¡Camaradas! El tema sobre el cual he de hablar hoy es la gigantesca crisis que se ha abatido sobre todos los países modernos, crisis que en estos momentos pesa sobre Rusia quizá más duramente que sobre ningún otro y que, en todo caso, se deja sentir en ella de un modo incomparablemente más grave que en otros países. Sobre esta crisis, sobre el hambre que se nos viene encima, debo hablar en consonancia con la tarea que se nos ha planteado y en relación con la situación general. Y cuando se trata de la situación general no es posible, naturalmente, limitarse a Rusia, tanto más cuanto que en la actualidad todos los países de la civilización capitalista moderna se hallan interrelacionados con mayor fuerza y en forma más atormentadora que nunca.

En todas partes, tanto en los países beligerantes como en los neutrales, la guerra, la guerra imperialista entre dos grupos de gigantescos depredadores, ha traído consigo el agotamiento total de las fuerzas productivas. La ruina y el empobrecimiento han llegado a tal extremo que en los países más avanzados, civilizados y cultos, que durante décadas y hasta siglos no habían conocido lo que es el hambre, la guerra ha desembocado en el hambre en su sentido más auténtico y literal. Cierto es que en los países avanzados, sobre todo en aquellos en que el gran capitalismo ha acostumbrado desde hace mucho tiempo a la población al máximo posible de organización económica bajo ese sistema, en esos países avanzados el hambre se ha podido distribuir de un modo regular, diferir más tiempo y hacerla menos aguda; pero del hambre, del hambre más auténtica, sufren, por ejemplo, Alemania y Austria desde hace largo tiempo, sin hablar ya de los países vencidos y avasallados. Apenas podemos abrir hoy un solo número de un periódico sin tropezar con toda una serie de noticias procedentes de toda una serie de países avanzados, cultos, no sólo beligerantes sino también neutrales, como Suiza o algunos países escandinavos, donde no encontremos informaciones sobre el hambre, sobre las terribles calamidades que se han abatido sobre la humanidad como consecuencia de la guerra.

Camaradas, para quienes han observado el desarrollo de la sociedad europea hace ya tiempo que era indudable que el capitalismo no podría agotarse pacíficamente, que conduciría o bien directamente a la insurrección de las grandes masas contra el yugo del capital, o bien al mismo resultado a través del camino mucho más penoso, atormentador y sangriento de la guerra.

Ya muchos años antes de la guerra, los socialistas de todos los países señalaban y declaraban solemnemente en sus congresos que la guerra entre los países avanzados no sólo sería un crimen monstruoso, que esa guerra por el reparto de las colonias, por el reparto del botín de los capitalistas, no sólo significaría una ruptura total con las conquistas de la civilización y la cultura más modernas, sino que podría conducir —y conduciría inevitablemente— a socavar las condiciones mismas de existencia de la sociedad humana. Porque por primera vez en la historia se aplican las más poderosas conquistas de la técnica en una escala tan enorme, de un modo tan destructor y con tanta energía para el exterminio en masa de millones de vidas humanas. Al ser puestos todos los medios de producción al servicio de la guerra, vemos cómo se cumple la más amarga de las predicciones y cómo el embrutecimiento, el hambre y la decadencia completa de todas las fuerzas productivas abarcan un número cada vez mayor de países.

Recuerdo por ello cuánta razón tenía uno de los grandes fundadores del socialismo científico, Engels, cuando en 1887, 30 años antes de la revolución rusa, escribía que la guerra europea no sólo llevaría a que las coronas, como él decía, rodaran por docenas de las cabezas de los monarcas sin que hubiera quien las recogiera, sino que esa guerra traería consigo un embrutecimiento, un salvajismo y un retraso de toda Europa inauditos, y que, al mismo tiempo, la guerra acarrearía o bien la dominación de la clase obrera o bien la creación de condiciones que harían necesaria esa dominación{147}. El fundador del marxismo se expresó en esta ocasión con redoblada cautela, pues veía claramente que si la historia tomaba ese camino, este conduciría al derrumbe del capitalismo, a la expansión del socialismo, pero que no se podría imaginar una transición más atormentadora, más penosa, una necesidad más aguda y una crisis más profunda que socavara todas las fuerzas productivas.

Y he aquí que ahora vemos con claridad lo que significan las consecuencias de la matanza imperialista de los pueblos, que se prolonga por cuarto año, cuando en todos los países, incluso en los avanzados, se siente que la guerra ha llegado a un callejón sin salida, que no hay salida para ella sobre el terreno del capitalismo y que conducirá a una ruina atormentadora. Y si a nosotros, camaradas, si a la revolución rusa —que no ha sido provocada en absoluto por un mérito especial del proletariado ruso, sino por la marcha general de los acontecimientos históricos, que han colocado a este proletariado temporalmente en el primer plano y lo han convertido por un tiempo en la vanguardia de la revolución mundial—, si nos toca vivir de modo particularmente penoso, de manera especialmente aguda para nosotros, los tormentos del hambre que se abate sobre nosotros con fuerza cada vez mayor, debemos asimilar firmemente que estas calamidades son ante todo y sobre todo la herencia de esa maldita matanza imperialista que en todos los países ha conducido a calamidades inauditas, y donde esas calamidades solo son ocultadas todavía temporalmente a las masas y al conocimiento de la inmensa mayoría de los pueblos.

