¡Camaradas! En nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo debo presentarles el informe sobre su actividad durante los 2 meses y 15 días transcurridos desde la formación del poder soviético y del gobierno soviético en Rusia.

2 meses y 15 días, son solo cinco días más que el plazo durante el cual existió el anterior poder de los obreros sobre todo un país, o sobre los explotadores y capitalistas: el poder de los obreros parisinos en la época de la Comuna de París de 1871.

Debemos recordar este poder obrero, ante todo, al echar una mirada atrás y compararlo con el poder soviético formado el 25 de octubre. Y de esta comparación entre la anterior dictadura del proletariado y la actual, podemos ver de inmediato qué paso gigantesco ha dado el movimiento obrero internacional y en qué situación inconmensurablemente más favorable se encuentra el poder soviético en Rusia, a pesar de las condiciones inauditamente complejas en medio de la guerra y la devastación.

Habiéndose mantenido durante 2 meses y 10 días, los obreros parisinos, que crearon por primera vez la Comuna, la cual representa el germen del poder soviético, perecieron bajo los fusilamientos de los cadetes, mencheviques y socialistas revolucionarios de derecha kaledinistas franceses. Los obreros franceses tuvieron que pagar con sacrificios excepcionalmente pesados la primera experiencia de un gobierno obrero, cuyo sentido y objetivos desconocía la inmensa mayoría del campesinado en Francia.

Nos hallamos en circunstancias mucho más favorables, porque los soldados, obreros y campesinos rusos supieron crear un aparato que anunció al mundo entero sus formas de lucha: el gobierno soviético. He aquí lo que, ante todo, cambia la situación de los obreros y campesinos rusos en comparación con el poder del proletariado parisino. Ellos no tenían un aparato, el país no los comprendió; nosotros nos apoyamos de inmediato en el poder soviético y por eso jamás tuvimos duda de que el poder soviético goza de la simpatía y del más ardiente, del más abnegado apoyo de la gigantesca mayoría de las masas, y de que, por lo tanto, el poder soviético es invencible.

Las personas que se mostraban escépticas respecto al poder soviético y que, a menudo, consciente o inconscientemente, lo vendían y traicionaban en aras del conciliacionismo con los capitalistas e imperialistas, estas personas atronaron todos los oídos diciendo que en Rusia no puede sostenerse un poder exclusivo del proletariado. Como si alguno de los bolcheviques y de sus partidarios hubiera olvidado siquiera por un minuto que en Rusia solo puede ser duradero aquel poder que logre cohesionar a la clase obrera, a la mayoría del campesinado, a todas las clases trabajadoras y explotadas en una fuerza única, indisolublemente ligada entre sí, que luche contra los terratenientes y la burguesía.

Jamás dudamos de que solo la alianza de los obreros y los campesinos pobres, de los semiproletarios, de la que habla nuestro programa de partido, puede abarcar en Rusia a la mayoría de la población y garantizar un apoyo firme al poder. Y logramos, después del 25 de octubre, de inmediato, en el transcurso de varias semanas, superar todas las dificultades y fundar el poder sobre la base de una alianza tan sólida.

¡Sí, camaradas! Si el partido de los socialistas revolucionarios, en su vieja forma, cuando los campesinos aún no discernían quién era en él un partidario real del socialismo, enarbolaba la consigna del uso igualitario de la tierra, sin querer saber quién cumpliría esta tarea, si en alianza con la burguesía o no, nosotros decíamos que eso era un engaño. Y esa parte, que ahora ha visto que tras ella no hay pueblo, que es una cáscara vacía, pretendía que podía llevar a cabo el uso igualitario de la tierra en alianza con la burguesía; en esto consistía el engaño fundamental. Y cuando la revolución rusa mostró la experiencia de la colaboración de las masas trabajadoras con la burguesía, en el momento más grandioso de la vida del pueblo, cuando la guerra arruinaba y arruina al pueblo, condenando a millones a morir de hambre, y sus consecuencias mostraron en la práctica la experiencia del conciliacionismo, cuando los propios Soviets la vivieron, la sintieron en carne propia, tras pasar por la escuela del conciliacionismo, entonces se hizo evidente que hay un grano sano, vital, grande y socialista en la doctrina de quienes querían unir al campesinado, en su parte trabajadora, al gran movimiento socialista de los obreros del mundo entero.

