(Aplausos tumultuosos.) Camaradas, ante la cooperación obrera se presentan ahora tareas extraordinariamente importantes en el ámbito económico, así como también en el ámbito político. Ambas tareas están ahora estrecha e indisolublemente ligadas entre sí en el sentido de la lucha económica y política. En cuanto a las tareas inmediatas de la cooperación, quiero subrayar el significado del "acuerdo con la cooperación". Ese acuerdo del que tanto se ha hablado últimamente en la prensa difiere sustancialmente del concepto de conciliación con la burguesía, que representa una traición. Ese acuerdo del que hablamos ahora es un acuerdo de un tipo completamente especial. Hay una enorme diferencia entre el acuerdo del Gobierno Soviético con Alemania, que dio unos resultados, y el acuerdo, el más nocivo y funesto para el país, el acuerdo de la clase obrera con la burguesía. Hablo de la completa traición bajo la apariencia de ese acuerdo tanto a la lucha de clases como a los principios fundamentales del socialismo. Para los socialistas que se plantean como tarea determinada la lucha contra la burguesía y la lucha contra el capital, esta diferencia es evidente por sí misma.

Todos sabemos perfectamente que para nuestra lucha de clases solo puede haber una única solución: el reconocimiento del poder del capital o del poder de la clase obrera. Sabemos que todos los intentos de los partidos pequeñoburgueses de crear y aplicar su política en el país están condenados de antemano al más completo fracaso. Hemos visto claramente, hemos vivido una serie de intentos de unos u otros partidos y grupos pequeñoburgueses que aspiran a aplicar su política, y vemos que todos estos intentos de fuerzas intermedias deben fracasar. En virtud de condiciones perfectamente determinadas, solo dos fuerzas centrales, situadas en polos completamente opuestos, pueden imponer su dominación en Rusia, pueden inclinar su destino hacia un lado u otro. Incluso diré más: el mundo entero es creado y gobernado por una u otra de estas fuerzas centrales. Respecto a Rusia se puede decir con certeza que solo una de estas fuerzas puede, en virtud de unas u otras condiciones económicas de vida, ponerse al frente del movimiento. Las demás fuerzas intermedias —son muchas— pero nunca pueden tener un significado decisivo en la vida del país.

En el momento actual, ante el Poder Soviético debe plantearse la cuestión del acuerdo de la cooperación con el Poder Soviético. En abril retrocedimos de nuestros objetivos trazados y hicimos una concesión. Por supuesto, la cooperación de clase no debe existir en un país en el que se suprimen todas las clases, pero repito que las condiciones del momento exigían cierta demora, y la realizamos en forma de un aplazamiento de varios meses. Pero no obstante, todos sabemos que de la posición en la que se encuentra ahora el poder en el país, nunca descenderá. Debíamos hacer esta concesión porque en aquel momento estábamos solos en el mundo entero, y nuestra concesión se explica por la dificultad de nuestro trabajo. En virtud de las tareas económicas asumidas por el proletariado, debíamos conciliar y conservar ciertos hábitos de las capas pequeñoburguesas. Aquí la cuestión principal es que, por cualquier vía que sea, hay que lograr dirigir y coordinar la actividad de toda la masa de trabajadores y explotados. Debemos recordar constantemente qué exige de nosotros el proletariado. El poder popular debe contar con que las diversas capas de la pequeña burguesía se unirán cada vez más fuerte con la clase obrera gobernante cuando la vida, finalmente, demuestre que no hay elección, que todas las esperanzas en una solución intermedia de la cuestión de la vida estatal del país quedan definitivamente destruidas. Todos aquellos hermosos lemas como voluntad popular, Asamblea Constituyente y demás, con los que se encubrían todas las medias tintas, fueron barridos inmediatamente cuando habló la auténtica voluntad popular. Ustedes mismos ven lo que ocurrió, cómo todos esos lemas, lemas de medias tintas, se hicieron añicos. En este momento vemos que esto ocurre no solo en Rusia, sino que ocurre a escala de toda la revolución mundial.

