«Pravda» ha publicado hoy una carta extraordinariamente interesante de Pitirim Sorokin, a la que todos los comunistas deben prestar especial atención. En esta carta, publicada en «Izvestia del Comité Ejecutivo del Norte de Dvina»{76}, Pitirim Sorokin declara su salida del Partido Social-Revolucionario de derecha y la renuncia a su cargo de miembro de la Asamblea Constituyente. Los motivos del autor se reducen a que le resulta difícil indicar recetas políticas salvadoras no solo a los demás, sino incluso a sí mismo, y por ello «renuncia a toda política». «El año transcurrido de la revolución – escribe Pitirim Sorokin – me ha enseñado una verdad: los políticos pueden equivocarse, la política puede ser socialmente útil, pero también puede ser socialmente dañina, mientras que el trabajo en el campo de la ciencia y la instrucción pública es siempre útil, siempre necesario para el pueblo...» La carta está firmada: «Privatdozent de la Universidad de Petrogrado y del Instituto Psiconeurológico, ex miembro de la Asamblea Constituyente y ex miembro del Partido Social-Revolucionario, Pitirim Sorokin».

Esta carta merece atención, ante todo, como un «documento humano» sumamente interesante. No es muy frecuente encontrar la sinceridad y franqueza con que P. Sorokin reconoce el error de su política. En la mayoría de los casos, los políticos que se convencen de la incorrección de la línea que han adoptado intentan encubrir su viraje, disimularlo, «inventar» motivos más o menos ajenos, etc. El reconocimiento abierto y honesto del propio error político es ya de por sí un acto político de gran envergadura. Pitirim Sorokin se equivoca cuando escribe que el trabajo en el campo de la ciencia «es siempre útil». Pues también en este campo se producen errores; ejemplos de la obstinada predicación de puntos de vista reaccionarios, por ejemplo filosóficos, por parte de personas notoriamente no reaccionarias, los hay también en la literatura rusa. Por otra parte, la declaración abierta de una persona prominente, es decir, que ocupaba un cargo político conocido por todo el pueblo y responsable, sobre su renuncia a la política, es también política. El honesto reconocimiento de un error político reporta un gran beneficio político a muchas personas, si se trata de un error que compartían partidos enteros que en su momento tuvieron influencia sobre las masas.

La significación política de la carta de Pitirim Sorokin en el momento actual es enormemente grande. Nos da a todos una «lección» que debemos meditar y asimilar bien.

Todo marxista conoce desde hace tiempo la verdad de que las fuerzas decisivas en toda sociedad capitalista solo pueden ser el proletariado y la burguesía, mientras que todos los elementos sociales que se sitúan entre estas clases y que encajan en la rúbrica económica de pequeña burguesía vacilan inevitablemente entre estas fuerzas decisivas. Pero desde el reconocimiento libresco de esta verdad hasta la capacidad de extraer las conclusiones que de ella se derivan en la compleja situación de la realidad práctica, hay una distancia enorme.

Pitirim Sorokin es un representante de una corriente social y política extraordinariamente amplia: la menchevique-eserista. Que se trata de una sola corriente, que la diferencia entre mencheviques y eseristas, desde el punto de vista de su actitud ante la lucha entre la burguesía y el proletariado, no es sustancial, lo han demostrado de manera especialmente convincente y especialmente palpable los acontecimientos de la revolución rusa desde febrero de 1917. Mencheviques y eseristas son variantes de la democracia pequeño burguesa: tal es la esencia económica y la característica política fundamental de esta corriente. La historia de los países avanzados muestra con qué frecuencia esta corriente, en su juventud, se tiñe de color «socialista».

Cabe preguntarse: ¿qué es lo que alejó tan fuertemente a los representantes de esta corriente de los bolcheviques, de la revolución proletaria, hace algunos meses, y qué provoca ahora en ellos un viraje de la hostilidad a la neutralidad? Es completamente evidente que la causa del viraje ha sido, en primer lugar, el derrumbe del imperialismo alemán, ligado a la revolución en Alemania y otros países, así como el desenmascaramiento del imperialismo anglo-francés; en segundo lugar, el desenmascaramiento de las ilusiones democrático burguesas.