Y tan pronto como esta cuestión se planteó de manera prácticamente clara y nítida ante el campesinado, sucedió aquello de lo que nadie dudaba, como lo han demostrado ahora los Soviets campesinos y los congresos: cuando llegó el momento de realizar el socialismo en la práctica, los campesinos tuvieron la posibilidad de ver con claridad estas dos líneas políticas fundamentales: la alianza con la burguesía o con las masas trabajadoras; comprendieron entonces que el partido que expresa las verdaderas aspiraciones e intereses del campesinado es el partido de los socialistas revolucionarios de izquierda. Y cuando concertamos nuestra alianza gubernamental con este partido, planteamos desde el principio la cuestión de modo que descansara sobre bases clarísimas y evidentes. Si los campesinos de Rusia quieren llevar a cabo la socialización de la tierra en alianza con los obreros, que realizarán la nacionalización de los bancos y crearán el control obrero, son nuestros fieles colaboradores, los más fieles y valiosos aliados. No hay un solo socialista, camaradas, que no reconociera esa verdad evidente de que entre el socialismo y el capitalismo se extiende un largo, más o menos difícil, período de transición de la dictadura del proletariado, y que este período, en sus formas, dependerá en mucho de si predomina la pequeña propiedad o la grande, el pequeño cultivo o el grande. Es comprensible que la transición al socialismo en Estonia, en este pequeño país de alfabetización general, compuesto por grandes explotaciones agrícolas, no pueda parecerse a la transición al socialismo en un país predominantemente pequeñoburgués, como es Rusia. Hay que tener esto en cuenta.

Todo socialista consciente dice que el socialismo no se puede imponer a los campesinos por la fuerza y que hay que contar solo con la fuerza del ejemplo y con la asimilación por la masa campesina de la práctica cotidiana. ¿Cómo considera ella conveniente transitar al socialismo? He ahí la tarea que ahora se plantea prácticamente ante el campesinado ruso. ¿Cómo puede ella misma apoyar al proletariado socialista y comenzar la transición al socialismo? Y los campesinos ya han comenzado esta transición, y nosotros les tenemos plena confianza.

La alianza que hemos concertado con los socialistas revolucionarios de izquierda está creada sobre una base sólida y se fortalece no por días, sino por horas. Si al principio, en el Consejo de Comisarios del Pueblo, podíamos temer que la lucha fraccional llegara a frenar el trabajo, ya sobre la base de dos meses de experiencia de trabajo conjunto debo decir con certeza que en la mayoría de las cuestiones elaboramos decisiones unánimes.

Sabemos que solo cuando la experiencia muestre a los campesinos cómo debe ser, por ejemplo, el intercambio entre la ciudad y el campo, ellos mismos, desde abajo, sobre la base de su propia experiencia, establecerán su vínculo. Por otro lado, la experiencia de la guerra civil muestra a los representantes de los campesinos con sus propios ojos que no hay otro camino hacia el socialismo que la dictadura del proletariado y la supresión despiadada de la dominación de los explotadores. (Aplausos.)

¡Camaradas! Cada vez que nos toca abordar este tema, en la presente reunión o en el Comité Ejecutivo Central, me ocurre de tanto en tanto oír de la parte derecha de la asamblea exclamaciones: ¡"dictador"! Sí, "cuando éramos socialistas", entonces todos reconocían la dictadura del proletariado; incluso escribían sobre ella en sus programas, se indignaban ante ese prejuicio difundido de que se puede persuadir a la población, demostrarle que no se debe explotar a las masas trabajadoras, que eso es pecaminoso y vergonzoso, y que entonces se instaurará el paraíso en la tierra. No, este prejuicio utópico hace tiempo que fue desbaratado en la teoría, y nuestra tarea es desbaratarlo en la práctica.

No se puede imaginar el socialismo de modo que los señores socialistas nos lo sirvan en bandeja, en un trajecito ya hecho; eso no sucederá. Ninguna cuestión de la lucha de clases se ha resuelto jamás en la historia sino por medio de la violencia. La violencia, cuando proviene de las masas trabajadoras, explotadas, contra los explotadores, ¡sí, nosotros estamos por esa violencia! (Estruendosos aplausos.) Y no nos turban en absoluto los alaridos de las personas que, consciente o inconscientemente, están del lado de la burguesía, o están tan asustadas por ella, tan oprimidas por su dominación, que al ver ahora esta lucha de clases, de una agudeza inaudita, se han desconcertado, se han echado a llorar, han olvidado todas sus premisas y nos exigen lo imposible: que nosotros, los socialistas, alcancemos la victoria completa sin lucha contra los explotadores, sin suprimir su resistencia.

Los señores explotadores ya en el verano de 1917 comprendieron que se trataba de las "batallas finales y decisivas", que el último baluarte de la burguesía, esa fuente principal y fundamental de su opresión sobre las masas trabajadoras, les sería arrebatado de las manos si los Soviets obtenían el poder.

He aquí por qué la Revolución de Octubre inició esta lucha sistemática e inflexible para que los explotadores cesaran su resistencia, y para que, por difícil que sea incluso para los mejores de ellos, tuvieran que resignarse a la idea de que ya no habrá más dominación de las clases explotadoras, que de ahora en adelante el simple mujik mandará y ellos deberán obedecerle; por desagradable que les sea, tendrán que hacerlo.

