Camaradas, quisiera hablar de aquellas tareas que recaen sobre nuestro partido y sobre el Poder Soviético en relación con la cuestión de la actitud del proletariado hacia la democracia pequeñoburguesa. Los últimos acontecimientos, sin duda, ponen esta cuestión en el orden del día, porque el gigantesco cambio en la situación internacional, como la anulación del Tratado de Brest, la revolución en Alemania, el hundimiento del imperialismo alemán y la descomposición del imperialismo angloamericano, no podía dejar de socavar toda una serie de planteamientos democrático-burgueses que constituían la base teórica de la democracia pequeñoburguesa. La situación militar de Rusia, el embate del imperialismo anglo-francés y americano, no podían dejar de empujar a una parte de esta democracia pequeñoburguesa más o menos hacia nuestro lado. Sobre estos cambios que deben introducirse en nuestra táctica, sobre esas nuevas tareas que surgen ante nosotros, es sobre lo que quisiera hablar esta noche.

Permítanme comenzar con algunas tesis teóricas fundamentales. No hay duda de que el principal estrato social que da la base económica a la democracia pequeñoburguesa es, en Rusia, el campesinado medio. No hay duda de que la revolución socialista y el tránsito del capitalismo al socialismo deben inevitablemente adoptar formas especiales en un país donde la población campesina es numerosa. Por eso quisiera ante todo recordarles cómo se formaron las tesis fundamentales del marxismo sobre la actitud del proletariado hacia el campesinado medio. Para recordárselos, leeré algunas declaraciones hechas por Engels en su artículo «El problema campesino en Francia y Alemania». Este artículo apareció como folleto aparte, escrito en 1895 o 1894, cuando la cuestión del programa agrario del partido socialista con respecto al campesinado se puso prácticamente en el orden del día en relación con la discusión del programa de la socialdemocracia alemana en el Congreso de Breslavia de ese partido{86}. He aquí cómo se pronunció entonces Engels sobre la actitud del proletariado: «¿Cuál es, pues, nuestra actitud hacia el pequeño campesinado?.. En primer lugar, es absolutamente correcta la tesis del programa francés: prevemos la inevitable ruina del pequeño campesino, pero en ningún caso estamos llamados a acelerarla con nuestra intervención. En segundo lugar, es igualmente evidente que, cuando poseamos el poder estatal, ni siquiera pensaremos en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (con o sin indemnización, eso es indiferente), como nos veremos obligados a hacer con los grandes terratenientes. Nuestra tarea con respecto a los pequeños campesinos consiste ante todo en convertir su producción privada, su propiedad, en cooperativa, pero no por la fuerza, sino mediante el ejemplo, ofreciendo ayuda social para este fin».

Más adelante, sobre esta cuestión, Engels decía: «Nunca podemos prometer a los pequeños campesinos mantener su economía individual y su propiedad individual contra las fuerzas superiores de la producción capitalista. Solo podemos prometerles que no interferiremos contra su voluntad, por la fuerza, en sus relaciones de propiedad»{87}.

Finalmente, la última sentencia que quisiera recordarles es la reflexión sobre los campesinos ricos, sobre los grandes campesinos (expresado en ruso, sobre los "kulaks"), es decir, sobre aquellos campesinos que no se las arreglan sin recurrir a mano de obra asalariada. Si estos campesinos no comprenden la inevitabilidad de la ruina de su modo de producción actual y no logran extraer las conclusiones necesarias para sí mismos, los marxistas no pueden hacer nada por ellos. Nuestro deber es solo facilitarles también a ellos el tránsito al nuevo modo de producción{88}.

He aquí las tesis que quisiera recordarles y que, sin duda, son conocidas por todo comunista. De esta tesis vemos que la tarea del proletariado, que ha tomado el poder estatal, no puede ser en modo alguno la misma en países donde predomina el gran sistema capitalista y en países donde existe un campesinado atrasado, pequeño, medio y grande. Vemos que exponíamos con total exactitud las tareas del marxismo cuando decíamos que, con respecto al terrateniente explotador, la guerra era nuestro deber.

Con respecto al campesino medio decimos: en modo alguno ninguna violencia. Con respecto al gran campesino decimos: nuestra consigna es su sometimiento al monopolio del grano; lucha contra ellos cuando violan el monopolio del grano, cuando esconden el grano. Recientemente he tenido que repetir estas tesis en una asamblea de varios cientos de personas, representantes de los comités de campesinos pobres que se reunieron en Moscú simultáneamente con el VI Congreso[11]. En nuestra literatura de partido, en la propaganda y en la agitación, siempre hemos subrayado esta diferencia de nuestra actitud hacia la gran burguesía y hacia la pequeña burguesía. Pero, estando todos teóricamente de acuerdo, no todos, ni mucho menos con la suficiente rapidez, extraían las conclusiones políticas correspondientes. Y he empezado a propósito, por así decirlo, desde lejos, para mostrarles con qué conceptos económicos sobre las relaciones de clases debemos guiarnos para plantear, sobre bases indiscutibles, la cuestión de nuestra política hacia la democracia pequeñoburguesa. No hay duda de que esta clase de campesinos pequeños (llamamos medio a aquel que no vende su fuerza de trabajo), este campesino en Rusia es en todo caso la principal clase económica, que es la base de una amplia diversidad de corrientes políticas en la democracia pequeñoburguesa. En nuestra Rusia, estas corrientes están vinculadas sobre todo a los partidos menchevique y eser. La historia del socialismo en Rusia conoce una larga lucha de los bolcheviques contra estos partidos, mientras que los socialistas de Europa Occidental han considerado constantemente esta lucha como una lucha dentro del socialismo, es decir, como una escisión del socialismo en Rusia. Entre paréntesis, esta opinión se manifiesta con frecuencia incluso en las intervenciones de buenos socialdemócratas.

Justo hoy me han entregado una carta de Friedrich Adler, un hombre conocido por su comportamiento revolucionario en Austria. Su carta, escrita a finales de octubre y recibida hoy, contiene solo una petición: ¿no sería posible liberar a los mencheviques de la cárcel? Nada más inteligente se le ocurrió escribir en un momento así, aparte de esta petición. Es verdad que hizo la salvedad de que no está informado de nuestro movimiento, etc., pero aun así es característico. Este gracioso error de los socialistas de Europa Occidental se explica porque miran hacia atrás, no hacia adelante, y no comprenden que ni los mencheviques ni los eseres (que predican el socialismo) son tales como para considerarlos socialistas. Los mencheviques y los eseres, durante toda la revolución de 1917, no hicieron más que oscilar entre la burguesía y el proletariado, nunca pudieron adoptar una posición correcta y, como a propósito, ilustraron la tesis de Marx sobre que la pequeña burguesía es incapaz de adoptar ninguna posición independiente en las batallas fundamentales.