Detengámonos en la primera causa. El patriotismo es uno de los sentimientos más profundos, consolidados durante siglos y milenios de patrias separadas. Entre las dificultades especialmente grandes, por así decirlo excepcionales, de nuestra revolución proletaria se contaba la circunstancia de que tuvo que atravesar un período de la más aguda divergencia con el patriotismo, el período de la Paz de Brest. La amargura, el encono, la indignación rabiosa provocados por esta paz son comprensibles, y se sobreentiende que nosotros, los marxistas, solo podíamos esperar de la vanguardia consciente del proletariado la comprensión de la verdad de que sacrificamos y debemos sacrificar los más grandes intereses nacionales en aras del interés superior de la revolución proletaria mundial. Los ideólogos no pertenecientes al marxismo y las amplias masas de trabajadores no pertenecientes al proletariado, curtido por la larga escuela de las huelgas y la revolución, no tenían de dónde sacar ni la firme convicción en la maduración de esta revolución ni una entrega incondicional a ella. En el mejor de los casos, nuestra táctica les parecía una fantasmagoría, un fanatismo, una aventura, el sacrificio de los intereses reales más evidentes de centenares de millones de personas en aras de una esperanza abstracta, utópica o dudosa de lo que ocurrirá en otros países. Y la pequeña burguesía, por su situación económica, es más patriótica tanto en comparación con la burguesía como en comparación con el proletariado.

Y sucedió como decíamos.

El imperialismo alemán, que parecía el único enemigo, se derrumbó. La revolución alemana, que parecía una «ensoñación farsa» (por emplear la conocida expresión de Plejánov), se convirtió en un hecho. El imperialismo anglo-francés, que la fantasía de los demócratas pequeño burgueses pintaba como un amigo de la democracia, defensor de los oprimidos, resultó en la práctica una fiera que impuso a la república alemana y a los pueblos de Austria condiciones peores que las de Brest; una fiera que utiliza las tropas de los «libres» republicanos, franceses y americanos, para hacer el papel de gendarmes y verdugos, sofocadores de la independencia y la libertad de las naciones pequeñas y débiles. La historia universal, con despiadada meticulosidad y franqueza, ha desenmascarado a este imperialismo. A los patriotas rusos, que no querían saber nada más que las ventajas inmediatas (y entendidas a la vieja usanza) de su patria, los hechos de la historia universal han demostrado que la transformación de nuestra revolución rusa en socialista no fue una aventura, sino una necesidad, pues no hubo otra alternativa: el imperialismo anglo-francés y americano ahogaría inevitablemente la independencia y la libertad de Rusia si no triunfa la revolución socialista mundial, el bolchevismo mundial.

Los hechos son tozudos, dice un proverbio inglés. Y nosotros hemos tenido que vivir en los últimos meses hechos que significan el mayor viraje de toda la historia universal. Estos hechos obligan a los demócratas pequeño burgueses de Rusia, a pesar de su odio al bolchevismo, educado por la historia de nuestra lucha intrapartido, a pasar de la hostilidad al bolchevismo primero a la neutralidad, luego a su apoyo. Han pasado las condiciones objetivas que alejaron tan resueltamente de nosotros a tales patriotas demócratas. Han sobrevenido condiciones mundiales objetivas que los obligan a volverse hacia nosotros. El viraje de Pitirim Sorokin no es en absoluto casual, sino la manifestación de un viraje inevitable de toda una clase, de toda la democracia pequeño burguesa. No es marxista, es un mal socialista quien no sepa apreciar y utilizar esto.