Esto costará muchas dificultades, sacrificios y errores, es una causa nueva, inédita en la historia, que no se puede leer en los libros. De suyo se entiende que esta es la transición más grandiosa, la más difícil de la historia, pero de ningún otro modo se podía realizar esta gran transición. Y la circunstancia de que en Rusia se haya creado el poder soviético ha demostrado que la más rica en experiencia revolucionaria es la propia masa revolucionaria, cuando en ayuda de unas pocas decenas de hombres del partido acuden millones, tomando prácticamente por el cuello a sus explotadores.

He aquí por qué en la actualidad en Rusia ha adquirido preponderancia la guerra civil. Contra nosotros lanzan la consigna: "¡que desaparezca la guerra civil!". He tenido ocasión de oír esto de representantes de la parte derecha de la llamada Asamblea Constituyente. Que desaparezca la guerra civil… ¿Qué significa esto? ¿Guerra civil contra quién? ¿Contra Kornílov, Kerenski, Riabushinski, que gastan millones en sobornar a vagabundos y burócratas? ¿Contra esos saboteadores que, de todos modos, consciente o inconscientemente, aceptan este soborno? No hay duda de que entre estos últimos hay personas, entre las no desarrolladas, que lo hacen inconscientemente, porque no pueden ni imaginarse que se puede y se debe destruir hasta los cimientos el viejo régimen burgués y comenzar a construir sobre sus escombros una sociedad socialista completamente nueva. No hay duda de que existen tales personas, pero ¿acaso eso cambia las circunstancias?

He aquí por qué los representantes de las clases propietarias lo apuestan todo, he aquí por qué para ellos son estas las batallas finales y decisivas, y no se detendrán ante ningún crimen con tal de quebrantar el poder soviético. ¿Acaso toda la historia del socialismo, del francés en particular, que es tan rica en aspiraciones revolucionarias, no nos muestra que cuando las propias masas trabajadoras toman el poder en sus manos, las clases gobernantes recurren a crímenes y fusilamientos inauditos cuando se trata de proteger sus propios sacos de dinero? Y cuando estas personas nos hablan de guerra civil, les respondemos con una sonrisa; y cuando llevan su consigna al medio de la juventud estudiantil, les decimos: ¡la estáis engañando!

La lucha de clases no ha llegado por casualidad a su forma última, cuando la clase de los explotados toma en sus manos todos los medios del poder para destruir definitivamente a su enemigo de clase, a la burguesía, para barrer de la faz de la tierra rusa no solo a los burócratas, sino también a los terratenientes, como los barrieron en algunas provincias los campesinos rusos.

Se nos dice que el sabotaje que encontró el Consejo de Comisarios del Pueblo por parte de los burócratas y terratenientes demuestra la falta de voluntad de ir al encuentro del socialismo. Como si no estuviera claro que toda esa banda de capitalistas y estafadores, vagabundos y saboteadores constituye una única banda, sobornada por la burguesía, que resiste al poder de los trabajadores. Por supuesto, quien pensaba que se podía saltar de golpe del capitalismo al socialismo, o quien se imaginaba posible convencer a la mayoría de la población de que esto se podía alcanzar mediante la Asamblea Constituyente, quien creía en este cuento democrático-burgués, puede seguir creyendo tranquilamente en este cuento, pero que no se queje de la vida si esta desbarata el cuento.

Quien ha comprendido qué es la lucha de clases, qué significa el sabotaje que organizaron los burócratas, sabe que no podemos saltar de golpe al socialismo. Quedaron los burgueses, los capitalistas, que tienen la esperanza de recuperar su dominación y defienden sus sacos de dinero; quedó el lumpen, una capa de gente sobornable, completamente aplastada por el capitalismo e incapaz de elevarse a la idea de la lucha proletaria. Quedaron los empleados, los burócratas, que piensan que la defensa del viejo orden representa los intereses de la sociedad. ¿Cómo se puede imaginar la victoria del socialismo sino como el completo desmoronamiento de estas capas, sino como la total perdición de la burguesía, tanto la rusa como la europea? ¿Acaso creemos que los señores Riabushinski no comprenden sus intereses de clase? Son ellos quienes pagan a los saboteadores para que no trabajen. ¿O acaso actúan por separado? ¿No actúan acaso junto con los capitalistas franceses, ingleses y americanos, comprando valores? Veamos cuánto les ayudarán esas compras. ¿Y no resultarán las montañas de valores que ahora reciben ser papel viejo, vacío e inservible?