Quiero establecer la diferencia entre esa conciliación que provocó un odio tan tremendo en toda la clase obrera y ese acuerdo que ahora exigimos, el acuerdo con todo el pequeño campesinado, con toda la pequeña burguesía. Durante la Paz de Brest, cuando aceptamos las duras condiciones de esa paz, nos decían que no había esperanzas en la revolución mundial y que no podía haberla. Estábamos completamente solos en el mundo entero. Sabemos que muchos partidos en aquel momento, debido a la Paz de Brest, se alejaron de nosotros y se pusieron del lado de la burguesía. En aquel momento tuvimos que soportar toda una serie de las más terribles vivencias. Unos meses después, la vida demostró que no hay elección ni puede haberla, que no hay término medio.

Cuando llegó la revolución alemana, a todos les quedó claro que la revolución avanza por todo el mundo, que Inglaterra, Francia y América también avanzan por el mismo camino, ¡por nuestro camino! Cuando nuestras capas democráticas pequeñoburguesas seguían a sus defensores, no comprendían adónde los llevaban, no comprendían que los llevaban por el camino del capitalismo. Ahora vemos con el ejemplo de la revolución alemana que esos representantes de la democracia, esos defensores de ella, esos señores Wilson y compañía, imponen sus tratados al pueblo vencido, peores que el Tratado de Brest que nos fue impuesto a nosotros. Vemos claramente que, en virtud de los acontecimientos desencadenados en Occidente, en virtud de la situación cambiada, la demagogia internacional ha llegado ahora a su quiebra. Ahora se ha aclarado definitivamente la fisonomía de cada nación. Ahora las máscaras han sido arrancadas, todas las ilusiones han sido destruidas por un ariete tan pesado como el ariete de la historia mundial.

Es natural que, con esos elementos vacilantes que siempre existen en la época de transición, el Poder Soviético debe utilizar toda su importancia y su influencia para llevar a la práctica las tareas que nos planteamos ahora, las tareas con las que sostenemos nuestra política iniciada ya en abril. Entonces aplazamos los objetivos trazados por nosotros durante algún tiempo, entonces hicimos consciente y abiertamente una serie de concesiones.

Aquí se planteó la cuestión de en qué punto exacto del camino nos encontramos. Ahora toda Europa ve claramente que sobre nuestra revolución ya no se realiza ningún experimento, y ellos, los pueblos civilizados, han cambiado su actitud hacia nosotros. Han comprendido que en este sentido hacemos una nueva obra grandiosa, que en esta obra nos es especialmente difícil porque casi todo el tiempo hemos estado completamente solos y completamente olvidados por todo el proletariado internacional. En este sentido, nos ha tocado en suerte muchos errores graves, que no ocultamos en absoluto. Por supuesto, debíamos tender a la unificación de toda la población, no generar ninguna disensión. Si no lo hemos hecho hasta ahora, debemos comenzar a hacerlo en algún momento. Ya hemos realizado la fusión con muchas organizaciones. Ahora debe llevarse a cabo la fusión entre la cooperación obrera y las organizaciones soviéticas. Desde el mes de abril del presente año comenzamos a organizar para actuar mediante la experiencia, para aplicar a la vida esa acumulación de fuerzas políticas sociales que poseemos. Comenzamos a organizar el abastecimiento y la distribución de artículos entre toda la población. Verificando cada uno de nuestros pasos, comenzamos esa organización, que era especialmente difícil de llevar a cabo en nuestro país atrasado en el aspecto económico. El acuerdo con la cooperación lo iniciamos desde el mes de abril, y el decreto que se promulgó, sobre la fusión completa y la organización del abastecimiento y la distribución, se halla en el mismo terreno. Sabemos que las fricciones, a las que se aludió en la intervención del orador anterior cuando se refería a Petersburgo, existen casi en todas partes. Sabemos que esas fricciones son completamente inevitables porque llega el momento en que se encuentran y se fusionan dos aparatos completamente distintos, pero no obstante también sabemos que esto es inevitable y que debemos pasar por ello. Exactamente igual, ustedes deben comprender que la resistencia tan prolongada por parte de la cooperación obrera ha provocado, finalmente, desconfianza, y una desconfianza perfectamente legítima, por parte del Poder Soviético.

