He tenido la oportunidad de conocer al camarada Proshian y de valorarlo durante el trabajo conjunto en el Consejo de Comisarios del Pueblo a finales del año pasado y principios del presente, cuando los socialrevolucionarios de izquierda iban en alianza con nosotros. Proshian se destacaba de inmediato por su profunda devoción a la revolución y al socialismo. No de todos los socialrevolucionarios de izquierda se podía decir que fueran socialistas; incluso, quizás, de la mayoría de ellos no se podía decir eso. Pero de Proshian había que decirlo, pues, a pesar de su fidelidad a la ideología de los naródniks rusos, una ideología no socialista, en Proshian se veía a un socialista profundamente convencido. A su manera, no a través del marxismo, no desde las ideas de la lucha de clases del proletariado, este hombre se hizo socialista, y no pocas veces me tocó observar, durante el trabajo conjunto en el Consejo de Comisarios del Pueblo, cómo el camarada Proshian se ponía decididamente del lado de los bolcheviques-comunistas contra sus colegas, los socialistas revolucionarios de izquierda, cuando estos expresaban el punto de vista de los pequeños propietarios y se mostraban negativos hacia las medidas comunistas en el ámbito de la agricultura.

Recuerdo especialmente una conversación con el camarada Proshian poco antes de la Paz de Brest. Entonces parecía que entre nosotros ya no quedaban discrepancias sustanciales. Proshian comenzó a hablarme sobre la necesidad de fusionar nuestros partidos, sobre cómo los socialrevolucionarios de izquierda más alejados del comunismo (entonces esta palabra aún no estaba en uso) se habían acercado notable y muy fuertemente a él durante el trabajo común en el Consejo de Comisarios del Pueblo. Me mostré reservado ante la propuesta de Proshian, califiqué su propuesta de prematura, pero no negué en absoluto el acercamiento entre nosotros en el trabajo práctico.

La divergencia total la trajo la Paz de Brest, y de la divergencia, dada la consecuencia revolucionaria y la convicción de Proshian, no podía dejar de surgir una lucha directa, incluso armada. Que las cosas pudieran llegar a una insurrección o a hechos como la traición del comandante en jefe Muraviov, un socialrevolucionario de izquierda, esto, debo confesarlo, no lo esperaba en absoluto. Pero el ejemplo de Proshian me mostró cuán profundamente, incluso en los socialistas más sinceros y convencidos entre los socialrevolucionarios de izquierda, estaba arraigado el patriotismo; cómo las divergencias en las bases generales de la concepción del mundo se manifestaron inevitablemente en el difícil giro de la historia. El subjetivismo de los naródniks llevó a un error fatal incluso a los mejores de ellos, quienes se dejaron cegar por el espejismo de una fuerza monstruosa, precisamente el imperialismo alemán. Cualquier otra lucha contra ese imperialismo, que no fuera la insurreccional, y además precisamente en ese momento, sin tener en cuenta las condiciones objetivas de nuestra situación y de la internacional, parecía, desde el punto de vista del deber del revolucionario, sencillamente inadmisible. Aquí se manifestó ese mismo error que en 1907 hizo de los socialistas revolucionarios unos «boicoteadores» incondicionales de la Duma de Stolypin. Solo que en el contexto de las ardientes batallas revolucionarias, el error se vengó más cruelmente y empujó a Proshian al camino de la lucha armada contra el poder soviético.

Y sin embargo, a Proshian le tocó hacer más, hasta julio de 1918, por el fortalecimiento del poder soviético que, desde julio de 1918, por su socavamiento. Y en la situación internacional creada después de la revolución alemana, un nuevo acercamiento de Proshian al comunismo, más sólido que antes, habría sido inevitable si ese acercamiento no lo hubiera impedido una muerte prematura.

«Pravda» nº 277, 20 de diciembre de 1918

Se imprime según el texto del periódico «Pravda»