(Aplausos atronadores que se convierten en ovación. Todos se ponen en pie.) Camaradas, ya la propia composición del presente congreso indica, en mi opinión, el grave cambio y el gran paso adelante que hemos dado, la República Soviética, en la obra de construcción socialista, especialmente en el terreno de las relaciones agrícolas, agrarias, las más importantes para nuestro país. El presente congreso reúne a los representantes de los departamentos de tierras, de los comités de campesinos pobres y de las comunas agrícolas, y esta reunión demuestra que nuestra revolución, en un corto plazo, en un año, ha logrado avanzar mucho en el terreno de la reorganización de aquellas relaciones que son las más difíciles de reorganizar, que en todas las revoluciones anteriores han frenado más la causa del socialismo y que es necesario reorganizar más profundamente para asegurar la victoria del socialismo.

La primera etapa, el primer período en el desarrollo de nuestra revolución después de Octubre, estuvo dedicado, principalmente, a la victoria sobre el enemigo común de todo el campesinado, a la victoria sobre los terratenientes.

Todos ustedes saben muy bien, camaradas, cómo la Revolución de Febrero –la revolución de la burguesía, la revolución de los conciliadores– prometió a los campesinos esa victoria sobre los terratenientes, cómo no cumplió su promesa. Solamente el Vuelco de Octubre, solamente la victoria de la clase obrera en las ciudades, solamente el poder soviético dio la posibilidad de limpiar efectivamente toda Rusia, de punta a punta, de la llaga de la vieja herencia feudal, de la vieja explotación feudal, de la propiedad terrateniente y del yugo de los terratenientes sobre el campesinado en su conjunto, sobre todos los campesinos sin distinción.

A esta lucha contra los terratenientes no podían dejar de levantarse, y se levantaron en realidad, todos los campesinos. Esta lucha unió al campesinado pobre y trabajador, que no vive de la explotación del trabajo ajeno. Esta lucha unió también a la parte más acomodada e incluso a la más rica del campesinado, que no prescinde del trabajo asalariado.

Mientras nuestra revolución estuvo ocupada con esta tarea, mientras tuvimos que concentrar todas las fuerzas para que, mediante el movimiento independiente de los campesinos, con la ayuda del movimiento obrero urbano, el poder de los terratenientes fuera realmente barrido y definitivamente aniquilado, la revolución siguió siendo general campesina y, por lo tanto, no podía salir de los marcos de lo burgués.

No tocaba aún al enemigo más fuerte, más moderno de todos los trabajadores: el capital. Amenazaba por ello con terminar tan a medias como terminó la mayoría de las revoluciones en Europa Occidental, donde la alianza temporal de los obreros urbanos y todo el campesinado logró barrer la monarquía, barrer los restos de la Edad Media, barrer más o menos por completo la propiedad terrateniente o el poder de los terratenientes, pero nunca logró socavar las bases mismas del poder del capital.

Y he aquí que a esta tarea mucho más importante y más difícil comenzó a pasar nuestra revolución desde el verano y el otoño del presente año. La ola de sublevaciones contrarrevolucionarias, que se levantó en el verano del presente año, cuando a la campaña contra Rusia de los imperialistas de Europa Occidental, a la campaña de sus mercenarios –los checoslovacos–, se sumó todo lo que hay de explotador y opresor en la vida rusa; esta ola despertó nuevas corrientes y nueva vida en el campo.

Todas estas sublevaciones unieron en la práctica, en la lucha desesperada contra el poder soviético, a los imperialistas europeos y a sus mercenarios –los checoslovacos–, y a todo lo que quedaba en Rusia aún del lado de los terratenientes y capitalistas. Y tras ellos se sublevaron también todos los kulaks del campo.

El campo dejó de ser único. En ese campo que, como un solo hombre, luchó contra los terratenientes, surgieron dos campos: el campo del campesinado pobre trabajador, que junto con los obreros continuó firmemente avanzando hacia la realización del socialismo y pasaba de la lucha contra los terratenientes a la lucha contra el capital, contra el poder del dinero, contra la utilización kulak de la gran transformación agraria; y el campo de los campesinos más acomodados. Esta lucha, al separar definitivamente de la revolución a las clases poseedoras y explotadoras, trasladó nuestra revolución por completo a aquellos rieles socialistas en los que la clase obrera de las ciudades quería colocarla firme y resueltamente en Octubre, pero a los que nunca podrá dirigir victoriosamente la revolución si no encuentra un apoyo consciente y firmemente cohesionado en los campos.