Dicen ustedes: queremos la independencia. Es totalmente natural que cualquiera que plantee esa consigna pueda generar desconfianza. Si se quejan de las fricciones y desean deshacerse de ellas, ante todo hay que despedirse de la idea de independencia, porque todo el que sostiene ese punto de vista ya es un adversario del Poder soviético en un momento en que todos tienden a una fusión cada vez más estrecha. Tan pronto como la cooperativa obrera se fusione, de manera completamente clara, honesta y abierta, con el Poder soviético, esas fricciones comenzarán a desaparecer. Sé muy bien que cuando dos grupos se unen en uno solo, al principio surgen algunas asperezas en el trabajo, pero, no obstante, con el tiempo, cuando el grupo atraído se gane la confianza del que atrae, todas esas fricciones irán desapareciendo gradualmente. Mientras tanto, si estos dos grupos permanecen separados, son posibles constantes fricciones entre departamentos. Hay algo que no entiendo: ¿qué tiene que ver aquí la independencia? ¿Acaso todos sostenemos el punto de vista de que toda la sociedad, tanto en el sentido del abastecimiento como en el de la distribución, debe constituir una única cooperativa general? Todos sostenemos el punto de vista de que la cooperación es una de las conquistas socialistas. En esto consiste la gran dificultad de las conquistas socialistas. En esto consiste la dificultad y la tarea de la victoria. El capitalismo separó deliberadamente a los estratos de la población. Esa separación debe desaparecer definitiva e irrevocablemente, y toda la sociedad debe convertirse en una única cooperativa de trabajadores. No puede ni debe hablarse de ninguna independencia de grupos particulares.

De esa cooperativa he hablado ahora como de la tarea de la victoria del socialismo. Por eso decimos que, cualquiera que sea nuestra divergencia en cuestiones particulares, no haremos ningún acuerdo con el capitalismo, no daremos un paso que se aparte de los principios de nuestra lucha. El acuerdo al que ahora llegamos con los estratos de las clases sociales es un acuerdo no con la burguesía ni con el capital, sino con destacamentos particulares del proletariado y de la democracia. No hay que temer este acuerdo, porque toda la discordia entre estos estratos desaparecerá por completo y sin dejar rastro en el fuego de la revolución. Ahora solo se necesita una cosa: que haya un afán unánime de ir con el alma abierta hacia esa única cooperativa mundial. Lo que ha hecho el Poder soviético y lo que hasta ahora ha hecho la cooperación debe fusionarse. Tal es el contenido del último decreto del Poder soviético. Tal es el enfoque en muchos lugares de los representantes del Poder soviético, que no esperaron nuestros decretos. La inmensa obra realizada por la cooperación debe fusionarse sin falta con la inmensa obra realizada por el Poder soviético. Todos los estratos de la población que luchan por su libertad deben fusionarse en una única y fuerte organización. Sabemos que hemos cometido muchos errores, sobre todo en los primeros meses después de la Revolución de Octubre. Pero ahora, con el tiempo, nos esforzaremos para que haya entre la población una completa unidad y un completo acuerdo. Y para ello es necesario que todo esté subordinado al Poder soviético y que todas las ilusiones sobre una supuesta «independencia», tanto de los estratos particulares como de la cooperativa obrera, sean superadas lo antes posible. Esa esperanza en la «independencia» solo puede existir allí donde aún pueda haber esperanza de algún retorno a lo anterior.

Antes, los pueblos occidentales nos veían a nosotros y a todo nuestro movimiento revolucionario como una curiosidad. Decían: que el pueblo se divierta, y nosotros veremos qué sale de todo esto... ¡Qué pueblo ruso tan extraño!... Y he aquí que ese «pueblo ruso tan extraño» ha mostrado al mundo entero lo que significa su «diversión». (Aplausos.)