El proletariado, desde el principio, cuando creó los Soviets, manifestó instintivamente una determinada posición de clase ya solo con el hecho de que creó los Soviets. Los mencheviques y los eseres oscilaron constantemente. Y si sus propios amigos los llamaban en la primavera y el verano de 1917 "semibolcheviques", eso no era solo un chiste, sino también una caracterización certera. En ninguna cuestión (tómese la cuestión de los Soviets, del movimiento revolucionario en los pueblos, de la toma directa de la tierra, de la confraternización en el frente, del apoyo o no al imperialismo), en todas estas cuestiones fundamentales, los mencheviques y los eseres decían hoy "sí" y mañana "no". Por un lado, ayudaban, y por otro lado, no, y representaban un modelo de falta de carácter y desamparo. Por otra parte, cuando lanzaban al pueblo frases "en pro de los Soviets" (pues todo el tiempo llamaban a los Soviets "democracia revolucionaria" y los contraponían a lo que llamaban elemento censitario), esto era solo una astuta construcción política en ellos, pero las masas amplias, en cuyas filas caía esto, se entusiasmaban: "¡esto está por el Soviet!". La prédica de los mencheviques, en parte, nos sirvió a nosotros.

Esta es una cuestión muy compleja, con una historia muy rica, y me basta con señalarla brevemente. Y esta política de los mencheviques y eseristas demuestra definitivamente ante nuestros ojos nuestra tesis de que considerarlos socialistas es un error. Socialistas lo fueron sólo, quizás, en la fraseología y por los recuerdos. En realidad, son la pequeña burguesía rusa.

Empecé con cómo deben los marxistas relacionarse con el campesino medio, dicho de otro modo, con los partidos pequeño-burgueses. Nos acercamos ahora a una fase en la que nuestras consignas anteriores del período precedente de la revolución deben cambiar, para valorar correctamente el verdadero viraje. Ustedes saben que en octubre-noviembre estos elementos vacilaron.

El partido bolchevique se mostró entonces intransigente y obró correctamente; nos dijimos a nosotros mismos: tenemos que destruir a los enemigos del proletariado, tenemos por delante batallas sobre las cuestiones fundamentales de la guerra y la paz, de la representación burguesa, del poder soviético. En todas estas cuestiones solo podíamos apoyarnos en nuestras propias fuerzas, y obramos completamente bien al no llegar a un compromiso con la democracia pequeño-burguesa.

El curso posterior de los acontecimientos nos planteó la cuestión de la paz y la firma de la Paz de Brest. Ustedes saben que la Paz de Brest alejó de nosotros a los elementos pequeño-burgueses.

De estas dos circunstancias, de nuestra política exterior que llevó a la firma de la Paz de Brest, y de nuestra lucha implacable contra las ilusiones democráticas de una parte de la democracia pequeño-burguesa, de nuestra lucha implacable por el poder soviético, de estas dos circunstancias se derivó que la democracia pequeño-burguesa se apartara bruscamente de nosotros. Ustedes saben que después de la Paz de Brest comenzaron las vacilaciones entre los eseristas de izquierda. Una parte de ellos se lanzó a la aventura, otra parte se dividió entre sí y se divide hasta hoy. Pero el hecho sigue siendo el hecho. Nosotros, por supuesto, ni por un minuto, ni una gota podemos dudar de que nuestra política fue entonces absolutamente correcta. Demostrarlo ahora es repetir lo ya sabido, porque la revolución alemana ha demostrado más que nada la corrección de nuestros puntos de vista.

De lo que más se nos acusó después de la Paz de Brest y lo que más a menudo se oía de las masas obreras poco conscientes, era de que depositábamos en vano la esperanza en la revolución alemana y que esta no llegaba. La revolución alemana refutó todas esas acusaciones y demostró la corrección de nuestra opinión de que ella debía llegar, de que debíamos luchar contra el imperialismo alemán no solo mediante la guerra nacional, sino también mediante la propaganda y su descomposición desde dentro. Los acontecimientos nos han confirmado de tal modo que aquí no hay nada que demostrar. Igualmente, en lo relativo a la Asamblea Constituyente, las vacilaciones fueron aquí inevitables, y el curso de los acontecimientos confirmó tan claramente la corrección de nuestros puntos de vista, que ahora todas las revoluciones iniciadas en Occidente van bajo la consigna del poder soviético y crean ese poder soviético. Los Soviets: eso es lo que caracteriza la revolución en todas partes. Se han extendido de Austria y Alemania a Holanda y Suiza (países con la cultura democrática más antigua, que se llaman a sí mismos Europa Occidental en comparación incluso con Alemania). En ellos se plantea la consigna del poder soviético. Es decir, el derrumbe histórico de la democracia burguesa no fue un invento de los bolcheviques, sino una necesidad histórica absoluta. En Suiza y Holanda la lucha política tuvo lugar ya hace cientos de años, y hoy la consigna del poder soviético se plantea allí no por los bellos ojos de los bolcheviques. Es decir, hemos valorado correctamente el presente. El curso de los acontecimientos ha confirmado de tal modo la corrección de nuestra táctica, que no es necesario detenerse más en esta cuestión. Solo hay que comprender que es una cuestión seria, la cuestión del prejuicio más profundo de la democracia pequeño-burguesa. Recuerden la historia general de la revolución burguesa y el desarrollo del parlamentarismo en todos los países de Europa Occidental y verán que esa clase de prejuicios reinaron en todos los países entre los viejos socialdemócratas de los años 40. En Francia estas opiniones se mantuvieron más tiempo. No podía ser de otra manera. La pequeña burguesía en las cuestiones del parlamentarismo es lo más patriótica, es lo más patriótica si se la compara con el proletariado y la gran burguesía. Esta última es más internacional, porque la pequeña burguesía es menos móvil, no está tan relacionada con otros pueblos y no está inserta en el intercambio comercial mundial. Por lo tanto, cabía esperar que precisamente en la cuestión del parlamentarismo debía manifestarse más la pequeña burguesía. Así fue también en Rusia. Un gran papel a este respecto jugó el hecho de que nuestra revolución luchara contra el patriotismo. Tuvimos que ir, en la época de la Paz de Brest, contra el patriotismo. Decíamos: si eres socialista, debes sacrificar todos tus sentimientos patrióticos en aras de la revolución internacional, que llegará, que aún no existe, pero en la que debes creer si eres internacionalista.

Y es comprensible que, al hablar así, solo pudiéramos atraer a nuestro lado a las vanguardias de la clase obrera. Es comprensible que la mayoría de la pequeña burguesía no estuviera de nuestro punto de vista. No podíamos esperar eso. ¿Y de dónde iba a pasar la pequeña burguesía a nuestro punto de vista? Tuvimos que implantar la dictadura del proletariado en su forma más severa. Vivimos una época de entusiasmo por las ilusiones en unos pocos meses. Pero si se toma la historia de los países de Europa Occidental, allí no se superó esa ilusión ni en decenas de años. Tomen la historia de Holanda, Francia, Inglaterra, etc. Tuvimos que destruir la ilusión pequeño-burguesa de que el pueblo es algo unitario y de que la voluntad popular puede expresarse en algo distinto, al margen de la lucha de clases. Fuimos completamente acertados al no llegar en esta cuestión a ningún compromiso. Si hubiéramos hecho concesiones a las ilusiones pequeño-burguesas, a la ilusión de la Asamblea Constituyente, habríamos arruinado toda la causa de la revolución proletaria en Rusia. Habríamos sacrificado los intereses estrechamente nacionales a los intereses de la revolución internacional, que resultó ir por el sendero bolchevique, porque no era nacional, sino puramente proletaria. Fue en estas condiciones que se produjo que las masas pequeño-burguesas mencheviques y eseristas se apartaran de nosotros. Se fueron al otro lado de las barricadas, se encontraron del lado de nuestros enemigos. Cuando comenzó la sublevación de los partidarios de Dútov, nos convencimos claramente de que entre los partidarios de Dútov, Krasnov y Skoropadski se encontraban las fuerzas políticas que luchaban contra nosotros. De nuestro lado resultaron estar el proletariado y el campesinado más pobre.