He aquí por qué, camaradas, a todos los reproches y acusaciones de terror, dictadura, guerra civil, aunque estamos aún muy lejos de haber llegado al verdadero terror, porque somos más fuertes que ellos —tenemos los Soviets, nos bastará con la nacionalización de los bancos y la confiscación de bienes para someterlos—, a todas las acusaciones de guerra civil decimos: sí, nosotros proclamamos abiertamente lo que ningún gobierno pudo proclamar. El primer gobierno en el mundo que puede hablar abiertamente de guerra civil es el gobierno de las masas obreras, campesinas y soldadescas. Sí, nosotros iniciamos y libramos la guerra contra los explotadores. Cuanto más directamente lo digamos, tanto más pronto terminará esta guerra, tanto más pronto nos comprenderán todas las masas trabajadoras y explotadas, comprenderán que el poder soviético realiza la causa verdadera, la causa vital de todos los trabajadores.

No pienso, camaradas, que logremos pronto alcanzar la victoria en esta lucha, pero somos muy ricos en experiencia: en el curso de dos meses hemos logrado mucho. Hemos vivido el intento de ofensiva de Kerenski contra el poder soviético y el completo fracaso de este intento; hemos vivido la organización del poder de los Kerenski ucranianos; allí la lucha aún no ha terminado, pero para cualquiera que la observe, que haya oído aunque sea algunos informes veraces de los representantes del poder soviético, está claro que los elementos burgueses de la Rada ucraniana viven sus últimos días. (Aplausos.) No hay ninguna posibilidad de dudar de la victoria del poder soviético de la República Popular de Ucrania sobre la Rada burguesa ucraniana.

Y la lucha contra Kaledin —aquí realmente todo se basa en la explotación de los trabajadores, sobre la base de la dictadura burguesa—, si es que hay algunas bases sociales contra el poder soviético. El Congreso campesino mostró con evidencia que la causa de Kaledin es una causa sin esperanza, las masas trabajadoras están contra él. La experiencia del poder soviético, la propaganda con hechos, el ejemplo de las organizaciones soviéticas surten su efecto, y el apoyo interno a Kaledin en el Don se derrumba ahora no tanto desde fuera como desde dentro.

He aquí por qué, al observar el frente de la guerra civil en Rusia, podemos decir con plena seguridad: aquí la victoria del poder soviético es total y está completamente asegurada. Y esta victoria del poder soviético, camaradas, se logra porque desde el principio comenzó a realizar los preceptos seculares del socialismo, apoyándose consecuente y decididamente en las masas, considerando su tarea despertar a la vida viva a las capas más oprimidas y humilladas de la sociedad, elevarlas a la creación socialista. He aquí por qué el viejo ejército, el ejército de la instrucción cuartelera, de la tortura de los soldados, ha pasado al pasado. Ha sido entregado al desguace, y no ha quedado de él piedra sobre piedra. (Aplausos.) La democratización completa del ejército ha sido llevada a cabo.

Me permitiré relatar un incidente que me ocurrió. Sucedió en un vagón del ferrocarril de Finlandia, donde tuve ocasión de oír una conversación entre varios finlandeses y una anciana. Yo no podía tomar parte en la conversación, pues no sabía finlandés, pero un finlandés se dirigió a mí y dijo: "¿Sabe usted qué cosa tan original dijo esa anciana? Dijo: ahora ya no hay que tener miedo al hombre del fusil. Cuando estaba en el bosque, me encontré con un hombre del fusil, y en lugar de quitarme mi leña, me añadió más".

Cuando oí esto, me dije: que cientos de periódicos, como quiera que se llamen —socialistas, cuasi-socialistas, etc.—, que cientos de voces sumamente estruendosas nos griten: "dictadores", "violentos" y otras palabras por el estilo. Sabemos que en las masas populares se alza ahora otra voz; ellas se dicen: ahora no hay que temer al hombre del fusil, porque él defiende a los trabajadores y será despiadado en la supresión de la dominación de los explotadores. (Aplausos.) Esto es lo que el pueblo ha sentido, y he aquí por qué la agitación que realizan las personas sencillas, sin educación, cuando cuentan que los guardias rojos dirigen todo su poder contra los explotadores, esta agitación es invencible. Recorrerá millones y decenas de millones y creará sólidamente lo que la Comuna francesa del siglo XIX comenzó a crear, pero creó solo por un corto intervalo, porque fue aplastada por la burguesía: creará el Ejército Rojo socialista, aquello a lo que todos los socialistas aspiraban: el armamento universal del pueblo. Creará nuevos cuadros de la Guardia Roja, que darán la posibilidad de educar a las masas trabajadoras para la lucha armada.

Si de Rusia se decía: no puede combatir, porque no tendrá oficiales, no debemos olvidar lo que decían esos mismos oficiales burgueses al observar a los obreros que luchaban contra Kerenski y Kaledin: "sí, estos guardias rojos no valen nada técnicamente, pero si estas personas se instruyeran algo, tendrían un ejército invencible". Pues por primera vez en la historia de la lucha mundial ingresaron en el ejército elementos que no portan consigo saberes oficiales, sino que están guiados por las ideas de la lucha por la liberación de los explotados. Y cuando la obra que hemos comenzado esté terminada, la República Soviética de Rusia será invencible. (Aplausos.)