Mientras continúe la opresión bélica, mientras se mantenga aún la guerra y mientras esté ligada, por un lado, a las esperanzas de victoria y a la posibilidad de salir de esta crisis mediante la victoria de uno de los grupos imperialistas, y por otro lado, esté determinada por el furor de la censura militar y la embriaguez de todo el pueblo en la fiebre guerrera, solo ello oculta a la masa de la población de la mayoría de los países el abismo en que se precipitan, el abismo en el que ya están medio hundidos. Y ahora nos toca sentirlo con particular agudeza, porque en ningún otro lugar como en Rusia existe una contradicción tan flagrante entre la enormidad de las tareas que se ha planteado el proletariado insurrecto, que ha comprendido que no se puede vencer la guerra, la guerra mundial de los más poderosos gigantes imperialistas de todo el orbe, sin la más poderosa revolución proletaria, que abarque igualmente el mundo entero.

Y cuando, por la marcha de los acontecimientos, nos ha tocado ocupar uno de los puestos destacados en esta revolución y permanecer por largo tiempo, al menos desde octubre de 1917, como un destacamento aislado al que los acontecimientos no permiten acudir con suficiente rapidez en ayuda de los otros destacamentos del socialismo internacional, nos vemos obligados a vivir una situación diez veces más penosa. Cuando hemos hecho todo lo que estaba en las manos del proletariado directamente insurrecto y del campesinado más pobre que lo apoya para derrocar a nuestro principal enemigo, para erigirnos en guardianes de la revolución socialista, vemos al mismo tiempo cómo a cada paso nos oprimen cada vez más el yugo de las potencias imperialistas —depredadores que rodean a Rusia— y la herencia de la guerra. Aún no se han dejado sentir plenamente todas estas consecuencias de la guerra. Tenemos ante nosotros ahora, en el verano de 1918, quizá una de las transiciones más difíciles, más penosas y más críticas de nuestra revolución; la transición más difícil, no solo desde el punto de vista internacional, donde estamos inevitablemente condenados a una política de retiradas mientras nuestro aliado fiel y único, el proletariado internacional, solo se prepara para la insurrección, solo está madurando para ella, pero no se halla todavía en condiciones de actuar abierta e íntegramente, aunque todos los acontecimientos de Europa Occidental, todo el furioso encono de las últimas batallas en el frente occidental, toda la crisis que se intensifica dentro de los países beligerantes, muestran que la insurrección de los obreros europeos no está lejos, que por más que se aplace, llegará inevitablemente.

Precisamente en esta situación nos vemos forzados a experimentar las mayores dificultades dentro del país, a consecuencia de las cuales la atormentadora crisis de abastecimiento, el hambre atormentadora que se ha abatido sobre nosotros, que nos plantea una tarea que exige el máximo esfuerzo, la mayor organización, y que al mismo tiempo no nos permite ir a la solución de esta tarea por los viejos métodos, es lo que más suscita una serie de vacilaciones. A la solución de esta tarea iremos con la clase con la que marchamos contra la guerra imperialista, con la clase con la que derrocamos tanto la monarquía imperialista como la república imperialista de la burguesía rusa; con la clase que ha de forjar su arma, desarrollar sus fuerzas, crear su organización en el curso de las crecientes dificultades, de las crecientes tareas y de la envergadura de la revolución.

Ahora se alza ante nosotros la tarea más elemental de toda la convivencia humana: vencer el hambre, disminuir, al menos, inmediatamente el atormentador hambre directa que se ha apoderado de las dos capitales y de decenas de distritos en la Rusia agrícola. Y nos toca resolver esta tarea en un ambiente de guerra civil, de la más rabiosa y desesperada resistencia de los explotadores de todos los rangos, de todos los pelajes, de todos los colores y orientaciones. Es indudable que, en esta situación, aquellos elementos de los partidos políticos que no pueden romper con lo viejo ni creer en lo nuevo se encuentran en una situación de guerra utilizada para un solo fin: para el restablecimiento de los explotadores.

A esta cuestión, a este vínculo del hambre con la lucha contra los explotadores y contra la contrarrevolución que levanta cabeza, nos invita cualquier noticia de cualquier rincón de Rusia. Ante nosotros está la tarea: la necesidad de vencer el hambre o, por lo menos, disminuir su gravedad hasta la nueva cosecha, defender el monopolio de cereales, defender el derecho del Estado soviético, defender el derecho del Estado proletario. Debemos recoger todos los excedentes de trigo y conseguir que todas las reservas sean transportadas a los lugares donde hay necesidad y sean distribuidas correctamente. Esta es la tarea fundamental —la preservación de la sociedad humana (y al mismo tiempo un trabajo inmenso)—, que se resuelve por un solo camino: mediante la elevación general e intensificada del trabajo.

En aquellos países donde esta tarea se resuelve mediante la guerra, se resuelve por medio de la esclavitud militar, implantando la esclavitud militar para los obreros y campesinos, se resuelve otorgando nuevas y acrecentadas ventajas a los explotadores. No encontrarán ustedes, por ejemplo, en Alemania, donde tal represión social impera, donde se aplasta todo intento de protestar contra la guerra, donde, sin embargo, aún quedan representación de la realidad y sentimiento de hostilidad socialista a la guerra; no encontrarán allí procedimiento más habitual para conservar la situación que el rápido crecimiento de nuevos millonarios enriquecidos con la guerra. Estos nuevos millonarios se han enriquecido desesperada y rabiosamente.