Ustedes saben que en toda Rusia durante la sublevación checoslovaca, cuando esta se desarrollaba con mayor éxito, en ese momento se producían en toda Rusia levantamientos de kulaks. Solo el acercamiento del proletariado urbano al campo consolidó nuestro poder. El proletariado, con ayuda del campesinado pobre de las aldeas, solo él resistió la lucha contra todos los enemigos. Tanto los mencheviques como los eseristas, en su inmensa mayoría, estuvieron del lado de los checoslovacos, los partidarios de Dútov y los de Krasnov. Esta situación exigía de nosotros la lucha más encarnizada y los métodos terroristas de esa guerra. Por mucho que personas desde diversos puntos de vista condenen ese terrorismo (y esa condena la hemos oído de todos los socialdemócratas vacilantes), para nosotros está claro que el terror fue provocado por la guerra civil agudizada. Fue provocado porque toda la democracia pequeño-burguesa se volvió contra nosotros. Ellos hicieron la guerra contra nosotros con diversos métodos: mediante la guerra civil, el soborno, el sabotaje. Tales condiciones crearon la necesidad del terror. Por lo tanto, no debemos arrepentirnos de él, ni renegar de él. Solo debemos comprender claramente qué condiciones de nuestra revolución proletaria provocaron la agudeza de la lucha. Estas condiciones especiales consistieron en que tuvimos que actuar contra el patriotismo, que tuvimos que sustituir la Asamblea Constituyente por la consigna "Todo el poder a los Soviets".

Cuando se produjo el viraje en la política internacional, llegó inevitablemente el viraje en la situación de la democracia pequeño-burguesa. Vemos un cambio de ánimo en su campo. En el manifiesto de los mencheviques vemos un llamamiento a renunciar a la alianza con las clases poseedoras, un llamamiento que los mencheviques dirigen a sus amigos –los hombres de la democracia pequeño-burguesa– que han sellado una alianza con los dutovistas, los checoslovacos y los ingleses. Se dirigen a ellos con un manifiesto para que vayan a luchar contra el imperialismo anglo-americano. Ahora está claro para todos que no hay otra fuerza, excepto el imperialismo anglo-americano, que pueda oponer algo al poder bolchevique. Vacilaciones del mismo tipo se dan entre los eseristas y entre la intelectualidad, que es la que más comparte los prejuicios de la democracia pequeño-burguesa, la que más llena ha estado de prevenciones patrióticas. Entre ella se está produciendo el mismo proceso.

Ahora la tarea de nuestro partido consiste en que, al elegir su táctica, se guíe por las relaciones de clase, para que nosotros en esta cuestión analicemos con precisión qué es esto: una casualidad, una manifestación de falta de carácter, vacilaciones que no tienen ningún fundamento, o, por el contrario, un proceso que tiene raíces sociales profundas. Si examinamos esta cuestión en su conjunto desde el punto de vista de las relaciones teóricamente establecidas del proletariado con el campesinado medio, desde el punto de vista de la historia de nuestra revolución, veremos que no se puede dudar de la respuesta. Este viraje no es casual, ni personal. Afecta a millones y millones de personas que en Rusia se encuentran en la situación del campesinado medio, o en una situación correspondiente a la del campesinado medio. El viraje afecta a toda la democracia pequeño-burguesa. Ella iba contra nosotros con una saña que llegaba al furor, porque nosotros debíamos quebrantar todos sus sentimientos patrióticos. Y la historia ha hecho que ahora el patriotismo se vuelva hacia nuestro lado. Pues está claro que no se puede derrocar a los bolcheviques de otra manera que no sea con las bayonetas extranjeras. Si hasta ahora se esperaba que los ingleses, franceses y americanos fueran una verdadera democracia, si hasta ahora se mantenía esa ilusión, ahora la paz que ellos imponen a Austria y Alemania desenmascara completamente esa ilusión. Los ingleses se comportan como si se hubieran propuesto específicamente demostrar la corrección de las opiniones bolcheviques sobre el imperialismo internacional.

Por eso, del seno de los partidos que lucharon contra nosotros, por ejemplo del campo de Plejánov, se alzan voces que dicen: nos equivocamos, pensábamos que el imperialismo alemán era nuestro principal enemigo, y que los países occidentales –Francia, Inglaterra, América– nos traerían un régimen democrático. Ha resultado que la paz que estos países occidentales imponen es cien veces más humillante, rapaz y depredadora que nuestra Paz de Brest. Ha resultado que los ingleses y americanos actúan como verdugos y gendarmes de la libertad rusa, desempeñando ese papel como lo hizo bajo el verdugo ruso Nicolás I, no peor que los reyes que cumplieron el papel de verdugos cuando sofocaron la revolución húngara. Ahora ese papel lo han asumido los agentes de Wilson. Ellos sofocan la revolución en Austria, desempeñan el papel de gendarmes, plantean un ultimátum a Suiza: no les daremos pan si no entran en lucha contra el gobierno bolchevique{89}. Declaran a Holanda: no se atrevan a admitir a los enviados soviéticos, si no, bloqueo. Tienen un instrumento simple: la soga del hambre. Así es como sofocan a los pueblos.

La historia en los últimos tiempos, en la época de la guerra y después de la guerra, se distingue por una rapidez de desarrollo extraordinaria y demuestra la tesis de que el imperialismo anglo-francés es un imperialismo tan infame como el alemán. No olviden que en América tenemos la república más libre, la más democrática, pero eso no impide en absoluto que el imperialismo actúe allí con la misma bestialidad, que allí no solo linchan a los internacionalistas, sino que la turba los arrastra a la calle, los desnuda, los embadurna con brea y les prende fuego.