Camaradas, este camino que ha recorrido el poder soviético con respecto al ejército socialista, lo ha hecho también con respecto a otro instrumento de las clases dominantes, aún más sutil, aún más complejo: el tribunal burgués, que fingía ser la defensa del orden, pero que en realidad era un instrumento ciego y sutil de la supresión despiadada de los explotados, defendiendo los intereses del saco de dinero. El poder soviético actuó tal como legaron actuar todas las revoluciones proletarias: lo entregó de inmediato al desguace. Que griten que nosotros, sin reformar el viejo tribunal, lo entregamos de inmediato al desguace. Con esto despejamos el camino para un verdadero tribunal popular y, no tanto por la fuerza de las represiones como por el ejemplo de las masas, por la autoridad de los trabajadores, sin formalidades, de tribunal como instrumento de explotación, hicimos un instrumento de educación sobre las bases sólidas de la sociedad socialista. No hay ninguna duda de que de inmediato no podemos obtener tal sociedad.

Tales son los pasos principales que ha dado el poder soviético, marchando por el camino señalado por toda la experiencia de las más grandes revoluciones populares en el mundo entero. No hubo ni una sola revolución en la que las masas trabajadoras no comenzaran a dar pasos por este camino para crear un nuevo poder estatal. Por desgracia, solo comenzaban, pero no podían llevar la obra hasta el fin, no lograron crear un nuevo tipo de poder estatal. Nosotros lo hemos creado; ya tenemos realizada la república socialista de los Soviets.

No me hago ilusiones respecto a que solo hemos comenzado el período de transición al socialismo, a que aún no hemos llegado al socialismo. Pero obraréis correctamente si decís que nuestro Estado es una república socialista de los Soviets. Obraréis tan correctamente como quienes llaman democráticas a muchas repúblicas burguesas de Occidente, aunque todos y cada uno saben que no hay ni una sola de las repúblicas más democráticas que sea democrática plenamente. Ellas conceden migajas de democratismo, recortan en minucias los derechos de los explotadores, pero las masas trabajadoras en ellas están tan oprimidas como en todas partes. Y, sin embargo, decimos que el régimen burgués está representado tanto por las viejas monarquías como por las repúblicas constitucionales.

Así también nosotros ahora. Estamos lejos incluso de haber terminado el período de transición del capitalismo al socialismo. Jamás nos hemos halagado con la esperanza de poder terminarlo sin la ayuda del proletariado internacional. Jamás nos hemos engañado al respecto y sabemos cuán difícil es el camino que conduce del capitalismo al socialismo, pero estamos obligados a decir que nuestra república de los Soviets es socialista, porque hemos emprendido este camino, y estas palabras no serán palabras vacías.

Hemos comenzado muchas medidas que socavan la dominación de los capitalistas. Sabemos que nuestra autoridad debía unificar la actividad de todas las instituciones con un solo principio, y expresamos este principio con las palabras: "Rusia se declara república socialista de los Soviets". (Aplausos.) Esta será aquella verdad que se apoya en lo que deberemos y ya hemos comenzado a hacer, será la mejor unificación de toda nuestra actividad, la proclamación de su programa, un llamamiento a los trabajadores y explotados de todos los países, que o bien no saben en absoluto qué es el socialismo, o bien —lo que es peor— entienden por socialismo esa papilla cherno-cereteliana de reformas burguesas que probamos, que experimentamos durante diez meses de revolución y de la que nos convencimos de que es una falsificación, y no socialismo.

Y he aquí por qué las "libres" Inglaterra y Francia emplearon todos los medios para que, durante diez meses de nuestra revolución, no pasara ni un solo número de los periódicos de los bolcheviques y de los socialistas revolucionarios de izquierda. Debían actuar así porque veían ante sí, en todos los países, a la masa de obreros y campesinos, que instintivamente captaban todo lo que hacían los obreros rusos. Pues no hubo ni una sola reunión donde las noticias sobre la revolución rusa y la consigna del poder soviético no fueran recibidas con estruendosos aplausos. Las masas trabajadoras y explotadas ya han entrado en todas partes en contradicción con sus cúpulas partidarias. Este viejo socialismo de cúpula aún no está enterrado, como en Rusia Chjeidze y Tsereteli, pero ya ha sido ultimado en todos los países del mundo, ya está muerto.

Y contra este viejo régimen burgués se alza ya un nuevo Estado: la república de los Soviets, la república de las clases trabajadoras, explotadas, que derriban las viejas barreras burguesas. Se han creado nuevas formas de Estado, con las cuales ha surgido la posibilidad de la supresión de los explotadores, de la supresión de la resistencia de esta ínfima pandilla, fuerte por el saco de dinero de ayer, por la reserva de conocimientos de ayer. Ellos convierten su saber —los profesores, los maestros, los ingenieros— en un instrumento de explotación de los trabajadores, diciendo: quiero que mi saber sirva a la burguesía, de lo contrario no trabajaré. Pero su poder ha sido quebrantado por la revolución obrera y campesina, y contra ellos surge un Estado en el cual las propias masas eligen libremente a sus representantes.