El hambre de las masas sirve ahora en todos los países imperialistas como el mejor campo para el desarrollo de la especulación más rabiosa, para el enriquecimiento de riquezas inauditas a costa de la necesidad y el hambre.

Los países imperialistas lo fomentan, como, por ejemplo, en Alemania, donde el hambre está mejor organizada. Y no en vano se dice que allí está el centro del hambre organizada, donde mejor se distribuyen entre la población las raciones y mendrugos de pan. Vemos que allí nuevos elementos de millonarios se convierten en un fenómeno cotidiano del Estado imperialista, de otro modo no pueden luchar contra el hambre. Ellos permiten una ganancia doble, triple, cuádruple a quien tiene mucho trigo y sabe especular y convertir la organización, la normalización, la regulación, la distribución en especulación. Nosotros no queremos ir por ese camino, nos empuje quien nos empuje a él, consciente o inconscientemente. Nosotros decimos: hemos estado y estaremos hombro con hombro con la clase con la que nos alzamos contra la guerra, junto con la que derrocamos a la burguesía y junto con ella vivimos todas las penalidades de la presente crisis. Debemos mantener a fondo el monopolio de cereales, pero no para legalizar la especulación capitalista en pequeña o gran escala, sino para luchar contra el merodeo consciente.

Y aquí vemos dificultades mayores, peligros de lucha más graves que cuando teníamos ante nosotros al zarismo armado hasta los dientes contra el pueblo o a la burguesía rusa armada hasta los dientes, que no consideraba un crimen derramar la sangre de miles y cientos de miles de obreros y campesinos rusos en la ofensiva de junio del año pasado, con los tratados secretos en el bolsillo, participando en el reparto del botín, y que considera un crimen la guerra de los trabajadores contra los opresores: la única guerra justa, la guerra sagrada de la que hablamos desde el comienzo mismo de la matanza imperialista y que ahora, inevitablemente, todos los acontecimientos a cada paso vinculan con el hambre.

Sabemos cómo, desde el principio mismo, la autocracia zarista estableció precios fijos y elevó esos precios del trigo. ¡Cómo no! Se mantenía fiel a sus aliados: los comerciantes de cereales, los especuladores, los magnates de la banca que se enriquecían con ello por millones.

Sabemos cómo los conciliadores del partido kadete, junto con los eseristas y mencheviques, y Kérenski implantaron el monopolio de cereales, ya que toda Europa decía que sin la monopolización ya no se podía resistir más tiempo, y cómo el mismo Kérenski, en agosto de 1917, eludía la ley democrática de entonces. Para eso existen las leyes democráticas y los regímenes hábilmente interpretados, para eludirlos. Y sabemos cómo aquel mismo Kérenski en agosto duplicó esos precios, y cómo los socialistas de todos los colores protestaron entonces contra esa medida y se indignaron por ese hecho. No había entonces ni un solo órgano de prensa que no se indignara por esa conducta de Kérenski y que no desenmascarase que allí, a espaldas de los ministros republicanos, del gabinete de mencheviques y eseristas, estaban las maniobras de los especuladores; que se les había hecho una concesión al elevar al doble los precios del trigo; que allí no había habido más que una concesión a los especuladores. Conocemos esta historia.

Ahora comparamos cómo ha marchado la cuestión del monopolio de cereales y la lucha contra el hambre en los países capitalistas de Europa y cómo ha marchado entre nosotros. Vemos cómo se aprovechan ahora de ello los contrarrevolucionarios. De esta lección debemos sacar conclusiones firmes e inflexibles. Sí, la marcha de los acontecimientos ha llevado a que la crisis, que ha llegado al hambre atormentadora, haya conducido sólo a una agudización aún mayor de la guerra civil, haya llevado solo al desenmascaramiento de partidos como los partidos de los eseristas de derecha y de los mencheviques, que se distinguen del abierto partido capitalista de los kadetes en que el partido kadete es el partido de las centurias negras directas. Los kadetes no tienen nada que decir ni necesitan dirigirse al pueblo, no necesitan encubrir sus fines; en cambio estos partidos, que pactaban y compartían el poder y los tratados secretos con Kérenski, sí necesitan dirigirse al pueblo. (Aplausos.) Y por ello se ven obligados de vez en cuando, en contra de su deseo y de su plan, a desenmascararse.

Cuando vemos cómo sobre la base del hambre brotan, de un lado, insurrecciones y motines de gentes atormentadas por el hambre, y del otro, corre como un reguero de pólvora de un extremo a otro de Rusia una oleada de insurrecciones contrarrevolucionarias, alimentadas a ciencia cierta tanto por las pesetillas de los imperialistas anglo-franceses como por los esfuerzos de los eseristas de derecha y los mencheviques (aplausos), entonces nos decimos: el cuadro está claro; que siga soñando quien quiera con no sé qué frentes únicos.