Los acontecimientos desenmascaran el imperialismo con una fuerza extraordinaria y plantean la cuestión: o el poder soviético, o la completa estrangulación de la revolución por las bayonetas anglo-francesas. Ya no se trata de un acuerdo con Kerenski. Ustedes saben que a Kerenski lo echaron como a un limón exprimido. Iban juntos con Dutov y Krasnov. Ahora la pequeña burguesía ha pasado por este período. El patriotismo la empuja ahora hacia nosotros –así ha sucedido, así la ha obligado a actuar la historia. Y todos nosotros debemos tener en cuenta esta experiencia de masas de toda la historia mundial. No se puede defender a la burguesía, no se puede defender a la Constituyente, porque ella, de hecho, ha resultado estar del lado de los Dutov y los Krasnov. Parece ridículo: cómo pudo la Asamblea Constituyente convertirse en su consigna. Pero así ha sucedido, porque la Asamblea Constituyente fue convocada cuando la burguesía aún estaba arriba. La Asamblea Constituyente resultó ser un órgano de la burguesía, y la burguesía resultó estar del lado de los imperialistas, que llevan a cabo una política contra los bolcheviques. Estaba dispuesta a todo para estrangular el poder soviético por los medios más viles –traicionar a Rusia a quien fuera, con tal de destruir el poder de los Soviets.

He aquí la política que ha llevado a la guerra civil, que ha obligado a la democracia pequeño-burguesa a dar un viraje. Por supuesto, las vacilaciones en este medio son siempre inevitables. Cuando se produjeron las primeras victorias de los checoslovacos, esta intelectualidad pequeño-burguesa intentaba difundir rumores de que la victoria checoslovaca era inevitable. Se imprimían telegramas de Moscú diciendo que Moscú estaba a punto de caer, que estaba rodeada. Y sabemos perfectamente que, incluso en el caso de las más insignificantes victorias de los anglo-franceses, la intelectualidad pequeño-burguesa, ante todo, perderá la cabeza, caerá en el pánico y comenzará a difundir toda clase de rumores sobre los éxitos de nuestros adversarios. Pero la revolución ha mostrado la inevitabilidad de la insurrección contra el imperialismo. Y ahora nuestros "aliados" han resultado ser los principales enemigos de la libertad rusa y de la independencia rusa. Rusia no puede ser ni será independiente si no se consolida el poder soviético. He aquí por qué se ha producido tal viraje. En relación con él, recae ahora sobre nosotros la tarea de determinar nuestra táctica. Se equivocaría gravemente quien pensara en trasladar mecánicamente ahora las consignas de nuestra lucha revolucionaria de aquel período en que entre nosotros no podía haber ninguna conciliación, cuando la pequeña burguesía estaba contra nosotros, cuando nuestra inflexibilidad exigía de nosotros la aplicación del terror. Ahora eso no sería inflexibilidad, sino simple estupidez, una comprensión insuficiente de la táctica del marxismo. Cuando tuvimos que firmar la Paz de Brest, ese paso, desde el punto de vista del patriotismo estrecho, parecía una traición a Rusia; desde el punto de vista de la revolución mundial, fue un paso estratégico correcto que prestó la mayor ayuda a la revolución mundial. La revolución mundial se ha desencadenado precisamente ahora, cuando el poder soviético se ha convertido en una institución nacional.

Y ahora, aunque la democracia pequeño-burguesa sigue todavía vacilando, sus ilusiones están quebrantadas. Y, por supuesto, debemos tener en cuenta esta situación, como todas las demás condiciones. Si antes teníamos otro punto de vista, la pequeña burguesía estaba del lado de los checoslovacos, y la violencia era inevitable, pues la guerra es guerra y hay que actuar como en la guerra. Y ahora, cuando estas personas empiezan a volverse hacia nosotros, no debemos apartarnos de ellas solo porque nuestra consigna en los panfletos y periódicos antes era otra. Cuando vemos que ellas dan medio giro hacia nosotros, debemos escribir nuestros panfletos de nuevo, porque han cambiado las relaciones de esta democracia pequeño-burguesa con nosotros. Debemos decir: sean bienvenidos, no les tenemos miedo. Si ustedes piensan que nosotros sabemos actuar solo con la violencia, se equivocan. Podríamos llegar a un acuerdo. Y aquellos elementos que están llenos de tradiciones, de prejuicios burgueses, todos los cooperativistas, todas las partes de los trabajadores que más están ligadas a la burguesía, pueden venir a nosotros.

Tomemos a toda la intelectualidad. Vivía una vida burguesa, estaba acostumbrada a ciertas comodidades. En la medida en que oscilaba hacia el lado de los checoslovacos, nuestra consigna fue la lucha implacable: el terror. En vista de que ahora se ha producido este giro en el estado de ánimo de las masas pequeñoburguesas, nuestra consigna debe ser el acuerdo, el establecimiento de relaciones de buena vecindad. Cuando nos encontramos con una declaración de un grupo de la democracia pequeñoburguesa de que quiere ser neutral respecto al poder soviético, debemos decir: la «neutralidad» y las relaciones de buena vecindad son una vieja bazofia que no sirve para nada desde el punto de vista del comunismo. Es una vieja bazofia y nada más, pero debemos discutir esta bazofia desde el punto de vista práctico. Siempre lo hemos visto así y nunca esperamos que estos elementos pequeñoburgueses se convirtieran en comunistas. Pero debemos discutir las propuestas prácticas.

Hemos hablado de la dictadura del proletariado, de que el proletariado debe dominar sobre todas las demás clases. No podemos eliminar las diferencias entre las clases hasta la instauración completa del comunismo. Las clases permanecerán mientras no destruyamos a los explotadores: la gran burguesía y los terratenientes, a quienes expropiamos implacablemente. Pero respecto al campesinado medio y pequeño hay que hablar de otra manera. Reprimiendo implacablemente a la burguesía y a los terratenientes, debemos atraer hacia nosotros a la democracia pequeñoburguesa. Cuando dicen que quieren ser neutrales y estar con nosotros en relaciones de buena vecindad, respondemos: eso es justo lo que necesitamos. Nunca esperamos que ustedes se vuelvan comunistas.

Seguimos manteniéndonos en el terreno de la expropiación implacable de los terratenientes y capitalistas. Aquí somos implacables, y aquí no podemos emprender ningún camino de conciliación o contemporización. Pero sabemos que la producción pequeña no puede transformarse en grande mediante ningún decreto, que aquí es necesario, gradualmente, con el curso de los acontecimientos, convencer de la inevitabilidad del socialismo. Estos elementos nunca se convertirán en socialistas por convicción, en socialistas directos y auténticos. Se convertirán en socialistas cuando vean que no hay salida. Ahora ven: Europa se ha desmoronado tanto, el imperialismo ha llegado a tal situación, que ninguna democracia burguesa salvará, que solo el poder soviético puede salvar. Por eso ahora este neutralismo, estas relaciones de buena vecindad por parte de la democracia pequeñoburguesa no solo no nos asustan, sino que son deseables. Por eso, si miramos la cuestión desde el punto de vista de los representantes de la clase que ejerce la dictadura, decimos: nunca esperamos nada más de la democracia pequeñoburguesa. Con esto nos basta. Ustedes estarán con nosotros en relaciones de buena vecindad, y nosotros tendremos el poder estatal. A ustedes, señores mencheviques, después de su intervención sobre los «aliados» los legalizaremos gustosamente. Esto lo hará el Comité Central de nuestro partido. Pero no olvidaremos que en su partido quedan mencheviques-«activistas», y con respecto a ellos nuestros métodos de lucha siguen siendo los mismos, porque los «activistas» son amigos de los checoslovacos, y mientras los checoslovacos no sean expulsados de Rusia, ustedes representan a los mismos enemigos. Nos reservamos el poder estatal, solo para nosotros. Con aquellos que entran con nosotros en relaciones de neutralidad, razonamos como una clase que tiene en sus manos el poder político, dirige toda la agudeza de sus armas contra los terratenientes y capitalistas y dice a la democracia pequeñoburguesa: si ustedes desean pasarse al lado de los checoslovacos y los krasnovistas, hemos mostrado cómo luchamos, y seguiremos luchando. Si ustedes desean aprender el ejemplo de los bolcheviques, entramos en el camino del acuerdo con ustedes, sabiendo que de otro modo, sino a través de toda una serie de acuerdos que pondremos a prueba, verificaremos y confrontaremos, el país no puede pasar al socialismo.

