El capitalismo ha llevado a un desastre tan grave y penoso que ahora está absolutamente claro para todos que la presente guerra no puede terminar sin una serie de las revoluciones más graves y más sangrientas, de las cuales la revolución rusa fue solo la primera, fue solo el comienzo.

Oís ahora noticias de cómo, por ejemplo, en Viena se funda por segunda vez el Soviet de diputados obreros, por segunda vez una huelga de masas casi universal abarca a la población trabajadora{164}. Oímos cómo en ciudades que hasta ahora eran modelos de orden, cultura y civilización capitalistas, como Berlín, se vuelve peligroso salir a la calle en la oscuridad, porque, a pesar de las más feroces medidas de persecución y la más estricta vigilancia, la guerra y el hambre han llevado allí también a la gente a un estado de completo embrutecimiento, han llevado a tal anarquía, a tal indignación, que no ya la venta, sino el robo directo, la guerra directa por un pedazo de pan se convierte en la orden del día en todos los Estados cultos y civilizados.

Camaradas, si por eso observamos ahora en nuestra patria la situación penosa y difícil que se ha creado en relación con el hambre, debemos explicar a aquellos pocos, pero aún existentes, completamente ciegos y oscuros, las causas básicas y principales del hambre. Se puede encontrar aún gente entre nosotros que razona: con el zar, de todos modos había pan, y llegó la revolución, y no hay pan. Y es comprensible que, quizás, en efecto, para algunas viejas aldeanas todo el desarrollo de la historia en los últimos diez años se reduzca a eso: antes había pan, y ahora no. Es comprensible, porque el hambre es una calamidad tal que barre todas las demás cuestiones, las aparta y solo la pone a ella en primer plano y le subordina todo lo demás. Pero es comprensible que nuestra tarea, la tarea de los obreros conscientes, consiste en explicar a las más amplias masas, explicar a todos y cada uno de los representantes de las masas trabajadoras, tanto de la ciudad como del campo, en qué consiste la causa principal del hambre, porque, sin explicar esto, no podemos crear ni en nosotros ni en los representantes de las masas trabajadoras una actitud correcta, no podemos crear una comprensión correcta de su daño, no podemos crear la firme determinación y el estado de ánimo necesarios para luchar contra esta calamidad. Y si recordamos que esta calamidad ha sido creada por la guerra imperialista, que ahora incluso los países más ricos experimentan un hambre inaudita y la inmensa mayoría de las masas trabajadoras sufre increíblemente, si recordamos que esta guerra imperialista ya hace cuatro años que obliga a los obreros de diversos países a derramar su sangre por las ventajas, por la codicia de los capitalistas, si recordamos que cuanto más se prolonga esta guerra, menos salida hay de ella, entonces comprenderemos qué fuerzas gigantescas e inconmensurables deben ser imprimidas al movimiento.

La guerra dura ya pronto cuatro años. Rusia salió de la guerra y, gracias a que salió sola, se encontró entre dos bandadas de depredadores imperialistas, cada uno de los cuales desgarra, sojuzga y se aprovecha de la temporal indefensión y desarme de Rusia. La guerra dura ya cuatro años. Los depredadores imperialistas alemanes han obtenido una serie de victorias y continúan engañando a sus obreros, una parte de los cuales está sobornada por la burguesía, se ha pasado a su lado, repite la vil y sangrienta mentira de la defensa de la patria, cuando en realidad los soldados alemanes defienden los codiciosos intereses rapaces de los capitalistas alemanes, que les prometen que Alemania traerá la paz, dará bienestar, y vemos en la práctica que las victorias de Alemania, cuanto más amplias se vuelven, tanto más revelan su situación desesperada.