En el momento actual, cuando se ha acercado el inicio de la revolución alemana, uno de los cónsules extranjeros le decía a Zinóviev: «Todavía no se sabe quién ha aprovechado más la Paz de Brest, si ustedes o nosotros».

Lo decía porque todos dicen lo mismo. Todos han visto que esto es solo el comienzo de la gran revolución mundial. Y ese comienzo de la gran revolución lo pusimos nosotros, el atrasado y «extraño» pueblo ruso... Hay que decir que la historia sigue caminos extraños: al país atrasado le ha cabido el honor de ir a la cabeza del gran movimiento mundial. Ese movimiento lo ve y lo comprende la burguesía de todo el mundo. Este incendio ha alcanzado a Alemania, Bélgica, Suiza, Holanda.

Cada día ese movimiento se extiende con más y más fuerza, cada día crece y se fortalece el gobierno revolucionario soviético. Y por eso la burguesía ha adoptado ahora una vía completamente diferente en sus relaciones con los problemas. Por eso, en un momento en que el hacha está levantada sobre el capitalismo mundial, no puede hablarse de independencia de partidos particulares. El ejemplo más grande nos lo da América. América es uno de los países más democráticos, una enorme república social democrática. ¿Dónde, si no allí, en ese país que tiene todos los derechos electorales, todos los derechos de un Estado libre, deben resolverse correctamente todas las cuestiones jurídicas? Y, sin embargo, sabemos que allí, en esa república democrática, hicieron algo con un cura: lo embadurnaron con alquitrán y lo azotaron hasta que la sangre se mezcló con la suciedad. Y este hecho tuvo lugar en un país libre, en un país de república democrática. Esto pudieron permitirlo los «humanitarios», los «filantrópicos» Wilson-tigres y Compañía. ¿Y qué están haciendo ahora esos Wilson con el país vencido, Alemania? ¡He aquí cómo se despliegan ante nosotros los cuadros de las relaciones mundiales! Esos cuadros, de los que extraemos el contenido de lo que los señores Wilson ofrecen a sus amigos, son un millón y un billón de veces más convincentes. Nuestro asunto los Wilson lo habrían llevado a término de inmediato. Esos señores, libres multimillonarios, las personas más «humanitarias» del mundo, habrían sabido disuadir de inmediato a sus amigos no solo de hablar, sino incluso de pensar en cualquier «independencia». Les habrían planteado directamente y con claridad el dilema: o están ustedes por el régimen capitalista, o están por los Soviets. Les habrían dicho: deben actuar así, porque esto se lo decimos nosotros, sus amigos, los ingleses, los americanos (los Wilson) y los franceses, amigos de Clemenceau.

Por lo tanto, no pueden tener absolutamente ninguna esperanza de que pueda conservarse aunque sea un mínimo de independencia. Eso no ocurrirá, y soñar con ello es inútil. Cuando la cuestión de la defensa de la propiedad privada se planteó de manera definida, por un lado, y el proletariado encontró su camino, por el otro, ya no puede haber término medio. La vida debe entrelazar sus ramas, o firmemente con el capital, o aún más firmemente con la república soviética. Para todos está completamente claro que el socialismo ha entrado en la era de su realización. Para todos está claro que es completamente imposible defender o conservar las posiciones pequeñoburguesas si se concede el derecho de voto a toda la población. Quizás los señores Wilson se alimenten de esas esperanzas, es decir, no se alimenten de esperanzas, sino que intenten disfrazar sus propios fines difundiendo tales ilusiones, pero solo debo decir que ahora no encontrarán a muchas personas que crean en esos cuentos de hadas; si tales personas aún quedan, son una rareza histórica, una curiosidad, cuyo lugar está en un museo. (Aplausos.)