Hemos entrado en este camino desde el principio, por ejemplo, votando la ley sobre la socialización de la tierra y transformándola gradualmente en esa medida gracias a la cual se logró unir a los pobres del campo en torno a nosotros y volverlos contra los kulaks. Solo a medida que triunfe el movimiento proletario en los campos iremos pasando sistemáticamente a la propiedad colectiva social de la tierra y al cultivo social de la tierra. Esta tarea no podía realizarse de otra manera que apoyándose en el movimiento puramente proletario en el campo, y en este aspecto queda aún mucho por hacer. No hay duda de que aquí solo la experiencia práctica, solo la realidad mostrará cómo se debe proceder.

Son distintas las tareas del acuerdo con el campesino medio, con los elementos pequeñoburgueses, con los cooperadores. Esta tarea experimentará modificaciones si la planteamos respecto a aquellos sindicatos que han conservado tradiciones y hábitos pequeñoburgueses. Esta tarea experimenta aún alguna modificación si hablamos de la intelectualidad pequeñoburguesa. Ella vacila, pero también la necesitamos para nuestra revolución socialista. Sabemos que el socialismo solo puede construirse a partir de los elementos de la cultura del gran capital, y la intelectualidad es uno de esos elementos. Si tuvimos que luchar implacablemente contra ella, no fue el comunismo lo que nos obligó a ello, sino el curso de los acontecimientos que alejó de nosotros a todos los «demócratas» y a todos los enamorados de la democracia burguesa. Ahora ha surgido la posibilidad de utilizar a esta intelectualidad para el socialismo, a esa intelectualidad que no es socialista, que nunca será comunista, pero a la que el curso objetivo de los acontecimientos y las correlaciones de fuerzas hoy la sitúa en una posición neutral, de vecindad, respecto a nosotros. Nunca nos apoyaremos en la intelectualidad, sino que nos apoyaremos únicamente en la vanguardia del proletariado, que conduce tras de sí a todos los proletarios y a todos los pobres del campo. Otra base de apoyo del partido comunista no puede existir. Pero una cosa es apoyarse en una clase que representa la dictadura, y otra cosa es dominar sobre otras clases.

Recordarán que Engels dijo incluso respecto a aquellos campesinos que emplean trabajo asalariado: quizá no sea necesario expropiarlos a todos{90}. Nosotros expropiamos por regla general, y no tenemos al kulak en los Soviets. Lo oprimimos. Lo reprimimos físicamente cuando se infiltra en el Soviet e intenta ahogar allí al campesino pobre. Ven cómo se aplica aquí el dominio de una clase. Solo el proletariado puede dominar. Pero esto se aplica de una forma al campesino pequeño, de otra al mediano, de otra al terrateniente, de otra al pequeño burgués. Toda la cuestión consiste en que este viraje, provocado por las condiciones internacionales, logremos comprenderlo, comprender la inevitabilidad de que las consignas a las que nos habíamos acostumbrado en los seis meses transcurridos de la historia de la revolución deban ser inevitablemente modificadas, en la medida en que se trata de la democracia pequeñoburguesa. Debemos decir: dejamos el poder en manos de la misma clase. Respecto a la democracia pequeñoburguesa, nuestra consigna era el acuerdo, pero nos obligaron a aplicar el terror. Si ustedes realmente están de acuerdo en vivir en relaciones de buena vecindad con nosotros, entonces tengan la bondad de cumplir tales o cuales tareas, señores cooperativistas e intelectuales. Y si no las cumplen, serán infractores de la ley, nuestros enemigos, y lucharemos contra ustedes. Pero si parten de la base de las relaciones de buena vecindad y cumplen esas tareas, eso nos basta de sobra. Nuestro apoyo es sólido. Nunca dudamos de su flacidez. Pero que los necesitamos, no lo negamos, porque ustedes eran el único elemento culto. Si tuviéramos que construir el socialismo no a partir de los elementos que nos ha legado el capitalismo, la tarea sería fácil. Pero la dificultad de la construcción socialista radica precisamente en que tenemos que construir el socialismo a partir de elementos profundamente corrompidos por el capitalismo. Ahí radica la dificultad de la transición, en que está ligada a la dictadura, que solo puede ser dirigida por una clase: el proletariado. De ello se deduce que nos decimos a nosotros mismos que la línea será determinada por el proletariado, que ha sido adiestrado y convertido en una fuerza de combate capaz de quebrantar a la burguesía. Entre la burguesía y el proletariado se encuentra una masa de grados intermedios, y respecto a ellos, nuestra política debe ahora encarrilarse por las vías que hemos previsto teóricamente, y ahora podemos realizarla. Nos espera toda una serie de tareas, toda una serie de acuerdos, de encargos técnicos que nosotros, el poder proletario dominante, debemos saber dar. Debemos saber dar al campesino medio una tarea: ayudar en el intercambio de mercancías, en el desenmascaramiento del kulak. A los cooperativistas, otra: poseen un aparato para la distribución de productos en masa; debemos tomar ese aparato para nosotros. A la intelectualidad debemos darle una tarea completamente diferente; no puede continuar el sabotaje y está dispuesta de tal modo que ahora adopta una posición respecto a nosotros de la más cordial vecindad, y debemos tomar a esa intelectualidad, plantearle tareas concretas, vigilar y verificar su cumplimiento, tratarlos como Marx decía respecto a los empleados de la Comuna de París: «cualquier patrono particular sabe elegir ayudantes y contadores adecuados y, cuando se equivocan, sabe corregir sus errores, y si no sirven, reemplazarlos por otros nuevos y buenos»{91}. Construimos el poder a partir de los elementos que nos ha legado el capitalismo. No podemos construir el poder si no se utiliza esa herencia de la cultura capitalista que es la intelectualidad. Ahora podemos tratar a la pequeña burguesía como a un buen vecino que se encuentra bajo el estricto control del poder estatal. La tarea del proletariado consciente es comprender aquí que el dominio no significa que él mismo vaya a realizar todas esas tareas. Quien piense así no tiene la menor idea de la construcción socialista, no ha aprendido nada en el año de revolución y dictadura. Tales señores harían mejor en ir a la escuela y aprender algo allí, y quien haya aprendido algo en el tiempo transcurrido se dirá a sí mismo: a esta intelectualidad es a la que voy a utilizar ahora para la construcción. Para ello tengo un apoyo suficiente en el campesinado. Y debemos recordar que solo en el curso de esta lucha, en una serie de acuerdos y experiencias de acuerdos del proletariado con la democracia pequeñoburguesa, se irá forjando esa construcción que conducirá al socialismo.