Alemania se jactaba durante la Paz de Brest, cuando concluía la Paz de Brest, violenta, explotadora, basada en la violencia, en la opresión de los pueblos; los capitalistas alemanes se jactaban de que darían pan y paz a los obreros. Y ahora reducen la ración de pan en Alemania. La campaña de aprovisionamiento en la rica Ucrania resultó ser, según el reconocimiento general, un fracaso, y en Austria la cosa llegó otra vez a motines de hambre, a la indignación masiva de todo el pueblo, porque cuanto más obtiene sus victorias Alemania, tanto más claro se vuelve para todos, incluso para muchos representantes de la gran burguesía alemana, que la guerra no tiene salida, que incluso si los alemanes pueden resistir en el Frente Occidental, esto no los acercará en absoluto al final de la guerra, sino que creará otro nuevo país esclavizado que habrá que ocupar, guarnecer con destacamentos alemanes y continuar la guerra, y la descomposición del ejército alemán, que se transforma y se transformará de un ejército en una banda de saqueadores, gente que ejerce violencia sobre pueblos extranjeros, sobre pueblos desarmados, extrayendo de allí los últimos restos de víveres y materias primas ante la enorme resistencia de la población. Cuanto más se acerca Alemania a los confines de Europa, tanto más claro se vuelve que frente a ella están Inglaterra y América, que son mucho más desarrolladas, con mayores fuerzas productivas, que encuentran tiempo para enviar decenas de miles de las mejores fuerzas nuevas a Europa, para convertir todas las máquinas, todas las fábricas y talleres en un medio de destrucción. La guerra llega de nuevo, y esto significa que cada año, más aún, cada mes trae consigo la ampliación de esta guerra. De esta guerra no hay otra salida que la revolución, que la guerra civil, que la transformación de la guerra entre capitalistas por sus ganancias, por el reparto del botín, por el sojuzgamiento de los países pequeños, en la guerra de los oprimidos contra los opresores, la única guerra que acompaña siempre en la historia no solo a las grandes, sino también a cualquier revolución significativa, la única guerra que es la única legítima y justa, una guerra sagrada desde el punto de vista de los intereses de las masas trabajadoras, oprimidas y explotadas. (Aplausos.) Sin tal guerra, no hay salida de la esclavitud imperialista. Debemos darnos cuenta clara de qué nuevas calamidades trae consigo la guerra civil para todo país. Estas calamidades serán tanto más graves cuanto más culto sea el país. Imaginémonos un país con máquinas, ferrocarriles en una guerra civil que interrumpe la comunicación entre las regiones del país. Imaginaos en qué situación se encontrarán las regiones que durante decenas de años se han adaptado a vivir del intercambio industrial, y comprenderéis que toda guerra civil trae consigo aún nuevas y graves calamidades, que también preveían los más grandes socialistas. Los imperialistas condenan a calamidades, tormentos y extinción a la clase obrera. Ante la nueva sociedad socialista, por muy graves y penosos que sean estos tormentos de toda la humanidad, cada día se vuelve más claro que la guerra que iniciaron los imperialistas, estos imperialistas no la terminarán, sino que la terminarán otras clases, la clase obrera, que en todos los países cobra cada día un movimiento, una indignación y una sublevación cada vez mayores, que, independientemente de los sentimientos y el estado de ánimo, por la fuerza de las cosas se ve obligada a derrocar la dominación de los capitalistas. A nosotros en Rusia, cuando las calamidades del hambre se sienten especialmente, nos toca vivir un período tal, el período más difícil que jamás haya afrontado una revolución, y no podemos contar con la ayuda inmediata de los camaradas de Europa occidental. Toda la dificultad de la revolución rusa consiste en que a la clase obrera revolucionaria rusa le fue mucho más fácil comenzar que a las otras clases de Europa occidental, pero nos es más difícil continuar. Allí, en los países de Europa occidental, comenzar la revolución es más difícil, porque contra el proletariado revolucionario se alza la más alta mentalidad de la cultura y la clase obrera se encuentra en esclavitud cultural.

En este tiempo, a nosotros, ya en virtud de nuestra situación internacional, nos toca vivir un tiempo increíblemente difícil, y nosotros, los representantes de las masas trabajadoras, los obreros, los obreros conscientes, debemos en toda nuestra agitación y propaganda, en cada discurso, en cada llamamiento, en cada conversación en la fábrica, en cada encuentro con los campesinos, explicarles que la calamidad que se ha abatido sobre nosotros es una calamidad internacional, que no hay salida de ella, excepto la revolución internacional. Si nos ha tocado vivir un período tan penoso, cuando temporalmente nos hemos quedado solos, todas nuestras fuerzas deben estar dirigidas a soportar este período difícil con firmeza, sabiendo que, en última instancia, no estamos solos, que las calamidades que estamos viviendo se aproximan sigilosamente a cada país europeo, y que ninguno de estos países encontrará salida sin una serie de revoluciones.

En Rusia se ha cernido sobre nosotros el hambre, agravada por el hecho de que la paz violenta ha arrebatado a Rusia las provincias más cerealistas y más fértiles; se ha agravado aún más porque nos acercamos al final de la antigua campaña de aprovisionamiento. Hasta la nueva cosecha, que se distingue por su indudable riqueza, quedan aún algunas semanas, que por eso representan la transición más difícil, y esta transición, siendo difícil en general, se ha agravado por el hecho de que en Rusia las clases explotadoras derrocadas, los terratenientes y capitalistas, hacen todos los esfuerzos, tensan todas las fuerzas para intentar una y otra vez recuperar el poder. Esta es una de las causas principales de que precisamente las provincias cerealistas de Siberia se encuentren ahora aisladas de nosotros debido a la sublevación de los checoslovacos. Pero sabemos bien qué fuerzas mueven esta sublevación, sabemos bien cómo los soldados checoslovacos declaran a los representantes de nuestras tropas y de nuestros obreros y de nuestros campesinos que no quieren guerrear con Rusia y con el poder soviético ruso, que solo quieren abrirse paso con las armas en la mano hacia la periferia, y a su cabeza están los mismos generales de ayer, terratenientes, capitalistas, que trabajan por el dinero anglo-francés, que se aprovechan del apoyo de los social-traidores rusos que se han pasado al lado de la burguesía. (Aplausos.)