Precisamente ahora podemos decir que tenemos en la práctica una organización del poder tal que muestra claramente la transición hacia la abolición completa de todo poder, de todo Estado. Esto será posible cuando no haya ni rastro de explotación, es decir, en la sociedad socialista.

Tocaré ahora brevemente aquellas medidas que ha comenzado a realizar el gobierno socialista soviético de Rusia. Una de las primeras medidas dirigidas a que no solo desaparecieran de la faz de la tierra rusa los terratenientes, sino también a socavar de raíz la dominación de la burguesía y la posibilidad de la opresión del capital sobre millones y decenas de millones de trabajadores, fue el paso a la nacionalización de los bancos. Los bancos son los grandes centros de la economía capitalista moderna. Allí se acumulan riquezas inauditas y se distribuyen por todo el enorme país; aquí está el nervio de toda la vida capitalista. Son órganos sutiles y complejos, han crecido a lo largo de siglos, y sobre ellos se dirigieron los primeros golpes del poder soviético, que encontró al principio una resistencia desesperada en el Banco del Estado. Pero esta resistencia no detuvo al poder soviético. Logramos lo fundamental en la organización del Banco del Estado; esto fundamental está en manos de los obreros y campesinos, y de estas medidas fundamentales, que aún deberán ser desarrolladas durante largo tiempo, pasamos a poner mano sobre los bancos privados.

No actuamos como probablemente habrían recomendado hacerlo los conciliadores: primero esperar a la Asamblea Constituyente, tal vez luego elaborar un proyecto de ley y presentarlo a la Asamblea Constituyente, y con esto informar a los señores burgueses de nuestra intención, para que pudieran encontrar un resquicio para librarse de esta cosa desagradable; tal vez atraerlos a una compañía, entonces crearíais leyes estatales, eso sería un "acto estatal".

Eso sería la abolición del socialismo. Actuamos de manera más simple: sin temor de provocar reproches de las personas "cultas" o, más exactamente, de los incultos partidarios de la burguesía que comercian con los restos de su saber, dijimos: —tenemos obreros y campesinos armados. Ellos deben ocupar esta mañana todos los bancos privados. (Aplausos.) Y después de que lo hagan, cuando ya el poder esté en nuestras manos, solo después de esto discutiremos qué medidas tomar. Y por la mañana los bancos fueron ocupados, y por la tarde el Comité Ejecutivo Central emitió la resolución: "los bancos se declaran propiedad nacional", se produjo la estatalización, la socialización del negocio bancario, su transferencia a manos del poder soviético.

No hubo ni una sola persona en nuestro medio que se imaginara que un aparato tan hábil y sutil del negocio bancario, desarrollado durante siglos a partir del sistema económico capitalista, podía ser desmontado o rehecho en unos pocos días. Jamás afirmamos tal cosa. Y cuando los doctos o supuestamente doctos movían la cabeza y profetizaban, decíamos: podéis profetizar lo que os plazca. Nosotros conocemos solo un camino de la revolución proletaria: apoderarse de la posición enemiga, aprender el poder en la experiencia, en nuestros propios errores. No disminuimos en absoluto la dificultad de nuestro camino, pero lo fundamental ya lo hemos hecho. La fuente de las riquezas capitalistas en su distribución está socavada. La anulación de los empréstitos estatales, el derrocamiento del yugo financiero fue un paso completamente fácil después de esto. El paso a la confiscación de fábricas, después del control obrero, fue también completamente fácil. Cuando se nos acusaba de que, al introducir el control obrero, descomponemos la producción en talleres separados, rechazábamos ese disparate. Al introducir el control obrero, sabíamos que pasaría no poco tiempo hasta que se extendiera a toda Rusia, pero queríamos mostrar que reconocemos solo un camino: el de las transformaciones desde abajo, para que los propios obreros elaborasen desde abajo las nuevas bases de las condiciones económicas. Para esta elaboración se necesitará no poco tiempo.