Ahora vemos con especial claridad que, incluso después de la derrota de la burguesía rusa en el choque militar abierto, después de que desde octubre de 1917 hasta febrero y marzo de 1918 todos los encuentros abiertos de las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias demostraran a los contrarrevolucionarios, incluyendo a los cabecillas de los cosacos del Don, en quienes más se confiaba, que su causa estaba perdida, porque la mayoría del pueblo está en todas partes contra ellos... Y cualquier nuevo intento, incluso en las localidades más patriarcales, entre la capa de agricultores más acomodados, más encerrados en su estamento, como los cosacos, en todas partes, sin excepción, todo nuevo intento de contrarrevolución solo ha conducido a que nuevas capas de trabajadores oprimidos se alzaran contra ellos no de palabra, sino de hecho.

Las lecciones de la guerra civil de octubre a marzo han demostrado que las masas trabajadoras de la clase obrera rusa y los campesinos que viven de su trabajo, que no explotan el trabajo ajeno, en todas partes, en toda Rusia, en su gigantesca mayoría, están por el poder soviético. Pero quien creía que habíamos entrado en una vía de desarrollo más orgánico, ha tenido que convencerse de su error.

La burguesía se ha visto vencida...[47] Y aquí comienza la escisión de la pequeña burguesía rusa: unos tiran hacia los alemanes, otros hacia la orientación anglo-francesa, y ambas tendencias coinciden en que las une la orientación del hambre.

Para mostrarles a ustedes, camaradas, de manera gráfica, cómo no es nuestro partido, sino sus enemigos y los enemigos del poder soviético, quienes unifican la disputa entre la orientación alemana y la anglo-francesa en un solo programa: derrocar el poder soviético a consecuencia del hambre..., para mostrarles cómo ocurre esto, me permitiré citar brevemente el informe de la última conferencia de los mencheviques{148}. Este informe fue publicado en el periódico «Zhizn»{149}. (Ruido, aplausos.)

Por ese informe, publicado en el número 26 del periódico «Zhizn», nos enteramos de que el ponente sobre la política económica, Cherevanin, criticando la política del poder soviético, proponía una solución de compromiso de la cuestión, a saber: atraer, en calidad de hombres prácticos, a representantes del capital comercial en condiciones de comisión particularmente ventajosas para ellos. Por este mismo informe nos enteramos de que el presidente de la Administración de Abastecimiento del Norte, Gromán, presente en la sesión y que, como allí se dice, dispone de una enorme reserva de observaciones personales y de la experiencia de todo tipo de observaciones —añado por mi parte, solo en los círculos burgueses—, sacaba las siguientes conclusiones: «es preciso —decía— aplicar dos medios: primero, elevar los precios actuales; segundo, establecer una prima especial por la entrega urgente de trigo», etcétera. (Una voz: «¿Y por qué es eso malo?».) Sí, tendremos que oír por qué es malo, aunque el orador que, sin tener la palabra, la toma desde ese rincón (aplausos), piense convencerles de que no hay nada malo; pero él, seguramente, ha olvidado el curso de la conferencia menchevique. En ese mismo periódico «Zhizn» se dice que después de Gromán tomó la palabra, con ese punto de vista, el delegado Kolokólnikov: «Se nos propone participar en las organizaciones bolcheviques de abastecimiento». ¿Verdad que es malo? Esto es lo que habrá que decir, recordando la intervención del orador anterior. Y si ese mismo orador que no quiere calmarse y que, sin tener la palabra, la toma, grita que eso es mentira, que Kolokólnikov nunca dijo eso, entonces yo, tomando nota de ello, les propongo a ustedes que repitan de manera articulada y bien fuerte esa refutación. Me permito recordarles la resolución de la conferencia que propuso allí el conocido Mártov, resolución que, sobre la cuestión del poder soviético, dice con otras palabras y otros giros literalmente lo mismo. (Ruido, gritos.) Sí, por mucho que se rían de ello, el hecho permanece: los representantes de los mencheviques, en relación con el informe de abastecimiento, califican al poder soviético no de proletario, sino de una organización inservible.

En un momento en que la insurrección de los contrarrevolucionarios, en relación con el hambre y aprovechando el hambre, se ha puesto al orden del día, aquí no sirven de nada ni las refutaciones ni los sofismas: el hecho está ahí. Tenemos ante nosotros una política en la cuestión señalada, magníficamente desarrollada tanto por Cherevanin como por Gromán y por Kolokólnikov. Tenemos ante nosotros la reanimación de la guerra civil, tenemos ante nosotros la contrarrevolución que levanta cabeza, y estoy seguro de que el noventa y nueve por ciento de los obreros y campesinos rusos han sacado su conclusión de estos acontecimientos —aún no todos lo saben—, la están sacando y la sacarán; y que esa conclusión será precisamente que, solo derrotando por completo a la contrarrevolución, solo continuando la política socialista en la cuestión del hambre, en la lucha contra el hambre, venceremos tanto el hambre como a los contrarrevolucionarios que se aprovechan de ella.