Toda esta cálida compañía se aprovecha del hambre para hacer un nuevo intento de devolver el poder a los terratenientes y capitalistas. Camaradas, en la experiencia de nuestra revolución se confirman aquellas palabras que siempre distinguen a los representantes del socialismo científico, Marx y sus seguidores, de los socialistas utópicos, de los socialistas pequeñoburgueses, de los socialistas intelectuales, de los socialistas soñadores. Los intelectuales soñadores, los socialistas pequeñoburgueses, pensaban, quizás piensan, sueñan con que el socialismo se podrá implantar mediante la persuasión. La mayoría del pueblo se persuadirá y, cuando se persuada, la minoría obedecerá, la mayoría votará, y el socialismo será implantado. (Aplausos.) No, la tierra no está tan felizmente dispuesta; los explotadores, las bestias de los terratenientes, la clase capitalista no ceden a la persuasión. La revolución socialista confirma lo que todos han visto: la mayor resistencia de los explotadores. Cuanto más fuerte es la presión de las clases oprimidas, cuanto más se acercan a derrocar toda opresión, toda explotación, cuanto más resueltamente despliegan la iniciativa, la iniciativa independiente los campesinos oprimidos y los obreros oprimidos, tanto más rabiosa se vuelve la resistencia de los explotadores.

Y nosotros vivimos el período más difícil, más penoso de transición del capitalismo al socialismo, un período que inevitablemente, en todos los países, será un período largo, muy largo, porque, repito, a cada éxito de la clase oprimida los opresores responden con nuevos y nuevos intentos de resistencia, de derrocamiento del poder de la clase oprimida. La revuelta checoslovaca, claramente apoyada por el imperialismo anglo-francés, que lleva a cabo una política de derrocamiento del poder soviético, indica lo que vale esta resistencia. Vemos cómo esta revuelta se intensifica, naturalmente, por el hambre. Es comprensible que las amplias masas trabajadoras contengan mucha gente que —vosotros lo sabéis especialmente bien: cada uno de vosotros lo observa en la fábrica— no son y no pueden ser socialistas ilustrados, porque tienen que trabajar como forzados en la fábrica y no les queda ni tiempo ni posibilidad de convertirse en socialistas. Es comprensible que esta gente simpatice cuando ve cómo en la fábrica se levantan los obreros que obtienen la posibilidad de empezar ellos mismos a aprender la gestión de las empresas, una tarea difícil y pesada, en la que los errores son inevitables, pero la única tarea en la que los obreros pueden, al fin, realizar su aspiración constante de que las máquinas, las fábricas, los talleres, la mejor técnica moderna, las mejores conquistas de la humanidad sirvan no a la explotación, sino a la mejora de la vida, al alivio de la vida de la inmensa mayoría. Pero cuando ven cómo los depredadores imperialistas del oeste, del norte y del este se aprovechan de la indefensión de Rusia para desgarrarla, y, mientras no saben cómo irá la cosa con el movimiento obrero en otros países, es comprensible que los guíe la desesperación. No puede ser de otra manera. Es ridículo esperar y sería absurdo pensar que de la sociedad capitalista, basada en la explotación, pudiera surgir de golpe una plena conciencia de la necesidad del socialismo y su comprensión. Esto no puede ser. Se elabora solo al final y solo a través de la lucha que nos toca vivir en un período tan penoso, cuando una revolución se ha adelantado a las otras, y las otras no ayudan, y cuando se cierne el hambre. Es natural que a los sectores de trabajadores les invada inevitablemente la desesperación, la indignación, surja el estado de ánimo de desentenderse de todo, pase lo que pase. Y es comprensible que los contrarrevolucionarios, los terratenientes y capitalistas y sus encubridores y cómplices aprovechen este momento para lanzar nuevos y nuevos embates contra el poder socialista.