Recordemos lo que Engels decía: debemos actuar con el ejemplo{92}. Ninguna forma será definitiva hasta que se alcance el comunismo pleno. No pretendíamos conocer el camino exacto. Pero vamos hacia el comunismo inevitable, ineludiblemente. En la actualidad, cada semana da más que decenas de años de paz. Los seis meses vividos desde la Paz de Brest fueron una época de vacilaciones contra nosotros. La revolución de Europa Occidental –un ejemplo que comienza a repetirnos– debe fortalecernos. Debemos tener en cuenta los cambios producidos, considerar todos los elementos, sin hacernos ilusiones, sabiendo que los vacilantes seguirán vacilando hasta que triunfe plenamente la revolución socialista mundial. Quizá esto no sea tan pronto, aunque el curso de los acontecimientos de la revolución alemana da esperanzas de que será más rápido de lo que muchos suponen. La revolución alemana se desarrolla como se desarrolló la nuestra, pero a un ritmo más acelerado. En todo caso, la tarea que tenemos ante nosotros es la lucha desesperada contra el imperialismo angloamericano. Él ha sentido que el bolchevismo se ha convertido en una fuerza mundial, y por eso precisamente trata de estrangularnos con la máxima rapidez, deseando primero ajustar cuentas con los bolcheviques rusos y luego con los suyos propios.

Debemos utilizar a aquellos elementos vacilantes que las atrocidades de los imperialistas empujan hacia nosotros. Y lo haremos. Ustedes saben perfectamente que en la guerra no se puede despreciar ninguna ayuda, ni siquiera indirecta. En la guerra, incluso la situación de las clases vacilantes tiene una importancia enorme. Cuanto más aguda es la guerra, más debemos adquirir influencia sobre los elementos vacilantes que vienen a nosotros. De ahí se deduce que la táctica que seguimos durante seis meses debe ser modificada conforme a las nuevas tareas con respecto a los distintos estratos de la democracia pequeñoburguesa.

Si he logrado llamar la atención de los trabajadores del partido sobre esta tarea e incitarlos a llegar, mediante la experiencia sistemática, a su solución correcta, puedo considerar cumplida mi tarea.

«Pravda» n.º 264 y 265; 5 y 6 de diciembre de 1918.

Se publica según el texto del diario «Pravda», cotejado con la transcripción taquigráfica.

2. Palabras de cierre al informe sobre la actitud del proletariado ante la democracia pequeñoburguesa

Camaradas, tendré que hacer algunas observaciones finales. Ante todo, quisiera responder respecto a la cuestión aquí planteada sobre el dogma. Marx y Engels dijeron muchas veces que nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción{93}, y creo que debemos tener esto ante todo y sobre todo presente.

La doctrina de Marx y Engels no es un dogma que aprendemos de memoria. Debe ser asumida como guía para la acción. Esto lo hemos dicho siempre, y creo que hemos actuado convenientemente, sin caer jamás en el oportunismo, sino modificando la táctica. Pero esto no es en modo alguno una renuncia a la doctrina ni puede llamarse oportunismo de ninguna manera. Lo he dicho y lo repito una y otra vez: esta doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción.

Pasando ahora a la observación del camarada Steklov: ¿con quién estaremos de acuerdo, con los estados mayores o con las masas? Responderé: en primer lugar, por supuesto, con las masas, y luego con los estados mayores; y cuando haya que luchar contra los estados mayores, todo depende de los casos particulares. Ya llegaré a eso, pero por ahora no veo prácticamente ninguna posibilidad de acuerdo con el partido menchevique y el partido socialrevolucionario. Nos dicen: ponerse de acuerdo significa ceder en algo. ¿En qué cederéis y cómo os apartaréis de la línea fundamental? Eso sería una apostasía, y si es solo en la práctica, entonces no es nada nuevo. Por supuesto, nunca cederemos en nuestros principios. Ahora no tiene sentido hablar de eso. Hace quince años las discusiones versaban sobre la línea fundamental y los principios; estas discusiones las tuve que llevar, por desgracia, principalmente en el extranjero, y no en Rusia. Ahora se trata del poder estatal, y de cederlo en lo más mínimo – ni siquiera puede hablarse de eso. No en vano Wilson declaró: ahora nuestro enemigo es el bolchevismo mundial. Esto lo declaran los burgueses de todo el mundo. Si se lanzan a una campaña contra nosotros, significa que han reconocido que el poder bolchevique no es solo un fenómeno ruso, sino mundial. Sería ridículo y lastimoso un bolchevique que propusiera a la burguesía algún tipo de acuerdo. Además, cuando el incendio revolucionario se ha extendido a toda una serie de países, ningún gobierno capitalista burgués aceptará eso ni puede aceptarlo.

La burguesía suiza, cuando llegó a los últimos acontecimientos, dijo directamente: nosotros no somos rusos, no os entregaremos el poder. El capitán Sadoul, que se ha unido al bolchevismo, escribe que se sorprende al observar la asombrosa sumisión de la burguesía rusa y declara que su burguesía francesa no actuará así. Allí veremos una animosidad mucho mayor, y la guerra civil, si se desarrolla, adoptará las formas más despiadadas, y desde ese lado es imposible plantear ninguna cuestión.

La cuestión está completamente resuelta en la práctica por un año de dictadura del proletariado, y a ningún campesino, a ningún obrero, se le puede ocurrir llegar a un acuerdo con la burguesía. Y en que el acuerdo no es algo nuevo, estoy completamente de acuerdo. Solo quería que deliberáramos juntos sobre tales cuestiones.

Las circunstancias que especialmente alejaron de nosotros a los mencheviques, a los socialrevolucionarios y a la pequeña intelectualidad – la lucha implacable por la paz de Brest durante la ofensiva del imperialismo alemán – esas circunstancias han pasado. Pero que los éxitos, aunque sean temporales, de los anglo-franceses provocarán nuevas vacilaciones en esa intelectualidad y en la pequeña democracia, que comenzará a sembrar el pánico y a pasarse al otro bando, lo sabemos perfectamente. Nosotros acordamos con ellos para alcanzar determinados resultados y para una determinada labor práctica. Esta táctica no puede suscitar discusiones ni sorpresas. Pero que no fue comprendida, lo demostraron muchos, e incluso un miembro tan influyente del Soviet de Moscú como el camarada Máximov. El camarada Máximov decía que con Jinchuk no hay que ponerse de acuerdo, sino negociar razonablemente. Cuando en primavera publicamos el primer decreto sobre las cooperativas y ellos nos plantearon exigencias ultimativas, cedimos ante ellos. A esto lo llamamos acuerdo; no se puede llamar de otra manera a esta política. Y si cada trabajador soviético toma como norma decirse a sí mismo y repetir a todos los camaradas: con la democracia pequeñoburguesa negocia razonablemente, me daré por satisfecho.