Camaradas, justamente ahora nos acercamos al tiempo en que el poder soviético, después de una larga y penosa lucha contra graves y poderosos adversarios contrarrevolucionarios, los ha vencido en el curso de los choques abiertos y, tras vencer tanto la resistencia militar de los explotadores como la resistencia saboteadora de todos ellos, se ha puesto de lleno a la labor organizativa. Y toda la dificultad de la lucha contra el hambre, toda la gigantesca gravedad de esta tarea, se explica porque aquí nos hemos acercado de lleno y directamente a la tarea organizativa.

La victoria en la insurrección es inconmensurablemente más fácil. La victoria sobre la contrarrevolución que resiste es un millón de veces más fácil que la victoria sobre la tarea organizativa, sobre todo allí donde hemos resuelto la tarea en la que tanto el proletario insurrecto como el pequeño propietario, las amplias capas de la pequeña burguesía, podían marchar juntos en grado considerable, tarea en la que había todavía muchos elementos democráticos generales, laborales generales. Ahora hemos pasado de esa tarea a otra. El hambre atormentadora nos ha empujado a la fuerza a una tarea puramente comunista. Aquí nos hemos topado cara a cara con la realización de la tarea socialista revolucionaria; aquí se han alzado ante nosotros dificultades extraordinarias.

No tememos estas dificultades; las conocíamos; jamás hemos dicho que fuera fácil pasar del capitalismo al socialismo. Es toda una época de guerra civil enconadísima, de pasos atormentadores, cuando al destacamento del proletariado insurrecto de un país acudirá el proletariado de otro país para corregir los errores con esfuerzos mancomunados. Aquí tenemos ante nosotros tareas organizativas que abarcan los productos de consumo general, que penetran hasta las raíces más profundas de la especulación, que abarcan las cúspides del mundo burgués y las cimas de la explotación capitalista, las cuales no es fácil superar (Aufhebung) con un solo empuje masivo. Aquí están ante nosotros las menudas y profundas raíces y raicillas de esa explotación burguesa, dispersas por todos los países, en la persona de los pequeños propietarios, en toda esa modalidad de vida, costumbres y estados de ánimo de pequeños propietarios y pequeños patronos, cuando se alza ante nosotros el pequeño especulador, la falta de costumbre al nuevo régimen de vida, la desconfianza en él, la desesperación.

Pues es un hecho que muchísimos representantes de las masas trabajadoras han cedido a la desesperación al sentir las extraordinarias dificultades que la revolución nos ha planteado. No tememos esto. Jamás ha ocurrido en ninguna parte, en ninguna revolución, que ciertas capas no fueran presa de la desesperación.

Si la masa destaca una cierta vanguardia de disciplina, si la vanguardia sabe que esta dictadura, este poder firme, ayudará a atraer a todos los pobres —este es un proceso largo, una lucha difícil—, esto es el comienzo de la revolución socialista en su pleno sentido. Cuando vemos que los obreros unidos, la masa de los pobres, que empezaron a organizarse contra los ricos, los especuladores, contra esa masa de gente a la que una masa inconsciente o consciente de intelectuales repite las consignas especuladoras, como los Cherevanin y los Gromán; cuando esos obreros, desconcertados, hablan de la venta libre del trigo, de la importación de transporte de carga, respondemos que eso significa ir a socorrer a los kulaks. No seguiremos ese camino. Decimos: nos apoyaremos en el elemento trabajador con el que alcanzamos la victoria de octubre, y solo con nuestra clase, solo implantando la disciplina proletaria entre todas las capas del pueblo trabajador, resolveremos la tarea histórica que se alza ante nosotros.

Nos toca vivir dificultades gigantescas: recoger todos los excedentes y reservas, distribuirlos correctamente y organizar bien el transporte para decenas de millones de personas, establecer un trabajo absolutamente regular, que funcione como un reloj, vencer la desorganización fomentada por los especuladores y los inseguros que siembran el pánico. Esta tarea de organización solo pueden llevarla a cabo obreros conscientes que se hallen cara a cara con las dificultades prácticas. Por esta tarea vale la pena entregar todas las fuerzas y librar el combate decisivo y final. Y en este combate venceremos. (Aplausos.)

Camaradas, los últimos decretos sobre las medidas del poder soviético{150} nos muestran que el camino de la dictadura del proletariado —para todo socialista que no se llame socialista en broma, esto es claro e indiscutible— es un camino de duras pruebas.

La cuestión más esencial de la vida, la del pan, es la que han planteado los últimos decretos. Todos ellos tienen tres ideas rectoras: la primera es la idea de la centralización, o de la unión de todos juntos en un trabajo común bajo la dirección del centro; mostrarnos serios y vencer todo desaliento, desechar los servicios aislados de los diversos bagueros, fundir todas las fuerzas proletarias, pues en la lucha contra el hambre nos apoyamos en las mismas clases oprimidas y solo vemos salida en su enérgica lucha contra los explotadores, en la unión de toda su actividad.

Sí, se nos señala cómo a cada paso se derrumba el monopolio de cereales por medio del baguerismo y la especulación. Cada vez se oye con más frecuencia de la intelectualidad: pues los bagueros les prestan un servicio, y todos se alimentan gracias a ellos. Sí, pero los bagueros alimentan a la manera de los kulaks; actúan precisamente como es necesario actuar para consolidar, asentar y eternizar el poder del kulak, para que quien tiene el poder extienda su ganancia a quienes le rodean a través de individuos aislados. Y nosotros afirmamos que si las fuerzas de esas personas que en el momento actual son culpables, la mayoría de las veces, solo de desconfianza, se unieran, la lucha sería considerablemente más fácil. Si en alguna parte existiera un revolucionario que esperara pasar sin dificultades al régimen socialista, podríamos decir que semejante revolucionario, semejante socialista no vale un céntimo roto.