Además. La fe en la acción universal, salvadora de todo, de la «democracia» en general, la incomprensión de que esta es una democracia burguesa, históricamente limitada en su utilidad, en su necesidad; semejante fe y semejante incomprensión se han mantenido en todos los países durante siglos y decenios, especialmente con firmeza entre la pequeña burguesía. El gran burgués ha pasado por el fuego, el agua y los tubos de cobre; sabe que la república democrática, como cualquier otra forma de Estado bajo el capitalismo, no es más que una máquina para oprimir al proletariado. El gran burgués lo sabe por su conocimiento íntimo de los verdaderos dirigentes y de los resortes más profundos (a menudo, precisamente por ello, más ocultos) de toda máquina estatal burguesa. El pequeño burgués, por su situación económica, por todas las condiciones de su vida, es menos capaz de asimilar esta verdad; incluso mantiene ilusiones acerca de que la república democrática significa «democracia pura», «Estado popular libre», poder popular ajeno a las clases o por encima de ellas, pura manifestación de la voluntad de todo el pueblo, etc., etc. La firmeza de estos prejuicios del demócrata pequeño burgués se debe inevitablemente a que está más alejado de la lucha de clases aguda, de la bolsa, de la política «real», y sería completamente antimarxista esperar que solo con propaganda y en poco tiempo se pudieran erradicar estos prejuicios.

Pero la historia universal se precipita ahora a una velocidad tan rabiosa y destruye todo lo habitual, todo lo viejo, con el martillo de una potencia tan inmensa, con crisis de una fuerza tan inaudita, que los prejuicios más firmes no resisten. Surgió natural e inevitablemente en el «demócrata en general» una fe ingenua en la Constituyente, una contraposición ingenua de la «democracia pura» a la «dictadura del proletariado». Pero lo que vivieron los «constituyentistas» en Arcángel y en Samara, en Siberia y en el Sur, no podía por menos de destruir los prejuicios más firmes. La idealizada república democrática de Wilson resultó en la práctica la forma del imperialismo más rabioso, de la opresión y el ahogamiento más desvergonzados de los pueblos débiles y pequeños. El «demócrata» medio en general, el menchevique y el eserista, pensaba: «¡Qué va! Un supuesto tipo superior de Estado, un tal Poder Soviético! ¡Dios nos dé una simple república democrática!». Y, por supuesto, en tiempos «normales», relativamente pacíficos, esa «esperanza» habría bastado para largos decenios.

Y ahora, el curso de los acontecimientos mundiales y las lecciones durísimas de la alianza de todos los monárquicos de Rusia con el imperialismo anglo-francés y americano muestran en la práctica que la república democrática es una república democrático burguesa, que ya ha quedado anticuada desde el punto de vista de los problemas que el imperialismo ha puesto en el orden del día de la historia; que no hay otra alternativa: o el Poder Soviético triunfa en todos los países avanzados del mundo, o el imperialismo anglo-americano más reaccionario, más rabioso, que ahoga a todos los pueblos pequeños y débiles, que restaura la reacción en todo el mundo, magníficamente avezado a utilizar la forma de la república democrática.

O lo uno o lo otro.

No hay término medio. Hace muy poco, semejante punto de vista se consideraba ceguera de fanatismo de los bolcheviques.

Y ha resultado ser exactamente así.

Si Pitirim Sorokin ha renunciado a su cargo de miembro de la Asamblea Constituyente, esto no es casualidad, sino un síntoma del viraje de toda una clase, de toda la democracia pequeño burguesa. La escisión dentro de ella es inevitable: una parte pasará a nuestro lado, otra parte permanecerá neutral, una tercera parte se unirá conscientemente a los monárquicos kadetes, que venden Rusia al capital anglo-americano, que aspiran a ahogar la revolución con bayonetas extranjeras. Saber apreciar y utilizar este viraje de la democracia menchevique y eserista de la hostilidad al bolchevismo, primero a la neutralidad, luego a su apoyo, es una de las tareas más apremiantes del momento actual.