Hasta ahora en nuestro trabajo, especialmente en el trabajo local, estamos todavía muy lejos de saber negociar razonablemente. Por el contrario, a menudo no negociamos razonablemente. Nos acusan de esto sin comprender que la nueva construcción es imposible sin ello. No hay ningún genio que pueda construir una vida nueva sin haber aprendido en la construcción. Cuando es necesario negociar razonablemente con los hombres prácticos, no sabemos hacerlo. Para montar una tienda, hay que saber cómo montarla. Se necesitan personas que conozcan su oficio. Nosotros, los bolcheviques, hemos tenido muy rara vez que aplicar nuestros conocimientos en este trabajo práctico. Escaseamos muy rara vez de agitadores, pero la carencia más clamorosa es la falta de dirigentes prácticos, de organizadores. Y esto continúa hasta ahora, a pesar del año de experiencia que tenemos a nuestras espaldas. Con toda persona que sea suficientemente experta en este campo, que plantee la consigna de neutralidad y de relaciones de buena vecindad, con cada una de esas personas negocia razonablemente. Si sabe montar una tienda, distribuir mercancías, si puede enseñar aunque sea algo, si es una persona práctica, eso es una gran adquisición.

Todo el mundo sabe que entre los "amigos" del bolchevismo, desde que vencimos, hay muchos enemigos. A menudo se nos pegan elementos completamente poco fiables, fraudulentos, que vacilan políticamente, venden, traicionan y se pasan al enemigo. Y lo sabemos bien, y eso no nos cambia. Es históricamente inevitable. Cuando los mencheviques nos reprochan que entre los empleados soviéticos hay una masa de advenedizos, de elementos deshonestos, incluso en el sentido cívico general, les decimos: ¿de dónde vamos a sacar mejores?, ¿cómo hacer para que los mejores hombres crean en nosotros de inmediato? Una revolución que pudiera vencer y convencer inmediatamente, hacer creer en sí misma de golpe, esa revolución no existe. Comienza en un país, y en otros países no le creen. Nuestra revolución es considerada una pesadilla, un caos, y de nuestras asambleas "caóticas" organizadas, que llamamos Soviets, no se espera nada en otros países. Y esto es completamente natural. Tuvimos que conquistar muchas cosas. Y he aquí que cuando dicen: hay que negociar razonablemente con Jinchuk – él sabe montar una tienda, yo digo: negocia también con otros, toma a los pequeños burgueses que saben hacer muchas cosas.

Si grabamos esta consigna: "negocia", la grabamos en las cabezas en las localidades, si comprendemos que una nueva clase está despertando al poder, que personas que nunca se habían ocupado de una tarea tan compleja están tomando las riendas de la administración y, naturalmente, cometen errores, no nos turbaremos. Sabemos que sin errores no se puede gobernar. Pero además de errores, observamos un uso inepto del poder, solo como poder, cuando la gente dice: yo recibí el poder, yo ordené, y tú debes obedecer. Nosotros decimos: con respecto a toda una serie de elementos de la democracia pequeñoburguesa, de los sindicatos, del campesinado y de las cooperativas, no apliques esta consigna; ahora deja de ser necesaria. Por lo tanto, negociar más razonablemente con la democracia pequeñoburguesa, especialmente con la intelectualidad, es nuestra tarea. Por supuesto, negociaremos sobre nuestra plataforma, negociaremos como poder.

Decimos: ¿es verdad que habéis pasado de la hostilidad a una posición de neutralidad y de relaciones de buena vecindad? ¿Es verdad que habéis dejado de ser hostiles? De lo contrario, no cerraremos los ojos, hablaremos abiertamente: guerra, pues guerra, y hemos actuado como en guerra. Pero si habéis pasado de la hostilidad a la neutralidad, si habláis de relaciones de buena vecindad – estas palabras las he tomado de declaraciones de personas que no pertenecen al campo de los comunistas, que ayer estaban aún mucho más cerca del campo de los guardias blancos –, digo: si hay personas que pasan en una escala tan amplia de la hostilidad de ayer a la neutralidad de hoy y a las relaciones de buena vecindad, debemos continuar nuestra propaganda.

El camarada Jmelnitski teme en vano que los mencheviques lleven a cabo su propaganda para dirigir la vida de la clase obrera. No hablamos de los socialdemócratas que no han comprendido la república socialista, no hablamos de ellos ni de la burocracia pequeñoburguesa; aquí hay una lucha ideológica con los mencheviques, una guerra irreconciliable. Decirle a un menchevique que es un demócrata pequeñoburgués es para él el peor insulto, y cuanto más tranquilamente le demostréis esto al menchevique, mayor será su furia. Pensar que de nuestra propia posición alcanzada cederemos aunque sea una centésima o una milésima parte, es un error. No cederemos ni la más mínima parte.

Los ejemplos que citaba el camarada Schmidt demostraban que incluso un grupo del proletariado más cercano a la burguesía (como, por ejemplo, los tipógrafos), los empleados pequeñoburgueses, los empleados bancarios burgueses que realizaban operaciones en establecimientos comerciales e industriales, pierden mucho con el paso al socialismo. Nosotros cerramos una multitud de periódicos burgueses, nacionalizamos los bancos, cerramos toda una serie de caminos por los cuales los empleados de banca se enriquecían participando en la especulación, pero también en este campo vemos vacilación, vemos que pasan a nuestro lado. Si Jinchuk es valioso porque sabe montar tiendas, el empleado de banca lo es porque conoce la técnica del negocio del dinero, con la que muchos de nosotros, aunque familiarizados teóricamente, mostramos una gran debilidad en la práctica. Y yo hablo con un hombre que conoce esa técnica y que me dice que ha pasado de la hostilidad de ayer a la neutralidad y la buena vecindad. Nosotros decimos: con cualquier hombre se puede llegar a un acuerdo razonable. Y en los Soviets, si el camarada Maximov lleva a cabo esta táctica de la que habló, como miembro destacado del presidium del Soviet de Moscú, respecto a la intelectualidad y la pequeña burguesía vacilante, quedaré plena y sobradamente satisfecho.

Pasemos a la cuestión de las cooperativas. El camarada Stéklov se expresó así: de las cooperativas apesta mal. El camarada Maximov dijo sobre las cooperativas: no hay que escribir decretos como el último decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo. En el terreno práctico no hubo unanimidad entre nosotros. Para nosotros no es nuevo que con la pequeña burguesía, si no es hostil hacia nosotros, hay que acordar ese tono. Si la vieja situación resulta mala, hay que cambiarla cuando las circunstancias modificadas así lo exigen. Que en este aspecto las cosas han cambiado lo vemos claramente. Aquí las cooperativas sirven de ejemplo evidente. El aparato cooperativo es un aparato de abastecimiento pensado no para la iniciativa privada de los capitalistas, sino para la participación masiva de los propios trabajadores, y Kautsky, mucho antes de pasarse a los renegados, tenía razón al decir que la sociedad socialista es una gran cooperativa.