Vemos a qué conducía esto en todas las ciudades donde no hubo ayuda de bayonetas extranjeras. Sabemos que se lograba vencer al poder soviético solo cuando la gente que tanto gritaba sobre la defensa de la patria y sobre su patriotismo mostraba su naturaleza capitalista y empezaba a pactar hoy con las bayonetas alemanas para degollar junto a ellas a los bolcheviques ucranianos, mañana con las bayonetas turcas para atacar a los bolcheviques, pasado mañana con las bayonetas checoslovacas para derrocar el poder soviético y degollar a los bolcheviques en Samara. Solo la ayuda extranjera, solo la ayuda de las bayonetas extranjeras, solo la venta de Rusia a las bayonetas japonesas, alemanas, turcas, solo ella ha dado hasta ahora aunque sea una sombra de éxito a los conciliadores del capitalismo y a los terratenientes. Pero sabemos que cuando una sublevación de este tipo, sobre la base del hambre y la desesperación de las masas, se alzaba, cuando abarcaba una localidad donde no se podía llamar en ayuda a las bayonetas extranjeras, como ocurrió en Saratov, en Kozlov, en Tambov, el poder de los terratenientes, capitalistas y sus amigos, encubiertos tras las hermosas consignas de la Asamblea Constituyente, este poder medía la duración de su existencia en días, si no en horas. Cuanto más lejos estaban los destacamentos de las tropas soviéticas del centro del que se apoderaba temporalmente la contrarrevolución, tanto más resuelto era el movimiento entre los obreros urbanos, tanta más independencia mostraban estos obreros y campesinos para ir en ayuda de Saratov, Penza, Kozlov y derrocar inmediatamente el poder de la contrarrevolución que se había establecido.

Camaradas, si miráis estos acontecimientos desde el punto de vista de todo lo que ocurre en la historia mundial, si recordáis que vuestra tarea —nuestra tarea común— es explicarnos a nosotros mismos y tratar de explicar a las masas que estas grandes calamidades se han abatido sobre nosotros no por casualidad, sino en virtud de la guerra imperialista, en primer lugar, y en virtud de la rabiosa resistencia de los terratenientes, capitalistas y explotadores, si nos aclaramos esto, se puede garantizar que esta verdadera conciencia, por difícil que sea, se filtrará cada vez más en las amplias masas, y lograremos organizar la disciplina, vencer la indisciplina en nuestras fábricas y ayudar al pueblo a sobrellevar este penoso período, particularmente difícil, que se mide quizás en uno o dos meses, en una serie de semanas que quedan hasta la nueva cosecha.

Sabéis que la situación en Rusia ahora, en relación con la revuelta contrarrevolucionaria checoslovaca que nos ha cortado Siberia, en relación con la constante agitación en el sur, en relación con la guerra, es particularmente difícil, pero es comprensible que cuanto más difícil es la situación del país sobre el que se cierne el hambre, tanto más resueltas, tanto más firmes deben ser nuestras medidas de lucha contra este hambre. La medida fundamental de lucha es el establecimiento del monopolio del grano. A este respecto, todos vosotros lo sabéis perfectamente y observáis a vuestro alrededor por experiencia cómo los kulaks, los ricachones gritan contra el monopolio del grano a cada paso. Es comprensible, porque allí donde derrocaron temporalmente el monopolio del grano, como hizo Skoropadski en Kiev, allí resultó que la especulación alcanza proporciones inauditas, allí los precios del pud de grano suben hasta 200 rublos. Es comprensible que, cuando no hay un producto sin el cual no se puede vivir, cada poseedor del producto puede convertirse en un ricachón, los precios alcanzan proporciones inauditas. Es comprensible que el horror, el pánico ante la muerte por hambre hacen que los precios se disparen hasta proporciones inauditas, y en Kiev tuvieron que pensar en restablecer el monopolio. Entre nosotros, desde hace tiempo, incluso antes de los bolcheviques, el gobierno, a pesar de toda la riqueza de Rusia en grano, tuvo que convencerse de la necesidad del monopolio del grano. Contra él solo pueden hablar o gente completamente ignorante, o directamente vendida a los intereses del saco de dinero. (Aplausos.)

Pero, camaradas, cuando hablamos del monopolio del grano, debemos pensar en las enormes dificultades de realización que encierra esta palabra. Es fácil decir: monopolio del grano, pero hay que pensar en lo que esto significa. Esto significa que todos los excedentes de grano pertenecen al Estado; esto significa que ni un solo pud de grano que no sea necesario para la economía del campesino, que no sea necesario para el mantenimiento de su familia y su ganado, que no le sea necesario para la siembra, que todo pud de grano sobrante debe ser recogido en manos del Estado. ¿Cómo hacerlo? Es necesario que el Estado establezca los precios, es necesario que cada pud de grano sobrante sea encontrado y transportado. ¿De dónde va a sacar el campesino, cuya conciencia durante cientos de años ha sido embotada, a quien han robado, han apaleado hasta el embrutecimiento los terratenientes y capitalistas, no permitiéndole nunca comer hasta saciarse, de dónde va a sacar en unas pocas semanas o en unos pocos meses la conciencia de lo que es el monopolio del grano; de dónde puede surgir en decenas de millones de personas, a las que hasta ahora el Estado solo ha alimentado con opresión, solo con violencia, solo con saqueo burocrático y robo, en esos campesinos, abandonados en lo profundo de la aldea y condenados allí a la ruina; de dónde sacar la noción de lo que es el poder obrero y campesino, de que el poder está en manos de los pobres; de que el grano excedente que no ha pasado a manos del Estado, si queda en manos del poseedor, entonces quien lo retiene es un bandido, un explotador, un culpable de la penosa hambruna de los obreros de Petersburgo, Moscú, etc.? ¿De dónde va a saberlo, cuando hasta ahora lo mantenían en la ignorancia, cuando en la aldea su único asunto era vender grano; de dónde sacar esta conciencia? No es de extrañar que si nos planteamos la cuestión más cerca de la vida, si la examinamos de cerca, se alce ante nosotros toda la increíble dificultad de una tarea como la de realizar el monopolio del grano en un país en el que la mayoría de los campesinos fueron mantenidos en la oscuridad por el zarismo y los terratenientes, en un país del campesinado que por primera vez después de muchos siglos ha sembrado grano en su propia tierra. (Aplausos.)