Todo lema lanzado por el partido a las masas tiene la propiedad de congelarse, de hacerse muerto, de conservar su fuerza para muchos incluso cuando han cambiado las condiciones que crearon la necesidad de ese lema. Este mal es inevitable, y quien no aprenda a luchar contra él y a vencerlo no podrá asegurar una política correcta del partido. El período de nuestra revolución proletaria en que esta divergió tan agudamente de la democracia menchevique y eserista fue históricamente necesario; no se podía prescindir de una lucha aguda contra tales demócratas cuando estos vacilaron hacia el campo de nuestros enemigos y se dedicaron a restaurar la república democrática burguesa e imperialista. Los lemas de esa lucha se han congelado y osificado ahora con frecuencia, impidiendo apreciar correctamente y utilizar convenientemente el nuevo momento, cuando ha comenzado un nuevo viraje entre esa democracia, un viraje hacia nosotros, un viraje no casual, sino arraigado en las condiciones más profundas de toda la situación internacional.

No basta con apoyar este viraje, con recibir amistosamente a los que se vuelven hacia nosotros. El político que es consciente de sus tareas debe aprender a provocar este viraje en capas y grupos determinados de la amplia masa democrática pequeño burguesa, si se convence de que existen causas históricas serias y profundas para tal viraje. El proletario revolucionario debe saber a quién hay que reprimir, con quién hay que saber –cuándo y cómo– llegar a un acuerdo. Sería ridículo y absurdo renunciar al terror y a la represión respecto a los terratenientes y capitalistas con sus lacayos, que venden Rusia a los imperialistas extranjeros «aliados». Sería una comedia intentar «convencerlos» o «influir psicológicamente» en ellos. Pero igualmente, si no más, absurdo y ridículo sería insistir en una sola táctica de represión y terror respecto a la democracia pequeño burguesa, cuando el curso de los acontecimientos la obliga a volverse hacia nosotros.

Y con esa democracia el proletariado se encuentra por todas partes. En el campo nuestra tarea es destruir al terrateniente, quebrantar la resistencia del explotador y del kulak especulador; para ello solo podemos apoyarnos firmemente en los semiproletarios, en los «campesinos pobres». Pero el campesino medio no es nuestro enemigo. Ha vacilado, vacila y vacilará: la tarea de influir sobre los vacilantes no es idéntica a la tarea de derribar al explotador y vencer al enemigo activo. Saber llegar a un acuerdo con el campesino medio –sin abandonar ni un minuto la lucha contra el kulak y apoyándose firmemente solo en los campesinos pobres– es la tarea del momento, pues precisamente ahora el viraje del campesinado medio hacia nosotros es inevitable debido a las causas expuestas.

Lo mismo se refiere al artesano, al menestral, al obrero colocado en las condiciones más pequeño burguesas o que conserva las ideas más pequeño burguesas, y a muchos empleados, y a los oficiales, y –en particular– a la intelectualidad en general. No hay duda de que en nuestro partido se nota a menudo la incapacidad de utilizar el viraje entre ellos, y que esta incapacidad puede y debe ser superada, transformada en capacidad.

Tenemos ya un apoyo firme en la inmensa mayoría de los proletarios organizados sindicalmente. Hay que saber atraer hacia nosotros, incluir en la organización común, someter a la disciplina general proletaria a las capas menos proletarias, más pequeño burguesas de trabajadores, que se vuelven hacia nosotros. El lema del momento aquí no es la lucha contra ellos, sino su atracción, la capacidad de organizar la influencia sobre ellos, la persuasión de los vacilantes, la utilización de los neutrales, la educación –mediante la atmósfera de la influencia proletaria de masas– de aquellos que se han quedado atrás o que solo muy recientemente han comenzado a desprenderse de las ilusiones «constituyentistas» o «patriótico-democráticas».