Si aspiramos a establecer el control y organizar prácticamente la economía para centenares de miles de personas, no debemos olvidar que cuando los socialistas discuten esta cuestión, señalan que les pueden ser útiles los dirigentes de los trusts como prácticos experimentados. Ahora la experiencia muestra que los elementos pequeñoburgueses han pasado de la hostilidad a la neutralidad. Y al mismo tiempo hay que comprender que ellos saben organizar tiendas. No lo negamos: Jinchuk como ideólogo está totalmente imbuido de prejuicios burgueses, todos ellos apestan a eso, pero al mismo tiempo tienen conocimientos prácticos. En el plano de las ideas, todos los cañones están de nuestro lado, y ellos no tienen ninguno. Pero cuando dicen que no son hostiles y pasan a la neutralidad, debemos tener en cuenta que ahora centenares y miles de personas menos capaces que Jinchuk también llegan a acuerdos razonables. Yo digo: hay que saber entenderse con ellos. En el terreno de la construcción práctica saben más, lo hacen mejor, y tenemos que aprender de ellos. Que ellos aprendan de nosotros la influencia sobre el proletariado internacional, y nosotros aprenderemos de ellos a construir tiendas. Esto no lo sabemos hacer. Aquí, en cada ámbito, se necesitan técnicos con conocimientos especializados.

Y respecto a las cooperativas, no entiendo por qué apesta mal. Cuando redactamos el primer decreto sobre las cooperativas, invitamos a discutir al Consejo de Comisarios del Pueblo a personas no solo no comunistas, sino mucho más cercanas a los guardias blancos; deliberamos con ellas, les preguntamos: ¿pueden aceptar esto? Ellos decían: esto sí, y esto no podemos. Claro, eso era un compromiso con la burguesía desde un punto de vista externo o poco reflexivo. Fueron invitados representantes de la cooperación burguesa y, siguiendo sus indicaciones, se eliminaron varios artículos del decreto. Por ejemplo, se eliminó el artículo sobre el uso gratuito y la entrada en la cooperativa proletaria. A nosotros nos parecía totalmente aceptable, pero ellos rechazaron nuestra propuesta.

Nosotros decimos que debemos ir por el camino del acuerdo con personas que saben mucho mejor que nosotros arreglar tiendas. En esto no estamos informados, pero no cedemos ni un ápice en nuestra lucha. Cuando publicamos el siguiente decreto similar, el camarada Maximov dijo: no hay que escribir decretos así, porque allí se dice: reabrir las cooperativas cerradas. Esto muestra que entre los trabajadores del Soviet de Moscú, como entre nosotros, hay ciertos malentendidos, e incluso para eliminar esos malentendidos hay que organizar reuniones y charlas como la de hoy. Señalábamos que, en aras de los intereses de la causa, estábamos dispuestos a utilizar no solo los sindicatos en general, sino también el sindicato de empleados de comercio e industria, y los empleados de comercio e industria siempre fueron un pilar del régimen burgués. Pero ya que estas personas acuden a nosotros y dicen: aceptamos vivir en relaciones de buena vecindad, recíbanlas cordialmente, hay que tomar la mano extendida, la mano no se va a caer por eso. No olvidaremos que si mañana golpean los imperialistas anglo-franceses, ellos se volverán y serán los primeros en huir. Pero cuando este partido, estos elementos burgueses no huyen, repetimos: aquí es necesario un acercamiento con ellos. Por eso aprobamos el decreto publicado el domingo y que no le gusta al camarada Maximov; con ello demuestra la aplicación de la vieja táctica comunista, inaplicable a las nuevas circunstancias. Si lo escribimos ayer y recibimos como respuesta la resolución del Comité Central de empleados{94}, quedaríamos en ridículo si dijéramos: llegaste fuera de tiempo, ¿por qué escribes cuando ha comenzado el giro, cuando la situación cambia?

Los capitalistas armados continúan la guerra cada vez más y más obstinadamente, y para nosotros es terriblemente importante utilizar este giro, aunque sea temporal, en la construcción práctica. Todo el poder está en nuestras manos. Podemos no cerrar las cooperativas, sino reabrir las cerradas, porque las cerramos cuando servían a la agitación de los guardias blancos. Pero toda consigna adquiere la capacidad de endurecerse más de lo necesario. Cuando por Rusia hubo una ola de cierre de cooperativas y su persecución, eso era exigido por las condiciones del momento. Y ahora no se exige. Es un aparato muy importante, vinculado al campesinado medio, un aparato que une las capas dispersas y atomizadas del campesinado. Esos Jinchuk realizan un trabajo útil, fundado por elementos burgueses. Cuando estos campesinos y demócratas pequeñoburgueses dicen que pasan de la hostilidad a la neutralidad, a una relación de buena vecindad, debemos decir: eso es justo lo que necesitamos. Y vamos, buenos vecinos, a acordar razonablemente con ustedes. Los apoyamos de todas las maneras, hacemos valer sus derechos; examinaremos sus reclamaciones, les otorgaremos cualquier tipo de privilegios, pero cumplan nuestras tareas. Si no lo hacen, sepan que todo el aparato de la Comisión Extraordinaria permanece en nuestras manos. Si no saben usar sus derechos y no cumplen nuestras tareas, todo el aparato del Control Estatal permanecerá en nuestras manos, y los consideraremos como infractores de la voluntad estatal. Deben darnos cuentas hasta el último kopeck, y la violación de esto será castigada como una violación de la voluntad estatal y las leyes estatales.

Todo ese control permanece en nuestras manos, pero atraer ahora a esas personas hacia nosotros, aunque sea temporalmente, es una tarea que, desde el punto de vista de la política mundial, no es gigantesca, pero para nosotros es sustancialmente necesaria. Esta fortalecerá nuestra posición en la guerra. No tenemos una retaguardia decente. Esto nos dará una victoria moral, porque mostrará al imperialismo de Europa Occidental que encontrará en nosotros una resistencia bastante seria, y no se puede menospreciar esto, pues en cada país existe su propia oposición interna obrera y proletaria contra la invasión de Rusia. He aquí por qué pienso, en la medida en que se puede juzgar por la declaración del camarada Maksimov, que estamos tanteando un determinado acuerdo. Si se manifiestan desacuerdos, no son tan sustanciales, pues, una vez que se reconoce la necesidad de negociar razonablemente con toda la democracia pequeñoburguesa, la intelectualidad, los cooperativistas, los sindicatos que aún no nos reconocen, sin soltar el poder de las manos, si llevamos a cabo firmemente esta política durante todo el invierno, habremos ganado una gran ventaja para toda la causa de la revolución internacional.

Publicado por primera vez en 1929 en las 2ª y 3ª ediciones de las Obras de V. I. Lenin, tomo XXIII

Se imprime según la transcripción taquigráfica.