He ahí la importancia del vuelco que tuvo lugar en el presente verano y en el presente otoño en los más recónditos rincones de la Rusia rural, que no fue ruidoso, no fue tan visible a los ojos y no saltó tan a la vista de todos como el Vuelco de Octubre del año pasado, pero que tiene una importancia incomparablemente más profunda y más grande.

La formación en el campo de los comités de campesinos pobres fue el punto de viraje y demostró que la clase obrera de las ciudades, unida en Octubre con todo el campesinado para derrotar al enemigo principal de la Rusia libre, trabajadora y socialista, para derrotar a los terratenientes, avanzó desde esta tarea hacia una tarea mucho más difícil e históricamente más elevada y verdaderamente socialista: introducir también en el campo la lucha socialista consciente, despertar también en el campo la conciencia. La grandísima transformación agraria –la proclamación en Octubre de la abolición de la propiedad privada de la tierra, la proclamación de la socialización de la tierra–, esta transformación quedaría inevitablemente sobre el papel si los obreros urbanos no hubieran despertado a la vida al proletariado rural, al campesinado pobre, al campesinado trabajador, que constituye la inmensa mayoría, que junto con el campesinado medio no explota el trabajo ajeno, no está interesado en la explotación, y que es capaz por ello de ir y ha ido ahora más lejos, desde la lucha conjunta contra los terratenientes hasta la lucha general proletaria contra el capital, contra el poder de los explotadores que se apoyan en la fuerza del dinero, en la fuerza de la propiedad mobiliaria; ha ido desde la limpieza de Rusia de los terratenientes hasta la formación del orden socialista.

Este paso, camaradas, representó la dificultad más grande. Respecto a este paso, todos aquellos que dudaban del carácter socialista de nuestra revolución nos pronosticaban un fracaso inevitable, y de este paso depende ahora toda la obra de construcción socialista en el campo. La formación de los comités de campesinos pobres, la amplia red de estos comités que se ha extendido por Rusia, la próxima y ya en parte iniciada transformación de los mismos en Soviets de diputados rurales con plenos poderes, que deben llevar a cabo en el campo los principios fundamentales de la construcción soviética –el poder de los trabajadores–, he ahí la verdadera garantía de que no hemos limitado nuestra labor a aquello a lo que se limitaban las revoluciones burguesas-democráticas habituales en los países de Europa Occidental. Habiendo destruido la monarquía y el poder medieval de los terratenientes, pasamos ahora a la obra de la auténtica construcción socialista. Esta obra en el campo es la más difícil, pero al mismo tiempo la más importante. Esta labor es la más agradecida. Si se ha logrado despertar en el propio campo la conciencia en la parte trabajadora del campesinado, si esta ha sido separada definitivamente de los intereses de la clase de los capitalistas precisamente por la ola de las sublevaciones capitalistas, si el campesinado trabajador, en los comités de campesinos pobres y en los Soviets en proceso de transformación, se fusiona cada vez más estrechamente con los obreros urbanos, entonces vemos en ello la única y al mismo tiempo la más segura e indudablemente sólida garantía de que la obra de construcción socialista se ha vuelto ahora más firme en Rusia. Ahora ha adquirido base también en la enorme masa de la población campesina agrícola.

No hay duda de que en un país campesino como Rusia, la construcción socialista representa una tarea muy difícil. No hay duda de que barrer a un enemigo como el zarismo, como el poder de los terratenientes, como la propiedad terrateniente, se pudo comparativamente con facilidad. Se pudo en el centro resolver esta tarea en pocos días, se pudo en todo el país resolverla en pocas semanas, pero la tarea a la que ahora nos abocamos, por su propia esencia, solo puede ser resuelta mediante un trabajo extraordinariamente tenaz y prolongado. Aquí nos espera una lucha paso a paso, palmo a palmo; habrá que conquistar las conquistas de la nueva Rusia socialista, luchar por la labranza social de la tierra.