Pero cuanto mayor es esta dificultad, cuanto más se alza ante una actitud atenta y reflexiva hacia la causa, tanto más claramente debemos decirnos lo que siempre hemos dicho: que la liberación de los obreros debe ser obra de los obreros mismos. Siempre hemos dicho: la liberación de los trabajadores de la opresión no puede ser traída desde fuera; ellos mismos deben, con su lucha, con su movimiento, con su agitación, aprender a resolver la nueva tarea histórica, y cuanto más difícil, cuanto más grande, cuanto más responsable es la nueva tarea histórica, tanto mayor debe ser el número de personas, millones de las cuales hay que atraer a la participación independiente en la solución de estas tareas. Para vender grano a cualquier comerciante, a cualquier traficante, no se necesita ninguna conciencia, ninguna organización. Para eso hay que vivir como la burguesía ha ordenado vivir: hay que ser solo un esclavo obediente, imaginar y reconocer el mundo como magnífico en la forma en que la burguesía lo ha dispuesto. Pero para vencer este caos capitalista, para realizar el monopolio del grano, para lograr que cada excedente, cada pud de grano sobrante pertenezca al Estado, hace falta un largo, difícil y pesado trabajo organizativo, no de organizadores, no de agitadores, sino de las masas mismas.

Tales personas existen en la aldea rusa; la mayoría de los campesinos pertenece al número de los campesinos más pobres y pobres, que no pueden comerciar con excedentes de grano, con sobrantes de grano y convertirse en bandidos, que retienen en su poder quizás cientos de puds de grano, mientras otro se muere de hambre. Ahora la situación es tal que todo campesino que se llama a sí mismo, quizás, campesino trabajador —a algunos les gusta mucho esta palabra—, pero si llamáis campesino trabajador a quien ha reunido cientos de puds de grano con su trabajo e incluso sin ningún trabajo asalariado, y ahora ve que, quizás, si retiene esos cientos de puds, puede venderlos no a 6 rublos, sino que los venderá a los especuladores o los venderá al obrero urbano atormentado y desgarrado por el hambre, que ha llegado con su familia hambrienta, que dará 200 rublos por pud, tal campesino, que esconde cientos de puds, que los retiene para subir el precio y obtener incluso 100 rublos por pud, se convierte en un explotador, peor que un bandido. ¿Qué hacer en tal situación, en quién podemos apoyarnos en nuestra lucha? Sabemos que la revolución soviética y el poder soviético se distinguen de otras revoluciones y otros poderes en que no solo ha derrocado el poder de los terratenientes y capitalistas, en que no solo ha destruido el Estado feudal, autocrático, no solo eso, las masas se han alzado contra todos los funcionarios, han creado un nuevo Estado en el que el poder debe pertenecer a los obreros y campesinos, y no solo debe, sino que ya pertenece. En este Estado no hay policía ni funcionarios, no hay tampoco ejército permanente que durante largos años sea reclutado en los cuarteles, se separe del pueblo y sea entrenado para disparar contra el pueblo.

Armamos a los obreros y campesinos, que deben aprender el oficio militar. Hay destacamentos que ceden a la tentación, a los vicios y a los crímenes, porque no están aislados por una muralla china del mundo de la opresión, del mundo del hambre, en el que el que está saciado desea lucrarse de su saciedad. Y por eso observamos, con harta frecuencia, los fenómenos de que destacamentos de trabajadores conscientes que salen de Petersburgo y Moscú, a menudo en los lugares se descarrían, se convierten en criminales. Y observamos cómo la burguesía aplaude y llena las columnas de su prensa venal con todo tipo de intimidaciones al pueblo: ¡mirad cómo son vuestros destacamentos, qué desorden, cuánto mejores eran los destacamentos de los capitalistas privados!