Y nosotros sabemos que el paso del capitalismo al socialismo es una lucha en sumo grado difícil. Pero estamos dispuestos a soportar mil dificultades y a emprender mil intentos, y después de mil intentos abordaremos el mil uno. Ahora incorporamos a todas las organizaciones soviéticas a una nueva vida creadora, a la elevación de nuevas fuerzas. Contamos vencer las nuevas dificultades atrayendo a nuevas capas, con la organización de los campesinos pobres, y aquí paso a la segunda tarea fundamental.

He dicho que nuestro primer pensamiento es la idea de la centralización, que recorre todos los decretos. Solo recogiendo todo el trigo en sacos comunes podremos vencer el hambre, y aun así el trigo apenas alcanzará. En Rusia no ha quedado la abundancia de antes, y es necesario que el comunismo penetre profundamente en la conciencia de cada cual, que todos consideren el excedente de trigo como patrimonio del pueblo, que se impregnen de la conciencia de los intereses de los trabajadores. Y para que esto se logre, solo es necesario el método que propone el poder soviético.

Cuando nos hablan de otros métodos, respondemos como hicimos en la sesión del VTsIK[48]: cuando nos hablaban de otras vías, respondimos: vayan a Skoropadski, a la burguesía. Enséñenles métodos como la elevación de los precios del trigo, como el bloque con los kulaks; allí encontrarán oídos dispuestos a escucharles. En cambio, el poder soviético dirá una sola cosa: las dificultades son inconmensurables; a cada dificultad respondan con nuevos y nuevos esfuerzos de organización y disciplina. Tales dificultades no se vencen en un mes. En la historia de los pueblos ha habido decenios dedicados a vencer dificultades menores, y esos decenios han entrado en la historia como los decenios más grandes y más fecundos. Jamás los fracasos del primer semestre o del primer año de la revolución más grandiosa sembrarán en nosotros el desaliento. Continuaremos nuestra vieja consigna de centralización, de unión, de disciplina proletaria en escala de toda Rusia.

Cuando se nos señale, como señala Gromán en su informe: «sus destacamentos que van a recoger trigo se emborrachan y se convierten ellos mismos en fabricantes de aguardiente clandestino, en saqueadores», nosotros diremos: sabemos perfectamente cuán a menudo ocurre esto, y en esos casos no lo encubrimos, no lo embellecemos, no lo despachamos con supuestas frases e intenciones izquierdistas. Sí, la clase obrera no está separada por una muralla china de la vieja sociedad burguesa. Y cuando estalla la revolución, las cosas no suceden como con la muerte de un individuo, cuando el difunto es sacado fuera. Cuando perece la vieja sociedad, su cadáver no puede ser metido en un ataúd y enterrado. Se descompone en medio de nosotros; ese cadáver se pudre y nos contagia a nosotros mismos.

De otro modo no ha ocurrido ni puede ocurrir ninguna gran revolución en el mundo. Precisamente aquello contra lo que debemos luchar por la conservación y el desarrollo de los brotes de lo nuevo en una atmósfera saturada de los miasmas del cadáver en descomposición, ese ambiente literario y político, ese juego de los partidos políticos que, desde los kadetes hasta los mencheviques, están impregnados de esos miasmas del cadáver en descomposición... todo eso pretenden echárnoslo como palos a las ruedas. De otra manera jamás se puede alumbrar la revolución socialista, y ningún país pasará del capitalismo al socialismo sino en medio del ambiente del capitalismo en descomposición y de la atormentadora lucha contra él. Por eso decimos: nuestra primera consigna es la centralización; nuestra segunda consigna es la unión de los obreros. ¡Obreros, uníos y uníos! Es viejo, no parece efectista ni nuevo, no promete esos éxitos charlatanescos con que los seducen gentes como Kérenski, que duplicó los precios en agosto de 1917, como los duplicaron y decuplicaron los burgueses alemanes; gentes que les prometen a ustedes éxitos inmediatos y directos, con tal de que hagan nuevas y nuevas concesiones a los kulaks. Naturalmente, nosotros no seguiremos ese camino, sino que decimos: nuestro segundo medio, viejo pero al mismo tiempo eterno: ¡uníos! (Aplausos.)

Estamos en una situación difícil: la república soviética vive quizá una de sus transiciones más penosas. Nuevas capas de obreros acudirán en nuestra ayuda. No tenemos policía, no tendremos una casta militar especial, no tenemos otro aparato que la unión consciente de los obreros. Ellos sacarán a Rusia de la desesperada y gigantescamente difícil situación. (Aplausos.) La unión de los obreros, la organización de los destacamentos obreros, la organización de los hambrientos de los distritos no agrícolas azotados por el hambre: a ellos los llamamos en nuestra ayuda, a ellos se dirige nuestro Comisariado de Abastecimiento, a ellos les decimos: ¡a la cruzada por el pan, a la cruzada contra los especuladores, contra los kulaks, para restablecer el orden!