Y es evidente por sí mismo que semejante vuelco, el paso de las pequeñas explotaciones campesinas individuales al cultivo social de la tierra, requiere mucho tiempo y que en modo alguno puede realizarse de inmediato.

Sabemos perfectamente que en los países con pequeña agricultura campesina, la transición al socialismo es imposible sin toda una serie de etapas preparatorias graduales. Consciente de ello, el vuelco de Octubre se fijó como primera tarea únicamente barrer y destruir el poder de los terratenientes. La ley fundamental de Febrero sobre la socialización de la tierra, que, como saben, fue aprobada por decisión unánime tanto de los comunistas como de aquellos participantes del poder soviético que no compartían el punto de vista comunista, esta ley es al mismo tiempo la expresión de la voluntad y la conciencia de la inmensa mayoría de los campesinos y la prueba de que la clase obrera, el Partido Comunista obrero, consciente de su tarea, avanza con tenacidad, paciencia, mediante una serie de transiciones graduales, despertando la conciencia de la parte trabajadora del campesinado y avanzando solo en la medida en que esa conciencia se despierta, solo en la medida de la organización autónoma del campesinado, por el camino hacia la nueva construcción socialista.

Sabemos perfectamente que cambios tan grandiosos en la vida de decenas de millones de personas, que afectan a los fundamentos más profundos de la vida y las costumbres, como el paso de la pequeña explotación campesina individual al cultivo social de la tierra, solo pueden ser creados mediante un trabajo prolongado, que en general solo son realizables cuando la necesidad obliga a los hombres a transformar su vida.

Y tras una guerra prolongada y desesperada en todo el mundo, vemos claramente el inicio de la revolución socialista en todo el mundo. Incluso para los países más atrasados ha surgido esta necesidad, que dice, independientemente de cualquier punto de vista teórico o doctrina socialista, dice con el lenguaje más convincente a todos y cada uno, que no se puede seguir viviendo como antes.

Cuando un país ha sufrido una ruina y un colapso tan gigantescos, cuando vemos que este colapso se extiende a todo el mundo, que las conquistas de la cultura, la ciencia y la técnica, adquiridas por la humanidad durante muchos siglos, han sido barridas en cuatro años por esta guerra criminal, ruinosa y rapaz, y que toda Europa, no solo Rusia, retrocede a un estado de barbarie, entonces, ante las más amplias masas y especialmente ante el campesinado, que quizás es el que más ha sufrido con esta guerra, surge con claridad la conciencia de que se necesitan esfuerzos extraordinarios, que se necesita tensar todas las fuerzas para librarse de este legado de la maldita guerra, que solo nos ha dejado ruina y necesidad. No se puede vivir como antes, como se vivía antes de la guerra, y ese despilfarro de fuerzas humanas y de trabajo que está ligado a la pequeña explotación campesina individual no puede continuar más. La productividad del trabajo se duplicaría y triplicaría, se ahorraría el doble y el triple de trabajo humano para la agricultura y la economía humana si se pasara de esta economía pequeña y dispersa a la economía social.

La ruina que la guerra nos ha legado no permite, sencillamente, restaurar esa vieja economía campesina individual. No basta con que la guerra haya despertado a los campesinos en masa, no basta con que la guerra les haya mostrado qué maravillas técnicas existen actualmente y que estas maravillas técnicas están adaptadas para la destrucción de personas, sino que también ha despertado el pensamiento de que las maravillas técnicas deben destinarse en primera instancia a transformar la producción más general, la que ocupa a más personas, la más atrasada: la producción agrícola. No basta con que esta conciencia haya sido despertada, sino que las personas se han convencido, a través de los monstruosos horrores de la guerra moderna, de las fuerzas que ha creado la técnica moderna y de cómo se derrochan esas fuerzas en la guerra más horrible y absurda, y que el único medio de salvación de esos horrores son esas mismas fuerzas de la técnica. Nuestro deber y obligación es dirigirlas a colocar la producción más atrasada, la agrícola, la rural, sobre nuevos raíles, para transformarla y convertir la agricultura de una actividad realizada inconscientemente, a la vieja usanza, en una actividad basada en la ciencia y las conquistas de la técnica. La guerra ha despertado esta conciencia inconmensurablemente más de lo que cada uno de nosotros puede juzgar. Pero, además de que la guerra ha despertado esta conciencia, también ha quitado la posibilidad de restaurar la producción a la antigua usanza.