¡Muchas gracias, señores burgueses! ¡No, no nos intimidaréis! Sabéis muy bien que la curación de las calamidades y lacras del mundo capitalista no llegará de golpe. Y nosotros sabemos que la curación llegará solo en la lucha, que cada uno de estos casos lo expondremos no para el encono y no para apoyar las artimañas contrarrevolucionarias de mencheviques y kadetes, sino para enseñar a las masas populares más amplias. Puesto que nuestros destacamentos no cumplen su misión, dad destacamentos más conscientes, más amplios en número de obreros fieles a su clase, que superen muchas veces el número de aquellos que han cedido a la tentación. Hay que organizarlos, hay que instruirlos, hay que unir en torno a cada obrero consciente a los trabajadores no conscientes, explotados y hambrientos. Hay que levantar a los campesinos pobres, hay que instruirlos, hay que mostrarles que en su ayuda, el poder soviético dará y hará todo lo que pueda, con tal de realizar el monopolio del grano.

Y he aquí que cuando nos hemos acercado a esta tarea, cuando el poder soviético ha planteado claramente estas cuestiones, cuando ha dicho: camaradas obreros, organizaos, unid las fuerzas de aprovisionamiento, luchad contra cada caso en que tales destacamentos no estén a la altura de su vocación, organizaos más firmemente y corregid vuestras deficiencias, unid en torno vuestro a los campesinos pobres. Los kulaks saben que llega su última hora, cuando el adversario actúa no solo con prédicas, con palabras y frases, sino con la organización de los campesinos pobres. Si la organizamos, obtendremos la victoria sobre los kulaks. Los kulaks saben que aquí llega el momento de la lucha más decisiva, más última, más desesperada por el socialismo. Parece que esta lucha es solo por el pan; en realidad, es una lucha por el socialismo. Si los obreros aprenden a resolver por sí solos tales tareas —nadie vendrá en su ayuda—, si aprenden a unir en torno suyo a los campesinos pobres, entonces habrá victoria, y pan, y distribución correcta del pan, incluso distribución correcta del trabajo, porque, distribuyéndolo correctamente, dominaremos sobre todas las esferas del trabajo, en todas las esferas de la industria.

He aquí que, previendo esto, los kulaks han intentado repetidamente sobornar a los campesinos pobres. Saben que al Estado hay que venderle el grano a 6 rublos; ellos venden al vecino, al campesino empobrecido, por 3 rublos y le dicen: «Tú puedes ir a los especuladores y puedes venderlo por 40 rublos; nuestros intereses son comunes; debemos estar juntos contra el Estado que nos roba; quieren darnos 6 rublos, tú toma unos tres puditos y puedes ganar 60 rublos, y cuánto gano yo, eso no te incumbe saberlo, es asunto mío».

He aquí que sobre este terreno, lo sé, ocurre repetidamente que la cosa llega al choque armado entre campesinos, y de esto se regodean y se ríen con disimulo los enemigos del poder soviético y hacen todos los esfuerzos para derrocar el poder soviético. Y nosotros decimos: esto se debe a que los destacamentos fueron insuficientemente conscientes, pero cuanto mayores eran los destacamentos, tanto más a menudo se observaban casos —y se observaron repetidamente— en que el grano se entregaba sin un solo caso de violencia, porque los obreros conscientes prestan atención a que no son violentos, a que su fuerza principal reside en que son los representantes de los campesinos pobres organizados, ilustrados, mientras en la aldea hay una masa de oscuridad, de campesinos pobres no ilustrados. Si se sabe abordarlos, si se les habla en un lenguaje sin palabras librescas, de manera sencilla, humana, explicarles que en Petersburgo, en Moscú, en decenas de distritos, decenas de miles de campesinos y obreros rusos se mueren de hambre y llegan al tifus del hambre, al hambre, a la muerte, que es injusto que los ricos retengan el grano, especulen con el hambre del pueblo, entonces se logrará organizar a los campesinos pobres, hacer que los excedentes de grano sean recogidos y que esto se haga no con violencia, sino con la organización de los campesinos pobres. Contra los kulaks de la aldea, me toca escuchar repetidamente informes de camaradas que viajan a los lugares con destacamentos de aprovisionamiento y luchan contra la contrarrevolución. Me permitiré citar el ejemplo que tengo particularmente vivo en la memoria, porque ayer tuve ocasión de oír lo que ocurrió en el distrito de Yelets{165}. Allí, gracias a la organización del Soviet de Diputados, gracias a que allí se encontraron obreros conscientes y campesinos pobres en cantidad suficiente, se logró consolidar el poder de los pobres. Cuando vinieron a informarme por primera vez los representantes del distrito de Yelets, no les creí, pensé que la gente había exagerado, pero me lo confirmaron camaradas especialmente enviados desde Moscú a otras provincias, que solo se puede saludar su modo de plantear la cuestión, me confirmaron que en Rusia hay distritos donde los Soviets de Diputados locales estuvieron a la altura de la tarea, logrando la completa eliminación de los kulaks y explotadores de los Soviets y organizar a los trabajadores, organizar a los campesinos pobres. ¡Quien utiliza su riqueza para el lucro, que se vaya del poder soviético! (Aplausos.)