La cruzada fue una campaña en la que a la fuerza física se añadía la fe en lo que, hace centenares de años, obligaban a considerar santo mediante torturas. Y nosotros queremos y pensamos, y estamos convencidos, y sabemos que la Revolución de Octubre ha hecho que los obreros de vanguardia y los campesinos de vanguardia, del campesinado más pobre, consideren ahora como algo santo la conservación de su poder sobre los terratenientes y los capitalistas. (Aplausos.) Ellos saben que no basta la fuerza física para influir sobre las masas de la población. Necesitamos la fuerza física porque construimos la dictadura, construimos la violencia con respecto a los explotadores; y a todo aquel que no lo comprenda, lo apartamos con desprecio, para no gastar palabras hablando de la forma del socialismo. (Aplausos.)

Pero nosotros decimos: tenemos ante nosotros una nueva tarea histórica. Necesitamos hacer comprender a esta nueva clase histórica que necesitamos destacamentos de agitadores obreros. Necesitamos obreros de los diversos distritos de las provincias no productoras. Necesitamos que vayan allí como predicadores conscientes del poder soviético y que consagren, legitimen y hagan posible la realización de la propaganda socialista en nuestra guerra de abastecimiento, en nuestra guerra contra los kulaks, en nuestra guerra contra los desórdenes; que lleven al campo la distinción entre los pobres y los ricos, distinción que es comprensible para cualquier campesino y que constituye la fuente más profunda de nuestra fuerza; fuente que poner en acción y hacer que brote y fluya a pleno chorro es cosa difícil, porque tenemos numerosos explotadores, tenemos el sometimiento de las masas por parte de esos explotadores mediante los más diversos procedimientos, empezando por el soborno de los pobres para que ellos, los representantes de los pobres, se lucren con el aguardiente clandestino o vendan por medio de la especulación, ganando varios rublos por cada rublo. ¡Esos son los medios con que actúan sobre las masas los kulaks y la burguesía en el campo!

No podemos culpar de esto a los pobres, porque sabemos que durante décadas, durante milenios, han estado en la esclavitud, que han experimentado tanto la servidumbre como las condiciones que dejó Rusia tras la servidumbre. Debemos acudir a ellos no solo con las armas dirigidas contra los kulaks, sino también con la prédica de los obreros conscientes, que lleven allí la fuerza de su organización. ¡Uníos, representantes de los pobres!: he aquí nuestra tercera consigna. Esto no es coquetear con los kulaks ni una medida absurda como la elevación de los precios. Si duplicamos los precios, ellos dirán: nos suben los precios; han pasado hambre, esperemos, aún los subirán más. (Aplausos.)

Ese es el camino trillado, el camino de complacer a los kulaks y a los especuladores; es fácil tomarlo y pintar un cuadro seductor. La intelectualidad que se dice socialista está dispuesta a pintarnos tales cuadros, y de esa intelectualidad hay a montones. Pero nosotros les decimos: a quien quiera marchar con el poder soviético, a quien lo aprecie y lo considere el poder de los trabajadores, el poder de la clase explotada, a ese lo llamamos hacia otro camino. Esta nueva tarea histórica es cosa difícil. Resolverla significa elevar una nueva capa, dar una nueva forma de organización a aquellos representantes de los trabajadores y explotados que en su mayoría están oprimidos, son ignorantes y están menos unidos que nadie, y que aún han de unirse.

En todo el mundo, los destacamentos de vanguardia de los obreros urbanos, de los obreros industriales, se han unido, se han unido totalmente. Pero en casi ninguna parte del mundo ha habido todavía intentos sistemáticos, abnegados y llenos de entrega para unir a quienes en las aldeas, en la pequeña producción agrícola, en los rincones apartados y en la ignorancia, están embrutecidos por todas las condiciones de vida. Aquí se alza ante nosotros una tarea que funde en un solo objetivo no solo la lucha contra el hambre, sino la lucha por toda la profunda e importante estructura del socialismo. Aquí tenemos ante nosotros una batalla por el socialismo por la cual vale la pena entregar todas las fuerzas y jugarse todo, porque es la batalla por el socialismo (aplausos), porque es la batalla por el régimen de los trabajadores y explotados.

Consideremos a los campesinos trabajadores como nuestros partidarios en este camino. En él nos esperan conquistas sólidas, y no solo sólidas, sino inalienables. ¡Esta es nuestra tercera y significativa consigna!

Estas son las tres consignas fundamentales: centralización de la cuestión del abastecimiento, unión del proletariado, organización de los campesinos pobres. Y nuestro llamamiento, el llamamiento de nuestro Comisariado de Abastecimiento a cada sindicato, a cada comité de fábrica, dice: os es penoso, camaradas; pues ayudadnos, unid vuestros esfuerzos a los nuestros, perseguid cada infracción del orden, cada desviación del monopolio de cereales. Es una tarea difícil; pero al mismo tiempo, una y otra vez, por centésima y milésima vez, alzaos contra el baguerismo, la especulación y los kulaks, y venceremos, porque la mayoría de los obreros, por toda la marcha de su vida y todas las duras lecciones de nuestros fracasos y pruebas de abastecimiento, es conducida a este camino. Ellos saben que si antes, cuando en Rusia aún no había una escasez absoluta de trigo, las deficiencias de las organizaciones de abastecimiento se compensaban con acciones aisladas individuales, esto ya no será así en adelante. Solo los esfuerzos comunes, solo la unión de todos los que más sufren en las ciudades y provincias hambrientas nos ayudarán, y ese es el camino al que os llama el poder soviético: la unión de los obreros, de sus destacamentos de vanguardia, para la agitación sobre el terreno, para la guerra por el pan contra los kulaks.