Quienes sueñan con que después de esta guerra se podrá lograr la restauración de la situación anterior a la guerra, la restauración del sistema y la organización de la economía con los métodos viejos, esos se equivocan y cada día ven más su error. La guerra ha causado una ruina tan terrible que las pequeñas explotaciones individuales ya no tienen ahora ni ganado de trabajo, ni aperos, ni herramientas. No podemos seguir permitiendo ese despilfarro del trabajo del pueblo. El campesinado trabajador y pobre, que ha hecho los mayores sacrificios por la revolución y ha sufrido más por la guerra, no ha quitado la tierra a los terratenientes para que esas tierras caigan en manos de nuevos kulaks. Ante este campesinado trabajador, la propia vida plantea ahora directamente la cuestión del paso al cultivo social de la tierra como el único medio de restaurar la cultura que ahora está arruinada y destruida por la guerra, como el único medio de salir de esa oscuridad, opresión y depresión a la que el capitalismo condenaba a toda la masa de la población rural, esa oscuridad y opresión que permitió a los capitalistas durante cuatro años oprimir a la humanidad con la guerra y de la que ahora, cueste lo que cueste, todos los trabajadores de todos los países deciden liberarse con energía y pasión revolucionarias.

He aquí, camaradas, las condiciones que han debido crearse a escala mundial para que la cuestión de esta reforma socialista, la más difícil y al mismo tiempo la más importante, de esta transformación socialista fundamental y cardinal, se haya puesto a la orden del día, y en Rusia se ha puesto a la orden del día. La formación de los comités de campesinos pobres, el actual congreso conjunto de las secciones de tierras, los comités de campesinos pobres y las comunas agrícolas, todo ello nos muestra, en relación con la lucha que se ha desarrollado en el campo durante el verano y el otoño del presente año, todo ello nos muestra que la conciencia en las más amplias masas del campesinado trabajador se ha despertado y que el afán por establecer el cultivo social de la tierra existe en el propio campesinado, en la mayoría del campesinado trabajador. Por supuesto, repito, debemos abordar esta grandísima de las transformaciones con gradualidad. Nada puede hacerse aquí de inmediato, pero debo recordarles que también en la ley fundamental sobre la socialización de la tierra, que fue decidida al día siguiente del vuelco del 25 de octubre, en la primera sesión del primer órgano del poder soviético, el II Congreso Panruso de los Soviets, se promulgó una ley no solo sobre que la propiedad privada de la tierra quedaba abolida para siempre, no solo sobre que la propiedad de los terratenientes era suprimida, sino también, entre otras cosas, sobre que los aperos, el ganado de trabajo y las herramientas, que pasaban a ser propiedad del pueblo y a disposición de las explotaciones laborales, también debían pasar a ser propiedad social, también debían dejar de ser propiedad privada de explotaciones individuales. Y en la ley sobre la socialización de la tierra, aprobada en febrero de 1918, también en esa ley, respecto a la cuestión fundamental de qué fines nos proponemos ahora, qué tareas de gestión de la tierra queremos realizar y a qué llamamos a los partidarios del poder soviético, al campesinado trabajador, a realizar en esta cuestión, a esta pregunta la ley sobre la socialización de la tierra responde en su artículo 11 que tal tarea es el desarrollo de la economía colectiva en la agricultura, como más ventajosa en términos de ahorro de trabajo y productos, en detrimento de las economías individuales, con el objetivo de la transición a la economía socialista.