Cuando expulsaron a los kulaks, fueron a la ciudad de Yelets, una ciudad comercial, y allí para realizar el monopolio del grano no esperaron un decreto, sino que recordaron que los Soviets son un poder cercano al pueblo, que cada uno debe, si es revolucionario, si es socialista y, verdaderamente, partidario de los trabajadores, actuar rápida y resueltamente. Organizaron a todos los trabajadores y campesinos más pobres y destacaron tal cantidad de destacamentos que se realizaron registros en todo Yelets; solo dejaban entrar en las casas a los dirigentes de los destacamentos, personas de confianza y responsables; no dejaban entrar a ninguna persona de la que no estuvieran convencidos, sabiendo cuán frecuentes son las vacilaciones, sabiendo que nada deshonra tanto al poder soviético como estos casos de saqueo por parte de representantes y servidores indignos del poder soviético. Lograron reunir enormes excedentes de grano, que no quedó ni una sola casa en el Yelets comercial donde la burguesía pudiera beneficiarse de la especulación.

Por supuesto, sé que hacer esto en una ciudad pequeña es considerablemente más fácil que en una ciudad como Moscú, pero tampoco hay que olvidar que una fuerza proletaria como la que hay en Moscú no puede existir en ninguna ciudad de distrito.

En Tambov, hace poco, triunfó la contrarrevolución por unas horas; incluso sacaron un número menchevique y de los socialrevolucionarios de derecha de un periódico que llamaba a la Asamblea Constituyente, al derrocamiento del poder soviético y decía cuán sólida era la victoria del nuevo poder, hasta que llegaron del distrito los soldados del Ejército Rojo y los campesinos y en un solo día barrieron este nuevo poder «sólido», que supuestamente se apoyaba en la Asamblea Constituyente. (Aplausos.)

Así, camaradas, ocurría la cosa en otros distritos de la provincia de Tambov, una provincia de dimensiones enormes. Sus distritos del norte lindan con la zona no agrícola, los distritos del sur son extraordinariamente fértiles; allí la cosecha es muy grande. Allí hay muchos campesinos que tienen excedente de grano, y allí hay que saber abordar con especial energía, con una conciencia particularmente firme y clara, para apoyarse en los campesinos más pobres, para vencer a los kulaks. Allí los kulaks sienten hostilidad hacia todo poder obrero y campesino, allí hay que esperar la ayuda de los obreros de Petersburgo y Moscú, que cada vez, apoyados por el arma de su organización, expulsan a los kulaks de los Soviets, organizan a los campesinos pobres y viven, junto con el campesinado local, la experiencia de la lucha por el monopolio estatal del grano, la experiencia de la organización de los campesinos pobres y de los trabajadores de la ciudad, una organización tal que nos dará la última y más completa victoria. Y aquí, camaradas, me he permitido contaros con estos ejemplos cómo está la cosa en lo que respecta al aprovisionamiento, porque me parece que la caracterización de la lucha por el pan, desde el punto de vista de los trabajadores, contra los kulaks, es importante para nosotros, para los obreros, para el proletariado consciente, no por los datos aislados y cifrados de cálculos de cuántos millones de puds se pueden obtener. Este asunto debo dejarlo al especialista en aprovisionamiento, debo decir que si se lograra obtener los excedentes de grano de aquellas provincias que lindan con la zona no agrícola de Moscú y la cerealista Siberia, incluso aquí, en estas semanas difíciles que nos quedan hasta la nueva cosecha, encontraríamos suficiente grano para salvar de la muerte por hambre a las provincias no agrícolas hambrientas. Para ello es necesario organizar un número aún mayor de obreros conscientes y avanzados. Esta es la lección fundamental de todas las revoluciones pasadas, esta es la lección fundamental también de nuestra revolución. Cuanto mayor sea la organización, cuanto más ampliamente se manifieste, cuanto mejor sepan los obreros en las fábricas y talleres comprender que la fuerza solo está en su organización y en la de los campesinos pobres, tanto más segura será la causa de la lucha contra el hambre y la causa de la lucha por el socialismo, pues, repito, nuestra tarea no consiste en inventar un nuevo poder, sino en levantar, ilustrar, organizar a cada representante de los campesinos pobres, en la aldea más remota, para acciones independientes. No es difícil explicar a unos cuantos obreros urbanos conscientes, de Petersburgo o Moscú, incluso en una aldea remota, cuán injusto es retener el grano, especular con él, convertirlo en medio para el aguardiente clandestino, cuando cientos de miles perecen en Moscú. Para lograr esto, los obreros de Petersburgo, de Moscú, vosotros, camaradas, en particular, representantes de los comités de fábrica y de taller, representantes de las más diversas profesiones, fábricas y talleres, debéis solo asimilar firmemente y aclararos que nadie vendrá en vuestra ayuda, que de otra clase no vienen a vosotros ayudantes, sino enemigos, que el poder soviético no tiene a su servicio una intelectualidad fiel. La intelectualidad lleva su experiencia y sus conocimientos —la más alta dignidad humana— al servicio de los explotadores y se vale de todo para dificultarnos la victoria sobre los explotadores; logrará que cientos de miles de personas perezcan de hambre, pero no quebrantará la resistencia de los trabajadores. No tenemos a nadie más que a la clase con la que logramos la revolución, con la que marcharemos a través de las mayores dificultades que nos esperan, la etapa más difícil: ese es el proletariado fabril, urbano y rural, que habla entre sí un lenguaje comprensible el uno para el otro, que tanto en la ciudad como en el campo sabrá vencer a todos los enemigos: a los kulaks y a los ricachones.