No lejos de Moscú, en las provincias vecinas (Kursk, Oriol, Tambov), tenemos aún ahora, según el cálculo de especialistas prudentes, hasta 10 millones de puds de excedente de trigo. Estamos todavía muy lejos de poder recoger esos excedentes en las reservas del Estado y unirlos.

Emprendamos esta tarea con mayores esfuerzos. Que en cada fábrica donde temporalmente se imponga el desaliento, donde la gente, atormentada por el hambre, esté dispuesta a agitarse y lanzarse al encuentro de las consignas charlatanescas de quienes vuelven a los procedimientos de Kérenski, a la elevación de los precios fijos, que vaya el obrero consciente y diga: vemos gente que ha desesperado del poder soviético; venid a nuestro destacamento de agitadores combativos, no os turben tantos ejemplos de destacamentos que se han descompuesto y emborrachado. Con cada ejemplo semejante demostraremos no que la clase obrera no sirva, sino que la clase obrera no se ha librado todavía de los defectos de la vieja sociedad de rapiña, y que no se librará de ellos de golpe. ¡Unamos nuestros esfuerzos, formemos decenas de destacamentos, unamos su acción y acabemos con esos defectos! Camaradas, permitidme, para terminar, señalaros algunos telegramas que están recibiendo tanto el Consejo de Comisarios del Pueblo como, en especial, nuestro Comisariado de Abastecimiento. (Lee los telegramas.)

Camaradas, en relación con la crisis de abastecimiento, con el tormento del hambre que se apodera de todas las ciudades, nos ha tocado observar, como dice el refrán: «la buena fama yace, la mala corre». Quiero leer los documentos recibidos por los órganos e instituciones del poder soviético después de la promulgación del decreto del 13 de mayo sobre la dictadura de abastecimiento, en el que se dice que contamos con lo mismo que antes: solo con el proletariado. Los telegramas indican que en los lugares ya han emprendido el camino de la cruzada contra los kulaks, el camino de la organización de los campesinos pobres al que nosotros llamamos. Prueba de ello son los telegramas que hemos recibido.

Que toquen las trompetas, que siembren el pánico desde el campanario de Cherevanin y Gromán esas voces que llaman a la destrucción y al derribo del poder soviético. Quien esté ocupado en el trabajo, ese será el que menos se inquiete por esa siembra de pánico: se detendrá en los hechos, verá que el trabajo marcha y que se unen nuevas filas, que tales filas existen.

Se está formando una nueva forma de lucha contra los kulaks, una forma de alianza de los pobres, a la que hay que ayudar, a la que hay que unir. Debemos ayudar cuando nos proponen primas por el transporte de trigo. A los pobres estamos dispuestos a darles esa prima, y ya hemos tomado ese camino. Contra los kulaks, criminales que atormentan a la población con el hambre y por los cuales sufren decenas de millones de personas, contra ellos aplicamos la violencia. A los campesinos pobres les damos toda clase de primas; tienen derecho a ello. Los campesinos pobres, por primera vez, han tenido acceso a los bienes de la vida, y vemos que su vida es más mísera que la de los obreros. A esos campesinos pobres les tendemos la mano y les daremos toda clase de primas; los ayudaremos si nos ayudan a organizar el acopio de trigo, a obtener trigo de los kulaks, y para que esto se convierta en una realidad en Rusia no debemos escatimar ningún medio.

Ya hemos emprendido este camino. Toda la experiencia de los obreros conscientes y los nuevos destacamentos lo desarrollarán cada vez más.

Camaradas, la labor ha comenzado y la labor marcha. No esperamos un éxito vertiginoso, pero el éxito llegará. Sabemos que ahora entramos en un período de nuevas destrucciones, en una fase de los períodos más difíciles, más penosos de la revolución. No nos sorprende en absoluto que la contrarrevolución levante cabeza, que aumente a cada paso el número de vacilantes, el número de quienes desesperan en nuestras filas. Nosotros decimos: ¡dejad de vacilar, despedíos de vuestro estado de ánimo de desesperación, del que quiere aprovecharse la burguesía, pues en su interés está sembrar el pánico! ¡Poneos manos a la obra! Nosotros nos mantenemos con nuestros decretos de abastecimiento, con el plan que se apoya en los pobres, en el único camino justo. Ante las nuevas tareas históricas os llamamos una y otra vez a un nuevo auge. Es una tarea de una dificultad inconmensurable, pero repito una vez más: es una tarea extraordinariamente grata. Luchamos aquí por la base de la distribución comunista, por la creación efectiva de los firmes cimientos de la sociedad comunista. ¡Todos juntos al trabajo! ¡Venceremos el hambre y conquistaremos el socialismo! (Estruendosos aplausos que se convierten en ovación.)