Tenemos ya un apoyo suficientemente firme en las masas trabajadoras. El VI Congreso de los Soviets lo ha mostrado de manera particularmente palpable. No nos asustan los intelectuales burgueses, y no debilitaremos ni un minuto la lucha contra los sabotadores maliciosos y los guardias blancos de entre ellos. Pero el lema del momento es saber utilizar el viraje entre ellos hacia nosotros. Todavía nos quedan no pocos de los peores representantes de la intelectualidad burguesa «adheridos» al Poder Soviético: echarlos fuera, reemplazarlos por la intelectualidad que ayer todavía era conscientemente hostil a nosotros y que hoy solo es neutral; he aquí una de las tareas más importantes del momento actual, tarea de todos los funcionarios soviéticos que entran en contacto con la «intelectualidad», tarea de todos los agitadores, propagandistas y organizadores.

Naturalmente, el acuerdo con el campesino medio, con el menchevique de ayer salido de los obreros, con el sabotador de ayer salido de los empleados o de la intelectualidad requiere habilidad, como cualquier acción política en una situación compleja y que cambia tempestuosamente. Todo consiste en no contentarse con la habilidad que nos ha forjado nuestra experiencia anterior, sino ir necesariamente más lejos, conseguir necesariamente más, pasar necesariamente de las tareas más fáciles a las más difíciles. Sin eso, ningún progreso es posible en general, y tampoco es posible el progreso en la construcción socialista.

Hace unos días tuve ante mí a los representantes del congreso de apoderados de las cooperativas de crédito. Me mostraron la resolución de su congreso{77}, dirigida contra la fusión del banco cooperativo de crédito con el banco popular de la república. Les dije que estaba por el acuerdo con el campesino medio y que apreciaba profundamente incluso el comienzo del viraje de la hostilidad a la neutralidad respecto a los bolcheviques por parte de los cooperativistas, pero que la base para el acuerdo la da solo su consentimiento a la fusión completa del banco especial con el banco único de la república. Los representantes del congreso reemplazaron entonces su resolución por otra, hicieron aprobar en el congreso otra resolución, en la que borraron todo lo que se decía contra la fusión, pero... pero presentaron un plan de una «unión de crédito» especial de los cooperativistas, que en la práctica no se diferencia en nada de un banco especial. Esto era ridículo. Con el retoque de palabras se puede, claro está, alimentar o engañar solo a un necio. Pero el «fracaso» de uno de esos... «intentos» no quebrantará en nada nuestra política; con los cooperativistas, con el campesinado medio, hemos aplicado y aplicaremos la política de acuerdo, cortando toda tentativa de modificar la línea del Poder Soviético y de la construcción socialista soviética.

Las vacilaciones de los demócratas pequeño burgueses son inevitables. Bastaron pocos triunfos de los checoslovacos para que esos demócratas cayeran en pánico, sembraran pánico, se pasaran a los «vencedores», estuvieran dispuestos a recibirlos servilmente. Naturalmente, no se puede olvidar ni un minuto que también ahora –bastarán éxitos parciales, digamos, de los guardias blancos anglo-americano-krasnovianos, para que las vacilaciones comiencen en otra dirección, se intensifique el pánico, se multipliquen los casos de propagación del pánico, los casos de traición y defección al lado de los imperialistas, etc., etc.

Esto lo sabemos. Esto no lo olvidaremos. La base puramente proletaria del Poder Soviético, conquistada por nosotros, apoyada por los semiproletarios, permanecerá invariablemente firme. Nuestra hueste no flaqueará, nuestro ejército no vacilará – esto ya lo sabemos por la experiencia. Pero, cuando los cambios más profundos de la historia universal provocan un viraje inevitable hacia nuestro lado entre las masas de la democracia no partidista, menchevique, eserista, debemos aprender, y aprenderemos, a utilizar este viraje, a apoyarlo, a provocarlo en los grupos y capas correspondientes, a realizar todo lo posible en el acuerdo con estos elementos, a facilitar así el trabajo de la construcción socialista, a aliviar el peso de la penosa desorganización, el atraso, la ineptitud, que retrasan la victoria del socialismo.

Escrito el 20 de noviembre de 1918.

Publicado el 21 de noviembre de 1918 en el periódico «Pravda» № 252. Firma: N. Lenin

Se imprime según el texto del periódico.