Pero para hacer esto, hay que recordar con cuánta frecuencia los obreros olvidan la tesis fundamental de la revolución socialista: para hacer la revolución socialista, para realizarla, para librar al pueblo de la opresión, para eso no hace falta abolir inmediatamente las clases; el poder deben tomarlo en sus manos los obreros más conscientes y organizados. En el Estado, la clase obrera debe convertirse en la clase dominante. Esta es una verdad que la mayoría de vosotros ya ha leído en el «Manifiesto Comunista» de Marx y Engels, que fue escrito hace más de setenta años y ha recorrido todos los países y todos los idiomas. En todas partes se ha revelado la verdad: para vencer a los capitalistas, es necesario que, durante el tiempo de lucha contra la explotación, mientras hay oscuridad, mientras aún no creen en los nuevos órdenes, los obreros fabriles urbanos organizados se conviertan en la clase dominante. Cuando os reunís en vuestros comités de fábrica y taller para decidir vuestros asuntos, recordad que la revolución no conservará ni una sola de sus conquistas si os ocupáis en vuestros comités de fábrica y taller de intereses obreros técnicos o puramente financieros. Ha ocurrido más de una vez que las clases obreras y oprimidas lograran tomar el poder en sus manos, pero no ha ocurrido ni una sola vez que lograran conservarlo. Para ello es necesario que los obreros posean no solo la capacidad de alzarse a la lucha heroica y derrocar la explotación, sino también la capacidad de organización, de disciplina, de firmeza, la capacidad de discutir, cuando todo alrededor se tambalea, vacila, cuando te atacan, cuando crecen rumores absurdos e interminables: en este tiempo, sobre los comités de fábrica y taller, que están en todo estrechamente ligados a la amplia masa de millones, recae la mayor tarea estatal: convertirse, en primer lugar, en un órgano de gestión de la vida estatal. Esta es la cuestión estatal fundamental del poder soviético: cómo asegurar la correcta distribución del grano. Si Yelets supo poner freno a la burguesía local, en Moscú es más difícil hacerlo, pero aquí la organización es inconmensurablemente mayor, y aquí podéis más fácilmente destacar decenas de miles de personas honestas, que vuestros partidos, vuestros sindicatos darán y podrán garantizar, que estarán en condiciones de dirigir destacamentos con plena responsabilidad de que seguirán siendo personas íntegras y fieles, a pesar de todas las dificultades, a pesar de todas las tentaciones, por un lado, y los tormentos del hambre, por otro. No hay otra clase que pudiera ahora encargarse de esta tarea, que fuera capaz de dirigir al pueblo, a menudo presa de la desesperación, otra clase que el proletariado fabril urbano. Vuestros comités de fábrica y taller deben dejar de ser solo comités de fábrica, deben convertirse en las células estatales fundamentales de la clase dominante. (Aplausos.) De vuestra organización, de vuestra cohesión, de vuestra energía depende que soportemos la difícil transición con la misma firmeza con que debe soportarla el poder soviético. Emprended la tarea vosotros mismos, emprendedla desde todos los lados, desenmascarad cada día los abusos, corregid con vuestra propia experiencia cada error cometido —se cometen muchos ahora, porque la clase obrera aún no tiene experiencia, pero es importante que ella misma emprenda la tarea, que ella misma corrija los errores—. Si actuamos así, si cada comité comprende que representa al dirigente de la mayor revolución del mundo, ¡entonces conquistaremos el socialismo para todo el mundo! (Aplausos que se convierten en una estruendosa ovación.)