Del control obrero pasamos a la creación del Consejo Superior de Economía Nacional. Solo esta medida, junto con la nacionalización de los bancos y los ferrocarriles, que será llevada a cabo en los próximos días, nos dará la posibilidad de emprender la construcción de la nueva economía socialista. Conocemos perfectamente la dificultad de nuestra causa, pero afirmamos que socialista de hecho es solo aquel que emprende esta tarea, confiando en la experiencia y el instinto de las masas trabajadoras. Ellas cometerán muchos errores, pero lo fundamental está hecho. Saben que, al dirigirse al poder soviético, encontrarán solo apoyo contra los explotadores. No hay ni una sola medida que alivie su trabajo que no haya sido apoyada total y plenamente por el poder soviético. El poder soviético no lo sabe todo y no puede llegar a todo a tiempo, y a menudo y a cada paso se encuentra ante tareas difíciles. Muy a menudo se envían al gobierno delegaciones de obreros y campesinos que preguntan cómo deben proceder, por ejemplo, con tal o cual tierra. Y a mí mismo me ha tocado a menudo pasar por una situación difícil cuando veía una visión no del todo definida por su parte. Y les decía: vosotros sois el poder, haced todo lo que queráis hacer, tomad todo lo que necesitéis, nosotros os apoyaremos, pero cuidad de la producción, cuidad de que la producción sea útil. Pasad a los trabajos útiles, cometeréis errores, pero aprenderéis. Y los obreros ya han comenzado a aprender, ya han comenzado la lucha contra los saboteadores. Las personas han hecho de la educación una cerca que impide a los trabajadores avanzar; esta cerca será barrida.

No hay duda de que la guerra corrompe a la gente tanto en la retaguardia como en el frente, pagando por encima de toda norma a quienes trabajan para la guerra, atrayendo a todos los que se escondieron de la guerra, elementos vagabundos y semivagabundos, imbuidos de un solo deseo: "agarrar" y huir. Pero a estos elementos, lo peor que ha quedado del viejo régimen capitalista, que trasladan todos sus viejos vicios, debemos arrojarlos fuera, eliminarlos, incluir en las empresas fabriles a todos los mejores elementos proletarios y con ellos crear las células de la futura Rusia socialista. Esta medida no es fácil, acarrea muchos conflictos, roces y choques. Y a nosotros, al Consejo de Comisarios del Pueblo, y a mí personalmente nos ha tocado enfrentarnos con sus quejas y amenazas, pero las hemos tratado con calma, sabiendo que ahora tenemos un juez al cual recurrimos. Este juez son los Soviets de diputados obreros y soldadescos. (Aplausos.) La palabra de este juez es indiscutible, en ella confiamos siempre.

El capitalismo estratifica artificialmente a los obreros para unir con la burguesía a una ínfima pandilla de la cúpula de la clase obrera; con ellos los choques serán inevitables. Sin lucha no llegaremos al socialismo. Pero estamos listos para la lucha, la hemos comenzado y la llevaremos a su fin con ayuda del aparato que se llama los Soviets. Si llevamos los conflictos que surjan al tribunal del Soviet de diputados obreros y soldadescos, cualquier cuestión se resolverá fácilmente. Pues por fuerte que sea el grupo de obreros privilegiados, cuando se los coloca ante la representación de todos los obreros, tal tribunal, repito, será para ellos indiscutible. Tal regulación aún solo comienza. Los obreros y campesinos todavía no creen lo suficiente en sus fuerzas, están demasiado acostumbrados, en virtud de una tradición secular, a esperar la indicación desde arriba. Aún no se han habituado plenamente a que el proletariado es la clase dominante, en su medio hay todavía elementos amedrentados, aplastados, que se imaginan que deben pasar por la vil escuela de la burguesía. Este vilísimo prejuicio burgués se ha mantenido por más tiempo, pero perece y perecerá hasta el fin. Y estamos convencidos de que con cada paso del poder soviético se destacará una cantidad cada vez mayor de personas liberadas por completo del viejo prejuicio burgués de que un simple obrero y campesino no puede gobernar el Estado. ¡Puede y aprenderá si emprende la tarea de gobernar! (Aplausos.)

La tarea organizativa será precisamente la tarea de destacar de las masas populares a los dirigentes y organizadores. Esta obra grandiosa y gigantesca está ahora a la orden del día. No se podría ni pensar en cumplirla si no existiera el poder soviético, ese aparato de filtro que puede hacer surgir a las personas.

Tenemos no solo la ley estatal sobre el control, tenemos incluso algo aún más valioso: las tentativas del proletariado de concertar acuerdos con las uniones de fabricantes para asegurar a los obreros la gestión de ramas enteras de la industria. Tal acuerdo ya han comenzado a elaborar y casi han concertado los curtidores con la sociedad de fabricantes y empresarios de la producción de curtidos de toda Rusia, y yo concedo a estos acuerdos una importancia particularmente grande. Ellos muestran que entre los obreros crece la conciencia de sus fuerzas.

Camaradas, en mi informe no he tocado las cuestiones particularmente dolorosas y difíciles: las cuestiones de la paz, del abastecimiento, porque estas cuestiones figuran como puntos especiales del orden del día y serán discutidas especialmente.