Camaradas, cuando aprobamos esta ley, no hubo en absoluto total unanimidad y concordancia entre los comunistas y otros partidos. Al contrario, la aprobamos en un momento en que en el gobierno soviético existía la unión de los comunistas con el partido de los eseristas de izquierda, que no compartían las ideas comunistas; y sin embargo, llegamos a una decisión unánime y unívoca, en cuyo terreno permanecemos aún hoy, recordando que esta transición de las explotaciones individuales al cultivo social de la tierra, lo repito una vez más, no puede realizarse de inmediato; que la lucha que se desató en las ciudades planteaba el problema de manera más simple. Allí, frente a mil obreros se alzaba un solo capitalista, y desalojarlo no costaba gran trabajo. Pero la lucha que se desató en el campo fue mucho más compleja. Al principio hubo un ataque general del campesinado contra los terratenientes; al principio se produjo la aniquilación total del poder de los terratenientes, de modo que no pudiera reconstituirse; luego sobrevino la lucha en el seno del campesinado, donde, en la persona de los kulaks, de los explotadores y especuladores que se aprovechaban de los excedentes de grano para enriquecerse a costa de la parte hambrienta no agrícola de Rusia, se reconstituyeron nuevos capitalistas. Aquí se avecinaba una nueva lucha, y todos ustedes saben cómo, en el verano de este año, esa lucha provocó el estallido de toda una serie de insurrecciones. Con respecto al kulak no hablamos como con respecto al terrateniente-capitalista, de que debe ser desposeído de toda su propiedad. Decimos que debe quebrarse la resistencia de ese kulak a las medidas necesarias, como, por ejemplo, el monopolio del grano, que él no cumple, para enriquecerse con la venta especulativa de los excedentes de grano mientras los obreros y los campesinos de las regiones no agrícolas padecen un hambre atroz; y nuestra política aquí siempre ha librado una lucha tan implacable como contra los terratenientes y los capitalistas. Pero luego quedaban aún las relaciones de la parte más pobre del campesinado trabajador con el campesinado medio. Con respecto al campesinado medio, nuestra política fue siempre la de la alianza con él. De ningún modo es enemigo de las instituciones soviéticas, ni enemigo del proletariado, ni enemigo del socialismo. Vacilará, por supuesto, y aceptará el paso al socialismo solo cuando vea un ejemplo sólido, demostrativo en la práctica, de que esta transición es necesaria. A este campesinado medio, por supuesto, no se le puede convencer con razonamientos teóricos o discursos de agitación – no contamos con eso –, pero lo convencerán el ejemplo y la cohesión de la parte trabajadora del campesinado; lo convencerá la alianza de este campesinado trabajador con el proletariado; y aquí contamos con una persuasión prolongada y gradual, con una serie de medidas transitorias que realicen el acuerdo de la parte proletaria, socialista de la población, el acuerdo de los comunistas, que libran una lucha decidida contra el capital en todas sus formas, su acuerdo con el campesinado medio.

Considerando esta situación, considerando que en el campo nos enfrentamos a una tarea incomparablemente más difícil, planteamos la cuestión tal como está planteada en la ley de socialización de la tierra. Ustedes saben que allí se proclama la abolición de la propiedad privada de la tierra, se proclama la distribución igualitaria de la tierra; saben que así se ha comenzado la aplicación de esta ley y que la hemos llevado a cabo en la mayoría de las regiones campesinas. Y al mismo tiempo, por común y unánime acuerdo tanto de los comunistas como de todos aquellos que entonces aún no compartían las ideas del comunismo, en la ley figura la tesis que acabo de leerles y que dice que nuestra tarea común, nuestro objetivo común es la transición a la economía socialista, a la propiedad colectiva de la tierra, al cultivo social de la tierra. Cuanto más avanza el período de construcción, más claro se vuelve ahora, tanto para los campesinos ya asentados en la tierra como para aquellos prisioneros de guerra que, por cientos de miles y millones, regresan ahora agotados y atormentados del cautiverio; cada vez más claro se presenta ante ellos toda la magnitud gigantesca de lo que debemos hacer para restaurar la economía, para sacar para siempre al campesino de su antigua situación de abandono, opresión e ignorancia; cada vez más claro se vuelve que la única salida realmente sólida que aproxima a la masa campesina a una vida culta, que la sitúa realmente en una posición de igualdad con los demás ciudadanos, es el cultivo social de la tierra; y hacia este cultivo social de la tierra tiende ahora sistemáticamente el Poder Soviético mediante medidas graduales. En nombre de este cultivo social de la tierra se forman comunas y granjas soviéticas. La importancia de este tipo de explotaciones está señalada en la ley de socialización de la tierra. En la parte de la misma donde se plantea la cuestión de quién puede usar la tierra, leerán que en primer lugar entre las personas e instituciones que pueden usar la tierra está el Estado, en segundo lugar las organizaciones sociales, luego las comunas agrícolas y, en cuarto lugar, las cooperativas agrícolas. Nuevamente llamo su atención sobre que estas disposiciones fundamentales de la ley de socialización de la tierra fueron redactadas cuando el partido comunista no solo imponía su voluntad, sino cuando hacía conscientemente concesiones a quienes, de un modo u otro, expresaban la conciencia y la voluntad del campesinado medio. Hemos hecho y hacemos tales concesiones. Hemos entrado y entramos en este tipo de acuerdo porque la transición a esta forma colectiva de propiedad de la tierra, al cultivo social de la tierra, a las granjas soviéticas, a las comunas, es imposible de inmediato; se requiere aquí una influencia tenaz y persistente del Poder Soviético, que ha asignado mil millones de rublos para el mejoramiento de la agricultura, bajo la condición de la transición al cultivo social de la tierra. Esta ley muestra que queremos, sobre todo, influir sobre la masa de campesinos medios mediante la fuerza del ejemplo, mediante la fuerza de la atracción hacia el mejoramiento de la economía, y contamos solo con la acción gradual de este tipo de medidas para esta profunda y sumamente importante transformación en la economía de la Rusia agrícola.

