El carácter socialista de la democracia soviética – es decir, proletaria, en su aplicación concreta y dada – consiste, en primer lugar, en que los electores son las masas trabajadoras y explotadas, la burguesía queda excluida; en segundo lugar, en que toda formalidad burocrática y toda restricción de las elecciones desaparecen, las masas mismas determinan el orden y los plazos de las elecciones, con plena libertad de revocación de los elegidos; en tercer lugar, en que se crea la mejor organización de masas de la vanguardia de los trabajadores, el proletariado de la gran industria, que le permite dirigir a las masas más amplias de explotados, incorporarlas a la vida política independiente, educarlas políticamente en su propia experiencia, de modo que por primera vez se emprende la tarea de que toda la población aprenda realmente a administrar y comience a administrar.

Tales son los principales rasgos distintivos del democratismo aplicado en Rusia, que es un tipo más elevado de democratismo, una ruptura con su deformación burguesa, una transición al democratismo socialista y a las condiciones que permiten comenzar a extinguirse el Estado.

Por supuesto, el elemento de desorganización pequeñoburguesa (que en toda revolución proletaria se manifestará inevitablemente en mayor o menor medida, y en nuestra revolución, debido al carácter pequeñoburgués del país, su atraso y las consecuencias de la guerra reaccionaria, se manifiesta con especial fuerza) no puede dejar de imprimir su sello también en los Soviets.

Sobre el desarrollo de la organización de los Soviets y del poder soviético hay que trabajar sin descanso. Existe una tendencia pequeñoburguesa a convertir a los miembros de los Soviets en «parlamentarios» o, por otro lado, en burócratas. Hay que combatir esto atrayendo a todos los miembros de los Soviets a la participación práctica en la administración. Los departamentos de los Soviets se convierten en muchos lugares en órganos que se fusionan gradualmente con los comisariados. Nuestro objetivo es atraer a la totalidad de los pobres a la participación práctica en la administración, y todos los pasos hacia su realización – cuanto más diversos, mejor – deben ser cuidadosamente registrados, estudiados, sistematizados, verificados por una experiencia más amplia y legalizados. Nuestro objetivo es el cumplimiento gratuito de las obligaciones estatales por cada trabajador, después de cumplir la «lección» de 8 horas de trabajo productivo: la transición a esto es particularmente difícil, pero sólo en esta transición está la garantía del afianzamiento definitivo del socialismo. La novedad y dificultad del cambio provoca, naturalmente, una abundancia de pasos dados, por así decirlo, a tientas, una abundancia de errores, vacilaciones – sin esto no puede haber ningún avance brusco hacia adelante. Toda la originalidad de la situación actual, desde el punto de vista de muchos que quieren ser considerados socialistas, consiste en que la gente se ha acostumbrado a oponer abstractamente el capitalismo al socialismo, y entre ambos colocaban profundamente la palabra: «salto» (algunos, recordando fragmentos leídos de Engels, añadían aún más profundamente: «salto del reino de la necesidad al reino de la libertad»{74}). Sobre el hecho de que los maestros del socialismo llamaban «salto» al viraje desde el ángulo de los giros de la historia mundial y que los saltos de este tipo abarcan períodos de hasta 10 años o incluso más, sobre eso no sabe pensar la mayoría de los llamados socialistas, que han «leído en un libro» sobre el socialismo, pero nunca se han metido seriamente en el asunto. Naturalmente, la famosa «intelectualidad» suministra en tales tiempos una cantidad infinita de plañideras por el difunto: una llora por la Asamblea Constituyente, otra por la disciplina burguesa, la tercera por el orden capitalista, la cuarta por el terrateniente culto, la quinta por la gran potencia imperialista, etcétera, etcétera.

El verdadero interés de la época de los grandes saltos consiste en que la abundancia de restos de lo viejo, acumulados a veces más rápidamente que la cantidad de gérmenes (no siempre visibles de inmediato) de lo nuevo, exige la habilidad de destacar lo más esencial en la línea o en la cadena del desarrollo. Hay momentos históricos en los que, para el éxito de la revolución, lo más importante es acumular más restos, es decir, volar más instituciones viejas; hay momentos en que se ha volado lo suficiente y pasa al orden del día el trabajo «prosaico» (para el revolucionario pequeñoburgués, «aburrido») de limpiar el terreno de los restos; hay momentos en que el cuidado atento de los gérmenes de lo nuevo, que crecen bajo los escombros en un suelo aún mal limpiado de cascajo, es lo más importante.

No basta con ser revolucionario y partidario del socialismo o comunista en general. Hay que saber encontrar en cada momento particular ese eslabón especial de la cadena del que hay que asirse con todas las fuerzas para sostener toda la cadena y preparar sólidamente el paso al siguiente eslabón, siendo el orden de los eslabones, su forma, su engranaje, su diferencia mutua en la cadena histórica de los acontecimientos no tan simples ni tan tontos como en una cadena ordinaria hecha por un herrero.

La lucha contra la deformación burocrática de la organización soviética está asegurada por la solidez del vínculo de los Soviets con el «pueblo», en el sentido de los trabajadores y explotados, por la flexibilidad y elasticidad de ese vínculo. Los parlamentos burgueses, incluso los de la mejor república capitalista del mundo en cuanto a democracia, los pobres nunca los han considerado instituciones «propias». En cambio, los Soviets son «lo propio», y no lo ajeno, para la masa de obreros y campesinos. A los modernos «socialdemócratas», del matiz de Scheidemann o, lo que es casi lo mismo, de Martov, los Soviets les repugnan igual, y se sienten atraídos hacia el decente parlamento burgués, o hacia la Asamblea Constituyente, como Turguénev hace 60 años se sentía atraído hacia la moderada constitución monárquica y nobiliaria, y le repugnaba el democratismo campesino de Dobroliúbov y Chernyshevski{75}.

Precisamente la cercanía de los Soviets al «pueblo» trabajador crea formas especiales de revocación y de otro control desde abajo, que deben ser desarrollados ahora con especial empeño. Por ejemplo, los Soviets de Instrucción Pública, como conferencias periódicas de los electores soviéticos y sus delegados para discutir y controlar la actividad de las autoridades soviéticas en ese campo, merecen la más completa simpatía y apoyo. No hay nada más estúpido que convertir a los Soviets en algo rígido y autosuficiente. Cuanto más resueltamente debemos defender ahora un poder implacablemente firme, la dictadura de personas individuales para determinados procesos de trabajo, en determinados momentos de funciones puramente ejecutivas, tanto más diversas deben ser las formas y métodos de control desde abajo, para paralizar cualquier sombra de posibilidad de deformación del poder soviético, para arrancar repetida e incansablemente la maleza del burocratismo.