Me he propuesto en mi breve informe mostrar cómo se presenta ante mí y ante todo el Consejo de Comisarios del Pueblo en su conjunto la historia de lo que hemos vivido en estos dos meses y medio, cómo se ha configurado la correlación de las fuerzas de clase en este nuevo período de la revolución rusa, cómo se ha configurado el nuevo poder estatal, qué tareas sociales se han planteado ante él.

Rusia ha emprendido el camino seguro hacia la realización del socialismo: con la nacionalización de los bancos, con la entrega total de toda la tierra en manos de las masas trabajadoras. Sabemos perfectamente qué dificultades se alzan ante nosotros, pero estamos convencidos, a partir de la comparación con las revoluciones pasadas, de que alcanzaremos éxitos gigantescos y de que estamos en un camino que asegura la victoria completa.

Y junto a nosotros marcharán las masas de los países más avanzados, divididos por la guerra de rapiña, cuyos obreros han pasado por una escuela más larga de democratización. Cuando nos pintan la dificultad de nuestra causa, cuando nos dicen que la victoria del socialismo solo es posible a escala mundial, vemos en ello solo una tentativa, particularmente desesperada, de la burguesía y de sus partidarios voluntarios e involuntarios de tergiversar la verdad más indiscutible. Por supuesto, la victoria final del socialismo en un solo país es imposible. Nuestro destacamento de obreros y campesinos que apoya el poder soviético es uno de los destacamentos de aquel ejército mundial que ahora está fragmentado por la guerra mundial, pero que tiende a la unificación, y cada noticia, cada fragmento de informe sobre nuestra revolución, cada nombre es recibido por el proletariado con estruendo de aplausos de simpatía, porque ellos saben que en Rusia se realiza su causa común: la causa de la insurrección del proletariado, de la revolución socialista internacional. Más que todas las proclamas y conferencias, actúa el ejemplo vivo, el comienzo de la obra en algún lugar de un solo país; he aquí con lo que se inflaman las masas trabajadoras en todos los países.

Si la huelga de octubre de 1905 —esos primeros pasos de la revolución victoriosa— repercutió de inmediato en Europa Occidental y provocó entonces, en 1905, el movimiento de los obreros austríacos; si ya entonces vimos en la práctica lo que vale el ejemplo de la revolución, la acción de los obreros en un solo país, ahora vemos que en todos los países del mundo la revolución socialista madura no por días, sino por horas.

Si cometemos errores, desaciertos, si en nuestro camino surgen roces, eso no es lo importante para ellos; lo importante para ellos es nuestro ejemplo, esto es lo que los une; ellos dicen: marcharemos juntos y venceremos, a pesar de todo. (Aplausos.)

Los grandes fundadores del socialismo, Marx y Engels, observando durante una serie de decenios el desarrollo del movimiento obrero y el crecimiento de la revolución socialista mundial, veían claramente que la transición del capitalismo al socialismo exigiría largos dolores de parto, un largo período de dictadura del proletariado, de demolición de todo lo viejo, de destrucción despiadada de todas las formas del capitalismo, de colaboración de los obreros de todos los países, que deben fundir todos sus esfuerzos para asegurar la victoria hasta el fin. Y ellos decían que a fines del siglo XIX sucedería de tal modo que "el francés empezará y el alemán rematará", el francés empezará porque a lo largo de decenios de revolución ha forjado en sí esa iniciativa abnegada en la acción revolucionaria que hizo de él la vanguardia de la revolución socialista.

Vemos ahora otra combinación de fuerzas del socialismo internacional. Decimos que el movimiento comienza más fácilmente en aquellos países que no pertenecen al número de los países explotadores, que tienen la posibilidad de saquear más fácilmente y pueden sobornar a la cúpula de sus obreros. Esos partidos, supuestamente socialistas, casi todos ministerialmente presentables, cherno-ceretelianos, de Europa Occidental no realizan nada y no tienen bases sólidas. Hemos visto el ejemplo de Italia, hemos observado en estos días la heroica lucha de los obreros austríacos contra los depredadores imperialistas. Aunque los depredadores logren detener por un tiempo el movimiento, no se puede detenerlo por completo: es invencible.

El ejemplo de la república de los Soviets permanecerá ante ellos por largo tiempo. Nuestra república socialista de los Soviets se mantendrá firme, como antorcha del socialismo internacional y como ejemplo ante todas las masas trabajadoras. Allí: riña, guerra, derramamiento de sangre, sacrificios de millones de personas, explotación del capital; aquí: una verdadera política de paz y la república socialista de los Soviets.

Las cosas se han configurado de otro modo a como esperaban Marx y Engels; ellos nos han dado a nosotros, las clases trabajadoras y explotadas de Rusia, el honroso papel de vanguardia de la revolución socialista internacional, y nosotros ahora vemos claramente cuán lejos irá el desarrollo de la revolución; el ruso ha empezado —el alemán, el francés, el inglés rematarán, y el socialismo vencerá. (Aplausos.)