La alianza de los comités de campesinos pobres, de las comunas agrícolas y de las secciones de tierras; la alianza que tenemos en el presente congreso, nos muestra y nos da la plena seguridad de que la causa está ahora encaminada correctamente, en una verdadera escala socialista, mediante esta transición al cultivo social de la tierra. Con este trabajo firme y sistemático debe lograrse el aumento de la productividad del trabajo. Para ello debemos aplicar los mejores métodos de cultivo y atraer a las fuerzas agronómicas de Rusia de modo que podamos utilizar todas las explotaciones mejor organizadas que hasta ahora servían solo como fuente de enriquecimiento de individuos aislados, como fuente de renacimiento del capitalismo, de un nuevo yugo, de una nueva esclavización de los obreros asalariados, y que ahora, con la ley de socialización y la abolición total de la propiedad privada de la tierra, deben servir como fuente de conocimiento y cultura agrícolas y de aumento de la productividad para todos los millones de trabajadores. En esta alianza de los obreros urbanos con el campesinado trabajador, en esta formación de los comités de campesinos pobres y en su reelección en las instituciones soviéticas, reside la garantía de que la Rusia agrícola ha entrado ahora en el camino que, más tarde que nosotros, pero con mayor firmeza, emprenden uno tras otro los estados de Europa Occidental. A ellos les fue mucho más difícil comenzar la transformación porque su enemigo no era la podrida autocracia, sino la clase capitalista más culta y unida; pero ustedes saben que esta transformación ha comenzado, y saben que la revolución no se ha limitado a las fronteras de Rusia, que nuestra principal esperanza, nuestro principal sostén es el proletariado de Europa Occidental, de los países más avanzados; que este principal apoyo de la revolución mundial se ha puesto en movimiento, y estamos firmemente seguros, y el curso de la revolución alemana lo muestra en la práctica, que allí la transición a la economía socialista, la utilización de una técnica agrícola más elevada, la unificación más rápida de la población trabajadora del campo, allí avanzará más rápidamente y se realizará con mayor facilidad que entre nosotros.

En unión con los obreros de las ciudades, en unión con el proletariado socialista de todo el mundo, el campesinado trabajador ruso puede estar seguro ahora de que vencerá todas las penalidades, todos los embates de los imperialistas y llevará a cabo la causa sin la cual no puede haber liberación de los trabajadores: la causa del cultivo colectivo de la tierra, la causa de la transición gradual pero firme de las pequeñas explotaciones individuales al cultivo colectivo de la tierra. (Aplausos ruidosos y prolongados).

«Pravda» n.º 272, 14 de diciembre de 1918

Se publica según el texto del periódico «Pravda».