Debo decir que las divergencias que ustedes tuvieron desde el principio acerca de la conservación de la «independencia» de la cooperación no son más que intentos que deben terminar sin ninguna esperanza de solución positiva. Esta lucha no es seria y es contraria a los principios de la democracia. Aunque esto último no debe sorprender, porque los Wilson también son «demócratas». Ellos dicen que solo les queda llevar a cabo una unificación, porque tienen tantos dólares que con ellos comprarán toda Rusia, toda la India y el mundo entero. Wilson está al frente de su compañía; tienen los bolsillos llenos de dólares y, sobre esa base, pueden hablar de comprar Rusia, India y todo lo demás. Pero olvidan que los principios fundamentales a escala internacional se resuelven de manera completamente distinta, que sus planteamientos solo pueden causar impresión en un medio determinado, solo en una capa determinada. Olvidan que las resoluciones que la clase más poderosa del mundo adopta a diario, y que, sin duda, nuestro congreso adoptará por unanimidad, saludan la dictadura exclusiva del proletariado en todo el mundo. Al aprobar esa resolución, nuestro congreso ha entrado en un camino del cual ya no queda, ni puede quedar, ningún puente hacia esa «independencia» de la que se habla hoy aquí. Ustedes saben cómo Karl Liebknecht no solo se opuso firmemente al campesinado pequeño burgués, sino que también se opuso a la cooperación. Ustedes saben que por eso Scheidemann y compañía lo consideran un iluso y un fanático, y sin embargo ustedes mismos le han expresado su saludo, igual que se lo han expresado a MacLean. Al expresar esta solidaridad en cuestiones con los grandes líderes mundiales, han quemado todas sus naves. Deben mantenerse firmes en sus posiciones, porque en este momento defienden no solo a ustedes mismos, no solo sus derechos, sino también los derechos de Liebknecht y MacLean. No pocas veces he oído cómo los mencheviques rusos condenaban el conciliacionismo, cómo denunciaban a quienes pactaban con los lacayos del káiser. Y no solo los mencheviques rusos son culpables de esto. El mundo entero señalaba a nosotros, lanzándonos severamente el calificativo de «conciliadores». Y ahora, cuando ha comenzado la revolución mundial, cuando tienen que dialogar con Haase y los Kautsky, ahora estamos en condiciones de decir, para caracterizar nuestra posición con un buen proverbio ruso: «apartémonos y veamos lo bien que estamos sentados»...

Conocemos nuestras deficiencias, y es fácil señalarlas. Pero desde fuera todo parece no ser como es en realidad. Ustedes saben que hubo un momento en que no había una sola persona de otros partidos que no condenara nuestra conducta y nuestra política, y ahora conocemos partidos enteros que han venido a nosotros, que quieren trabajar junto a nosotros{154}. La rueda del movimiento revolucionario mundial ha girado ahora de tal manera que no tememos absolutamente ninguna conciliación. Y creo que nuestro congreso encontrará también la salida correcta a la situación creada. Y esa salida es una sola: la fusión de la cooperación con el poder soviético. Ustedes saben que Inglaterra, Francia, América, España veían nuestras acciones como experimentos, y ahora las ven de otro modo: observan si todo está en orden en sus propios Estados. Por supuesto, desde el punto de vista físico, material, financiero, son considerablemente más fuertes que nosotros, pero, a pesar de su brillo exterior, sabemos que por dentro están pudriéndose; en el momento actual son más fuertes que nosotros con esa misma fuerza, ese mismo poder con el que era fuerte Alemania en el momento de la firma de la paz de Brest. ¿Y qué vemos ahora? Entonces todos se apartaron de nosotros de manera rotunda. Y ahora cada mes en que defendemos el fortalecimiento de la República Soviética, defendemos no solo a nosotros mismos, sino también la causa iniciada por Liebknecht y MacLean, y ya vemos cómo Inglaterra, Francia, América y España se contagian del mismo mal, se encienden con el mismo fuego que Alemania: el fuego de la lucha universal y mundial de la clase obrera contra el imperialismo. (Aplausos prolongados.)

El informe breve se publicó el 10 de diciembre de 1918 en el diario «Izvestia del VTsIK» n.º 270

Se publicó íntegramente en 1919 en el folleto «Discursos de V. Lenin, V. Miliutin y V. Noguin en el III Congreso de la Cooperación Obrera»

Se imprime según el texto del folleto, cotejado con la transcripción taquigráfica